Etiquetas

,

Tomás Eloy Martínez

50 años de la muerte de Eva Perón

A los 75 años, el coronel conserva su gallardía. Aunque hace pocos meses han debido quitarle la hernia de disco que lo atormentaba, camina erguido, marcial, como si encabezara un desfile. Rechaza el café y acepta sólo un vaso de agua. ‘Cuando era joven’, dice, ‘me retiraba de los placeres por disciplina. Ahora los placeres están retirándose de mí’. En la oficina solitaria de la calle Venezuela a la que acude para contar su historia, una ventana da a un jardín de enredaderas en el que llueve sin parar. ‘La humedad me destroza la espalda’, se queja el coronel. La lluvia persiste desde hace dos semanas. Todo en Buenos Aires se ha vuelto líquido y pegajoso.
‘Es la primera vez que voy a hablar’, repite. Le he oído decir lo mismo, sin embargo, en una película de Tulio Demichelli, El misterio Eva Perón, que se exhibió en Buenos Aires sin pena ni gloria en 1987. La cara de matrona del coronel desentona con la fuerza que exhala su cuerpo: debajo de unos ojillos recelosos, inquisitivos, siempre a la caza de segundas intenciones, cuelgan unas bolsas pesadas, que le rozan los pómulos. La barbilla le ha desaparecido bajo una descomunal papada de batracio. Durante las siete horas que durará la conversación, a lo largo de tres días de abril, en 1989, el coronel no va a sonreír ni una sola vez.
‘La mayor frustración de mi vida es no haber llegado a ser general de la nación’, se lamenta. ‘Cumplí con todo lo que se le exige a un oficial de honor para alcanzar ese rango. No pude porque me enredaron en intrigas y envidias. La otra ambición que se me escapó de las manos fue matar a Juan Perón. Tres veces estuve a punto de conseguirlo. Si hubiera tenido suerte, habría salvado a la Argentina de sus desgracias. Todavía lamento ese fracaso. Y vea lo que son las ironías de la vida: la persona que no pudo acabar con Perón es la misma que rescató a la Eva de las atrocidades que se estaban haciendo con su cadáver. Tuve la historia de la Argentina en mis manos, pero la historia me ha pasado por encima. Nadie se acuerda, nadie me conoce. Tal vez sea mejor así’.
Podría haber sido secretario de Guerra, dice. En algún momento, hace poco menos de medio siglo, imaginó que llegaría a presidente de la nación. Ha tenido que contentarse, sin embargo, con dirigir una empresa de seguridad privada. ‘Se llama Orpi’, explica. ‘Fue la primera de su tipo en el país’.
Trata de encontrar en el sofá donde está sentado una posición que alivie su espalda. Le ofrezco unos almohadones y él los rechaza con energía, como si yo estuviera acusándole de debilidad. Despliega sobre el escritorio algunos recortes de periódicos viejos, irreconocibles, publicados entre 1969 y 1971. ‘Estos artículos que escribí’, me dice, ‘resumen todo lo que pienso’. Leo una frase al azar, esperando encontrar palabras vacías. Pero lo que el coronel fue o era sale a la luz allí, de cuerpo entero: las grandes epidemias no se propagan en sus comienzos con espectaculares manifestaciones visibles sino en forma silenciosa y taimada. Así, sin declaraciones, solapadamente, se va extendiendo la infección comunista. ‘La escribí el mismo día en que decidí revelar al mundo dónde había ocultado yo el cadáver de Eva Perón’, dice, orgulloso. ‘¿No se acuerda de cómo sucedieron los hechos? El 29 de mayo, en 1970, un grupo de muchachones sin conciencia secuestraron al ex presidente Pedro Eugenio Aramburu. Tres días después le mataron. Oí por radio que sólo entregarían su cuerpo si el Gobierno devolvía el cadáver de esa mujer, la Eva. ¿Cómo lo iba a devolver si el único que sabía dónde estaba era yo? Me indignó que los asesinos, al informar sobre el crimen, invocaran a Dios. Que Dios se apiade de su alma, decían en el comunicado. Me pareció una burla. Y escribí lo que escribí porque me di cuenta enseguida de que eran comunistas. El tiempo me dio la razón’.
El coronel toma aliento. Un gesto de dolor le ensombrece la cara. ¿Es la columna?, pregunto. ‘Las vértebras’, admite. ‘Las vértebras y la humedad. No sé qué han hecho los médicos conmigo’.
‘Pensé en revelarle mi secreto a Onganía (1), pero hablé con gente del Servicio de Inteligencia del Ejército y me advirtieron que a su Gobierno lo estaban por derribar de un momento a otro. Decidí entonces acudir a Lanusse. Le pedí una entrevista reservada y le conté todo lo que yo había hecho: cómo había sacado a Eva del país, donde la había escondido, todo. Hasta le mostré el título de propiedad de la tumba, que estaba a mi nombre. Tendría que haber visto usted su cara de asombro. Trataba de mostrarse impasible, pero mi relato le desencajó. Guarde silencio hasta que yo le avise, me dijo. Por ahora, hablar no sirve de nada. Ya no podemos salvar la vida del pobre Aramburu’.
El coronel yergue la cabeza y la papada inmensa tiembla. ‘Ya sabe usted lo que siguió. Callé. Más de un año después, Lanusse -que para esa época ya era presidente- me ordenó que desenterrara el cadáver y lo devolviera yo mismo a Perón. Cuando fui a la casa de ese hombre, en Madrid, ya no le miré como a un enemigo. Le miré como a un derrotado’.
Podría responderle que nada de lo que hizo es heroico, pero el coronel sólo quiere oírse a sí mismo. Lleva años sin oír nada más que su voz monocorde y ese sonido único lo mantiene vivo. Se llama Héctor Eduardo Cabanillas y su vida ha estado siempre limpia de dudas. Desde que le entregaron el sable de subteniente de infantería, a fines de 1934, no ha tenido otra idea fija que servir al Ejército y, a través de él, a la nación. En verdad, no le parece que haya diferencias entre uno y otra. El Ejército y la nación son un mismo ser: ‘Como las personas y su imagen en el espejo’, dice. ¿Cuál de los dos es la imagen?, le pregunto. ‘Depende en qué lado se sitúe usted’, responde con una arrogancia que delata cuál es su lado.
Las infinitas conspiraciones que aquejaron a la Argentina durante sus años como oficial subalterno no fueron una amenaza para su carrera. Simpatizaba sin entusiasmo con la causa de los Aliados y, aunque la mayoría de los coroneles y generales que tomaron el poder en 1943 eran pro fascistas, su perfil era entonces tan poco importante que ascendía por la mera inercia del escalafón.
A mediados de 1945 le sucedió lo que ahora siente como ‘la primera llamada de mi destino’. En los casinos, los oficiales jóvenes hablaban con malestar de un coronel que ‘alentaba el odio de clases y dictaba leyes que protegían a la chusma de las fábricas contra la autoridad de los patrones’. Cabanillas detestaba a ese hombre, que había concentrado en sus manos la Secretaría de Trabajo, el Ministerio de Guerra y la vicepresidencia del Gobierno de facto: Juan Perón.
El único medio de sacarle de la historia era lo que ahora llama ‘un fusilamiento patriótico’, dice. ‘Fui de los primeros en darse cuenta’. El coronel está a punto de contar la historia y se detiene. ‘Apague el grabador’, me pide. Luego, se levanta con esfuerzo del sofá y abre la ventana. La lluvia no ha amainado y el viento la lleva y la trae por los arbustos del jardín. Cuando habla, se sitúa de espaldas al grabador, impulsando la voz hacia el otro lado de la ventana, para que me llegue enredada con los otros sonidos.
‘Era un martes’, empieza el coronel; ‘el 9 de octubre de 1945. Tres días antes, el general Eduardo Ávalos, comandante de la guarnición de Campo de Mayo, había cometido el error de visitar a Perón en su departamento para exigirle que quitara del Gobierno a un cuñado de la Eva. Perón era ministro, no lo olvide, y coronel de la nación. Sin embargo, actuaba con desvergüenza. Le había montado a la Eva una garçonnière al lado de su propio domicilio. Cuando Ávalos hizo la visita, la que le abrió la puerta fue esa mujer. Vaya a saber qué insultos le habrá dicho, con sus modales de prostíbulo. Ávalos no tuvo más remedio que retirarse. Imagínese lo que significaba entonces para la dignidad de un oficial superior ser maltratado por una cómica que se le apareció vestida como bataclana, con unas chancletas de tacos altos. El comandante regresó a la guarnición con la cabeza gacha. Esa noche decidimos que la única manera de quitar de en medio a Perón era matándole’.
Mientras el coronel habla, yo sé que cada frase se está tatuando en mi memoria. De todos modos, anoto a hurtadillas algunas palabras claves. Esa tarde, apenas se marche, voy a reconstruir su monólogo.
‘Yo era entonces capitán. Tenía 31 y llevaba dos en mi curso para graduarme como oficial de Estado Mayor, en la Escuela Superior de Guerra. Mi profesor de logística era el teniente coronel Manuel A. Mora, un visionario que ya imaginaba en qué se convertiría la Argentina si Perón llegaba a presidente.
Al caer la tarde del lunes 8 de octubre, con el pretexto de un entrenamiento al aire libre, nos llevó a 30 de sus discípulos a una caseta alejada, en Campo de Mayo. Nos advirtió que se trataba de un encuentro de honor en el que conspiraríamos contra Perón. Quien se sintiera incómodo podría marcharse. Nadie se fue. Recuerdo muy bien la expresión de Mora: estaba pálido, demacrado. Nos preguntó si sabíamos qué estaba por suceder en la escuela al día siguiente. Nada fuera de lo común, dijimos. Sólo el comienzo de un nuevo curso sobre energía atómica. Precisamente, dijo Mora. Ese aprendiz de tirano, Perón, va a venir a inaugurarlo. A dos kilómetros de aquí hay una barrera de ferrocarril. Cuando el auto de Perón se acerque, vamos a bajarla. Diez de ustedes le capturarán y le llevarán hasta una fábrica vacía. Allí vamos a juzgarle y a ejecutarle. Necesito saber quiénes son los voluntarios. Alcé la mano antes que nadie. Sabía que iba a contar con usted, Cabanillas, me dijo. Le ordeno que dirija el secuestro. Dentro del camión, en la guantera, va a encontrar los datos de la fábrica donde tiene que llevar a ese hombre.
Una y otra vez repasamos el plan. Era perfecto. Pero esa noche, el general Ávalos reunió a todos los jefes de Campo de Mayo y les dijo que el ministro de Guerra tenía noticias de que se preparaba una sublevación y estaba dispuesto a reprimir. Existe el peligro de una guerra civil, advirtió Ávalos. Hay que mantenerse quietos. Perón suspendió la visita del día siguiente y la oportunidad única que tuvimos entonces tardó diez años en repetirse’.
‘Diez años’, vuelve a decir. Cierra la ventana y pide más agua. ‘Hace tres horas que no tomo aspirinas y el dolor de las vértebras me está matando’. Le ofrezco ir en busca de un calmante más fuerte. Al lado de la oficina donde estamos, en la calle Venezuela, hay un médico al que le he pedido ayuda más de una vez. ‘Lo único que quiero son aspirinas’, me detiene. ‘Todo lo demás es tóxico, mentira’.
Llama por teléfono a su casa y avisa que tardará una hora en regresar. La lluvia le incomoda: la mira caer con tanto encono que tal vez las nubes se abran en cualquier momento. ‘Diez años’, le repito. ‘Me decía usted que lo intentaron diez años más tarde’.
‘Como usted sabe, al tirano le derrocamos en septiembre de 1955’, dice.

