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Mario Benedetti

Quienes conocimos de cerca a Francisco Urondo sufrimos en una doble dimensión la abrupta noticia de su muerte en combate. Una, prioritaria, ligada a los sentimientos, ya que Paco era un tipo particularmente querible. Y otra, subsidiaria de aquélla pero no menos honda: la resistencia a admitir el hecho, casi la imposibilidad de imaginar a Paco para siempre inmóvil, ya que era un ser excepcionalmente vital, de esos que uno pudo creer vacunados contra la muerte.

A veces pasábamos años sin vernos, pero encontramos era reanudar un largo dialogo, siempre coloreado por su innata alegría, por su inventiva verbal, por sus maduras certidumbres. Así nos cruzamos en Montevideo, en Buenos Aires, en La Habana, en París, en Argel. Precisamente en esta última y luminosa ciudad -donde fuimos invitados como observadores al Primer Festival Panafricano de Cultura, en julio de 1969- tuvimos ocasión de hablar largo y tendido, ya fuera entre discurso y discurso de los delegados al Simposio, o recorriendo los quebrados callejones de la vieja Kashba. Recuerdo, por ejemplo, cuánto discurrimos en un café de la célebre plaza del Emir Abdel Kader, a la vista de una muchacha, linda y árabe, que subió a un taxi y prestamente se desprendió del velo y de todo el atuendo tradicional como de una cáscara inservible para quedar a disposición del futuro en ahorrativa minifalda.

La última vez que lo vi fue en Buenos Aires, a fines de 1974: desde la plaza del Emir Abdel Kader hasta la Diagonal Norte habían pasado cinco arduos años, durante los cuales su coherente e indeclinable militancia lo llevó a correr diversas suertes que en definitiva eran una sola: clandestinidad, cárcel, amnistía, fugaz legalidad, nueva etapa clandestina.

De aquel casual encuentro, recuerdo que me impresionaron su madurez, su serenidad, la firmeza de su convicción, el realismo de sus pronósticos.

No obstante, bajo aquel nuevo, lúcido y responsable dirigente político volví a encontrar al muchacho de siempre, alegre y cálido, ocurrente y vital. En él la risa era algo así como su identidad. Siempre pensé que Paco, cuando debía llevar una vida ilegal  no tenía más remedio que ponerse serio, ya que en él reírse era decir su nombre.

Creo que en ninguno de nuestros encuentros hablamos de poesía, aunque cada uno sabía lo que estaba haciendo el otro y éramos conscientes de más de una afinidad; pero cuando conversábamos, los temas eran la política, Cuba, el Che, la encrucijada hacia la que iban nuestros países. Y, en momentos más laxos, el tango, el fútbol, los vericuetos del amor, tema este último que lo fascinaba y al que se refería – no había términos medios- en masticados monosílabos o en prolongadas confesiones.

La estimulante y afectiva experiencia de releer ahora, de un tirón, toda la poesía (publicada) de Paco, es llegar a conclusiones que no distan demasiado de aquellas intermitentes compulsas. Desde Historia antigua (1956) hasta los últimos poemas publicados en la revista Crisis (1974), hay una circulación interna que tiene que ver fundamentalmente con su alegría de vivir. En su poesía Paco nunca se enmascaró, tampoco se emboscó en la vanidad, ese talón de Aquiles del artista; jamás se permitió mentiras piadosas, ni siquiera consigo mismo. Sus veinte años de poesía son un testamento de sinceridad, de fructuosa búsqueda de su (y de la) verdad, pero son además una indagación sin petulancia, sin soberbia, con la modestia que da el orgullo, con el candor que brinda la certeza.

Para las lavanderías de cerebro que quieren hacernos creer que un revolucionario es un delincuente, un asesino, un desalmado, Paco es la más rotunda desmentida: nadie más generoso, más honesto, más almado.

