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Daniel Moyano

El faro de Contardi. Si Bidoglio, con un poco más de tacto, no hubiese usado la palabra desaparecidos cuando hablamos de su hijo con el viejo, ese faro no hubiese aparecido en la mente del pintor. Inventó ese concepto para oponerlo al de desaparecidos. Y eligió un faro porque es pintor y todo lo ve plásticamente. Por favor, dijo Contardi en su litera, llena de esos objetos que le servían para componer sus cuadros, por favor, no usemos eufemismos entre nosotros. Y tampoco tratemos de explicar el eufemismo, como intenta hacerlo ese señor. Si no sabemos bien qué es un muerto, y tampoco exactamente lo que es un ser viviente, entonces no vale la pena intentar una definición de desaparecidos. Por otra parte es un concepto falso, no existe. Esta precariedad de no saber bien qué es lo vivo ni lo muerto hace posible el crimen. Al fin y al cabo, dice el asesino, no sabemos bien qué es lo que matamos. Al no saber qué es lo uno o qué es lo otro, tiramos al bulto, a lo que se mueve en la oscuridad. Nuestros sentidos son torpes, valen menos que el olfato de un perro. Vemos milímetros de mundo y de vida, en medio de la extensión. El mundo es cósmico, nosotros no. Una percepción más profunda de lo vivo detendría el dedo en el gatillo. No, diría el asesino, yo no le puedo tirar a eso, es demasiado para mí. Sería como tirarle un tiro al Adagio de Albinoni o a la catedral de Chartres, para poner ejemplos de lo vivo que ni siquiera son aproximativos, sirven apenas para llenar un vacío provisionalmente. Porque es imposible saber por ahora, a través de sentidos que sólo sirven para arrastrarse, lo que encierra eso que llamamos un hombre, en su equívoca condición de hijo del amor y eventual  padre de la muerte. Y como no tenemos ese conocimiento, en su lugar hay un vacío que ningún ejemplo perceptible puede ocupar con propiedad. Hemos hecho esa catedral o pintado El quitasol porque no sabemos qué somos nosotros. Creamos belleza para buscamos, para no morirnos. Si supiéramos lo que somos, y tal como yo a veces alcanzo a intuirlo, pintaríamos más, viviríamos ocupados en cuidar nuestra propia belleza milagrosa. Simplemente viviríamos, estaríamos siempre dentro del Quitasol, objetos bellos pulidos por los años en un país que se te parece, como en el poema de Baudelaire. Matamos porque no sabemos quiénes somos. Y hay todavía un detalle horrible: si los sentidos son insuficientes para mirar, están todavía los errores que proceden de la voluntad de no ver (y es ésta la raíz del crimen). En el campo de prisioneros donde estuve pude comprobarlo. En ese submundo artificial dejamos de ser hombres. En la mente de nuestros carceleros empieza nuestra metamorfosis. Y llega el momento crítico en que nos transformamos en ratas. Entonces el dedo se va solo hacia el gatillo. Y cualquiera puede convertirse en rata; por distracción, por olvido, por inocencia o por simple culpabilidad. No sabemos cómo están colocados los espejos que se ponen en la mente y en los ojos para llevarnos a la forma de ratas. Es inútil sentarse o estar de pie, arrodillarse o tomar la sopa que te dan, tomada con alguna dignidad. En cualquier actitud nuestra ellos pueden descubrir una condición de rata. En última instancia no se trata ni de nuestras formas ni de sus visiones, se trata de una voluntad de ver ratas y matarlas. Como pintor puedo decides que es muy difícil, casi imposible, mirar la naturaleza. Aprender a mirar es una vía para aprender a vivir. ¿Se han preguntado alguna vez qué mira la mujer del Quitasol? Porque ella está mirando algo, ¿verdad? Ella mira el resultado de la actitud y del clima general del cuadro. Como Goya no podía pintar lo que todavía no podemos ver, entonces pintó el modo de mirado. Pintó una manera de mirar el mundo que se nos escapa. Hasta que no aprendamos a mirar no dejaremos de matarnos. En mi hijo, si lo mataron como parece, intentaron destruir, sin saber qué es, lo que está mirando esa mujer. Hay que intentar esa mirada. Ordenar estas maderitas, estos botones, estos desechos, buscando relaciones, réplicas de un universo que no tenemos aunque nos contenga. Desaparecidos dicen ustedes, tan tranquilos, por no animarse a decir muertos. Entonces debemos pensar también la muerte, si queremos hacer algo por los desaparecidos. Empecé a pensarlo en aquel campo, donde no vi directamente pero sentí muchas muertes al otro lado de las paredes, por ruidos nocturnos, por gritos. Y lo he seguido pensando en este barco, puedo decir que tengo algunas conclusiones prácticas. En realidad, tengo revelaciones importantes que anunciar sobre este asunto. El que muere naturalmente, el que se va directamente, es llevado por el agotamiento o la distracción. Sin saberlo, ha ido recogiendo de sí todos sus vestigios, sus desprendimientos, y cuando no le queda nada, simplemente se va, es el que desaparece realmente, con todos sus retazos y deseos, dejando el camino libre. El que es privado de la vida violentamente no ha tenido tiempo de recoger nada, le matarán el cuerpo pero la mayor parte de él quedará por ahí, sus proyecciones energéticas, su proyecto vital, y todo eso se resistirá a la disolución, como los huesos de cualquier muerto, durante un tiempo más o menos largo. Bajo este punto de vista, un desaparecido es un muerto en un espacio vacío y con una especie de conciencia, el cuerpo muerto que busca sus retazos y proyecciones para poder irse como Dios manda. Una especie de conciencia que no permite articular una sola palabra ni formular un solo pensamiento, desconectada de todo, en la oscuridad. ¿Cuánto durará ese vagar de los desaparecidos en busca de sus fundamentos perdidos para salir decentemente del mundo sensible? No lo sabemos. Ellos no pueden hacer ningún esfuerzo imaginativo que pueda alterar esa realidad, esa búsqueda de partes perdidas, que se les presenta como un hecho permanente. La ayuda tiene que llegar de afuera, algo que provoque un deslinde, algo así como un faro para darle algún nombre. Arrimarles un faro para hacerles una señal, para que puedan ver en lo oscuro y reencontrar sus partes y poder decir adiós. Un faro para que no se sientan tan solos en la parte más o menos consciente de ese viaje. Recuperar el ritmo de vivir para poder tener el ritmo de morir. Si ellos pudiesen ver un faro, si nosotros pudiésemos pensado y arrimárselo, entonces perderían esa conciencia larval que imagino terrible, y en un solo acto recuperarían el vivir y el morir. Ustedes dicen que ellos son desaparecidos como si esa muerte fuese un sueño. Yo creo que más bien es la vigilia. Soñar es cosa de la vida. En esa calidad de muerte no se duerme, cada cual está solo y va en su propio hueco oscuro, en su proceso interrumpido, sin faros que deslinden. Y perdónenme estos pensamientos negros, piensen que la poca realidad en que se sustentan se debe al desencanto y a esa noción falsa pero terrible de desaparecidos. Ellos no están enteramente en la muerte, están en una trampa. Por eso necesito percibir un faro. Estas tablitas, estos hilos, estos desperdicios que ven aquí son un intento de combinaciones para percibir un faro. Si esos muertos o desaparecidos que navegan en lo oscuro pudiesen ver un faro, si pudiéramos arrimarles un faro saldrían de la trampa de esa muerte falsa. Un faro que les ayude a reencontrar su fundamento. Un faro, mi Dios, un faro es todo lo se necesita para ellos.

