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naranjelli

Si pelo una naranja los bucles de su cáscara se extienden hasta la cocina de mi abuela materna. Regresan a mí vaporosas y sugerentes esas galaxias que ella colgaba, como pequeños celajes, por los aromas altos de la alacena.

Siempre me convocaba la íntima sutileza de aquel decorado cotidiano, y su fulgor. Quizás por eso las volutas que recuerdo con mayor intensidad son las que suspendía del ventanuco que daba al patio: ese otro misterio de mi abuela y de sus tardes. Esa celebración de tierra, nísperos y mandarinas.

Cuando las cascaritas se secaban las guardaba en un frasco de tapa con sombrero. Las usaba exclusivamente para perfumar el mate, y mis ojos. Ella lo sabía muy bien. Sabía que estaba perfumando un recuerdo y una intuición.

Ella sabía, y ahora yo también lo sé, los años luz que puede recorrer un conocimiento, o un ritual, ofrecido tácitamente por el quehacer silencioso y perfumado de una abuela.

Sus movimientos componían un lenguaje contundente. Unívoco. Y de ellos aprendí, entre otras cosas, que esos bucles de naranjas podían resguardar todo lo necesario para cimentar un hogar y sus vapores nutricios.

Mi abuela siempre me miraba con una ternura casi infantil y si intervenía en mis cavilaciones lo hacía desde el fondo de ese telón de volutas anaranjadas.

Su voz, como una aparición, ponía mesura sobre lo que para mí era una catástrofe. No la atenuaba, sólo la ponía en su justo lugar. Con sus propias manos partía mi tristeza en pedacitos, como cascaritas secas, y después la esparcía debajo de lo importante. De lo sutil. De su silencio. Que sigue siendo la compañía más intensa y abrazadora que recuerdo.

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