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Pablo Colacrai

Sólo los dioses pueden prometer,

porque son inmortales.

J. L. Borges

Los vemos. Ellos no lo saben, pero los vemos. Están en la cama, desnudos, destapados. No fuman. Tal vez lo desean, pero ninguno de los dos fuma. La noche anterior se emborracharon e hicieron el amor. A ellos les gustaría poder decir —y quizá lo hagan alguna vez— que lo hicieron como adolescentes, pero no es cierto. Lo hicieron con pasión, sí, pero también con el conocimiento mutuo y la destreza de una pareja que lleva cinco años compartiendo la cama, y que sabe que eso pronto va a cambiar. Antes de dormirse llegaron a ver los primeros reflejos del amanecer y cerraron las cortinas. Después se acostaron abrazados.

Ella, ahora, se levanta. No sabe qué hora es. Las cortinas corridas no dejan entrar el sol y no saben qué hora que es. Dice que va a preparar el mate. Él asiente. Entonces ella sale de la habitación y él la observa. Ve su silueta enmarcada en la puerta y piensa que es hermosa. Pero esto no lo alegra, ni lo serena, porque no puede dejar de pensar en el viaje y en lo mucho que la va a extrañar. Esto piensa él, cara al techo, desnudo, en una tarde oscura de domingo en la que no sabe qué hora es, sólo sabe que ella se irá al día siguiente y que todo será distinto. No puede expresar mejor la sensación, se le muestra confusa, vaga, sólo piensa que todo será distinto y agregaría —quizá—, raro. Distinto y raro, piensa. O a lo mejor dice en voz alta, porque en ese momento ella vuelve y le pregunta: qué decías. Y él no le contesta. La mira entrar y admira su cuerpo. Por su andar podemos adivinar que ella también está orgullosa de su cuerpo, sabe —intuimos— que aún puede caminar sin ropas por la casa, poner la pava a calentar, preparar el mate y entrar desnuda en la habitación porque él seguirá deseándola. Los dos lo saben y eso, acaso, sea parte del problema. No todo el problema, claro, pero sí, tal vez, una parte.

Ella ahora está sentada en la cama. Le da la espalda a él que la mira cómo ceba un mate. Él no le pregunta qué hora es. No le pregunta nada. No le importa. Le apoya la mano en el cuello, lo roza. Presiona un poco y la mantiene ahí unos instantes. Después afloja y deja la palma descender mansamente. Las yemas de los dedos se deslizan por la piel con una parsimonia escandalosa. Y ella empieza a mover un poco la cabeza hacia los costados, apenas, pero suficiente como para que sepamos que le gusta. Y él sigue bajando, sereno, concentrado, como si en ese esfuerzo por mantener aquel descenso eterno y meticuloso viviera una suerte de verdad inabarcable. Y ella —lo sabemos— pronto empezará a sentir ese hormigueo sutil y agradable que, a falta de un nombre mejor, llamamos cosquillas o escalofríos. Ella —decíamos— pronto empezará a sentir eso, inclinará la cabeza y susurrará algo así como un suspiro, o un leve, levísimo, jadeo, imperceptible para oídos desatentos. Y la mano llegará hasta el final de la espalda y tocará la cama, adivinará la última curva y volverá a ascender. Igual de impasible, igual de indolente. Sin importarle que ella ya desea otra caricia. Sin importarle que el cuerpo de ella, por momentos, se estremezca con esas vibraciones que a falta de un nombre mejor llamamos escalofríos. Lo que nosotros sabemos y ella no sabe —o quizá sí lo sabe pero no puede pensarlo porque está atenta a esa araña tersa que le recorre, imperturbable, la espalda—, lo que nosotros sabemos es que él no piensa en ella, no repara en esos estremecimientos ligeros y discretos que hemos llamado escalofríos. Él piensa en el viaje. Él sólo piensa que Tierra del Fuego es muy lejos y que dos años es demasiado tiempo. Y él piensa también —esto lo sabemos porque conocemos su historia, porque sabemos de él mucho más de lo que se ve en esta tarde de domingo—, él piensa, y ese pensamiento es el peor, el que más lo tortura y el que siempre vuelve: él piensa que si tuvieran un hijo todo sería diferente. Creemos que ella lo sabe. Ella, seguramente, intuye que él sufre por esa razón, que es la causa de muchos de sus cambios y también de eso que flota en el fondo de esos ojos, cada vez más esquivos, que ya no la miran como antes. Eso sólo lo creemos, pero de lo que sí estamos seguros es de que ella no es consciente del lugar que él le otorga a ese recuerdo. Él piensa —decíamos— que si tuvieran un hijo ella no viajaría. Tendría una razón para quedarse, superior a él mismo, superior a ellos. Pero no tienen un hijo. No tuvieron un hijo. O sí, lo tuvieron, durante cuatro meses, cuatro maravillosos meses en los que ellos sí tuvieron un hijo que después ya no estuvo.

Y en eso piensa él mientras su mano ya casi llega nuevamente al cuello y sabe que antes —antes del hijo que ya no estaba, pero también antes del viaje, antes de la decisión del viaje— antes: a esa mano le hubiera seguido una serie de caricias. La hubiera acostado dulcemente. O tal vez la hubiera abrazado desde atrás, apoyándole el pecho en la espalda mientras con la boca le humedecía el borde de la oreja. O también, podría haberla aferrado del pelo, firme, simular que la obligaba a darse vuelta y besarla. Pero sabe que ahora no hará nada de todo eso. Esa caricia, que antes era el comienzo de algo, ahora no tiene ningún sentido. O acaso —y esto él intenta no pensarlo— la misma esterilidad del gesto sea un signo estremecedor.

