Alfonsina Storni | Tú me quieres blanca

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escarchita

Tú me quieres alba,
me quieres de espumas,
me quieres de nácar.
Que sea azucena
Sobre todas, casta.
De perfume tenue.
Corola cerrada.

Ni un rayo de luna
filtrado me haya.
Ni una margarita
se diga mi hermana.
Tú me quieres nívea,
tú me quieres blanca,
tú me quieres alba.

Tú que hubiste todas
las copas a mano,
de frutos y mieles
los labios morados.
Tú que en el banquete
cubierto de pámpanos
dejaste las carnes
festejando a Baco.
Tú que en los jardines
negros del Engaño
vestido de rojo
corriste al Estrago.

Tú que el esqueleto
conservas intacto
no sé todavía
por cuáles milagros,
me pretendes blanca
(Dios te lo perdone),
me pretendes casta
(Dios te lo perdone),
¡me pretendes alba!

Huye hacia los bosques,
vete a la montaña;
límpiate la boca;
vive en las cabañas;
toca con las manos
la tierra mojada;
alimenta el cuerpo
con raíz amarga;
bebe de las rocas;
duerme sobre escarcha;
renueva tejidos
con salitre y agua:

Habla con los pájaros
y lévate al alba.
Y cuando las carnes
te sean tornadas,
y cuando hayas puesto
en ellas el alma
que por las alcobas
se quedó enredada,
entonces, buen hombre,
preténdeme blanca,
preténdeme nívea,
preténdeme casta.

 

¿Qué diría?

¿Qué diría la gente, recortada y vacía,
Si en un día fortuito, por ultrafantasía,
Me tiñera el cabello de plateado y violeta,
Usara peplo griego, cambiara la peineta
Por cintillo de flores: miosotis o jazmines,
Cantara por las calles al compás de violines,
O dijera mis versos recorriendo las plazas,
Libertado mi gusto de vulgares mordazas?

¿Irían a mirarme cubriendo las aceras?
¿Me quemarían como quemaron hechiceras?
¿Campanas tocarían para llamar a misa?

En verdad que pensarlo me da un poco de risa.

 

La loba

Yo soy como la loba.
Quebré con el rebaño
Y me fui a la montaña
Fatigada del llano.

Yo tengo un hijo fruto del amor, de amor sin ley,
Que no pude ser como las otras, casta de buey
Con yugo al cuello; ¡libre se eleve mi cabeza!
Yo quiero con mis manos apartar la maleza.

Mirad cómo se ríen y cómo me señalan
Porque lo digo así: (Las ovejitas balan
Porque ven que una loba ha entrado en el corral
Y saben que las lobas vienen del matorral).

¡Pobrecitas y mansas ovejas del rebaño!
No temáis a la loba, ella no os hará daño.
Pero tampoco riáis, que sus dientes son finos
¡Y en el bosque aprendieron sus manejos felinos!

No os robará la loba al pastor, no os inquietéis;
Yo sé que alguien lo dijo y vosotras lo creéis
Pero sin fundamento, que no sabe robar
Esa loba; ¡sus dientes son armas de matar!

Ha entrado en el corral porque sí, porque gusta
De ver cómo al llegar el rebaño se asusta,
Y cómo disimula con risas su temor
Bosquejando en el gesto un extraño escozor…

Id si acaso podéis frente a frente a la loba
Y robadle el cachorro; no vayáis en la boba
Conjunción de un rebaño ni llevéis un pastor…
¡Id solas! ¡Fuerza a fuerza oponed el valor!

Ovejitas, mostradme los dientes. ¡Qué pequeños!
No podréis, pobrecitas, caminar sin los dueños
Por la montaña abrupta, que si el tigre os acecha
No sabréis defenderos, moriréis en la brecha.

Yo soy como la loba. Ando sola y me río
Del rebaño. El sustento me lo gano y es mío
Donde quiera que sea, que yo tengo una mano
Que sabe trabajar y un cerebro que es sano.

La que pueda seguirme que se venga conmigo.
Pero yo estoy de pie, de frente al enemigo,
La vida, y no temo su arrebato fatal
Porque tengo en la mano siempre pronto un puñal.

El hijo y después yo y después… ¡lo que sea!
Aquello que me llame más pronto a la pelea.
A veces la ilusión de un capullo de amor
Que yo sé malograr antes que se haga flor.

Yo soy como la loba,
Quebré con el rebaño
Y me fui a la montaña
Fatigada del llano.

Alfonsina Storni ARCHIVO GENERAL DE LA NACIÓN ARGENTINA

Fotografía del Archivo General de la Nación Argentina

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Poesía quechua | José María Arguedas (traductor)

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poesía quechua

YO CRIO UNA MOSCA

Yo crío una mosca

de alas de oro,

yo crío una mosca

de ojos encendidos.

 

Trae la muerte

en sus ojos de fuego,

trae la muerte

en sus cabellos de oro,

en sus alas hermosas.

 

En una botella verde

yo la crío;

nadie sabe

si bebe,

nadie sabe

si come.

 

Vaga en las noches

como una estrella,

hiere mortalmente

con su resplandor rojo,

con sus ojos de fuego.

 

En sus ojos de fuego

lleva el amor,

fulgura en la noche

su sangre,

el amor que trae en el corazón.

 

Nocturno insecto,

mosca portadora de la muerte,

en una botella verde

yo la crío

amándola tanto.

 

Pero, ¡eso sí!

Nadie sabe

si le doy de beber,

si le doy de comer.

 

DESPEDIDA

 

Hoy es el día de mi partida.

Hoy no me iré, me iré mañana.

Me verán salir tocando una flauta de hueso de mosca,

llevando por bandera una tela de araña;

será mi tambor un huevo de hormiga,

y mi montera, ¡mi montera será un nido de picaflor!

 

PASTORIL

 

Una llama quisiera

que de oro tuviera el pelo

brillante como el sol;

como el amor fuerte,

suave como la nube

que la aurora deshace.

Para hacer un quipus

en el que marcaría

las lunas que pasan,

las flores que mueren.

 

EL FUEGO QUE HE PRENDIDO

 

El fuego que he prendido en la montaña,

el  ischu que encendí en la cumbre,

estrá llameando,

estará ardiendo.

¡Oh, mira si aún llamea la montaña!

Y si hay fuego, ¡anda niña!

Con tus lágrimas puras

apaga el fuego;

llora sobre el incendio

y tórnalo ceniza con tus lágrimas puras.

 

. . . . .

Poemas extraídos de Cantos y narraciones quechuas, traducciones de José María Arguedas, y que fueran recogidos en el libro Poesía quechua (1978, Editorial Galerna) que ilustra esta entrada.-

 

Fotografía de Arguedas:   https://sujetos.uy/2019/01/22/jose-maria-arguedas/

La Sirena | Ray Bradbury

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Faro de Punta Delgada Estrecho de Magallanes

Allá afuera en el agua helada, lejos de la costa, esperábamos todas las noches la llegada de la niebla, y la niebla llegaba, y aceitábamos la maquinaria de bronce, y encendíamos los faros de niebla en lo alto de la torre. Como dos pájaros en el cielo gris, McDunn y yo lanzábamos el rayo de luz, rojo, luego blanco, luego rojo otra vez, que miraba los barcos solitarios. Y si ellos no veían nuestra luz, oían siempre nuestra voz, el grito alto y profundo de la sirena, que temblaba entre jirones de neblina y sobresaltaba y alejaba a las gaviotas como mazos de naipes arrojados al aire, y hacía crecer las olas y las cubría de espuma.

–Es una vida solitaria, pero uno se acostumbra, ¿no es cierto? –preguntó McDunn.

–Sí –dije–. Afortunadamente, es usted un buen conversador.

–Bueno, mañana irás a tierra –agregó McDunn sonriendo– a bailar con las muchachas y tomar ginebra.

–¿En qué piensa usted, McDunn, cuando lo dejo solo?

–En los misterios del mar.

McDunn encendió su pipa. Eran las siete y cuarto de una helada tarde de noviembre. La luz movía su cola en doscientas direcciones, y la sirena zumbaba en la alta garganta del faro. En ciento cincuenta kilómetros de costa no había poblaciones; sólo un camino solitario que atravesaba los campos desiertos hasta el mar, un estrecho de tres kilómetros de frías aguas, y unos pocos barcos.

–Los misterios del mar –dijo McDunn pensativamente–. ¿Pensaste alguna vez que el mar es como un enorme copo de nieve? Se mueve y crece con mil formas y colores, siempre distintos. Es raro. Una noche, hace años, todos los peces del mar salieron ahí a la superficie. Algo los hizo subir y quedarse flotando en las aguas, como temblando y mirando la luz del faro que caía sobre ellos, roja, blanca, roja, blanca, de modo que yo podía verles los ojitos. Me quedé helado. Eran como una gran cola de pavo real, y se quedaron ahí hasta la medianoche. Luego, casi sin ruido, desaparecieron. Un millón de peces desapareció. Imaginé que quizás, de algún modo, vinieron en peregrinación. Raro, pero piensa en qué debe parecerles una torre que se alza veinte metros sobre las aguas, y el dios–luz que sale del faro, y la torre que se anuncia a sí misma con una voz de monstruo. Nunca volvieron aquellos peces, ¿pero no se te ocurre que creyeron ver a Dios?

Me estremecí. Miré las grandes y grises praderas del mar que se extendían hacia ninguna parte, hacia la nada.

–Oh, hay tantas cosas en el mar –McDunn chupó su pipa nerviosamente, parpadeando. Estuvo nervioso durante todo el día y nunca dijo la causa–. A pesar de nuestras máquinas y los llamados submarinos, pasarán diez mil siglos antes de que pisemos realmente las tierras sumergidas, sus fabulosos reinos, y sintamos realmente miedo. Piénsalo, allá abajo es todavía el año 300,000 antes de Cristo. Cuando nos paseábamos con trompetas arrancándonos países y cabezas, ellos vivían ya bajo las aguas, a dieciocho kilómetros de profundidad, helados en un tiempo tan antiguo como la cola de un cometa.

–Sí, es un mundo viejo.

–Ven. Te reservé algo especial.

Subimos con lentitud los ochenta escalones, hablando. Arriba, McDunn apagó las luces del cuarto para que no hubiese reflejos en las paredes de vidrio. El gran ojo de luz zumbaba y giraba con suavidad sobre sus cojinetes aceitados. La sirena llamaba regularmente cada quince segundos.

–Es como la voz de un animal, ¿no es cierto? –McDunn se asintió a sí mismo con un movimiento de cabeza–. Un gigantesco y solitario animal que grita en la noche. Echado aquí, al borde de diez billones de años, y llamando hacia los abismos. Estoy aquí, estoy aquí, estoy aquí. Y los abismos le responden, sí, le responden. Ya llevas aquí tres meses, Johnny, y es hora que lo sepas. En esta época del año –dijo McDunn estudiando la oscuridad y la niebla–, algo viene a visitar el faro.

–¿Los cardúmenes de peces?

–No, otra cosa. No te lo dije antes porque me creerías loco, pero no puedo callar más. Si mi calendario no se equivoca, esta noche es la noche. No diré mucho, lo verás tú mismo. Siéntate aquí. Mañana, si quieres, empaquetas tus cosas y tomas la lancha y sacas el coche desde el galpón del muelle, y escapas hasta algún pueblito del mediterráneo y vives allí sin apagar nunca las luces de noche. No te acusaré. Ha ocurrido en los últimos tres años y sólo esta vez hay alguien conmigo. Espera y mira.

Pasó media hora y sólo murmuramos unas pocas frases. Cuando nos cansamos de esperar, McDunn me explicó algunas de sus ideas sobre la sirena.

–Un día, hace muchos años, vino un hombre y escuchó el sonido del océano en la costa fría y sin sol, y dijo: “Necesitamos una voz que llame sobre las aguas, que advierta a los barcos; haré esa voz. Haré una voz que será como todo el tiempo y toda la niebla; una voz como una cama vacía junto a ti toda la noche, y como una casa vacía cuando abres la puerta, y como otoñales árboles desnudos. Un sonido de pájaros que vuelan hacia el sur, gritando, y un sonido de viento de noviembre y el mar en la costa dura y fría. Haré un sonido tan desolado que alcanzará a todos y al oírlo gemirán las almas, y los hogares parecerán más tibios, y en las distantes ciudades todos pensarán que es bueno estar en casa. Haré un sonido y un aparato y lo llamarán la sirena, y quienes lo oigan conocerán la tristeza de la eternidad y la brevedad de la vida”.

La sirena llamó.

–Imaginé esta historia –dijo McDunn en voz baja– para explicar por qué esta criatura visita el faro todos los años. La sirena la llama, pienso, y ella viene…

–Pero… –interrumpí.

–Chist… –ordenó McDunn–. ¡Allí!

–Señaló los abismos.

–Algo se acercaba al faro, nadando.

