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HÉCTOR TIZÓN

“José María Arguedas, el gran escritor andino y uno de mis maestros adoptivos, decía que hombres como mis paisanos, sintiéndose extraños ante el castellano heredado se ven en la necesidad de tomarlo como un elemento primario al que deben modificar, quitar y poner, hasta convertirlo en un instrumento propio y que esta posibilidad, ya realizada más de una vez en la literatura, es una prueba de la ilimitada virtud del castellano y de las lenguas altamente evolucionadas.

Tal vez mi primera perplejidad como aprendiz de escritor fuese la lengua, o el habla, ya que por mis lecturas, era la de los clásicos, y por mi entorno, la de los hombres de aquella América interior, profunda, mestiza y no acabada de casar: el habla de los servidores de mi casa, de mis vecinos aborígenes y, sobre todo, de mis niñeras.

Mis primeros maestros, los que me enseñaron lo esencial de la vida y del mundo fueron analfabetos, y yo mismo no concurrí a una escuela ni aprendí a leer sino a los nueve años, pero sus enseñanzas fueron inolvidables para mí, cuando, después, las contrasté con la sabiduría que el mundo de la lógica y de la enciclopedia había acumulado, no las hallé menoscabadas ni primitivas, ni ingenuas. A aquel conocimiento supuestamente pre-lógico o pre-ilustrado, lo volví a encontrar en su esencia, en Spinoza, Schopenhauer, en los poetas de Lao-Tse y en las parábolas de Jesús. Mi educación primordial, la que guió mis pasos desde el comienzo, estuvo signada por los rituales y los mitos: cuando quería ir a nadar al río y de pronto el cielo se nublaba amenazando atormentarse, hacíamos una cruz de ceniza sobre la tierra para conjurar el mal tiempo y hacer que el sol renaciera. Enterrar el pedazo de pan que ya no queríamos comer y no tirarlo a la basura porque era la cara de Dios. Observar y escuchar que la mazamorra o la leche para hacer dulce no debían removerse con la cuchara de madera en las grandes tinajas o pailas, en sentido contrario a las agujas del reloj, porque si no se cortaba o malograba y que luego descubriera que esto tenía que ver con el sentido de la marcha del sol sobre la tierra, y que después comprobara, por ejemplo, que los ingleses hacen girar el oporto después de la cena en el mismo sentido. O que observara de niño cuando, antes de habitar una casa recién construida, se recorrían sus cuatro rincones mojándolos con un hisopo o derramándose sobre ellos un chorro de vino, y luego descubriera que esto no es otra cosa que asegurar la posesión de cada uno de las cuatro partes del mundo a fin de dominar o hacerse dueño del todo.

Toda mi vida práctica estuvo orientada por esos rituales míticos, que no serían fantasías espléndidas pero que eran y son reales, tal vez incomprensibles para los demás, o que los demás desechan como meros pintoresquismos sin sentido o extravagancias folklóricas o prosaicas, es decir, no prestigiadas por patrones greco-latinos ni literariamente embellecidos.”

HÉCTOR TIZÓN – Reflexiones y experiencias: Sucinta historia de mis libros

CONFERENCIA DICHA EN LA UNIVERSIDAD DE IOWA USA, 1984

Tierras de frontera – Coedición de la Secretaría de Estado de Cultura de la Prov. De Jujuy y la Universidad Nacional de Jujuy

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