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El Supremo Augusto Roa Bastos y mí

FRENTE AL FRENTE PARAGUAYO

RECUPERANDO LO ESCRITO

A lo largo de más de un siglo, la historia de la Guerra Grande (llamada de la Triple Alianza) continúa siendo materia de controversias y discusiones, de querellas y duelos interminables. A pesar de haberse escrito sobre ella bibliotecas enteras, sigue siendo totalmente desconocida. La historia oficial de los vencedores no ha hecho sino oscurecerla aún más y tornarla inverosímil como una tragedia que no ocurrió ni pudo haber ocurrido.

Hay, sin embargo, un testigo extranjero, en cierto modo neutral, que levantó con humor y fantasía una de las puntas del velo de la tragedia: se trata de sir Richard Francis Burton, el más famoso traductor de Las mil y una noches, viajero incansable, aventurero de la estirpe de los Marco Polo, héroe de la campaña colonial británica en Egipto, autor de casi un centenar de libros, la mitad de los cuales destruyó y quemó su mujer lady Isabel con saña implacable. El libro de la espada o El peregrinaje a la Meca son libros que perdurarán como los de Plinio, los de Joyce o los de Jorge Luis Borges, pese a sus distintos géneros, naturaleza y extensión, a las diferentes épocas en que fueron concebidos y escritos. Son partes del Libro único que se sigue escribiendo a lo largo de las edades por el mismo autor con diferentes nombres. Escribe uno para que los particulares lean.

Sir Richard estuvo en el Paraguay a principios y al final de la contienda. Vio sobre el terreno el final de la guerra, se hizo amigo de Francisco Solano López y de Elisa Alicia Lynch. Habló, conoció y entrevistó a los jefes aliados, con los cuales intentó por su cuenta una negociación de paz, la que cayó en el más completo fracaso.

Hacia fines de 1870, poco después de terminada la guerra pero no la destrucción y el saqueo del país bajo las fuerzas de ocupación, Richard Francis Burton publicó su libro Cartas desde los campos de batalla del Paraguay, muy inferior a los otros en calidad literaria y magia creativa, pero superior a todos ellos como crónica del holocausto de un pueblo. “Un pueblo que va a desaparecer sin dejar huellas”, afirma el autor en el prefacio.

Con lenguaje pintoresco e imaginativo relata en él episodios de la vida de los campamentos de López y aporta elementos no tratados por los profesionales de la historia sobre el debatido y nunca aclarado final de la contienda. Desde las anfractuosidades de la serranía siguió con su catalejo los últimos combates de un puñado de pigmeos, barbudos y espectrales, armados de lanzas de tacuara, contra los súper armados escuadrones de la caballería brasileña, apoyados por la artillería de grueso calibre.

Cuando llegó Burton, en esa segunda visita ya no sobrevivían en el Paraguay más que mujeres, ancianos, niños e inválidos. ¿De dónde sacaba aún Solano López esas tropas que Burton veía luchar con tanto denuedo y heroísmo? Esos combates se reproducían en todas partes en medio de los espejismos y torbellinos de polvo del desierto, en los laberintos selváticos, en las cavernas infranqueables de la cordillera, bajo el sol de hierro del verano, bajo los chaparrones diluviales del invierno.

“Yo tenía la impresión -dice Burton en una de sus Cartas- de que un solo y único puñado de hombres era el que aparecía y desaparecía en todos los lugares a la vez. Esos pigmeos no eran hombres adultos. No eran más que muchachos púberes, que se habían pegado a las caras unas hirsutas barbas “fabricadas” con crines y colas de caballos mediante el indestructible látex del mangaisy (en guaraní en el original). Muchos de esos niños iban acompañados por sus madres disfrazadas de la misma guisa. Esos dos mil niños, que “sobraban”, iban a ser aplastados por los cascos de los caballos aliados. Así lo ordenó, hacia él final de la guerra, el coronel Domingo Faustino Sarmiento -sucesor del general Bartolomé Mitre en la presidencia, y director de la guerra-, en una proclama famosa.” Burton la transcribió en el apéndice. Dejó en castellano la palabra “sobraban” referida a los niños-soldados que debían ser aplastados por los cascos de la caballería aliada.

Por momentos no se sabe si sir Richard está relatando lo que vio realmente, o si está traduciendo con palabras, necesariamente más pobres que las imágenes y como deformadas groseramente, las visiones de delirio de Cándido López, el pintor de la tragedia. Burton vio y admiró esos cuadros que iban saliendo “del natural” pero también de una visión de ultratumba; incluso vio pintar a Cándido López, sentado entre los muertos, al final de una batalla. “Parecía un sordomudo o un sonámbulo completamente fuera del mundo real”, escribe en una de sus cartas (la decimotercera), totalmente dedicada al pintor.

Burton, por entonces, era cónsul de su país en la corte del Brasil. Tenía carta blanca para recorrer el país en guerra. Traía instrucciones reservadas del Emperador para convencer a Solano López de que aceptara renunciar a su investidura de jefe de Estado y al mando de sus fuerzas armadas a fin de que el alto mando aliado pudiese negociar, con el sucesor que él mismo designase, el cese de la guerra. El Emperador comprometió su autoridad en asegurarle todas las garantías de protección a su persona, a su familia y a sus bienes, con la sola condición de abandonar el país eligiendo el que más le conviniera para solicitar asilo fuera de América del Sur.

El Cónsul, viajero y capitán inglés, buscador impenitente de mundos y de seres extraños, visitó al Mariscal Presidente y a su consorte Madama Lynch en el errante cuartel general en plena retirada, cuando ya su fin estaba próximo. Conversó mucho con

ambos en las largas sobremesas de campamento a la luz de las cercanas estrellas, y en la trepidación de los lejanos combates. En su gabinete de trabajo, Solano explicó al Cónsul, documentos a la mano, que la inicua guerra que estaba devastando el país había sido instigada y financiada por el imperio británico, empeñado en la expansión del librecambio.

En la buena tradición filibustera de la Reina de los Mares -escribe en su Carta primera que Solano le dijo-:

“El imperio trocó la enseña corsaria de sir Francis Drake y sus congéneres por la patente de corso de la “independencia protegida”, invento del nuevo pacto neocolonial cocinado entre gallos y medianoche por el Foreing Office y las cancillerías de Buenos Aires y del Imperio del Brasil”. El Cónsul traduce los insultos que bramó el Mariscal en una verdadera explosión de furia. En ella se mezclaron, según el Cónsul, expresiones en el castellano más castizo que había oído en América y también en el dialecto paraguayo de la lengua vernácula. Burton no entendió muy bien el discurso bilingüe del Mariscal, pese a que había estado ya durante dos largos períodos en el país. El Cónsul se jactaba de hablar en treinta y cinco idiomas, incluidos sus dialectos, y de soñar en diecisiete. “Ese hombre me apostrofaba -escribe- en una germanía inextricable.”

Burton cuenta que sonrió ante la desenfrenada invectiva. Sabía todo lo que Solano sabía. Sabía cosas que Solano no sabía. Se las iba transmitiendo oblicuamente, sin comprometerse demasiado. Su pasión era estar enterado de las cosas. Sabía que no se podía torcer el curso de los hechos ya consumados, pero que se debían conocer sus causas primeras y, sobre todo, los elementos imperceptibles y aparentemente anodinos que los habían desencadenado. Encontró natural que el mariscal paraguayo se batiera como un tigre acorralado por la jauría. Comprendió que palabras como “renuncia”, “abdicación”, “rendición” no tuvieran ningún sentido para esa fiera acosada. Su lema era vencer o morir. Pero la victoria no fue más que un espejismo apagado, hacía cinco años; con los fuegos del primer combate. La muerte aleteaba ya, agoreramente, sobre el aura de ese hombre que sentía día y noche la corrosión del tiempo y del universo.

“Le abrí desde el comienzo -escribe el capitán inglés- amplio crédito y justificación a todos sus excesos y me guardé la irrisoria propuesta del Emperador en el forro de mis guantes. Sabía yo que los principales jefes de las fuerzas federales de la Mesopotamia y del Noroeste argentinos, en guerra contra Buenos Aires, habían propuesto a Solano, reiteradamente, incorporarse con sus tropas al ejército paraguayo y hacer la guerra juntos contra la Alianza. ¿Por qué no aceptó usted esa ayuda?, le pregunté. Solano me respondió un poco brutalmente. Primero, dijo, porque el ejército paraguayo se basta solo para luchar contra esos piratas. Segundo, porque el ejército regular de un país civilizado no puede admitir el concurso de fuerzas irregulares. La anarquía y la mezcla no son buenas en ningún caso, y menos aquí. Estado y nación, pueblo y ejército son, en este país, un cuerpo orgánico y disciplinado. Un solo cuerpo y una sola cabeza: ¡ésta! Se golpeó el quepis y mostró los dientes amarillos por el tabaco. En lo hondo de la espesa barba, casi azulada de tan negra, esa mueca de soberbia duró solo un instante. La mano de Solano se tendió hacia los mapas y los croquis de batallas que tachonaban la loma de la tienda, fijados con alfileres.”

