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Las nubes que llegaron del sur hace tres días, tan bajas que seguramente cubrieron el Peñón de los astrónomos, empezaron a subir anoche. Esta mañana el refugio de los arrieros había desaparecido bajo los cascarones hinchados de vapor imitando escarabajos tornasolados. Aligeradas por la delgadez del aire, en menos de una hora han llegado a este Mirador, para detenerse en las líneas que en mis mapas imaginarios es el techo de los cóndores. Puedo ver al mismo tiempo sus colores, en la luz de sus lomos hirvientes, y la negrura de sus entrañas cargadas de agua. La falda del cerro donde recibo las palabras de amor de la Céfira es ya invisible para mí. Ha vibrado un rayo como salido de un gigantesco espejo. Ahora mismo está llegando el trueno torpe, demorado por los peñascos. Millares de varillas d agua se desprenden con ritmos alternantes. Unos minutos más, y estará lloviendo en Minas Altas, donde está el cuerpo de la Céfira.

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