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Juan José Saer

El cuerpo manda avisos que dicen: «no se olviden, allá arriba». Palpita apagadamente. La muerte, salida elegante de tanta precariedad indecisa, viene  viniendo desde el principio por un camino propio, hasta que llega, por decir así, a flor de piel. Subía contra todo obstáculo o interrupción.

El problema, continuaba diciéndose Barco, no consiste en tratar de no morir, sino en conservar un cierto equilibrio entre lo de abajo y lo de arriba, el azar y sus contrarios. El cuerpo es el azar. Sus contrarios varían históricamente —por no decir, en realidad, ideológicamente.

No, hoy no tengo fuerzas, la verdad; ninguna fuerza. Ni siquiera esa fuerza alimenticia que llamamos fuerza de seducción. La inapetencia es el mal moral, se pretende, en este siglo de glotones. ¿Ven lo que quiero decir cuando digo que los contrarios del azar varían históricamente? Enfermedad, fatiga, desgano: ustedes prueban, sabiamente, la pertinencia del azar contra la dictadura del hambre irrazonable.

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