“Los nuevos filibusteros -barbotó Solano- quieren aniquilarme para convertir al Paraguay, la única nación libre y soberana de América del Sur, en un país de esclavos. La Alianza me hace la guerra sobre la base de un pacto secreto tan inicuo, que no se atrevieron a publicarlo. Yo les he declarado la guerra como se debe, ante la faz de las naciones, cuando armé la expedición en defensa del Uruguay contra la invasión del Brasil. Cumplí con todas las normas del derecho internacional. Hice el honor al presidente Mitre de pedir permiso a su gobierno para que esta expedición cruzara el territorio argentino. Pero ya estaba él coaligado con el Brasil y, en lo interior, con el general Urquiza, que simulaba mantener estricta neutralidad. Pronto me enteré de que Urquiza ya había apresado a los principales jefes federales para impedir su adhesión militar al Paraguay. La traición de Urquiza y la venta de su neutralidad en el conflicto le valieron los trescientos mil caballos para la remonta de su ejército y el millón de dólares que le envió por adelantado la banca Mauá.

“Mi error táctico y estratégico -reconoció Solano López- fue no atacar y aplastar a Urquiza mientras mis fuerzas, muy superiores a las de la Alianza, cerraban una tenaza de hierro y de fuego sobre el Brasil por el norte hacia el Mato Grosso, y por el sur hacia el Plata sobre Buenos Aires. Tanto el general humanista Mitre como el general hacendado Urquiza debían grandes favores a mi padre (éste era inclusive compadre del vencedor de Caseros) y a mí mismo. Yo fui el mediador de la unificación argentina. Fui llevado en andas por las calles de Buenos Aires. Me entregaron un Libro de Oro con el homenaje de las mujeres y hombres más eminentes de aquel país. Mitre y Urquiza eran considerados leales amigos del Paraguay. La varita mágica del oro inglés los convirtió en enemigos jurados pero ocultos. Pude atropellarlos a mansalva como hicieron ellos y hacerles morder el polvo de la derrota desde el primer minuto. No quise cometer esa felonía que me habría igualado a mis enemigos.”

Mostró al Cónsul una copia del tratado secreto de la Tripla Alianza. “¡De la triple infamia! -masculló Solano, abofeteando el arrugado papel. Pretenden anexar mi patria, por partes iguales, al imperio esclavócrata del Brasil y al viceimperio de Inglaterra en el Plata, que esclaviza a las provincias argentinas. Eso únicamente podrán imponerlo sobre mi cadáver, en el último combate, sobre la última frontera.”

“No era una bravuconada -comenta sir Richard-.

Ese hombre no se volvió loco en ese momento. Ya lo estaba. No era un malvado. Era un hombre de honor.” El Cónsul preguntó al Mariscal sobre el porqué de esa obcecación inútil, contra la evidencia de un destino sellado inexorablemente, mientras se consumaba la destrucción de su país.” Cuenta que, echando lumbre por los ojos, Solano le respondió: “Lo que llaman destino es una coartada de los débiles y pusilánimes. No conozco otro destino que el forjado por mi voluntad. Mientras yo pise un palmo de esta tierra, mi patria existirá y sus enemigos no prevalecerán contra ella”.

Solano se había erguido en su silla. A Burton le pareció que había crecido de golpe, sin levantarse, hasta tocar con su cabeza el techo de la tienda. Se oía hacia el sur el lejano tronar de los cañones de la artillería brasileña. Se escuchó un sordo tumulto en el tráfago del cuartel general. Empezaron a granear los disparos. Solano se levantó y salió llevando del brazo a Burton.

– Venga a ver el globo de los aliados.

“Globo” es un modismo porteño que significa embuste, inflada mentira. Llevado por la brisa, un aeróstato con los colores del Brasil sobrevolaba el campamento, tripulado por dos hombres que observaban con catalejos las posiciones de retaguardia. “¡Vea usted a los mirones corsarios! …”, comentó, divertido. Los fusiles de chispa y los cohetes Congreve nada podrían contra ese espejismo que reverberaba al sol con los colores del espectro. Suavemente, como una pompa de jabón, la esfera desapareció tras la cresta de los montes. “¡No tardará en caer en mis manos y entonces yo le daré otro uso!…”, dijo Solano.

“Ese hombre -comenta Burton- odiaba la derrota con un odio absoluto e implacable. Odiaba esa guerra furiosa y lenta que ya duraba un siglo. Una guerra que no tenía parangón con ninguna otra en la historia del Nuevo Mundo. En ésta no había que evitar la derrota, sino que había que prolongarla en la duración de los tiempos. Pero quizás este odio era la única voluptuosidad que podía atravesar aún el temple de acero del que su alma se hallaba revestida. Necesitaba seguir derramando ríos de sangre, la de todo su pueblo, para calmar la apoplejía de su furor sobrehumano. Tomarse a sí mismo como destino era su peor desatino.” La prosa de Richard Francis Burton olvidaba, a veces, el tono descriptivo y jovial de los viajeros ingleses y se inflamaba de un arrebato trágico de segunda mano.

Sir Francis relata su viaje a Asunción para entrevistar a los jefes aliados y persuadirles a la concesión de una salida decorosa en favor del vencido Mariscal. El Cónsul anota que el generalísimo brasileño le respondió secamente: “El armisticio se hará sobre la muerte de ese monstruo”. Encontró, en cambio, que el generalísimo argentino sentía hacia Solano gran respeto y hasta cierta admiración. “Ese hombre es un tirano -traduce ad literam las palabras de Mitre-. Un tirano aplastado por la montaña del poder absoluto, pero también es un hombre que ama a su patria y la defiende a su modo.” Burton añade por su cuenta que “en definitiva nada hay más terrible que el espectáculo de un pueblo sacrificado por la estulticia de la historia. Quizás era esto -añade- lo que fascinaba a Mitre, militar, político, intelectual y poeta, en la indomable ferocidad del jefe paraguayo. Alucinado por la utopía napoleónica, éste se creía forjado para la guerra, pero para una guerra a la medida de sus fantasías. Podía decirse que sus propias fantasías eran las que lo habían derrotado y que esas mismas fantasías lo obligaban a mantener en la derrota el penacho de su gloria mientras él viviera y combatiera, ya que él sabía mejor que nadie que la victoria era imposible”.

El Cónsul describe las bombardeadas casas de Asunción, cuyo incendio sirvió para iluminar las noches de saqueo. Burton no menciona el palacio blanco, digno de un alcázar moruno. No se fijó en él, salvo para contar el hecho de que los caballos enjaezados de los jefes aliados mordisqueaban su ración de alfalfa en la gran sala de recepción. “Asegurados por el cabestro a las columnas de mármol y alabastro, rumiaban su ración de forraje. También el caballo dice “pienso, luego existo” -escribe socarronamente-. Sobre los fardos de forraje, que olían a llanuras verdes, a inagotable abundancia, a bucólica paz, los palafreneros dormitaban hirviendo de moscas.”

En una nota agrega: “Aunque se excave hasta el centro de la tierra no se encontrarán aquí ni en los siglos ni en los milenios que vengan, las ruinas de una ciudad. El arqueólogo Heinrich Schliemann acaba de descubrir hace tres años, luego de más de tres mil años, las ocho ciudades de Ilión superpuestas como los recuerdos de un hombre o como un palimpsesto de piedra anteriores a Príamo y a Hércules. Aquí, en Paraguay, en Ilión-Asunción, lo sagrado no va a confundirse con la antigüedad sino con la ausencia del tiempo, con la perennidad del sacrificio humano”.

La guerra estaba en todas partes. Sir Francis la olía con delectación en la naturaleza quemada, en las casas incendiadas, en las roñas, en las carroñas esparcidas por todas partes, en el terror de las poblaciones diezmadas. Al leer las Cartas de Richard Francis Burton se tiene la sensación de que el guerrero de Egipto se anticipó en un siglo a la filosofía bélica de Erich ven Ludendorff. Para éste y para Burton la guerra es la expresión más alta de la voluntad vital de los pueblos.

