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La Céfira

Te invito a conocer la lluvia, me dijo cuando salía de la casa de Fábulo. Estaba apoyada en una columna de la galería, media Céfira seca bajo el alero, la otra mitad empapada de llovizna.

Se llama lluvia, dijo abriendo un paraguas, mostrándome las borrosidades espumosas en las que Minas Altas se desdibujaba.

(…)

Al abrir el paraguas, lo hizo como abriendo una puerta, creando un espacio, una diferencia que me permitía entrar en la lluvia, que ya no era el agua que caía sino la proximidad de su cuerpo. Apropiada del hecho, era ella la que llovía.

La cercanía generada por el pequeño círculo negro del paraguas contenía el momento enque la vi por primera vez junto a su girasol como una enorme burbuja, y la distancia establecida por los espejos. El hecho de contenerlos, los anulaba; y era solamente la proximidad de su cuerpo lo que permanecía.

Usaba su paraguas sólo para captar los ruidos de la lluvia; porque lo que buscaba era mojarse, y con la ropa pegada a su piel revelarnos, a la lluvia y a mí, las formas acumuladas por su cuerpo en veinte años de crecimiento y soledad. Con el calor que se le desprendía ante las gotas finísimas, iba como encendida.

Se acurrucó protegiéndose del agua y al mismo tiempo desprendiéndose del girasol donde la tenía fija en mi memoria, y volví a sentirla estar en mí como el fuego en su color. Soy la Céfira, dijo aquel día, de la misma manera que ahora decía que aquello que caía se llamaba lluvia, mejor dicho iuvia, según su manera montañesa de llamarla.

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