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Tess gallagher

Dicen que mi bisabuelo era gitano, pero la explicación más común de su comportamiento es que era un borracho. ¿Cómo iban las mujeres a conservar todos estos años el azote de su recuerdo si no tuviera la enfermedad habitual de la familia para echarle la culpa? Probablemente fue las dos cosas, gitano y borracho.

A pesar de todo tengo motivos para creer que su gitanería tenía más que ver con el cambio que dio a su vida que con el alcohol. Antes discutía de este asunto con mi madre, aunque casi toda la información que tengo sobre mi bisabuelo procedía de ella, que a su vez la recibió de su madre. Un borracho, le decía yo, no habría tenido iniciativa. Se habría limitado a hundirse con sus fracasos y no habría tenido nada para mostrar a cambio. Pero mi bisabuelo tuvo once hijos, un signo de laboriosidad, sin duda, y amaba los caballos. Tuvo tantos caballos que fue lo que la gente un horse poor, una persona que entrampa por culpa de su dedicación a los caballos.

Hasta que visité Collenamore, el lugar del oeste de Irlanda de donde procedía mi familia, no supe que mi bisabuelo había sido probablemente un «susurrador», una casta especial de gitanos con fama de hacerse entender por los caballos. Estos hombres no tenían miedo ni siquiera de los caballos más falsos y resabiados. Antes bien, solían encerrarse con los animales ariscos en las cuadras para poner en práctica sus habilidades.

Puede que fuera porque era necesaria cierta intimidad, o puede que los susurradores no quisieran que se conociese el contenido de sus conversaciones equinas. Lo único que se sabe de cierto es que adquirían poder sobre los caballos por medio de susurros. Nadie sabía qué les susurraban. Pero la eficacia de sus métodos era famosa, y cualquiera de la región que tuviera un caballo repropio sabía que si llamaba a un susurrador, el caballo se tomaría muy enserio lo que se le dijera y modificaría su conducta desde aquel punto y hora.

Por lo que decían todos, mi bisabuelo era también un pedazo de semental, y cuando iba a un campo donde pastaba una manada de caballos, los animales levantaban la cabeza y le relinchaban. Entonces sus barbudas quijadas se movían, y a pesar de que el bisabuelo emitía sonidos que si eran palabras no podían ser comprendidas por los caballos, éstos querían oírlas; y uno por uno enchaban a andar hacia él, hasta que llegaban a su altura. Si les daba la espalda y volvía a la carretera, los animales lo seguían. Seguramente estaba borracho, decía mi madre, porque se tambaleaba y no dejaba de murmurar. A veces se detenía en seco en la carretera y los caballos se quedaban pegados a él, y cabeceaban mientras él movía los labios. Pero como estas cosas se veían de lejos, y como el relato las ha limado, en la actualidad es imposible saber si el bisabuelo decía algo que fuera relevante para los caballos. Ni siquiera su buen comportamiento se debía a los susurros. Tampoco estaba claro, cuando los abandonaba en algún corral con la misma brusquedad con que había aparecido, si los animales tenían ya un enfoque diferente de las difíciles y complejas relaciones entre los humanos y los equinos.

Sólo ha quedado el carácter perverso de las relaciones de mi bisabuelo con los caballos, como cuando se bañaba en el río con su animal favorito o cuando quiso que su noveno retoño naciera en el pesebre de una yegua zaina llamada Redwing, y lo sé porque mi abuela se lo contó a mi madre. Cuando crecí y empecé a hojear la Biblia de la familia me enteré de que aquel noveno retoño había sido mi abuela, así que es posible que supiera algo sobre el particular.

Estas rarezas de su carácter me inclinan a creer que cuando abandonó a su mujer y a sus hijos, a los cincuenta y dos años, para unirse a un circo ambulante que pasaba por la región, no fue por una simple fanfarronada de borracho, ni siquiera por el comprensible deseo de huir de las obligaciones familiares. Creo que fue su gitanería lo que al final ganó la partida y lo que dio lugar a un suceso tan singular que nadie de la familia ha querido admitirlo hasta la fecha: no la transgresión más evidente —que se había fugado con un circo—, sino que con toda probabilidad se trataba de un hombre seducido por un caballo.