“La guerra -escribe- no puede hacerse sin una férrea dictadura militar. Exige la tiranía absoluta. El mundo no puede moverse sin el estado de guerra permanente. Todos los países son beligerantes y no pueden dejar de luchar un solo instante unos contra otros. El territorio entero del planeta es un inmenso e interminable campo de batalla. Cuando todo ajetreo bélico haya cesado, la humanidad misma es la que habrá desaparecido.”

En notas extraviadas en el ritmo endiablado de v sus “impresiones de viaje”, el Burton mujeriego vuelve una y otra vez, como furtivamente, a la imagen de la mariscala. No oculta la fuerte impresión que le han producido su belleza y su fuerte personalidad. “Conocí a muchas mujeres -anota- de una hermosura semejante. Pero la de Ela era única. La belleza es múltiple, pero la multiplicidad de los paradigmas de belleza no permite distinguir cuál es su límite de perfección. La hermosura de Ela rozaba ese límite o acaso lo trascendía. Sus cabellos, del color del cobre recalentado al rojo, estaban peinados en forma de una diadema en torno a su cabeza; el rostro, velado por tenue luminosidad, daba la sensación de lejanía, de ausencia. Parecía un ser de otro mundo. Y lo era. Las formas puras de esa mujer eran su única pureza. Su cuerpo era su única alma.”

Burton dedica un largo párrafo al tocado, a las joyas, a las finas maneras de anfitriona de Madama Lynch en las tertulias de campamento, que hacían olvidar la guerra y trasladaban en la imaginación la escena, que se jugaba en la jungla salvaje, al ambiente cortesano de París. Destaca irónicamente el contraste entre la gran dama de corte por las noches y su apostura de amazona durante el día, sus órdenes en la aterciopelada voz de contralto idéntica a la maravilla de su cuerpo, sus briosos galopes en la fajina bélica, ceñida en su uniforme de mariscala, color hoja seca, biscornio de raso negro, altas botas charoladas de granadero y su sombrilla de mango de oro, engastado de fina pedrería, que empuñaba a sol y a sombra. Cuando cabalgaba la llevaba colgada de su cinturón como un espadín de oro enfundado en albo raso.

“En el nacimiento del primer hijo, Panchito -escribe el Cónsul-, Solano le había obsequiado el bastón de oro incrustado de diamantes (fastuoso homenaje, a su vez, de las damas de Asunción, al comienzo de la guerra). Elisa despreciaba a esas damas patricias de horrible indumentaria, que andaban descalzas con los dedos de los pies relumbrantes de sortijas. Las despreciaba con agresiva ostentación como esas damas caricaturales del patriciado la habían despreciado, en su zafia ignorancia y bajas maneras, desde su llegada al Paraguay. Ordenó a su orfebre que convirtiera el bastón de oro en empuñadura de su sombrilla. El disgusto y la cólera del Mariscal, al enterarse del despropósito fueron homéricos; pero la mariscala, según su arte de armonizar las tensiones contrarias que hacen sonar la lira y disparar el arco, ganó la primera y única batalla que hubo, entre ambos. El Mariscal no dominaba el arte de la guerra (Solano López, ¡helas!, era un pésimo estratego), y el arte de la mariscala no podía sustituir en los campos de batalla la inepcia del jefe absoluto sin riesgo de empeorar las cosas”

“La sombrilla con el astil del bastón de mando era empuñada como un cetro por la mariscala, con lo cual la voluntad del Mariscal Presidente quedó cumplida por encima y más allá de las apariencias” -anota Burton con benévolo sarcasmo. La edición príncipe de las Cartas apareció ornada con varios dibujos del propio Burton. Uno de ellos muestra la imagen ecuestre de Elisa con su famosa sombrilla posando para él, al borde de un acantilado boscoso. La carta concluye como una trivialidad: “El abismo llama al abismo…”.

A Solano lo retrata de un solo trazo. Lo ve de baja estatura, abultado abdomen, nariz chata de leopardo, los ojos de cuarzo ribeteados de una orla de sangre, la cara enormemente hinchada por el dolor de muelas. “La lleva vendada -escribe el Cónsul- con un pañuelo rojo, del que fluye un hilo de baba manchado de tabaco.” Con humor típicamente inglés, Burton refiere los accesos de dolor que lo arrancan del sueño y lo hacen rugir como un tigre. “Bebía entonces desaforadamente, y el aguardiente le sumía en borracheras embrutecedoras. Salía de ellas para entrar en otra embriaguez aún más brutal: la atmósfera siniestra de las conspiraciones. El Mariscal Presidente mandaba reprimir esos conatos con castigos atroces y con fusilamientos en masa de los supuestos complotados. Sus propios hermanos, el obispo, sus funcionarios más leales y sus oficiales más aguerridos, pagaron con la vida estos accesos de rabiosa locura que desencadenaban inauditas matanzas. Los tribunales de sangre -dice Burton- redoblaban entonces su actividad bajo la dirección y el celo del cura Maíz, convertido en Torquemada criollo. El propio Maíz fue quien glorificó a Solano como el Cristo paraguayo. Cuando se describen los rasgos de un malvado no caben el sarcasmo ni la indignación, menos aún cuando se desarrolla el tema de la desintegración de un carácter. Y Solano, ya lo dije, no era un malvado sino un iluminado que se creía traicionado por sus manes.”

Burton encuentra justificada esta actitud y otras del mismo jaez del capellán mayor del ejército y fiscal director de los tribunales de sangre. “Ante la tragedia que estaba padeciendo el pueblo -razona el Cónsul- éste tenía necesidad de que su jefe militar se convirtiera en un Mesías carismático, envuelto en la aureola de inmortalidad de la fe religiosa.”

En contraste con los rasgos monstruosos que atribuye a Solano, el Cónsul admite que poseía unos pies pequeños, blancos, casi femeninos, “los más pequeños y mejor cuidados que yo hubiese visto en un hombre”. Esos pies lo obligaban a un andar de pasos muy cortos, balanceándose sobre los altos tacones de sus botas, caricaturiza Burton. “En los momentos de reposo, uno de sus asistentes se arrodillaba ante esos pies, los lavaba, los masajeaba con ungüentos vegetales aromatizados y pulía las uñas. Finalmente los depositaba con sumo cuidado sobre un almohadón escarlata en un acto de verdadera adoración hacia el amo, profundamente dormido, que se quejaba en sueños de esa caries monumental.”

El autor de las Noches no siempre es sarcástico con la “concubinaria” pareja. En sus Cartas hace la apología de Solano López y de Elisa Alicia Lynch con exaltado entusiasmo. “Un hombre tan hombre y una mujer tan mujer, que en ellos estaba restablecido el equilibrio de la especie por lo más alto. Hombre de inmensa energía, Francisco Solano López se había entregado a todos los excesos de esa guerra terrible y los había sobrepasado sabiendo que lo hacía para nada. Más que amo de su pueblo era su Vicediós. Sabía que estaba arando en el mar, como dijo Bolívar de su acción en las guerras de la independencia, pero esto no disminuía ni su fe ni su ferocidad. La mariscala ejercía sobre él ese tipo de dominio que se asemeja al hechizo. Los ojos glaucos, la mirada insondable de la irlandesa tenían más poder que los ojos inyectados de sangre de la fiera humana.”

Burton no refiere que Elisa Alicia, divorciada del médico francés Quatrefages, al que había repudiado, no podía casarse con Solano según las normas de la ley y los ritos de la iglesia católica romana. Ella lo amaba a su modo. Elisa Alicia seguramente no podía amar a ningún hombre en los términos triviales del amor conyugal. No lo podía amar sino como al mediador y realizador de su desmesurada ambición. Esta desmesura era la naturaleza y la medida de su amor por Solano López. La magnífica razón de su amor era la aventura misma de ese amor, la loca empresa de construir juntos el imperio que el amor había inspirado a esta mujer de recio temple nacida para emperatriz. En ciertos estados de concentración y complejidad, la materia más fría siempre tiene un alma. La ambición de Ela tenía el alma que faltaba a su cuerpo.

A sir Richard le fascinaba el cuerpo de Ela; sabía que su alma tenía dueño, y ésta le interesaba mucho menos.

Se oyó un campanilleo entre el sordo rumor del campamento. -Vamos a cenar -dijo el Mariscal.

Regresaron al amplio pabellón donde Madama Lynch los aguardaba como en un palacio. “La tertulia de sobremesa estuvo más animada que nunca -escribe Burton en la Carta XVII-. Mesa suntuosa, vinos finos de Francia, vajilla y cubiertos de plata con las iníciales entrelazadas de Elisa y Francisco, montadas en oro sobre el escudo nacional: un león parado en campo de gules con una zarpa apoyada en una palmera real, y la estrella roja de Marte brillando en uno de los cuarteles.

