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Joseph Brodsky

Final del Quinto Aniversario (1977)

 

Oigo el balbuceo de la Musa.

Con las entrañas siento, como la Parca

sigue hilando: en los empíreos, aún

soportan el carbohidrato de mi suspiro,

y la lengua desenvuelta, ávida de sonidos articulados,

agradece al destino con un garabato cirílico.

Para eso es el destino: para entender

cualquier idioma. Ante mí, el espacio en su estado

más puro:

no hay lugar para una columna, una fuente,

una pirámide.

Y por lo visto, en él no hace falta guía.

Rechina, pluma mía, mi uña, mi báculo.

No apures estas líneas: atascada entre los desperdicios,

la época no nos alcanzará sobre ruedas

a nosotros, descalzos.

Nada tengo que decir a un heleno ni a un normando.

De antemano, no sé en qué tierra yaceré.

¡Rechina, oh mi pluma! Consume más papel.

 

. . . . . . . . .

 

Conversaciones en el atrio

(Gorbunov y Gorchakov, X)

 

—La enorme ciudad, en una densa tiniebla.

—Cuaderno escolar cuadriculado.

—Se eleva un enorme manicomio.

—Paréntesis en el orden del universo.

—Tras la fachada un helado patio,

Todo nevado, lleno de pilas de leña.

—¿No es sólo conversación todo este paisaje,

puesto que todo cabe en las palabras?

—No: aquí viven hombres que han perdido el juicio

de horrores viscerales, de miedos de ultratumba.

—Pero ¿ellos no serán una mera potencialidad

De llamarse hombres?

—No, porque tienen ojos que expresan algo,

extremidades, cabezas sobre los hombros.

—Al recibir un nombre, una cosa

Se hace parte de la oración de inmediato.

—¿También las partes del cuerpo?

—Estas, sobre todo.

—¿Y este lugar?

—Ya ves que hasta lo llaman casa.

—¿Y los días?

—Los días tienen nombres.

Oh, ¡todo esto parece Sodoma

de las palabras voraces! ¿Quién les otorgó derecho?

—Aquí un nombre sonaría muy siniestro.

—¡Me empieza a dar vueltas la cabeza

de tantas palabras que van decorado las cosas!

—Indiscutiblemente, esto nos marca.

—Como el mar a Gorbunov; y perjudica

a la salud.

—Entonces no es el mar que se precipita a la orilla,

sino una palabra persigue a la otra.

—¡Las palabras, entonces son reliquias!

—Es que alguna vez han existido como cosas…

Y de las cosas nos protegen los nombres.

—¿Acaso también de la pasión de Cristo?

—De toda pasión.

—¡Que Dios nos valga!

—Él mismo curaba las bocas con sus palabras,

pero también se había escudado tras las palabras.

—Su mismo destino es una advertencia.

—Lo cual garantiza que el nuestro

no sea el ahogarnos en el mar.

—Y que Su muerte sea la única cosa binaria.

—Y por lo mismo, resulta un sinónimo.

 

*

 

—Pero ¿y la eternidad? ¿O acaso ella

también fue una cosa que se convirtió en palabra?

—Es la única palabra en la tierra

que no ha logrado devorar a su objeto.

—¿No es ésta la mejor defensa de las palabras?

—No lo creo.

—Quien se persigna, se salva.

—Pero no del todo.

—Pues menos aún resucitaremos en un sinónimo.

—Aún menos.

—¿Y en el amor?

El amor se resiste a las palabras vanas.

O eres poeta, o bien estás confundiendo

la sensualidad con el amor.

—No hay palabra más indefinida.

—Como no hay velo más impenetrable

que devore mejor su propio objeto,

y sea más entrañable que la palabra.

—Pero bien mirado el asunto, la palabra

también es una cosa. ¡Y estamos en paz!

Es entonces cuando empieza el silencio.

El silencio es el futuro de los días

que corren al encuentro de nuestra habla,

con todo lo que queremos subrayar en ella,

asumiendo la despedida en el encuentro.

El silencio es el futuro de las palabras

cuyas vocales han devorado la cosedad,

tan temerosas de sus propias esquinas;

es aquella ola que hasta la eternidad abarca.

El silencio es el porvenir del amor;

es un espacio, y no un estorbo muerto

capaz de privar de respuesta y de eco

al falsete del amor que aún golpea en la sangre.

El silencio es el presente de aquellos

que vivieron antes. El silencio es la alcahueta

que en sí misma da lugar a todo mundo,

y que desde hoy invade lo hablado.

La vida no es sino una conversación

previa al silencio.

—Una disputa en movimiento.

—Es discurso del crepúsculo, con un fin incierto.

—Y  las paredes representan las objeciones.

 

*

 

—La enorme ciudad en una densa tiniebla.

—Discurso del caos, resumido sucintamente.

—Se eleva un gigantesco manicomio,

como un paréntesis en el universal concierto.

—¡Maldita sea, de los rincones nos alcanzan

Corrientes de aire!

—Las imprecaciones no hieren mi oído:

lo que veo no es la vida, sino el triunfo de las palabras.

—Sí, sí: ¡nos verbalizan los sustantivos!

—Así un ave vuela de su nido,

preocupada por el pan de cada día.

—Sobre el llano se eleva una estrella

buscando un interlocutor más competente.

—El mismo llano, hasta donde la mira alcanza,

mantiene en la noche un coloquio,

con la lentitud del correo.

—Y ¿cómo precisamente lo mantiene?

—Mediante las imperfecciones del terreno.

—¿Y cómo distinguir entre los habladores

nocturnos,

si bien su conversación no tiene sentido alguno?

—Arriba está parado Gorbunov,

Y Gorchakov es el que está abajo.

 

*

 

Gorbunov y Gorchakov (1966-68) es un extenso poema dialogado, escrito a raíz de la estancia de Brodsky en un hospital psiquiátrico, donde lo habían enviado para una revisión médica durante el proceso por el parasitismo social al que había sido sometido por aquella época (1963-64). Consiste en una serie de coloquios entre Gorbunov, un paciente, y Gorchakov —una especie de alter ego del poeta—, que gasta sus días en el manicomio bajo observación médica. El apellido Gorchakov tiene, ciertamente, claras connotaciones relacionadas con la biografía y la poesía de Pushkin. Aquí se presenta uno de estos coloquios metafísicos entre dos filósofos ataviados con batas de hospital para enfermos mentales. T. B.

 

. . . . . . . . . .

 

El centenario de Anna Ajmátova

Una página, una llama,
un grano y la piedra del molino;
el filo de la navaja
y el cabello que, ella cercena:
Dios lo conserva todo; *
y antes que nada, las palabras
de amor y de perdón,
como de su propia voz vinieran.
En ellas late el pulso entrecortado,
los huesos truenan, golpea la pala del enterrador.
Puesto que la vida es una,
las palabras suenan, llanas y pausadas,
de los labios mortales
más nítidas que si llegaran
desde la bruma supraterrenal.
Alma excelsa: por ser tú quien las dijiste,
me inclino ante tí a través de los mares;
ante ti y ante tu parte perecedera
que descansa en la tierra natal,
la que pudo, gracias a ti,
recobrar el don de la palabra
en un mundo de sordomudos.

Julio 1989

*Deus consevat omnia: las palabras que Ajmátova antepuso a su Poema sin héroe. Al mismo tiempo, es la consigna que aparece en el frontón del edificio histórico del s. XVIII, en el que ella vivió durante treinta años en Petersburgo-Leningrado.

Poemas,  Joseph Brodsky,  Alción editora, 2011, trad: Tatiana Bubnova

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