Tess Gallagher

Habiendo perdido el futuro con él,

estoy dispuesta a amar a quienes

no me ofrezcan futuro – la forma

que tiene el corazón de extraviarse

en el tiempo -. Él me lo dio todo, hasta

el último y jaspeado instante, pero no como un exceso,

sino como si un propósito oculto fuese

una fuente junto al camino

a la que pudiera acercar mis labios y saciarme

de recuerdos. Ahora el amor en una habitación

puede hacer que me pierda con suma facilidad,

como una niña que hubiese de volver deprisa a casa

ya de noche, y tuviera miedo de

encontrarla vacía. O sólo miedo.

Dime otra vez que esto sólo va a durar

lo que dure. Quiero ser

frágil y verdadera, como quien prolonga

el momento con su muerte intacta,

con su corazón, demasiado sabio,

limpio de los desechos que llamamos esperanza.

Sólo entonces podré volver a visitar al último superviviente

y saber, con la alborotada exactitud

de una ventana rota, lo que quería decir,

con todo el tiempo ido,

cuando decía: “Te quiero”.

Y ahora ofréceme de nuevo

lo que pensabas que no era nada.

 

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Si me quedo mucho rato junto al río
en noches de luna,
no creáis que mi atención obedece
a lo meramente estético, aunque
eso salve a la luz del día.
Sólo lo que alguna vez llamamos adoración
tiene los pies lo bastante ligeros como para transportar
a los vivos por esa brecha de fulgor.
Y quién dirá que no he cruzado el puente
por que lo haya utilizado como testigo,
para que el agua siguiera siendo agua
y las incongruencias de la luna cartografiaran
la unión de la que estaba segura.

 

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Dejo de escribir el poema

para doblar la ropa. Sin que importe quién vive

y quién muere, sigo siendo una mujer.

Siempre tengo muchas cosas que hacer.

Pongo juntas las mangas de su camisa.

Nada puede detener nuestra ternura. Volveré

al poema. Volveré a ser

una mujer. Pero por ahora

hay una camisa, una gigantesca

camisa en mis manos, y en alguna parte

una niña pequeña de pie junto a su madre

observando para aprender cómo se hace.

 

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A la manera de los chinos

 

Al romper el día un viento norte ha desprendido

la nieve de las ramas del abeto. Ningún disfraz

dura mucho. ¿Creíste que no había viento

bajo tierra? Mi caballo tártaro prefiere

el viento norte. ¿Creíste que un poco

de tiempo y muerte me detendrían?

¿Acaso no me elegiste por la postura terca

de la cabeza, por mis ojos verdes que desanimaban

a charlatanes y vendedores que llamaban a la

puerta?

Dejé marcado un sendero, un círculo ahuevado

alrededor de tu tumba para mantener el calor

mientras te hablo. Soy la única

en el cementerio. Elegiste bien. Nadie

es tan terca como yo, y mi caballo tártaro

prefiere el viento norte.

 

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