“Me pareció vivir la noche de las noches: la Noche del Poder, pero también la Noche de la desventura y de la dicha, de la tragedia y de la felicidad. Relaté algunos episodios de la campaña de Egipto amañándolos un poco para levantar el ánimo decaído del Mariscal. No probó bocado. Solo mandó que le desanudaran el pañuelo que vendaba la cara cada vez más hinchada para beber aguardiente puro con el que hacía largos buches antes de tragarlo. La fatiga y el dolor eclipsaban el temple sanguíneo y poderoso de ese hombre cuyo destino no era sino la fuerza de su voluntad.”

“Madama Elisa me pidió que relatara algunas historias de Las mil y una noches. Empecé con algunas de las más anodinas. Poco afecto a las ficciones, el Mariscal, vencido por el sueño, empezó a roncar, sacudido de tanto en tanto por temblores palúdicos. La mariscala, completamente inmóvil, escuchaba contemplando el cielo encendido con todos sus fuegos.”

“En respetuoso silencio, la servidumbre también escuchaba desde la penumbra, hincada de rodillas sobre la hierba. Esas sombras mutiladas por la mitad me hicieron pensar que a mis historias les faltaban las piernas. Inventé otros relatos más intencionados y picantes en una delicada gradación. Sentía que me iba internando en un terreno minado, pero no podía ni quería volverme atrás. No podía olvidar aquella mañana en que, paseando por el campamento, sorprendí a Madama Elisa saliendo desnuda del baño, asistida por sus doncellas, en el improvisado tenderete de aseo levantado entre copudos árboles. Yo estaba viviendo interiormente la aventura de otra historia que no pertenecía al Libro de las Noches; una aventura en la que el riesgo de la seducción era su mayor incentivo.”

“Inventé el relato del derviche enamorado de una de las siete doncellas de Sheherazad. El derviche embauca al jardinero del palacio para entrar en él secretamente. El derviche busca la manera de introducirse en el palacio de Arún Al-Rachid, blanco como la helada y la neblina, en busca de la doncella de sus sueños. El jardinero barre las hojas muertas del jardín. El derviche lo llama y le muestra a través de las rejas un espejo que refleja de un lado escenas licenciosas y del otro la manera de entrar en el espejo y de participar en ellas. Le dice que se lo va a regalar si lo deja entrar. El jardinero le franquea la entrada y se va con el espejo apretado al pecho, enajenado por la anticipada dicha de esos placeres prohibidos. Es noche de luna llena. El derviche sabe que su enamorada toma baños de luna en la terraza de un ala interior del palacio, protegida contra las miradas indiscretas por cendales de humo aromático. El derviche vaga por los jardines toda la noche sin poder entrar en el palacio cerrado a cal y canto por el fulgor plateado por la luna. Con las primeras luces del amanecer desemboca en una especie de acuario y ve la espalda desnuda de la doncella, perlada de gotitas de agua, al salir de una inmensa jofaina de mármol negro. El derviche adivina por la hermosura escultural de esa espalda el rostro de la hurí que ama. Va a precipitarse hacia ella con los brazos abiertos. Pero al girar ésta para vestirse el albornoz, el derviche descubre que la mujer desnuda es la propia Sheherazad…”

“Me detuve un instante embargado por la originalidad del imprevisto hallazgo narrativo (la narradora convertida en personaje de un cuento desconocido para ella, de una historia que no está en el Libro). Iba a continuar… Un golpe seco como el chasquido de la cuerda de una guzla que se rompe interrumpió lo que iba a decir. Miré parpadeando en derredor. El Mariscal seguía roncando en su sueño agitado de sobresaltos. La anfitriona estaba de pie. Con un gesto imperioso mandó levantar la mesa dando por terminada la tertulia. Es resbaloso el mundo, me dije. Uno tropieza sin querer. Mi corazón se puso en blanco. La miré como buscando una explicación a su intempestiva actitud. Estaba muy seria. Los seres dichosos son serios, pensé. Pero esa seriedad no ocultaba la dicha sino algo más profundo. Los seres como Ela, me dije, desprecian cualquier emoción por creerla indigna. Esos sentimientos se congelan en su interior. Su helado silencio me hizo estornudar. Con los brazos cruzados sobre el pecho, la expresión de su rostro se había vuelto impenetrable. Una máscara mineral había surgido por debajo de ese rostro. La vi más altanera y despreciativa que la reina de Saba del Tintoretto. No parecía esperar sino que yo tuviese la dignidad de marcharme. No podía despegarme de ese hechizo. La represión de algún oscuro impulso tornaba aún más hermoso el crispado semblante. Cerré los ojos. En fracciones de segundos vi desfilar en esa mujer al animal mujer en todas las variedades de su especie y de sus razas: desde la sirena mítica hasta las no menos míticas amantes siamesas unidas por el vientre. Traté de imaginar desnudo ese cuerpo hecho para el amor, pero el rostro de una sombría ferocidad era capaz de paralizar el deseo más ardiente. Dije Good night, Madame… y me retiré afelpado y sonriente con el aire de la más candorosa inocencia.”

Sir Francis, como se advierte en las frases nada elípticas que acabo de transcribir, estaba fascinado por Madama Lynch. Continúa recordándola en constantes alusiones. En otras dos cartas (la decimonovena y la vigésima) habla de ciertos amoríos que tuvo en Harrar “con una princesa etíope muy parecida a la divina Ela -escribe con el fingido temblor en un embuste-, solo que en una versión de mujer de piel sedosa y oscura como la tinta del café de cardamomo…”. Burton era un hábil manipulador del subterfugio narrativo. Poseía el arte de la insinuación capciosa en la manera de decir que dice por la manera. Sería razonable, empero, no fiarse excesivamente de las garrulerías del Cónsul. La guerra y los placeres prohibidos eran sus temas favoritos. Es natural que lady Effie, la pacata mujer de sir Richard, se sintiera con todo el derecho de destruir los centones de “obscenidades eruditas” que escribió su aventurero marido. Las Cartas se salvaron porque las hizo imprimir en secreto con su editor Tinsley de Londres. La primera edición apareció bajo la protección vicaria de un seudónimo.

Las fantasías eróticas de sir Richard Francis Burton no se detenían, como se ve, ante ningún obstáculo, así fuesen la frágil muralla del sueño del Mariscal y la dignidad inexpugnable de la mariscala en su condición de mujer. Pero, al margen de ellas, la mediación del Cónsul, en un aspecto puramente cultural, no debería ser descartada. El Paraguay, isla rodeada de tierra, de infortunios, de tiempo detenido, es un país completamente cerrado a las nocivas y permisivas influencias foráneas. No hay indicios ni memoria de que los cuentos de Las mil y una noches se conocieran en el Paraguay antes de la Guerra Grande.

La mediación del Cónsul pudo ser ésta: servir de puente por el cual las historias de las Noches de Oriente pasaron al imaginario colectivo paraguayo a través de las mujeres de servicio de la mariscala. El propio sir Richard cuenta en sus Cartas que oyó repetir a una de esas mujeres, en una versión muy extraña y desfigurada (él ya había aprendido el guaraní), la historia de la Undécima Noche. Burton no se sorprende. Para él hay un solo mito de origen que se bifurca y que atraviesa en constante mutación y proliferación de narraciones las culturas de todos los pueblos y todas las edades. “La memoria de un individuo o de un pueblo, en trance de muerte -anota en una digresión-, recobra de golpe los recuerdos del pasado y del porvenir, aun de los más remotos y desconocidos acontecimientos, por ínfimos que sean: un personaje, una palabra, un sueño, la cara de la maldad, que es lo único que queda cuando todo lo demás se ha perdido.”

Habrá que convenir, con sir Richard, que los cuentos de Las mil y una noches entraron en el Paraguay por la puerta de servicio de Madama Lynch, no ya de su incendiado palacio de Asunción sino de las tiendas de campaña del cuartel general. Con lo que las guerras más terribles, aun las del holocausto de todo un pueblo, siempre dejan un remanente cultural que con el tiempo se acendra y se incorpora a la esencia de su identidad.

En el apéndice documental de las Cartas Burton refiere, retrospectivamente, la captura de un globo de reconocimiento aliado, acaso el mismo que el Mariscal le mostrara navegando plácidamente sobre la floresta paraguaya. Este inane triunfo, inflado apenas con aire caliente, produjo gran alegría en el cuartel general. Los tripulantes, dos oficiales argentinos, confesaron que habían huido de las fuerzas brasileñas, de las que estaban hartos por su trato desconsiderado y humillante. Con evidente placer comunicaron a los ayudantes de Solano López todos los datos de utilidad militar que poseían; datos que, desdichadamente ya de nada servían al Mariscal. Sus informes, espontáneos y plenos, no alteraron la temperatura del día siguiente.

