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Minitas de Ana López   Textos Intrusos

Ahora yo fumo, sentada en el umbral. La reja está abierta.  Apoyado en el escalón está el manojo de llaves. La calle está desierta y la humedad parece aplastarlo todo. Pasa el perro negro, por segunda vez. Me ignora. El perro negro siempre me ignora.

Por suerte se fueron temprano. Yo apuré el brindis, es verdad. Y la ventaja de los regalos es esa fiebre por terminar de abrir pronto los paquetes. No hice café. Ni puse pan dulce sobre la mesa. Corté rebanadas en dos platos y los llevé al lado del árbol. Hagamos todo junto. Debo haber sido medianamente elocuente, porque a la una y cuarto ya se habían ido y yo había acostado a Male. Después saqué del segundo cajón una bolsa de residuos de consorcio, bien negra y levanté los papeles de envolver, otras bolsas, dos botellas de sidra, cuatro envases de gaseosa descartable. Barrí las migas del pan dulce, pisé algunas garrapiñadas.

Hace calor. El aire acondicionado de mi habitación no tiene gas y yo no tengo sueño. La miro a Male dormir, boca arriba, las piernas abiertas como si fuera una rana, solamente con la bombacha rosa de navidad y sin remera; los brazos extendidos y el pelo revuelto y suelto, desparramado sobre la almohada.

Entonces agarro el atado de cigarrillos y busco los fósforos en la cocina. Podría salir a fumar al patio, pero por alguna razón se me antoja que en la calle debe correr algo de viento. Hace un rato que los chicos de la otra cuadra terminaron de tirar petardos, cohetes y cañitas voladoras.

Con las llaves en una mano y los cigarrillos en la otra, abro la puerta y la cierro con cuidado. Abro la reja. Me siento en el umbral. Veo pasar el perro negro. Fumo. Y miro la calle desierta. Son las tres y media y yo no quiero que amanezca. En algún lugar, a algunas cuadras, se escucha el vidrio de botellas que se rompen.

No me doy cuenta cuándo aparece ella. No sé en qué estoy pensando, si estoy mirando para el otro lado, pero cuando miro para la esquina está ahí, apoyada sobre el poste del 113. Debe tener veinticuatro o veinticinco, el pelo largo, apenas enrulado. Tiene puesto un pantalón blanco muy ajustado, sandalias plateadas, con tiras muy finas y una musculosa negra, con breteles mínimos de lentejuelas. Lleva una cartera diminuta y una bolsa blanca de papel en la mano derecha.

Baja a la calle y se asoma. Yo no vi pasar ningún colectivo ahora que salí. Tampoco hace un rato, cuando se fueron todos, los acompañé a la puerta y les indiqué rutas posibles para el regreso.

El farol que cuelga entre los extremos de la calle le ilumina el cuerpo. Le veo las uñas largas, pintadas de blanco. Ella revuelve en su cartera, buscando algo: un paquetito abierto de pañuelos descartables. Saca uno de la bolsita y la guarda de nuevo. Se lo lleva a la nariz. Llora.

Yo apago el cigarrillo contra la vereda. Me corro los pelos de la cara, me llevo las manos a los ojos y me toco las pestañas embadurnadas de rimel negro.

De golpe ella avanza unos pasos y se me acerca. Es mayor de lo que pensaba. Debe tener treinta o treinta y dos. Tiene los ojos hinchados y se nota que ya se le corrió tanto la pintura que ahora casi no se ve. ¿Pasa a esta hora?, me dice.

Miro el reloj. Hoy tengo puesto el de metal que me regaló Martín el último cumpleaños. No llamó Martín. Ni para hablar con Male. El reloj de metal me pesa un poco y casi no lo uso. Tampoco uso, ahora, el anillo con una piedra verde que me regaló Martín. Pero hoy sí. Son las cuatro menos cuarto. No sé, le digo. Los días comunes seguro que a las cinco y media pasa, porque lo escucho. Pero a esta hora no sé. Menos esta noche.