¿Qué hago con el cadáver?

A partir de ahora, el coronel aludirá a la historia en primera persona: ‘Viajamos, conspiramos, luchamos’: todos los verbos lo incluyen a él. Los otros personajes quedarán siempre en las sombras, salvo cuando hable de Evita y del último atentado.
‘Septiembre, entonces’, sigue. ‘Entramos en Buenos Aires con el general Eduardo Lonardi, jefe triunfante de la revolución, y nos hicimos cargo del Gobierno. Yo me puse al frente del Servicio de Informaciones del Ejército, un organismo delicado, que debía limpiar el arma de peronistas infiltrados, a la vez que vigilar al propio tirano, refugiado en Paraguay. Creímos que la derrota lo silenciaría por un tiempo, pero desde que llegó a Asunción, dio declaraciones contra nuestro Gobierno. Elevamos una protesta diplomática y logramos que lo confinaran en Villarrica, un pueblo de poco más de 20.000 habitantes situado 140 kilómetros al sureste de la capital. Ni aun allí el tirano retuvo su lengua. Decidimos darle su merecido. Sin informar ni una sola palabra a Lonardi -que sin duda iba a oponerse-, me instalé en la ciudad de Posadas y desde allí envié a siete suboficiales, con identificaciones falsas, para que me informaran sobre lo que sucedía en Villarrica. Todos ellos hicieron su papel a la perfección: fingieron ser peones que andaban en busca de trabajo, y se alojaron en ranchos de gente muy pobre, tanto en Borja como en otro pueblito vecino. Lo que hicieron fue muy sacrificado. El tirano iba de un lado a otro de Villarrica, con la pistola al cinto, y a veces hasta andaba en motocicleta. Decidimos secuestrarlo el 22 de octubre durante uno de esos paseos y llevarlo en jeep por caminos de selva hasta Puerto Esperanza, que era el pueblo argentino más cercano. Allí lo ejecutaríamos. Yo me había reservado el derecho de darle el tiro de gracia. Uno de nuestros hombres cometió un error fatal. Tenía un hijito enfermo de difteria y llamó a su casa para saber cómo estaba. Alguien detectó la llamada y nos siguió el rastro. El 21 de octubre, los siete suboficiales fueron detenidos. Jamás se dio a conocer la identidad de ninguno. Al Gobierno le costó un mes de trabajo sacarlos de la cárcel’.
El coronel mueve la cabeza, sarcástico. ‘Tal vez haya oído usted algo de lo que estoy contándole’, dice. ‘Rumores. Nunca supo nadie la verdad de lo que tramábamos. Hasta ahora’.
No lo dice, pero el fracaso de Villarrica le costó al coronel una discusión áspera con Lonardi. El presidente y el jefe de sus espías se distanciaron tanto que el coronel temió ser apartado del Servicio de Informaciones del Ejército a fines de aquel 1955 y, quizá, obligado al retiro. Pero lo que se imagina como desgracia es, a veces, sólo el comienzo de la salvación. Tres semanas después del incidente en Paraguay, el 13 de noviembre, la pugna que se había entablado entre militares liberales y nacionalistas terminó con la victoria de aquéllos. Lonardi fue sustituido por el general Pedro Eugenio Aramburu. Por su atentado contra Perón, al coronel se lo imaginaba en el bando de los vencedores. En vez de caer, fue ascendido a jefe del Servicio de Informaciones del Estado.
Aunque agradeció la confianza del Gobierno, el coronel se preparó para un año de aburrimiento. En el Servicio de Inteligencia del Ejército (SIE) lo reemplazó un coronel astuto, brillante, exacto como un prusiano: Carlos Eugenio de Moori Koenig, experto en la difusión de rumores y en teorías sobre el secreto. A los diez días de asumir, Moori Koenig retiró del segundo piso de la Confederación General del Trabajo el cadáver de Eva Perón, que hasta entonces había estado al cuidado de Pedro Ara, el médico español que la embalsamó. Al coronel habría querido que le encomendaran ese trabajo y sintió una envidia que tardaría años en admitir.
Durante meses, nada se supo del cadáver. Algunos de los hombres que estaban bajo su mando trataron de confirmar la veracidad de las versiones que circulaban entre los peronistas: que la habían sepultado en el lecho del río de la Plata, cubriéndola con una losa de cemento, o que la habían incinerado, arrojando sus cenizas en un basural. El coronel pensaba que el cadáver de Eva Perón debía yacer, más bien, en un cementerio despoblado, bajo un nombre cualquiera.
Como el destino de aquel cuerpo no estaba entre sus deberes, dejó de inquietarse. Lo que le sorprendió fueron las historias que se oían en los casinos de oficiales sobre el SIE. Alguien había visto salir de allí una noche a Moori Koenig, borracho, y subir al camión de una empresa de mudanzas. Se hablaba de luces que subían y bajaban por los pisos altos del edificio, situado en la esquina de Viamonte y Callao, en pleno centro de Buenos Aires. ‘Allí celebran misas negras’, decían. O bien: ‘En ese lugar se rinde culto al demonio’.
El coronel desdeñaba esas suposiciones. La imaginación es atributo de los débiles, se dijo. Suponía, por lo tanto, que los chismes venían de fuera: de peronistas solapados, con certeza. El rumor sobre su reemplazante le parecía el más inverosímil de todos: lo único que bebía aquel hombre era agua.
En julio de 1956, sin embargo, sucedió un hecho inquietante. Uno de los oficiales que estaban a las órdenes de Moori Koenig, el mayor Eduardo Arandía, mató de dos balazos a su esposa, Elvira Herrero. La mujer estaba embarazada de dos meses y tenía una hija de un año. Un parte reservado del Ejército informó de que el mayor guardaba documentos confidenciales en la buhardilla de su casa, de la que nadie tenía llave. Al oír ruidos en la buhardilla, temió que hubiera un ladrón. Subió con sigilo, distinguió un bulto que se movía y disparó a ciegas.