En esos primeros – y ya firmes- pasos, empieza siendo un testigo de la naturaleza, pero un testigo que apenas roza las cosas y los prójimos con las palabras, y deliberadamente mezcla lo general con lo particular:

“La hormiga pasea alrededor de la gorda naranja. La naranja es dorada, jugosa, correntina, y el camino Infinito” (“La hormiga”); “Volarán los pájaros silvestres, las islas vencerán a las palabras; el silencio sagrado sobre el mundo” (“Ojos grandes, serenos”); “Ella se salva y crece sobre mis fisuras, sobre la piel que se ha secado, sobre el tambor que suena lejos. / Ella también será el primer amor para alguien” (“Hija”). Ya desde entonces se consagra a la ardua empresa de fundar su optimismo. Por lo pronto, en el “Bar «La Calesita»” “se siente “ferozmente feliz”. En “El ocaso de los dioses”, y en un contexto de soledad y abandono, alza sin embargo su voz jocunda: “Dueños del incendio, de la bondad del crepúsculo, de nuestro hacer, de nuestra música del único amor incoherente; soberanos de esa calle donde los tactos y la imprecisión hicieron su universo”. Es casi un optimismo a pesar suyo: todos los datos del mundo circundante apuntalan entonces una frustránea sordidez, parecen conducir inexorablemente a la derrota.

Sin embargo, el poeta es un optimista, pero no un iluso; quizá por eso decide generar nuevos datos, nuevas referencias que concurran a sostener su optimismo. Después de todo, la producción de nuevos datos también se llama militancia. Paso a paso, poema a poema, riesgo a riesgo, este poeta construye su optimismo, que nunca es un delirio triunfalista sino la justificada esperanza que acompaña su proceso ideológico.

Y en ese desarrollo todo sirve, todo concurre al esfuerzo colectivo, comunitario. En consecuencia, no hay que descuidar ni un solo detalle: “Se ha perdido otra chispa, no podremos inventar el fuego” (“La última cena”) . La chispa es comunicación, persuasión, ideología, conciencias reclutadas para la verdad. La chispa hace la llama: la llama hace la hoguera. Si perdemos una chispa tras otra, no podremos inventar el fuego ni la revolución. Los poemas de Paco, aunque de aplomado lirismo, y por tanto de una consciente carga subjetiva, no se desconectan del prójimo, del contorno, del mundo. Hasta en las crisis de soledad, el prójimo comparece con su ausencia (“Hay niños en soledad, manos que no asirán, ojos inocentes que pueden descubrir el escándalo. Veo sus gritos en la noche”) y si el poeta lo detecta es porque lo sigue teniendo en cuenta, lo sigue necesitando. Ello se nota especialmente cuando echa de menos, no a una mujer sino a la mujer genérica, universal antes de ser privada: “Digo, frente al sol de abril, sobre esta baldosa calcinada, sin mujer, sin caricia circundante, hepáticamente embotado, sonriendo por tradición, sin pasajes, sin ganas, con sangre, con pulso irregular: caramba, caramba” (“A saudade mata a gente”) .

Lugares (libro publicado en 1961,  aunque escrito en 1956-1957) arranca con una nueva arista en la lenta construcción del optimismo: “Vida linda y fuerte / ésta // vida grande / difícil de vivir” (“Garza mora”). Esta intersección de dos planos: linda y fuerte, pero también de otros dos: grande y difícil, muestran algo importante: aún en esa fecha temprana, está saliendo del confinamiento individualista para acceder a la realidad que -no tan compulsivamente como la de su última etapa, pero desde ya imperiosa y urgente- lo rodea y lo alude. Y también comienza a preocuparle otra tarea, casi diría otra misión: que el pueblo que él integra tome conciencia de esa realidad, indirecta pero claramente, dice en “El sueño de los justos”: “Todos duermen // alguien / pasa y mira / el lugar / donde duermen / / andan / entre el sueño / y el alba.” Y si en uno de sus Breves (1959) comprueba que “un fantasma recorre la tarde (…) / / un fantasma / una voluntad / / una esperanza / de ser limpiamente libres / como las hojas al relente”, luego, en los dos últimos de la primera serie, palpa asimismo el otro y dificultoso plano de la arista: “hay que pasar la noche / tocar la oscuridad”. Sólo tocando la oscuridad, aprehendiéndola y a prendiendo, se adquirirán los “nuevos ojos para mirar / estas costas // leña para el invierno / / pajaritos”.

