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Camino a Jagüe

De aquella actividad me queda un remordimiento: no haberte dado mi instrumento, para que se lo comiese, a esa mula que al término de un concierto en uno de esos pueblos de la cordillera lo miraba hambrienta y codiciosa. Después de todo, como dijo el alcalde, qué es un violín para una mula: un vegetal; pasto. Y qué para uno, a la luz de estos recuerdos y después de tantos años: casi lo mismo que para la mula, un alimento que nutre a la memoria.

Porque las “salas” donde tocábamos eran las galerías de los colegios, que daban al patio, al aire, a la cordillera inmediata, al océano Pacífico que estaba un poco más allá pegado a Chile. Unas galerías largas sostenidas por columnas metálicas donde la gente, que venía de los cerros, ataba las riendas de sus mulas, que eran, siempre, la mitad de nuestro público.

Unas mulas que, en cuanto oyentes, eran mucho más educadas que las personas: no tosían ni cuando acababa un movimiento ni mucho menos en mitad de una pieza; no hagan ruido con los papeles de los caramelos, como los odiosos hijos de los ediles y demás municipales del pueblo, que sentados en la primera fila se pasaban el concierto pelando maní o mascando cosas duras y arruinando los pianísimos con los chirridos del papel celofán que envolvía sus golosinas, no cuchicheaban ni tenían actitudes ajenas al concierto, como las esposas de los ediles y los ediles mismos; unas mulas mansas y melómanas que miraban siempre hacia la orquesta, parpadeando, serenamente entregadas a la música producida por esos jinetes que habían conseguido, tras siglos de labores, arrancar sonidos a la madera de los árboles del monte, chañares y algarrobos cantando músicas privadas que venían de los montes de otros mundos.

La tarima que separaba a la orquesta del público estaba montada sobre unos toneles de kerosén (fluido con que se alumbraba el pueblo), vacíos, que actuaban además como cajas de resonancia. Las butacas eran sillas de esterilla, banquetas de madera, adobes apilados, alguna que otra osamenta de cabeza de vaca. El público, labradores, algunos de ellos azada en mano, el horario estricto del concierto no les había dado tiempo para pasa r por la casa y lavarse un poco, venían directamente de sus huertas. Entre el público y las columnas que sostenían la galería había un espacio libre de un metro de ancho, especie de pasillo para que entrasen y saliesen los músicos. Este espacio separaba al público propiamente d icho de las mulas, atadas a las columnas, cuyas cabezas asomadas permanecían bajo techo y el cuerpo a la intemperie. Tan bien alineadas, tan orejita contra orejita mirando todas para el lado de la orquesta; orejas que subían o bajaban en los sonidos muy agudos o muy graves, todas al mismo tiempo y para el mismo lado, como los arcos de los violines. Mulas que daban a la sala

el clima de un cuadro de Paolo Ucello, caballos blancos en salones venecianos. Tantas como músicos, que éramos 18; en cuanto a las personas no sé, no las conté, pero por ahí andaban. Menos mal que los mirones que escuchaban desde afuera y medio desde lejos, sumados a las mulas, nos liberaban de la humillante situación de ser casi más músicos que público.

En el viejo teatro Rivera Indarte de Córdoba las familias principales colgaban en la baranda de sus palcos unos mantos que eran signo de distinción o de prosapia, lo hacían cuando los ocupaban, poco antes del concierto, y los de abajo y los del gallinero teníamos que aplaudir porque así era la costumbre, las damas, afrancesadas, y los caballeros, engominados, saludaban discretamente inclinando apenas la cabeza. Aquí en las salas de música de la cordillera las familias de abolengo engalanaban sus mulas con atuendos de domingo, riendas lustradas, llenas de hebillas doradas e incrustaciones como de pura plata, y si hacía mucho frío cubrían a los animales con unos mantos parecidos a los del Rivera. Era una delicia ver esas mulas bien lavad as y tusadas, con ese aspecto medio afrancesado que las acercaba a las damas nobles y sentimentales del Viejo teatro cordobés.

Cuando acababa la primera parte del concierto y pasábamos junto a las mulas rumbo al aula que era nuestro camarín, el alcalde nos advertía: tenga n cuidado, mantengan los instrumentos lejos del hocico de las mulas. Y cuídense también de las que vienen por su cuenta y andan sueltas, ésas son capaces hasta de subir al escenario si el hambre las apura.

Había una que siempre miraba hacia mí, durante la ejecución, enfocando especialmente el instrumento. Aquella vez, cuando acabada la primera parte me dirigía hacia el aula/camarín, me siguió con la vista, con evidentes signos de excitación. Me paré a su lado y le mostré de cerca el instrumento.