No es fácil defender una conclusión así en la sociedad en que vivimos. Pero no he llegado a ella por frivolidad y hay argumentos que avalan mi convicción. Pues aunque vengo oyendo la historia de la fuga del bisabuelo desde que era pequeña, la imagen que prevalece en todas las versiones es la del semental gris pintado que sabía bailar una variante de la mazurca. Era un animal tan impresionante que fascinaba a las multitudes con los pasos y botes laterales de las complicadas figuras de la pieza, que no bailaba como los lipizanos —con otros caballos igualmente montados por jinetes—, sino sin jinete y teniendo por pareja a los hombres de la compañía circense.

Se sabe que mi bisabuelo fue uno de los bailarines. Después de aquello, según mi madre quedó «completamente arruinado». Que se hubiese ido de la casa con lo puesto, abandonando a sus queridos caballos (veintinueve para ser exactos), refuerza mi impresión de que debió de empujarle una fuerza poderosa, algo más profundo que las amarguras de la embriaguez o las crueles fantasías de abandonar a su mujer.

No le redimió que volviese al cabo de siete años y llamara a la puerta de su esposa, solicitando se readmitido, ni siquiera que la esposa lo admitiera y cuidara de él hasta su fallecimiento, que aconteció unos años más tarde. Pero un detalle de la historia en el que nadie se fija es que, cuando volvió, llevaba una manta de montar y un penacho negro de la adornada cabeza de un caballo circense. Incluso mi madre lo interpretaba como un simple indicio de ridiculez de la crisis del bisabuelo, pues a fin de cuentas era un indigente y, ya en la vejez, llevaba camino de ser un «borracho inútil» y un «maniático de los caballos».

Nadie se ha molestado en meditar lo que pudiera significar para él estos curiosos símbolos, la manta de montar y el penacho. Pero los colgó a los pies de su cama, «como un idiota», dijo mi madre. Y a veces, cuando bebía mucho, buscaba el penacho y la mana y se ponía ésta sobre los hombros. Y bailaba mazurca. No bailaba en la sala de estar, sino que se iba al campo, donde los caballos se ponían firmes y miraban como si de súbito hubieran olisqueado el mar o percibido un cambio en la dirección del viento.

—Los borrachos no tienen conciencia de lo que hacen—decía mi madre al finalizar la historia del bisabuelo—. Hablar con un borracho es hablar con un tocón.

Desde la época de los estallidos de furia gitana del bisabuelo, otros miembros de mi familia se han dejado seducir por otras cosas: por ambiciones insensatas, por instrumentos musicales, por aficiones por lo demás de inofensivas, desde recoger setas hasta procrear, o, como le ocurrió a mi padre, por las cartas, una obsesión más extendida y más fácilmente reconocible como tal. Hasta cierto punto sigo pensando que fue la falta de imaginación lo que redujo las posibilidades de mi padre en la vida de nuestra familia.

Pero ni siquiera mi madre había sido capaz de resistir la atracción de un hombre tan convencido de lo que decía. Cuando lo conoció, en un baile de cumpleaños que celebraban en la casa rural de una amiga de ella, mi madre le preguntó cómo se ganaba la vida. Mi padre señaló la baraja que llevaba en el bolsillo de la camisa y dijo:

—Juego a las cartas.

Pero el amor es como es y aunque mi madre era una mujer totalmente práctica, por lo visto no pudo enamorarse de ningún otro hombre.

Así  es posible que la tendencia a dejarse arrebatar sea en cierto modo contagiosa cuando las personas normales entran en contacto con individuos como mi padre. Aunque mi madre le quería cuando se casaron, no tardó en comportarse como si la hubieran arrebatado a ella de la vida fructífera y sólida que siempre imaginaba que habría podido tener.

A nadie le extrañó que la ludopatía de mi padre estuviera regada con alcohol. Lo único que probablemente nos salvó de la pobreza fue que mi padre no acostumbrara a apostar metálico. Tenía tanto encanto y tanta fuerza de persuasión que convencía a los demás jugadores de que aceptaran sus vales, vales que valían por todo, desde el pescado que tenía intención de pescar la temporada siguiente hasta el dinero que iba a sacar vendiendo el pelo su hija.

