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Antón Chéjov, libro en mano, con Konstantin Stanislavski a su derecha y su futura esposa Olga Knipper a su izquierda leyendo La Gaviota a los integrantes del elenco estable del Teatro artístico de Moscú 1898

Mi primera experiencia con los relatos de Chéjov fue repentina y breve, y se produjo prematuramente. Cuando lo leí a los veinte años, desconocía su prestigio e importancia, o por qué debía leerlo (una de esas lagunas de ignorancia que intenta subsanar la universidad). Pese a su aparente sencillez y su engañosa accesibilidad, los relatos de Chejov –en especial los más destacados– siguen pareciéndome relativamente impenetrables para los jóvenes corrientes. En realidad, Chejov me parece un escritor para adultos. Su obra se vuelve provechosa y espléndida, cuando consigue dirigir nuestra atención hacia sentimientos maduros y casi imperceptibles alternativas morales circunscriptas en dilemas mayores, cualquiera de las cuales, si las encontráramos en nuestra precipitada vida con los demás, probablemente pasaría inadvertida incluso a la observación más sutil.
El deseo de Chejov es complicar y poner en tela de juicio nuestra impresión sobre personajes que, erróneamente, nos creemos capaces de comprender a simple vista. Casi siempre nos aborda con una gran seriedad, centrada en algo que se propone hacer irreductible y accesible, y mediante esta concentración quiere insistir en que nos tomemos la vida a pecho. Tal instrucción no es fácil de seguir cuando uno es joven. Mi propia experiencia universitaria consistió en la lectura del gran clásico de las antologías, “La dama del perrito” (1899), que básicamente me causó perplejidad, si bien la franqueza y autoridad esenciales del relato me indujeron a sentir cierto respeto por esa luz gris de hondas emociones que emana del austero contenido del relato.
“La dama del perrito” trata del fortuito encuentro amoroso entre dos personas unidas en matrimonio a otras dos personas. Uno de ellos es un aburrido hombre de negocios moscovita de mediana edad, y la otra, una ociosa recién casada de poco más de veinte años, ambos en un período de asueto marital en el balneario de Yalta, a orillas del mar Negro. Los dos entablan un breve y tórrido idilio que, para el hombre de negocios moscovita al menos, no parece muy distinto de otros idilios de su vida. Después de un corto y trepidante tiempo juntos, sus vacaciones concluyen de manera previsible: Anna, la joven “dama del perrito”, parte de regreso a su casa y a su marido en Petersburgo, mientras que el maduro Gurov reanuda sus tediosas relaciones profesionales y maritales en Moscú. Pero los efectos de la aventura pronto empiezan a contaminar la vida cotidiana de Gurov y a despertarle un devorador deseo, de modo que termina por urdir una mentira para viajar a Petersburgo, donde se reúne con la anhelante Anna en el entreacto de una obra de teatro expresivamente titulada La geisha. En las semanas posteriores, Anna establece la rutina de visitar a Gurov en Moscú, donde –observa el narrador omnisciente– “les parecía que era el mismo destino quien los había hecho el uno para el otro, y les resultaba incomprensible por qué él estaba casado y estaba casada ella”. En su secreto nido de amor del bazar Slavianski, Anna llora amargamente a causa de esa ingrata situación, mientras Gurov se esfuerza, de manera un tanto imperiosa, por consolarla. Al final del relato, el narrador, como poniendo cara de poker, concluye: “Y parecía que un poco más y encontrarían la solución, y empezaría entonces una vida nueva, maravillosa, y para ambos estaba claro que hasta el final faltaba mucho, mucho, y que lo más complicado y difícil no había hecho más que empezar”.
Lo que yo no comprendía allá por 1964, a mis veinte años, era lo que convertía en un gran relato –supuestamente uno de los más grandes jamás escritos– a esa monótona sucesión de incidentes anticlimáticos. Sabía que trataba sobre la pasión, y que –si bien Chejov no lo describía– había sexo, sexo adúltero. Pero me parecía que al final del relato, cuando Gurov y Anna se dan cita lejos de las miradas de sus cónyuges, no ocurría casi nada, o al menos yo no lo detectaba. Hacen el amor –entre bastidores–; Anna llora; Gurov dice nerviosamente: “Basta ya, querida mía, ya has llorado. A ver, hablemos. Algo se nos ocurrirá”. Y ahí termina el relato. Allá por 1964 no me atrevía a afirmar que no me gustaba el relato. En realidad, no podía decirse que no me gustara: sencillamente no veía en él ninguna razón para que gustara tanto. En clase, se estudió a fondo el párrafo inicial, que contiene la presentación –famosa por lo breve, compleja y sin embargo directa– con su información y estrategias para prefigurar cómo se desarrollaría posteriormente la historia. Se dijo asimismo que el final era admirable. Hoy, lo que diría que tiene de bueno “La dama del perrito” (y quizá el lector debería detenerse aquí, leer el relato y volver), es primordialmente que la narración no se centra en los elementos convencionales de interés –sexo, engaño y desenlace final–, sino que dirige nuestra atención hacia esos terrenos menos abruptos de una aventura amorosa donde podrían pasar inadvertidos detalles importantes. Justamente, lo que “La dama del perrito” demuestra es que los sucesos corrientes presentan trascendentes alternativas morales y, por lo tanto, tienen consecuencias en la vida que nos conviene tomar en consideración, aun si antes de leer el relato suponíamos que no era así. Éstos son aspectos del relato que el autor desea que no pasemos por alto.
