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Jorge Boccanera

Desaparecido II

Yo no soy y soy ninguna parte.
Yo no puedo y lo que puedo es nada.
Yo no estoy.
Apenas una sílaba pero en verdad más nada,
un tiempo ayer, ceniza,
viento por todas partes. No entro ni salgo, yo
no digo buenasnoches, no beso, no utilizo

sombrero
Porque jamás y soy ninguna parte.

Se terminó –dijo la vida de un portazo- y yo
no vuelvo. Y cuando vuelvo quedo a mitad del

camino.
No puedo. Y si pudiera es casi o menos que eso.
Apenas una fecha en el papel ajado de tus labios.

Allá van las barajas de mano en mano y estos
dados de sangre rodando a la deriva.
Yo sueño si me sueñan.
Pero a veces escucho. Hay una voz,
me sabe de memoria.

. . .

 

XVII

Alguien ha entrado al mar como a una casa,
humaredas de espuma le entorpecen el habla,
lo ciegan,
llenan su corazón de harina negra.

Si el pescador era propiedad de la tierra
el ahogado pertenece al mar,
y es inútil disputarle a las aguas esas verdad

pesada.

Como el rostro del que entró para siempre
al espejo del agua,
en un país que desconoce.

La memoria es a veces como una piedra enorme
en los brazos de un niño.

. . .

 

X

 

¿Será posible el sur?

¿Será posible

tanta bala perdida al corazón del pueblo,

tanta madre metida en la palabra loca y toda

la memoria en una cárcel?

 

¿Será posible el sur?

¿Será posible

tanto invierno caído sobre el último rostro de mi

hermano, tanto salario escaso riendo con descaro

en el plato vacío y el verdugo esperando?

 

Mi territorio de una vez

Gira en la oscuridad de esa pregunta.

¿Será posible el sur?

Si se viese al espejo

¿se reconocería?

 

. . .

 

El niño de la fotografía

No hay mucho que hacer en la memoria,
caminar una casa derribada a balazos,
atravesar arañas con palabras,
buscar viejos olores quemados por el viento.
Poco que hacer allí.
Mear en los rincones para espantar las sombras
correr donde no hay nadie.

¿Qué hacer en la memoria?
¿Descansar en un ruido?
¿Ponerse de rodillas ante un gran agujero?

. . .

 

Exilio

 

          Expulsados de la selva del sur de Sumatra

          por los hombres que vienen a poblarla, 130

          elefantes emprendieron hoy una larga marcha

          de 35 días hacia la nueva ciudad que les fue

          asignada.

(AFP. 18/11/82)

 

No hay sitio para los elefantes.

Ayer los expulsaron de la selva en Sumatra, mañana alguien les impedirá la entrada al Unión Bar.

Yo integro esa manada hacia Lebong Hitam,

yo sigo a la hembra guía,

cargo con la joroba de todas mis valijas sobre las

cuatro patas del infierno.

 

Llegarán a destino –dijo un diario en Yakarta.

Los colmillos embisten telarañas de niebla.

Llegarán a destino,

viejas empalizadas que sucumben bajo mareas de carne.

Llegarán -dijo el diario.

 

Más la estampida cruza por suelos pantanosos

y mi patria –la mía- es sólo esta manada de elefantes

que ha extraviado su rumbo.

 

¡Guarde celosamente la selva impenetrable este ulular

de bestias!

Tambores y petardos, acompañan.

Algo de todo el polvo que levantan, es mío.

. . .

 

V

¿Y las palabras?
funeral, silencio.
El cielo es una esponja que devora los pájaros.
¿Y las palabras?
Como arrumbadas ellas,
como escombros,
como montón o nada que decir,
como basura humeando.
¿Y las palabras?
Unas: como un altar de clavos.
Otras: como luto en las mangas.
Como rotas de amor y para siempre.
Una bestia emplumada mete su hocico, escarba,
pero ellas arrumbadas como huesos pelados o
nada que decir.
¿Quién arriesgará un ala?
¿Quién meterá su lengua sin temor a una herida?

. . .

 

Corría el año 1917

 

 Magro, cetrino, casi hierático, me pareció
un árbol deshojado. Su traje era oscuro
como su piel oscura.

Ciro Alegría

 

Un Santiago de Chuco de labios apretados lo ve
pasar y dice: como si la victoria y la derrota
comieran de su plato y dice: como un hueso
escarbando en el habla de nadie, ¿y tanto así?

Pasa un zumbido un triste alguna capa un capellán
un globo sin su niño un ala que saluda las tardes
son iguales aquí pasa Vallejo navegando en el polvo
de las demoliciones.

Como si la victoria (se lo dije) como si la
derrota (¿no le digo?) comieran de su plato y
él escupiera el plato porque un dedo de sangre
va abriéndole los ojos porque hay un aguacero
que se lo lleva todo.

Pasa el maestro de escuela por las calles vacías.
Una mano cortada lo lleva de la mano.

. . .