Conozco bien esta última apuesta porque recuerdo el día que se acercó a mí con las tijeras y dijo que ya era hora de cortarme el pelo. Bastaron dos tijeretazos. No puedo olvidar lo mucho que lloró con el dorso de las manos en sus ojos, mientras sostenía entre los dedos las trenzas juntas, como un nudo cortado del que se hubiera escapado una vida. Yo tenía trece años entonces y era la primera vez que me cortaban el pelo. Mi cabellera era su orgullo y su alegría. Para mí era sólo un estorbo que me diferenciaba de las compañeras de clase y me gustó liberarme de ella. El interés que cualquier otra persona hubiera podido tener por mis largas y esplendorosas trenzas sigue siendo un misterio para mí.

 

Cuando mi padre tenía setenta y tres años, cayó enfermo y los medico les dieron unas semanas de vida. Estaba convencido de que la indisposición se debía a una racha de mala suerte en el juego. Había sufrido pérdidas cuantiosas en mes anterior y habían desaparecido de casa diversos objetos de valor, casi todos de mi madre. Concibió la extraña idea de que si ganaba a las cartas esquivaría la predicción de los médicos y viviría por lo menos hasta los ochenta.

Yo ya no vivía en casa por entonces, vivía por mi cuenta, procurando obedecer instrucciones de mi madre, que había alertado a su prole contra cualquier clase de ambición y atolondramiento. Sus advertencias se dirigían sobre todo a mí porque a eso de los cinco años había mostrado un entusiasmo sospechoso por un poni. Y es cierto que sentí que había perdido un amigo muy querido cuando mi madre consiguió que los propietarios del poni lo llevaran a pastar a otra parte.

Pero había otros indicios de que podía engolfarme en búsquedas extrañas. El más revelador era que me negué a hablar en voz alta hasta que cumplí once años. Lo decía todo entre susurros, como si mi cabeza fuese un almacén  secreto que sólo podían comunicarse de manera privada. Si me preguntaban, respondía con educación, pero pegando la boca al oído de la persona que inquiría y vehiculando la respuesta con el aliento y los labios.

Mis profesoras atribuyeron los susurros a la timidez y procuraron adaptarse a mis condiciones. Cuando había exámenes orales, iba con la profesora al guardarropa y allí le susurraba los versos memorizados o el tema que me hubieran puesto. Dios es testigo de que habría podido comportarme así hasta el presente si mi madre no hubiera conspirado con algunos chicos del vecindario para que me pusiera abrojos en el largo pelo. Ella sabía, por otros indicios, que yo tenía un genio terrible y contaba con eso para devolverme a un mundo donde la gente se gritaba y se expresaba de manera audible acerca de todo lo divino y lo humano.

Cuando los chicos, según el plan que habían preparado, me encerraron en un cobertizo, no me quedó más salida que pedir ayuda a gritos e insultarles con un chorro de palabras que sólo había oído en boca de adultos. Mi madre se alegró al oírme, pensando que por fin había acabado con la traicionera influencia que tenía el pasado sobre mí, con la influencia de la sangre gitana de mi bisabuelo y con el miedo a que, a pesar de sus afanes, me arrebatara, como le había sucedido a ella, como le había sucedido a mi padre, una pasión no prevista todavía. Si yo no hubiera vivido ya en nuestra  casa consecuencias de una vida así, dudo que hubiera alcanzado su objetivo, aunque por entonces ya había empezado a atraerme la perspectiva de llevar una vida normal entre personas de carácter menos tornadizo.

Resultó, pues, extraño que después de todo el celo que había puesto mi madre en esta cuestión, recurriese a mí cuando mi padre cayó enfermo. «¿Puedes hacer algo?», decía en la carta con sus prietos garabatos de zurda. «Lleva jugando y bebiendo tres días con sus noches. Estoy desesperada. Ven enseguida».

