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Entierro de William “Bebe” Ridgley (1882-1961)

Cuando le concedieron el Premio Nobel a William Faulkner, el escritor sureño comentó que la ceremonia había sido tan larga como los entierros alrededor del Mississippi.

Cuando falleció William “Bebe” Ridgley, un oscuro trombonista, de importancia en los orígenes de las bandas callejeras, tuve la oportunidad única de presenciar una ceremonia tan larga como inolvidable.

El 29 de mayo de 1961 escuché tocar durante diez horas seguidas a la  Eureka Jazz Band, cuyos integrantes tenían entonces una edad promedio de 65 años. Mientras viva, mi conciencia recordará las vibraciones de ese día.

El entierro de un músico de jazz ha sido interpretado erróneamente; algunos han llegado a creer que se trata de una fiesta pagana que se prepara con anticipación y otros, menos macabros, aluden a la invasión de ritos para crear erupciones de violencia, obligando a que las autoridades prohíban su carácter público.

Para quienes intervienen, sin embargo, se trata de algo tan rutinario y tan serio como la inhumación de los restos de un ser humano.

Lo que resulta conmovedor es la evolución de la música a lo largo del día.

Cuando los músicos comenzaron a reunirse, alrededor de las diez de la mañana, en las esquinas de Burdette y Oak, para entrar en calor tocaron aires livianos, no necesariamente intrascendentes.

Desde allí hasta el templo donde se velaba a Bebe Ridgley, el tono fue haciéndose más severo. Al trasladar el cuerpo hasta  el cementerio, el paso fue deliberadamente lento, y la música cobró solemnidad.

Hasta ese instante, la calle era ocupada únicamente por músicos y miembros de los “Jóvenes y Auténticos Amigos”.

Al abandonar el cementerio, cuando la tierra ya recibió a Bebe Ridgley, interviene todo el mundo, la algarabía es absoluta y se perciben las razones: son las 18 horas y la vida continúa.

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