Afuera, en el jardín de la calle Venezuela, el cielo se ha ensombrecido. Se oyen truenos a lo lejos. ‘Tengo que irme’, dice el coronel. ‘En casa van a empezar a preocuparse’. No tendrían por qué, le replico. Usted parece saludable. ‘No crea’, me corrige. ‘Estoy perdiendo la vista. Y por las noches, a veces me despierto con la lengua dura, como piedra. Quiero hablar y no puedo’. Hace el ademán de levantarse, pero se detiene. Siente que en la historia hay un punto que debería dejar claro ya mismo. Alza otra vez la quijada orgullosa y dice: ‘Dos o tres meses después del incidente de Arandía, el ministro de Guerra, Arturo Ossorio Arana, me citó en su despacho y me pidió que guardara silencio sobre todo lo que estaba por revelar. Me preocupé. Lo he llamado porque el presidente Aramburu quiere que usted regrese al SIE, me dijo. Esta misma tarde tiene que tomar posesión. ¿Y Moori Koenig?, atiné a preguntar. Hemos tenido que ponerlo bajo arresto. Está en la Patagonia, en Comodoro Rivadavia. Me quedé de una pieza. Y eso que aún faltaba por saber lo más importante. Al caer la tarde, Ossorio Arana reunió al personal de Inteligencia y me entregó el mando. Después del acto nos quedamos a solas. Me hizo una señal de silencio y abrió la puerta de un cuarto que estaba junto al despacho y que se usaba para guardar papeles. Prepárese para una sorpresa, me dijo. Vi un ataúd abierto. Allí estaba el cadáver embalsamado de Eva Perón. Todo lo que atiné a preguntar fue: ¿Qué hago con esto ahora? Nada, me dijo Ossorio Arana. Lo dejo bajo su custodia personal. Pronto vamos a decidir su destino. Lo acompañé hasta la puerta y me quedé un largo rato mirando a esa mujer por la que tantas personas habían llorado. Parecía viva, como si en cualquier momento se fuera a despertar’.
A la tarde siguiente, el coronel regresa con puntualidad a la oficina de la calle Venezuela. Se quita el impermeable, deja a un lado las galochas con las que ha protegido sus zapatos impecables y se pasea de un lado a otro del cuarto. La lluvia le altera el humor, dice. Tiene los nervios de acero, pero la humedad que no cesa le quita las ganas de salir a la calle. ‘He salido con un esfuerzo enorme’, repite. ‘Pero no quiero que muera conmigo esta historia que llevo dentro como un fuego’.
‘Qué sabe uno lo que nos va a pasar’, dice. Es abril de 1989. El coronel vivirá casi nueve años más. Irá quedándose ciego y sin habla hasta que, a fines de enero de 1998, la muerte le llegará como una bendición.
Tarda un largo rato en volver al sofá. Casi todo lo que cuenta ahora lo hace de pie, a veces frente a la ventana, sin mirarme, y otras veces apoyándose en la escueta biblioteca que cubre una de las paredes de la oficina.
Le pregunto si el ataúd donde estaba el cuerpo de Evita era el mismo, lujoso, ante el que habían desfilado millones de dolientes en agosto de 1952. ‘No’, responde. ‘Era un cajón común, sin chapa ni nada. Hasta poco antes de que yo llegara lo habían tenido cerrado y de pie, con un letrero que decía: Equipos de radio. Fue por eso que tenía fisuras, heridas en la carne muerta. Yo mismo lo acosté. Fue fácil. Con el tiempo, el cuerpo se había vuelto muy liviano’.
Durante los primeros meses, la idea de que el cadáver estaba en el cuarto de al lado no le daba sosiego. La calma vino sólo cuando decidió quedarse a dormir allí. Los hijos lo extrañaban y él extrañaba a los hijos ‘Uno de ellos’, cuenta, ‘estaba preparándose para el Colegio Militar. Venía por las tardes al SIE y se quedaba en mi despacho, estudiando. Siempre se quejaba del olor raro que había. Yo negaba lo que era evidente: Es tu imaginación, le decía. Es el spray que se usa para limpiar las armas. También a mí me faltaba el aire. También yo sentía aquel olor partiéndome la cabeza’.
De vez en cuando, el coronel se lleva las manos a la espalda, como si fuera allí donde le duele lo que recuerda. La suerte del cadáver, dice, empezó a obsesionarlo. Investigó con celo lo que le habían hecho con él desde que lo sacaron del laboratorio de la CGT, donde yacía en piletas que mantenían húmedos y tensos los tejidos. Supo que, cuando lo llevaron al SIE, un oficial vertió vino sobre la mortaja. Supo que, temerosos de que lo secuestraran, lo habían mudado después de un lado a otro, deambulando -dice el coronel- para ocultarlo. ‘Estuvo en una casa de las barrancas de Belgrano, estuvo en un arsenal, y también en la buhardilla del mayor Arandía. Fue allí donde la esposa entró en sospecha de que se guardaba algo y violentó la entrada, como la mujer de Barba Azul. Fue allí donde Arandía la escarmentó con dos balazos’.
Luego, una noche, cuando salía a despedir al hijo, el coronel distinguió, junto a la puerta contigua a su despacho, dos flores silvestres. Parecía que alguien las hubiera dejado caer al azar, pero el incidente lo intrigó: nadie llevaba flores al Servicio de Inteligencia. Estuvo a punto de pedir que se investigara el hecho. No lo hizo. Recogió las flores y decidió esperar. Al día siguiente ya no eran flores, sino una vela encendida. De inmediato salió en busca del ministro Ossorio Arana. Ambos, sin vacilar, pidieron una audiencia de prioridad con el presidente Aramburu y le confiaron su zozobra: ‘El cadáver de esa mujer ha sido localizado’, informó el coronel. ‘Hay peligro de que el SIE sea infiltrado y copado por partidarios del tirano prófugo. Hay peligro de una acción de fuerza para secuestrarlo’. Sentado bajo el busto de la República, el presidente se quedó en silencio, cavilando. Pasaron dos, tres minutos. Entonces dijo: ‘Hemos obrado mal al retener tanto tiempo a esa muerta. Le ordeno, coronel, darle cristiana sepultura en un lugar anónimo, del que nadie sepa nada. Y guarde usted el secreto hasta el momento en que debamos devolverla a sus legítimos deudos’.
Sintió que la solemnidad de aquella orden comprometía su vida, que no tendría descanso hasta cumplirla por completo.