En cierto modo yo sabía que era un mensaje dirigido al elemento de mi naturaleza que más desconcertaba y asustaba a mi madre, el elemento que pertenecía exclusivamente a mi padre y al reino de los inexplicables entusiastas de su familia.

Cuando llegué, mi padre no estaba en casa.

—Está en el bar —dijo mi madre—. En el salón del fondo. Hace días que no prueba bocado. Y si ha dormido, no ha sido aquí.

Preparé un buen caldo y mientras vertía el humeante líquido en un termo me di cuenta de que murmuraba sílabas y otros vestigios lingüísticos que no sabría reproducir aunque quisiera.

—¿Qué significa eso? —preguntó mi madre como si hubiera visto salir un diablo de mi interior—. ¿Qué estás diciendo?

No respondí, no podía responder. Pero percibí de súbito que se me estaba manifestando una insospechada red de simpatías y conexiones lejanas con mi padre.

Dicen que cuando los amantes necesitan un claro de luna, allí está el claro de luna. Mientras recorría la ciudad vacía en busca del bar y el salón de juegos, me pareció que toda la naturaleza se había enterado ya de los apuros de mi padre y que la respuesta que yo esperaba no estaba lejos.

Pero cuando llegué al bar y convencí al camarero de que me dejara pasar y entrar en el salón de juegos, vi que mi padre tenía al lado una montaña de fichas azules. Varios jugadores habían abandonado la partida para observar, con los párpados caídos y sosteniendo el cigarrillo como gángsters ociosos. Otros estaban sentados en sillas plegables junto a la cafetera y el vaso de plástico vacío que indicaba «Pague aquí».

Mi padre se había echado atrás la gorra y su frene brillaba bajo la escasa luz reinante. Me sonrió con el cigarrillo en la boca, con la seria obstinación del niño que no tiene intención de obedecer a nadie. ¿Y por qué tendría que obedecer?, me pregunté mientras me sentaba a su lado y habría el tapón del termo. Los cinco o seis jugadores que seguían en la mesa evaluaron superficialmente mi presencia para comprobar si les traía más mala suerte de la que ya tenían. De vez en cuando desechaban la baraja, sacaban otra sin estrenar o todavía precintada.

Había más fichas de valor máximo en el centro de la mesa y asomando por el bolsillo de la chaqueta de mi padre vi los pagarés que sin duda había recuperado, porque se inclinó hacia mí y me dijo en voz baja, sin apartar los ojos de las cartas: «Tengo una racha de narices. La ocasión de mi vida».

Estaba ganando. El esfuerzo le había dejado huellas en la cara, pero saltaba a la vista que jugaba ya a un nivel que iba más allá de la simple partida de cartas y todos parecían darse cuenta. El que repartía las cartas arqueó una ceja cuando vertí caldo en el vaso que tapaba el termo y se lo alargué a mi padre, que lo sorbió ruidosamente.

—Dile a la vieja cacerola que va a tener que aguantarme unos años más —dijo, y encendió otro cigarrillo.

Pero cuando me miró sus ojos parecían demasiado brillantes, como si, a pesar de todos sus esfuerzos, la duda hubiera conquistado un puesto permanente en su mesa. Le di un apretón en el hombro y un rápido beso en la frente. Los hombres seguían con la mirada gacha, y cuando me detuve un instante en la puerta, oí el rumor de las sillas y carraspeos. Al salir de la sala casi tropecé con el camarero, que entraba con otra ronda de cerveza. Le temblaron los mofletes mientras recuperaba el equilibrio, me miró fijamente por encima de los escarchados botellines y desapareció de juego con las vituallas.

Emprendí el largo trayecto de vuelta. Era un placer que a aquella hora todos los semáforos hubieran cambiado de ciclo y sólo emitieran un parpadeo ambarino de precaución. Incluso los adolescentes que solían recorre r la ciudad se habían ido ya a sus casas o lugares más apartados. Mientras conducía, con la cara de mi padre ante los ojos, no dejaba de pensar en la duda, la verdadera secuestradora. Yo sabía que mi madre me había llamado por eso, porque comprendía que, una vez más, un miembro de nuestra familia estaba a punto de dejarse arrebatar.