Era una noche helada, como ya dije. El frío entraba en el faro, la luz iba y venía, y la sirena llamaba y llamaba entre los hilos de la niebla. Uno no podía ver muy lejos, ni muy claro, pero allí estaba el mar profundo moviéndose alrededor de la tierra nocturna, aplastado y mudo, gris como barro, y aquí estábamos nosotros dos, solos en la torre, y allá, lejos al principio, se elevó una onda, y luego una ola, una burbuja, una raya de espuma. Y en seguida, desde la superficie del mar frío salió una cabeza, una cabeza grande, oscura, de ojos inmensos, y luego un cuello. Y luego… no un cuerpo, sino más cuello, y más. La cabeza se alzó doce metros por encima del agua sobre un delgado y hermoso cuello oscuro. Sólo entonces, como una islita de coral negro y moluscos y cangrejos, surgió el cuerpo desde los abismos. La cola se sacudió sobre las aguas. Me pareció que el monstruo tenía unos veinte o treinta metros de largo.

No sé qué dije entonces, pero algo dije.

–Calma, muchacho, calma –murmuró McDunn.

–¡Es imposible! –exclamé.

–No, Johnny, nosotros somos imposibles. Él es lo que era hace diez millones de años. No ha cambiado. Nosotros y la Tierra cambiamos, nos hicimos imposibles. Nosotros.

El monstruo nadó lentamente y con una gran y oscura majestad en las aguas frías. La niebla iba y venía a su alrededor, borrando por instantes su forma. Uno de los ojos del monstruo reflejó nuestra inmensa luz, roja, blanca, roja, blanca, y fue como un disco que en lo alto de una mano enviase un mensaje en un código primitivo. El silencio del monstruo era como el silencio de la niebla.

Yo me agaché, sosteniéndome en la barandilla de la escalera.

–¡Parece un dinosaurio!

–Sí, uno de la tribu.

–¡Pero murieron todos!

–No, se ocultaron en los abismos del mar. Muy, muy abajo en los más abismales de los abismos. Es ésta una verdadera palabra ahora, Johnny, una palabra real; dice tanto: los abismos. Una palabra con toda la frialdad y la oscuridad y las profundidades del mundo.

–¿Qué haremos?

–¿Qué podemos hacer? Es nuestro trabajo. Además, estamos aquí más seguros que en cualquier bote que pudiera llevarnos a la costa. El monstruo es tan grande como un destructor, y casi tan rápido.

–¿Pero por qué viene aquí?

En seguida tuve la respuesta.

La sirena llamó.

Y el monstruo respondió.

Un grito que atravesó un millón de años, nieblas y agua. Un grito tan angustioso y solitario que tembló dentro de mi cuerpo y de mi cabeza. El monstruo le gritó a la torre. La sirena llamó. El monstruo rugió otra vez. La sirena llamó. El monstruo abrió su enorme boca dentada, y de la boca salió un sonido que era el llamado de la sirena. Solitario, vasto y lejano. Un sonido de soledad, mares invisibles, noches frías. Eso era el sonido.

–¿Entiendes ahora –susurró McDunn– por qué viene aquí?

Asentí con un movimiento de cabeza.

–Todo el año, Johnny, ese monstruo estuvo allá, mil kilómetros mar adentro, y a treinta kilómetros bajo las aguas, soportando el paso del tiempo. Quizás esta solitaria criatura tiene un millón de años. Piénsalo, esperar un millón de años. ¿Esperarías tanto? Quizás es el último de su especie. Yo así lo creo. De todos modos, hace cinco años vinieron aquí unos hombres y construyeron este faro. E instalaron la sirena, y la sirena llamó y llamó y su voz llegó hasta donde tú estabas, hundido en el sueño y en recuerdos de un mundo donde había miles como tú. Pero ahora estás solo, enteramente solo en un mundo que no te pertenece, un mundo del que debes huir. El sonido de la sirena llega entonces, y se va, y llega y se va otra vez, y te mueves en el barroso fondo de los abismos, y abres los ojos como los lentes de una cámara de cincuenta milímetros, y te mueves lentamente, lentamente, pues tienes todo el peso del océano sobre los hombros. Pero la sirena atraviesa mil kilómetros de agua, débil y familiar, y en el horno de tu vientre arde otra vez el juego, y te incorporas lentamente, lentamente. Te alimentas de grandes cardúmenes de bacalaos y de ríos de medusas, y subes lentamente por los meses de otoño, y septiembre cuando nacen las nieblas, y octubre con más niebla, y la sirena todavía llama, y luego, en los últimos días de noviembre, luego de ascender día a día, unos pocos metros por hora, estás cerca de la superficie, y todavía vivo. Tienes que subir lentamente: si te apresuras; estallas. Así que tardas tres meses en llegar a la superficie, y luego unos días más para nadar por las frías aguas hasta el faro. Y ahí estás, ahí, en la noche, Johnny, el mayor de los monstruos creados. Y aquí está el faro, que te llama, con un cuello largo como el tuyo que emerge del mar, y un cuerpo como el tuyo, y, sobre todo, con una voz como la tuya. ¿Entiendes ahora, Johnny, entiendes?

La sirena llamó.

El monstruo respondió.

Lo vi todo… lo supe todo. En solitario un millón de años, esperando a alguien que nunca volvería. El millón de años de soledad en el fondo del mar, la locura del tiempo allí, mientras los cielos se limpiaban de pájaros reptiles, los pantanos se secaban en los continentes, los perezosos y dientes de sable se zambullían en pozos de alquitrán, y los hombres corrían como hormigas blancas por las lomas.

La sirena llamó.

–El año pasado –dijo McDunn–, esta criatura nadó alrededor y alrededor, alrededor y alrededor, toda la noche. Sin acercarse mucho, sorprendida, diría yo. Temerosa, quizás. Pero al otro día, inesperadamente, se levantó la niebla, brilló el sol, y el cielo era tan azul como en un cuadro. Y el monstruo huyó del calor, y el silencio, y no regresó. Imagino que estuvo pensándolo todo el año, pensándolo de todas las formas posibles.

El monstruo estaba ahora a no más de cien metros, y él y la sirena se gritaban en forma alternada. Cuando la luz caía sobre ellos, los ojos del monstruo eran fuego y hielo.

–Así es la vida –dijo McDunn–. Siempre alguien espera que regrese algún otro que nunca vuelve. Siempre alguien que quiere a algún otro que no lo quiere. Y al fin uno busca destruir a ese otro, quienquiera que sea, para que no nos lastime más.

El monstruo se acercaba al faro.

La sirena llamó.

–Veamos qué ocurre –dijo McDunn.

Apagó la sirena.

El minuto siguiente fue de un silencio tan intenso que podíamos oír nuestros corazones que golpeaban en el cuarto de vidrio, y el lento y lubricado girar de la luz.

El monstruo se detuvo. Sus grandes ojos de linterna parpadearon. Abrió la boca. Emitió una especie de ruido sordo, como un volcán. Movió la cabeza de un lado a otro como buscando los sonidos que ahora se perdían en la niebla. Miró el faro. Algo retumbó otra vez en su interior. Y se le encendieron los ojos. Se incorporó, azotando el agua, y se acercó a la torre con ojos furiosos y atormentados.

–¡McDunn! –grité–. ¡La sirena!

McDunn buscó a tientas el obturador. Pero antes de que la sirena sonase otra vez, el monstruo ya se había incorporado. Vislumbré un momento sus garras gigantescas, con una brillante piel correosa entre los dedos, que se alzaban contra la torre. El gran ojo derecho de su angustiada cabeza brilló ante mí como un caldero en el que podía caer, gritando. La torre se sacudió. La sirena gritó; el monstruo gritó. Abrazó el faro y arañó los vidrios, que cayeron hechos trizas sobre nosotros.

McDunn me tomó por el brazo.

–¡Abajo! –gritó.

La torre se balanceaba, tambaleaba, y comenzaba a ceder. La sirena y el monstruo rugían. Trastabillamos y casi caímos por la escalera.

–¡Rápido!

Llegamos abajo cuando la torre ya se doblaba sobre nosotros. Nos metimos bajo las escaleras en el pequeño sótano de piedra. Las piedras llovieron en un millar de golpes. La sirena calló bruscamente. El monstruo cayó sobre la torre, y la torre se derrumbó. Arrodillados, McDunn y yo nos abrazamos mientras el mundo estallaba.

Todo terminó de pronto, y no hubo más que oscuridad y el golpear de las olas contra los escalones de piedra.

Eso y el otro sonido.

–Escucha –dijo McDunn en voz baja–. Escucha.

Esperamos un momento. Y entonces comencé a escucharlo. Al principio fue como una gran succión de aire, y luego el lamento, el asombro, la soledad del enorme monstruo doblado sobre nosotros, de modo que el nauseabundo hedor de su cuerpo llenaba el sótano. El monstruo jadeó y gritó. La torre había desaparecido. La luz había desaparecido. La criatura que llamó a través de un millón de años había desaparecido. Y el monstruo abría la boca y llamaba. Eran los llamados de la sirena, una y otra vez. Y los barcos en alta mar, no descubriendo la luz, no viendo nada, pero oyendo el sonido, debían de pensar: ahí está, el sonido solitario, la sirena de la bahía Solitaria. Todo está bien. Hemos doblado el cabo.

Y así pasamos aquella noche.

A la tarde siguiente, cuando la patrulla de rescate vino a sacarnos del sótano, sepultados bajo los escombros de la torre, el sol era tibio y amarillo.

–Se vino abajo, eso es todo –dijo McDunn gravemente–. Nos golpearon con violencia las olas y se derrumbó.

Me pellizcó el brazo.

No había nada que ver. El mar estaba sereno, el cielo era azul. La materia verde que cubría las piedras caídas y las rocas de la isla olían a algas. Las moscas zumbaban alrededor. Las aguas desiertas golpeaban la costa.

Al año siguiente construyeron un nuevo faro, pero en aquel entonces yo había conseguido trabajo en un pueblito, y me había casado, y vivía en una acogedora casita de ventanas amarillas en las noches de otoño, de puertas cerradas y chimenea humeante. En cuanto a McDunn, era el encargado del nuevo faro, de cemento y reforzado con acero.

–Por si acaso –dijo McDunn.

Terminaron el nuevo faro en noviembre. Una tarde llegué hasta allí y detuve el coche y miré las aguas grises y escuché la nueva sirena que sonaba una, dos, tres, cuatro veces por minuto, allá en el mar, sola.

¿El monstruo?

No volvió.

–Se fue –dijo McDunn–. Se ha ido a los abismos. Comprendió que en este mundo no se puede amar demasiado. Se fue a los más abismales de los abismos a esperar otro millón de años. Ah, ¡pobre criatura! Esperando allá, esperando y esperando mientras el hombre viene y va por este lastimoso y mínimo planeta. Esperando y esperando.

Sentado en mi coche, no podía ver el faro o la luz que barría la bahía Solitaria. Sólo oía la sirena, la sirena, la sirena, y sonaba como el llamado del monstruo.

Me quedé así, inmóvil, deseando poder decir algo.

 

. . . . . . . . . . . . . . . . . . .

…Y recoge hasta que el tiempo y los tiempos acaben las plateadas manzanas de la luna, las doradas manzanas del sol.

W. B. Yeats

Ray Brasbury  |  Las doradas manzanas del sol

Octaedro, 2003

Día del escritor | Abelardo Castillo

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“En esa cama había leído los libros más hermosos del mundo y había soñado despierto los libros que escribiría para que un muchacho de otro siglo supiera que había tenido un hermano en el tiempo.”

Abelardo Castillo,   El que tiene sed

 

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https://www.pagina12.com.ar/194486-la-leyenda-del-santo-bebedor

Libertad Demitrópulos | Cada vez que te amo

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Libertad Demitrópulos

Cada vez que te amo me suceden las cosas

más tristes, me aprisionan de lejos,

me golpean a espaldas, veo mariposas.

 

Cada vez que cumplo con mi sangre en morir

estoy sin perros, paseándome en espejos.

No puedo consolarme ni dejar de sufrir.

 

Cuando no te amo y ya me he muerto,

me siento alegre porque me has dejado

crecer de noche y en lo descubierto.

 

Grito cuando te olvido, sin embargo.

Soy un caballo en pelo y desbocado.

Yo me persigo en un bosque largo.

