Etiquetas

, , , ,

mi-novio

La villa estaba cerrada, las persianas atrancadas; sólo en una, un tragaluz, batía por el viento. El jardín, abandonado, sin cuidar, tenía más que nunca un aspecto de selva de otro mundo. Y por las alamedas ya invadidas por la hierba, y por los paseos llenos de maleza, Óptimo Máximo se movía feliz, como por su casa, y perseguía a las mariposas.

Desapareció en una mata. Regresó con una cinta en la boca. A Cosimo el corazón le latió más fuerte.

– ¿Qué es, Óptimo Máximo? ¿Eh? ¿De quién es? ¡Dime!

Óptimo Máximo meneaba la cola.

– ¡Trae aquí, trae, Óptimo Máximo!

Cosimo descendió hasta una rama baja, cogió de la boca del perro aquel jirón desteñido que había sido, con seguridad, un lazo en el pelo de Viola, así como aquel perro había sido sin duda un perro de Viola, olvidado allí en la última mudanza de la familia. Más aún, ahora a Cosimo le parecía recordarlo, el verano anterior, todavía cachorro, asomando de un cesto del brazo de la niña rubia, y quizá se lo habían llevado de regalo en ese momento.

– ¡Busca, Óptimo Máximo! – y el salchicha se lanzaba entre los bambúes; y volvía con otros recuerdos de ella, la cuerda de saltar, un trozo desgarrado de cometa, un abanico.

En la cima del tronco del árbol más alto del jardín, mi hermano grabó, con la punta del espadín, los nombres Viola y Cosimo, y luego, más abajo, seguro de que a ella le habría gustado, aunque lo llamara con otro nombre, escribió: Perro salchicha Optimo Máximo.

A partir de entonces, cuando se veía al muchacho sobre los árboles, se podía estar seguro de que mirando delante de él, o cerca, se vería al salchicha Óptimo Máximo trotando con la barriga en el suelo. Le había enseñado el rastreo, la muestra, la cobranza: los trabajos de todas las especies de perros de caza, y no había animal del bosque que no cazaran juntos. Para traerle la caza, Óptimo Máximo trepaba con dos patas a los troncos lo más alto que podía; Cosimo descendía para tomar la liebre o la perdiz de su boca y le hacía una caricia. Ésas eran todas sus familiaridades, sus fiestas. Pero continuamente, entre la tierra y las ramas, discurría un diálogo entre el uno y el otro, un entendimiento de ladridos monosilábicos y chasquidos de lengua y dedos. Esa necesaria presencia, que para el perro es el hombre y para el hombre el perro, no los traicionaba nunca, ni a uno ni a otro; y aunque distintos de todos los hombres y perros del mundo, podían considerarse, como hombre y perro, felices.

mi-novia

Evangelina Caro Betelú: Gracias por el recuerdo de esta preciosa lectura ❤ .

 

Anuncios