Atendí a mi padre en el salón de juego otros dos días con sus noches. Nunca me quedaba mucho rato porque tenía miedo de echarle a perder la buena racha. Pero hubo un cruce de ternura tácita entre nosotros en aquellas rápidas apariciones mías en las que él aceptaba el alimento que le llevaba o cuando levantaba los ojos y me tendía el botellín de cerveza para que bebiera un sorbo, un ritual que repetíamos desde mi infancia.

Mi padre seguía ganando, ante el asombro de los habituales de los bares de la localidad, que se asomaban a la puerta del salón de juegos y movían la cabeza con lástima, mirando a los menguantes y recalcitrantes jugadores que seguían en la mesa. En toda la historia del bar no se conocía una racha de suerte como aquélla y lo cierto es que más tarde nos enteramos de que, por culpa de la extraordinaria suerte de mi padre, el propietario del salón de juegos y bar tuvo que liquidar el negocio y abrir una frutería en las afueras.

Durante aquel episodio, mi madre llamó dos veces al médico para que ordenase a mi padre volver a casa. Estaba segura de que mi padre, en algún fatídico momento, se zambulliría como un demente en el olvido y apostaría todas sus ganancias a una mano. Pero el médico, al ver el derroche de energía de mi padre para proseguir la partida, habló de una «ludoterapia» para enfermos terminales, de reciente invención. Poco imaginaba él que mi padre, a aquellas alturas, estaba tan agotado que había olvidado incluso que ganaba.

Por suerte para mi padre, llegó un momento en que hubo que dar por terminada la partida por falta de jugadores. Dos viejos amigos lo llevaron a casa y le ayudaron a bajar de la camioneta de reparto. Se detuvieron en el sendero del garaje, uno a cada lado, dejando que él solo mantuviera el equilibrio. Cuando terminó la partida, lo único que podía hacer ya mi padre era emborracharse.

Mi madre y yo miramos por la ventana y vimos que los dos hombres guiaban a mi padre hacia las hortensias de la fachada lateral de la casa, donde hizo aguas menores, con impecable precisión, sobre unas flores de ancha corola. Luego le ayudaron a subir los peldaños y a llegar hasta la puerta. Mi madre y yo nos ocupamos de él desde aquel punto.

—Dadles caña, muchachos —gritó mi padre a los hombres concluyendo alguna conversación que sostenía consigo mismo.

—Seguro que sí —respondió el conductor con una carcajada.

Subió con su compañero a la cabina de la camioneta y ésta se alejó rugiendo.

Atada a la cintura de mi padre había una talega de billetes y monedas que tintineaba y daba saltos al chocar con sus rodillas mientras subía entre nosotras el siguiente tramo de peldaños y entraba en la sala de estar. Lo depositamos en el sofá, donde se instaló con carácter permanente. No quiso dormir en su cama, según mi madre, por miedo a que la muerte supiera dónde encontrarlo. Pero yo prefería pensar que a mi padre le gustaban los ritmos domésticos cotidianos; allí estaba en el centro de la casa y desde allí oía todas las conversaciones que se entablaban, y a las que se sumaba cuando le parecía oportuno.

Mi madre estaba tan preocupada por aquellos síntomas de deterioro que, en vez de discutir o negarse, hacía todo lo que él le pedía. En lugar de llevar las ganancias del juego al banco, para no perder los intereses de un solo día, lavó la vieja pecera de mesa y metió en ella todo el dinero, en su mayoría billetes de veinte dólares. Luego colocó la pecera en la mesa de centro que había junto al sofá, para que mi padre o las visitas que recibía pudieran meter la mano.

—Sienta bien tener dinero cerca —les decía mi padre—. Por eso los deje sin banca. ¡Que sí, hombre, tocad y palpad! —Entonces, recostándose en los cojines, le decía a m madre que sirviera un whisky a las visitas—. Cerciórate de que llena mi vaso —me decía a mí, para que lo oyera mi madre. Y mi madre, que hasta la fecha no había permitido que entrase una botella de whisky en casa, me miraba como si aquello fuese más de lo que podía soportar una mujer.

—Si te lo hubieras traído directamente del salón de juegos —me decía una y otra vez—, no habríamos llegado a esto.

