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Romina Paula

Ni una lágrima derramé, aunque hubiera querido. Me emocioné, no lo niego, sobre todo ahí en el puente, como había propuesto el tema del lanzamiento, de esparcirte en caída libre, y tenía la imagen de la chica cayendo entre las nubes, no pude evitar conmoverme, pero fue tanto que no lloré. Supongo que hubiese sido cursi llorar, redundante. Propongo la ceremonia y después me deshago en lágrimas, con tus padres ahí, no quedaba bien. Fue más bien como conmoverse para adentro, una conmoción interna, como si algo, tus cenizas, eso que caía, se abismara, como si cayera dentro mío también, como si hubiera caído de espaldas hacia adentro, algo, sin gravedad. Persistió un rato esa sensación, la de caer para adentro y no dejar de caer mientras que lo de las cenizas no duró más de tres segundos, eso quiero decir, el desvanecerse no duró más que eso. Uno dos tres y ya no se veía, ya no se podía reconocer ni una sola partícula de nada, de eso, la materia, vos. Nadie habló, no nos movimos mientras duró el descenso, la evaporación, no sé cómo llamarlo, aquello, nos quedamos un ratito más así, el viento era terrible, filoso, pegaba en la nuca, pero yo llevaba capucha.

¿Viste que los gatos se ponen siempre en los lugares más lindos? Justo en los que se pondría uno si tuviera su tamaño. En este momento tu gata está enroscada en la pileta del lavadero. Le da el sol y se acomodó sobre una manta/ frazada que tu vieja puso ahí para lavar. Así que, además,  tiene olor a gente. No podría ser mejor. ¿Quién era que decía eso de que el hombre en la ciudad es un mamífero viviendo como insecto? No sé. Lo cierto es que acá el sopor te toma, irremediablemente, y entro a competir en horas sueño con tu gata. Duermo, mucho, como si la vigilia no tuviera nada para mí.

Ali me mira, con los ojos tan abiertos, con ese gesto de gato que está entre la sorpresa absoluta, el azoramiento y estar viendo la cara de un muerto. Me hace gracia cuando me mira así: le sostengo la mirada, intento reproducir su cara de perplejidad y nos miramos un rato así. Me pregunto si me querrá transmitir algo que no termino de entender o si verá en mi cara algo que yo no sé.

Ali y yo desarrollamos una mecánica similar. Es raro. Cuando me despierto es lo primero que veo, por lo general ella duerme todavía. Duerme hasta que siente que me muevo y entreabre un poco los ojos, por lo general no le da para mucho más que para eso, me mide unos instantes, ve que todo está en su lugar, que mi despertar, ése, no se diferencia demasiado de todos los otros, los otros despertares, y cuando no bosteza o estira o reacomoda un poco, es porque se queda en la misma posición. Entonces yo también me estiro o, más bien, me retuerzo, en la cama todavía, doy unas vueltas y la miro, tan pacífica. Me pregunto quién vela el sueño de quién.

Antes de salir para la terminal me dedico un rato a Ali. Tenemos un momento de amor. La alzo y me la pongo en brazos como a un bebé, ella se deja, aunque sea taimada, y se va relajando de a poco. Le acaricio la panza, pongo mi cabeza contra la suya, me refriego. Tiene olor a batata al horno, no sé por qué, no sé por dónde habrá andado. Igual es rico, es rico el olor a batata al horno, por más raro que sea que esté en la cabeza de Alicia, Alison. La siento ronronear, tu gata no hace mucho ruido, no ronronea para afuera, es interno. Pero le ponés la mano sobre la panza y te das cuenta.

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