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Liliana Heker con Dodo

Puede que ahora mismo, secretamente, un hombre joven, una mujer joven esté tramando la obra destinada a signar su tiempo, o a provocar el viraje sin retorno en la literatura nacional. Si esto ocurre, a la larga se verá como un hecho venturoso y parecerá que la historia no podía prescindir de él, pero es un acontecimiento azaroso: no se pude provocar ni prever y la vitalidad de una literatura n puede depender de él, depende, sí, de que haya un movimiento literario y, sobre todo, de que haya un movimiento de nuevos escritores, gente joven que escriba y exista a través de su escritura (y el único camino que conozco para que un escritor, joven, o no, exista es que sea leído, o sea, que sus textos sean publicados). Y bien: la presencia de ese movimiento no es producto del azar.  Se genera desde adentro, desde el interior mismo de los grupos de escritores jóvenes —publicaciones alternativas, debates o alguna forma inédita de manifestar la voluntad y la necesidad de existencia, son caminos irremplazables para que una generación se instale realmente como nueva generación—, y se promueve desde afuera, desde la creación de oportunidades para que una nueva literatura se dé a conocer.

Es desde este último punto que debe dársele su verdadero sentido al Concurso Haroldo Conti. En una época como la nuestra, en la que la mayor parte de las editoriales no se arriesga a publicar a un autor desconocido, sobre todo si se trata de  un autor de cuentos; y en un país como el nuestro que, más allá del concepto —importado de las editoriales—, ha dado y sigue dando cuentistas notables y muy buenos lectores de cuentos, la persistencia  el crecimiento de este Concurso (cinco años de trayectoria y el pasaje, luego del segundo año, de concurso provincial a concurso nacional) lo convierten en una institución y en un estímulo. Y si bien los estímulos no inventen genios, al menos aceleran procesos cuando un escritor sabe que el destino de su obra puede no ser un cajón de su escritorio sino un libro, descubre qué significa trabajar un texto, aprende a buscar sus propias palabras hasta las últimas consecuencias, y eso es bueno para él, y bueno para la literatura.

No es casual que quien soñó y encarriló este concurso haya sido uno de nuestros cuentistas notables, alguien, además, que aprendió desde muy joven el oficio de narrar y persiguió despiadadamente sus palabras, Miguel Briante. Me gusta pensar a Miguel vivo y peleador como lo conocí; me gusta saber que la continuidad de este concurso es un hermoso modo de tenerlo entre nosotros.

Y también me gusta, como le gustaba a Miguel, que este concurso sea el Haroldo Conti. Sé, porque he hablado con muchos autores seleccionados en estos últimos años, que para ellos ser premiados en el Conti implica no sólo la alegría de un premio literario, también algo entrañable que se vincula con la manera de entender la literatura y también una manera de entender la vida. Escritor singular, cuentista excepcional, hombre solidario hasta las últimas consecuencias, estoy segura de que a Haroldo Conti este homenaje lo pondría más contento que cualquier otro que se le pueda hacer: que su memoria sirva para que escritores jóvenes tengan una oportunidad. Al fin y al cabo, el sentido que le damos a su muerte —para atenuar de algún modo el horror del crimen— es justamente eso: que algún día los hombres y mujeres de nuestro país —cada uno en lo suyo, cada uno en lo que sepa y le guste hacer— tenga su oportunidad. En ese aspecto, este concurso es un modo modesto de empezar por algún lado.

Por último, lo que le da su total sentido al Concurso Haroldo Conti es la existencia, hoy, de este libro. Como seguramente irá comprobando el lector, acá hay escritores, y su calidad, y su diversidad, instalan a esta antología dentro de la nueva narrativa argentina.

El resto es el placer de ir descubriendo nuevos autores, de ir viendo cómo se vinculan y desvinculan de los que vinieron atrás, cómo narran —tal vez de manera inédita— su tiempo, o desde su tiempo. El resto, en fin, es el placer de la lectura.

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