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Arnaldo Calveyra

Por un poema rezagado en el limbo de un cuaderno borrador, ellos se encontraban en un limbo de cuaderno borrador. Mientras tanto, flotaba en el aire una de esas secuencias en que el horizonte empieza por ocultar las iglesias de la redonda, los campanarios a esconderse, sólo una torre sigue levitando por acompañar el vuelo de un pájaro. Después, nos quedaban unos países lejanos donde el silencio encuentra a sus inocentes, a tus colores recuerdo que les entraba una actividad febril y que puertas y ventanas se allegaban a personajes de más en más sonrientes y aterrados. Ya ni recuerdo. Dejaron de entusiasmarme esas flores cuyo prójimo se cuenta por nubarrones que predicen la lluvia pronta a cantar unos momentos en la plaza de tu pueblo. Pero recuerda. Pero ríe en esta marejada en fiesta entre los visitantes o el ala. Pasados muchos años entre presencia y ausencia. Y ahora que se callan, no les queda más nombre que el de una costa de mar. Playa que son cristales de arcoiris contra unas ventanas de castillo encapotado.

Yo quisiera hablarles. Esas sombras. Tener cada una de mis voces resuelta en calavera de diamante, llegar justo para la cosecha de manzanas, tener alas entre los pájaros y manos de cinco dedos entre la gente, estrellas en su vuelo mineral hacia el jacinto. Escúchales tan siquiera. Andan puntos y seguido así, síncopas, bocetos de bocacalles en lo baldío de una vereda sofocada por la imponencia del tapial, casos así. Pero lo mismo. Pero de todos modos recuerda. Pero captúralos, corre en medio de su inmovilidad desierta que triunfa entre estrella y hombre. En homenaje a la niña y el niño descalzos sobre cristal en vilo, veleta de una memoria insomne, yo estuve allí y se equivocaron unos ángeles de aldea y dejaron escrita la palabra siempre en una palabra única que suspendieron del ciprés al diamante y del cristal al árbol de rocío, del cristal volvieron al ciprés pasando por el diamante entre la i y la e de ese siempre que se les volvía ciprés de pronto.

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