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Ricardo Piglia

Martes: Escribo de noche el registro detallado de la vida de un hombre. No hay nada peor que estar encerrado en una pieza de hotel, timbres lejanos, mucamas con piernas de seda, un roce de cristal en el húmedo cruce de los muslos. Nadie puede decir nada sobre sí mismo, pero sobre otro, es posible, quizá, en ciertas condiciones pre-ver lo que vendrá, como quien dice desatar el nudo que ata el sentido.

Viernes: Las notas más antiguas de su diario son de 1957. Una mudanza, en medio de la noche. Un camión cargado con muebles, la casa desmantelada. Van por la ruta, en la llanura vacía, hacia una ciudad balnearia; en el cielo gris un chimango con los espolones hacia adelante como garfios, casi sentado en el aire, atrapa, con su vuelo rasante, a un cuis y se lo lleva con un aletear lento y profundo. Durante un instante todavía se oyen los chillidos del cuis y luego no hay otra cosa que el canto de los pájaros. Se detienen a mediodía en un bosquecito, el perro da vueltas por el campo. Su padre dice: “Ves, en este pozo un croto ha hecho un fueguito”, toca las cenizas con el revés de la mano. A la sombra, él anota en su cuaderno de tapa negra, sentado en los yuyos, la espalda contra un álamo. “Salimos a la madrugada, furtivos, avergonzados. Había una luz encendida en la cocina del yugoslavo, del otro lado de la calle Bynon. No duerme nunca, vigila, es un espía y mañana dirá que escapamos como ladgones pegonistas .” Alza la cara del cuaderno donde escribe y a lo lejos, como un punto oscuro en la inmensa claridad, ve moverse la remota figura del linyera que avanza a pie por el campo hacia otro bosquecito donde prender un fuego para hacer mate. Ese acontecimiento mínimo (y la palabra de su padre) vuelve a su memoria varias veces a lo largo de su vida, durante años, sin relación con nada que esté sucediendo en el presente, nítido en el recuerdo, inesperado, como si fuera un mensaje cifrado que escondiera un sentido secreto. Erica dice que el diario es un devocionario idiota, una guía mística; lo escribe, dice ella, “como quien reza”. Dice que él vive la vida como un turista que abre un mapa en una estación desconocida, y busca cómo orientarse en ese territorio extranjero. También dice que él quiere fijar el sentido antes de caer en la melancolía. Es un catálogo del saber microscópico de un náufrago, que se aferra a las palabras antes de hundirse definitivamente en la locura. Imagina que esos cuadernos son un compendio a partir del cual será posible volver a empezar; en el futuro puede combinar las palabras y obtener la historia completa de una vida o varias historias posibles o una misma vida repetida en distintos registros. Ella compara el diario con un reloj: es un engranaje que clasifica lo vívido (lo vívido, bromea él), como un reloj clasifica el tiempo. (Practica el arte de clasificar la experiencia.) Samuel Johnson comparó un diccionario con un reloj: sirve para dividir lo que se sabe, usa formas fijas (las horas, las letras) y evita entonces el flujo indeciso de los hechos. Un diario es una máquina de clasificar.

Domingo: La idea fija; no cambia. Punto fijo. Quedar fijado a una escena. Erica dio vuelta apenas su rostro y lo miró con una sonrisa. Sus tetitas altas brillaban en el aire claro, los húmedos vellos rubios del pubis, las caderas suaves y la piel fina: no se sorprendió (reaccionó con la naturalidad de una mujer experimentada), mientras él, en cambio, la amó desde ese momento hasta el momento de su muerte. Estaba desnuda, tenía quince años, en el patio de la casa, en una tina que tenía la forma de un trono y se bañaba con agua de lluvia. El volvió inesperadamente y al entrar vio su cuerpo inolvidable. Estaba sentada, con los pechos al aire, y se levantó, sorprendida, y giró apenas el rostro hacia él, y le sonrió como quien invita a un desconocido en una fiesta a retirarse a los jardines oscuros. Comprendió que esa imagen lo alejaba de alguien falsamente romántico, de un idiota sentimental, y eso era así porque se había acercado a abrazarla, como ella quería.