A través de la ansiedad de su mirada se notaba que el corazón le latía en puras desmesuras Retumbaba en mis oídos. Cuidado, dijo el alcalde desde una punta de la galería, se lo va a comer. Un edil, desde la otra punta, me dijo: no tema, es una mula mansa. Entonces le puse la viola junto a la boca. La mula entreabrió los belfos y lanzó el mordiscón. Como le retiré rápidamente el instrumento, alcanzó a mojarlo, dos clavijas y parte de la tastiera quedaron bañadas de baba mular. Dijo el alcalde: ¿se convence por fin de cuál es el verdadero interés musical de estas mulas hambrientas? ¿No advierte acaso que para ellas un Stradivarius como seguramente será el suyo no es nada más que un poco de alfalfa disimulada con barnices y lustres, porque aquí las únicas cosas vegetales que se han visto últimamente son violines?

El maestro Fauré, el contrabajo y dos de los segundos violines, opinaron, durante el descanso de ese concierto memorable, que no era solamente la comida lo que llevaba a las mulas a permanecer tan atentas a la música, sino la música misma, y que comerse los instrumentos era una especie de culminación del goce musical. Uno de los cellos dijo que era natural que las mulas se aproximaran a la música, por ser ambas de la misma naturaleza, y citaba a Schopenhauer, según el cual las infinitas melodías posibles se corresponden con la inagotable variedad de seres, fisonomías y existencias que produce la naturaleza, entre ellas las mulas, claro. Pero bueno, mucho no le creíamos,  ninguno de nosotros había leído a ese filósofo además el susodicho afirmaba que el la con que afinábamos a esas alturas, unos tres mil metros, digamos, no era el mismo con que afinábamos en el llano. Le atribuía a los sonidos las cualidad es del agua, cuyo punto de ebullición varía con la altura.

En eso estábamos cuando el alcalde dando un grito vinculado con el trato que se da al ganado caballar y usando el poncho como látigo hizo salir precipitadamente de la sala a cuatro mulas de las sueltas que habían empezado a lamer el contrabajo abandonado al borde de la tarima. Hay que ver con qué tristeza se iban, sin cenar, bajando hacia el desierto, desvalidas ante la imposibilidad de comerse esas maderas secas pe ro apetitosas a las que los amos de siempre adjudicaban un valor desmesurado llamándolas violines o algo así.

Al verlas me arrepentí de haberle retirado la viola a la mula que quiso comérsela. Al fin y al cabo violas como ésa se conseguían por pocos pesos en cualquier cambalache, y aparte de calmar el hambre del animalito hubiera sido un espectáculo genial, ya que no parece frecuente ver una mula comiéndose un violín, el sonido de esas maderas musicales entre los dientes mulares debe ser fascinante.

Hasta que uno de estos días y aquí en este faubourg sentimental uno lee Lucrecio, quien hace unos dos mil años dijo en hexámetros latinos, refiriéndose a especies desaparecidas que ” la Naturaleza les impidió medrar y no pudieron alcanzar la flor de la edad, ni encontrar alimentos, ni ayuntarse por las artes de Venus”. Para la supervivencia, dice, “primero debe haber pastos; luego un conducto a través del organismo por donde el semen genital pueda manar de los miembros relajados; y para que las hembras puedan unirse a los machos, deben tener órganos por los que intercambien mutuos goces”.

Como las mulas carecen generalmente de esas circunstancias venusinas, vuelcan toda su fuerza en el asunto de los pastos, para ellas comerse un violín o un contrabajo debe ser un goce sublime, especialmente en circunstancias andinas. Con lo cual se patentiza mi remordimiento por no haberle dado el violín a esa mula que me lo reclamaba golosa.

Esta mulita, de la que conservo nítida la luz de su mirada, me persigue en sueños desde entonces. Dos o tres veces por año se me aparece, en las horas altas de la noche, reclamándome con aire lastimero el violín que le negué. Se lo doy sin vacilar ni un instante. Pero no lo come, ni siquiera lo huele, y me mira enojada conmigo para siempre, como reprochándome que le ofrezca un violín (o una viola, para el caso es lo mismo) de sueño. Ella también es de sueño, pero seguramente no lo sabe ni yo puedo decírselo, por estar de este otro lado. Entonces uno se despierta y aparece el remordimiento.

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Los fragmentos de la obra de Daniel Moyano que se citan en este blog pertenecen a los siguientes libros:

Tres golpes de timbal | Ed. Sudamericana 1990

Tres golpes de timbal | Alción Editora 1º edición 2012

Un silencio de corchea | Colección La ciudad de los naranjos | Biblioteca Mariano Moreno, de La Rioja

La espera y otros cuentos | Biblioteca básica argentina 1992

El oscuro | Ed. Sudamericana 1º edición 1968

La lombriz | Nueve 64 ediciones 1964

El trino del diablo | 1º edición Ed. Sudamericana 1974

Una luz muy lejana |  Ed. Sudamericana 1º edición

El libro de navíos y borrascas | Editorial Gárgola

Dónde estás con tus ojos celestes |  Editorial Gárgola

Un sudaca en la corte |  Caballo negro editora

En la atmósfera | Editorial El mensú

El vuelo del tigre | Legasa literaria 1981

Las fotografías de Daniel Moyano fueron tomadas de internet y pertenecen al Archivo de Fotografías de Daniel Moyano, que se aloja en el Archivo Virtual Daniel Moyano, en el Centre de Recherches Latino-américaines de la Université de Poitiers, en Francia.

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