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Alejandro Zambra

Para Andrea

  

Ahora sé caminar; no podré aprender nunca más.

W. Benjamin

En lugar de gritar, escribo libros.

R. Gary

 

  1. Personajes secundarios

Una vez me perdí. A los seis o siete años. Venía

distraído y de repente ya no vi a mis padres. Me asusté,

pero enseguida retomé el camino y llegué a casa antes

que ellos –seguían buscándome, desesperados, pero esa

tarde pensé que se habían perdido. Que yo sabía regresar

a casa y ellos no.

Tomaste otro camino, decía mi madre, después,

con los ojos todavía llorosos.

Son ustedes los que tomaron otro camino, pensaba

yo, pero no lo decía.

Mi papá miraba tranquilamente desde el sillón. A

veces creo que siempre estuvo echado ahí, pensando.

Pero tal vez no pensaba en nada. Tal vez sólo cerraba

los ojos y recibía el presente con calma o resignación.

Esa noche habló, sin embargo –esto es bueno, me

dijo, superaste la adversidad. Mi madre lo miraba con

recelo pero él seguía hilvanando un confuso discurso

sobre la adversidad.

Me recosté en el sillón de enfrente y me hice el dormido.

Los escuché pelear, al estilo de siempre. Ella

decía cinco frases y él respondía con una sola palabra.

A veces decía, cortante: no. A veces decía, al borde de

un grito: mentira. Y a veces, incluso, como los policías:

Esa noche mi madre me cargó hasta la cama y me

dijo, tal vez sabiendo que fingía dormir, que la escuchaba

con atención, con curiosidad: tu papá tiene razón.

Ahora sabemos que no te perderás. Que sabes

andar solo por las calles. Pero deberías concentrarte

más en el camino. Deberías caminar más rápido.

Le hice caso. Desde entonces caminé más rápido.

De hecho, un par de años más tarde, la primera vez

que hablé con Claudia, ella me preguntó por qué caminaba

tan rápido. Llevaba días siguiéndome, espiándome.

Nos habíamos conocido hacía poco, la noche

del terremoto, el 3 de marzo de 1985, pero entonces

no habíamos hablado.

Claudia tenía doce años y yo nueve, por lo que

nuestra amistad era imposible. Pero fuimos amigos o

algo así. Conversábamos mucho. A veces pienso que

escribo este libro solamente para recordar esas conversaciones.

 

La noche del terremoto tenía miedo pero también

me gustaba, de alguna forma, lo que estaba sucediendo.

En el antejardín de una de las casas los adultos

montaron dos carpas para que durmiéramos los niños.

Al comienzo fue un lío, porque todos queríamos

dormir en la de estilo iglú, que entonces era una novedad,

pero se la dieron a las niñas. Nos encerramos a

pelear en silencio, que era lo que hacíamos cuando

estábamos solos: golpearnos alegre y furiosamente. Pero

al pelirrojo le sangró la nariz cuando recién habíamos

comenzado y tuvimos que buscar otro juego.

A alguien se le ocurrió hacer testamentos y en principio

nos pareció una buena idea, pero al rato descubrimos

que no tenía sentido, pues si venía un terremoto

más fuerte el mundo se acabaría y no habría nadie a

quien dejar nuestras cosas. Luego imaginamos que la

Tierra era como un perro sacudiéndose y que las personas

caían como pulgas al espacio y pensamos tanto en

esa imagen que nos dio risa y también nos dio sueño.

Pero yo no quería dormir. Estaba, como nunca,

cansado, pero era un cansancio nuevo que enardecía

los ojos. Decidí que pasaría la noche en vela y traté

de colarme en el iglú para seguir conversando con las

niñas, pero la hija del carabinero me echó diciendo

que quería violarlas. Entonces yo no sabía bien lo que

era un violador y sin embargo prometí que no quería

violarlas, que sólo quería mirarlas, y ella rió burlonamente

y respondió que eso era lo que siempre decían

los violadores. Tuve que quedarme fuera, escuchándolas

jugar a que las muñecas eran las únicas sobrevivientes

–remecían a sus dueñas y rompían en llanto al

comprobar que estaban muertas, aunque una de ellas

pensaba que era mejor porque la raza humana siempre

le había parecido apestosa. Al final se disputaban

el poder y aunque la discusión parecía larga la resolvieron

rápidamente, pues de todas las muñecas sólo

había una barbie original. Ésa ganó.

Encontré una silla de playa entre los escombros y

me acerqué con timidez a la fogata de los adultos. Me

parecía extraño ver a los vecinos, acaso por primera vez,

reunidos. Pasaban el miedo con unos tragos de vino y

miradas largas de complicidad. Alguien trajo una vieja

mesa de madera y la puso al fuego, como si nada –si

quieres echo también la guitarra, dijo mi padre, y todos

rieron, incluso yo, que estaba un poco desconcertado,

porque no era habitual que mi papá dijera bromas. En

eso volvió Raúl, el vecino, con Magali y Claudia. Ellas

son mi hermana y mi sobrina, dijo. Después del terremoto

había ido a buscarlas y regresaba ahora, visiblemente

 

Raúl era el único en la villa que vivía solo. A mí

me costaba entender que alguien viviera solo. Pensaba

que estar solo era una especie de castigo o de enfermedad.

La mañana en que llegó con un colchón amarrado

al techo de su Fiat 500, le pregunté a mi mamá

cuándo vendría el resto de la familia y ella me respondió,

dulcemente, que no todo el mundo tenía familia.