Ella se sonríe apenas. ¿Me das un cigarrillo?, me pregunta. Yo le extiendo el paquete y la caja de fósforos. ¿Vas lejos?, le digo. Ella se lleva el cigarrillo a la boca directamente del paquete. Tiene los dientes de arriba un poco torcidos. Hasta San Justo, me responde. Enciende el fósforo, aspira y sopla el humo sin tragarlo. ¿No entrás?, pregunta.

No es linda. De lejos es llamativa, pero mirándola de cerca me parece que hay algún tipo de desajuste. Tal vez la cara es demasiado chica, o demasiado flaca para el cuerpo: la espalda ancha, la cintura marcada, demasiada cadera. Tengo calor, le digo. Y pienso que podría entrar a fumar al patio.

Sin levantarme, me corro y acomodo el cuerpo contra la pared. Ella entiende el gesto, se asoma otra vez a ver si viene el colectivo y después se me sienta al lado mientras sigue fumando sin tragar el humo. Contame, le digo. Ella me mira. Vuelve a meter la mano en la carterita y a sacar los pañuelos. Se suena la nariz con mucho ruido y después hace un bollito chiquito y mojado que sostiene en la mano izquierda. Yo pienso en Martín. Pienso en Male dormida casi desnuda abajo del ventilador de techo. Y adivino que me va a contar la historia de un chico que la cagó con otra. Delante de ella. O casi delante de ella.

Yo creí que ella quería que viniera, me dice.  Por la vereda de enfrente vuelve a pasar el perro negro. Me parece que ahora que estamos sentadas ahí, las dos, presta algún tipo de atención a mi presencia. Ella está callada. La miro. Mi hermana, me dice. Yo pienso en mi hermana, hace un rato, en la cena. Yo quería que se fuera. Quería que se fueran todos, pero ella más que todos. Vos lo extrañás a Martín, me dijo mi hermana hace un rato. Y yo seguí pelando los huevos duros abajo del agua fría sin contestarle nada.

¿No quería?, le digo. Ella tira la cabeza para atrás; estira las manos; se agarra el pelo largo y lo hace un nudo en un rodete que se sostiene sin hebilla. Eso me produce cierta admiración. Es por lo que le hice a la vieja, me responde. Tira el cigarrillo a la calle, pero el impulso no llega hasta la alcantarilla. Lo veo consumirse, lento y cerca. Le miro las piernas, agarrando con fuerza la bolsa blanca de papel, como una pinza.

¿Vos ya volviste?, me pregunta. Y yo pienso que nunca salí. Que ellos vinieron. Que yo tengo patio. Que mis padres me desaprueban, que mis sobrinos son insoportables, que el marido de mi hermana es un idiota, que a Male le gustó el micrófono de hadas, que mi hermana me odia, que no lo extraño a Martín y que Martín no llamó. Me miro la mano izquierda con el anillo con la piedra verde en el anular, que se me resbala para el costado. La nena duerme, le digo.

Ella se levanta, agarra la bolsa, camina hasta el cordón, pisa de pasada el cigarrillo, ya apagado en la vereda y se asoma. Me da la sensación de que cree que si lo hace el colectivo va a venir más rápido. Se queda mirando. Yo pienso en volver a fumar, pero decido que no. Quiero saber qué hora es pero no quiero mirar el reloj.

Por eso me invitó, me dice. Ahora escucho música en alguna terraza cercana, como si fuera en la otra manzana. También unos perros que ladran. Ella se seca otra vez los ojos.  A lo lejos, dos cuadras más allá, veo doblar el 113. Me levanto, agarro las llaves; ella me sonríe y camina hacia el poste.

Trabo la reja, abro la puerta de calle y cuando me doy vuelta para cerrarla veo el colectivo pasar de largo sin detenerse. Yo entro, me acerco a mirar a Male que sigue durmiendo, me fijo en la pantalla del celular, que sigue muda. Corto cuatro rebanadas del pan dulce que sobró. Vuelvo a agarrar las llaves, un plato descartable con el pan dulce y salgo otra vez a la vereda. En el reloj metálico que me regaló Martín son las cuatro y veinte. Ella no está en la parada.

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