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Ushuaia - Ona

Persiguiendo las flechas (lanzadas tal vez por el último de los onas, indio marrón que sobrevive en el desierto, su morada indefensa ante los vientos, su mirada vencida por el miedo, por la vida entera: los ojos puestos en la raya del cielo y de la tierra para que los hombres no avancen de sorpresa sobre la choza y sobre su cuerpo único, final, condenado, para no someterse a la curiosidad, a la humillación, a la violencia, a la muerte prisionero), persiguiendo las flechas, buscando la nieve, los Andes, el descenso, su cuerpo en contraluz, como una imagen y su piel, para rasgarla, partir la piel, meter la manos en ella y la sangre por las manos, aquella sangre que sabíamos morada y burbujeante, inútil y burbujeante. Persiguiendo las flechas —es decir, un símbolo— sobre los techos en ruinas de Rosario, sobre el follaje, sobre el humo industrial, sobre las chimeneas y las banderas, sobre la vergüenza de siempre, persiguiendo las flechas, persiguiéndolas. No lo cree: ella dijo que no lo cree. Debíamos mirarnos. Debíamos preguntar: ¿Cómo? ¿Por qué? Lo preguntamos. El tiempo, entonces, era sobrevuelo que nos abarcaba o no, según los días. Yo prefiero tus piernas, si es posible doradas por el sol, tus ojos amarillos, tu sabio o estúpido silencio, tus gemidos dolorosos de gata. Pero dice que no lo cree. Y todo se derrumba entonces. Desde las palabras iniciales (el último de los onas está en cuclillas, mirando tonta o atentamente el agua, pescará, regresará a la choza que encuentra una tarde de verano caminando en aquellas soledades y porque sí deja sus cosas en ella y deja su cuerpo y duerme y come allí, dos tres días, un tiempo, desde entonces: ¿el último de los onas es un pretexto?, ¿ríe?, ¿sabe reír, el indio? Salvaje resorte en su desierto volcánico, perforado residuo, cosa curiosa con el rabo al aire, carne marrón, cosa curiosa, ojos marrones, pelo duro renegrido y sucio, chispa relampagueante en su mirada pesca pescado). Así —y no de otra manera— transcurrirán los días de nuestros días: a veces una vergüenza furtiva, menor, al acecho, el arrepentimiento por decir piernas doradas, atentado imperdonable contra las palabras, terrorismo de efecto contrario y no siempre secundario, las palabras, oh las palabras. Pero ella estuvo siempre allí: sacerdotisa inesperada del ritmo, de la nostalgia, de la fantasía, del amor por ciertas cosas, de las reiteraciones y de la poesía en la que confiábamos empecinados. Suponemos que no es posible ni aconsejable sospechar de la ostensible tendencia a ejecutar, cada tanto, prolijas enumeraciones y en ellas reconocernos nuevamente. Sabemos que si lo hacemos, alguna vez, el mundo puede cambiar de pronto, las palabras organizarse en tropel contra nosotros, la poesía cumplir nuestra sentencia y ejecutarnos sin piedad, destruirnos, aniquilarnos, y nada, por supuesto, sería ya nunca como en los viejos tiempos. (Fue indispensable: debía existir el ona, y existía; y allá fuimos: en busca de sus flechas y de su presencia salvaje y centenaria; y allá supimos el mar, el frío, las desgracias. El ona, replegado, receloso, temeroso, dispuesto a la muerte sin complicaciones: para defender su choza, su pescado. Pero aquello era una hipótesis —y a simple vista: un riesgo—, y todos aprendimos que la duda es una torpe compañera, que la verdad revelada es infiel y rigurosa, y si bien nadie quiso decirlo antes —cuando era absolutamente necesario que así fuese— una vez transcurrido el invierno y el verano que seguiría al invierno, en el otoño, confesamos nuestra traición. Y nos perdonamos mutuamente. El ona, hoy, puede muy bien ser un pretexto). Lo más lento fue, sin dudas, la búsqueda de las claves, la organización de un sistema, de un orden, que nos sirviera de referencia. En esta tarea ocupamos tardes y noches, agotamos botellas y botellas de vino común, paquetes y paquetes de cigarrillos, horas de sueño, de sol, de aire libre, durante seis o siete meses. Elaboramos devotamente nuestros lugares comunes, y el tiempo —ya se dijo— era importante o no, en cada caso. Yo prefiero, por supuesto, tu imagen en contraluz, tu ceremonia de fe, creer en las flechas, perseguirlas y no pensar que tal vez la irrealidad nos posee brutalmente y que en ellas estamos realizando nuestra destrucción (el ona debe o no ser un pretexto: ¿ríen los onas?, ojo de águila, músculo elástico de acero, lanza sin destino en la inmensidad  del desierto que vuela sobre una tierra en grietas como un largo pájaro indígena de la paz: nueva mitología para el último de los onas que vuelve ahora y en su choza