 

 

 

Muerte, animal y perfume

Ediciones del Dock, 2008

 

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https://sonambula.com.ar/escribir-hermanas-delito-genero-venganza-sangre/

Caja de letras/ Tiergarten/ Armarios | Walter Benjamin

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Caja de letras

Jamás podremos recuperar del todo lo olvidado. Y quizá está bien que así sea. El golpe de la recuperación sería tan destructivo que en el mismo momento deberíamos dejar de entender nuestra nostalgia. De este modo la entenderemos, y mucho mejor cuando más hundido en nosotros se encuentre lo olvidado. Como la palabra perdida que hasta hace un momento teníamos en los labios y que liberaría la lengua dándole alas de Demóstenes, así lo olvidado nos parece cargado de toda la vida vivida que nos promete. Tal vez lo que le confiere peso y gravidez a lo olvidado no sea otra cosa que el rastro de los hábitos desaparecidos en los que ya no podemos hallarnos. Tal vez el secreto que lo hace perdurar sea la mezcla con el polvito de nuestras carcasas derruidas. Como sea, para cada cual hay cosas que desarrollaron en él hábitos más duraderos que todos los otros. Con ellos se formaron las habilidades que resultaron determinantes para su existencia. Y como en mi caso estos hábitos fueron el de leer y escribir, nada me genera mayor nostalgia por lo que se asentó en mí durante mis primeros años que la caja de letras. Contenía las letras de molde sobre pequeñas pizarritas, cada una por separado y en letra gótica, en la que parecían más jóvenes y más como de niña que las letras impresas. Se recostaban, esbeltas, sobre sus soportes oblicuos, cada una completa y ligadas entre sí en su secuencia por la regla de su Orden, la palabra, a la que pertenecían como Hermanas. Me causaba admiración que tanta sencillez pudiera existir unida a tanta magnificencia. Era un estado de gracia. Y mi mano derecha, que se afanaba obedientemente por encontrarlo, no lo lograba. Debía quedarse entada afuera, como el portero que tiene por función franquearle el paso a los elegidos. Por eso es que su relación con las letras era de pura abnegación. La nostalgia que me despierta demuestra hasta qué punto se fundía con mi infancia. Lo que busco allí es en realidad a ella misma: a la infancia entera, tal como estaba contenida en la maniobra con la cual la mano desplazaba las letras del atril, donde debían ordenarse formando palabras. La mano aún puede soñar con esa maniobra, pero nunca más despertará para llevarla realmente a cabo. Del mismo modo puedo soñar con cómo aprendí a caminar alguna vez. Pero no me ayuda en nada. Ahora puedo caminar; lo que no puedo es aprenderlo.

 

Tiergarten (fragmento)

No ubicarse en una ciudad no tiene mayor relevancia. Pero perderse en ella como se pierde uno en un bosque, eso requiere aprendizaje. Ahí los nombres de las calles le tienen que hablar al deambulador como el crujido de las ramas resecas, y las pequeñas calles del centro de la ciudad deben reflejar para él las horas del día con tanta claridad como una hondonada entre montañas. Es un arte que aprendí tarde, y que hizo realidad un sueño cuyos primeros rastros estaban en los laberintos de los papeles secantes de mis cuadernos.

 

Armarios (fragmento)

El primer armario que empezó a abrirse cuando yo quería fue la cómoda. Me bastaba con tirar del botón y ya la puerta saltaba del pestillo. Dentro estaba guardada mi ropa. Bajo todas las camisas, calzoncillos y camisetas que debía haber allí y de las que no recuerdo nada había sin embargo algo que no se ha perdido y que hacía que el acceso a esta cómoda me pareciera siempre atractivo y aventurero. Debía abrirme camino hasta su rincón más alejado, entonces me topaba con mis medias, que descansaban amontonadas, enrolladas y envueltas según la vieja usanza, de modo que cada par tenía el aspecto de un pequeño bolsillo. Nada superaba para mí el placer de hundir la mano en su interior lo más profundamente posible. Y no sólo por su calor lanudo. Era “lo traído”, que siempre sostenía con mi mano en su interior enrollado y que me arrastraba de tal modo hacia su profundidad. Cuando lo rodeaba cerrando el puño y confirmaba con toda la fuerza la posesión de la masa blanda y lanosa, empezaba la segunda parte del juego, que traía consigo la revelación emocionante. Pues ahora me disponía a devolver “lo traído” de su bolsillo de lana. Lo iba acercando a mí cada vez más, hasta que tenía lugar lo desconcertante: extirpado “lo traído” por completo de su bolsillo, el bolsillo mismo había dejado de existir. Nunca me cansaba de poner a prueba de este modo aquella verdad enigmática: que la forma y el contenido, el envoltorio y lo envuelto, “lo traído” y el bolsillo eran la misma cosa. Y esa cosa, una tercera: la media en la que ambos se habían transformado. Si pienso en cuán insaciable he sido en conjurar esta maravilla, me veo muy tentado de sospechar en mi artimaña un hermano en miniatura de los cuentos maravillosos que también me invitaban al mundo de los espíritus o de la magia para, invariablemente, devolverme a la simple realidad, que me recibía tan reconfortante como una media.

 

Textos extraídos de Infancia en Berlín hacia 1900 |  Walter Benjamin

El cuenco de plata, 2016

Meter en caja | maga.-

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Bubulino.jpg

 

Estoy metiendo un libro en caja. Un libro inquieto, audaz.

Pienso en la expresión meter en caja.

¿Cuántas lluvias desde los burros tipográficos hasta hoy?

¿Cuántas todavía, de noche, sobre los confines de mi pantalla?

¿De qué se trata, al fin, toda esta lluvia?

 

El texto salta desde sus ojos amarillos

ovilla su sombra dentro de la caja y

asomando una patita

escribe

como arañando el aire

– De encontrarnos. Y que te encuentres.

 

Y lo entreveo

agazapado y

pícaro

hasta que vuelve a saltar.

 

maga

09-05-19

 

 

imagen:  http://www.bunkertype.com

 

Virginia Woolf | Horas en la biblioteca

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Virginia Woolf

Comencemos por aclarar la antigua confusión que se da entre el hombre que ama la erudición y el hombre que ama la lectura, y señalemos cuanto antes que no existe conexión de ninguna especie entre los dos.

Los libros leídos durante la niñez, habiéndolos distraído de algún anaquel que en principio debiera habernos resultado inaccesible, tienen aún esa irrealidad y esa atrocidad de la visión hurtada al amanecer cuando se propaga sobre los campos apacibles, cuando toda la casa duerme todavía. Asomándonos entre las cortinas, vislumbramos el perfil extraño de los árboles que envuelve la bruma y que apenas reconocemos, aunque tal vez los hayamos de recordar durante toda la vida, pues los niños tienen extrañas premoniciones del porvenir.

Carta de despedida a Sam Shepard (fragmentos)|Patti Smith

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Patti & Sam

Podía llamarme tarde en la noche desde cualquier lugar durante sus viajes, desde un pueblo fantasma en Texas, desde una posada cerca de Pittsburg, o desde Santa Fe, donde se asentaba en el desierto y escuchaba a los coyotes aullar. Pero la mayoría de las veces me llamaba de su casa en Kentucky, en una fría y silenciosa noche, cuando uno podía escuchar las estrellas respirar. Yo me despertaba feliz, molía algo de café y hablábamos de cualquier cosa: sobre las esmeraldas de Cortez, o las cruces blancas en los campos de Flanders, sobre nuestros hijos, o de la historia del Derby de Kentucky. Pero, la mayoría de las veces hablábamos sobre escritores y sus libros: escritores latinos, Rudy Wurlitzer, Nabokov o Bruno Schulz.

***

Me envió un mensaje desde las montañas de Bolivia, donde Mateo Gil estaba filmando Blackthorn. El aire era liviano allá arriba, en los Andes, pero él navegaba bien, resistiendo, y seguramente yendo más rápido que sus jóvenes compañeros, montando no menos de cinco diferentes caballos. Dijo que me traería a su vuelta un poncho, uno negro con rayas de colores oxidados. Él cantaba en esas montañas al fuego de una hoguera, cantaba viejas canciones escritas por hombres hecho pedazos, enamorados de su propia naturaleza que se desvanecía. Envuelto en sábanas, dormía bajo las estrellas, a la deriva en las Nubes de Magallanes.

***

A Sam le gustaba estar en movimiento. Él acomodaba una caña de pescar y una vieja guitarra acústica en el asiento trasero de su camioneta, quizás se llevaba al perro, pero sí llevaba una computadora portátil, un bolígrafo y una pila de libros. Le gustaba empacar e irse así, hacia el oeste. Le gustaba tener un papel que lo podría llevar a alguna parte donde realmente no quería estar, pero donde finalizaría llevando su extrañeza.

***

En el invierno de 2012 nos encontramos en Dublín, donde el recibió el doctorado en letras honorario de la Universidad de Trinity. El casi siempre se avergonzaba de los reconocimientos pero aceptó este, ya que venía de la misma institución donde Samuel Beckett caminaba y estudiaba. Amaba a Beckett, y tenía algunos pedazos de textos escritos por Beckett enmarcados en la cocina, junto a las fotos de sus hijos. Ese día vio la máquina de escribir de John Millington Synge y los lentes de James Joyce y, en la noche, nos unimos a los músicos del pub favorito de Sam, el Cobblestone, que quedaba al otro lado del río. Mientras nosotros alegremente subíamos por el río, él recitaba un montón de poemas de Beckett que se sabía de memoria.

***

Sam me prometió que un día me mostraría el paisaje del sureste, aunque considero que he viajado bastante, no he visto mucho de mi propio país. Pero Sam cambió totalmente, afectado por una enfermedad debilitante. Él eventualmente paró de ir y venir. Desde entonces yo lo visitaba, y leíamos y hablábamos, pero las más veces trabajábamos. Esforzándose en su último trabajo, él valientemente sacó una reserva de fortaleza, enfrentando cada reto que el destino le asignaba. Su mano, con una luna creciente tatuada entre su dedo pulgar y el índice, descansaba en la mesa delante de él. El tatuaje era un recuerdo de nuestros días cuando éramos jóvenes, el mío era un rayo en el tobillo izquierdo.

***

Al repasar un pasaje en el que describía el paisaje del oeste, de pronto me miró y me dijo: ‘Lamento no poder llevarte ahí’. Sonreí, porque de alguna manera él ya lo había hecho. Sin una palabra, con los ojos cerrados, recorrimos el desierto americano que desplegaba una alfombra multicolor: el polvo del azafrán, luego rojizo, incluso el color del vidrio verde, verdes dorados, y luego, de repente, un azul casi inhumano. Arena azul, le dije, llena de asombro. ‘Azul todo’, dijo, y las canciones que cantamos tenían un color propio.

***

No teníamos que hablar, y eso es una amistad real. Nunca incómoda con el silencio, el cual, en su forma bienvenida, es una extensión de la conversación. Nos conocíamos el uno al otro desde hace tanto tiempo. Nuestros caminos no podían ser definidos o despedidos con unas pocas palabras describiendo una juventud despreocupada. Éramos amigos, para bien o para mal, sólo éramos nosotros mismos. El paso del tiempo no hizo otra cosa más que reforzar eso.

Fuente: https://www.newyorker.com/culture/culture-desk/my-buddy-sam-shepard

Fotografía: Sam Shepard and Patti Smith at the Hotel Chelsea in 1971, David Gahr/Getty

Cita

Leer es estar dispuesto a recibir a un invitado en casa cuando cae la noche | George Steiner

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George Steiner Cambridge

A un nivel más restringido, pues eso supera un poco mis posibilidades, abordamos la semántica, es decir, el sentido del sentido, el estudio del misterio del sentido, la comprensión de la intencionalidad a la que se dirigen todos mis libros, de un modo u otro. Entonces, vuelvo al método medieval, que contiene cuatro etapas que recorren la lectura. Una lectura que se impone tanto y está tan presente que es posible confesar que no se comprende un poema o un párrafo y necesitamos aprenderlo de memoria. Eso no depende de técnica alguna sino de una metafísica que se hace amor, que se hace Eros. Pues lo que se sabe de memoria es inalienable; es imposible quitar a nadie lo que lleva en sí mismo de conocimiento, en un mundo donde reinan la censura y la opresión, el ruido, el exilio en una condición humana que no se limita a una seguridad material vacía de cualquier interioridad. Grandes espíritus han sobrevivido a la opresión porque sabían de memoria algunos textos. Saber de memoria una página de prosa no es un ejercicio, pues ese logos penetra en nosotros, demasiado difícil o violento tal vez, inaceptable, pero significa que le invitamos a acomodarse en la casa de nuestro ser y que aceptamos vivir juntos. Es arriesgarse a que, cierta noche, un texto, un cuadro, una sonata llamen a nuestra puerta –Reales presencias gira por completo en torno a esa imagen- y es posible que el invitado destruya e incendie por completo la casa. Es posible también que nos desvalije con un gran aletazo. Pero es preciso aceptar al texto en nosotros mismos, no tengo palabras para describir la riqueza de esta experiencia que he hecho mil veces, especialmente leyendo la Ética de Spinoza, que es para mí una referencia última. Leo cada día Heráclito y algunos poetas modernos, como Paul Celan, y aunque no comprendiera esos textos, los aprendo de memoria para que formen parte integrante de mi ser. De pronto la obra me acoge, sin explicarse, y tengo por fin acceso al poema. Pero no por ello puedo regresar a mis seminarios gritando que he comprendido por fin la obra, algo que sería arrogante y pretencioso a la vez. Es cierto, no obstante, que la incomprensión se ha transformado en amor, en fertilidad, en acto de confianza hacia algo que se me escapa. Me gustaría ilustrar mis palabras con una experiencia que realicé, sin éxito, en Estados Unidos. Fui introducido en un grupo de terapia gestual donde me propusieron tener acceso al nivel elemental de meditación dejándome caer hacia atrás, sin tener miedo, porque se pondrían a mi espalda para cogerme. Fracasé en el ejercicio, que me turba mucho. Realmente lo intenté, veía que otras personas abandonaban con absoluta confianza y se dejaban caer hacia atrás cerrando los ojos, peo no llegué al mismo resultado, pues para realizar bien la experiencia es necesario estar relajado en el plano espiritual, at homeless, es decir, estar en la vida como en la propia casa, tener el alma en paz. Experimento esa sensación, pero cuando leo los grandes textos de filosofía y metafísica o cuando enriquezco mi cultura artística. Entonces me abandono y, a veces, caigo al suelo pero aprendo a cómo confiar en lo absoluto y lo inaccesible. Mi más ferviente deseo sería haber pasado la vida leyendo, leyendo en el sentido más amplio de término, como se dice en inglés I read a paintingI read a symphony, es decir, haber incluido en esa práctica las bellas artes y la música. Toda mi obra se funda en la primera línea de Tolstoi y Dostoievski que toda crítica verdadera es un acto de amor. Eso me coloca a contrapelo de las disciplinas modernas, ya sean críticas, académicas, deconstruccionistas o semióticas. A mi entender, cualquier buena lectura paga una deuda de amor.