El buen trabajo de monseñor

Lo más difícil de resolver era el traslado del cadáver. Tenía que ser fuera de la Argentina, donde estaba expuesto a escrutinios incesantes. Pensó en Uruguay, en México, en Alemania. Un visitante asiduo del Servicio de Inteligencia del Ejército (SIE), el sacerdote Francisco Rotger, le ofreció la solución: dejar el cuerpo al cuidado de la Iglesia. Rotger pertenecía a la orden de San Pablo y conocía en detalle todos los movimientos que Perón había hecho para sacar de Alemania a ex nazis peligrosos, como Mengele y Eichmann. ‘Sin los albergues secretos que ofrecía la Iglesia, esos rescates no habrían sido posibles’, les dijo Rotger. ‘Pusimos esos recursos al servicio de Perón hace diez años. ¿Por qué habríamos de negárselo a ustedes?’.
La orden de San Pablo se encargaría de encontrar una tumba anónima, en cualquier lugar de Italia, y protegería el traslado. ‘Pero el responsable de la operación tiene que ser usted, Cabanillas’, dijo Rotger. El coronel no era hombre de estrategias sofisticadas sino de acciones simples. Si se necesita un pasaporte italiano para la muerta, reflexionó, entonces debo conseguirlo en el consulado sea como fuere.
‘¿Se acuerda de un robo que denunció el cónsul italiano en marzo de 1957?’, pregunta el coronel, con los ojos brillantes de astucia. No, no lo recuerdo, digo. ‘Salió en los diarios. Fue un robo con fractura. Se llevaron dos cuadros, máquinas de escribir y pasaportes en blanco. Lo hicimos nosotros. Nos importaban sólo dos de los documentos. Nos apropiamos de todo lo demás para disimular’.
Tardaron sólo tres días en fraguar los papeles que se necesitaban para el traslado del cadáver: el pasaporte de la muerta y de su acompañante, el certificado de defunción, el testamento. Luego, acudieron a las oficinas del cónsul para pedir la repatriación de los restos. A la muerta le habían asignado ya el nombre falso con el que afrontaría sin trastornos los catorce años siguientes: María Maggi viuda de Magistris. Los otros papeles se fraguaron para el devoto cuñado que la acompañaría en el viaje: Giovanni Magistris.
En vísperas de la travesía a Italia, y con la ayuda de un solo hombre, el mayor Alberto Hamilton Díaz, sacó el ataúd de su escondite y lo depositó en el camión de una empresa de mudanzas, estacionado a cincuenta metros de su oficina. La tarde antes había dado franco a todo el personal, retirado las guardias y asegurado, con una patrulla de suboficiales que venían de seis provincias y no se conocían entre sí, la absoluta soledad de la calle. Nadie sabía nada. Nadie lo supo nunca, dice, regresando por fin al sofá.
A veces se le escapa uno que otro tic. Guiña involuntariamente el ojo izquierdo, le tiemblan las comisuras de los labios. Pero por lo demás su expresión es impasible. Sólo la papada va y viene, como un oleaje manso. Le ofrezco té. ¿O prefiere un dedo de Jack Daniels, con hielo? El coronel aparta mi oferta con un gesto desdeñoso de las manos. Sólo agua, responde. Nunca bebo otra cosa.
Si el padre Rotger conocía el secreto, le digo, debió informar al superior de la orden de San Pablo, con lo que ya eran dos más los que sabían. Y el superior, a su vez, debió de confiarle la historia al Papa, con lo que ya eran tres. ‘Por fortuna, el Santo Padre era entonces Pío XII’, informa el coronel. ‘Estaba muy enfermo y murió al año siguiente. Había sido misericordioso con los alemanes que huían en 1947. ¿Cómo no iba a serlo con una mujer a la que había conocido en vida? Nunca tuve la menor duda de que de esos hombres jamás saldría una sola palabra. Si la Iglesia fuera incapaz de guardar secretos, habría desaparecido hace mucho’.
El 23 de abril de 1957, el coronel repatrió los restos de la falsa María Maggi de Magistris en la bodega del transatlántico Conte Biancamano. El propio cónsul de Italia estaba en la dársena, sólo para asegurarse de que el ataúd no tuviera tropiezos. Sobre la travesía, el coronel cuenta una historia que los hechos desmienten: ‘El destino final del barco era Génova. El cajón que conseguimos para el traslado era enorme, y el cuerpo de la Eva demasiado chico. Para que no se bamboleara, tuvimos que rellenarlo con polvo de ladrillo, con la mala suerte de que en el puerto estaban embarcando también el cadáver de un director de orquesta famoso, Arturo Toscanini. Pesaron las dos cajas: la de Toscanini marcó 120 kilos, la de Eva casi 400. Cuando los envíos llegaron a Génova, la diferencia de peso hizo entrar en sospechas a los agentes aduaneros. Pensaron que estábamos contrabandeando armas o alguna otra cosa. Por fortuna, en el puerto estaba esperándonos monseñor Giulio Maturini, superior de la orden de San Pablo. Fue él quien intervino para que no se abriera el cajón. Les dijo a los agentes aduaneros que cometerían sacrilegio y así los disuadió’.
Pocas horas después, el féretro fue trasladado al cementerio Maggiore, en Milán, donde quedó en una tumba provisional, al cuidado de una monja de la orden de San Pablo llamada Giuseppina Airoldi, quien había servido como misionera en Argentina cuando Eva era todavía una niña. Con extremo celo y diligencia, la hermana Giuseppina compró un lote en el jardín 41, sector 86 del cementerio, y ordenó abrir allí una tumba revestida de cemento. Encomendó una lápida de granito gris con una cruz de un metro de altura. Sobre la losa, hizo grabar esta inscripción: María Maggi viuda de Magistris 23-2-51. Requiem.
Fue una obra maestra de sigilo a la que retrospectivamente podría señalársele un solo error. El título de propiedad de la tumba, válido por 30 años, fue puesto a nombre de alguien que no tenía relación alguna con la difunta: el coronel Héctor Eduardo Cabanillas. 14 años más tarde, en 1971, ese detalle estuvo a punto de arruinar la trama que con tanta paciencia habían tejido la Iglesia y los militares argentinos.
El coronel sintió que aún le faltaba un último paso: entrevistarse a solas con el presidente Aramburu. Le pidió una entrevista reservada. Dos días después se paseó con él en los jardines de Olivos. Le entregó un sobre lacrado en el que estaban todos los datos de la tumba y un documento notariado por el cual Cabanillas cedía al Gobierno argentino la propiedad de la tumba. El presidente rechazó el sobre. ‘No, coronel’, le dijo. ‘No quiero ver absolutamente nada. Cuanto menos sepa de esta historia será mejor para todos. ¿El cadáver está en un cementerio cristiano?’. Sí, mi general, respondió Cabanillas. Todo se hizo como usted ordenó. ‘Para mí, entonces’, dijo el presidente, ‘este asunto ha terminado’.
El coronel depositó los papeles en la caja de seguridad que estaba a su nombre, en el Banco Francés, y dejó de pensar en el cadáver. Tenía ahora una misión más importante, en la que ya había fracasado dos veces: matar a Perón.
‘Usted dirá que la tercera iba a ser la vencida’, supone el coronel, sucumbiendo a otro de sus lugares comunes. ‘También nosotros creímos eso. Jamás planificamos un atentado con tanto esmero, tanta atención por el detalle. Perón debía morir y nada iba a evitarlo. Olvidábamos algo elemental: el hombre propone, pero el que dispone es Dios’.
Cada vez que la lluvia deja de caer, el jardín de la calle Venezuela se inunda de insectos voladores que van y vienen en bandadas compactas, ellos también como una lluvia fina. Hay mariposas blancas y hormigas aladas, de color herrumbre, que a veces se lanzan contra los vidrios de la ventana. ‘Habrá que ponerle más cuidado a esos rosales’, dice el coronel. ‘Seguro que, si buscan entre las raíces, van a encontrar dos o tres hormigueros. No hay nada tan resistente como las hormigas. A veces pienso que cuando las explosiones atómicas hagan desaparecer el mundo, tres especies saldrán intactas del fondo de la tierra: las cucarachas, las ratas y las hormigas’.
A medida que avanza la tarde lo va derrumbando la fatiga. Trata de mantenerse de pie, camina erguido, finge gallardía. Pero a intervalos cada vez más breves, el dolor lo acosa y cae, doblado, en el sofá. En lo que resta de la tarde, va a contar la historia del atentado en Caracas con imprecisiones y lagunas, pero más tarde podré verificar que la sustancia de los hechos es verdadera. Se interrumpe a menudo para tomar aliento. Yo nada digo. Dejo que el relato fluya, porque he leído en los diarios parte de lo que sucedió y, sin embargo, lo que el coronel cuenta ahora es asombroso y nuevo.