cuero de oveja para cubrir su carne del frío, restos de un fuego encenizas, objetos elementales para la subsistencia dispuestos en un orden que el salvaje respeta pulcramente, agua helada en una vasija, luz de afuera y las sombras consecuentes). Escuchábamos su voz como debieron escucharse los oráculos, y aceptamos su autoridad sobre nosotros como una fórmula tácita y práctica de no disgregarnos. Nos ocultábamos de Rosario —de la fiebre de hormiga de su gente— en la casa de cualquiera de nosotros y allí éramos libres, y desde allí era aprehensible la realidad y susceptible de modificaciones, de honorables cambios. (El ona no ríe. Yo prefiero hacer el amor, tomar vino, fumar, creer en vos y en la felicidad, alguna vez, no sé, quizás no muy lejana. Yo prefiero someterme a la ambigüedad del lenguaje, encarar ese peligro, y escribir como una culpa, por ejemplo, tu sabio o estúpido silencio, tus gemidos dolorosos de gata. O decir: el tiempo, y  creerme que lo he dicho todo cuando en realidad no he dicho nada, he pronunciado un signo. Lo prefiero. Es más: lo elijo, antes de aceptar maneras más tortuosas y desgraciadas de la infamia. Y el ona que no ríe: el peligro, la fuerza reprimida, la bestezuela acorralada, dispuesto a  saltar sobre nosotros en su legítima defensa, y nosotros allí, ante su cuerpo duro, marrón, y sus ojos atentos, y los labios cerrados, y el rabo al aire, los pies sucios, el pelo renegro, los dientes reblancos —¿o amarillos?—, cosa curiosa; de pronto: amarte allí mismo: eso es lo que quiero, frente al ona, sí; y que gimas, doliente, dolida, dolorosamente, como una gata en celo; pero no te parecerá suficientemente hermoso ni cruel ni nada), porque tal vez lo hermosos, para vos, allí, hubiese sido rondar al ona, y provocarlo, y actualizar su sexo: ser feliz con el indio para reencontrar la potencia creadora, la fuerza original de la naturaleza (indio, cosa rara, endeble, animal insuficiente, retirado hacia un rincón de su choza inexplicablemente respetada por los vientos y las lluvias tan frecuentes). Todos los caminos son buenos para crear la ineficacia, la mera permanencia en las ciudades de este mundo. Recuerdo que en vísperas de los veranos organizábamos excursiones a las montañas, a los lagos del sur,  desordenada persecución de carpas por casa de amigos y parientes olvidados, laboriosa maduración de planes rumbo al exilio, para dejar en el pasado edificios y demás insolencias urbanas, rumbo a la libertad, a los poderes imprevisibles de la naturaleza, a la magia del paisaje, de la vida bajo los árboles y otras aberraciones por el estilo. Todo aquello era una excusa de la excusa; una forma solapada de negar la existencia del último de los onas allá donde el país no es país, sino un pedazo de mapa que recordamos color celeste, rosa o verde, y del que tenemos noticias, de vez encuando, por algún suceso exótico, por alguna temperatura altamente inferior a la normal, por un censo de población aparecido el 7 de mayo en un diario porteño porque el sol allá, cuentan, es rojo, y naranja, y oblicuo. (No supimos del ona hasta que una tarde de domingo vos llegaste excitada, apasionada, arrebatada, incontenible —como en esas novelas y películas en que la heroína es una muchacha deliciosa, rubia, cuerpo perfecto, dientes de perlas, etcétera— y dijiste en una sola palabra: Existeunindividuodeverdad, todavía. Y ninguno de nosotros te miró y dijimos: 1º: ¡Oh!; 2º: ¿Ajá?; 3º: Cosa curiosa ¿no? Tales superficialidades, que sólo tienen escaso valor anecdótico, fueron de todos modos la introducción a la historia del último de los onas, descubierto por vos, creado por vos, y del que renegaste muy pronto, antes de que la expedición tomase un cariz definitivo pero que sin embargo aceptaste. Una de las claves era no atentar gratuitamente contra las tendencias mayoritarias. Dice: no lo coreo. Y nosotros, a continuación: las preguntas no preguntas detalladas. La persecución maravillosa de ls flechas sobre los techos en ruinas de Rosario, pretendida ciencia-ficción por algún amigo, empieza justamente aquel domingo. Y, precisamente, no acabará nunca. (Costumbres del ona: por los atardeceres camina junto al mar, mirando el sol anaranajado, la línea de cielo y agua que no entiende y donde supone el vacío, la existencia de peligros incontables, de jefes notables dotados de poderes sobrehumanos que provocan los climas, la aridez de la tierra en esta zona —ya que el indio marrón sabe, misteriosamente, de tierras vegetales, verdes, plenas de otra vida—, las lluvias, el movimiento de las nubes, las olas del mar, la pesca insuficiente en determinadas épocas; estos