Lunes: (Son las dos de la tarde.) Los celos son un ejemplo de experimento artificial sobre los sentimientos y su lógica. Tienen la virtud de exasperar la percepción y permiten ver con gran atención signos mínimos y sentidos múltiples, pequeñas muecas en la serie doméstica. El pañuelo de Desdémona, la prueba que esgrime Yago, no es una liga abandonada por la mujer. Es un objeto potencial, de lo contrario no haría falta elaborar hipótesis. Una bombacha, un corpiño hubieran sido evidencias de la infidelidad de la mujer, pero un pañuelo (blanco en la ceguera de Otelo) en cambio exige y provoca la duda, es decir la tragedia. El pañuelo, signo de la inocencia perdida, exige una serie de crímenes para construir la evidencia. En el laboratorio se trabaja con el tejido blanco del pañuelo de Desdémona, objetos aislados, que cambian de función. ¿Qué sabe la rata del biólogo que la estudia (con su hocico pegado a las rejas del piso, con sus ojitos rojos observando por los espejos laterales los movimientos de miss Reinhold, la mujer-zoóloga que entra en el laboratorio y enciende la lámpara)? La rata cree que la luz azul es una persona viva y la mujer vestida de blanco un objeto inerte, un fragmento movido por el viento, un aspecto de las paredes claras del sótano.

Miércoles: Erica vive ahora precariamente en su casa de la calle Mansilla, con las valijas hechas y los archivos de su investigación microfilmados porque ha aceptado una propuesta de Princeton University para enseñar en Estados Unidos a partir de septiembre. Quiere desaparecer en la quietud artificial de los nuevos monasterios medievales, encerrarse para siempre en una biblioteca interminable y perfecta (Firestone Library, Floor C). Imagina que siempre puede volver a Buenos Aires, donde tiene su casa y una amiga que le cuida el gato y le riega las plantas. Imagina, Erica, que mantener su casa lista para volver es una prueba de libertad y de autocontrol. Quiere vivir dos vidas. Una posible en Buenos Aires y otra real en Princeton (234 South Stanworth Drive). Lo llama tener dos destinos, ser dos. En realidad, está huyendo de su primo hermano y busca un laboratorio para investigar con calma su teoría de los dichos.

Jueves: Difracción . Forma que adquiere la vida al ser narrada en un diario personal. En óptica, fenómeno característico de las propiedades ondulatorias de la materia. La primera referencia a la difracción aparece en los trabajos de Leonardo da Vinci. Según su observación de la laguna dei Fiori bajo el sol del mediodía, la luz, al entrar en el agua, se extiende imprecisa y su resplandor ondula en un sistema concéntrico de anillos claros y oscuros, hasta el lecho barroso. No es una ilusión óptica, es un milagro. Los días se suceden y se pierden en la claridad de la infancia y el sol alumbra apenas los recuerdos.

Viernes: Encontrar por fin una forma perfecta que no tenga final, que sólo lo anuncie (como en los relatos de Kafka). Una forma cerrada, que remita de un punto a otro de la estructura, un relato lineal que sin embargo funcione como un juego de espejos, o una adivinanza circular. Una palabra debe sustituir a otra, en un orden externo, artificial, que asegure preservar, en el fondo invisible del lenguaje, la aspiración a un cierre que nos lleve a la orilla. Final en todas las acepciones remite al corte de una sucesión, a la interrupción brusca de una serie. Y esa intervención, esa discontinuidad, este “punto de llegada” aparece asociado a la casualidad o a la desgracia. El final es lo que divide, pero a veces, no es más que la simple localización del desorden. Se llama final a aquello que no se comprende. ¿Por qué no sigue?

Lunes: Ella dice que se llama Erica Turner. Estaba desnuda, tenía quince años, en el patio de la casa, en una tina que tenía la forma de una silla de respaldo alto y se bañaba con agua de lluvia (agua llovida que en la siesta de verano se dejaba entibiar al sol). Esa tarde él volvió inesperadamente y al entrar vio el inolvidable cuerpo desnudo de su prima y quedó fijo ahí, ninguna mujer entonces tendría esa piel ni esa cruz dorada entre las piernas. Ella estaba sentada en el agua de lluvia, con las tetitas al aire, pero luego se levantó, sorprendida, no se puso las manos en el pecho, el cuerpo húmedo, sólo giró apenas el rostro hacia él y le sonrió, como quien acepta en un sueño la equívoca invitación de un desconocido.