Esto es que mi padre había modificado radicalmente su régimen alimenticio. No comía más que verdura. Si había verdura, comía. Según mi madre, la lógica que había detrás del cambio de régimen era que si dejaba de comer lo que solía, la muerte pensaría que no era él y buscaría a otro.

Otra cosa que quería mi padre era que mi madre barriera la entrada cada vez que la cruzase alguien.

—Por si traen la muerte en las suelas de sus zapatos; para que la muerte no se cuele mientras la gente sale.

Ésta era la explicación de mi madre. Pero mi padre no daba ninguna. Tampoco adujo nada cuando al final quiso que sacasen de la sala todos los muebles menos el sofá. En cuanto al dinero, también podían llevárselo.

Pero no tardó en quedarse sin fuerzas y empezó a recibir un creciente número de visitas, familiares y amigos que llenaban la sala vacía para pasar el rato con él, para reír con anécdotas de su infancia y de su juventud, cuando trabajaba de sol a sol con su hermano mayor en los algodonales, subían los dos a un tren de mercancía para ir al pueblo y se pasaban la noche bailando; después volvían a su casa andando y llegaban al amaneces, a tiempo de ir a los campos de algodón para seguir trabajando.

—Éramos unos fieras —decía mi padre con el brío de otros tiempos; y  entonces cerraba los ojos como si no hubiera dicho nada en absoluto.

Nos resultó más llevadera la inevitabilidad de su estado mientras nos habló. Pero cuando, ya al final, se limitaba a abrir la boca para comer o se quedaba en silencio, mirando fijamente la pared del fondo, nadie sabía qué hacer con su cuerpo.

En este período de incertidumbre acabé descubriendo mi papel por casualidad. Yo estaba en el patio, sentada en un banco de piedra, al pie de un cedro muy querido por mi padre, que solía sentarse allí y contemplar el océano. Decía que el cedro susurraba. Decía que el árbol estaba al tanto de nuestros problemas. De súbito sentí un fuerte deseo. Quería fumar un cigarrillo, aunque yo no fumo y en realidad detesto el tabaco. Estaba sentada donde se había sentado mi padre y fumar formaba parte de una especie de autenticidad que empezaba a abrirse paso en mi interior. Entré en la sala y le birlé una cajetilla a mi hermano. Pasé el resto de la mañana sentada al pie del cedro y fumando. Mis pensamientos vagaban con las sacudidas y murmullos del árbol, y se me ocurrió que la naturaleza es maravillosa porque conoce el valor del silencio, y lo que podía significar para una criatura atada al verbo como yo.

Pasé el resto del día entre raptos de silencio, desplazándome de un sitio a otro, volviendo a los lugares que sabía que le gustaban a mi padre: el tsuga que se erguía al fondo del huerto y que llamábamos «árbol dragón» por los movimientos de su copa triangular cuando soplaba el viento; el rosal junto al que él y mi madre habían pelado la pava; el embarcadero donde estaba amarrada su barca de pesca, en la que me sentaba con los detestados cigarrillos que fumaba de cadena y arrojaba al agua.

Esperaba el instante de saber qué hacer por él, por él, que muy pronto sería un montón de materia inútil sin más importancia que las colillas de cigarrillo que flotaban yse estrellaban contra el casco de la barca. Sentía que la acción se acumulaba en mí con la regularidad del agua que subía y bajaba la barca, con la triste lluvia de pétalos que caía del rosal y con las sacudidas del árbol dragón.

Aquella noche salí de casa totalmente decidida. Me dirigí al cedro. Sin detenerme a preguntarme por la necesidad de lo que hacía, me puse a romper las ramas a las que llegaba y las amontoné en el suelo.

—¿Qué haces? —me preguntaron los hijos de mi hermano, que me rodearon como si hubiera inventado un juego para ellos.

—¿Qué os parece? —dije.

—Un árbol con las ramas arrancadas —dijo el mayor, y salieron corriendo en cuadrilla hacia los árboles del huerto, riendo y chillando.