—Está loco —se le escapó a Sandra. El pintor se quedó mirando la pared como si no la hubiera oído.

—Le hemos traído esta caja de témperas para que se distraiga pintando y olvide esos falsos pensamientos.

—No se preocupen, tengo un lugar muy seguro para refugiarme cuando no puedo tolerar esos pensamientos, que es lo que voy a hacer ahora mismo. Por favor apaguen las luces. Voy a meterme adentro del Quitasol.

Se quedó como dormido, aunque estaba muy despierto. Cuando nos despedimos, movió apenas un dedo que no volvió a su sitio, el dedo se quedó como dormido en otra parte.

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Los fragmentos de la obra de Daniel Moyano que se citan en este blog pertenecen a los siguientes libros:

Tres golpes de timbal | Ed. Sudamericana 1990

Tres golpes de timbal | Alción Editora 1º edición 2012

Un silencio de corchea | Colección La ciudad de los naranjos | Biblioteca Mariano Moreno, de La Rioja

La espera y otros cuentos | Biblioteca básica argentina 1992

El oscuro | Ed. Sudamericana 1º edición 1968

La lombriz | Nueve 64 ediciones 1964

El trino del diablo | 1º edición Ed. Sudamericana 1974

Una luz muy lejana |  Ed. Sudamericana 1º edición

El libro de navíos y borrascas | Editorial Gárgola

Dónde estás con tus ojos celestes |  Editorial Gárgola

Un sudaca en la corte |  Caballo negro editora

En la atmósfera | Editorial El mensú

El vuelo del tigre | Legasa literaria 1981

 

 

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