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Miguel Briante

La fueron haciendo de a poco: trabajaron -sintió- como bestias. Apenas pudo imaginar sus cuerpos lentos, uniformados. O a lo mejor se quitaron el uniforme. Pero oyó los golpes: repetidos, repetidos, constantes contra la madera. Contra mi cara. Los martillos en sus manos: tuvo ganas de reírse. Se contuvo pero los ruidos seguían: alguien le hablaba. Contra mi cara ruidosamente.
-Va a quedar linda, ya vas a ver que…Qué voy a ver, pensó. Todavía suman los errores: no se acostumbran. Es un poco como si la lástima tuviera fondo, más amargo que la misma lástima. Como antes, cuando ya estaba así y los sentía entrar con el diario y decir mira lo que salió acerca tuyo y yo quería mirarlos y me pedían perdón.
-Perdón.
Dijo el otro. Pero él no había protestado en voz alta. Ahora pica el sol: sudan. Después -ahora están pensándolo, pensó- la van a llevar frente al hospital y la van a armar (oficio para militares retirados, se hacen casillas y se colocan a domicilio). Después mi cara será una especie de naturaleza muerta con marco lustrado, y todos, hasta los enfermos, podrán verme.
-Fontanares -dijo la voz seca.
Tendió la mano hacia el lugar exacto. El hombre dijo no, ésos son Particulares. Búsquelos, pensó, pero no lo dijo y siguió arrastrando la mano lentamente mientras trataba de ubicar el lugar, con la memoria. Mientras imaginaba, también, los ojos del tipo clavados en el paquete de Fontanares, después en sus manos, ahora en sus ojos. Es una payasada, pensó: sírvaselos por favor. Lentamente contó el dinero: un papel grande, de diez pesos. Otro igual. Abrió la caja y buscó dos monedas pesadas: dos de vuelto, señor. Pero no se lo dijo a nadie, se lo gritó a los pasos que se alejaban por la vereda del hospital, que ahora -tal vez- subían la escalinata.
-Va a quedar linda, falta armarla, después…
Quiso escuchar y el sol seguía picando: todavía sudan, pensó. Dijo algo: galones, chaquetillas. Le respondieron que no, que estaban trabajando en camisa, algunos en camiseta. Esto a lo mejor no lo dijeron pero él lo inventó: brigadieres. Ofiches, apenas, como dicen en Palomar, como nos llamábamos entre nosotros, en el Casino. Porque los brigadieres no pueden andar en camiseta y usar un martillo, dijo casi en voz alta, pero la voz del martillo sobre la madera (sobre contra mi cara, de golpe sintió los golpes) le tapó la voz. Alguien empezó a hablar de brigadieres. Era Lucho: dijo que aquél no porque era un atorrante, el que hace falta. Mantener el prestigio, como lo mantuviste vos, te acordás, viejo.
Y quizá le estuvieran hablando a él.
Pero nunca supo del todo cómo era la cosa. A veces pensaba que se reían, que lo tomaban en broma, que los diarios no dijeron nada, nunca. Igual que la radio, que no lo había dicho más que una vez, en un informativo. O habían transmitido la ceremonia aquella: no sé. Pero si hasta la televisión, pensó, no hace mucho: los ojos me ardían contra los párpados y sentí calor en la cara. Era el foco. Además, oí el ruido del estudio, los pasos. Alguien dijo un discurso y después no pude hablar porque estaba emocionado. No puede ser un engaño.
-Papá -había dicho antes Cristina-. Papá, suerte.
Era chica y no entendía pero igual le deseaba suerte: por entre los ojos azules, por entre la maraña rubia que le desordenaba la cara en mechones. Fue fácil pensar en ella hasta que la ciudad estuvo abajo, oblicua y de alguna manera sobre él, gravitando peligrosamente mientras el avión apuntaba hacia abajo y él pensaba cabellos-rubios-papá-suerte. Suerte, les dijo como les había dicho antes. Pero él ahora iba con ellos en el camión. Antes no. Aquella vez, simplemente, los había sentido doblar los papeles, atravesar el jardín, abrir la puerta, subir al coche que tenía el mismo ruido del camión al que están subiendo. Pero ahora llevan grandes tablas armadas y aquella vez eran dibujos que al principio eran grotescos pero que ella, Cristina, había pasado en limpio.