George Steiner
Entrevista con Jahanbegloo

Foto: George Steiner en su casa de Cambridge
Fuente: Le Monde

a través de La Calle del Orco Leer es estar dispuesto a recibir a un invitado en casa cuando cae la noche, George Steiner

Madres en espera (fragmento) | Maternidad intratable | Luisina Bourband

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Maternidad intratable

La noche es de los momentos más temibles de la maternidad. Muchas dicen que es lo único realmente negativo. No poder dormir. Esperar a que se duerman, esperar a que se despierten, fijarse si respiran. Yo creo que no es exactamente eso, sino el hecho de estar despierta en la oscuridad y el silencio te da una lucidez insoportable. El insomnio puede ser el grado máximo de alerta del deseo, la consternación física de un deseo que pugna por encaminarse y queda entrampado, esperando ocioso en el laberinto de las noches. Allí es donde una está sola. Sola y demandada por los hijos. No hay contradicción en ello. Pienso esto envuelta en la densidad nocturna, que en el momento se presenta como un hallazgo extraordinario, y seguramente me lo voy a olvidar mañana. Escucho el grito de mi hijo desde su cama. Me acurruco con él para que no se despierten los demás. Entre dormido y todo blandito, me dice con dulzura mientras me abraza: «Acostate, y cerrá los ojos hasta soñar algo». Ahora sí que todo puede ponerse a esperar.

Maternidad Intratable, Madres en espera, pag. 28

Luisina Bourband

Le Pecore Nere, 2017

El toldo rojo de Bolonia (fragmentos) | John Berger

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Arandelas del Abuelo Luis

Debería comenzar por cómo lo quería, de qué manera, con qué tipo de incomprensión. Y cuánto.

*

Edgar era el hermano mayor de mi padre. Había nacido en los años ochenta del siglo XIX, por la misma época en que la reina Victoria se convirtió en emperatriz de la India. Cuando se vino a vivir con nosotros yo tendría unos diez años, y él cincuenta y tantos. Pero a mí me parecía que no tenía edad. No era que no pasasen los años para él, ni tampoco que yo lo considerara inmortal, sino que lo creía eternamente joven porque no estaba anclado en ningún momento del pasado ni del futuro.

*

Su verdadera pasión era escribir (y recibir) cartas. Escribía a amigos a los que apenas veía, a parientes lejanos, a desconocidos, a gente que había encontrado en sus viajes. Sobre su cómoda siempre había sellos. Me fascinaba su conocimiento del mundo, o sus conjeturas sobre cómo funcionaba el mundo. Y de adolescente, adoraba su visión alternativa de las cosas, su intransigencia, tan raída y tan regia.

Apenas nunca nos abrazamos, ni tan siquiera nos tocamos: los regalos eran nuestra forma de contacto más íntima. Y a lo largo de tres décadas, cumplieron siempre una ley tácita: habían de ser pequeños y raros y apelar a un gusto particular bien conocido en el otro.

*

Ésta es una pequeña lista de algunos de los regalos que nos intercambiamos:

– Un abrecartas

– Una caja de galettes bretonas

– Un mapa de Islandia

– Unas gafas de motorista

– Una edición de bolsillo de la Ética de Spinoza

– Una docena y media de ostras

– Una biografía de Dickens

– Una caja de cerillas llena de arena de Egipto

– Una botella de tequila

– Y (cuando él estaba muriendo en el hospital) una corbata de seda de colores chillones, que le até bajo el cuello del pijama de franela rayado, riéndome para no aullar. Él también sabía por qué me reía.

*

Practicaba todo tipo de juegos para ejercitar la memoria, estudiaba esperanto y era pacifista. Se movía en una sobria bicicleta sin barra atrás en la que ataba los libros que sacaba de la biblioteca pública de East Croydon. Tenía tres carnés, de modo que podía sacar al menos una docena de libros a la vez.

*

Antes de montarse en la bicicleta se ponía unas arandelas que le sujetaban las perneras del pantalón encima de los tobillos. Esto le daba cierto aires de hindú, aunque tenía una piel muy blanca y, para un hombre, particularmente suave; recordaba el pain au lait de los franceses. No tenía carné de conducir, aunque a los treinta años, durante la Primera Guerra Mundial, pasó muchos meses conduciendo ambulancias en el frente occidental.

 

 

El toldo rojo de Bolonia |  Voces Abada Editores  | 2011

 

 

Aprendizaje o el libro de los placeres (fragmento) | Clarice Lispector

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¿Quién soy yo?, se preguntó con gran temor.

Y el olor del jazmín le respondió: soy mi perfume.

 

Epígrafe de La Plenitud de Claudia Masin

La desobediencia, Poesía Reunida, ConTexto, 2018 Primer edición

 

 

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Vapor en el espejo | Sara Gallardo | Destierros

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Sara Gallardo la mujer que amamos

Tokio se llama la tintorería de mi barrio. Su dueña, desde una mesa, vigila los trabajos. Casi no habla español. Entre el vapor sus hijos escuchan tangos en la radio.
El día que me hicieron rector de la Universidad fui a hacer planchar mis pantalones. Los muchachos me dieron una bata mientras esperaba.
Por pudor, la madre dejó el puesto. Lo ignora: enseño lenguas orientales. Pude leer, en la mesa, que escribía: Aquí estabas espejo cuatro años escondido entre papeles. Un rastro de belleza perduraba en tus aguas. ¿Por qué no lo guardaste?

De alguna cosa sirve, comprendí esa tarde, ser rector de la Universidad, experto en lenguas orientales, dueño de un solo pantalón.

 

 

Fotografías:

Sara en Paris   http://www.revistasudestada.com.ar/articulo/599/sara-gallardo-la-mujer-que-amamos/

Sara al viento  http://ciacentro.org.ar/node/1659

 

La Plapla | María Elena Walsh | Cuentopos de Gulubú

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Plapla

Felipito Tacatún estaba haciendo los deberes. Inclinado sobre el cuaderno y sacando un poquito la lengua, escribía enruladas emes, orejudas eles y elegantísimas zetas.
De pronto, vio algo muy raro sobre el papel.
–¿Qué es esto?– se preguntó Felipito, que era un poco miope, y se puso un par de anteojos.
Una de las letras que había escrito se despatarraba toda y se ponía a caminar muy oronda por el cuaderno.
Felipito no lo podía creer, y sin embargo era cierto: la letra, como una araña de tinta, patinaba muy contenta por la página.
Felipito se puso otro par de anteojos para mirarla mejor.
Cuando la hubo mirado bien, cerró el cuaderno asustado y oyó una vocecita que decía:
–¡Ay!
Volvió a abrir el cuaderno valientemente y se puso otro par de anteojos, y ya van tres. Pegando la nariz al papel preguntó:
–¿Quién es usted, señorita?
Y la letra caminadora contestó:
–Soy una Plapla.
–¿Una Plapla? – preguntó Felipito asustadísimo –¿Qué es eso?
–¿No acabo de decirte? Una Plapla soy yo.
–Pero la maestra nunca me dijo que existiera una letra llamada Plapla, y mucho menos que caminara por el cuaderno.
–Ahora ya lo sabes. Has escrito una Plapla.
–¿Y qué hago con la Plapla?
–Mirarla.
–Sí, la estoy mirando pero ¿y después?
–Después, nada.
Y la Plapla siguió patinando sobre el cuaderno mientras cantaba un vals con su voz chiquita y de tinta.
Al día siguiente, Felipito corrió a mostrarle el cuaderno a su maestra, gritando entusiasmado:
–¡Señorita, mire la Plapla, mire la Plapla!
La maestra creyó que Felipito se había vuelto loco. Pero no.
Abrió el cuaderno, y allí estaba la Plapla bailando y patinando por la página y jugando a la rayuela con los renglones.
Como podrán imaginarse, la Plapla causó mucho revuelo en el colegio.
Ese día nadie estudió.
Todo el mundo, por riguroso turno, desde el portero hasta los nenes de primero inferior, se dedicaron a contemplar a la Plapla.
Tan grande fue el bochinche y la falta de estudio, que desde ese día la Plapla no figura en el Abecedario.
Cada vez que un chico, por casualidad, igual que Felipito, escribe una Plapla cantante y patinadora la maestra la guarda en una cajita y cuida muy bien de que nadie se entere.
Qué le vamos a hacer, así es la vida.
Las letras no han sido hechas para bailar, sino para quedarse quietas una al lado de la otra, ¿no?

Yannis Ritsos | Grecidad y otros poemas, Madrid, Visor, 1979

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Yannis Ritsos

Conviene que guardemos a nuestros muertos y su
fuerza, no sea que alguna vez
nuestros enemigos los desentierren y se los lleven

consigo. Y entonces
sin su protección nuestro peligro iba a ser doble. ¿Cómo
podríamos vivir
sin las casas, nuestros muebles, nuestras tierras y, sobre todo,
sin las tumbas de nuestros antepasados guerreros o
sabios? Recordemos
cómo robaron los espartanos de Tegea los huesos de
Orestes. Convendría
que nuestros enemigos nunca supiesen dónde los
tenemos enterrados.

Quizá será más seguro que los guardemos
dentro de nosotros mismos, si podemos,
o, todavía mejor, que ni siquiera nosotros sepamos dónde
yacen.
Tal como se han puesto las cosas en nuestros tiempos
–quien sabe–,
puede que hasta nosotros mismos los desenterráramos
y los tiráramos algún día.

 

 

 

Epígrafe de “Río de las congojas” |  Libertad Demitrópulos
Río de las congojas. Fondo de cultura económica. Buenos Aires, 2014

Fotografía de Ritsos: https://www.abc.es/cultura/libros/20121219/abci-yannis-ritsos-libros-vino-201212191605.html

