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Juan José Manauta

Capítulo I

Odiseo

Odiseo se puso de pie y la Madre lo supo aunque se hallaba de espaldas, inclinada sobre la batea, lavando. Restregaba la ropa con una energía ciega, obstinada, inconsciente y el vaivén de las manos sobre la dócil prenda enjabonada parecía enajenarla, propiciando en ella un sentimiento de olvido y a la vez nostálgico. Olvido y  nostalgia un poco abstractos, quizá, y no referidos directamente a días o a acontecimientos ya transcurridos en su vida, porque tal vez nada hubiera en ella digno de la nostalgia, pero tampoco del olvido, de modo que ambos sentimientos, aun siendo paralelos, trataban de repelerse sin poder, empero, no acompañarse. El movimiento acompasado de las manos lograba arrullarla, y en ese estado le era fácil –e inevitable- adivinar lo que hacía su hijo, aun sin mirarlo, y no sólo cuando se hallaba en casa, jugando en la tierra, sino cuando salía en busca de la comida que ella apenas le daba desde que Odiseo tuvo fuerzas para caminar e inteligencia suficiente para lograrla fuera del rancho por sus propios medios.

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