-En el rincón de abajo, a la izquierda, qué dice, papá.
Se lo dijo. Aunque ella era más grande ahora: entendía.
-Son letras. A, be, ce, efe. Quieren decir…
-No importa, papá, no me digas, ya las puse.
Después los llamó y vinieron a juzgar su invento: perfeccionar las ametralladoras de los aviones Mentor T34 para seguir manteniendo el prestigio, pensó ahora, mientras estaba subiendo al camión, es decir cuando definitivamente el prestigio había terminado por gastarse, como un traje muy usado. Ellos aprobaron a coro en la habitación silenciosa, como gallinas contentas de tener un gallo inútil (pero, de alguna manera, prodigio) que de pronto se despertaba y era capaz de seguir cacareando.

En el amanecer la ciudad estaba más cerca, más baja. La primera pasada, como para que se fueran despertando. Después pensó: Cristina buena suerte papá ella no entiende. No sabe que es cuestión de habilidad, no de suerte. Estaba cerca: la casa rosada -lo vio así; de un ramalazo, simplemente- en el borde del río. Caseríoplazalibertad, pensó. Era como acordarse, convencionalmente, del veinticinco de mayo: pero muy convencionalmente: como un capricho. También se acordó de muchas cosas: del casino de oficiales y de las conversaciones acerca de la vieja idea (la misma idea que ellos se llevaron después, en el papel, para ponerla en práctica, desarrollada en los dibujos que Cristina había pasado en limpio), porque él ya había pensado que podía pasar eso, que las ametralladoras no eran perfectas. Y sentía miedo, extraño, profundo: siempre ese miedo que había que tapar con habilidad, con meticulosidad, pensaba.
El motor, de pronto; se detuvo. Crecieron las voces y una mano le tocó el hombro. Era Lucho, oficial, al sol -imaginó-, en camiseta. Le había dicho él mismo, Lucho: que todo marchaba bien, que las ametralladoras eran segurísimas desde que le aplicaran esa innovación que él había continuado rumiando lentamente -después de lo de la plaza- en la constante oscuridad a la que apenas llegaba, durante ese tiempo, la voz de Cristina. Ella era más grande, eso la ayudaba a entender, aunque -intentó recordar si ella lo había dicho o él había imaginado que ella lo pensaba- hubiera preferido no entender. Lo ayudaba, le preguntaba qué letra estaba en tal lugar, entre tal vértice, hasta que encontró los diarios, creía, con las fotos y los textos donde se contaba la hazaña y la desgracia, y empezó (Cristina) a alejarse un poco. Y terminó por hablarle nada más que lo necesario, después, cuando vio una foto -alguien le contó que ella la había mirado sin decir nada, durante un rato- que él no había querido mostrar nunca, hasta que tuvo que sacar ésa donde el brigadier (brigadieres en camiseta y con el martillo en la mano, ni los brigadieres retirados, pensó: sólo para ofiches), el brigadier me entregaba la medalla.
Lucho dijo que ya estaban frente al hospital. La vas a pasar piola, dijo. O fue otro: pero la estaban armando. Los golpes subían en la vereda, seguramente entre los tipos curiosos que se habrán parado a mirar, iban hasta él (hasta mí contra mi cara los golpes rebotan y se extienden y de pronto tienen forma precisa): pero son martillos y seguro que la casilla ya está casi en alto. Todo es rápido. La prepararon en casa y ahora es fácil armarla. Me ayudan. Silenciosamente me ayudan pero tal vez es un engaño. Tal vez todos están, siempre estuvieron riendo. El marco lustrado y yo adentro, como en una caja, como una fruta seca en un cuadro.