jefes serían habitantes del fuego y cada llama por el mundo una presencia condescendiente y venerable. Los recorridos del indio junto al mar no se han modificado en los últimos tiempos: camina siempre las mismas distancias en una vasta zona de playas de arena y piedra y vuelve cuando anochece hacia su choza, come pescado asado, bebe agua que derrite al fuego y duerme cubierto por un cuero de oveja. Dedica las mañanas, por lo general, a la pesca, a la caza no siempre exitosa de algún mamífero —práctica que entretiene y divierte al ona sin otro resultado porque no existen animales comestibles en la región— y, esporádicamente, a la reparación indispensable de algún sector de su choza visiblemente deteriorado. Por las tardes, temprano, realiza dibujos en la tierra con un cuchillo de piedra, mientras sueña con emigrar a otros lugares donde sabe que mirar el sol hace mal a los ojos, donde las aguas son tibias, donde crecen pastos y plantas. Pero algo lo retiene en su choza vetusta, muy al sur, donde íntimamente cree que deberá morir, sin descendencia. El último de los onas es un ser solitario y silencioso. Sólo en fechas especiales que nunca olvida, entona una canción muy simple y esas son las únicas palabras que pronuncia). Hoy dudamos de la existencia del ona, pero en otros tiempos, cuando tuvimos que huir de las ciudades y especialmente de Rosario, fuimos en su búsqueda y aprendimos a amarlo, como a uno más de nosotros. Y tu admiración por él nos reunía y aceptábamos tu autoridad y tu sabiduría sobre el indio y escuchábamos en silencio tus enseñanzas, que nos prepararon para conocerlo. Hoy prefiero el recuerdo de tu voz, tu alegría, el respeto de nuestro lenguaje a pesar de que creías, en un momento dado, en la fantasía absoluta que significaba el ona. Pero intuiste que debíamos realizarla hasta el fin. Y amo tu imagen a contraluz, y espero todas las tardes por ella (de pronto: ¡el miedo! ¿Aparecerán los hombres que vienen a derramar su sangre, sangre que saben burbujeante, morada, caliente, sangre que saben inútil pero en la que hundirán sus manos de todos modos porque es necesario que así sea? De pronto: bruscamente replegado hacia un rincón de su choza, en el desierto, y el miedo; elástico de carne agazapada, musculatura en tensión, vibrante, la piel marrón, los ojos negros, el sol que no nacerá otra vez para él, oblicuo, y el agua tibia y la tierra verde que no recuperará y su imagen que habrá llegado por fin a destruirlo. No es tiempo de festejos ni de canciones sino de salir al desierto y lanzar flechas hacia el norte, una tras otra, unas tras otras, en su defensa, para que ellos, en las ciudades, las persigan y, en tanto, no aparezcan en la línea del cielo y tierra amenazantes, y postergar la tristeza de la muerte, el miedo, sus temblores, sus delirios de indio por la noche brutal en la que lleguen —y ella vendrá también, y reanimará sus deseos y su sexo y él no sabrá si amar o abstenerse de amar, y no sabrá si el amor es la vida o la muerte, y sabrá que era o no un pretexto, que los onas ríen o no, ojo de águila pesca pescado, llanto que no brota, brazo que arroja lanza: pájaro largo y salvaje de la paz, decididamente inútil). Habría que escapar de las ciudades y en especial de Rosario, de la gente-hormiga, de los lugares donde los hombres esconden el dinero, de los santuarios del café donde los hombres hablan de negocios, de los santuarios de la fe donde los hombres asumen su imbecilidad, de la miseria de los hombres que no asisten a los templos pero que sufren la humillación en los templos privados de la industria; y suponer al ona, creerlo allá, como la esencia misma de la salvación y la poesía. A partir de entonces podríamos, en todo caso, rehacer el mundo. (Nadie creía nada de eso pero era un hermoso motivo y allá fuimos). En aquel tiempo amaba las palabras y confiaba en ellas, en su poder de alteración, en su capacidad de transformar los días en días, la piel en piel, la vida en vida. Y prefería tus piernas si es posible doradas, tus ojos amarillos y otras virtudes igualmente encantadoras. (Cuando regresábamos del desierto a las ciudades, sin haber confirmado la existencia del último de los onas, me perdí en una noche oscura como otras y anduve en la oscuridad, sin rumbo fijo. Transcurre a continuación el tiempo indefinido del desierto que  cada dos mil años, exactamente, anula toda memoria de aquel cruce de norte a sur de cierta zona vedada por los dioses). Me gusta caminar junto al mar, mirar el sol, la línea del cielo y de las aguas: más allá viven los jefes poderosos en el fuego.

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