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Katherine Mansfield

El niño en mis brazos (1914)

“¿Me tocarás con el niño en mis brazos?” no es mera agudeza. Si se cambia “¿Me tocarás?” por “¿Puedes tocarme?”, ¡es tief, sehf tief! Estaba pensando ahora mismo… que ni me atrevo a darles rienda suelta a mis pensamientos de J. a mi deseo de J. Y pensé: si tuviese un niño, ahora jugaría con él y me perdería en él y lo haría reír. Y usaría al niño contra mi sentimiento más profundo.

Cuando pensé: “No, no pensaré más en esto; es intolerable, insoportable”, haría brincar al niño.

Eso les corresponde, creo, a todas, todas las mujeres. Y explica el curioso aspecto de seguridad que se ve en las madres jóvenes: están a salvo de cualquier sentimiento esencial por el niño que tienen en sus brazos. Y también da razón de las mujeres que llaman “niños” a los hombres. Esas mujeres se llenan con sus hombres, se sacian hasta alcanzar un estado de absoluta crueldad. Observen la sonrisa astuta, satisfecha de las mujeres que dicen: “Los hombres no son más que niños! ”.

¡Cuidado con la lluvia! (1917)

Tarde por la noche, después que se han retirado los restos de la cena, soplado las miguitas que cayeron en el libro que se estaba leyendo, encendido la lámpara y uno se ha acurrucado frente al fuego, ése es el momento de cuidarse de la lluvia.

Primavera Vespertina (1918)

“Todas mis virtudes… toda mi rica naturaleza… perdidas” dijo ella, “cubiertas, enredadas, olvidadas, desertadas como un antiguo jardín”. Ella sonrió, se acomodó el sombrero y cerró su abrigo como si estuviese por desaparecer dentro de él. “Un oscuro lugar” dijo, incorporándose vacilante. Luego volvió a sonreír. “Tal vez sólo quede mi… mi… curiosidad acerca de mí misma”. Entrecerró los ojos, y se inclinó hacia adelante, como si la planta hubiese aparecido a sus pies. “Siempre odié las primaveras vespertinas. El nombre suena a cosa encantadora, pero cuando ves esas flores herbosas y viles sobre la tumba sin la lápida… da mala suerte… No intento ningún simbolismo con eso” dijo, “¡Dios no lo permita!” y se marchó.

Geranios (1919)

Los geranios rojos han traído el jardín a mi cabeza. Están allí, establecidos, de nuevo en el antiguo hogar, cada hoja y cada flor desempacadas y en su lugar, y muy decididas a que ninguna potencia de la tierra vuelva a moverlas. Bien, eso no me importa. ¿Pero por qué debían hacerme sentir una extraña? ¿Por qué debían preguntarme, cada vez que me acerco: “¿Y qué estás haciendo en un jardín londinense?” Arden de arrogancia y orgullo. Yo soy  la pequeña colona que camina por el pequeño jardín de Londres, a la que le permiten mirar, tal vez, pero no permanecer. Si me tiendo sobre el césped, ellas sin dudas me gritan: “Mírenla, tendida en el césped, simulando que vive acá, simulando que éste es su jardín, y que aquella parte posterior de la casa, con las cortinas en movimiento, es su casa. Ella no es más que una niñita extraña sentada sobre las colinas de Tinakori que sueña: `Fui a Londres y me casé con un inglés, y vivíamos en una casa seria y alta con geranios rojos y margaritas blancas en el jardín del fondo. ¡Descaro!”.

Et in Arcadia Ego (1919)

Sentarse frente a un pequeño fuego de leña, con las manos cruzadas sobre el regazo y los ojos cerrados, imaginar que se vuelve a ver sobre los párpados toda la belleza danzante del día, sentir la llama en la garganta como solías imaginar que percibías la mancha de amarillo cuando Bogey sostenía un botón de oro bajo tu mentón… cuando respirar es tal placer que casi temes respirar… como si una mariposa batiera sus alas sobre el pecho. Aun gustar la cálida luz del sol que se derretía en tu boca; oler el blanco perfume ceroso que flotaba sobre los campos de junquillos y el especiado y silvestre olor del romero creciendo en pequeñas matas entre las rocas rojas, muy cerca del borde del mar…

La luna está saliendo, pero el día renuente permanece sobre el mar y el cielo. El mar está embadurnado con un rosado del color de las cerezas inmaduras, y en el cielo hay una flotante luz amarilla como las alas de canarios. Muy inflexibles y sólidos son los troncos de las palmeras. Se elevan de sus copas los duros ramos verdes que parecen cortar el aire del anochecer, y entre ellos, los azules árboles de la goma, altos y delgados con hojas falciformes y ramas que caen, medio azules y medio violetas. La luna está apenas sobre la montaña, detrás del pueblo. Los perros saben que está allí; comienzan ya a aullar y ladrar. Los pescadores se silban y se gritan mutuamente mientras acercan sus barcos, algunos niños cantan con voces casi quebradas junto a la costa, y hay un ruido de niños que lloran, niñitos con mejillas quemadas y arenas entre los dedos de los pies a los que llevan a la cama…

Estoy cansada, benditamente cansada. ¿Supones que las margaritas se sienten benditamente cansadas cuando se cierran a la noche y el rocío desciende sobre ellas?

 

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tief, sehf tief :  profundo, error profundo

Et in Arcadia Ego: Se trata de la frase que supuestamente expresó la muerte “Et in Arcadia ego”, que significa “Y en la Arcadia también estoy”. La Arcadia es una tierra paradisíaca localizada en Grecia (la región en realidad es agreste y despoblada), donde se situaban las andanzas de dioses y ninfas entre riachuelos, vegetación exuberante y completa armonía del hombre y la naturaleza. Los pastores de la Arcadia son el prototipo de habitante feliz, modelo para el resto de la Humanidad. Sin embargo, en uno de sus paseos, los pastores encuentran una calavera, que viene a recordarles que incluso en el lugar más feliz y perfecto de la tierra, la muerte está presente y dispuesta a cada momento. (tomado de ArteHistoria)

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