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Canaima

—¡Diez pies, fondo duro! Acaban de pronto los bruscos maretazos de
las aguas encontradas, los manglares se abren en bocas tranquilas, cesa el
canto del sondaje y comienza el maravilloso espectáculo de los caños del
Delta.
Término fecundo de una larga jornada que aún no se sabe
precisamente dónde empezó, el río niño de los alegres regatos al pie de la
Parima, el río joven de los alardosos escarceos de los pequeños raudales, el
río macho de los iracundos bramidos de Maipures y Atures, ya viejo y
majestuoso sobre el vértice del Delta, reparte sus caudales y despide sus
hijos hacia la gran aventura del mar: y son los brazos robustos reventando
chubascos, los caños audaces que se marchan decididos, los adolescentes
todavía soñadores que avanzan despacio y los caños niños, que se quedan
dormidos entre los verdes manglares.
Verdes y al sol de la mañana y flotantes sobre aguas espesas de limos,
cual la primera vegetación de la tierra al surgir del océano de las aguas
totales; verdes y nuevos y tiernos, como lo más verde de la porción más
tierna del retoño más nuevo, aquellos islotes de manglares y borales
componían, sin embargo, un paisaje inquietante, sobre el cual reinara
todavía el primaveral espanto de la primera mañana del mundo.
A trechos apenas divisábase alguna solitaria garza inmóvil, como en
espera de que acabase de surgir aquel mundo retardado; pero a trechos,
caños dormidos de un laberinto silencioso, la soledad de las plantas era
absoluta en medio de las aguas cósmicas.
Mas el barco avanza y su marcha es tiempo, edad del paisaje.

 

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