Sir Richard conversó con los desertores y encontró que eran dos hombres cultos que se habían formado en Europa. La captura del globo restableció también la fluidez de las relaciones entre sir Richard y la mariscala, las que a raíz del relato del derviche enamorado, húmedo por el relente nocturno, quedaron algo resfriadas. No ahorra el Cónsul sus dardos sutiles contra “la mujer de limitado y arbitrario universo pero singularmente tenso”. Cuenta, como si se tratara de un triunfo personal, que Madama Lynch lo invitó a una nueva cena seguida de tertulia. “También nosotros, a nuestro modo -escribe-, hacíamos historia al estilo de París o de Londres en un medio escuálido y salvaje.

Esta vez, cuenta sir Richard, la anfitriona se pasó la velada absorta y silenciosa, toda de negro vestida, la gorguera alechugada y los puños de encaje blanco. La imagen misma de la melancolía. “En esa imagen se inspiró mi libro Anatomía de la melancolía. Me pasé la noche relatando las sucesivas encarnaciones de Buda como grados espirituales sucesivos en el estado de castidad y purificación total a que el Gautama aspiraba. La máscara mineral volvió a aparecer bajo el rostro hermosísimo. Supongo que la misteriosa e imprevisible Elisa tomó mis fábulas búdicas como un desquite punitivo de mi parte, lo que no fue sino un acto de urbanidad y cortesía. El universo de las mujeres es vasto e impenetrable como una noche sin estrellas. Pero Alá sabe más.” […]

Con respecto al globo cautivado, sir Richard relata: “Pocos días le bastaron al coronel inglés Thompson (mimado de López y futuro desertor) para formar un grupo de aeronautas y adiestrarlos en el uso del artefacto. Los desertores argentinos colaboraron con su mejor entusiasmo y voluntad. El globo quedó listo para ser usado. Solano López ordenó una incursión nocturna sobre el puesto de comando brasileño. Los dos tripulantes, excelentes baqueanos y ojeadores, que conocían al dedillo la posición enemiga, hicieron descender el globo en una isleta próxima. Franquearon audazmente el cordón de seguridad del campamento y se arrastraron en la maleza hacia el pabellón del Marqués de Caxias, generalísimo del imperio, llevando los sables entre los dientes. Los cuerpos desnudos de los incursores, teñidos de achiote negro, eran invisibles, excepto los ojos y el brillo de los sables que delataron su presencia y alertaron a los centinelas. Los dos cayeron heridos. Todavía vivos, los despellejaron por gusto, para ver si eran negros de verdad y para arrancarles algunos datos militares. Los prisioneros, mudos bajo el suplicio, murieron de repente por asfixia. Estaban ejercitados para tragarse la lengua y morir en una emergencia semejante. Bajo banderas de parlamento el alto mando brasileño hizo llegar los desollados cadáveres al cuartel general de Solano. Recibieron cristiana sepultura. El Mariscal prendió a las toscas cruces las medallas del

valor militar. Ante el mástil del pabellón izado a media asta, los restos de sus tropas harapientas, formadas en cuadro, apenas podían tenerse en pie y sostener sus armas al hacer los disparos de reglamento”.

Uno de los incursores, sin embargo, había logrado penetrar en la antecámara del generalísimo brasileño, donde decapitó al secretario. El Marqués de Caxias se salvó por mero azar, pues se hallaba negociando necesidades íntimas en el retrete. Hay un testimonio irrefutable de esta hazaña, que no es una invención del obnubilado sir Francis. Entre las escenas de guerra, pintadas por Cándido López, existen dos cuadros de colores sombríos; en el primero se recorta en escorzo la forma esférica del globo contra la vaga luminosidad de la noche. En la barquilla solo viajaba el lívido fulgor de dos machetes (“dos criminales alfanjes con vida propia”, dice el Conde de Orleáns).

De los tripulantes no se ve más que el brillo de los sables entrando sigilosamente en el pabellón del generalísimo brasileño, que escribe a la luz de una bujía. Un imperceptible efecto óptico produce la impresión de que la cabeza del jefe, demudada de horror, se halla separada del tronco por una delgada estría. Se ha vuelto, implorante, hacia sus invisibles asaltantes, es decir, hacia el relumbrar de los sables, ingrávidos en el aire, uno de ellos con tachas de sangre. La escena parece tomada del natural. El espacio se halla localizado en torno a la estría que secciona el cuello, alrededor del cual gira el dinamismo interno del cuadro. Un golpe de viento ha entrado en la tienda y remueve la voluta de humo del cigarro caído en el suelo. A través de ella, como dos ectoplasmas, se perfilan las siluetas opacas, bordeadas por un halo, de los dos hombres que van a morir.

Cándido López pintó el cuadro del globo hacia el final de la contienda, cuando su cuerpo mutilado por la metralla estaba reducido a menos de la mitad. El pintor no era ya solamente una metáfora corporal del pueblo diezmado, exterminado por la guerra. Pero sir Richard Francis Burton nada escribió, no hizo la menor alusión al final de ese pintor que se despedazaba lentamente mientras iba pintando. En estos despojos vivientes, quemados por la destilación del mal, suele habitar la presciencia de lo justo. Cándido López pintó en cuadros memorables la tragedia de la guerra, pero su propio cuerpo era el comentario más terrible de ella. El pintor se hizo cargo en su arte del martirologio colectivo y lo “pasó” a los cuadros de la segunda época. Éstos niegan el marcial esplendor de los primeros, algo retóricos todavía. Acaso estos cuadros, según un enigma no aclarado aún, fueron la obra de otro pintor, un paraguayo llamado también Cándido López. El argentino pintó el avance triunfal de las tropas empenachadas de púrpura y gualda, la marea incontenible de barcos y armas pesadas, el galope de escuadrones con sus lanzas resplandecientes y sus banderines flameando a todos los vientos, las figuras ecuestres de los jefes aliados, erguidas en las cumbres y señalando con el sable corvo la dirección de la victoria. El Cándido López paraguayo se ocupó de la vasta y oscura pululación de los vencidos.

Un trozo de metralla le arranca el brazo derecho.

Pronto aprende a pintar con el izquierdo, ayudado por su amigo y protector, el indio guayakí Jerónimo, el mismo que le ha enseñado a tejer sus lienzos con fibras silvestres y a moler los colores de las plantas tintóreas, mezclados con polvos minerales y el fuego machacado de los lámpiros. El indígena le trae miel de lechiguanas, huevos de perdiz, agua con plantas medicinales y hasta pichones asados. Le unta el cuerpo, ya mediado, con grasa de cerdo salvaje y de tapires del río, que cura sus heridas. Con aparejos de lianas del monte, Jerónimo lo iza todas las noches hasta el lecho de ramas que le prepara en la copa de los árboles. Ahorquetado en las ramas vecinas, el indio con su arco y sus flechas vela el sueño de su amigo, que reposa al resguardo de alimañas e insectos, del ojeo de las patrullas enemigas y hasta del husmeo del tigre. A las primeras luces del amanecer lo transporta a hombros, en la misma red de lianas, hasta los lugares donde Cándido debe pintar, esos lugares donde el sufrimiento y la muerte hacen su trabajo: el paso de las caravanas de fugitivos, los combates, las emboscadas, las torturas en los tribunales de sangre, las ejecuciones sumarias, los lanceamientos infamantes de conspiradores, desertores y traidores.

Cándido López es la única figura real, pero invisible, en medio de esa trituración espectral que mezcla el alba con la noche, los seres vivientes con los minerales y el horror, las penurias y la muerte con la potencia invencible de la vida. La presencia constante y silenciosa del pintor menguante se ha convertido en un elemento anodino del paisaje. No, desde luego, para el ojo implacable del Cazador que lo vigila. Un casco de obús le vuela el brazo izquierdo, que ya empezaba a ser diestro. Jerónimo lo lleva a las cavernas donde los curanderos indígenas lo atienden. Aprende a pintar con el pincel encastrado entre los dedos de los pies. Sucesivamente pierde ambas piernas a la altura de las rodillas. Aprende a pintar con el pincel apretado entre los dientes.

Todo sucede como si la pasmosa puntería del cazador invisible fuese esculpiendo poco a poco ese cuerpo inagotable, esa piltrafa humana animada por un espíritu indómito. Su cabeza no se levanta ya a más de un palmo sobre el suelo. Lo que es una ventaja para él, pues ahora puede pintar escondido en la maleza, al abrigo de ese cazador que lo persigue desde la muerte. El pintor decrece en la misma medida en que los sobrevivientes van siendo cazados y diezmados. Pero de esa mutilación incesante crece, una obra inmensa, bajo el signo de la irredimible locura humana. La imagen final es la de un pueblo reducido al hombre último parecido a todos los hombres muriendo.