Manera tan peculiar, de emoción envolvente, de imagen límpida; alerta sensibilidad que nunca pierde la cabeza; una y otra estarán presentes en todo el currículum poético de Paco, aún en sus últimos tramos, tan candentes y urgidos. Años después de ese compromiso que es apenas el escorzo de una relación destinada a ser verosímilmente trágica, el poeta termina así “Por soledades”, poema esclarecedor que en su veintena de versos recorre puntualmente el proceso lastimero de algunos sectores populares que caen en las trampas sutiles del enemigo, y se difaman, y persiguen quimeras, y marginan la penosa esperanza:

Y ésta

es la triste historia de los pueblos

derrotados, de las familias envilecidas,

de las organizaciones inútiles, de los hombres solitarios, la

llama que se consume sin el viento, los aires

que soplan sin amor, los amores que se marchitan

sobre la memoria del amor o sus fatuas presunciones.

O sea que en el tiempo la convicción del poeta se ha fortalecido, la ideología ha madurado, el diagnóstico ha aprendido rigor; por otra parte no ha decrecido la economía formal , la autoexigencia artística , la necesidad de que el poema político sea ante todo poema para llegar a ser cabalmente político. Lo cierto es que Paco, aun en las jornadas de más arriscado vaivén, nunca dejó de ser un intelectual, en el mejor sentido de la palabra y del oficio; por el contrario, dignificó esa condición, la limpió de adherencias, clarificó sus normas y también la defendió de prejuicios deformantes e injustos.

Ahora que ningún prejuicioso, con la muerte de Paco en la mano, se atrevería a desconfiar de su siempre disponible valentía, cobran mayor significación y fuerza ejemplar las palabras que escribiera a fines de 1974, en la revista Crisis (nº. 17, pág. 37):

Los problemas ideológicos impuestos a todo el mundo por la clase dominante se patentizan con  más ahínco en los intelectuales y artistas. Tal vez por esto, ellos presentan una característica singular: generalmente –con razón o sin razones-, aunque haya entre ellos buenos y malos, son tratados como si fueran siempre malos. Suscitan una desconfianza a priori, un prejuicio. Y esto es malo porque los prejuicios empujan, quitan espacio, alientan debilidades, sectarizan y terminan convirtiendo al destinatario de esa subjetividad, en algo bastante parecido a lo que el prejuicio anunciaba Y no se trata de que el prejuicio venga a ser algo así  como una presunción. Más que profetizar el prejuicio prefigura (…)  No llenemos de piedras el camino. Es necesaria la presencia de los intelectuales en las organizaciones populares. Son importantes para el cuerpo global de la sociedad y para la clase que debe homogeneizar el proceso revolucionario. Habrá que combatir las deformaciones ideológicas, pero no con prejuicios, sino con realidades. Cuando existe una apelación al prejuicio es porque no hay buenas razones, y los revolucionarios deben tener buenas razones.

Si se considera que este autor es uno de por lo menos treinta poetas que en América Latina han pagado con sus vidas su militancia revolucionaria (amén de escritores de otros géneros, y de los poetas presos, torturados, secuestrados y desaparecidos, que no son pocos, y por supuesto de los que afortunadamente siguen aún generando poesía y militancia, que son más aún) tomar en cuenta el sereno llamado a la reflexión que, desde su máximo nivel de compromiso, hacía Paco en aquellas páginas de 1974, sería sin duda un buen homenaje que los revolucionarios de América Latina podrían consagrar a un poeta que murió combatiendo.

Pero volvamos a su poesía, sin olvidar, claro está, la cálida y constante inserción en su medio. A partir de Nombres (libro publicado en 1963, aunque escrito en 1956-1959), la objetividad pasa a ser una hazaña.

Un temperamento de rica afectividad, como el de Paco, debe haberse impuesto conscientemente una precisión y un difícil rigor como deliberado distanciamiento frente a sus temas, en los cuales es creíble que casi siempre estuviera inmerso. Quizá ese distanciamiento le habría sido más fácil si hubiera seguido la línea de los llamados invencionistas (poetas argentinos de las generaciones del 40 y del 50, liderados por Edgar Bayley) que, aun con variantes, eligieron el rumbo del arte puro, pero Urondo -como Juan Gelman, sin duda el más cercano a su poesía y a su actitud, y en algún sentido también romo el César Fernández Moreno de Argentino hasta la muerte- elige un rumbo existencial: allí el mundo privado y el contorno mantienen una relación osmótica, y es la propia poesía la que oficia de tabique poroso, intercomunicante.