Jueves: Una tarde, años atrás, le avisaron (a Erica) que debía “guardar” a una militante del ERP, esconderla durante una semana porque era intensamente buscada. La muchacha tenía ojos claros y una mancha de nacimiento en el costado izquierdo de la cara. Eso la hacía muy identificable, era la jefa militar de la columna norte de Santa Fe. Erica notó que al hablar, casi como un gesto natural, tendía a colocarse hacia la izquierda para ocultar su perfil manchado. Llegó acompañada de una lejana amiga de Erica, que era la responsable de seguridad de la organización. La chica traía una pequeña valija de cuero y se instaló en la pieza del fondo. Ocupó uno de los placares y Erica la vio dejar su metralleta Thompson en la parte alta del mueble y le vio los pechos cuando la muchacha se sacó la tricota que llevaba sobre el cuerpo desnudo y se puso una camisa liviana. Hacía calor en el cuarto porque la calefacción funcionaba todo el tiempo. La clandestinidad política siempre la atrajo; vivir una vida secreta, andar por la ciudad con una bomba de plástico en un cochecito con una muñeca como una joven madre que pasea a su bebé. La guerrillera (digamos que se llamaba Elisa) era silenciosa y tranquila, casi no salía de la pieza, no abría las ventanas, permanecía quieta, alumbrada por la luz artificial. Dos veces se arriesgó a dar una vuelta por el barrio, al atardecer, cuando la gente vuelve del trabajo y hay movimiento en la calle; fue vestida con ropa de Erica quizá porque el fácil disfraz le daba la frágil seguridad de que no iba a ser reconocida. En las esquinas, en los quioscos de diarios y en los puestos de correo, estaba su foto y la descripción de la mancha de nacimiento en el costado izquierdo de la cara. Durante las dos semanas que vivió con Erica, intimaron bastante y hablaron horas enteras, sólo de política al principio y luego de su vida sentimental y de sus proyectos personales. Había tenido varios hombres, pero no podía establecer una relación porque debía moverse continuamente, porque no podía poner en riesgo a la organización con una relación duradera. Eso le daba un aire a la vez cínico y simpático, como un muchachito que cuenta sus aventuras y piensa que alguna vez, en el futuro, se asentará y formará una familia. Quería tener dos o tres hijos y por motivos que Erica no llegaba a entender estaba segura de que sus primeros hijos iban a ser mellizos y pelirrojos. Tenía secretamente el temor de que nacieran con una mancha en la cara y suponía (supuso Erica) que si nacían dos, el riesgo era mínimo o la mancha, repartida en dos caras, sería insignificante. Pensaba también que si los chicos eran pelirrojos la mancha iba a ser parte de su expresión ardiente. La chica era optimista, pensaba que en dos o tres años el ERP habría triunfado; su hermano y su padre estaban desaparecidos y su madre era una militante clandestina. Por fin una semana después, cuando el peligro había pasado, la amiga de Erica vino a buscarla. Erica y la chica, emocionadas, se abrazaron y se miraron a la cara y se besaron. La guerrillera se había olvidado de su mancha y apoyó su mejilla borravino en la palma de la mano de Erica. La piel era rugosa y suave, como un terciopelo rojo. Erica la miro desde la ventana bajar la calle y subir a un auto negro con patente de Rosario. Tres días después un hombre con fuerte acento la llamó por teléfono y le avisó que la habían matado cuando resistió un allanamiento en el barrio estudiantil de Córdoba. Había muerto peleando. En un costado del ropero Erica encontró un pañuelo blanco que la muchacha se había dejado, en un dobladillo alguien (tal vez ella, tal vez su madre) había bordado las iniciales: R. L. junto a una diminuta estrella de cinco puntas. Erica nunca supo cómo se llamaba la chica pero a veces volvía a ver sus pechos mientras se sacaba el rompeviento por la cabeza. Esa noche Erica hizo un par de llamadas y a los pocos días abandonó Buenos Aires y aceptó el puesto de investigadora en el Institute for Advanced Study de Princeton. Durante años tuvo el pañuelo de la muchacha como una ofrenda a la injusticia y a la violencia irracional que dominaba la historia de su país. El suave pañuelo era una suerte de bandera minúscula de la muchacha con la mancha en la cara cuyo nombre nunca supo.

Martes: Todos hablan en voz baja, nadie lo llora. Un hombre respetado y temido. El salón velatorio está vacío y el muerto descansa sobre una cama, vestido de negro, tendido sobre la colcha tejida. Han colocado un retrato de Perón y una bandera argentina contra la pared del fondo. Dicen que armaba bombas caseras con relojes redondos, despertadores de tambor y a veces, para descansar en medio de la lucha clandestina (encerrado en el cuarto anónimo en la casa de un compañero en Villa Urquiza), desarmaba relojes de bolsillo (redondos, con tapa) para construir con sus ínfimas rueditas dentadas máquinas microscópicas (aéreas) que funcionaban eternamente y no servían para nada. Circuito celeste, ficticio, que participa del movimiento diurno (ergo, invisible) de las estrellas. En el centro de la polea, levemente inclinado, está el eje que articula los engranajes que determinan las variantes de la repetición. Era relojero de profesión.

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