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Ben Webster

“Pararon en un paso a nivel y poco después apareció un tren estruendoso avanzando hacia ellos. Observaron pasar como un trueno lento el largo muro de mercancías, con las vías chirriando por el peso. Duke todavía añoraba la época en que cruzaban el país en tren, en dos vagones alquilados especialmente para la orquesta: una burbuja que los aislaba de los racistas sureños y los ignorantes defensores de la ley Jim Crow. No había entorno mejor para trabajar que los trenes. La mayoría de sus composiciones las escribía de viaje o en las escasas horas que pasaban en los hoteles; el tren ofrecía tanto el impulso de los estímulos como un refugio para concentrarse. Cuando murió su madre se encerró en una zona privada del vagón y escribió “Reminiscing in Tempo”, cargado del ritmo y el movimiento del tren que cruza el Sur a toda velocidad. Una y otra vez el traqueteo de los trenes y sus silbatos se colaban en su música, sobre todo en Louisiana, donde los bomberos tocaban blues con el silbato del camión, cosas encantadas y confusas, como el canto de las mujeres por la noche. El ferrocarril atravesaba su obra igual que atravesaba la historia de los negros estadounidenses: construyeron las vías, trabajaron en ellas, viajaron en ellas y con el tiempo, ahí estaba él, componiendo en ellas… Era heredero de una tradición. Una vez, en Texas, un grupo de ferroviarios se había asomado a la ventanilla del tren en una estación y lo había visto encorvado sobre un manuscrito, sudando cada página. Uno de ellos llamó a la ventana, no quería molestar, pero se moría por saludarlo, y Duke se levantó con una sonrisa y les contó que estaba trabajando en “Day-break Express”, una pieza sobre los hombres que construían el ferrocarril.

—Bueno cavar y cavar y blandir un martillo durante seis meses y luego el tren pasa de largo, fiu…

Le explicó su música, vio el orgullo en sus miradas.

Durante todo el tiempo que viajó en tren fue acumulando recuerdos así y luego buscaba un tono que se correspondiera con las cosas que había visto: colores como el rojo cocido del atardecer en Santa Fe o las llamas amarillas lamiendo la noche de Ohio, el cielo inundado por el calor oxidado de los hornos…

El sonido de las ruedas y las vías repicaba en sus oídos mientras esperaban que pasara el tren interminable.

—Qué largo —dijo por fin Harry, poniendo primera y cruzando ruidosamente las vías.

—Ni que lo digas —convino Duke al tiempo que aceleraban, dirigiendo la vista atrás hacia el tren que silbaba camino al Sur”.

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“Europa no era tanto un continente como una red ferroviaria que él trataba como si fuera un gran subte que lo trasladaba de una parte a otra de la ciudad, de un club a otro. Viajaba con trajes que a lo poco días estaban arrugados como pijamas; de igual modo, la corbatas que comenzaban ajustadas al cuello de la camisa terminaban colgando como una serpentina de una fiesta navideña. Hablaba con cualquiera: colegiales con gana de divertirse y reír, borrachos del auto restaurante, viejas que desconfiaban de compartir vagón con un negro hasta que se fijaban en aquella mirada infantil que les recordaba a sus hijos, que se habían convertido en hombre in dejar de ser niños. De vez en cuando alguien lo reconocía, lo invitaba a una copa cuando pasaba el carrito de las bebidas; si se lo pedían, sacaba el saxo tenor y tocaba. Transcurridos veinte años, la gente contaría que de camino a París se habían encontrado frente a un negro grande y borracho, con el sombrero trilby encajado en la nuca, los botones de la camisa a punto de saltar, lamparones de huevo en la solapa del saco… Que habían charlado un rato y que el americano farfullaba belicosos ouis y nous, riéndose de oírse hablar en francés.

Y  que cuando se mencionó el jazz, cayendo de pronto en la cuenta de quién era, le estrecharon la mano, notaron la tersura de la palma, más clara, suave como te gustaría imaginar que es la garra de uno oso. Le contaron cuánto valoraban su música, que tenían lo discos que había grabado con Duke, en particular «Corten Tail», que Duke una vez había actuado a trescientos kilómetros de su ciudad y habían hecho el trayecto de ida y vuelta en auto en una noche solo para verlo. Le preguntaron por lo músicos que había conocido y escucharon sus anécdotas como un niño desenvolviendo los regalos de Navidad, invitándole copas cada vez que pasaba el carrito y por fin, convencidos de que aceptaría pero aun así algo incómodos, le pidieron que tocara algo. Lo vieron bajar el estuche del saxofón del portaequipajes como si fuera a mostrarles fotografías de sus seres queridos -que era exactamente lo que estaba haciendo-, abrir los cierres y montar el saxo, humedecer la lengüeta y poner la boquilla. Carraspear, dejar el cigarrillo en el cenicero y comenzar a tocar mientras el sol parpadeaba entre una lejana hilera de árboles. Siguiendo suavemente con el pie el repiqueteo de las vías, ralentizando la interpretación hasta que el saxo parecía respirar, como si fuera un objeto de carne y hueso en lugar de estar hecho de metal. Después el sol se inclinó sobre los campos dorados y el modo en que iluminaba su cara hacía pensar en fotos de un planeta en el espacio, con un lado perfilado y el otro totalmente a oscuras. La interpretación ganaba intensidad cuanto más lenta, se desvanecía en un vibrato de mariposa y luego envolvía de nuevo el vagón con sollozos sonoros. Que entonces decidieron, viendo la vibración de sus mejillas y su famosa inclinación de la cabeza al tomar aire, que si alguna vez escuchaban a alguien meterse con los negros, cualesquiera que fueran las circunstancias, no lo dejarían pasar, en adelante lo noquearían o al menos se irían del lugar. Que nadie, ni siquiera un rey o un príncipe que hubieran contratado a Mozart o Beethoven para actuar en su salón, nadie había disfrutado de una experiencia de la música tan privilegiada e íntima: Ben Webster tocando solo para ti. Pero por encima de todo, que cuando terminó de tocar, cuando dio vuelta el saxo para que la saliva cayera al suelo, cuando el tren comenzó a aminorar porque la estación asomaba a lo lejos ─demasiado pronto y no obstante en el momento justo porque para entonces Ben estaba tan borracho que podría haber arruinado la perfección de lo vivido─, que cuando le dieron las gracias, con el corazón henchido del orgullo que se siente en momentos de sinceridad total, que cuando le estrecharon la mano y lo miraron, las lágrimas también anegaban sus ojos, dibujaban rastros de caracol en sus mejillas. Y que luego volvieron a despedirse de él cuando el tren arrancó, viendo a aquel gigante borracho sentado, vestido con un traje que le servía de servilleta, pañuelo y mantel, devolviéndoles el saludo.