Una bomba para Perón

‘En julio de 1956 supimos que Jorge Antonio, el empresario que siempre se mantuvo fiel al tirano, había conseguido que éste fuera admitido en Venezuela. Perón tuvo que salir de Panamá con extremo apuro, porque no podía estar allí durante la reunión de presidentes americanos, y pasó una temporada corta y feliz en Nicaragua, donde fue huésped privilegiado de los Somoza. Allí se compró un automóvil Opel, que su chofer Isaac Gilaberte llevó hasta el puerto de La Guaira, cerca de Caracas’.
El tejido de estos hechos es tan abigarrado, dice el coronel, que conviene ser minucioso. Sobre una hoja de papel escribe a veces signos que no parecen tener significado: flechas, líneas onduladas, indicaciones de cuerpos en movimiento.
‘A las nueve de la noche’, continúa, ‘el 8 de agosto, Perón llegó a Caracas. Lo acompañaba Isabel, que se mantenía siempre en un discreto segundo plano. Recuerde que ella y Perón aún vivían amancebados, y que su figura insignificante contrastaba con la de Eva. Supimos que se habían instalado en una residencia modesta de El Bosque, y que el tirano era inagotable escribiendo cartas a sus partidarios’.
‘Cuando completé con éxito el envío del cadáver de la Eva a Italia, empecé a ocuparme del tirano. En esa época, marzo de 1957, trabajaba conmigo en el Servicio de Inteligencia del Ejército (SIE) un sargento primero de mi más absoluta confianza, un hombre abnegado y muy astuto. Se llamaba Manuel Sorolla. No pude encontrar mejor instrumento para el nuevo atentado. Aunque era más bien un hombre sin posiciones políticas definidas, aceptó hacerse pasar por peronista furioso. Hablaba en los pasillos de los cuarteles a favor del tirano y se agarraba a trompadas con cualquier suboficial que lo contrariara. Como era obvio, terminaron metiéndolo preso por subversivo. Eso era lo que esperábamos. Los únicos que conocíamos la simulación éramos Hamilton Díaz y yo. Sorolla quedó arrestado en los calabozos del SIE, donde tenían la orden de informarme sobre cualquier cambio de conducta, porque el hombre sufría -dije- de serios desarreglos nerviosos. Esa misma madrugada, tal como habíamos previsto, se tomó un frasco de somníferos que eran en verdad pastillas de azúcar y fingió entrar en coma. Me llamaron de emergencia. ‘Hay que enviar a Sorolla inmediatamente al hospital’, ordené. Como parecía inconsciente, le pusimos sólo una persona de custodia en la ambulancia. Apenas el vehículo arrancó, no le costó nada incorporarse y derribar a su guardián de un golpe. Escapó sin problemas. Hamilton Díaz estaba a 200 metros, esperándolo en un automóvil, y lo llevó hasta el puerto, donde Sorolla tomó un vapor que iba a Montevideo. La farsa estuvo tan bien armada que en seguida corrió la voz entre los peronistas. Para ellos, Sorolla se convirtió en un héroe, y pronto le llegaron al tirano noticias de la fuga’.
En ninguno de los infinitos documentos de la resistencia peronista he leído esa historia, y me parece extraño que nadie haya hablado de ella. Se lo digo al coronel. ‘Todo sucedió como se lo cuento. Pregúnteselo a Sorolla, si quiere’. Se lo pregunto dos días más tarde, cuando nos encontramos en un café de San Telmo. Es un hombre alto, canoso, bien parecido, al que creo haberlo visto en algunas fotos. ‘No puede haberme visto’, se incomoda él. ‘Nadie sabe nada de mi vida’. Trabaja como asistente del coronel, en la agencia de seguridad Orpi, eso es todo lo que puede decir. Y además confirma, punto por punto, el relato de Cabanillas. Cuando nos despedimos, me exige que no vuelva a llamarlo.
Volví a llamarlo, sin embargo, casi 15 años después, en mayo de 2002. Tenía el mismo teléfono y acababa de enviudar. ‘Estoy abatido’, me dijo. ‘Usted sabe lo que son estas cosas’. Me pareció extraña esa confesión personal en boca de un hombre para quien, según el coronel, no existían los sentimientos ni el miedo ni las debilidades que afligen a los demás seres humanos. Cabanillas lo había definido como ‘un cruzado de la obediencia y del deber’.
En 1971 Sorolla fingió ser Carlo Maggi, hermano menor de la difunta enterrada en Milán -eso ya lo he averiguado-, pero lo que ahora me interesa es confirmar por segunda vez que también fue él quien puso una bomba en el auto de Perón en Caracas. ‘No le diré que sí ni que no’, responde con parquedad. ‘A veces el coronel Cabanillas hablaba de más’. Al lenguaje distante y cauteloso de los años ochenta lo sustituye ahora una voz segura de sí. La muerte del coronel acaso lo ha liberado de una vida que no quería y el anonimato es ya para él una elección, no un acto de servicio.
‘Sí, yo fui el de la bomba’, admite Sorolla. En abril de 1957, después de su escandalosa fuga, viajó de Montevideo a La Paz y de allí a Lima y Bogotá, desde donde llegó en ómnibus a Caracas. Lo primero que hizo fue presentarse ante Perón. El general se había mudado entonces a una casa de varios cuartos en El Rosal, disponía de cocineros, mucamas y guardaespaldas. Sorolla le contó la historia que el SIE había fraguado para él y Perón le dijo que simpatizaba con su caso. ‘He venido hasta acá para ponerme a sus órdenes, mi general’, se cuadró Sorolla. ‘Disponga de mí para lo que sea necesario’. ‘¿Qué sabe hacer usted, hijo, aparte de pegar buenas trompadas?’, le preguntó Perón. ‘Soy mecánico de coches y sé limpiar armas’, respondió el fugitivo. ‘Entonces hable con Gilaberte’, le indicó el general. ‘Lleva ya años sirviéndome de chofer y no tiene quien lo alivie. Quédese y trabaje con él’.
Sorolla era comedido, silencioso y jamás se quejaba. En pocos días ganó la confianza de los otros domésticos y empezó a tomar notas cuidadosas de las rutinas de Perón, que rara vez variaban. Según los servicios de inteligencia de Estados Unidos, 15 custodios del ex presidente argentino vivían en un edificio situado al frente de su nueva casa. Cada vez que éste salía a dar un paseo, se apostaban a lo largo de la ruta e iban indicando si los 100 o 200 metros siguientes estaban libres de peligro. Aunque es posible que el embajador argentino en Caracas -un general llamado Carlos Severo Toranzo Montero, frenético antiperonista- haya tramado alguna conjura contra el incómodo huésped de El Rosal, la misión de Sorolla se hizo en absoluto secreto y sin el menor contacto con la embajada. Perón culpó siempre a Toranzo Montero de sus desgracias venezolanas y hasta mencionó a un mercenario yugoslavo conocido como Jack, que había roto un contrato con el diplomático para asesinarlo, seducido por la lucha de Perón en favor de los oprimidos.
La historia de Jack quizá sea otro de los actos de ilusionismo con los que el general solía enriquecer su mito, y el relato de los custodios sin duda es uno de los errores habituales de la inteligencia norteamericana. Sorolla, que era escrupuloso, no vio nada de eso en Caracas. El general se levantaba todos los días a las seis, y a las siete, luego de un desayuno frugal y de una ojeada a los titulares de los diarios, se hacía llevar por Gilaberte hasta el parque Los Caobos, para una caminata de 45 minutos. Su único guardián era entonces Sorolla, que iba armado con un revólver calibre 38. Después, Perón se daba una ducha y salía rumbo a sus oficinas de la avenida Urdaneta, en el centro de la ciudad, donde se encerraba a trabajar con el mayor Pablo Vicente, que lo asistía en aquellos meses. Los cambios de horario eran mínimos: los sábados y domingos empleaba más tiempo en leer los diarios, porque el tránsito de la ciudad era fluido y llegaba al centro en 15 minutos. Sorolla tenía medido cada movimiento, calculado todo percance imprevisible, estudiada hasta la más ínfima desviación de la rutina. El 22 de mayo le llegó una bomba que estallaría al calentarse el motor del Opel junto con un mensaje de Cabanillas que decía, simplemente: ‘D-25’. Significaba que el atentado debía perpetrarse el sábado 25, aniversario de la libertad conquistada por Argentina en 1810.
Sorolla averiguó que el general festejaría la fecha patria con un asado en El Rosal, a la misma hora en que el embajador Toranzo Montero ofrecía una recepción. Supo también que Gilaberte había comprado ya vino, carne y chorizos para 50 personas. No se preveía, por lo tanto, ningún desplazamiento en la rutina. Esa tarde pidió hablar con el general. ‘He recibido un mensaje de Buenos Aires’, le dijo. ‘Mi madre estaba muy enferma cuando la dejé y ahora me avisan que ha entrado en agonía. Quiero ir a verla sea como sea, y le ruego que me dé permiso para salir mañana mismo’. ‘¿Tiene dinero para irse, hijo?’, le preguntó Perón. ‘¿Con qué documentos piensa entrar en la Argentina?’. ‘Tengo ahorrada la plata justa para un pasaje a Montevideo’, mintió Sorolla. ‘De ahí voy en ómnibus a Carmelo, donde algunos compañeros peronistas van a pasarme en bote hasta la costa argentina, por la noche. Es un viaje seguro, mi general. Pienso estar de vuelta en pocas semanas. Lo que yo tarde en volver no depende de mí, sino de cuánto permitirá Dios que viva mi madre’.
Esa noche, Sorolla se despidió de Gilaberte y le prometió limpiar las bujías del motor. ‘Mañana es 25 de mayo’, le dijo. ‘El Opel tiene que andar como una seda’.
El chofer recordaría la frase al día siguiente, cuando bajó a calentar el auto para llevar al general hasta el parque Los Caobos. Entonces sucedió algo imprevisto. Perón acababa de leer en el diario que a la recepción de la embajada argentina acudirían 100 personas, y decidió él también aumentar el número de sus invitados. El día anterior, su amigo Miguel Silvio Sanz -jefe de Seguridad de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez y uno de los hombres más perversos del régimen- le sugirió que invitara a su inmediato superior, Pedro Estrada, un funcionario de modales aristocráticos y cultura refinada, que había organizado la más temible red de espías y asesinos de la historia de Venezuela. El general se enorgullecía de esas amistades. Si Estrada acudía a El Rosal, la carne que hemos comprado va a ser insuficiente, le dijo a Gilaberte. Antes de que salgamos para Los Caobos, vaya por más asado y más chorizos.
Esa misma mañana de sábado, antes del amanecer, Sorolla había colocado una carga poderosa en el block del motor. Tres o cuatro décadas más tarde no recordará qué tipo de explosivo era. También Cabanillas lo ha olvidado. ‘Era suficiente para matar a Perón, eso sí tengo claro’, dirá la segunda tarde, en la oficina de la calle Venezuela. ‘No sé por qué fallamos. La suerte estaba del lado equivocado, como siempre sucede’.
Sorolla sabía muy bien qué hacer. La rutina de Gilaberte consistía en calentar el motor durante cinco a siete minutos, salir del garage y esperar al general, que salía de la casa dos o tres minutos más tarde. El trayecto hasta el parque les tomaba 13 a 15 minutos. Según sus cálculos, la bomba debía estallar cuando el vehículo estuviera en la avenida Andrés Bello, a la altura de El Bosque, no lejos del primer domicilio de Perón. Pero aquella mañana, el chofer ni siquiera se inquietó por el motor. ¿Acaso el Opel no había quedado como una seda? Lo arrancó de inmediato y salió en dirección oeste. Estacionó en la esquina de Venus y Paradero, en la parroquia de La Candelaria, a diez pasos de la carnicería. Acababa de entrar en el comercio cuando la calle se sacudió y el aire se impregnó de humo y astillas de vidrio.