La captura del globo y de sus tripulantes fue la única y última acción de guerra exitosa que el azar brindó a Solano López en sus últimos días. Pero los caprichos del azar fueron igualmente los que convirtieron este misérrimo triunfo en un sarcástico réquiem de sus armas. Poco después, el coronel Silvestre Carmona, ayudante de campo del Mariscal, ex fiscal de sangre, y uno de sus oficiales más valerosos, engrosó la fila de desertores que iban a entregarse a las fuerzas enemigas. Con el pretexto de enterrarlos en lugar seguro, llevó una buena parte de los cofres del tesoro en pago del asilo que le brindaron los brasileños. El mismo Silvestre Carmona, después de haber sido quien sugirió al Mariscal el emplazamiento del cuartel general junto a la caverna del eco, iba a ser el guía de las tropas brasileñas en su ataque al bastión de Cerro-Corá, que terminó con el asesinato de Solano López.

El día antes el Mariscal reunió por última vez a los decaídos oficiales de su estado mayor. Solano les refiere que ha recibido al gran cacique de las tribus Caynguá. Seguido por numeroso séquito de guerreros y servidores, éste ha traído alimentos y ofrece ocultar al Tendotá, a sus oficiales y al resto de sus efectivos y armamentos, en las profundas e impenetrables cavernas de la cordillera del Amambay. Desde esos refugios inexpugnables podrían seguir la guerra de guerrillas indefinidamente. Requiere la opinión de todos. Alguien le pregunta si a las mujeres del éxodo también se les permitirá refugiarse en las cavernas. Solano López no responde. Pero su silencio da la respuesta.

Tras una larga pausa cargada de malos presagios, Solano López volvió a demandar la opinión de todos y de cada uno. El general Aveiro dijo lenta y agoreramente: “Nuestro deber de soldados nos impone obedecer las órdenes de nuestro jefe supremo. Lo que S.E. diga se hará. Pero, a mi juicio, a montarnos, escondernos en las cavernas de la serranía no sería sino prolongar, días más, días menos, nuestra determinación de morir por la patria…”. Todos aplaudieron las palabras del nuevo ayudante de campo. Solano López aceptó complacido la decisión de sus subordinados. Recordó y ratificó su juramento de no abandonar el suelo de la patria mientras quedase un combatiente para defenderla con las armas en la mano sin dar ni pedir cuartel. Profirió duros juicios de condenación contra los traidores y desertores.

– ¡A ese miserable Carmona, mil veces traidor, yo mismo lo hubiera destrozado a latigazos! -gritó furioso golpeando varias veces con el taco el asperón rojo del anfiteatro. Un grito de repulsión y condenación unánime enardeció las gargantas de los oficiales y se multiplicó en mil ecos de trueno en la caverna.

– ¡Esperaremos aquí y moriremos todos hasta el último hombre sobre el último combate!… -exclamó con voz enérgica e inexorable…

Era el atardecer del 28 de febrero de 1870. Solano López se rehízo y se mostró cordial y festivo. Contó chistes sobre los cobardes fanfarrones que cargan todas las cicatrices de sus heridas en la espalda.

– ¡A ver! -ordenó-. ¡Quién tiene la espalda más llagada! ¡Voy a condecorarlas con la roja insignia del valor!

Los oficiales se sacan las guerreras en harapos y enseñan sus espaldas al Mariscal con respetuoso pudor.

Éste va descargando sobre ellas en su látigo de cola de lagarto fuertes zurriagazos que marcan sobre los lomos combados sangrientos cardenales.

– ¡Esto para que no muestren la espalda al enemigo! -grita entre sonoras carcajadas y los ecos se propagan en las anfractuosidades del anfiteatro.

En actitud obsecuente, el capellán y fiscal Fidel Maíz recuerda la decisión de Julio César, aconsejada por el astrónomo Sosígenes de Alejandría, de añadir un día más al mes de 28 días. Su gesto de adulonería y erudición es celebrado por el Mariscal y coreado por todos.

– Así -sentencia doctamente el padre Maíz-, el mes más corto del año se convirtió en bisexto kalendas Martii- y dirigiéndose al Mariscal-: ¡Con más poder que Julio César, S.E. puede remodelar el calendario!

Solano, entre solemne y chispeante, acepta con humor el consejo y, palmeando a Maíz en el hombro, dice parodiándole:

– Tomemos pues al tiempo un poco de su preciosa sustancia. Así tendremos un día más en este nuestro Huerto de los Olvidos, como le gusta repetir al padre Maíz, especialista en Gólgotas y Crucifixiones.

Todos se pusieron de pie y aclamaron largamente al Mariscal. Los laberintos de la Caverna del Eco que desemboca en el anfiteatro empezaron a devolver, como si retrocedieran al principio, las voces, las risas, los gritos, los murmullos apenas audibles hasta el soplo acezarte de las respiraciones. El Mariscal estornudó en ese momento y la caverna lo amplificó en el ruido de un trueno que fue propagándose por los acantilados.

Por la noche, en la vela de armas, el Mariscal procedió a la entrega de condecoraciones. Las medallas de latón, apresuradamente batidas por los herreros, llevaban la inscripción: “A los que vencieron penurias y fatigas en la campaña de Amambay”. Pendían de cintas tricolores con moños y escudos cosidos por manos de Madama Lynch. El Mariscal firmó el decreto respectivo con fecha del 29 de febrero de 1870, transfiriendo a las condecoraciones el día ganado al tiempo calendárico por sugerencia del padre Maíz. Revestido con los santos ornamentos, éste bendijo las medallas y pronunció una breve pero inflamada oración patriótica. El Mariscal las fue prendiendo al pecho de la treintena de oficiales según un riguroso orden de antigüedad, de servicios y de méritos. Casi todos ellos habían comenzado su carrera militar como jefes de policía de Asunción y habían integrado como fiscales los tribunales de sangre. El Mariscal los nombró uno por uno y ellos iban respondiendo: “¡Presente!”. La multiplicación de los ecos sugirió la presencia de un estado mayor de un millar de oficiales que no alcanzaban a una treintena.

– Estas medallas de vil latón valen más que el oro y que la plata porque están hechas del metal de vuestro honor y de vuestra bravura militar -dijo Solano echando lumbre por los ojos y escupiendo baba amarilla por los hinchados labios.

En la privacidad de la tienda del comando en jefe el Mariscal mandó redactar por el anciano vicepresidente Sánchez su testamento. En él legaba a Madama Elisa Lynch, “para siempre jamás”, cinco mil leguas de tierra. “En este espacio -hacía constar el documento- están incluidos los centenares de miles de hectáreas de yerbales, chacras y estancias de la patria, que no deben caer en manos extranjeras.” Elisa Lynch le recordó que era extranjera. Solano le respondió vivaz y enamorado que con su lealtad y su sacrificio había ganado el derecho y el honor de ser paraguaya. Firmó el testamento con fecha 29 de febrero y se lo entregó con un beso. Madama Lynch le devolvió el documento y le pidió que corrigiera la fecha. “No conviene hacer cosas en un día que no existe… “, le dijo con suave disentimiento pero inflexible convicción. Solano corrigió la fecha, volvió a firmar ratificando la enmienda, y se lo entregó con marcial orgullo.

El redoble del tambor enemigo con aire de jolgorio macumbero no cesó de sonar del otro lado del monte. La derrota es huérfana, parecía decir. Vosotros, hijos del diablo coludo y dientudo, nacisteis sin padre ni madre en tiempos en que los animales ya no eran hombres y quedasteis en puros chanchos de monte…

Cayó polvo de neblina blanqueando la tibia noche de febrero que ardía de luciérnagas y de astros. Lo que pasó después ya no sirve contar porque no hubo nada más sino una mala palabra que iba a durar cien años.

La derrota duraba un tiempo que no se podía contar por años. El Mariscal derrotado, pero no vencido, trataba de convertir esa retirada en una guerra de resistencia, sin más generales que un puñado de fieles y un ejército de ancianos, inválidos y niños. En los sucesivos altos del éxodo, en torno a la gran tienda roja del cuartel general, surgía una nueva capital del país trashumante. La vida del campamento trataba de recobrar en ella el ritmo normal de un pueblo de fantasmas que se movían como en una agitada pesadilla.