Eran las doce. Había sobrevolado toda la mañana. Abajo ya había hormigueo: la ciudad estaba totalmente despierta y de pronto se olvidó Cristina-ella-no-entiende, pensó en el avión, en la ametralladora. Sintió, como si él tuviera fondo y en ese lugar oscuro estuviera el miedo, esperando, una certeza. Suerte pa. Cortó. Es cuestión de habilidad, se dijo. Apretó el bastón de mando, lo volcó hacia adelante y el avión arrancó furiosamente hacia abajo, antes de que llegara la voz que decía avión-eco-sesenta y cuatro-baje-sobre-la-plaza. Sobre la plaza la gente empezó a moverse y alzaron los rostros mientras una sombra -la mía pensó ahora, había pensado también aquella vez-, una cruz deslizante caía sobre ellos. Pasó la primera vez sin disparar: algo, el miedo-certeza, repentino, se lo impedía. Entonces fue el principio de lo magistral: fue hacia el río, la punta del avión se elevó, tapó el agua; tapó el horizonte, tapó el cielo y volvió hacia la ciudad, cabeza abajo; como para tapar o hacer caer el miedo del pozo. Se mantuvo unos metros así, en caída y con la plaza casi encima: hizo el movimiento en tirabuzón, quedó horizontal, normalmente cubriendo la plaza donde la gente se agrupaba; y él estaba pensando que se divertía, como en una función de acrobacia.
Continuaban las voces. Se preguntó nuevamente si estarían en camiseta e imaginó una armada nacional de verano: los oficiales sudorosos, con los galones bordados en liviano hilo de nylon a la camiseta, o pintados en los hombros. Lucho le hablaba: como aquella vez decía que todo estaba listo.

-La vas a pasar bien. Imagínate, además de la pensión, que no alcanza, claro, esto…
Y esto, antes había sido el resultado del invento: las ametralladoras con la innovación. Es decir la cuota que, además de la pensión, te va a pasar la aeronáutica. Y esto, ahora, era la casilla, frente al hospital, los paquetes de cigarrillos en fila. Había tratado de imaginarlos: en una caja, al costado, en fila y con una señal que los identifica. Salvo cuando ponía las cosas mal y cambiaba Particulares por Fontanares. Mejor dicho; no él sino los repartidores, cuando él les indicaba: pónganlos ahí, después de oír el nombre. Y el ruido, a veces, de lejos, lo golpeaba: Y nuevamente estaba dentro del ruido, mientras la inmensa cruz negra se acercaba, abajo, después del tirabuzón y él pensaba en las balas que deberían estar saltando. Y le volvían a dar la orden:
-Fontanares.
Y disparaba Particulares. Alguna vez, pensó, incluso, en un engaño total; no hay paquetes; los repartidores y los clientes son los mismos, ellos y sus subordinados: cambian las voces, vienen, tiran los veinte pesos, dos de vuelto señor pero se lo dijo a los pasos que se alejaban por la vereda, que ahora quizá están subiendo por la escalera del hospital y el ruido de los pasos crecía golpeando contra mi cara, brutalmente, como aquella vez, sobre la plaza, cuando la negra cruz terminó de arrastrarse y él apretó el gatillo, decididamente, sobre la multitud que se amontonaba rodeando la Pirámide de Mayo, ensuciándola con sus gritos, haciéndole ver de qué modo era necesario que él salvara el prestigio, limpiando la patria de carroñas como todos esos tipos, ése de overol, por ejemplo, que acababa de pasar hacia atrás, allá abajo, con una mueca desesperada, apretándose el pecho con las manos, seguramente cayendo mientras él seguía aferrado a la ametralladora, manejando los comandos con una fría sed de justicia que lo hace dar otra vez, reducir la velocidad, virar un poco y perseguir por Avenida de Mayo, como un pájaro de paseo, a ese grupo de gente aterrorizada, a esos gallinas que huyen inútilmente porque ahí está él, apuntándoles desde arriba, haciéndolos, despatarrarse con un gesto inconcluso, cómico, de todo el cuerpo, mientras seguramente maldicen pero ya no tienen ganas de protestar contra nadie, de defender ningún régimen, y caen, mientras él aprieta el gatillo y entonces la ametralladora falló y las esquirlas del instrumento roto saltaron hacia atrás, brutalmente, y él no obstante pudo dominar el avión, bajar en Punta Indio o en el Uruguay, no me acuerdo, moviendo los mandos automáticamente, mientras todo se iba poniendo cada vez más oscuro y él seguía pensando, descubría en ese instante que le iban a dar la medalla, que iba a salir en los diarios, en la foto que vio (que él no hubiese querido que viera) Cristina, sacada desde un edificio alto, heroicamente, mientras él todavía estaba sobre la plaza y el cuerpo único de la gente se desgarraba, allá abajo.

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