La lucha por el cadáver

De todos modos, la bomba estaba mal colocada. Sorolla la había pegado al block de tal manera que el motor saltó hacia arriba y voló destrozado, pero el asiento trasero, en el que debía ir Perón, no sufrió daños. Un par de astillas de vidrio se incrustaron en las mejillas de Gilaberte. La revista Élite resumiría esa semana que las únicas víctimas del atentado fueron los tres edificios que daban a la esquina de Venus y Paradero, a los que se les rompieron todos los cristales. Y el Opel, por supuesto, que se inutilizó para siempre.
A Perón no lo inquietó el percance. Ese mediodía celebró la fiesta patria con un asado que compartieron sus amigos de Caracas. Miguel Silvio Sanz y Pedro Estrada estaban allí, por supuesto. Sorolla se enteró de todo cuando el avión en que había huido esa mañana llegó a Bogotá. Ni siquiera tuvo la fortuna de que Gilaberte o Perón sospecharan de él. En todas las declaraciones, el general atribuyó la conjura al embajador argentino y a su agregado militar. En 1970, cuando me contó en Madrid la historia de su vida, Perón seguía pensando que todos los atentados contra su vida habían sido tramados por Aramburu. Yo no conocía entonces el papel que habían jugado Cabanillas y Sorolla, pero estoy seguro de que si hubiera preguntado por ellos, el general habría respondido: ‘¿Quiénes?’. El ayudante de chófer que lo sirvió en Caracas durante dos meses se esfumó rápidamente de su memoria.
‘El fracaso de aquel atentado fue una de las grandes decepciones de mi vida’, dice ahora el coronel, mientras deja sobre el escritorio el tercer vaso de agua que ha bebido esa tarde y se apresta a partir. ‘Nos llevó meses de preparación y todo se vino abajo por un ramalazo de mala suerte. La historia de la Argentina sería otra sin Perón. Era temprano todavía para que se lo viera como un mártir, y era ya tarde para que el movimiento peronista, con todos sus dirigentes presos o dispersos, pudiera unirse. He cometido pocos errores en la vida, y esos pocos me duelen. Tal vez ninguno me duela tanto como no haber podido matar a Perón’.
La lluvia ha cesado a la tarde siguiente y un sol húmedo, de ceniza, vierte sus vapores sobre Buenos Aires. La temperatura es inferior a los 20 grados, pero apenas se puede respirar. Al coronel le duelen todos los huesos cuando llega a la oficina de la calle de Venezuela. Lo acompaña esa tarde un hombre vivaz, de movimientos rápidos, mirada aguda y una nuez de Adán que sube y baja por el cuello con impaciencia, como si no supiera en qué lugar ponerse. Se llama Jorge Rojas Silveyra, es brigadier, y ha sido embajador del general Lanusse en Madrid durante los cruciales años de 1971 y 1972, cuando el cadáver de Eva Perón le fue devuelto a su viudo por el Gobierno argentino. Entre los dos hombres parece haber familiaridad, confianza, acaso complicidad. Cabanillas llama ‘Flaco’ a Rojas Silveyra. El apelativo es previsible. Aunque macizo, nervioso, el brigadier conserva una delgadez juvenil. En la adolescencia debió de ser como un fósforo: largo, de cabeza pequeña. A su vez, Flaco se dirige al coronel llamándolo ‘Lalo’.
Rojas Silveyra abre la tarde con oscuras referencias al teniente coronel Jorge Osinde, el siniestro oficial de Inteligencia que había sido uno de los torturadores más notorios durante el segundo Gobierno de Perón, delegado militar en la última etapa del exilio del general, en Madrid, y secretario de Deportes del Gobierno de Héctor Cámpora. El embajador invoca un dato que ya todos saben: Osinde fue uno de los organizadores de la matanza de Ezeiza, el 20 de junio de 1973, cuando Perón regresaba a Buenos Aires por última vez. Pero también cita un detalle que yo, al menos, desconocía: Osinde fue compañero de promoción del coronel Cabanillas en el Colegio Militar. El 20 de septiembre de 1955, en vísperas de la caída de Perón, Cabanillas lo arrestó y lo trasladó en su auto a la prisión de Campo de Mayo. Durante la travesía, Osinde se jactó de haber enviado al presidente derrocado decenas de cartas advirtiéndole sobre la conjura que se preparaba contra él, a la vez que le había entregado, sin equivocarse, los nombres de todos los insurrectos. ‘El general no quiso oírme, o estaba harto ya de todo y prefirió dar un portazo’, le dijo el detenido. ‘Lo mejor que podés hacer es detenerme, Cabanillas. Soy el mejor oficial de Inteligencia de este país y, si en este momento hay una persona peligrosa, ésa soy yo. Algún día voy a traer de vuelta a Perón, a Evita. La historia es un péndulo, Cabanillas, ¿sabías? El poder es un péndulo. Hoy salta hacia la izquierda, mañana estará en el lado opuesto’.
¿Osinde?, pregunto. ¿Cómo podría encajar en este relato? ‘Ya lo verá’, dice Cabanillas. ‘Es el comodín de la partida de naipes que el Gobierno empezó a jugar con Perón en julio de 1971’.De pronto, algunas piezas del rompecabezas encajan. Recuerdo fragmentos de la historia de aquellos meses. El 5 de julio de 1971, el presidente de facto Alejandro Lanusse decidió establecer un canal directo de comunicación con Perón. Nombró embajador en Madrid a Jorge Rojas Silveyra pensando que su estilo informal y campechano le facilitaría las relaciones con el exiliado. Los objetivos del brigadier eran simples y difíciles: debía lograr que el general autorizara a sus adictos a aceptar cargos en el Gobierno, que no se opusiera a los proyectos políticos de la Junta Militar y que se pronunciara de manera pública e inequívoca contra los guerrilleros que actuaban en su nombre y a los que Lanusse no podía controlar. Lo que ofrecía a cambio era poco a los ojos de Perón: la devolución de su pasaporte argentino, el reconocimiento de las pensiones que se le debían como ex presidente -y que sumaban unos 50.000 dólares- y la anulación de las acusaciones criminales que pesaban contra él. La promesa final era devolverle el cadáver de Eva Perón.
‘Lanusse sabía que yo tenía el cadáver, pero ni él ni yo podíamos imaginar en qué estado estaba, después de tantos años’, apunta Cabanillas.
He oído versiones de que el Gobierno de Aramburu ordenó hacer tres o cuatro copias perfectas de la momia de Eva con resinas de poliéster y fibra de vidrio, y que una de esas copias fue a dar al puerto de Hamburgo, donde el coronel Moori Koenig la confundió, en 1961, con el cadáver verdadero. La viuda de Moori Koenig ha confirmado ese dato. Cabanillas lo niega con énfasis.
‘No hubo copias’, dice. ‘Nunca se nos ocurrió que podía haberlas. En los asuntos de inteligencia, como usted sabe, echar a correr un rumor suele tener más peso que imitar la realidad’.
¿También lo de las flores y las velas es falso?, pregunto. Aludo a la versión de que, donde quiera estaba el cadáver, aparecían flores y velas.
‘Eso es verdad’, dice Cabanillas. ‘Sucedió cuando la teníamos deambulando por Buenos Aires. Las flores y las velas nos volvían locos. Pero en Italia ya nadie supo dónde estaba ella y nos dejaron tranquilos’.
‘Hasta que apareció Osinde’, señala Rojas Silveyra.
‘Sí. Osinde casi nos echa a perder el trabajo de muchos años’, admite el coronel.
El brigadier está ansioso por hablar. Recuerda que el 16 de agosto de 1971, a eso de las diez de la noche, recibió en la residencia del embajador, en Madrid, la visita de Cabanillas. El emisario le entregó en silencio una carta de Lanusse. Rojas Silveyra ha retenido cada línea en la memoria: ‘Querido Flaco. Ahí te lo mando a Lalo para que entre los dos resuelvan una operación de extrema importancia. Él te explicará de qué se trata’.
Hacía calor, recuerda el brigadier. ‘Salimos al jardín para evitar posibles grabaciones y allí nos quedamos hablando hasta las tres de la mañana. Convinimos en que al cadáver lo llamaríamos Valija…’.
‘Paquete’, interrumpe Cabanillas. ‘La palabra clave era Paquete’.
‘Valija’, porfía Rojas Silveyra.
De todos modos, ya qué importa, digo. Y en el acto me doy cuenta de que todo importa.
Acordaron que, cuando Cabanillas recuperara el cadáver, enviaría un aviso para que el embajador lo esperara en la frontera con Francia y lo hiciera escoltar desde allí por la policía española. A la embajada llegaría un mensaje simple de advertencia: ‘Valija localizada. Estimo que llegará al puesto fronterizo de La Junquera tal día a tal hora. Parada anterior: Perpignan’.
Recuperar el cadáver no fue tan fácil como se contó cuando las cosas sucedieron, apunta ahora el coronel. No sé qué quiere subrayar: si su capacidad para vencer una dificultad tras otra o la importancia de su hazaña. O ambas cosas, que para él son una. Repite otra vez lo que ya ha dicho con frecuencia a lo largo de su relato: ‘Si no fuera por mí, quién sabe dónde estaría la Eva ahora’.
Cabanillas llegó a Milán el 3 de agosto y allí esperó a su infalible escudero, el suboficial mayor Manuel Sorolla. Éste era la pieza central para la recuperación del cadáver, porque llevaba la autorización consular para exhumar el cuerpo -conseguida una vez más por la Orden de San Pablo- y una identidad falsa: Carlo Maggi, hermano menor de la difunta. La noche antes de la llegada de Sorolla, el superior de la Orden, monseñor Giulio Maturini, transmitió al coronel una noticia inquietante: decenas de las losas del cementerio Maggiore habían sido removidas y, en algunos sitios, los ataúdes habían sido abiertos, profanados. Cabanillas sintió que alguien estaba siguiéndole los pasos, pero no imaginaba quién ni por qué. Monseñor Maturini le sugirió una respuesta. Alguien había pedido a los dos grandes cementerios de la ciudad el registro de los propietarios de las tumbas. La información era pública y no se podía negar. Así encontraron, en el cementerio Maggiore, el nombre de Cabanillas. Por fortuna, en el registro no constaba cuál era el predio de cada quien, pero obtener esa información era cuestión de días. ¿Pudo averiguar quién está detrás de todo esto?, preguntó el coronel. Un teniente coronel argentino, respondió Maturini. Alguien a quien tal vez usted conozca. Tengo aquí apuntado su nombre: Jorge Manuel Osinde.