Rayuela (fragmento) | Julio Cortázar

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Bebé Rocamadour, bebé, mon bebé. Rocamadour:
Rocamadour, ya sé que es como un espejo. Estás durmiendo o mirándote los pies. Yo aquí sostengo un espejo y creo que sos vos. Pero no lo creo, te escribo porque no sabes leer. Si supieras no te escribiría o te escribiría cosas importantes. Alguna vez tendré que escribirte que te portes bien o que te abrigues. Parece increíble que alguna vez, Rocamadour. Ahora solamente te escribo en el espejo, de vez en cuando tengo que secarme el dedo porque se moja de lágrimas. ¿Por qué, Rocamadour ? No estoy triste, tu mamá es una pavota, se me fue al fuego el borsch que había hecho para Horacio; vos sabés quién es Horacio, Rocamadour, el señor que el domingo te llevó el conejito de terciopelo y que se aburría mucho porque vos y yo nos estábamos diciendo tantas cosas y él quería volver a París; entonces te pusiste a llorar y él te mostró como el conejito movía las orejas; en ese momento estaba hermoso, quiero decir Horacio, algún día comprenderás, Rocamadour.
Rocamadour, es idiota llorar así porque el borsch se ha ido al fuego. La pieza está llena de remolacha, Rocamadour, te divertirías si vieras los pedazos de remolacha y la crema, todo tirado por el suelo. Menos mal que cuando venga Horacio ya habré limpiado, pero primero tenía que escribirte, llorar así es tonto, las cacerolas se ponen blandas, se ven como halos en los vidrios de la ventana, y ya no se oye cantar a la chica del piso de arriba que canta todo el día Les amants du Havre. Cuando estemos juntos te lo contaré, verás. Puisque la terre est ronde, mon amour t’en fais pas, mon amour, t’en fais pas…Horacio la silba de noche cuando escribe o dibuja. A ti te gustaría, Rocamadour. A vos te gustaría, Horacio se pone furioso porque me gusta hablar de tú como Perico, pero en el Uruguay es distinto. Perico es el señor que no te llevó nada el otro día pero que hablaba tanto de los niños y la alimentación. Sabe muchas cosas, un día le tendrás mucho respeto, Rocamadour, y serás un tonto si le tienes respeto. Si le tenés, si le tenés respeto, Rocamadour.
Rocamadour, madame Irène no está contenta de que seas tan lindo, tan alegre, tan llorón y gritón y meón. Ella dice que todo está muy bien y que eres un niño encantador, pero mientras habla esconde las manos en los bolsillos del delantal como hacen algunos animales malignos, Rocamadour, y eso me da miedo. Cuando se lo dije a Horacio, se reía mucho, pero no se da cuenta de que yo lo siento, y que aunque no haya ningún animal maligno que esconde las manos, yo siento, no sé lo que siento, no lo puedo explicar. Rocamadour, si en tus ojitos pudiera leer lo que te ha pasado en esos quince días, momento por momento. Me parece que voy a buscar otra nourrice aunque Horacio se ponga furioso y diga, pero a ti no te interesa lo que él dice de mí. Otra nourrice que hable menos, no importa si dice que eres malo o que lloras de noche o que no quieres comer, no importa si cuando me lo dice yo siento que no es maligna, que me está diciendo algo que no puede dañarte. Todo es tan raro, Rocamadour, por ejemplo me gusta decir tu nombre y escribirlo, cada vez me parece que te toco la punta de la nariz y que te reís, en cambio madame Irène no te llama nunca por tu nombre, dice l’enfant, fíjate, ni siquiera dice le gosse, dice l’enfant, es como si se pusiera guantes de goma para hablar, a lo mejor los tiene puestos y por eso mete las manos en los bolsillos y dice que sos tan bueno y tan bonito. Hay una cosa que se llama tiempo, Rocamadour, es como un bicho que anda y anda. No te puedo explicar porque eres tan chico, pero quiero decir que Horacio llegará en seguida. ¿Le dejo leer mi carta para que él también te diga alguna cosa? No, yo tampoco querría que nadie leyera una carta que es solamente para mí. Un gran secreto entre los dos, Rocamadour. Ya no lloro más, estoy contenta, pero es tan difícil entender las cosas, necesito tanto tiempo para entender un poco eso que Horacio y los otros entienden en seguida, pero ellos que todo lo entienden tan bien no te pueden entender a ti y a mí, no entienden que yo no puedo tenerte conmigo, darte de comer y cambiarte los pañales, hacerte dormir o jugar, no entienden y en realidad no les importa, y a mí que tanto me importa solamente sé que no te puedo tener conmigo, que es malo para los dos, que tengo que estar sola con Horacio, vivir con Horacio, quién sabe hasta cuándo ayudándolo a buscar lo que él busca y que también buscarás, Rocamadour, porque serás un hombre y también buscarás como un gran tonto.
Es así, Rocamadour: En París somos como hongos crecemos en los pasamanos de las escaleras, en piezas oscuras donde huele a sebo, donde la gente hace todo el tiempo el amor y después fríe huevos y pone discos de Vivaldi, enciende los cigarrillos y habla como Horacio y Gregorovius y Wong y yo, Rocamadour, y como Perico y Ronald y Babs, todos hacemos el amor y freímos huevos y fumamos, ah, no puedes saber todo lo que fumamos, todo lo que hacemos el amor, parados, acostados, de rodillas, con las manos, con las bocas, llorando o cantando, y afuera hay de todo, las ventanas dan al aire y eso empieza con un gorrión o una gotera, llueve muchísimo aquí, Rocamadour, mucho más que en el campo, y las cosas se herrumbran, las canaletas, las patas de las palomas, los alambres con que Horacio fabrica esculturas. Casi no tenemos ropa, nos arreglamos con tan poco, un buen abrigo, unos zapatos en lo que no entre el agua, somos muy sucios, todo el mundo es muy sucio y hermoso en París, Rocamadour, las camas huelen a noche y a sueño pesado, debajo hay pelusas y libros, Horacio se duerme y el libro va a parar abajo de la cama, hay peleas terribles porque los libros no aparecen y Horacio cree que se los ha robado Ossip, hasta que un día aparecen y nos reímos, y casi no hay sitio para poner nada, ni siquiera otro par de zapatos, Rocamadour, para poner una palangana en el suelo hay que sacar el tocadiscos, pero donde ponerlo si la mesa está llena de libros. Yo no te podría tener aquí, aunque seas tan pequeño no cabrías en ninguna parte, te golpearías contra las paredes. Cuando pienso en eso me pongo a llorar, Horacio no entiende, cree que soy mala, que hago mal en no traerte, aunque sé que no te aguantaría mucho tiempo. Nadie se aguanta aquí mucho tiempo, ni siquiera tú y yo, hay que vivir combatiéndose, es la ley, la única manera que vale la pena pero duele, Rocamadour, y es sucio y amargo, a ti no te gustaría, tú que ves a veces los corderitos en el campo, o que oyes los pájaros parados en la veleta de la casa. Horacio me trata de sentimental, me trata de materialista, me trata de todo porque no te traigo o porque quiero traerte, porque renuncio, porque quiero ir a verte, porque de golpe comprendo que no puedo ir, porque soy capaz de caminar una hora bajo el agua si en algún barrio que no conozco pasan Potemkin y hay que verlo aunque se caiga el mundo, Rocamadour, porque el mundo ya no importa si uno no tiene fuerzas para seguir eligiendo algo verdadero, si uno se ordena como un cajón de la cómoda y te pone a ti de un lado, el domingo del otro, el amor de la madre, el juguete nuevo, la gare de Montparnasse, el tren, la visita que hay que hacer. No me da la gana de ir, Rocamadour, y tú sabes que está bien y no estás triste. Horacio tiene razón, no me importa nada de ti a veces, y creo que eso me lo agradecerás un día cuando comprendas, cuando veas que valía la pena que yo fuera como soy. Pero lloro lo mismo, Rocamadour, me equivoco, porque a lo mejor soy mala o estoy enferma o un poco idiota, no mucho, un poco pero eso es terrible, la sola idea me da cólicos, tengo completamente metidos para adentro los dedos de los pies, voy a reventar los zapatos si no me los saco, y te quiero tanto, Rocamadour, bebé Rocamadour, dientecito de ajo, te quiero tanto, nariz de azúcar, arbolito, caballito de juguete…

Yo monstruo mío | Susy Shock

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Susy Shock

…Yo, pobre mortal,
equidistante de todo
yo D.N.I: 20.598.061
yo primer hijo de la madre que después fui
yo vieja alumna
de esta escuela de los suplicios

Amazona de mi deseo
Yo, perra en celo de mi sueño rojo

Yo, reivindico mi derecho a ser un monstruo
ni varón ni mujer
ni XXI ni H2O

yo monstruo de mi deseo
carne de cada una de mis pinceladas
lienzo azul de mi cuerpo
pintora de mi andar
no quiero más títulos que cargar
no quiero más cargos ni casilleros a donde encajar
ni el nombre justo que me reserve ninguna Ciencia

Yo mariposa ajena a la modernidad
a la posmodernidad
a la normalidad
Oblicua
Vizca
Silvestre
Artesanal

Poeta de la barbarie
con el humus de mi cantar
con el arco iris de mi cantar
con mi aleteo:

Reivindico: mi derecho a ser un monstruo
que otros sean lo Normal
El Vaticano normal
El Credo en dios y la virgísima Normal
y los pastores y los rebaños de lo Normal
el Honorable Congreso de las leyes de lo Normal
el viejo Larrouse de lo Normal

Yo solo llevo la prendas de mis cerillas
el rostro de mi mirar
el tacto de lo escuchado y el gesto avispa del besar
y tendré una teta obscena de la luna mas perra en mi cintura
y el pene erecto de las guarritas alondras
y 7 lunares
77 lunares
qué digo: 777 lunares de mi endiablada señal de Crear

mi bella monstruosidad
mi ejercicio de inventora
de ramera de las torcazas
mi ser yo entre tanto parecido
entre tanto domesticado
entre tanto metido “de los pelos” en algo
otro nuevo título que cargar
baño: de ¿Damas? o ¿Caballeros?
o nuevos rincones para inventar

Yo: trans…pirada
mojada nauseabunda germen de la aurora encantada
la que no pide más permiso
y está rabiosa de luces mayas
luces épicas
luces parias
Menstruales Marlenes bizarras
sin Biblias
sin tablas
sin geografías
sin nada
solo mi derecho vital a ser un monstruo
o como me llame
o como me salga
como me pueda el deseo y la fuckin ganas

mi derecho a explorarme
a reinventarme
hacer de mi mutar mi noble ejercicio
veranearme otoñarme invernarme:
las hormonas
las ideas
las cachas
y todo el alma!!!!!!… amén.

 
de “Poemario Trans Pirado”

Susy Shock: actriz, escritora, cantante, docente y tía trava.

Se reconoce como “artista trans sudaca”.

 

Fuentes: fotografías y texto http://susyshock.blogspot.com/2008/03/yo-monstruo-mio.html

https://www.youtube.com/watch?v=YttgXlEa0tc

Debes construir la lengua que habitarás

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Emil Nolde Niños danzando

“¿Dónde están las palabras, la casa, mis antepasados,
dónde están mis amores, mis amigos?
No existen, mi niño.
Todo está por construir.
Debes construir la lengua que habitarás,
construir la casa donde no vivas solo
y encontrar los antepasados que te hagan más libre.
Y debes construir la educación sentimental
con la que amarás de nuevo.
Y todo esto lo edificarás sobre la hostilidad general,
porque los que despiertan son la pesadilla de los que aún duermen”.

 

 

 

Fragmento extraído del guión de la película “Y la guerra apenas ha comenzado”.
Lo descubrí en el muro de Rosario Spina.

 

Imagen: Emil Nolde

Fuente del texto: http://acuarelalibros.blogspot.com.ar/2010/12/todo-esta-por-construir.html?m=1

 

La Abu | María José Echenique

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La Abu Raquel

 

La abu me tejía

trenzas perfectas

cada cabello dibujado

hacia un lado y el otro

de la línea

que su pulso esmerado

trazaba en mi cabeza.

Tiempo suspendido

en la paciencia

la abu lavaba

el día de mis manos

delicadamente

quitaba el monte, las espinas,

la plaza, el chocolate.

Entonces me enseñaba

el abrazo amoroso

de la letra;

la redondez

la supe de la curva

de su columna

sobre mi ser

hoja

escribiéndome;

de ella la integridad del trazo

el paso sin dudas

la certeza de la recta.

De la trampa del renglón

la abu me mostró su infinito,

y me lanzó

-cada tardecita después del baño-

al largo camino

de ir a buscarme.

 

 

Fuente:

https://www.lacuenteriaeditorial.com/blog

https://www.facebook.com/tinkuylibros/

1º de Mayo | Sin pan y sin trabajo

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Sin pan y sin trabajo

Llegará el día en que la palabra pan

saciará como una sola sílaba

sacia para siempre los labios en silencio,

pero no será por el atajo más fácil,

el de la muerte,

cuya ausencia es insaciable,

sino por la palabra crujiente,

exactamente repartida,

tibia aún,

de boca en boca.

 

 

Alberto Szpunberg  |  poema XXXII   |  de “Sol de noche”, 2008

Como sólo la muerte es pasajera/ Poesía reunida/ Entropía/ 2013

 

 

fotografía:  Sin pan y sin trabajo / Ernesto de la Cárcova / 1894

https://www.bellasartes.gob.ar/coleccion/obra/1777

https://es.wikipedia.org/wiki/Ernesto_de_la_C%C3%A1rcova

 

sábado – Alberto Szpunberg

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“Los bosques, el viento, las fiestas, el caballo de Piatock, hasta ese moscardón que zumba sobre el pozo ciego, todo es sábado,
y aunque el humo trace en el aire absurdos mapas que nacen y ya no son,
cerremos los ojos para que este cielo siga azul, azul, como el cielo de la tierra más soñada,
y abramos los ojos para que este cielo siga azul, azul, como el cielo de la tierra más soñada.”

La palabra | Honoré de Balzac

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Fragmento de Louis Lambert  (1832) |  La comedia humana

 

¿No ha encontrado muchas veces placer el estudiante al buscar sentido probable de un sustantivo desconocido?

