Etiquetas

, , , , ,

Mulas: Caracola, La Mansa y Capulí

I festejaba escrupulosamente el cumpleaños de sus mulas, sin olvidarse de ninguna. Las adornaba con flores y les colgaba cencerros de distinta afinación para incitarlas a la danza, arrancándoles movimientos diferentes a los de carga y marcha, que las aliviaban de su condición. Ellas, adornadas del mismo modo, creían que eran todas las que cumplían años. Y como, según la libreta que guardaba en el bolsillo hondo del chaleco, casi todas los meses tocaba festejar algún aniversario, las mulitas, de fiesta en fiesta, cumplían meses en vez de años, con lo cual,  pensaba I, se les alargaba la vida.

Los viajes del mulero tenían sólo dos orientaciones, una terrestre y otra marítima. Como las mulas sabían pensar únicamente en un sentido, para ellas todo viaje significaba ver el mar. Por eso en cuanto veían aparecer al hombre se ponían a ondular como las olas. Porque toda mula, en el centro de sus deseos, tiene el mar. Habituadas a un mundo vertical, la horizontalidad marina es su verdadero descanso y su única alegría. Cinco minutos de contemplación marítima les permiten, según cálculos muy precisos de I, considerar durante cinco meses que cualquier altura cordillerana, por más pesada que sea la carga que se lleve, es una simple distancia oceánica. En esta situación anímica está el secreto de su resistencia y pasividad. Los sueños de las mulas, pensaba I, son puramente acuáticos, y aún a más de cuatro mil metros de altura, por encima de las nubes, cuando sueñan, habitan un oleaje. De la misma manera que el agua hierve a menos grados a esas alturas, los sueños pierden consistencia y se resuelven siempre en movilidad de olas espumosas.

Dorada y Capulí celebraban su cuarto o quinto viaje sumergidas hasta las rodillas, mientras la Rubia y Caracola, que veían el mar por primera vez, apenas se mojaban los cascos echando largas miradas hacia la cordillera, temerosas de olvidar su querencia a causa de la fuerza del encuentro con el océano. Tau, el astrónomo, veía ocho mulas danzantes contra el horizonte marino. En cambio I veía nueve: con una pata levantada que intentaba apartar las aguas se le aparecía, en transparencias, el contorno de la Mansa.

La verdadera naturaleza de estos animalitos, dijo I, es marítima. Son una mezcla de barco y de gaviota; barco para las cargas, gaviotas para andar como volando entre las nubes. La cordillera ha sido su destino, pero vea, se mueven en el mar como si nunca hubieran salido de él.

. . . . . . . . . . . .

Los fragmentos de la obra de Daniel Moyano que se citan en este blog pertenecen a los siguientes libros:

Tres golpes de timbal | Ed. Sudamericana 1990

Tres golpes de timbal | Alción Editora 1º edición 2012

Un silencio de corchea | Colección La ciudad de los naranjos | Biblioteca Mariano Moreno, de La Rioja

La espera y otros cuentos | Biblioteca básica argentina 1992

El oscuro | Ed. Sudamericana 1º edición 1968

La lombriz | Nueve 64 ediciones 1964

El trino del diablo | 1º edición Ed. Sudamericana 1974

Una luz muy lejana |  Ed. Sudamericana 1º edición

El libro de navíos y borrascas | Editorial Gárgola

Dónde estás con tus ojos celestes |  Editorial Gárgola

Un sudaca en la corte |  Caballo negro editora

En la atmósfera | Editorial El mensú

El vuelo del tigre | Legasa literaria 1981

Las fotografías de Daniel Moyano fueron tomadas de internet y pertenecen al Archivo de Fotografías de Daniel Moyano, que se aloja en el Archivo Virtual Daniel Moyano, en el Centre de Recherches Latino-américaines de la Université de Poitiers, en Francia. 

http://www2.mshs.univ-poitiers.fr/crla/contenidos/Moyano/Presentacion.html

http://amerika.revues.org/5739

 

Anuncios