alberto_Szpunberg

Vuelven, se van pero vuelven, caen al mar pero se elevan por los cielos, son nuestra sombra, y se expanden de noche pero, al
mediodía, se agazapan bajo nuestros pies y, cuanto más los
pisoteamos, más se aferran a nuestro desprecio y por la noche
vuelven:
a qué, me pregunto, si el cielo, desencajado, se detiene en esos ojos
que, abiertos para siempre, lo contemplan desde abajo:
ni él ni nadie entiende qué son esos cuencos vacíos, abandonados
por la marea en la playa con todo un gesto de puntual
desmesura,
extrañas caracolas orladas de espumas y arenas y algas y rumores
en las que anida el rocío y crece la niebla y se cuela la lluvia
pero donde, vaya a saber por qué, nunca se detienen a beber
los cormoranes:
espanta que no cese el murmullo de chillidos salobres y grazni-
dos caídos de un vuelo salvaje y gritos ahogados y llantos de
madre, que nunca, allá lejos, “¿lejos de dónde?”, terminan de
saciar la sed.

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