—A menudo— me decía él,  hablando de sus lecturas— he realizado deliciosos viajes, embarcado en una palabra por los abismos de lo pasado, como el insecto posado sobre cualquier brizna de hierba que flota a gusto de la corriente. Habiendo partido de Grecia, yo llegaba a Roma y atravesaba la extensión de las edades modernas. ¿Qué hermoso libro se podría escribir contando la vida y las aventuras de una palabra! Sin duda, ésta ha recibido diversas impresiones de los sucesos a los cuales ha servido; según los lugares, ha despertado ideas diferentes; pero ¿no es más notable aún considerarlas en el triple aspecto del alma, del cuerpo y del movimiento? Al observarla, habiendo hecho  abstracción de sus funciones, de sus efectos y de sus actos, ¿no es probable caer en un océano de reflexiones? La mayoría de las palabras ¿no están teñidas de las ideas que representan exteriormente? ¿A qué genio se deben? Sí hace falta una gran inteligencia para crear una palabra, ¿qué edad tiene, pues, la palabra humana: La reunión de letras, sus formas, la figura que dan a una palabra, dibujan exactamente, siguiendo el carácter de cada pueblo, seres desconocidos cuyo recuerdo está en nosotros. ¿Quién nos explicará filosóficamente la transición de la sensación al pensamiento, del pensamiento a la palabra, de la palabra a su expresión jeroglífica, de los jeroglíficos al alfabeto y del alfabeto a la elocuencia escrita, cuya belleza reside en una  sucesión de imágenes clasificada por los retóricos, y que son como los jeroglíficos del pensamiento? La antigua pintura de las ideas humanas configuradas por las formas zoológicas ¿no habrá determinado los primeros signos de los que se ha servido Oriente para escribir sus lenguas? Luego, ¿no habrá dejado tradicionalmente algunos vestigios en nuestras lenguas modernas, que todas se han repartido los restos de la palabra primitiva de las naciones, palabras majestuosa y solemne, majestuosidad y solemnidad que decrecen a medida que envejecen las sociedades; cuyas resonancias tan sonoras en la Biblia hebrea y tal bellas aún en Grecia, se debilitan a través de los progresos de nuestras civilizaciones sucesivas? ¿Es a este antiguo espíritu que debemos los misterios escondidos en toda la palabra humana? ¿no se nota en el sonido breve que exige una vaga imagen de la casta desnudez, de la simplicidad de la verdad en todas las cosas? Estas dos sílabas respiran no sé qué frescura. He tomado como ejemplo la fórmula de una idea abstracta, no queriendo explicar el problema con una palabra que lo hiciese demasiado fácil de comprender, como el de VUELO, donde todo habla a los sentidos. ¿No ocurre así con cada verbo? Todos tienen impreso un viviente poderío que sacan del alma y que restituyen por los misterios de una acción y de una reacción maravillosa entre la palabra y el pensamiento. Sólo por su fisonomía las palabras reaniman en nuestro cerebro las criaturas a las cuales sirven de ropaje. Parecidas a todos los seres, no tienen sino lugar donde sus propiedades pueden actuar plenamente y desarrollarse. ¡Pero este asunto importa quizás una ciencia entera!

La palabra no tiene nada de absoluta: nosotros actuamos sobre la palabra más que ella sobre nosotros; su fuerza está en razón de las imágenes que hemos adquirido y que agrupamos en ella.

 

 

La imagen destacada corresponde a una fotografía de la callecita que da a los fondos de la casa de Balzac en París.

. . . . . . . . .

Descubrí  este texto gracias a Daniela Azulay, quien a su vez lo redescubrió en su visita a La Cuentería para Tinkuy encuentro con libros.

La entrevista y el texto los podés escuchar por aquí en el programa de radio de Tinkuy, emisión Nº 199

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Fotografía:  Tinkuy

Honorato de Balzac (1799 -1850), novelista francés. En su famosa e inmensa obra “La comedia humana”, que abarca numerosos títulos, el autor revive, transformado por su genio, toda la sociedad de comienzos del siglo XIX. A “Luis Lambert” corresponden la página transcripta.

 

El oficio de vivir | El oficio del poeta | Cesare Pavese

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Cesare Pavese

21 de septiembre de 1938

La condensación de un cuento no consiste en meter las noticias una dentro de otra como cajas chinas, sino en el tono que presenta el brotar de los hechos como algo que se produce reflexivamente, a una razonable distancia, ¡y que está lleno de sobreentendidos sugeridos justamente por la distancia!

El cuento del tipo Dos amigos, es decir, aquel donde se despliegan con cierta implacabilidad acontecimientos sensoriales y psicológicos en el mismo plano de conciencia, en un infeliz compromiso con la dramaturgia que mira ocurrir hechos psicológicos a través de una técnica “inmediata” muy especial.

Lo propio del narrar, en cambio, es un representar acontecimientos más o menos iluminados, no un dejarlos ocurrir bajo una misma e inexistente luz difusa.

 

3 de octubre de 1938

(Cfr. 21 de septiembre)

 

La dificultad del tiempo en la narración consiste en transformar el tiempo material, monótono y en bruto, en un tiempo imaginario tal que tenga, empero, la misma consistencia del otro.

La eterna falsedad de la poesía estriba en que sus hechos ocurren en un tiempo distinto del real.

 

 

 

 

 

Cesare Pavese  |  El oficio de vivir •  El oficio del poeta

Traducción de Esther Benítez

Bruguera Alfaguara 1979

 

Foto: Eterna Cadencia https://www.eternacadencia.com.ar/blog/libreria/poesia/item/trabajar-cansa-poemas-de-cesare-pavese.html

Postal de verano | Carolina Musa

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Caro Musa - foto - Lupamilupa Fotografía

Con las valijas en la vereda

de la casa de la infancia es decir las valijas

en la infancia misma, de algún modo

(los vecinos duermen)

podría robar el cartel de la despensa

la claridad, el cielo, la basura del corso

tirada entre los yuyos

para mi colección de souvenirs:

aerosoles sin nieve, botellas de plástico

papeles, bolsas, envoltorios

y hojas de coca masticadas y escupidas

(un sarpullido triste sobre el suelo)

En la esquina

-justo bajo el farol clueco

donde fumó Agustín en los noventa

con un gesto viciado de galán de TV-

estaciona el camión municipal

y se apean dos mamelucos amarillos

cargando una hoja de palmera

y una pala de albañil.

Uno barre,  el otro junta.

La sincronía es imperfecta, de hecho

parecen dos robots drogados cada vez

que uno barre la polvareda sube

amontona los papeles y envoltorios

levemente hacia el cordón, el otro

arrastra la pala por la calle duda

antes de acometer contra el apenas montículo

después tira el cargamento de la pala en el camión

con lasitud enervante, ambos

de súbito se detienen:

el de la pala se apoya sobre ella y cruza los pies

como un bailarín en descanso

el otro nada más ve la coupé taunus

que dobla la esquina y me descubre

espiando en plena calle, por si acaso

no levanto la mano, el de la pala

me devuelve indiferencia: bosteza

a tempo con la ruinosa casi escoba

que agita lánguida el polvo, la polvareda sube

la claridad acobarda.

 

 

La curva de Ebbinghaus

Baltasara Editora, 2017

 

El recién llegado | Edgar Bayley

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Edgar Bayley

aquel espejo

el recién venido

todavía los rostros de quienes se embarcan y vuelven

y arrojan al mar sus sombreros

recuerdos sueños a la luz del sol

a la luz del sol recién venido

mientras ellas se asoman

y sus sonrisas caen

se vuelan

se enredan en el pasado en el presente

en el aire de un corazón que revive

el recién llegado

entra en el café

se sienta junto al sol

y viaja al espejo

a la canción perdida

en la última visita

en el saludo al pueblo que dejó atrás

 

 

*  Antología personal, poemas

Capítulo, Las nuevas propuestas

Centro Editor de América Latina, 1983

Sobre improvisar | John McLaughlin

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Larry Coryell Paco de Lucía McLaughlin

“En cierto sentido sos una especie de funambulista. Caminás sobre la cuerda floja, te podés caer, y alguna vez `caes´ cuando improvisás, pero lo único que te puede doler es tu ego. Así que no pasa nada”.

 

 

Extraído de “Paco de Lucía: La búsqueda-Documental”

Minuto 1:01:51

Casi nadie va a sacarlo de sus casillas | Julio Cortázar

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Julio Cortázar

El caballo relincha, el perro ladra,
la suma de los ángulos de un triángulo
es igual a dos rectos, la sopa, la conciencia,
el alcaucil, después del dos el tres, después
del hoy, mañana, casi nadie lo sacará de sus
casillas. Casi nadie ni nada, porque ¿cómo tomar
en serio esos latidos en que el sueño es acceso,
esas miradas de insoportable lucidez en un
tranvía, eso que ahora dice: Huye, pero al final, al
fin y al cabo, no era más que un gajo de naranja
reventado en la boca? ¿Cómo tomar en serio que
una puerta dé a la tristeza cuando el arquitecto la
abre al pasillo, que unos senos dibujen paralelos
sus jardines cuando es la hora de
ir a la oficina? Imposible negar las evidencias
dice el doctor y dice bien, inútil sacar de sus
casillas al honesto almanaque, San Rulfo, Santa
Tecla, San Fermín, la Asunción, el caballo
relincha, el perro ladra, casi nadie le ofrece en
una esquina un pedacito suelto de bicicleta o
trompo, casi nunca es verano en pleno invierno
por razones de estricta pulimentada lógica,
hay que ser lo que se es o no ser nada, y nada
lo sacará de sus casillas, nadie lo sacará, y si un
caballo ladra no lo sabremos nunca, porque
los caballos no ladran. Bastaría un apenas, un no
quiero, para empezar de otra manera el día,
hervir la radio con las papas y a cada chico darle
un cocodrilo para que huela a miedo en las
escuelas, sacar los muertos a que tomen aire,
meter las mitras en la mayonesa, actividades
subversivas, claro, pero otras cosas hay; fusiles
corren por las picadas, Sudamérica crece en su
selva hacia la aurora, de tanto arroz bañado en
sangre nacerá otra manera de ser hombre.
No cito más que apenas estas cosas, saco de sus
casillas a unos cuantos que todavía creen en la
poesía encasillada en su vocabulario
lleno de compromisos con lo abstracto.
La suma de los ángulos de un triángulo,
los caballos no ladran,
dice el doctor, y dice bien.

Caracola

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P1040938

cuando termina el día me

sacudo el desierto

como un perro mojado sin

otro dueño más que

mi propia hambre

 

acomodo el lomo contra la noche y

poco a poco vuelvo a

ser caracola alada

 

me rodea un charquito de nácar

un mar reversible

para el silencio.

 

maga.-

22-XI-09

Arma blanca de levitación | Nicolás Todo | Ediciones Danke 2017

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Arma blanca de levitación

Yo también silbé creyendo

que me comunicaba con los pájaros

Varias veces les hablé a las plantas

pensando que me entendían

pensando que no

pensando que un día lograría

entenderlas

He recibido guía de perros

He sido un gato más junto a un

gato negro en una cocina

Los jotes han sobrevolado mi corona en el monte

y he encontrado la naturaleza y la he perdido

y nunca dejé de serla

y he vestido con gracia

el camuflaje de la ciudad

Indistintas diferentes manos

se dieron en transparencia de tripulantes

de la nave tierna

Todas manos doradas

/

Sólo vimos

a través de nuestros huecos

/

A veces me pierdo pero

soy igual a todo

 

. . .

 

¿Qué hay debajo de la manta

que todos tejen

sobre la que caminan

Qué hay atrás del cielo que no se mira

o sobre los calientes movimientos incesantes

de las mentes gradualmente llevadas al fuera-de-sí

de los vapores continuos sin pausa que

no ven la vertiente de los huecos

ni el canal que traza una llegada constante de vida abstracta y

placer de existir / en flujo de formas que se amoldan y se pierden

humedad y frescura del cuerpo invisible de los mundos en este mundo

Qué hay donde no hay nada, amor, amigo, ámbar amargo néctar dulce

donde todo es, arcángel, anuncio, hermana, hambre y satisfacción

donde las corrientes siempre están a favor, aún en contra

qué hay, que habés

qué cae de tu boca y del centro de tu pensamiento

amigo, batalla, fantasía de la Ünica, amor

qué crece del suelo o del cielo

que toca?

 

. . .

 

Entre las gotas de lluvia

Cae un puñal

Con tus iniciales

Estallido, renacimiento y tierno infierno

Me hizo vivo de la corona hasta la planta

De los pies por los cuales corre

La única y besada sangre

 

Difícil saber

Si la sangre es mía o si lastimé con mi carne

A tu suave, agudo

Puñal

 

. . .

 

No escribí un poema fue un bloque de luz pesada

que cayó

sobre la dócil máquina de mí

huesos operados por la fascinación del músculo

en un pequeño movimiento de los dedos tecleando hay

una inmensurable fuerza de arrastre que trae

a los animales poéticos sin cuerpo

a hacer su baile entre mis objetos

desprendiendo llamas que no destruyen nada

en los cuales vive sin tiempo la fascinación

que tensa los músculos de las piernas que hace saltar

qué es la alegría si la puedo explicar es mentira

esto se me parece a la infancia pero no

al momento alucinogenado pero no

algo basal

vislumbrar que hay algo indiferenciado en todos y en todo

 

 

 

Arma blanca de levitación

Nicolás Todo

Ediciones Danke, 2017

 

Reseña  https://www.pagina12.com.ar/65340-tecnologias-del-extasis

Milena | Margrete Buber-Neumann

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Cartas a Milena  | Franz Kafka

… una idea anticipada de todos los castigos del infierno consistirá en tener que volver a vivir la propia vida con la perspectiva de su conocimiento, siendo lo peor no ya la visión interna de los actos evidentemente malos, sino la de aquellos que en algún momento habíamos considerado buenos…

Yo, Milena, yo sé perfectamente, que tu obras justamente hagas lo que hagas […] ¿Qué habría tenido yo, de lo contrario, que ver contigo si no hubiera sabido esto? Igual que en las profundidades del mar hasta el más pequeño sitio está bajo una presión enorme, así es a tu lado; pero cualquier otra vida sería una vergüenza…

Milena, ¡qué nombre tan rico y pleno! Apenas se puede levantar por su plenitud. No me gustó mucho al principio, me parecía más bien un nombre griego, romano, extraviado en Bohemia y violentado por la lengua checa,, traicionado en su acentuación, y, sin embargo, es una maravilla de color y de figura, una mujer que uno se lleva en brazos para sacarla del mundo, del fuego, no sé, y ella se apoya espontáneamente en ti y se echa confiada en tus brazos…

… Mientras tú no dejes de subir, no se acabarán los escalones; van creciendo hacia arriba bajo tus pies ascendentes.

