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Vasco Pratolini

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“¡Qué antigua es la ciudad! Juntos hemos recorrido los siglos; yo viví durante años en la misma casa, al lado del Palacio de la Señoría. En una edad lejana se asomó a aquel balcón mi madre, trigueña y exangüe; sonrió apenas a su hijito, con las manos asidas al barandal del balcón, la cabellera negra y suelta. El niño abandonó de este modo a su madre, conservando para siempre en su corazón su imagen legendaria: una figura suspendida e inmóvil en la sombra de la calle medieval. Los sonidos, el aire, en el día de un lejano armisticio; y la imagen está siempre allí, heroicamente aferrada al barandal; en el repique de las campanas sonríe con la última sangre a su pequeño que se aleja”.

“(Mi abuelo continuaba con su trabajo de cocinero en el Convento del Sagrado Corazón. No había llegado aún el momento en que me confié a él, hallando en él a mi primer amigo y primer consuelo…)

…lo que me encariñaba más con el abuelo era su comprensión de mi mundo de maravilla. (…) : el abuelo participaba de mis intereses, maravillas y desconsuelos con mis mismas razones, veía el cielo, el caballito de la calesita, el tobogán, y las calles, los hombres y las casas con mis mismos ojos, intuía mi dimensión de las cosas.

…íbamos a pasear a lo largo de las vías del ferrocarril, nos deteníamos en los pasos a nivel para ver pasar los trenes que cada día iban más cargados de soldados jóvenes, jóvenes que agitaban cascos y banderitas cantando canciones patrióticas. Los trenes pasaban lentos  y largos como una procesión alegre: había ciclistas que los seguían desde la calle y llamaban por su nombre a algunos de los soldados del tren.

Más tarde entrábamos en una fonda, nos sentábamos a una mesa de mármol, el abuelo ordenaba vino y bizcochos con almendras: yo mojaba el bizcocho en el vino y lo sorbía como algo delicado, a veces comíamos también pan y fiambre, y pan y fruta fresca, como manzanas, naranjas, y también pan y nueces, pan y pasas”.

“El abuelo se sentaba con nosotros a la mesa redonda, todavía como en mis años de las afueras, pendiente de mis palabras, tímido y feliz; le leía en mis libros de aventuras páginas y más páginas, él escuchaba atentísimo, sus pequeños ojos iluminados de azoramiento y cariño; luego extraía de sus bolsillos el obseguio cotidiano: un trozo de torta, una manzana,,,,,,,, una naranja, dátiles y granada.

En la casa alentaba su figura de oyente; yo sentía cumplida mi jornada; era como si la casa se recogiese en la oscuridad, el cuarto ciñese nuestros cuerpos, y una tibieza inefable descendiese hacia el corazón mirando al viejo todo blanco, luminoso de blancura en el rostro y en los ojos. Inclusive mi abuela suavizaba su actitud habitual, llegando a expresar sus verdaderos sentimientos.

Ahora que el abuelo había fallecido la casa parecía increíblemente desierta, vasta, atemorizante, la oscuridad de las alcobas profunda, impenetrable; la abuela transitaba por ella como una autómata, tercamente reordenando y limpiando cada objeto, negra y espectral, y siempre más muda y exangüe. Preparaba mi merienda para la escuela, me besaba la frente, y sus brazos eran gélidos, las ojeras rojas parecían cicatrizarse en el hueco ya seco de las lágrimas, en un voluntario y desesperado endurecimiento de las facciones”.

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