Desde mi perspectiva de escritor, me interesa y complace esta elección por parte de Chejov, esta relación en apariencia anodina a la que otorga trascendencia y trata con inteligencia, gracia y compasión. Porque, supervisándolo todo, se halla la utilización quirúrgica que Chejov hace de su perspicaz narrador (“Así sonaba el mar allí abajo, cuando aún no estaba aquí Yalta, y así seguiría, igual de indiferente y sordo, cuando no estuviéramos. En esa inmutabilidad, en la completa indiferencia hacia la vida y la muerte de cada uno de nosotros se esconde, quizá, el secreto de nuestra salvación eterna, del ininterrumpido movimiento de la vida en la tierra”). Con los años, he llegado a tener en gran consideración “La dama del perrito”, y no sólo como el relato gracias a cuyas sutilezas empecé a saber por qué me gustaba Chejov, sino también porque, debido a su ejemplar plenitud, llegué a experimentar la literatura en el sentido que le da F.R. Leavis en su famoso ensayo sobre Lawrence: entendiéndola como el medio supremo a través del cual “sufrimos una renovación de la vida sensual y emocional y adquirimos una nueva conciencia”. El modo en que Chejov presenta esta aventura amorosa en tono menor, protagonizada por personas insignificantes y respetables, contribuyó a dar forma a mi idea de lo que podían implicar las palabras “vida emocional”.
Ahora bien, dejando de lado esta pequeña obra maestra, ¿qué clase de conciencia nos proporciona en general la lectura de los relatos de Chejov? Naturalmente, no existe el relato “típico” de Chejov, circunstancia que reduce al sinsentido el cómodo término seudocrítico “chejoviano”. Si bien hay muchos relatos en los que la vida cotidiana ofrece una apariencia estéril desde el punto de vista dramático –excepto por el hecho de que Chejov la convierte en objeto de una intensa investigación narrativa cuyo resultado es el descubrimiento de una inesperada cobardía emocional o una dolorosa indecisión moral, como en el caso de “La grosella”–, hay otros de un dramatismo fulminante, que hacen temblar las ventanas y avanzan de manera desenfrenada hacia su desenlace como trenes de carga. En “Enemigos”, por ejemplo, un joven y angustiado esposo irrumpe en casa de un médico a altas horas de la noche y le suplica que, fiel a su juramento, vaya a atender de inmediato a su esposa agonizante (aunque el propio hijo del médico acaba de expirar momentos antes). A su pesar, el médico deja de lado su dolor y cumple con su obligación, pero cuando llegan a la casa del hombre, la esposa no está allí, porque ha huido con otro hombre. El título del relato insinúa ya el vehemente desenlace de la noche.
Si en general se cree que el característico final de Chejov deja a los lectores intentando aferrar en el aire las respuestas a las profundas, pero ambiguas vacilaciones morales presentes en el relato –respuestas que el autor no ha ofrecido porque las consideraba intelectualmente reductivas–, existe a la inversa el Chejov directo que de manera sistemática nos cuenta exactamente lo que desea que sepamos. Y, porúltimo, si se piensa que todos los relatos de Chejov rebosan trascendencia y severidad como la luz gris que ilumina momentáneamente al pobre Ryabóvich en “El beso”, tenemos también al Chejov burlesco. De hecho, es frecuente la aparición del humor de Chejov, a menudo en momentos sorprendentes pero nunca equívocos. Al igual que en Shakespeare y en Faulkner y en Flannery O’Connor, el giro cómico no sólo intensifica y actúa como contrapeso de la gravedad de un relato serio, sino que además humaniza nuestra propia familiaridad, permitiendo que salga a la luz el contexto más pleno, más real de la vida, como si Chejov suscribiera la antigua máxima cómica que rige la dualidad básica de la vida: si nada es gracioso, nada llega a ser realmente serio.
En sus relatos, lejos de sucumbir a alguna forma reconocible por un esquema, Chejov parece tan comprometido con el carácter variopinto de la vida que nos produce la sensación de que la ficción debe estar siempre al borde de resultar irreconocible (claro que su inteligencia ordenadora impulsa fervientemente el relato a la claridad). En Chejov, no hay actitudes previsibles respecto de nada: ni las mujeres, ni los niños, ni los perros, ni los gatos, ni el clero, ni los campesinos, ni los militares, ni los hombres de negocios, ni los funcionarios, ni el matrimonio, ni la propia Rusia. Y si algo puede calificarse de “típico”, es su insistencia en que permanezcamos atentos a los matices de la vida y sus más nimias connotaciones morales (“La falta de amor y la infelicidad… ¡qué interesante era eso!”, piensa Nadya en “Después del teatro” tras ver una representación de Eugenio Onegin). De hecho, todos los relatos de Chejov a menudo no parecen –por su lenguaje formal y directo– siquiera ingeniosos, sino más bien la laboriosa descripción paso a paso de una existencia común y corriente, hasta que Chejov empieza a iluminar los territorios sumidos en la oscuridad, como un modo de inventar lo que es nuevo, fundamental o calamitoso en la existencia humana.
