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Nadie es Responsable de Felipe Aldana

—¿No te parece que Violeta está llorando? —pregunta Dorita.

—Llora y patalea —dice Antonio que sale de la habitación—. Voy

a la cancha, vieja. Hoy es el clásico.

 

Una vez más se pondría de manifiesto la rivalidad tradicional entre

Newel´s y Rosario Central. Los diarios anunciaban el partido con

grandes titulares, hacían la historia remontándose a diez años de lucha

futbolística, colocaban en lugar destacado la fotografía del crack de

hoy. En la mesa del café las apuestas se habían cruzado durante toda la

semana. Las viejas rencillas entre los parroquianos se alineaban detrás

del cuadro favorito. Había más que un interés deportivo. La nerviosidad

crecía a medida que se acercaba la hora.

A las once, los tranvías que llevan a la cancha de Newel´s no se

pueden tomar. En los costados de la parte trasera van sentados racimos

de hinchas con el rostro reluciente.

Los más entusiastas han comido en la cancha. Los que prefieren

colocarse detrás del arco consiguen su lugar; otros se ubican en la

mitad del estadio para dominar los dos sectores.

La aparición de la casaca rojinegra provoca una ovación en la

tribuna oficial. Las populares contestan con un prolongado silbido.

Cuando aparecen los auriazules el fenómeno se produce a la inversa.

Son treinta mil espectadores pendientes de lo que va a ocurrir en la

cancha. Cada bando es responsable de quince mil inquietudes diversas.

Los delanteros rojinegros se desplazan velozmente. La defensa

centralista comete ful. La reacción no se hace esperar. Una naranja

pasa rozando la cabeza del back.

—¡Matalo a ese leproso!

—¡Estaba en offside, estaba en offside!

—¡Vamos, nena! ¡Levantate!

En la platea de la tribuna oficial un señor reposado se incorpora

y agita los puños. Pronto lo sacude una convulsión epiléptica. Los

lentes le saltan del rostro y se estrellan en la baldosa. Saca un pañuelo

para limpiarse los ojos miopes. Se sienta.

—¿Qué le ha pasado, Doctor?

—Nada, hijo. Es una injusticia. No cobra penal. Estaba dentro de

la línea 18.

Alentados por la hinchada, los auriazules reaccionan. Comienzan

a moverse con agilidad llegando peligrosamente al arco contrario.

—¡Baile! —gritan de las populares.

—¡Paralo si sos brujo! ¡Atorrante!

—¡Qué bugui, che!

La defensa rojinegra juega nerviosamente y comete ful.

Una lluvia de naranjas y botellas cae sobre la cancha. Se escucha

a una hermosa mujer prendida del alambre, gritar enceguecida por

la cólera.

—¡Hijo de puta, así no se juega!

El cameraman la enfoca en ese preciso momento.

—¿Por qué no la sacás a tu madre, roñoso? —le dice más colérica

aún.

Sobre el cielo un avión evoluciona. Intermitentemente deja caer

propagandas, ajeno a lo que pasa en la cancha.

Cuando termina el partido, Antonio sale en medio de una muchedumbre

silenciosa. Tiene que hacer esfuerzo para que no lo aplanen

contra una puerta. De vez en cuando se escucha el comentario

agrio de un hincha insatisfecho del resultado. Aquí no se respeta nada.

Los masiteros tienen que defender sus canastas donde las moscas ensayan

un banquete. En la calle se inicia la carrera por conseguir ubicación

en los tranvías. Esperan uno tras otro como cuentas de collar.

Antonio Cristofani llega cuando ya no cabe un alfiler. Entonces imita

a los más intrépidos. Sube también al techo del coche. Los muchachos

arman una batalla campal.

—¡Central! ¡Central! ¡Central!

El tranvía baja por Avenida Pellegrini.

 

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Nadie es Responsable

Río Ancho Ediciones, 2015

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