Sí, nunca fue más feliz que cuando viajaba por Europa en tren, observando cómo el campo se transformaba en ciudad y viceversa, a los viajeros subiendo y bajando en las estaciones, los portazos y aquellos primeros instantes de movimiento apenas perceptible cuando el tren volvía a arrancar, el chasquido de las pesadas ruedas y las vías al rozarse, todo aquel peso puesto en movimiento, venciendo a la inercia. En un tren le daba igual lo que pasara, incluso cuando atisbaba el caos garabateado de su agenda y descubría, por lo que alcanzaba a interpretar, que estaba llegando dos horas tarde a su actuación de Nápoles, todavía a más de seiscientos kilómetros. Lo bueno de un tren era que una vez que te subías, ya estaba, te llevaba a donde querías ir sin tener que pensar en nada. . . pero subirse, eso era más complicado. A veces tomar un tren costaba más que intentar atrapar un abejorro. Podían pasar cientos de cosas entre que te enterabas del horario del tren y llegabas puntual a la estación. Incluso cuando llegabas con media hora de sobra y decidías matar el tiempo en el bar de la estación, podías perder el tren. Como hoy, había perdido el tren anterior. . . de hecho, había perdido tres trenes. Perder trenes, mierda, si le hubieran dado un dólar por cada tren que había perdido sería millonario. Nápoles, qué jodido llegar a Nápoles.

Descorchó la botella, dio un trago extralargo y miró a través de su reflejo la noche sin estrellas de Europa. Durante largos intervalos no había más que campos y solo un incremento súbito del volumen delataba que el tren pasaba a toda velocidad por un cruce. Luego la ruta que corría paralela a las vías atravesó la cara reflejada en la ventanilla, los ojos que contemplaban la escena como dos lunas pálidas. Por un momento el tren persiguió las luces de meteoro de un auto hasta que las vías giraron a la derecha, alejándolo a regañadientes.

Se estiró en el asiento, mirando la rejilla combada del portaequipajes. Una humareda de bar llenaba el vagón, las ventanillas estaban empañadas. Fragmentos de melodías le venían a la cabeza y desaparecían como luces amarillas en las ventanas de las granjas a oscuras. Se encajó el sombrero sobre los ojos y poco a poco lo venció el sueño.

De vez en cuando, con la boca seca como el yute, se despertaba y descubría que el tren se había detenido en lugares inexplicables: estaciones sin nombre donde no subía ni bajaba nadie y los ferroviarios tomaban café parados, esperando a que el tren arrancara antes de tirar la borra al andén.

Cargaba su soledad a cuestas como el escuche de un instrumento. Nunca lo abandonaba. Después de los conciertos, después de hablar con los fans y quizá algunos amigos que estaban de paso, después de entrar en un bar y quedarse hasta lo último, después de volver a los tumbos a su habitación, después de buscar las llaves y oírlas arañar la cerradura silenciosa, después de abrir la puerta de un departamento que estaba siempre exactamente igual que lo había dejado, después de tirar el escuche del saxo al sofá… después de todo eso, por tarde que fuera, siempre llegaba el momento en que tenía ganas de seguir hablando, escuchar el tintineo y el burbujeo de alguien preparando un café o una copa. Tras regresar al departamento, abría una botella, le daba algunos tragos y se sentaba en remera y calzoncillos a tocar el saxo lo más bajo posible. Mientras vivía en Ámsterdam solía llamar a los amigos de Estados Unidos a cualquier hora de la noche, pero ahora solo tenía el saxofón y con él intentaba hablar con Duke o Bean o cualquier otro, alternando durante más de una hora la botella y el instrumento. Por la mañana se despertaba extendido en el sofá, acunando el saxo entre los brazos, sin buscar consuelo en él, más bien ofreciéndole ese gesto simple de protección”.

 

 

Pero hermoso, Geoff Dyer, Randon House, 2014

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