Si en la poética de Urondo, tal como ha sido destacado por Horacio Jorge Becco (En Enciclopedia de la literatura argentina, dirigida por Pedro Orgambide. Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1970, págs. 607-608) confluyen “la experiencia formal que tiene en Oliverio Girondo uno de sus hitos más importantes y otra de un decantado lirismo que, a partir de Juan L. Ortiz, señala la posibilidad lírica sin aditamentos alegóricos”, eso es cierto sobre todo en las primeras etapas de esa trayectoria. A partir de Nombres y sobre todo de El otro lado (publicado en 1967, pero escrito en 1960-1 965) y Adolecer (publicado en 1968; escrito en 1965-1967) , la poesía de Paco rompe el envase imaginero de Girondo y se vuelve mucho más comunicativa y depurada que la de Juan L. Ortiz, acercándose poco a poco (después de establecer puentes con Baldomero Femández Moreno y Raúl González Tuñón) a la familia latinoamericana de poetas coloquiales o conversacionales, que incluye a Roque Dalton, Jorge Enrique Adoum, Roberto Femández Retamar, Ernesto Cardenal, y por supuesto a sus compatriotas Juan Gelman y César Fernández Moreno.

La objetividad significa entonces una hazaña, porque Urondo se mete (no podía no hacerlo) con temas insoslayablemente porteños que  arrastran una blanda retórica y una tradición de subjetivismo, difíciles de arrojar por la borda. Digamos, por ejemplo: el tango. Me consta que Paco fue siempre un hedonista del tango, pero quizá por eso no quiso escribir poemas a su imagen y semejanza. La filosofía tanguera, con su pesimismo y su ritual melancolía, es a menudo un telón de fondo en esos poemas, sobre todo en los de amor y desamor. Pero justamente en ellos, Paco ha refinado sus instrumentos, decantado su voz, acentuado su autocrítica, a fin de que el ámbito tanguero asome corregido y sin afectación, expurgado de melindres, con los ojos abiertos y duchos. Es posible que sus poemas amorosos sean tangos, o su equivalente literario, pero en todo caso serán tangos lúcidos, descarnados. Creo que “Y ella me amaba” puede ser un adecuado botón de muestra:

ha tenido el resplandor del tiempo

que en ese momento podía pertenecerle

ha visto el rencor y el fracaso.

pero nunca la factura o la forma

de ese tiempo que ahora sí le toca vivir

—no hay piedad para quien vive acumulando sus sueños

para quien resiste ante su memoria—

puede olvidar su sabor amargo o lejano

los sueños de entonces

la luz que cae con el día perdido

con esa sombra que lastima y a nadie pertenece

La cursilería no tiene cabida en esos once versos, que sin embargo podrían ser una provincia del tango. “No hay piedad” dice el texto, y esas tres palabras establecen la necesaria distancia, entre otras cosas porque el tango tradicional es un cruce de piedades. Y por fin, ese último verso, “con esa sombra que lastima y a nadie pertenece”, es de alguna manera un veredicto, una prudente condena, expresada con sobriedad y con firmeza, como quien propina un regaño a un ser querido.

En “Carta abierta”, que además de excelente poema es casi un tango-ensayo-biografía, el lector halla de pronto unos versos de estricto cuño tanguero: “nunca / podre perdonarte el daño que me has hecho”, pero enseguida el texto agrega: “que has dejado de hacer”, dándole así una dimensión poética y hasta psicológica que excede y transforma la morbidez primera, para luego redondear el juicio: “aquello que nunca llegaste a conformar: una sombra merodeando I cada fisura , buscando deslizarse y tomar vida y permanecer”. El tango es entonces iluminado por la poesía, y el deslinde se justifica en el verso que sigue: “Ya dije que no era esto una confesión, sino / un ajuste, una memoria”.

