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LEOPOLDO NOVOA MURAL DEL ESTADIO DEL CERRO EN MONTEVIDEO

Entre sus muchas propiedades mágicas está la de cambiar de nombre apenas cruza el Atlántico: en España se llama cordel, en Montevideo o Buenos Aires piolín.

Protagonista o intercesor de incontables metamorfosis —su nombre, sus dibujos, sus funciones— el cordel que yo llamo piolín es uno de esos elementos que pueblan imborrablemente el museo de mi infancia, y que a lo largo de la vida se ha mantenido en un profundo, inexplicable contacto con mi visión de las cosas. Leopoldo Novoa lo sabe ahora: me bastó mirar algunas de sus obras para encontrar el rumbo y la justificación de estas líneas. Sin decírnoslo, fue como sentir que existe en el mundo una fraternidad innominada de artistas y poetas para quienes el piolín vale como signo masónico, como santo y seña sigiloso. Detrás, quizá, el mito de Aracné y la inmensa telaraña de las afinidades electivas; no cualquiera, sea dicho sin énfasis, merece la hermandad universal del piolín.

Carezco de capacidad reflexiva y sintética, y no soy de los que salen a investigar si a Novalis le gustaban los piolines o si Yehudi Menuhin los aborrece; puedo en cambio retrazar las nimias memorias de mi propio ovillo desde una edad muy temprana. Muchas veces me he preguntado cuándo surgen por primera vez los seres y los objetos que habrán de elegirnos (Jean-Paul Sartre me perdone) para siempre: cierto color de ojos, cierta flor, cierto jamón con huevos. De pronto están ahí, apasionadamente padecidos. Dante podrá decirnos cuándo vio por primer a vez a Beatriz y cómo el tiempo detuvo su curso durante un infinito instante; pero el niño Alighieri no hubiera podido recordar el día y el lugar en que la poesía se le apareció como su futuro Virgilio .Vaya a saber en qué momento los piolines cesaron de ser para mi esas meras cosas de esparto o de rafia con que se alaban los paquetes, para dárseme de una manera inexplicablemente rica y privilegiada, ya no el ovillo utilitario al que acudía la familia con tijeras e indiferencia. Puedo, si, recordar la maravilla de una hora, acaso la que paradójicamente me ató para siempre a los piolines: Un amigo de casa, que amaba a los niños y les proponía enigmas, juegos absurdos, búsquedas de tesoros y golosinas de colores jamás repetidos, me puso en las manos un aro de piolín y me enseñó el misterio de irlo cruzando entre los dedos, tejiendo, pasando por arriba y por abajo, multiplicando las figuras, llenando el aire de una siesta con una frágil geometría interminable. Recuerdo que era un piolín rojo; días después mi madre lo empleó para atar una encomienda, lo vi partir al correo, a la nada. Otros ovillos fueron llegando, verdes o amarillos, espesos y peludos o finos y cortantes; inútil acariciarlos, hablar de ellos, repetir el juego con los amigos; para grandes y chicos no eran más que eso, ovillos de piolín. Otros seres, otras cosas se me daban en esos días con la misma diferencia, y sin vanidad pero consciente de estar al margen de la vida común yo crecía callando mis secretos, guardando ciertas palabras o figuras, mirando a través de bolas de cristal coloreado, entendiendo de otra manera tantas cosas de una casa y de un jardín de infancia. Hoy pienso que todo niño es así, pero que pocos llegan así a hombres.

Queda una imagen precisa de estos tiempos: inclinado sobre el Atlas Universal de don Elías Zerolo, que me ayudaba a seguir los itinerarios de los hijos del capitán Grant, de Hatteras y de Arturo Gordon Pym, calculaba las distancias con ayuda de un piolín en vez de servirme de una regla milimetrada, ante la estupefacción de algún testigo familiar que justificadamente debía creerme tonto. Pero es que en el piolín yo descubría virtualidades extraordinarias, por ejemplo bastaba ponerlo por encima de cualquier circunferencia y ahí mismo, con sólo estirarlo, la curva se volvía recta y me daba la extensión total sin necesidad de operaciones complicadas. Y sobre todo había otra cosa, el hecho de que bastaba tender un piolín en el aire para que el ámbito cambiara, se organizara de un modo diferente antes y después, encima y debajo de ese fino coagulante del espacio.

Por ese entonces un amigo me enseñó a hacer un teléfono con dos cajitas de cartón y un piolín que tendíamos hasta perdemos de vista. ¡Ah, los mensajes, los mensajes, maravilla! Y a veces el piolín cantaba: en las siestas de verano los chicos del barrio remontábamos nuestros barriletes, las estrellas, las pandorgas, las bombas de papeles multicolores y flecos vibrantes; nada podía conmoverme tanto como acercar el oído a mi mano donde el piolín luchaba por escapar, y recibir el mensaje de las nubes, la voz del viento azul.

Vino el día en que descubrí que el piolín podía ser también un emisario del destino: en la entrada del Laberinto, las manos de Ariadna sostenían el ovillo que lentamente giraba su luna de cáñamo para iluminar el avance medroso de Teseo. Pero aún no podía saber lo que comprendí mucho más tarde, el mensaje cifrado, el larguísimo y sinuoso quipu que Ariadna enviaba a su hermano minotauro para que encontrara la salida del dédalo y se reuniera por fin con ella en una libertad de praderas minoicas. En esos años de lecturas y tanteos, cordeles y cintas guardaron un prestigio penetrante de mensajerías y de enlaces; el acto de atar o desatar seguía siendo una imagen que remitía oscuramente a los arcanos y a la vez al conocimiento; eran años en que yo ataba mis secretos personales, la revelación de la sensualidad, el sentimiento de la muerte, y desataba libros de cuentos y novelas, abriendo apasionadamente los paquetes de la imaginación y la poesía.

Hay después una vasta zona de vida, las grandes elecciones voluntarias y por debajo, siempre, la recurrencia de los primeros y obstinados signos de contacto con los mundos de adentro, la fórmula intocable de la sangre individual. Por eso ciertas secuencias que desafiaban toda lógica no podían sorprenderme; nada más natural que elegir a Marcel Duchamp como uno de mis faros, en el sentido baudeleriano del término, y sólo muchos años más larde saber de su obsesión por los piolines, sus atmósferas espaciales nacidas de insolentes telarañas. Y aún menos sorpresivo el hecho de buscar mi primer trabajo en Francia y descubrir que detrás de una función de escribiente en casa de un exportador de libros se escondía la verdadera tarea que me esperaba cada mañana: hacer paquetes, pasar horas y horas entre ovillos de piolín, distribuyendo sus pedazos por todo el continente latinoamericano. Contra lo que parecía sospechar mi patrón, ese trabajo me llenó de gozo; a mi manera, sin que nadie pudiera saberlo, yo enviaba mis mensajes a Buenos Aires, a México, a Bogotá, a la Habana, otras manos inocentes desataban allá mis paquetes para sacar el Pequeño Larousse ilustrado o la Enciclopedia Quillet, y mis piolines multicolores iban quedando en los rincones de las librerías, acaso servían para nuevos y más modestos paquetes, reanudaban el viaje planetario…

Era casi fatal que unos años más tarde, en su último delirio de lucidez, un tal Horacio Oliveira se parapetara detrás de una terrible, precaria defensa de piolines; y que mucho después, hoy, estas palabras vinieran a encontrarse con los piolines que el arte de Leopoldo Novoa alza como nadie a su vocación de signos, de indicaciones, de instrumentos para una náutica que acata otras cartografías, que busca las tierras incógnitas de la sola realidad que nos importa.

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