Etiquetas

,

SANDOR MARAI

“—Dos preguntas —dice de repente Konrád, con voz apagada—, dijiste dos preguntas. ¿Cuál era la otra?…

—¿La otra?… —repite el general. Se inclinan el uno hacia el otro, como dos viejos cómplices que temen las sombras de la noche y también que las paredes oigan—. ¿La otra pregunta?… —repite en un susurro—. Si no has respondido a la primera… Mira —dice en voz muy baja—, el padre de Krisztina me acusó de haber sobrevivido. Se refería a haber sobrevivido a todo. Porque uno no solamente responde con su muerte, aun siendo ésta una buena respuesta. También es posible responder sobreviviendo a algo. Nosotros dos hemos sobrevivido a una mujer. Tú al marcharte lejos y yo al quedarme aquí. La sobrevivimos, con cobardía o con ceguera, con resentimiento o con inteligencia: el hecho es que la sobrevivimos. ¿No crees que tuvimos nuestras razones?… ¿No crees que al fin y al cabo le debemos algo, alguna responsabilidad de ultratumba, a ella, que fue más que nosotros, más humana, porque murió, respondiéndonos así a los dos, mientras que nosotros nos hemos quedado aquí, en la vida?… Y a esto no hay que darle más vueltas. Tales son los hechos. Quien sobrevive al otro es siempre el traidor. Nosotros sentíamos que teníamos que vivir, y a esto tampoco se le puede dar más vueltas, porque ella sí que murió. Murió porque tú te marchaste, murió porque yo me quedé pero no me acerqué a ella, murió porque nosotros dos, los hombres a quienes ella pertenecía, fuimos más viles, más orgullosos y cobardes, más ruidosos y silenciosos de lo que una mujer puede soportar, porque huimos de ella, porque la traicionamos, porque la sobrevivimos. Es la pura verdad. Y tienes que saberlo cuando estés allí, solo, en Londres, cuando todo se acabe y llegue tu última hora. Yo también lo tengo que saber, aquí, en esta mansión, y lo sé ya. Sobrevivir a alguien a quien se quiere tanto como para llegar al homicidio, sobrevivir a alguien por quien nos habríamos dejado matar por amor es uno de los crímenes más misteriosos e incalificables de la vida. Los códigos penales no reconocen este delito. Pero nosotros dos sí que lo hacemos —dice en voz muy baja, con sequedad—. También sabemos que pese a nuestra gran inteligencia, nuestro resentimiento, nuestra cobardía y nuestra vanidad no hemos sido capaces de salvaguardar nada para nosotros mismos, puesto que ella murió y nosotros estamos vivos, aunque los tres hayamos estado unidos, en nuestra vida y hasta en nuestra muerte. Esto es muy difícil de comprender, y si lo comprendes, inquieta todavía más. ¿Qué has pretendido al sobrevivir, qué has ganado con ello?… ¿Te has librado de situaciones penosas? ¿Qué importan las situaciones cuando se trata de la verdad de la vida, de que existe una mujer en el mundo con quien te unen unos lazos, y de que esta mujer es la esposa del amigo con quien estás unido igualmente?… ¿Qué importa lo que la gente piense de todo ello? Nada. Al fin y al cabo, el mundo no importa nada. Sólo importa lo que queda en nuestros corazones.

—¿Qué queda en nuestros corazones? —pregunta el invitado.

—La otra pregunta —responde el general, sin soltar el picaporte—. Y la otra pregunta se reduce a saber qué ganamos nosotros con toda nuestra inteligencia, con toda nuestra vanidad y con toda nuestra superioridad. La otra pregunta es si esa penosa atracción por una mujer que ha muerto no habrá sido el verdadero contenido de nuestras vidas. Ya sé que es una pregunta difícil. Yo no sé responder a ella. Lo he vivido todo, lo he visto todo, pero no sé responder a esa pregunta. He visto la paz y la guerra, he visto la miseria y la grandeza, te he visto cobarde y me he visto a mí mismo vanidoso, he visto la confrontación y el acuerdo. Pero en el fondo, quizás el último significado de nuestra vida haya sido esto: el lazo que nos mantuvo unidos a alguien, el lazo o la pasión, llámalo como quieras. ¿Es ésta la pregunta? Sí, ésta es. Quisiera que me dijeras —continúa, tan bajo como si temiera que alguien estuviera a sus espaldas, escuchando sus palabras— qué piensas de esto. ¿Crees tú también que el sentido de la vida no es otro que la pasión, que un día colma nuestro corazón, nuestra alma y nuestro cuerpo, y que después arde para siempre, hasta la muerte, pase lo que pase? ¿Y que si hemos vivido esa pasión, quizás no hayamos vivido en vano? ¿Que así de profunda, así de malvada, así de grandiosa, así de inhumana es una pasión?… ¿Y que quizás no se concentre en una persona en concreto, sino en el deseo mismo?… Tal es la pregunta. O puede ser que se concentre en una persona en concreto, la misma siempre, desde siempre y para siempre, en una misma persona misteriosa que puede ser buena o mala, pero que no por ello, ni por sus acciones ni por su manera de ser, influye en la intensidad de la pasión que nos ata a ella. Respóndeme, si sabes responder —dice elevando la voz, casi exigiendo.