Mientras tiraba de las ramas sentí una dolorosa autorización, como cuando dos silencios, cansados de contenerse, decidieran ponerse de acuerdo para acabar con un pesar común. Me hice la cama sobre las ramas y decidí pasar la noche allí, en el patio, bajo las estrellas, con el rumor del océano en el oído, al pie del mutilado cedro, que se alzaba por encima de mí como un regalo al que hubieran arrancado el envoltorio.

Mis hermanos, mis cuñadas y mi hermana se turnaban para velar a mi padre por las noches. Las ventanas estaban abiertas para que corriera aire y oí que preguntaban a mi madre por qué dormía yo afuera y en el suelo, y estaba segura de que les habría gustado añadir: «como una idiota».

—No quiere estar presente cuando venga la muerte a buscarlo —dijo mi madre, con una actitud de clarividente que había desarrollado viviendo con mi padre—. Los dos se parecen mucho —añadió.

El ritual de los juegos infantiles se prolongó hasta rebasar la hora de irse a dormir. La lámpara de queroseno, rescatada de la casa en que mi padre había pasado la infancia, se había encendido: fue otra de las extrañas peticiones que hizo antes de sumirse en el silencio. Le gustaban las sombras que proyectaba y el olor dulzón del combustible. Yo miraba la oscuridad y a veces veía pasar las sombras de mis hermanos, gigantescas o deformes, según se inclinaran, se enderezasen o cruzaran la habitación.

Se había levantado viento del mar. Los niños jugaban en el huerto, daban vueltas en círculo, cada vez más rápido, hasta que la velocidad y las tinieblas los mareaban y ellos se tambaleaban y trastabillaban. Llegados a este punto se detenían, descansaban un momento, respiraban eufóricos y a pleno pulmón, y se ponían a dar vueltas en sentido contrario, corriendo al límite de la excitación, superponiendo risas y gritos, hasta que de pronto se dispersaban, tiraban unos de otros o se perseguían hacia la casa, como si les fuera la vida en ello.

Estuve despierta un rato largo cuando sus pasos se extinguieron, cuando se oyeron los portazos de los coches y las despedidas de los niños, cuando los que quedaron en la casa se fueron a dormir mientras los adultos velaban.

Tenía su importancia estar allí fuera, sola y cerca del suelo. El penetrante olor de las ramas del cedro me envolvía, se elevaba en el aire fresco de la noche en dirección al árbol, cuyos vaivenes y oscilaciones se habían alterado, como era necesario que ocurriera,  para adaptarse a los cambios que estábamos por experimentar mi padre y yo. Pensé en mi bisabuelo, bañándose con su caballo en el río, y en mi padre, que acababa de vivir un período excepcional, el más largo que había pasado sin que se le cayeran las cartas de la mano al barajar o al repartir. Ahora estaba demasiado débil incluso para sujetar un cigarrillo; en el suelo de madera había quemaduras que indicaban dónde se le había caído el último. Sus ganancias estaban ya en el banco y la suerte que tenía que salvarlo había vuelto al lugar adonde va cuando no quiere saber nada de nosotros.

Así pues, se reduce a esto, me dije, y escuché el viento que poco a poco se fue mezclando con el recuerdo de las voces infantiles que todavía parecían alzarse y apagarse en el huerto. Había un dulce canturreo de sílabas, grato a mis oídos, pero en última instancia inútil y absurdo. Se me ocurrió entonces que era yo la responsable de aquellos sonidos rígidos y que mis labios se habían puesto a trabajar por su cuenta.

Atrapada por una elemental cadencia lingüística que no sabría explicar, estuve en vela toda la larga noche y hablé con mi padre como podría hablarse con el océano o con el viento, contándole con aquel manido acompañamiento que también estaban en mí los ritmos de la inmensidad en que estaba a punto de entrar. Y que no estaba solo. Y que yo le permitía irse. Que hasta entonces me había negado a reconocer el infame mundo de los bailarines y los borrachos, de los jugadores y amantes de los caballos, que con toda probabilidad era el mío. Pero a partir de aquella noche me juré entregarme de lleno al primer deseo sucio que se apoderase de mí. Sumergirme en el corazón de mi vida y perderme sin piedad y para siempre.

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