Años después escribe los Poemas póstumos (1970-1972) y en el titulado (imposible ser más tanguero) “Adioses “, hace un inventario, entre nostalgioso y mordaz, de muertes varias (Oliverio, lugartenientes, gladiadores anónimos; Emilio, un corrector del diario; Beatriz, un bravo capoerista, Celia, Moisés Lebensohn, la tía Teodolinda, etc.), y en medio de ese matizado repertorio, suelta un dato confidencial: “Murió mi eternidad, pero nadie se ha dispuesto a velarla”. Ahí el tango se vuelve constancia autobiográfica, porque, claro, es su transformación ideológica la que ultima a la pobre eternidad.

En La realidad y los papeles, César Fernández Moreno cuenta que en una de las reuniones orales de la revista Zona (en cuya dirección figuraron Urondo y el propio Fernández Moreno) al reivindicar el uso del lenguaje popular, el voseo y el lunfardo, se admitió: “Preferimos el manoseo a la solemnidad”(La realidad y los papeles, Madrid , Aguilar, S. A. de Ediciones , 1967, pág. 402). Nadie más lejos que Urondo de la solemnidad, pero justo es reconocer que nunca cayó en el manoseo, casi sinónimo de populismo. Si alguien tuvo bien claro que el populismo no era un camino revolucionario, ese fue Paco. Su lenguaje poético es probablemente uno de los más claros de la generación del 50 (aun el notable Gelman tiene zonas de ardua comprensión), y semejante claridad no vino por azar, sino que figura en sus propósitos, en su intención primaria. Cuando se trata de formular algunas ideas sobre la poesía  responde en el primer número de Zona (1963):

Hablar de poesía es una tentación. A lo mejor, una necesidad. De todas formas, confieso que para mí no es tarea fácil explicar sistemáticamente la manera en que se forma: cómo acuden a vincularse y a construir una entidad nueva la lucidez, la memoria y los sueños. Cómo esta entidad desencadena un nuevo tipo de experiencia humana tan diferente de otras. Y, además de la contingencia de la creación y de los sucesos que provocan el hecho creador, está la vasta materia poética, común a todos los hombres, pero que suele comprometer la intimidad de alguien que a su vez debe seleccionarla para construir inexorablemente el poema, para que esa materia tome forma. También están las palabras, esas tiernas cosas al decir de Sherwood Anderson, las palabras que cambiarán de sentido, según Apollinaire; las palabras tal vez forzadas para decir algo más, pero también para nombrar permanentemente los mismos conflictos a través del tiempo o de los nuevos conflictos que el tiempo impone; palabras exigidas en el poema para donar una riqueza más al lenguaje, a la comunicación más completa y profunda de los hombres.

La comunicación más completa y profunda de los hombres: preocupación que siempre fue cardinal en la poesía de Urondo. Y su proeza es mayor porque su lenguaje sencillo y claro no conspiró contra la  profundidad, ni viceversa. Él, que como ser humano dio la máxima prueba de heroísmo, nunca hizo gárgaras con el coraje: más bien trató de calar hondo en el miedo legítimo, inexorable. Desde uno de sus incanjeables poemas de amor (“Sonia”) en que confiesa: “Querida mía: tengo miedo de sufrir. Mejor dicho: no quiero / que se den cuenta”, hasta en “Del otro lado” donde acepta: “no sabemos qué hacer con el miedo”. Sabemos que está pensando en sí mismo cuando dice de su abuela española: “pero ella tenía miedo y creía en su miedo” (“Los nietos y sus designios”). En Son memoria (1965-1969) hay un poema, “Acaudalar”, donde también comparece el miedo a vencer: “No tengo / vida interior: afuera / está todo lo que amo y todo / que acobarda”. Una de las pocas veces, si no la única, en que hace referencia a su propio coraje, se apresura a efectuarle un descuento: “¿Qué será esto de tener coraje y estar inseguro?” (“Más o menos”).