—¿Por qué me lo preguntas? —dice el otro con calma—. Sabes que es así”.

“Vas a ver que Krisztina ha respondido, y no sólo con su muerte. Un día, varios años después de su muerte, encontré aquel diario encuadernado en terciopelo amarillo que yo había buscado en vano en el cajón de su escritorio la noche siguiente a la cacería, una noche muy memorable para mí. Esa noche, el diario no apareció, tú te marchaste al día siguiente, y yo no volví a hablar con Krisztina. Más tarde Krisztina murió, y tú vivías lejos, y yo vivía aquí, en la mansión, adonde regresé después de la muerte de Krisztina, porque quería vivir y morir en la casa donde había nacido, donde habían nacido, vivido y muerto mis antepasados. Todo esto es así porque las cosas responden a un orden, y este orden es ajeno a nuestra voluntad. Al mismo tiempo, el diario de terciopelo amarillo también vivía su propia vida misteriosa, a nuestro lado y por encima de nosotros, aquel diario peculiar, «El libro de la sinceridad», aquel cuaderno de confesiones, de confesiones incondicionadas sobre los amores, las dudas, los miedos de Krisztina, sobre su ser oculto. Ese diario

vivía su propia vida y yo lo encontré, más tarde, mucho más tarde, entre las pertenencias de Krisztina, en una caja donde guardaba el retrato de su madre, pintado en una placa de marfil, el anillo de sello de su padre, un tallo seco de orquídeas que yo le había regalado y el diario amarillo, atado con un lazo azul. El lacre del lazo estaba sellado con el anillo. He aquí el diario —dice el general, lo saca del bolsillo, y se lo ofrece al amigo—. He aquí lo que queda de Krisztina. Yo no lo he abierto, porque no encontré ninguna autorización escrita: ella no había dejado ningún manual de instrucciones adjunto a este objeto de su herencia; ni siquiera pude averiguar si este diario, este mensaje, esta confesión desde el más allá estaba destinado a mí o a ti. Es probable que este diario contenga la verdad, puesto que Krisztina nunca mentía —añade con seriedad y respeto.

Sin embargo, el amigo no toma el cuaderno.

Sigue sentado, inmóvil, con la cabeza apoyada en las manos, mirando el pequeño diario atado con el lazo azul, con el sello estampado en el lacre igualmente azul. No se mueve, ni siquiera pestañea.

—¿Quieres que leamos el mensaje de Krisztina juntos?… —pregunta el general.

—No —responde Konrád.

—¿No quieres —pregunta el general, con frialdad y altivez, hablando como un superior— o no te atreves?

Se miran fijamente durante largos minutos, por encima del diario que el general ofrece a Konrád, sin que sus manos tiemblen.

—A esa pregunta —dice por fin el invitado— no voy a responder.

—Entiendo —dice el general. Su voz suena especialmente satisfecha.

Con un movimiento lento, arroja el libro a las brasas. Las brasas empiezan a arder, acogen a su víctima, absorben lentamente la materia del cuaderno, y unas pequeñas llamas se alzan entre las cenizas oscuras. Los dos observan inmóviles cómo empiezan a arder las llamas, cómo revive el fuego, cómo baila con alegría alrededor de su presa inesperada, cómo respira y cómo brilla; las llamas son cada vez más altas, el lacre sellado ya se ha derretido, el terciopelo amarillo arde con un humo acre, y como si una mano invisible tornara las páginas color marfil, aparece de improviso la caligrafía de Krisztina, con su letra alta y fina, escrita por una mano que ya no existe; las letras, el papel, el cuaderno entero se queman, se convierten en polvo y en ceniza, como la mano que escribió las páginas. Sobre las brasas sólo quedan ya las cenizas negras y sedosas, como raso de luto”.

“La nodriza se alza de puntillas, y con la mano pequeña, huesuda y de piel amarillenta, dibuja sobre la frente del anciano la señal de la cruz. Se dan un beso. Es un beso extraño, breve y peculiar: si alguien lo observara, seguramente sonreiría. Pero como cada beso humano, es también una respuesta —a su manera distorsionada y tierna— a una pregunta que no se puede formular con palabras”.

Anuncios