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Fabio Morábito

El aceite

El aceite es un agua que ha perdido el ímpetu y el descaro de la ida, y ahora, agotadas todas las rutas, se descubre pisando tierras que pisó en el pasado. Es un agua que ha dado la vuelta al mundo. Está de sobra. Ya no tiene los mismos derechos sobre el suelo y debe hacerse a un lado ante flujos más jóvenes y reales. Es un agua de lujo, que de tanto fluir se ha vuelto pesada de experiencia, quizá maligna. Es como si tuviera otra agua a su servicio; de ahí su suntuosidad, no ajena a la postración, pues donde hay suntuosidad, hay siempre alguien amarrado y de rodillas.

El aceite es pues un agua que necesita apoyarse en otra (una mano sobre otra mano, he ahí el principio del aceite), y esa invalidez lo hace inquietante. Es un agua con arena, un agua que en algún recodo se distrajo, aminoró su marcha y ya no pudo sacudirse la arena de encima, así que dijo adiós a la espuma, se recogió en sí misma, taciturna. llena de arena. Es un agua débil de rodillas.

Incapaz ya de correr, de desprenderse instintivamente de los peligros, de pisar cálidamente cada piedra, de tener una dicción clara, el aceite se ha hecho respingoso, calculador y sedentario. Después de agotar todas las rutas se ha vuelto reflexivo; rumia y se desplaza como el que vuelve a su terruño, con cautela, y más que caminar, ocupa y toma posesión; todo el que se adueña de algo lo hace volviendo sobre sus pasos y el aceite está de regreso; es un agua de predación. Mientras las aguas jóvenes riegan desinteresadamente la tierra, los aceites se remontan, ambicionan; son aguas de subida; su arenosidad les permite trepar sin esfuerzo, aunque lentamente; sin los aceites, de hecho, el mundo carecería de sorpresas, sería un mundo en perpetua bajada, tiranizado por la gravedad, de llanura desmedida.

A la larga, ese mundo se volvería geométrico. El aceite no tiene este inconveniente porque es antidoctrinario. Lo demuestra su caminar cauteloso, por tanteo. Es un agua desilusionada. Forma alrededor de las cosas una turbación que las salva de restregarse brutalmente con el mundo; las encierra en una hipnosis; así funciona la lubricación: cada pieza lubricada se desentiende sutilmente de las otras, gana autonomía, recupera dentro del mecanismo general, así sea ilusoriamente. la cadencia de la propia voluntad. El aceite, de hecho, resalta el temple individual, es comprensivo y auditivo. Ahí donde el agua, distraída y simplona, pasa de frente, él, que viene de regreso, cargado de trucos, se detiene y asimila; no desecha nada ni saca conclusiones, pero discierne, imprime un rostro y una edad en lo que toca. Toda cosa aceitada tiene un nombre.

Sin el aceite, pues, no habría cultura, ni comercio, ni transporte. Es un agua de carga. Gracias a él, el mundo es variado y las cosas intercambian posturas y lugares y se abren a usos insospechados. El aceite, por decirlo así, actúa por mayordomía, es el puente o el colchón que hace posible un contacto afable entre las cosas; oficializa las relaciones y les otorga un sello perdurable. Es lenitivo: empuja sutilmente, vuelve locuaz, reanima, civiliza. Sin aceites estaríamos sujetos al eterno claustro del agua y lo salvaje; la perversión y la esperanza nos estarían vedadas y viviríamos sin engaños, pero pobremente. El agua busca cauces y siempre los encuentra, ama el orden y la repetición; el aceite, con una o dos velocidades de menos, tiene multitud de ojos, y eso lo lleva a desbordarse, a no excluir. Es comunitario, inventivo. Mientras el agua dirime pleitos y da a cada cual lo suyo, el aceite revuelve utópicamente (toda revoltura tiene algo de utópico) y ensaya especies y esfuerzos. Es muscular y circense.

Obra por letanía; el aceite que cubre un determinado material, que lo lubrica (un tubo o lo que sea), lo está sutilmente repitiendo, como un eco; lo prolonga milimétricamente para quitarle su garra y relajarlo; los materiales aceitados entran en colisión casi conmovidos; la cortina de aceite funge como un fuego evangelizador y las fricciones paniculares pierden nitidez, prevalece la animación general, el bombeo que vitaliza el conjunto, las piezas entran en un estado de sopor, de conmoción. De humildad, y olvidan sus virtudes propia s conforme se entregan a ese material principal que es el contacto recíproco. El aceite es pues un mensajero velocísimo que no deja a nadie desinformado ni des orientado; su obra maestra, es más, toda su razón de ser, son el abrazo, la mixtura, la cocción, la redondez lograda, pues así como el agua tiende a un mar, el aceite, por los caminos que sea, tiende a un caldo, a una comunión.