Entonces pensé que debíamos ayudarlo, pero

al tiempo entendí, con sorpresa, que a mis padres no

les interesaba ayudar a Raúl, que no creían que fuera

necesario, que incluso sentían una cierta reticencia

por ese hombre delgado y silencioso. Éramos vecinos,

compartíamos un muro y una hilera de ligustrinas,

pero nos separaba una distancia enorme.

En la villa se decía que Raúl era democratacristiano

y eso me parecía interesante. Es difícil explicar

ahora por qué a un niño de nueve años podía entonces

parecerle interesante que alguien fuera democratacristiano.

Tal vez creía que había alguna conexión

entre el hecho de ser democratacristiano y la situación

triste de vivir solo. Nunca había visto a mi papá

hablar con Raúl, por eso me impresionó que esa noche

compartieran unos cigarros. Pensé que hablaban

sobre la soledad, que mi padre le daba al vecino consejos

para superar la soledad, aunque debía saber más

bien poco sobre la soledad.

Magali, en tanto, abrazaba a Claudia en un rincón

alejado del grupo. Parecían incómodas. Por cortesía

pero tal vez con algo de insidia una vecina le preguntó

a Magali a qué se dedicaba y ella respondió de inmediato,

como si esperara la pregunta, que era profesora

de inglés.

Era ya muy tarde y me mandaron a acostar. Tuve

que hacerme un espacio, a desgana, en la carpa. Temía

quedarme dormido, pero me distraje escuchando

esas voces perdidas en la noche. Entendí que Raúl había

ido a dejar a las mujeres, porque empezaron a

hablar de ellas. Alguien dijo que la niña era rara. A mí

no me había parecido rara. Me había parecido bella.

Y la mujer, dijo mi madre, no tenía cara de profesora

de inglés –tenía cara de dueña de casa nomás, agregó

otro vecino, y alargaron el chiste por un rato.

Yo pensé en la cara de una profesora de inglés, en

cómo debía ser la cara de una profesora de inglés. Pensé

en mi madre, en mi padre. Pensé: de qué tienen cara

mis padres. Pero nuestros padres nunca tienen cara realmente.

Nunca aprendemos a mirarlos bien.

 

Creía que pasaríamos semanas e incluso meses a

la intemperie, a la espera de algún lejano camión con

alimentos y frazadas, y hasta me imaginaba hablando

por televisión, agradeciendo la ayuda a todos los chilenos,

como en los temporales –pensaba en esas lluvias

terribles de otros años, cuando no podía salir y

era casi obligatorio quedarse frente a la pantalla mirando

a la gente que lo había perdido todo.

Pero no fue así. La calma volvió casi de inmediato.

En ese rincón perdido al oeste de Santiago el terremoto

había sido nada más que un enorme susto. Se

derrumbaron unas cuantas panderetas, pero no hubo

grandes daños ni heridos ni muertos. La tele mostraba

el puerto de San Antonio destruido y algunas calles

que yo había visto o creía haber visto en los escasos

viajes al centro de Santiago. Confusamente intuía que

ése era el dolor verdadero.

Si había algo que aprender, no lo aprendimos.

Ahora pienso que es bueno perder la confianza en el

suelo, que es necesario saber que de un momento a

otro todo puede venirse abajo. Pero entonces volvimos,

sin más, a la vida de siempre.

Papa comprobó, satisfecho, que los daños eran

pocos: nada más que algunas grietas en las paredes y

un ventanal trizado. Mi mamá solamente lamentó la

pérdida de los vasos zodiacales. Se quebraron ocho,

incluidos el de ella (piscis), el de mi papá (leo) y el que

usaba la abuela cuando venía a vernos (escorpión) –no

hay problema, tenemos otros vasos, no necesitamos

más, dijo mi padre, y ella le respondió sin mirarlo,

mirándome a mí: sólo el tuyo se salvó. Enseguida fue

a buscar el vaso del signo libra, me lo dio con un gesto

solemne y pasó los días siguientes un poco deprimida,

pensando en regalar los demás vasos a gente

géminis, a gente virgo, a gente acuario.

La buena noticia era que no volveríamos pronto

al colegio. El antiguo edificio había sufrido daños importantes

y quienes lo habían visto decían que era un

montón de ruinas. Me costaba imaginar el colegio

destruido, aunque no era tristeza lo que sentía. Sentía

simplemente curiosidad. Recordaba, en especial, el sitio

baldío al final del terreno donde jugábamos en las

horas libres y el muro que rayaban los alumnos de la

media. Pensaba en todos esos mensajes volando en

pedazos, esparcidos en la ceniza del suelo –recados

burlescos, frases a favor o en contra de Colo-Colo o a

favor o en contra de Pinochet. Me divertía mucho

una frase en especial: A Pinochet le gusta el pico.

Entonces yo estaba y siempre he estado y siempre

estaré a favor de Colo-Colo. En cuanto a Pinochet,

para mí era un personaje de la televisión que conducía

un programa sin horario fijo, y lo odiaba por eso,

por las aburridas cadenas nacionales que interrumpían

la programación en las mejores partes. Tiempo

después lo odié por hijo de puta, por asesino, pero

entonces lo odiaba solamente por esos intempestivos

shows que mi papá miraba sin decir palabra, sin regalar

más gestos que una piteada más intensa al cigarro

que llevaba siempre cosido a la boca.

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