Último acto

‘Imagine usted mi angustia’, dice Cabanillas. ‘Sabía que no era posible perder un solo minuto’.
La humedad es ya tan densa que en cualquier momento podría llover dentro del cuarto. El brigadier se quita el saco y se afloja el nudo de la corbata. Yo también, aunque no llevo corbata, aflojo los hilos invisibles de la historia, que me están sofocando.
‘Por suerte, estaba allí monseñor Maturini para aliviar las tensiones’, sigue el coronel. ‘Consiguió que la alcaldía de Milán pusiera una vigilancia de 24 horas en el cementerio. Las excavaciones cesaron. Faltaba aún elaborar una estrategia para trasladar sin peligro el cadáver desde Milán hasta Madrid. Primero, sin embargo, debíamos identificarlo. Ese tema me dejó noches y noches sin dormir: ¿y si el cadáver no estaba ya donde lo habíamos dejado? ¿Si Osinde se lo había llevado ya, devolviendo a su lugar la losa de granito? ¿Y si el polvo de ladrillo lo hubiera corroído? Esa mujer, la Eva, se había convertido ahora en una cuestión de Estado. Compréndame. Yo me estaba jugando el honor, y tal vez el pellejo’.
A mediados de agosto, casi todas las oficinas del municipio milanés entraron en un receso de verano y la autorización para exhumar el cuerpo se retrasó. El martes 31, por fin, les permitieron abrir la tumba. Aunque Maturini había logrado que el cementerio se cerrara al público durante los trabajos, los guardianes que trabajaban allí no podían ser enviados a sus casas. Monseñor sugirió que se los empleara como ayudantes y se les entregara algunos millares de liras con una recomendación de extremo silencio.
¿No podía ser alguno de ellos un hombre infiltrado por Osinde?, pregunto.
‘No’, responde el coronel. ‘Los habíamos investigado a todos. El que menos antigüedad tenía en el cementerio llevaba 15 años’.
‘Sin embargo, podían reconocer a Evita. Su foto seguía apareciendo en las revistas’.
‘Ése no era el peligro’, explica el coronel. ‘Se trataba de gente muy ignorante. El peligro fue otro, inesperado’.
Cabanillas había comprado, por precaución, un ataúd y una mortaja nuevos. También le pidió a monseñor Maturini que la misma hermana Giuseppina, encargada de limpiar y cuidar la tumba durante 14 años, estuviera la mañana de la exhumación, por si era necesario lavar el cuerpo.
Abrieron la losa bajo el sol candente del mediodía. A primera vista, el ataúd parecía el mismo que Alberto Hamilton Díaz había depositado allí en 1957. El enorme peso acentuó la evidencia. ‘Fue necesario recurrir a un artificio de poleas y ganchos de acero para mover aquellos 400 kilos. No sin dificultad, llevamos la caja al depósito del cementerio, donde había guardias y cerrojos de seguridad. Abrir el ataúd no era problema. Lo complicado era romper con extremo cuidado la vieja soldadura de la tapa, evitando daños al cuerpo que estaba dentro. Del conjunto de guardianes, elegimos a seis o siete operarios expertos. Ya estábamos a punto de empezar el trabajo cuando se presentaron tres inspectores a verificar lo que hacíamos. Sospeché que podían ser enviados de Osinde. De ningún modo podía permitir que estuvieran presentes cuando sacáramos el cadáver’.
‘Era gente de Osinde’, interrumpe el brigadier. ‘Después los hicimos verificar por nuestro consulado en Milán y nadie los conocía’.
‘Maturini intervino una vez más’, continúa Cabanillas. ‘Con el pretexto de que se trataba de una ceremonia religiosa, no les permitió entrar. Por fin, abrimos la tapa del ataúd. Me paralizó la sorpresa. Estaba todo lleno de polvo de ladrillo, de cascotes. El aire se llenó de una bruma bermeja, y hasta que no se despejó no pudimos ver el cadáver que seguía allí, intacto. Uno de los operarios se inquietó al verlo. ¿Acaso esta mujer no murió en febrero de 1951?, dijo en alta voz. Todos asentimos. ¿Se dan cuenta? Lleva en la tumba más de 20 años y parece que siguiera viva. ¡Es una santa!, gritó otro de los operarios. Entonces cayeron todos de rodillas rezando el Ave María y repitiendo ¡Miracolo! ¡Miracolo! Una vez más, la sabiduría de la Iglesia acudió a salvarnos. Dos de los hombres estaban despavoridos y querían salir. La hermana Giuseppina los detuvo y les dijo: ¿no ven que ha sido embalsamada? Esa simple verdad los tranquilizó. De todos modos, tuve que repartir otra vez miles de liras para que se calmaran y juraran secreto’.
‘Esa tarde me llamaste por teléfono para decirme que todo había salido bien’, dice el brigadier, impaciente.
‘Sí, pero antes pasaron otras cosas’, sigue Cabanillas. El coronel está sudando. Le corren hilos de agua desde las patillas hasta la papada inmensa. Toma de su bolsillo un pañuelo perfumado y se enjuga el sudor con delicadeza. ‘La hermana Giuseppina desnudó el cadáver y lo limpió con mucha destreza. Nos sorprendimos de que fuera tan chico, casi como el de una muñeca, y de que diera tanta impresión de vida. Volvimos la espalda cuando quedó al descubierto el monte de Venus, con su pelusa fina, y ayudamos a la monja a que le pusiera una mortaja y le cubriera la cabeza con una mantilla. Hizo falta desenredarle el pelo, quitarle algunos broches oxidados y volver a peinarla. Sólo entonces la pusimos en el ataúd nuevo. Imagínese si Perón la hubiera visto en el estado en que la encontramos. Qué papelón habría sido, ¿no?’.
Durante dos días quedó el cadáver a solas en el depósito del cementerio Maggiore, sólo con guardias en la puerta y monjas que iban, de tanto en tanto, a rezar oraciones. El 1 de septiembre, Cabanillas contrató los servicios de la empresa Irof para que transportara el cadáver de María Maggi, viuda de Magistris, por la ruta que iba de Milán a Génova, y de allí a Savona, Toulon, Montpellier, Perpignan.