Lo que nosotros podemos ver es que la mano volvió hasta el cuello y ahí se detuvo. Y que ella tiene la cabeza gacha. Ya no suspira, siente el peso de la palma en su cuello, pero ya no suspira. Quizá espera que él retire la mano para extenderle el mate que ya está cebado desde hace un rato. Ella sabe que esa caricia terminó ahí, en su cuello, y que no tendrá consecuencias. No fue un preludio, sino tan sólo un fuego de artificio del que ya no quedan rastros. Sabe también —porque lo conoce— que él va a hablar. Nosotros percibimos que la atmósfera artificial del cuarto se espesa: él va a hablar. Sabe que ella no quiere, pero igual va a decir algo como: hablemos. Algo inmensamente ambiguo y torpe como: hablemos. Y ella, acaso sin moverse, diga con una fría inocencia simulada, una inocencia que no logra convencer a nadie —ni a él, ni a nosotros que estamos mirando esta tarde de domingo sin luz en una habitación cualquiera—, con una inocencia, insistimos, tan fingida que rebotará en el silencio y lastimará los oídos, preguntará: de qué. Y después, cuando escuche sus propias palabras, cuando se dé cuenta de que fue agresiva, porque siempre la falsa inocencia es agresiva, dirá, como para moderar: ya lo hablamos.

Ahora él retira la mano de su espalda y recibe el mate que ella le entrega. Siente el sabor amargo de la resaca y siente, también, que no quiere tomar mate, que preferiría otra cerveza, pero apoya el codo en la cama y toma el mate. Espera a que haga ruido y lo devuelve. No importa, dice, podríamos hablarlo de nuevo, quizá aún estemos a tiempo. Ella recibe el mate y está a punto de preguntar: a tiempo de qué. Pero no lo hace. También está a punto de decir cosas como: dos años no es mucho. O: podés venir cuando quieras. O, peor aún: es una gran oportunidad para mí. Pero sabe que todas esas palabras ya se dijeron, sabe que él lo sabe y sabe que es inútil. Entonces calla y un silencio tortuoso se instala en la oscuridad de la habitación. Un silencio sólo alterado por el sonido de la pava al chocar con la bombilla. Ella le ofrece otro mate que él acepta y la idea de hablar queda colgando del aire, como una telaraña o una lamparita, sin que ninguno de los dos se atreva a tocarla. Él termina el mate y se lo extiende. Ella quiere decir algo. Quiere romper el aire pegajoso que respiran porque sabe que es nocivo. Adivina que en ese silencio él está pensando y, seguramente, no dudaría en sostener que él está pensando demasiado. Por eso quiere interrumpir el hilo de sus ideas antes de que, de tanto tironear, acarree cosas profundas, cosas que siempre es mejor mantener en los altillos o los sótanos. Cosas que cuando emergen a la superficie cortan como cuchillos o explotan como granadas. Lo que ella no sabe —no puede saberlo, sólo nosotros podemos— es que él ya arrastra esas cosas desde hace tiempo. Que viven con él, que nunca pudo esconderlas en ningún sótano ni en ninguna buhardilla. Están ahí desde antes de que ella saliera a preparar el mate, desde antes de que su mano, como una araña aterciopelada, le recorriera la espalda, desde mucho antes de que él dijera: hablemos. Ella no lo sabe, pero quizá —podemos permitirnos juzgar— debería saberlo.

Ahora nosotros vemos cómo él se vuelve a acostar boca arriba y no cierra los ojos. Mira, estático, el techo. Entonces ella gira y le enreda sus largos dedos en el pelo negro y desprolijo. No habla. Quiere decir: todo va a estar bien. Pero no lo dice porque —sospechamos— no lo cree. Como no lo cree él y como no lo creemos nosotros que sabemos que ese viaje es mucho más que un viaje.

Y así se quedan un largo rato en esta tarde sin relojes, pensando que mañana, al despedirse, se abrazarán y se besarán casi sin hablar. Porque ninguno sabe exactamente qué deberían decir en ese momento. Ninguno de los dos logra vislumbrar esa escena, la última, la definitiva. Ninguno sabe qué dirá; sólo saben, y eso sí lo saben los dos, que no se prometerán nada. Y eso, esa certeza mortal, esa verdad sin atenuantes, es lo que se respira en esta tarde cíclica y perpetua. Es lo que los inmoviliza y lo que hace que no quieran levantarse, que no quieran empezar el día. No empezar nunca a terminar los preparativos. No terminar de ultimar detalles. Sostener la noche en plena tarde. Aferrarse a la oscuridad, amarrarla: cuidarla como a un dios. Porque al día siguiente ya no podrán prometerse nada.

Y él, poco a poco, volverá a dormirse, tranquilo, como si se dejara llevar. Y ella lo observará mientras duerme y le dirá despacio, casi susurrando para no despertarlo, que lo quiere, que lo va a querer siempre.

Más tarde deberán levantarse y abandonar esta noche ficticia que los envuelve y que los une. Pero eso será más tarde, y a nosotros ya no nos interesa.

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