En realidad, la reacción más habitual ante alguno de esos momentos de descubrimiento moral en un relato de Chejov –que lo que tal personaje ha hecho es correcto, que lo que tal otro ha pensado no lo es– suele ser, para nuestro consuelo, de reconocimiento más que de sorpresa, como si en el fondo ya supiéramos que la gente era así, pero hasta ese momento no hubiéramos necesitado develarlo (como en esta extraordinaria frase del relato “Campesinos”: “Cuando en una familia hay un enfermo ya sin esperanzas de sanar y que tarda en morirse, a veces se suceden momentos penosos en que todos los allegados desean en el fondo de su alma que muera”). Vale aclarar que Chejov no se distingue por la tendencia al aforismo. Por lo general, prefiere hacer hincapié en el modo en que la vida lucha sin el menor heroísmo por alcanzar la normalidad, en lugar de ofrecer momentos en que la vida es excepcional (o, mediante una astuta observación, revestirla de una apariencia excepcional). Y, pese a lo repletos de experiencia de vida que están los relatos, Chejov también parece regular la cantidad de complejidad que contienen, como si existieran límites al grado de significado literario que podemos tener en cuenta. Sus relatos rara vez se resuelven en desenlaces dramáticos y epifánicos: eluden en gran medida esta estrategia, para remitirnos de nuevo a detalles anteriores y hacernos reconsiderar momentos cuyo carácter decisivo y trascendente hemos pasado por alto para ver con mayor claridad al género humano.
Puede decirse con relativa certeza que, con la elección del relato como forma narrativa, Chejov optó por no representar toda la vida: no incurrir en el exceso sino dar forma sólo a algunas partes discretas y centrar en éstas nuestra atención como método de indispensable instrucción moral. Nunca nos hace sentir desorientados o demasiado en deuda con su genialidad. Por el contrario, pone su genialidad a nuestra altura y la acomoda a nuestra capacidad de comprensión, en un acto de empatía cuyo mensaje es que la vida es básicamente como la conocemos en nuestros esfuerzos. Todo esto puede ser sólo una manera de decir que la razón porla que nos gusta tanto Chejov todavía es porque sus relatos siguen pareciendo modernos, en la medida que se ajustan mucho a nuestro tiempo y a nuestra mentalidad. Sus meticulosas anatomías de los complejos impulsos humanos, su concepción de lo que es gracioso y patético, su lúcida atención a la vida se corresponden de algún modo con nuestra experiencia. Sus relatos pueden leerse con placer y avidez por su perspicacia, sin notas a pie de página para explicar la época o la región donde suceden. Tan fresca adecuación al presente no sólo confirma la redentora vitalidad del impulso literario, sino que a la vez nos garantiza que formamos parte de un continuum y que somos perdurables. Chejov hace que nos sintamos corroborados, indemnizados dentro de nuestra fragilidad humana, e incluso un tanto esperanzados respecto de nuestra capacidad para afrontar la vida, poner orden y encontrar claridad.
Como lectores de ficción (es decir, de literatura imaginativa), siempre vamos en pos de pistas, de señales: ¿dónde, en la vida, buscar con mayor diligencia? ¿Qué no dejar pasar inadvertido? ¿Cuál es el origen de tal clase de calamidad humana, de tal clase de júbilo y placer? ¿Cómo podemos vivir más cerca de ésta y más lejos de aquélla? Para esta clase de peregrinos, Chejov es un guía, quizá el guía. Para los escritores del siglo veinte, su obra ha incidido en todos nuestros supuestos sobre qué es un tema apropiado para una narración imaginativa; qué momentos en la vida son demasiado cruciales o preciosos para relegarlos al lenguaje convencional; cómo debería comenzar un relato y las diversas formas para terminarlos. Y, lo más importante, sobre lo inapelable que es la vida y, por tanto, lo tenaces que han de ser nuestras representaciones de ella. Sin embargo, más que ninguna otra cosa, es el gran equilibrio de Chejov lo que nos emociona y admira. Dados los temas, los personajes y las acciones que Chejov pone en juego, automáticamente tenemos la sensación de que todo lo importante está siempre presente en cada una de sus obras. Como adultos, suele gustarnos lo que nos incita a saber más, y nos sentimos halagados por una firme autoridad que primero nos inspira confianza y luego nos ofrece buenos consejos. Al leer a Chéjov, ciertamente da la impresión de que él nos conociera.

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