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juan carlos onetti

Montevideo, 5 de enero de 1970

Queridas Alicia y Sara:

En algún papel leí, hace años, que el infierno estaba minuciosamente conformado por los ojos ocupados en mirarnos. La frase, entonces, no era de Borges ni de Sábato ni de Sartre ni mía.

Nunca pensé que las palabras equivalentes al recuerdo mencionado tuvieran importancia filosófica. Tuvieran importancia. Pero, respetando las leyes del juego que privaban en el tiempo de aquella lectura, se trataba de una linda tentación y por eso la recuerdo y empleo.

También yo, cuando el sol enrojece y se hunde, sobre todo en la mala estación, creo oír de los muertos las frases familiares. Pero ahora, en esta circunstancia pasajera, el infierno es el ojo de la cámara y el regocijo cruel, juvenil, de X. y Z.

Mi imagen y yo, y qué tengo que ver con las cuatro imágenes, trampeadas o tramposas que ustedes me muestran como excitante acuerdo para segregar cuarenta líneas.

Escribo de trampas y acaso mienta. Ustedes prefirieron una forma del arte más rotunda, inmóvil e indiscutible que la mía. Una trampa probable: ustedes pueden comentar mis libros, yo no puedo comentar sus fotos. Otra: Me amputaron la frente con guillotina y estoy condenado a ignorar si lo hicieron por razones artísticas que actúan en un menester cuyas leyes desconozco; si lo hicieron piadosamente para disimular mi presunta calvicie; o también si la supresión craneana les fue impuesta por la censura con el propósito de que todas las personas sean iguales, o confundibles ante Dios, las leyes, La Constitución y el Estatuto. Tal vez algún día quieran aclarar mis dudas. Entretanto, prosigo.

Mi imagen y yo, no lo olvido, es el título de la composición y debo escribir para figurar en la selección de cabezas o jetas tan inmortales como latinoamericanas que ustedes quieren reunir en libro para éxtasis o desencanto de lectores. Allá ustedes.

En cuanto a mí, hace muchos años que aprendí el arte de afeitarme al tacto, para evitar la opinión del espejo, para acudir al trabajo sin el peso de otra depresión.

Es que mi imagen –ustedes me lo muestran- avanza, desde hace tiempo, separada de mi.

Mientras yo permanezco adolescente, calmo, interesado en lo que importa, bondadoso, humilde por indiferencia y por la asombrosa seguridad de que no hay respuestas, ella, mi cara, ha envejecido, se ha puesto amarga y tal vez esté contando o invente historias que no son mías sino de ella.

Claro está que no reniego de mi cara; y los lazos sanguíneos y legales que nos unen me obligan siempre a salir en su defensa, con justicia o no.

Es lástima que los números jeroglifiqueados con lápiz al dorso de las cinco fotos impidan identificarlas con certeza. Podría escribir una leyenda para cada una, en un intento de salvar la cara, o por lo menos las caras.

Hay veinte fotografiados restantes y Dios quiso que los conozca personalmente a todos. ¿ Qué les dirán, con qué cuarenta líneas filosóficas y errantes tratarán de zafarse algunos de ellos? (¿Y por qué el porcentaje femenino es tan reducido y familiar?)

Perdido entre veintiuno, tal vez me salve. Muchos conservan firmezas de calaveras notables y bien construidas; otros tienen treinta años menos. En última instancia – y ya que ustedes iniciaron la broma de los “monstruos”- ¿cómo harían ustedes para pasear un monstuo por la calle Florida sin que nadie reparara en él?

En lugar de veinte exhiban cien en la segunda edición; muchos quedaremos más contentos y menos temerosos.

Exceptúo aquellos de los incluidos, que esconden, puedo jurarlo, un armario en el desván clausurado de sus casas y dentro del armario un retrato al óleo pintado por Basilio Hallward.

Juan Carlos Onetti

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