Pena de muerte

 

Rostros que yo extravié, ¡nunca reposen!

Ámense en la ceniza, enrólense en la ira,

ofrezcan recompensa, exijan mi cabeza,

maldigan a mis hijos a y a los hijos de ellos.

Subrepticiamente dejen una bala en mi plato,

debajo de mi almohada, entre fotografías.

Navaja y gran coraje en su oración de sangre,

pero nunca reposen.

Yo los rocé en un sueño sin querer

y les prometí asuntos, no hay perdón.

Hay que tener paciencia, yo sé que

alguna vez seré sombra de sus sombras,

seré miedo en sus miedos

y habrá látigos duros: la palabra Yasmín.

. . .

Envíos

Todo lo que se da llega a destiempo.
No existe otra manera.
Entre el ojo y la mano hay un abismo.
Entre el quiero y el puedo hay un ahogado.
Un país que asoma su cabeza deforme en una
carta,
y va a darse a destiempo, nada es lo que
esperabas.
Y lo que llega envuelto en papel de regalo se irá
sucio de odio.
Bailamos entre los escombros de una cita.
Dibujamos una taza de café en el desierto.
Vivimos de sumar y de restar:
lo que te da el amor, lo que te quita el miedo.
Al final nos entregan los huesos de un perfume.

Aún así persistimos.
En alguna montaña vive un pez resbaloso.
Entre números rotos se desliza una estrella.

 

. . .

 

El peluquero

 

Asentaba navajas en un listón de cuero,

porque era su trabajo arrancarle a los rostros sus
animales muertos.
Hacía barba y bigote para el espejo atestado de gente.
Su navaja pulía aquélla superficie,
rasuraba los rostros del espejo y haciendo su trabajo
afeitaba al espejo?

Era más chico que un tarro de gomina Brancato mi

abuelo,
pero una cabeza más alto que la muerte.
Invitaba al cliente sacudiendo una toalla
y el cliente ocupaba aquél sillón Dossetti de madera
y entraba en el espejo.
El estilista hablaba solamente con su tijera
y cuando ella por fin tenía la lengua despegada hacia

un lado él decía: “servido”.
Mi abuelo maquillaba al espejo con estrellas de talco

y usaba un pulcro saco blanco.
La muerte-que también es prolija- le envidiaba su colección

de peines.

Un día la muerte, que hojeaba una revista deportiva,

dijo: “me toca a mí”.
Y ocupó aquél sillón, despatarrada y con un remolino

en la cabeza.
“Tiene un pelo difícil”, dijo sin voz mi abuelo.
Después, la muerte asentó su navaja y haciendo su

trabajo, ¿rasuraba al espejo?
El peluquero se marchó bajo un cielo cualquiera con

estrellas de talco.
El espejo se pasó la mano por la cara afeitada,
suave, como un recién nacido.

. . .

Historieta

La niña abre el baúl y una mano le echa tierra en los

ojos.
Ella dice: ¡qué hermoso paisaje!
Ahora mezcla pinturas,
revuelve los vestidos de tías adornadas con juegos de

palabras.
Se amorata, se luce angelical, gira mangosta, novia

de esparadrapo,
se mira en los espejos que trabajan sin que nadie los

mire.
En este último cuadro la niña se pinta y se despinta,

aparece y se borra.
Yo cierro el libro de cuentos infantiles pensando que

mi lengua es esa niña Sordomuda,
probándose vestidos a la hora en que los demás
duermen.

. . .

 

Nacimiento

 

             a mi hijo, Roberto Nicolás

 

En la intimidad de otro cuerpo ha levantado su

pequeña tienda.

Kilómetros de arena en su ceguera, pero ninguna

estrella.

Aletas que se arrastran en un cielo sin dios,

osamentas de peces lo rodean,

algas que condecoran su cintura.

 

Y aquellos limosneros que llaman Reyes Magos

intentan confundirlo.

Ofrecen una almohada de piedra para él,

una mordaza,

leche de los mil diablos para él,

pesan su corazón anfibio.

 

En las redes del vientre posó sus manos inseguras.

Vio pudrirse la carne de su ángel anterior.

No tiene nombre aún y ha soñado su rostro

sumergido en el llanto.

 

Ha levantado su pequeña tienda en un cielo que ruge

con sus olas de polvo.

Y aquellos limosneros: cada escama una perla,

corales de oro ofrecen.

 

Pero él avanza, quita

los algodones de las bocas del miedo,

pregunta el paredero de Yazmín,

brinda por mí.

—Hoy no sé nada y viene mi pariente—

 

¿Cómo he de recibirte Señor de las Tormentas

si no es desnudo, armado hasta los dientes, loco

de vergüenza?

 

Ahora no pido nada,

cualquier dulce palabra puede ser un insulto,

una canción de cuna puede ser un harapo

porque él ha levantado ya su pequeña tienda.

 

. . .

 

Jorge Boccanera

Antología Personal

Desde la gente

Ediciones del Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos C. L.

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