 

El trapo

El trapo también generaliza. Nada de finezas con él. Nada de que yo pensé, creí, me dijeron, que esto y lo otro. ¡Al diablo! Es lo que exclama siempre el trapo: ¡Al diablo! No se anda por las ramas. Borrón y cuenta nueva. ¿Qué haríamos sin el trapo? Nos sofocarían nuestras escorias. Para salvarnos tendríamos que desplazamos, dedicamos al nomadismo. El trapo, en cambio, ayuda a establecemos. Es el pequeño viento del hogar que aligera la casa. El brillo que deja en lo que toca es parte del brillo del primer asentamiento, del primer encantamiento. Levanta toda la negligencia reunida, es el silencioso e incansable reedificador del primer día. Cada trapeada dice: “¿Se acuerdan?” Trabaja por absorción, por frotación, por reunión, por empuje, por simple asimiento. Cada trapeada realza lo sustancial y pone en su debido lugar lo secundario y adjetivo. El trapo ama, venera los nombres. Es el perro guardián de los títulos; todo lo que es atributo, efecto, emanación, transpiración, lo saca de quicio, le parece una gran pérdida de tiempo; es más, le parece el tiempo, que es lo que aborrece sobre todas las cosas. Es parmenidiano. Ama el ser fijo, el ser esencial. Cada trapeada, si pudiera, excavaría un foso en torno a cada cosa, la dejaría más alta Y más visible, más ella misma. Es la pasión del trapo: aislar, desbrozar, dejar más erguido. En suma, volver a nombrar. Pues el trapo tiene capacidad de asombro, de estar como si acabara de aparecer. Es el extranjero de la casa, el enviado de un mundo servicial que carga con el polvo y la basura del nuestro. Pero ese mundo no es otro planeta” es el fuego. el fuego que es siempre otro mundo, extranjero, lejano, mágico. El trapo es un subordinado del fuego; es un fuego a la mano, es una de las pequeñas divinidades del fuego. Es un fuego aplicado.

Como el fuego, obra por cerco, por sofocación. Desmantela entornos, corta vecinazgos y ligaduras, deja en asedio, a secas, sin aire; deja todo carente de procedencias, en condición de epitafio; hace pues subrayados, de ahí su movimiento pendular, de ida y vuelta. Pone en cursivas, como el fuego, sin crear nada. Es más,  para el trapo hay demasiado creado, demasiada paja y repetición; si por éI fuera, el mundo se reduciría a bien pocas cosas, pero todas espIendentes y memorables; el mundo como un amplio museo de pisos lustrosos.

El trapo, pues, ama los orígenes. Cada trapeada es de hecho una inmersión en el origen. Y puesto que el origen se aleja, el trapo se ve obligado a frotar y frotar, atravesando más capas para recuperar la cosa original, la cosa como es. Trapear es remontarse. El trapo no conoce el adelante, sólo progresa en el pasado. Cuando trapeamos detenemos el mundo para inclinamos sobre nuestras posesiones y fijarlas nuevamente en su sitio, para rebautizarlas. “¡Fuera los otros!”, exclama el trapo.

Todo lo que recubre el origen, que lo embadurna, desata su acaloramiento; pues una vez que entra en acción, el trapo es furia, pillaje, bandolerismo. Trabaja por nubarrones, mil órdenes lo embeben, es un caldo de órdenes. Imaginemos a muchos hombres apostados sobre unos riscos; a una señal se echan al mar zambulléndose cada uno sobre los calcañares del vecino, en la misma espuma, como guijarros tirados por una mano. Así funciona el trapo, por alarma, por deslave costero, por manotazo invernal. Sin el concepto de costa el trapo no existiría; de haber puras superficies continuas bastaría con escobas y recogedores; en cambio el trapo existe porque existe lo trunco y esquinado del mundo.

Su movimiento entrecortado, pendular, asmático, se adecua a esa provincianidad y regionalismo pululantes. Se le encomiendan siempre brillos específicos. Esplendores locales y diminutos. Lo demás no es de su incumbencia; y es por ahí, por los costados, donde descarga su ira. Puede decirse incluso que el trapo, puesto que las cosas tienen esquinas y bordes, no resuelve ningún problema, sólo los posterga o los encomienda a otros. De ahí ese sentimiento de fatuidad que nos produce ver a alguien trapeando. ¡El polvo no se acaba, sólo se despeña!, quisiéramos gritar. Y sin embargo, cuando el trapeo ha terminado, nos sentimos mejor. Sentimos que es justo que todo se haya desmoronado por los márgenes con tal de que la faz de lo que nos rodea relumbre plenamente. Porque somos sentimentales. Y a media altura, en el corazón de las cosas, ahí donde el trapo se ha sumergido, sentimos que el fuego del primer día, el que nos da un hogar, se sostiene más puro y a sus anchas.