El Conde pianista ejecutaba durante el día polonesas y mazurcas. Sus himnos y marchas triunfales sonaban como peán de combate. El Mariscal aparecía en la abertura de la tienda exigiéndole con gestos imperiosos acentos más briosos y marciales. Su enorme cara hinchada por el dolor de muelas se ponía violácea en los gritos. El Conde machacaba entonces como enloquecido las teclas, luchando a brazo partido con la misma muerte. Sus tocatas furiosas horadaban el aire muerto del campamento con crepitar de huesos que entrechocaban entre sí. La danza macabra tenía así la virtud de poner en pie hasta a los agonizantes que aferraban sus lanzas y atacaban a enemigos imaginarios.

Por las noches, surgían suaves, evanescentes, los valses de Chopin, que hacían suspirar soñadoramente a la emperatriz errante evocando los amores del gran músico taciturno y tuberculoso con la enérgica y deslumbrante George Sand en Palma de Mallorca. Luego, cuando todo se aquietaba en el selvático anfiteatro, empezaba a oírse un enlutado tambor cuyo monótono son duraba hasta el amanecer. El Mariscal y la maríscala no podían dormir, enloquecidos por ese fúnebre redoble que hacía retemblar sordamente la tierra. Todas las patrullas que se enviaron para secuestrarlo, volvían derrotadas o no volvían más. No lo podían ubicar. Siempre sonaba delante de ellos o detrás, en cualquier parte, en el sitio más imprevisible, atrayendo a los patrulleros a las emboscadas. Los componentes de la última patrulla regresaron heridos y fueron fusilados. Pero el tocador ubicuo del tambor continuó batiendo el cuero a más y mejor. Y esto ocurrió hasta el mismo día de la muerte del Mariscal.

En el campamento brasileño bulle ruidosa la macumba en invocación al Padre Echú. Oficia de “sacerdote” el cabo de órdenes, capoeíra y jinete de circo, el mulato Chico Diavo a quien el Gran Changó, el Padre Echú y otras divinidades afro-brasileras le untan con los óleos salvajes del Gran Poder. Chico Diavo será el que logre asestar a Solano López el lanzazo mortal, ganándose con ello las cien libras esterlinas de la prima, ofrecida por el jefe de la vanguardia, general Núñez Tavares da Silva, pero que nunca le será pagada.

El gran tambor entró en el anfiteatro con las fuerzas invasoras.

Sobre el historiado piano el Conde fue lanceado por los brasileños unos minutos antes de que lancearan a Solano López. Cuando éste oyó el terrible estrépito de teclas y cuerdas que estallaron como somatén de sálvese quien pueda, dicen que exclamó: “¡Ay… me lo han matado al músico!… ¡Ya todo está perdido!…”. Montó en su corcel de guerra y huyó hacia el río. Pasó frente al carretón donde estaban prisioneras su madre y sus hermanas por el delito de conspiración y tentativa de asesinato del Mariscal con un chipá envenenado.

– ¡Por Dios, Solano! ¡Sálvanos, hijo mío!… ¡Somos mujeres!… -le grita doña Juana coreada por los alaridos de las hijas envenenadoras.

Sin detener su carrera, el interpelado le respondió:

“¡Fíese de su sexo, señora!… ¡Es lo único que las puede salvar!…”. Continuó en su despavorido galope, seguido muy cerca por el caballo del corneta de órdenes. Chico Diavo logra al fin aparejársele, se le adelanta y le asesta su lanza en el vientre. El caballo desbocado del Mariscal se detiene de golpe ante la barranca del arroyo despidiendo por el aire al jinete que rueda hasta el lecho del profundo cauce. De esas aguas fangosas emerge el espadín de oro y la cabeza sanguinolenta del Mariscal. La boca llena de barro lanza el ronco proferimiento de “¡Muero con mi Patria!”. Lo ultiman a tiros de fusil. El agua espesa y roja de tierra del arroyuelo se vuelve púrpura.

El tambor de la macumba retumba enloquecidamente entre los gritos de júbilo de quince mil gargantas y las salvas de victoria.

Desde las jaulas armadas con ramas en que han sido encerrados, los jefes sobrevivientes del estado mayor de Solano contemplan impotentes, con lágrimas en los ojos, ese entierro fantasmal del hombre que ha muerto con el clamor de “¡Muero con mi Patria!”. En humillante contradicción con ellos, el padre Maíz, de rodillas en su jaula, pide clemencia al conde D’Eu, jefe supremo de las fuerzas brasileñas. Clama a gritos y entre sollozos, en su honor, las mismas loas que hasta hace poco tiempo rendía al Mariscal asesinado. Solo que ahora, en lugar de consagrar al conde D’Eu como al Cristo brasileño lo proclama Redentor del Paraguay y del género humano.

Elisa Alicia Lynch, vestida de riguroso blanco nupcial, sube a la carreta que ha de llevarla al destierro. Su condición de extranjera la salva de ser ejecutada. Sobre el piano destrozado ve el cadáver del conde Brinnicky, atravesado por una lanza. Sus quijadas descoyuntadas muestran la dentadura, la que por un efecto óptico de la resolana se prolonga desmesuradamente en el desdentado teclado del piano. Elisa Alicia Lynch se asombra el rostro con la sombrilla manchada de sangre. La carreta se pone en marcha. Los picadores tienen que morder el testuz a los bueyes y aguijarlos en los traseros para hacerlos avanzar. La cerrazón de polvo rojo de esa tierra cargada de hierro va oscureciendo la blanca silueta entre la indiferencia de un sol de fuego y la curiosidad lasciva de la soldadesca.

La Dama del Paraguay, erguida entre el polvo y las reverberaciones, se va esfumando en la bruma escarlata.

Las Cartas desde los campos de batalla del Paraguay, de sir Richard Francis Burton, se publicaron un mes después de terminada la guerra. Es un libro de historia, pero al mismo tiempo de ficción, de delirante fantasía creativa, muy superior a la simple traducción del Libro de las Noches. La estilizada viñeta que exorna (o exorciza) el ex libres muestra en filigrana el escorzo de una mujer que repite la imagen de Elisa Alicia Lynch, dibujada por el propio Burton. El cuerpo nebuloso, envuelto por la larga cabellera, termina en una cola de sirena y lleva al pie la siguiente leyenda:

Ex nihilo nihil …

Hay que volver al libro del traductor de Las mil y una noches para saber algo más sobre algunos de los extraños personajes de la Guerra Grande. Los cronistas locales y extranjeros, por alguna razón de pudor histórico tal vez, han preferido no ocuparse de ellos. O lo han hecho con tal ambigüedad, que estos personajes semejan aparecidos de una historia fantástica. En las extensas notas del apéndice el autor de las Cartas justifica los actos en apariencia más aberrantes del poderoso capellán y fiscal.

Sir Francis Richard Burton menciona, por ejemplo, la circular del padre Maíz que al final de la guerra envió a los capellanes del ejército exhortándolos a fomentar la “prostitución patriótica” de las mujeres en los campos de batalla. “No vacilen los curas -transcribe el Cónsul- en el ejercicio de su ministerio desde el púlpito o en sus recorridas diarias por la retaguardia a incitar a las mujeres jóvenes a convivir con los combatientes y a darles todo el placer que necesiten. Esto no será desorden moral ni acto de concupiscencia cuando sea a favor de los defensores de la patria, cuya felicidad en este mundo es el primer deber de las conciudadanas.”

No se trata de una mistificación de Burton. El cónsul francés Laurent Cochelet, en un extenso informe que envía a su gobierno sobre los últimos hechos de la guerra, confirma la existencia de dicha circular y la califica de un extravío verdaderamente demoníaco del fiscal y capellán mayor.

“Desde los lugares aún libres del invasor -informa sir Francis y Cochelet confirma, en casi textual coincidencia- llegaron nutridas caravanas de mujeres mozas, un batallón entero de jóvenes concepcioneras y de otras localidades del norte. Estos batallones de “prostitutas patrióticas” fueron enviados, en los intervalos de los combates, a convivir con los combatientes para darles un poco de “felicidad” al filo de la muerte. No eran rameras profesionales. Eran madres lactantes voluntarias. El cura Maíz interpretó correctamente la inversión del mito nutricio. A estos nombres-niños que iban a morir, esas mujeres-madres debían ir a brindar voluntariamente el postrer alimento que existía para ellos: la felicidad del placer, el extremo éxtasis del sexo como el único antídoto contra la angustia del fin último.

“El cura Maíz no hizo otra cosa -arguye Burton, pero Cochelet condena con encendida indignación este acto censurable- que implantar, como una necesidad de guerra en los frentes de combate, el tráfico sexual que de hecho existía en las zonas “liberadas”: las violaciones masivas, las brutales orgías a las que de hecho se vieron forzadas las mujeres paraguayas por los invasores en los territorios conquistados. Durante los cinco años de guerra y los siete de ocupación por las fuerzas vencedoras, la mujer paraguaya tuvo que asumir la prostitución -la forma extrema de servidumbre, la del sexo-, como la única manera de escapar a las violaciones en masa y de sobrevivir en la retaguardia.

