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Vasco Pratolini

Una noche de abril de 1935 me sorprendió afuera una fuerte lluvia. Apenas llegué a casa me dormí profundamente. Me desperté con una fuerte opresión en el pecho, me faltaba la respiración, fui hasta la ventana, la abrí y el aire fresco del amanecer me bajó por la garganta como un golpe de martillo. Sentí gusto a sangre en el paladar. Pocas horas después estaba en la cama de un hospital. Pasaron dos días y el amigo que me acompañaba me dijo que los médicos me daban por moribundo.

—Dicen que has tenido la enfermedad durante demasiado tiempo sin darte cuenta. ¿Qué hacemos? ¿Te levantas y te vas o les damos la razón a ellos?

Yo le dije:

—Escucha. Los enterraré a todos, a ellos y a sus radiografías. Aquí se trata de poner al día el estómago.

Hablábamos ambos en ese tono, pero a ambos, aunque en forma diversa, se nos estremecía el corazón. Él me preguntó:

—¿Quieres que avise a alguien?

—No —dije—. Haz venir sólo a mi hermano. Lo encontrarás en el jardín de infantes.

Cuando te acercaste a la cabecera de mi cama tenías el rostro pálido, quizá más que el mío. Te dije:

—Si no te molesta, no me moriré.

Intentaste una sonrisa, pero no lograste completar una frase. Tus ojos celestes estaban clavados en un punto opuesto al de mi mirada; te habías sentado en una silla a la altura de la mitad de la cama, tenías las manos sobre las rodillas.

—¿Tienes prisa? —Te pregunté.

Dijiste que no con precipitación. Había en ese silencio tuyo más afecto que si te hubieras abrazado a mi cuello sollozando. Yo te miraba y grababa tu imagen en mi interior, como para absorberte; y eras una cosa dulce, fresca, que calmaba mi ardor. Tenía fiebre muy alta, y pensé que a mamá le hubiese alegrado poseer tu retrato. Hubiera podido al fin abrirme el pecho como se abre una custodia (me hubiese liberado de la angustia que me oprimía) y hubiese visto tu retrato, que llevaba grabado.

Vinieron dos años de sanatorio, entre las montañas y un lago. Nos escribimos con frecuencia. Tuviste que interrumpir los estudios y te habías empleado. Tus cartas eran como tú: tímidas, esquivas, con temor a las explicaciones y sin embargo ardientes de afecto y de generosidad. En ellas reconocía una de las cosas que me unían a la vida. Una de las esenciales.

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