Querer la muerte pero no el dolor es mala señal, porque de no ser así nos atreveríamos a morir.

 

Milena

Margarete Buber-Neumann

Tusquets Editores, Julio de 2017

Milena

José Martí | Tres héroes

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José Martí

“Hay hombres que viven contentos aunque vivan sin decoro. Hay otros que padecen como en agonía cuando ven que los hombres viven sin decoro a su alrededor. En el mundo ha de haber cierta cantidad de decoro, como ha de haber cierta cantidad de luz. Cuando hay muchos hombres sin decoro, hay siempre otros que tienen en sí el decoro de muchos hombres. Esos son los que se rebelan con fuerza terrible contra los que les roban a los pueblos su libertad, que es robarles a los hombres su decoro. En esos hombres van miles de hombres, va un pueblo entero, va la dignidad humana. Esos hombres son sagrados. Estos tres hombres son sagrados: Bolívar, de Venezuela; San Martín, del Río de la Plata; Hidalgo, de México. Se les deben perdonar sus errores, porque el bien que hicieron fue más que sus faltas. Los hombres no pueden ser más perfectos que el sol. El sol quema con la misma luz con que calienta. El sol tiene manchas. Los desagradecidos no hablan más que de las manchas. Los agradecidos hablan de la luz”.

Cuentan que un viajero llegó un día a Caracas al anochecer, y sin sacudirse el polvo del camino, no preguntó donde se comía ni se dormía, sino cómo se iba a donde estaba la estatua de Bolívar. Y cuentan que el viajero, solo con los árboles altos y olorosos de la plaza, lloraba frente a la estatua, que parecía que se movía, como un padre cuando se le acerca un hijo. El viajero hizo bien, porque todos los americanos deben querer a Bolívar como a un padre. A Bolívar, y a todos los que pelearon como él porque la América fuese del hombre americano. A todos: al héroe famoso, y al último soldado, que es un héroe desconocido. Hasta hermosos de cuerpo se vuelven los hombres que pelean por ver libre a su patria.

Libertad es el derecho que todo hombre tiene a ser honrado, y a pensar y a hablar sin hipocresía. En América no se podía ser honrado, ni pensar ni hablar. Un hombre que oculta lo que piensa, o no se atreve a decir lo que piensa, no es un hombre honrado. Un hombre que obedece a un mal gobierno, sin trabajar para que el gobierno sea bueno, no es un hombre honrado. Un hombre que se conforma con obedecer a leyes injustas, y permite que pisen el país en que nació, los hombres que se lo maltratan, no es un hombre honrado. El niño, desde que puede pensar, debe pensar en todo lo que ve, debe padecer por todos los que no pueden vivir con honradez, debe trabajar porque puedan ser honrados todos los hombres, y debe ser un hombre honrado. El niño que no piensa en lo que sucede a su alrededor, y se contenta con vivir, sin saber si vive honradamente, es como un hombre que vive del trabajo de un bribón, y está en camino de ser bribón. Hay hombres que son peores que las bestias, porque las bestias necesitan ser libres para vivir dichosas: el elefante no quiere tener hijos cuando vive preso: la llama del Perú se echa en la tierra y se muere, cuando el indio le habla con rudeza, o le pone más carga de la que puede soportar. El hombre debe ser, por lo menos, tan decoroso como el elefante y como la llama. En América se vivía antes de la libertad como la llama que tiene mucha carga encima. Era necesario quitarse la carga, o morir.

Hay hombres que viven contentos aunque vivan sin decoro. Hay otros que padecen como en agonía cuando ven que los hombres viven sin decoro a su alrededor. En el mundo ha de haber cierta cantidad de decoro, como ha de haber cierta cantidad de luz. Cuando hay muchos hombres sin decoro, hay siempre otros que tienen en sí el decoro de muchos hombres. Esos son los que se rebelan con fuerza terrible contra los que les roban a los pueblos su libertad, que es robarles a los hombres su decoro. En esos hombres van miles de hombres, va un pueblo entero, va la dignidad humana. Esos hombres son sagrados. Estos tres hombres son sagrados: Bolívar, de Venezuela; San Martín, del Río de la Plata; Hidalgo, de México. Se les deben perdonar sus errores, porque el bien que hicieron fue más que sus faltas. Los hombres no pueden ser más perfectos que el sol. El sol quema con la misma luz con que calienta. El sol tiene manchas. Los desagradecidos no hablan más que de las manchas. Los agradecidos hablan de la luz.

Bolívar era pequeño de cuerpo. Los ojos le relampagueaban, y las palabras se le salían de los labios. Parecía como si estuviera esperando siempre la hora de montar a caballo. Era su país, su país oprimido que le pesaba en el corazón, y no le dejaba vivir en paz. La América entera estaba como despertando. Un hombre solo no vale nunca más que un pueblo entero; pero hay hombres que no se cansan, cuando su pueblo se cansa, y que se deciden a la guerra antes que los pueblos, porque no tienen que consultar a nadie más que a sí mismos, y los pueblos tienen muchos hombres, y no pueden consultarse tan pronto. Ese fue el mérito de Bolívar, que no se cansó de pelear por la libertad de Venezuela, cuando parecía que Venezuela se cansaba. Lo habían derrotado los españoles: lo habían echado del país. El se fue a una isla, a ver su tierra de cerca, a pensar en su tierra.

Un negro generoso lo ayudó cuando ya no lo quería ayudar nadie. Volvió un día a pelear, con trescientos héroes, con los trescientos libertadores. Libertó a Venezuela. Liberto a la Nueva Granada. Libertó al Ecuador. Libertó al Perú. Fundó una nación nueva, la nación de Bolivia. Ganó batallas sublimes con soldados descalzos y medios desnudos. Todo se estremecía y se llenaba de luz a su alrededor. Los generales peleaban a su lado con valor sobrenatural. Era un ejército de jóvenes. Jamás se peleo tanto, ni se peleo mejor, en el mundo por la libertad. Bolívar no defendió con tanto fuego el derecho de los hombres a gobernarse por sí mismos, como el derecho de América a ser libre. Los envidiosos exageraron sus defectos. Bolívar murió de pesar del corazón, más que de mal del cuerpo, en la casa de un español en Santa Marta. Murió pobre, y dejo una familia de pueblos.

México tenía mujeres y hombres valerosos, que no eran muchos, pero valían por muchos: media docena de hombres y una mujer preparaban el modo de hacer libre a su país. Eran unos cuantos jóvenes valientes, el esposo de una mujer liberal, y un cura de pueblo que quería mucho a los indios, un cura de sesenta años. Desde niño fue el cura Hidalgo de la raza buena, de los que quieren saber. Los que no quieren saber son de la raza mala. Hidalgo sabía francés, que entonces era cosa de mérito, porque lo sabían pocos. Leyó los libros de los filósofos del siglo XVIII, que explicaron el derecho del hombre a ser honrado, y a pensar y a hablar sin hipocresía. Vio a los negros esclavos, y se lleno de horror. Vio maltratar a los indios, que son tan mansos y generosos, y se sentó entre ellos como un hermano viejo, a enseñarles las artes finas que el indio aprende bien: la música, que consuela; la cría del gusano, que da la seda; la cría de la abeja, que da miel. Tenía fuego en sí, y le gustaba fabricar: creó hornos para cocer los ladrillos. Le veían lucir mucho de cuando en cuando los ojos verdes. Todos decían que hablaba muy bien, que sabía mucho nuevo, que daba muchas limosnas el señor cura del pueblo de Dolores. Decían que iba a la ciudad de Querétaro una que otra vez, a hablar con unos cuantos valientes y con el marido de una buena señora. Un traidor le dijo a un comandante español que los amigos de Querétaro trataban de hacer a México libre. El cura montó a caballo, con todo su pueblo, que lo quería como a su corazón; se le fueron juntando los caporales y los sirvientes de las haciendas, que eran la caballería; los indios iban a pie, con palos y flechas, o con hondas y lanzas. Se le unió un regimiento y tomó un convoy de pólvora que iba para los españoles. Entró triunfante en Celaya, con músicas y vivas. Al otro día juntó el Ayuntamiento, lo hicieron general, y empezó un pueblo a nacer. El fabricó lanzas y granadas de mano. El dijo discursos que dan calor y echan chispas, como decía un caporal de las haciendas. El declaró libres a los negros. El les devolvió sus tierras a los indios. El publicó un periódico que llamó El Despertador Americano. Ganó y perdió batallas. Un día se le juntaban siete mil indios con flechas, y al otro día lo dejaban solo. La mala gente quería ir con él para robar en los pueblos y para vengarse de los españoles. El les avisaba a los jefes españoles que si los vencía en la batalla que iba a darle los recibiría en su casa como amigos. ¡Eso es ser grande! Se atrevió a ser magnánimo, sin miedo a que lo abandonase la soldadesca, que quería que fuese cruel. Su compañero Allende tuvo celos de él; y él le cedió el mando a Allende. Iban juntos buscando amparo en su derrota cuando los españoles les cayeron encima. A Hidalgo le quitaron uno a uno, como para ofenderlo, los vestidos de sacerdote. Lo sacaron detrás de una tapia, y le dispararon los tiros de muerte a la cabeza. Cayó vivo, revuelto en la sangre, y en el suelo lo acabaron de matar. Le cortaron la cabeza y la colgaron en una jaula, en la Alhóndiga misma de Granaditas, donde tuvo su gobierno. Enterraron los cadáveres descabezados. Pero México es libre.

San Martín fue el libertador del sur, el padre de la República Argentina, el padre de Chile. Sus padres eran españoles, y a él lo mandaron a España para que fuese militar del rey. Cuando Napoleón entró en España con su ejército, para quitarles a los españoles la libertad, los españoles todos pelearon contra Napoleón: pelearon los viejos, las mujeres, los niños; un niño valiente, un catalancito, hizo huir una noche a una compañía, disparándole tiros y más tiros desde un rincón del monte: al niño lo encontraron muerto, muerto de hambre y de frío; pero tenía en la cara como una luz, y sonreía, como si estuviese contento. San Martín peleó muy bien en la batalla de Bailen, y lo hicieron teniente coronel. Hablaba poco: parecía de acero: miraba como un águila: nadie lo desobedecía: su caballo iba y venía por el campo de pelea, como el rayo por el aire. En cuanto supo que América peleaba para hacerse libre, vino a América: ¿qué le importaba perder su carrera, si iba a cumplir con su deber?: llegó a Buenos Aires; no dijo discursos: levantó un escuadrón de caballería: en San Lorenzo fue su primera batalla: sable en mano se fue San Martín detrás de los españoles, que venían muy seguros, tocando el tambor, y se quedaron sin tambor, sin cañones y sin bandera. En los otros pueblos de América los españoles iban venciendo: a Bolívar lo había echado Morillo el cruel de Venezuela: Hidalgo estaba muerto: O’Higgins salió huyendo de Chile; pero donde estaba San Martín siguió siendo libre la América. Hay hombres así, que no pueden ver esclavitud. San Martín no podía; y se fue a libertar a Chile y al Perú. En diez y ocho días cruzo con su ejército los Andes altísimos y fríos: iban los hombres como por el cielo, hambrientos, sedientos; abajo, muy abajo, los árboles parecían yerba, los torrentes rugían como leones. San Martín se encuentra al ejército español y lo deshace en la batalla de Maipú, lo derrota para siempre en la batalla de Chacabuco. Liberta a Chile. Se embarca con su tropa, y va a libertar el Perú. Pero en el Perú estaba Bolívar, y San Martín le cede la gloria. Se fue a Europa triste, y murió en brazos de su hija Mercedes. Escribió su testamento en una cuartilla de papel, como si fuera el parte de una batalla. Le habían regalado el estandarte que el conquistador Pizarro trajo hace cuatro siglos, y él le regalo el estandarte en el testamento al Perú. Un escultor es admirable, porque saca una figura de la piedra bruta: pero esos hombres que hacen pueblos son como más que hombres. Quisieron algunas veces lo que no debían querer; pero ¿que no le perdonará un hijo su padre? El corazón se llena de ternura al pensar en esos gigantescos fundadores. Esos son héroes; los que pelean para hacer a los pueblos libres, o los que padecen en pobreza y desgracia por defender una gran verdad. Los que pelean por la ambición, por hacer esclavos a otros pueblos, por tener más mando, por quitarle a otro pueblo sus tierras, no son héroes, sino criminales.

Anna Ajmátova | Poemas

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ANNA AJMATOVA

EL SAUCE

 

Y el manojo de árboles vetustos

                                           Pushkin

 

Crecí en medio de un silencio de arabescos,

en la habitación infantil y fría del joven siglo.

