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Haroldo Conti

El señor Tesero, que viste de formal, vale decir traje completo, canotier, moñito a lunares y botines con polainas de paño de lana (investidura que todavía desconcierta a Oreste), va con luz blanca y las situaciones con cada animal viradas a un color distinto. La música, que en este caso expide el Nuño, se ajusta en lo posible al clima de los diversos episodios, apelando en algunos pasajes a vibradores, caja y cuerno, instrumentos de tosca hechura recogidos durante el viaje y que producen ese extraño sonido de la tierra que a Oreste lo turba y lo transporta a la vez, lo despoja del señor Tesero y lo extravía en un mundo compartido por animales, vegetales, minerales y demonios en una interminable combinación.Cuando llega la parte del cisne, Oreste se arrodilla, se curva, y empleando un brazo por cuello y pico navega sobre la plataforma rodante como un cisne casi de verdad. Después levanta vuelo. No de una vez, como se expresa, sino tras un elaborado intento, remontando y cayendo hasta que pega un salto, se oscurece de golpe el picadero y Perinola hace girar frente a la linterna otro disco con la silueta de un cisne en distintas posiciones de vuelo sobre cada vidrio que se proyecta contra lo alto del pabellón, un cisne transparente y ubicuo que sobrevuela las cabezas mientras el Nuño palmotea suavemente el parche de la caja simulando el golpe de las alas.La gente se encueva en las sombras de la platea entre empavorecida y embelesada, resistiéndose primero y dejándose arrastrar después por aquel vagaroso encanto.Las luces se encienden, el vuelo concluye, Oreste y el cisne han desaparecido. El maestro Cernuda permanece inmóvil, con los ojos en las alturas, alma volante él también, elevándose en grandes giros sobre Tapado que, en tanto asciende, se sumerge en una neblina azulada. Dos lágrimas lagañosas surcan las arrugadas mejillas de Farseto, que no se resigna a abrir los ojos.-Y ahora, señoras y señores, como culminación de esta extraordinaria velada que esperamos haya sido de su agrado…Aplausos que introduce Carpoforo por detrás de la carpa.-¡Gracias!, ¡gracias! ¡Muy amables!… Como culminación de esta portentosa velada, digo, la espectacular presentación del león africano ¡BUDINETTO!…Colosal rugido detrás de las lonas, provocado por una repentina atracción de la cola del pobre Budi que ejerce Carpoforo. Consecuente tumulto en la platea.-¡Calma, señoras y señores! Manténganse en sus lugares sin temor alguno, por cuanto el león Budinetto será presentado al natural por el famoso cazador y domador… ¡el CAPITÁN VON BECK!…Rugido, aplausos y algunos gritos. Cornetazo, tres golpes de bombo.Se oyen unas voces de mando, un látigo que restalla y apartándose de golpe la cortina entra el león Budinetto, que mira a todos con cara de aburrido. El público de Tapado, que no está familiarizado con esta clase de bestias y menos promoviéndose per se en su forma carnal y exacta, ve tan sólo a un león, sin las añadiduras de viejo y aburrido, de modo tal que cuando abre la boca para bostezar la mitad de la platea recula hacia la salida. El maestro Cernuda, por razones de prestigio, se aguanta donde está, mientras Farseto, que no tiene más que el pellejo, y éste es demasiado correoso para Budinetto, se encarama nuevamente sobre el banco en un arrebato de loca temeridad. La oportuna introducción del capitán Von Beck, casi tan feroz como Budinetto, con aquel traje a la bárbara de piel de leopardo, seguramente arrancada con sus propias manos, el par de muñequeras, el bigote tártaro, algunos rastros de tintura de yodo y un látigo que revolea por arriba de su cabeza, calma a la gente. Von Beck sacude la tralla, pega un grito. Budinetto trota con majestuosa indiferencia recorriendo todo el redondel. Luego se desploma. El terrible Capitán chasquea entonces dos veces y Budinetto, que ya cerraba los ojos, se levanta con aire resignado y comienza a rugir como si tuviera por delante una partitura. Es eso más o menos. Pero el capitán Von Beck enfrenta valerosamente al sanguinario animal y sacudiendo siempre la tralla con doble golpe lo hace retroceder poco a poco hasta que aquella desalmada fiera se echa al suelo y reprimiendo su salvaje idiosincrasia lame un pie del vencedor. El público aplaude largamente, con alivio. Von Beck agradece recorriendo el picadero con los brazos en alto. Al pasar al lado de Budinetto, y cuando éste ya se dispone a echar un sueño, lo patea con disimulo.¡Ah!, pero, ¿qué ocurre? La traicionera fiera resurge, con un carrasposo rugido embiste por la espalda al valeroso y desprevenido Capitán. El público se sobresalta de nuevo. Uno grita ¡Cuidado!, otro ¡Padrecito Señor!, alguien ¡Rajemos!