“El precio en especies por cópula era ridículo pero mágico: dos bolachas, un poco de sal y de azúcar, una tira de tasajo. Las más bonitas y menos esqueléticas, elegidas por los oficiales, eran más afortunadas. A veces recibían raciones de carne vacuna recién faenada. Tal era la tarifa variable en que su sexo estaba tasado.”

Este comercio les permitió alimentarse y alimentar a sus hijos, a inválidos y ancianos. Surgió una especie de matriarcado: el de las madres prostitutas. El más viejo oficio de la tierra se impuso para ellas como un dilema de vida o muerte del que no podían escapar. Ya no existía la patria. Sobrevivían las matriarcas rameras.

“La prostitución forzada y forzosa impuesta por los enemigos -al revés de la ‘prostitución patriótica voluntaria’ en favor de los defensores que iban a morir no impidió el florecimiento de idilios y noviazgos de verdadero amor entre las matriarcas y rameras y los enemigos de la víspera. Este amor -verdadero desquite de la vida contra la muerte- iba a engendrar parejas indisolubles, familias dinásticas de apellidos carioca-paraguayos, hogares e hijos, sellados por el pacto de sangre en el nuevo mestizaje forjado en el terrible crisol.

“¿Por qué no prosperó este matriarcado de genuina raigambre social?”

Con esta quemante pregunta lanzada a la posteridad -pero que la posteridad no pudo, no supo o no quiere contestar hasta hoy-, el cónsul extranjero cerró el capítulo de sus Cartas, referente a la prostitución patriótica y a su otra cara: la prostitución voluntaria de las matriarcas meretrices, en medio de la corrupción y la depravación general, otro de los estigmas que marcan a un pueblo vencido.

Habría que preguntarse además si tal destino no arrastra a esta colectividad a un exceso de vida futura o a la ausencia paulatina de una futura extinción, como ha ocurrido tantas veces en el caos de las sociedades humanas, aplastadas por la violencia y el horror, por la estulticia de la historia, comadrona, alcahueta, mancebía de los chulos del poder.

Algunos políticos proscritos habían vuelto con la Legión Paraguaya a “liberar” al país del tirano, coludidos con los aliados, con los miserables vivos y con los miserables muertos. El resto de esta piara de demolición arribó, apenas terminada la guerra. Los oficiales que sobrevivieron a Solano López se aliaron con estos “redentores” ungidos por el exilio en tierras del Plata o en el Viejo Mundo. Entre todos retornaron el gobierno bajo la égida de las fuerzas de ocupación y continuaron la destrucción final del país. La Prostitución Patriótica, preconizada por el padre Maíz, se transformó en la mascarada de la Reconstrucción Patriótica, que en realidad no fue otra cosa que una demolición de ruinas. Empezaron a venderse por bolachas las tierras públicas, las mujeres continuaron vendiéndose por bolachas. Era la ley de los condenados a perpetuidad a la corrupción de la servidumbre voluntaria. A caballo de los forzados montaron los tiranuelos, los sátrapas, los vende patrias, primos hermanos en todas partes.

Una figura histórica compacta y compleja como la del padre Fidel Maíz, un hombre como él, forjado a imagen de esta tierra y nutrido con sus esencias y sus escorias, no ha sido aún comprendida. En su degradación, en sus crímenes, en sus pecados, es el antihéroe más puro y virtuoso del Paraguay. Fue un genuino soldado de Cristo, el Judas de la última Cena, un apóstol que juró en falso infinidad de veces, un antisanto sin corona de martirio surgido del cristianismo de las catacumbas que tuvo en el Paraguay su último refugio. Nadie entendió a este hombre, a este sacerdote que eligió cometer los pecados y los sacrilegios más execrables ofreciéndose como víctima propiciatoria, un negro y rijoso cordero pascual, el más infame y miserable, para que la sangre de Cristo, vertida en el Gólgota, tuviera algún sentido fuera de la imposible redención humana. De otra manera habría que tomar en serio el chiste ateo de Stendhal de que la única disculpa de Dios es que no existe.

El antihéroe virtuoso, el antisanto sin corona, quiso recoger en sus manos ensangrentadas el soplo de vida que aún le quedaba a su pueblo moribundo. Quiso salvar a su Iglesia prisionera de las maquinaciones de una secta de esbirros de la Fe, a la que no quiso reconocer como una congregación digna de Cristo. Los capuchinos, primero, luego el solio oscuro y oscurantista del Vaticano, por mediación de su internuncio en Río de Janeiro (un verdadero sátrapa de la religión romana), interpusieron todo su poder y declararon una guerra implacable al cura rebelde y revolucionario. Trataron de aplastarlo pero no lograron prevalecer sobre el cordero rebelde e indómito. Tuvieron que devolver al Paraguay su Iglesia tomada en rehén como diócesis sufragánea de la Iglesia de los enemigos. La victoria del curita Maíz está ahí, brillando en la oscuridad como un cabo de vela sobre la lápida de una inmensa sepultura. Solo donde hay sepulcros las resurrecciones son posibles. Pecó el blasfemo, se arrastró el apóstata hasta la más extrema degradación, para que la justicia de Dios, si existe de verdad, pudiera resplandecer en los justos. Que sus pecados le sean perdonados…

 

 

EPÍLOGO

 

OFICIOS BÁRBAROS

 

Qué puede oponer el espíritu a la materia? Cómo un solo hombre puede ser capaz de redimir la maldad en su expresión colectiva? Las guerras son oficios bárbaros donde se sacrifican siempre víctimas inocentes mientras que los ministros observan desde la frialdad de los cálculos y las estrategias -la logística sin lógica- las muertes convertidas en bajas y las bajas conversaciones de la muerte rezando el obituario diario. La liturgia bélica requiere el fasto de una ceremonia colectiva con sus emblemas y colores, sus bandos de buenos y malos, sus ritos paganos ensalmados con pólvora y sangre. Cada devoto oficia fatalmente la ceremonia del exterminio como en sueños, obedeciendo señales ciegas, instintos desconocidos, confundiendo razones con pasiones ocultas. Los hombres se acechan como bestias y en el encuentro se desconocen. Creen que son distintos y todo lo distinto debe ser exterminado para que reine la igualdad de la muerte.

Una vez iniciada la destrucción no hay forma de detener la masacre en la fusión de la confusión de los sentidos. Entre el trueno de los cañones únicamente se escucha la voz humillante del otro que nos amenaza y debe ser destruido. Los ojos solo ven enemigos en la turbidez de días malogrados que deben volver al pasado, llevándose definitivamente la carroña y los cadáveres, con sus mutilados y sus lisiados. Únicamente se husmea el miasma de las llagas, en la boca queda un regusto de sal, amargura y miedo. La condición humana ha retrocedido a la oscuridad de las manadas que adoraban el fuego para conjurar el temor a la extinción.

En la confusión surge la confesión. Un hombre siente la dolorosa lucidez de lo que sucede y trasvasa el tormento en las formas redentoras del arte. En medio de la destrucción, crea. Recrea lo descreado con un nuevo credo que reconstruya los pasos extraviados por las pesadillas de la codicia, la rapiña, la usurpación y el saqueo. Solamente el artista despierta de la pesadilla. Ve en un fulgor la sinrazón del odio. Se le revela lo que lo rebela.

Pero ¿qué puede oponer un solo hombre a la dimensión monstruosa del asesinato organizado desde el Estado? ¿Cómo puede detener la demencia de la masa masacrándose? Con la materia indócil de las texturas y los colores, mortificando las horas del descanso después de las fatigas, un hombre pinta Escenas de la Guerra del Paraguay para que en el espejo sin tiempo ni espacio de la realidad otra sombra contraponga Escenas de la destrucción del Paraguay. Cuerpo y sombra están enfrentados. Un río ensangrentado los separa y la bruma de la pólvora impide que sus miradas se encuentren. No hace falta: los sentidos confundidos solo verían espejismos salvajes, atrocidades y destrozos. Ven más allá. Ve cada cual con la luz amenazada de sus conciencias. Uno estará entre los vencedores, el otro será la réplica de los vencidos. Uno se irá creyendo en la gloria, el otro se quedará para vivir la ignominia.

La historia no tiene final. Desde el principio de los tiempos siempre hubo hogueras de violencia destructiva. Y también siempre hubo el fuego del espíritu para purificar el daño, conjurándolo a través del arte, que es más fuerte que la muerte.

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