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Mauricio Rosencof

Homero imagina un acto de crueldad. Y lo fue. No le bastó a Aquiles con matar y arrastrar el cadáver de Héctor ante las murallas de Troya, donde sus padres, desconsolados,  lloraban por el ilustre guerrero, hijo de sus entrañas.

Pero la furia de Aquiles, que también provocó la muerte de su amigo Patroclo, tuvo un tiempo, un límite. Digamos que un límite ético, porque, finalmente, el cuerpo de Héctor fue devuelto a sus padres, para sus honras fúnebres y el último adiós.

No concebía Homero que Aquiles, su Aquiles, pudiera llevar más lejos la crueldad. Por ejemplo, ocultar para siempre el cadáver de Héctor, tirarlo de un avión, esas cosas, para que Príamo y Hécuba padecieran sin tiempo en busca de los restos de su hijo. No. No lo pudo imaginar, porque los guerreros también tienen moral, ética y esa cuota de humanidad que, quien más, quien menos, todos tenemos.

Así que, ¡por qué carajo no estoy con mi vieja!

Uno no sueña con epopeyas y final feliz hasta por ahí nomás. Nada de “… y las mujeres lloraban, y los poetas iban cantando, hasta que entraron en la casa y lo pusieron en la cama de dormir. Y vino Andrómaca, su mujer, y le habló, y lo llamó hermoso y bueno. Después Helena le habló, y lo llamó cortés y amable. Y todo el pueblo lloraba cuando Príamo se acercó a su hijo, con las manos al cielo, temblándole la barba…”.

No. Nada. Nada de eso. Que mi mamá me tenga para ser. Para ser algo, que es cuanto me queda por ser. Que deposite lo que me pertenece, que está en su camilla, con otros y otras camillas de chapa, donde enfrían las cervezas. Que le oiga decir:

—Hijo, hijo mío.

Y mis huesos le murmuren, crujiendo:

—Mamá.

Y es cuanto me falta por ser. Amén.

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