Tendrá que aproximarse expuestamente a su desenlace, para citar con sabor propio, con premonición de sacrificio, la frase de Martí: “Osar morir da vida”, y agrega:

Cuando se considera a la vida una propiedad privada, sólo el heroísmo, con su carga de posteridad o, en el mejor de los casos, de búsqueda de inmortalidad, permite la osadía de ponerla en riesgo. Pero el sentido de la osadía, que propone Martí no es individualista, sino que responde a una concepción ideológicamente más generosa. Porque la vida no es una propiedad privada, sino el producto de muchos. Así, la muerte es algo que uno no solamente no define, que no sólo no define el enemigo ni el azar, que tampoco puede ponerse en juego por una determinación privada, ya que no se tiene derecho sobre ella: es el pueblo, una vez más, quien determina la suerte de la vida y de la muerte de sus hijos. Y la osadía de morir, de dar, y, consecuentemente, ganar esa vida es un derecho que debe obtenerse inexcusablemente.

En Crisis, Buenos Aires Nº 17, septiembre 1974, pág. 37.

Pocas veces una decisión suprema ha sido dicha con tanta austeridad, con tan poco escándalo. De ahora en adelante, cuando se diga que el poeta no debe escribir para sino desde el pueblo, será inevitable pensar en Francisco Urondo. No es fácil encontrar en la actual poesía latinoamericana voces que ensamblen tan exactamente con esa acepción. Por eso escapará siempre al populismo: porque al populismo apelan quienes residen fuera del pueblo. Y Paco, en cambio, siempre fue pueblo. Quizá por eso tuvo un candor muy particular para decir su malicia; quizá por eso fue un especialista en lo que alguna vez calificó de “implacable bondad”. Sus libros, como sus actitudes, siempre fueron formas y métodos de reclutamiento para su profesión de fundada alegría. La tristeza ajena le era tan insoportable como la propia, y era inconfundible su forma de dar consuelo y ánimo con los labios casi cerrados, como si sus palabras sintieran el recato de ser bálsamo, o como si no tomara en serio su rara capacidad de confortación. No sólo fue un constructor de su propio optimismo, sino que ayudó a construir los optimismos del prójimo.

Fue un testigo participante, un conjurador de soledades, incluida la propia, claro, pero nunca excluida la del semejante, la del compañero. Su concepción del amor fue una búsqueda, y su apuesta estuvo siempre a favor de la felicidad y no de la ruptura, o la frustración. Sus poemas están llenos de referencias a amores del pasado, pero es fácil intuir en ellos que nunca dejaba de amar, ya que una y otra vez volvía a barajar ese sistema de seducciones reciprocas que forjan un amor, a veces en largos años, y otras, en un parpadeo. Aun en un poema tan sufrido como “Carta abierta”, quizá el punto más alto de esa obra singular; aun en ese poema donde un transido verso: “Querida mía: soy un hombre que te pierde”, incluye una transparente ansiedad, sólo comparable a la del célebre “Francisca Sánchez, acompáñame”; aun en ese poema de un desamor perpetrado en incontables alarmas y desencuentros, aún así el poeta abre la carta como una puerta, como un modesto vaticinio: “Así, esta carta puede ser muy bien una despedida / o una invitación para que abras ese calor que he conocido / a tu lado; esa promesa; ese amago”.

Su optimismo era incurable, pues: “Nada hay más hermoso que vivir, aunque sea perdiendo” (“Los gatos”). Y tenía razón. Quede el pesimismo para los esclavos de su propia pesadilla, para los que sobrevuelan como buitres su catástrofe privada. Sólo quien alcance un colmo de optimismo tendrá fuerzas para ofrendar la vida. Seguramente habrá quien halle absurdo hablar de realizado optimismo en relación con alguien que cayó en la lucha y por consiguiente no llegó a la victoria, pero Paco (y ahí están sus textos para refrendarlo) jamás hizo cálculos en términos personales, egoístas, sino en dimensión revolucionaria, en espacio de historia. Y es ahí que tenía, y sigue teniendo, razón.

Y la historia de la alegría no será

privativa, sino de toda la pendencia

de la tierra y su aire, su espalda y su perfil,

su tos y su risa. Ya no soy

de aquí; a penas me siento una memoria

de paso. Mi confianza se apoya en el profundo desprecio

por este mundo desgraciado. Le daré

la vida para que nada siga como está.

La dio el 17 de junio de 1976. Y con esa suprema muestra de confianza en su pueblo, de certeza en el cambio, de apuesta a la justicia, puso el último y costoso ladrillo en la pirámide de su optimismo revolucionario.

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