… Pero Von Beck, siempre soberbio, arroja el látigo al suelo y abriendo los brazos y flexionando las piernas en posición de combate, tras desplazarse hacia un lado y otro sin desclavar los ojos del adversario, se echa sobre él con un tremendo alarido, presumiblemente tártaro. Cornetazo. Hombre y fiera o fiera y fiera ruedan por el suelo en mortal apretón. Si se observa mejor, Budinetto relame cariñosamente al Nuño, el cual, con gritos y crispados ademanes, trata de disimular tales pormenores. De cualquier forma, escapan a la despavorida mirada de los espectadores. En lo enroscado de la lucha, mientras éstos gritan, aplauden, se revuelven, Von Beck se rocía el cuerpo con un pomo de tintura roja. Todo de pertinente ferocidad. Por fin el imbatible tártaro germano, recubierto de sangre, levanta en vilo al artero animal y lo despeña contra el suelo. Budinetto se duerme en el acto. Von Beck, jadeante pero victorioso, coloca un pie sobre él. Corneta, bombo, enloquecidos aplausos, atronaciones. Farseto, otra vez sobre el banco y sin voz, tiembla entero.Pero esto no es todo. No. El hombre debe corroborar su total y absoluto dominio sobre la espantosa bestia. Por lo tanto, de un certero puntapié y sacudiendo el látigo de a tres golpes la obliga a saltar a través de un aro recubierto de estopa que desciende desde lo alto del pabellón y al cual Perinola le pega fuego con una antorcha. Nuevos transportes, redoblados delirios. Budinetto salta y salta como un autómata con la idea fija de que dentro de un rato estará roncando en su jaula. Von Beck pega otro grito, y con el último envión Budinetto traspasa el aro en dirección a la cortina. El Capitán se retira cubierto de sangre y de gloria. Mientras prosiguen las aclamaciones el Príncipe reaparece sobre la plataforma, agradeciendo con pausadas reverencias, muy diocesano. Cuando llega al picadero y la luz de la linterna recae sobre él, levanta las manos. Corneta. -Damas y caballeros -pronuncia despacio con ligera congoja-, ¡la función ha terminado!… Carpoforo empuja una ovación.-¡Gracias! ¡Mil gracias!… Realmente ha sido una célebre satisfacción, tanto para mí como para toda la compañía, en cuyo nombre me expido, ejercer nuestras artes en noche tan inolvidable. No sé si habrá sido de vuestra entera satisfacción…Otra ovación. -No sé, digo, si habrá sido de vuestra entera satisfacción nuestro modesto entretenimiento, pues reconozco que resulta de una gran responsabilidad afrontar a público tan exigente. De todas maneras, trataremos de mejorar nuestra actuación en las dos próximas funciones, una de terrible espectáculo, pues volverán a enfrentarse en revancha los campeones Carpoforo y Alí Mahmud, y otra en la cual el vencedor enfrentará a su vez a cualquier desafiante, mediante apuesta formal y ante tribunal juramentado, ajustándose el encuentro al reglamento que se fijará en lugar expuesto, revistiéndose dichos ambos programas con nuevos y renovados números de caprichosa invención. Las entradas, como siempre, a precios populares. Se rifará además un objeto de alto valor artístico entre los concurrentes, para lo cual les ruego conserven en su poder los billetes de todas las funciones a las que asistan, el que será entregado al ganador por la dama de la compañía, madame Sonia, quien por lo demás seguirá atendiendo en su oratorio a las personas que deseen entrever su futuro, conjurar males diversos y, en general, promover cualquier magismo… Sin otro particular y renovando mis expresiones de gratitud, me es grato saludar a ustedes con las muestras de mi mayor afecto y mi consideración más distinguida. Carpoforo, aplausos.Y al tiempo que el Príncipe se retrae con los mismos gestos y ademanes de la introducción, irrumpe, al compás de la Marcha de desfile nro. 1, de Mölendorf, toda la compañía, con la excepción de Alí Mahmud, que se repone de los golpes recibidos. Entre vítores y aplausos dan tres vueltas al picadero: Califa que cabecea en dos patitas; Sonia, bailable; el capitán Von Beck arrastrando con una cadena a Budinetto, que ha sido arrancado nuevamente de su sueño; Perinola, que salta y se retuerce; Carpoforo, portando una pesa; Oreste, en atuendo de Príncipe, que agita la pulsera de caracoles, y, cerrando la marcha, Boc Tor, montado en el soberbio caballo Asir. El Príncipe, que de un tiempo a esta parte se retrae, anda circulando en lo sombreado, actúa cuando decae el brillo, comanda las luces de la linterna. La compañía traspone la cortina. El público sigue aplaudiendo al picadero vacío.

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