 

El martillo

Es la herramienta más fácil, y la más profunda. Ninguna otra nos llena la mano tanto como ella, ninguna otra nos inspira el mismo grado de adhesión al trabajo y de aceptación de la tarea. Con un martillo en la mano nuestro cuerpo adquiere su tensión justa, una tensión clásica. Toda estatua debería tener un martillo, visible o invisible, como un segundo corazón o un contrapeso que diera la gravedad debida a los miembros del cuerpo. Cargando un martillo nos volvemos más rotundos y más íntegros; es el aditamento perfecto para la permanencia.

Encajado en la mano, obtuso, ciclópeo, infantil, con su peso y su tacto nos devuelve toda la frescura del utensilio, de la grata extensión del cuerpo, del esfuerzo encauzado sin desperdicios ni frustraciones. ¡Cabal martillo! ¡Hermane voluntarioso! Pocas cosas tan frontales como él. Actúa por ilíada, es bilioso, capruno, aquíleo. El zumo de la ira se ha reunido en el extremo de un mango de madera, ahí se ha dejado fermentar y endurecer; así es como surgen los martillos: por goteo lento de cólera, hasta que se forma una costra al final del mango, una amalgama de iracundia; se talla y se pule y listo.

Pasividad y prepotencia coexisten, así, en el martillo. De hecho, el martillo obra por sorpresa, por sorpresa desagradable, y su contundencia se debe no tanto a su fuerza como a su laconismo; no afirma, espeta. Toda la cólera del martillo, absorbida lentamente por el mango y lentamente fermentada, lentamente asumida, se expresa en un trino agudo. No hay tiempo para más. Parecería que el hombre que martilla reúne en la cabeza del martillo lo mejor de sí mismo y de su ascendencia. Él, como individuo panicular, está representado por el mango, que determina la voluntad y la orientación del golpe, pero el impacto propiamente dicho se debe enteramente a su pasado, grávido de muertos. Una multitud de muertos se agruma en cada martillazo, los muertos de uno, todo aquello que se ha resecado antes de uno, todo lo duro que lo precede a uno, y con esa dureza uno golpea, con todos sus muertos, que para eso sirven al fin los muertos, para ser la dureza de los vivos, para ser su punzón y su coraza. Un vivo sin muertos, sin estirpe, un vivo a secas, no sobrevive.

Por eso el martillo no dice nada que no haya dicho con anterioridad, ninguna emoción nueva altera su timbre: los muertos evocan siempre lo mismo, y lo que evocan se debilita con el tiempo, grandes zonas del recuerdo se desmoronan, se recurre a cada vez menos palabras, por último todo se reduce a una sola sílaba dura y obstinada.

Cada muerto, a medida que más muertos llegan al reino de los muertos, pierde definición y su voz se rezaga hasta ser borrada por las otras. Cada martillazo es eso, un magma de voces que han quedado reducidas a una sola sílaba; cada martillazo hace aflorar capas profundísimas, a menudo casi inertes, a un punto de la piedra, cuyos únicos vínculos con el aquí y el ahora se han reducido a cienos sueños, a cienos estallidos profundos de la conciencia, a cienos martillazos.

Por eso los martillazos de un hombre son profundamente distintos de los martillazos de otro: aglutinan pasados propios e intraducibles que tal vez en algún punto, en lo más lejano, se tocan, hasta se mezclan, pero permanecen distintos; sólo un aparato sensibilísimo podría descomponer esos simples choques en todos sus estratos de voces perdidas en el tiempo. Pero sería un aparato infernal. Oiríamos a la turba de nuestros muertos uno por uno, en un remolino aterrador. Y a los muertos hay que juntarlos y confundirlos para que no nos asusten, para que nos dejen vivir, hay que amalgamarlos, apretujarlos, borrar sus facciones y sus voces; que persistan únicamente como conjunto, como lejana barrera, como penumbra. Por eso se inventó el martillo, el unitario: nos liga de un golpe a nuestros muertos y al mismo tiempo los hunde en su pasado y los entierra, los quita de en medio: hablando con ellos a través del martillo nos liberamos de ellos. Avanzamos hacia adelante: el martillo aplana, abre cancha, somete brotes, empareja el camino, tiende hacia el futuro. Es pura proa. Pero como toda proa, deja tras de sí una larga estela, un coro de voces que son nuestros muertos, que resuenan en cada martillazo. Avanzar hacia adelante es avanzar hacia ellos. En cada martillazo se tocan y se confunden el adelante y el atrás, el porvenir y el pasado, nuestra libertad y nuestro origen. En cada martillazo quedamos clavados en el suelo, redefinidos de una sola llamarada como las estatuas. ni del todo vivos ni presentes, ligeramente clásicos y perpetuos.

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