‘Fue entonces cuando me llamaste por teléfono’, insiste el brigadier.
‘No usé el teléfono’, lo corrige Cabanillas. ‘Tenía miedo de que lo hubieran intervenido. Te despaché un mensaje en clave, tal como habíamos acordado. Te dije: Valija llega La Junquera el viernes 3, aproximadamente a las 8 am. Con Sorolla habíamos calculado el itinerario en un mapa, la velocidad del vehículo -que fue un furgón Citroën-Transit-, la duración de las paradas. El horario se cumplió rigurosamente’.
‘Yo había arreglado ya con el Gobierno español el relevo en la frontera’, se ufana el brigadier. ‘En la noche del jueves 2, tanto Perón como Franco sabían que Eva estaba en viaje. Desde La Junquera, trasladamos el cuerpo hasta Madrid en una camioneta que tenía inscripta la palabra Chocolates. Yo estaba en la residencia del embajador, comunicándome todo el tiempo por radio. Lalo y monseñor Maturini habían llegado esa mañana y estaban conmigo’.
‘Viajamos por avión’, acota el coronel secamente. ‘Y en Madrid nos separamos, después de entregar el cuerpo. Nunca volví a ver a Maturini. Lo lamento. Era un santo’.
El brigadier está exultante. Es ahora cuando siente que tiene los hilos de la historia entre las manos y que puede tejerla como quiere.
‘Estuvimos a punto de cometer un error’, dice. ‘Cuando el chófer me llamó por última vez, advertí que la camioneta con el cuerpo llegaría a Puerta de Hierro justo a las 20:25, la hora en que se inmovilizaron los relojes cuando murió Eva. Le ordené que se detuviera 15 minutos en la Glorieta de los Embajadores. De modo que el cadáver entró en la quinta de Perón a las nueve menos cuarto’.
‘Creo que el tirano me reconoció al verme en la casa’, dice el coronel.
‘No, Lalo, ¿cómo iba a reconocerte? Me había preguntado quién estaba a cargo del traslado del cuerpo y yo le di tu nombre. Sabía quién eras. Sabía que habías tratado de matarlo’.
‘Será por eso que me dio la espalda y ni siquiera me miró cuando firmé el acta en la que constaba la entrega del cadáver’.
‘A mí, en cambio’, dice el brigadier, ‘me tomó del brazo y me sacó al jardín. Lo vi lagrimear. Ah, Rojitas, me dijo. ¡Si usted supiera cuánto quise a esta mujer! Yo me quedé en silencio, y al cabo de un minuto me despedí’.
‘La dejaron sobre la mesa del comedor’, cuenta el coronel, ‘y, por lo que sé, quedó allí dos o tres meses. Al volver a Buenos Aires, tuve la secreta esperanza de que me reincorporaran al servicio activo y me ascendieran a general. Ésa fue mi mayor ambición en la vida y nunca pude alcanzarla. Ahora nadie se acuerda de mí, nadie me conoce. Tal vez sea mejor así’.
El sol se abre de pronto paso entre las nubes y descarga su peso sobre Buenos Aires. De todos lados parecen brotar hormigas aladas que suben hacia ninguna parte. Es abril de 1989 y aún tendré que vivir, pocas semanas más tarde, el último acto de esta historia.

EPÍLOGO BREVE

El 26 de julio de aquel 1989 se cumplieron 37 años de la muerte de Evita. La peregrinación del cadáver no había terminado en Madrid. En noviembre de 1974, cuando la viuda de Perón era la presidenta de Argentina y su astrólogo José López Rega se había convertido en el hombre fuerte del Gobierno, éste viajó en un avión especial para rescatar el cuerpo de la quinta de Puerta de Hierro y trasladarlo a Buenos Aires. Una vez allí, la depositó junto al ataúd de Juan Perón en la capilla de la residencia presidencial de Olivos.
En 1976, poco después de que la viuda fuera derrocada por una junta de militares depredadores, ambos cadáveres fueron retirados una mañana de lluvia y enterrados en lugares distintos: a Perón se le asignó un mausoleo en el cementerio de la Chacarita, donde una década más tarde lo profanarían, cortándole las manos. A Eva la llevaron al de la Recoleta, en una zona oligárquica de Buenos Aires que ella odiaba. Con Perón no se tomaron precauciones de vigilancia. Eva, en cambio, yace en el fondo de una cripta, cubierta por tres planchas de acero, cada una de las cuales tiene una cerradura con claves de combinación.
Hacia el mediodía de aquel 26 de julio decidí visitar la tumba de Evita. El lugar estaba desierto, y en la entrada de su mausoleo había unas pocas alverjillas blancas y un par de velas encendidas. De pronto vi que se aproximaban al lugar cinco o seis viejos. Arrastraban los pies, caminaban con un curioso bamboleo. A la cabeza marchaba un personaje macizo, marcial, al que no hacían mella los años. Levantaba un bastón y trataba de llamar la atención de los escasos paseantes: ‘Vamos a rezarle a nuestra santa’, decía. ‘¡Vamos a despertar a Evita!’.
El grupo se acercó a donde yo estaba. Todos inclinaron la cabeza al unísono. Una de las ancianas dejó otro ramo de alverjillas junto a la puerta del mausoleo, al pie de una placa de bronce: ‘Eva Perón. Eterna en el alma de su pueblo’. Luego, rezaron un Ave María. Yo habría querido retirarme, pero me pareció inoportuno. Al final de la plegaria, el anciano del bastón se dirigió con soltura hacia mí, que era un extraño, y me dijo, como si yo supiera de qué hablaba: ‘¿Sabe, hijo? Yo estuve a punto de rescatar a nuestra santa cuando la tenían secuestrada en Milán. No pude. Quería entregársela al general, que era su legítimo dueño. Pero he jurado que voy a sacarla de aquí. La han escondido bajo tres planchas de acero, pero igual voy a liberarla. Ahora que el general no está, yo soy el único que tiene derecho a cuidarla’. Me preguntó mi nombre. Se lo dije. Le pregunté por el suyo. ‘Soy el teniente coronel Jorge Osinde’, contestó. ‘Ha oído hablar de mí, sin duda’.

Tomás Eloy Martínez
El País

 

 

Anuncios