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Casabindo

Un perro se le cruzó de costado, intentó gruñir pero sólo le salió una voz quejumbrosa, de miedo instintivo o de dolor, y apuró el trote. Él siguió caminando. El sonido de sus espuelas de plata moría inaudito en el camino de tierra donde los calcañares se asentaban sordos y firmes. Avanzó unos pasos por el atrio, allí, contra el muro, un par de erkes de palta labrada se cruzaban unidos por una guirnalda de flores de papel. Y, en el silencio, pensó en su corazón que ya no latía. Se quitó el sombrero, que requintado le cubría el ojo vacío, y confió en las penumbras de la nave. “Dios”, dijo el hombre, y esa palabra inicial fue como un conjuro. Develado en el círculo de luz marchita y sucia del quinqué con que pantallas de flecos de oro, reinando sobre la pesada mesa del comedor, se sintió —ahora nuevamente— como desnudo cuando su tía le dijo, como para sí: “Él se apiada de los que gozan, siempre que luego se lo participemos con humildad. Si en el pecado está la penitencia, en la confesión nos salvamos, y al relatarlo volvemos a gozar; ésa es la señal de su perdón. Si el relato del pecado nos sabe calmo, o amargo, o aburrido, es que no hay perdón, entonces debemos esperar. Gonzalo le sabía hablar a Él. Y el hecho y el dicho eran como una sola cosa prolongada”.

Pero el hombre, que había avanzado a lo largo de la nave apenas iluminada por la luz que se colaba a través de las láminas de ónix de los ventanucos, no sentía ninguna emoción especial al contemplar esas imágenes ahumadas por los velones y envejecidas. Señora de Cocharcas, Cristo de la soledad, con los brazos atados a la cruz por tientos de cabritos. Santos Roque, apartá ese perro, y Santiago dame la pólvora y la espada. La paz luego del combate. Avanzó hasta el altar mayor; con tres padresnuestros cumplió con él y en seguida se desplazó al camarín de nuestro protector Santiago; echó allí de lado su poncho, que manchó el piso frío y sagrado con un sanguazo, y se estuvo de rodillas hablándole. Los ojos de Santiago lo atudían, inmóviles y pintados, su oscura barba, su capita de terciopelo negro envejecido, y su cabalgadura de madera pesada y deforme, com caballo de ensueños. Y en el reflejo opacado de los ojos del caballo y del jinete leía el hombre las respuestas de su propio corazón.

—Por qué permitís hechos tan desparejos—parece que dijo.

—Lo que pueden hacer o deshacer los hombres no tiene importancia. Basta con vivir. Todo el que ambiciona la tierra la tendrá —se le escuchó, casi nítida la voz, y vio que un fleco del calzón se le movía.

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