No me era grata la voz de los hombres,

sólo entendía la de viento.

Yo amaba la ortiga y la bardana,

pero por encima de todo, al sauce plateado.

Agradecido, él vivió siempre junto a mí,

sus ramas sollozantes

cubrían de sueños mi insomnio.

Y, extrañamente, le he sobrevivido.

Afuera el tronco cercenado permanece

mientras otros sauces con voces alienadas

algo dicen bajo nuestro cielo.

Y yo guardo silencio… como si hubiera muerto un hermano.

(1940)

 

. . . . . . . . . .

 

Veintiuno. Noche. Lunes.

El contorno de la capital es brumoso.

Un ocioso ha inventado

que existe el amor sobre la tierra.

 

Por desidia o por cansancio

todos le han creído y así viven:

aguardan los encuentros, temen las despedidas

y entonan canciones de amor.

 

Más, para otros se revela un misterio

y los invade el silencio…

Yo di con esto por casualidad

y desde entonces ando como enferma.

(1917)

 

. . . . . . . . . .

 

XII

LÍNEAS DE ZÁRSKOIE SIELÓ

 

El viento del otoño sopla

como el quinto acto de un drama,

cada jardinera del parque

parece una tumba reciente.

Consumado el banquete fúnebre,

no hay nada más que hacer.

¿Por qué espero entonces, como si pronto

tuviera que cumplirse un milagro?

Así, una pesada lancha

puede sujetarse por largo tiempo junto al muelle,

como una mano débil despidiéndose

de aquel que permaneció en tierra firme.

(¿1944?)

 

. . . . . . . . . .

 

¿Por qué envenenaron el agua

y enlodaron mi pan?

¿Por qué la última libertad

la han convertido en madriguera?

¿Acaso porque no me burlé

de la amarga muerte de mis amigos?

¿O porque fui fiel a mi triste patria?

Que así sea.

Sin verdugo y sin cadalso

no se es poeta en la tierra.

Son para nosotros las  camisas de penitente,

el caminar con velas y ahullar.

(¿1935?)

 

. . . . . . . . . .

 

ENSUEÑO

 

Tu y yo llevamos el mismo peso

de una larga y negra despedida.

¿Por qué lloras? Dame tu mano,

promete regresar a mis sueños.

Somos como una montaña frente a otra…

No volveré a encontrarme contigo en este mundo.

Sólo si me enviaras recuerdos a medianoche

con las estrellas.

(1946)

(Ciclo El escaramujo florece)

 

. . . . . . . . . .

 

Hay palabras irrepetibles.

Quien las dijo perdió demasiado.

Sólo el azul del cielo

y la misericordia de Dios son inagotables.

(1916)

 

. . . . . . . . . .

 

Ruego al rayo de la ventana

pálido, fino y recto.

Hoy desde temprano guardo silencio,

el corazón está escindido.

En mi aguamanil

el cobre ha enmohecido

y el rayo juega con él.

¿Qué alegre es verlo!

Tan inocente y sencillo

en el silencio nocturno,

en eta casa vacía

él es una fiesta áurea

y un consuelo para mí.

(1909)

 

. . . . . . . . . .

 

Junto a la mesa están las horas de la tarde

y la página irremediablemente en blanco.

La mimosa huele a Niza y a calor.

Un gran pájaro vuela con la luz de la luna.

 

Y, tejiendo tensamente mis trenzas en la noche,

como si las necesitara mañana,

sin entristecer, miro por la ventana

hacia el mar y las pendientes arenosas.

 

¡Qué poder tiene el hombre

que no pide ni siquiera ternura!

No puedo levanta los siglos cansados

cuando él pronuncia mi nombre.

(1913)

 

. . . . . . . . . .

 

¿Me perdonarás estos días de Noviembre?

Las llamas tiemblan en los canales del Neva.

Es indignante la belleza del trágico otoño.

(Noviembre de 1913)

. . . . . . . . . .

 

Abandonaré tu casa blanca, tu jardín apacible

y la vida será desierta y lminosa.

A ti alabaré en mis versos

como ninguna mujer supo hacerlo jamás.

Tu recordarás a tu amada

en el paraíso creado por ti para sus ojos

y yo comerciaré mercaderías escasas,

venderé tu amor y tu ternura.

(1913)

 

. . . . . . . . . .

 

¡Qh, era un día frío

en la maravillosa ciudad de Pedro!

El atardecer descansaba como una hoguera púrpura

y lentamente la sombra se hacía espesa.

 

Aunque él no ame mis ojos

proféticos e inmutables,

siempre perseguirá el verso

y la plegaria de mis labios soberbios.

(1913)

 

. . . . . . . . . .

 

LOS VERSOS

 

A Vladimir Narbut

 

Son bagazos de insomnio,

mechas carbonizadas de velas torcidas,

toque de alba

en cientos de campanarios blancos…

tibio banco de la ventana

bajo la luna de Chernigov,

son abejas, melilotos,

polvo, tiniebla y ardor.

(Ciclo Secretos del oficio)

 

. . . . . . . . . .

 

Tal vez muchas cosas quieran aún

ser cantadas por mi voz:

lo que retumba en el silencio,

o lo que emana de la roca en la oscuridad profunda de la tierra,

o tal vez lo que en el humo se revela.

Todavía no he aclarado mis cuentas

con el fuego, ni con el viento, ni con el agua…

Pero muy pronto este sopor

me abrirá las puertas de par en par

llevándome tras una estrella matutina.

(1936-1960)

(Ciclo Secretos del oficio)

 

. . . . . . . . . .

 

Y la gloria navegaba como un cisne

a través del humo áureo.

Pero tú, amor, fuiste siempre

mi desolación.

(Ciclo Sarta de cuartetas)

 

. . . . . . . . . .

 

CASI PARA UN ÁLBUM

 

Al escuchar un trueno, me recordarás

pensando: ella añoraba las tormentas…

En el cielo la franja será escarlata ardiente

y abrasará el corazón, como antes.

Eso ocurrirá un día en Moscú

cuando abandone la ciudad para siempre

y retorne al anhelado hogar

dejando entre ustedes sólo mi sombra.

(Ciclo El trébol moscovita)

 

. . . . . . . . . .

 

Todos se fueron y  nadie regresó.

Fiel a la última promesa amorosa

sólo tu diste la vuelta

para ver el cielo ensangrentado.

La casa estaba maldita y maldito el oficio.

Era inútil el dulce canto

y no me atreví a levantar la mirada

ante mi terrible destino.

Profanaron la claridad de la palabra,

pisotearon el verbo sagrado

para que yo lavara la sangre del piso

con las enfermeras del treinta y siete.

Me separaron del único hijo,

torturaron a mis amigos en los calabozos,

me rodearon con empalizadas invisibles,

fortalecidas en su armonioso acecho.

Me premiaron con la mudez,

mendigando la condena para el mundo,

me llenaron de calumnias,

calmaron mi sed con veneno

y conducida hasta el límite,

fui abandonada allí por alguna razón.

Por eso a esta loca ciudadana

le gusta divagar por plazas agonizantes.

(1959)

 

 

. . . . . . . . . .

 

 

NOCHEBUENA (24 DE DICIEMBRE) Último día en Roma

 

El cierre de un ciclo reciente

es tan difícil para el corazón,

he abandonado muchos hábitos en la vida

y ya casi nada me hace falta.

 

Creo en los pinos de Komarovo

hablan en su propia lengua

y como primaveras aisladas

se yerguen en los charcos, bebiéndose el cielo.

(1964 De Borradores y bosquejos)

 

. . . . . . . . . . . . . . . . . . .

 

Soy vuestra vos (antología)

Selección, prólogo y traducción del ruso: Belén Ojeda

Edición bilingüe / Poesía Hiperión

 

Anna Ajmátova c

 

Cantata para los hijos de Gracimiano (cuento) | Daniel Moyano

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Dorada y Capulí

El hombre y la mujer despertaron con los huesos fríos, como dos arañas inútiles expuestas al sol. Estaban tendidos en la expresión donde los había dejado el deseo, fatigado en una interminable reiteración mecánica de un impulso iniciado hacía tiempo. Lo único visible del hombre era un largo brazo caído hacia el piso de tierra, y de la mujer un mechón negro de cabellos. El resto era una construcción topográfica de huesos puntiagudos debajo de la frazada, que latía en su fragilidad impulsada por cuatro pulmones. Últimamente cada acto de amor les sabía a duelo, pero lo ocultaban ante el temor de que fuese verdad. Estaban ambos boca arriba, casi juntos. Pensaban.

El problema que tenían era cómo decirles a por lo menos dos de los nueve hijos, los mayores, que ese día los entregarían a otras familias que pudiesen alimentarlos. Para los siete restantes, menores y sin entendimiento, era un simple problema de combinar palabras, que para ellos, más que significados, serían simplemente sonidos.

Los hijos, desparramados en el suelo, tendidos sobre prendas caballares, dormían en desorden al pie del catre de Gracimiano. El viento de la mañana se filtraba por las paredes vegetales. El menor tenía un fin de sonrisa en la cara aceitunosa. Los demás mostraban sus manos sin el temblor cotidiano de los últimos tiempos, finalmente vencido por el sueño, que también era un alimento, pero aturdidas a veces por visiones internas que jugueteaban en las cabecitas desordenadas. De un modo o de otro, salvo quizás el menor, sabían que ese era el día de la separación.

Los hijos de Gracimiano habían roto las cáscaras de los nueve huevos primordiales eludiendo la cifra cien que se le resta a cada mil niños que nacen en esta tierra del cacto, y pasando por el territorio de las vacunas y de la leche en polvo lograron inscribirse valientemente en el censo del último año, para gloria eterna de la patria. En adelante sólo tendrían que afrontar lo que afronta cualquier hombre, contando entre ellos al Gracimiano y a la Gracimiana.

El Gracimiano padre y la Gracimiana madre no les habían dicho nada todavía sobre el destino que pudiera tener cada uno de ellos a partir de ese día en las casas de quienes pudiesen alimentarlos. Tampoco ellos habían hablado sobre eso. Lo pensaban separadamente. O quizás no lo habían pensado todavía, pero el hecho de la separación estaba en el aire, era la consecuencia de los pequeños actos que se sucedían día tras día, aparentemente inconexos entre ellos, destinados a unirse, sin embargo, para formar un desgarramiento, o nueve desgarramientos, como lo estaba intuyendo ella en ese momento:

“Nosotros no lo pensamos nunca. Fue don Pedro cuando dijo al verlos temblar que esto no podía seguir así. En los pueblos de abajo hay todavía familias que pueden alimentarlos. Y usted señora no lo provoque más a su marido. No se acuesten juntos durante un tiempo. Ustedes mismos están quedando puro hueso. Pronto comenzarán a temblar como ellos”. Pero lo que más les preocupaba, a medias, porque pensaban con mitades de palabras, era la cronología de las separaciones. Primero uno, después el otro, y así hasta nueve. Porque además no era justo dar algunos solamente y condenar a los otros. El bien probable debía repartirse equitativamente, como aquella vez que con un hilo dividió un huevo en nueve partes exactamente iguales. El hombre se había opuesto a la división del huevo. Había que dárselo al menor para que no temblara como los otros. “Lo único que has logrado con esa geometría es dejar con hambre a los nueve”.

Gracimiano eludía las cronologías inevitables y trataba de reducir las nueve separaciones a una sola. “Después de todo, los hijos no son de uno sino de quienes les dan la leche. Iremos en la carreta, ellos bajarán por atrás y entrarán en las casas de quienes sean”. Después él y Gracimiana seguirían hacia adelante, lo único que había que hacer entonces era no mirar para atrás, y sobre todo no decir nada cuando los niños fuesen bajando porque eso sería repetir nueve veces un montón de palabras inútiles, y a uno le quedaba siempre la posibilidad de dar un grito, un solo grito que incluyese a los nueve. En eso oyó más o menos claramente el ruido de las patas del caballo de don Pedro, el encargado de la Sala de Primeros Auxilios, y enseguida el ruido metálico del tarro de leche en polvo que el hombre dejaba caer al suelo sin bajarse del caballo. Esperó unos instantes el ruido del otro tarro, “pero nunca más volverá a repetirse, una sola vez me dejó dos tarros, después fue siempre uno solo”, y con eso debía estar más que agradecido a don Pedro, porque en realidad no le correspondía ningún tarro de esa leche que repartía el Gobierno para niños menores de dos años y madres en situación. Después abrió los ojos y vio que afuera no había ni tarros ni caballos y que los ruidos estaban en su memoria.

El hombre sabía que la mujer tampoco dormía, que estaba pensando mientras esperaba que amaneciese, pero se levantó muy despacio no tanto como para no despertarla sino para que no advirtiera lo que iba a hacer. Al bajar del catre tanteó con un pie la cabeza de Anita (sabía que era ella por lo suave del pelo), y luego, levantando los pies como un gato mientras caminaba entre los niños, alzó con cuidado el tarro de leche que estaba sobre la mesita y salió al campo. Allá vio que quedaba polvo como para hacer medio litro, encendió fuego, sacó agua del cántaro, preparó un poco de leche y en cuatro patas volvió hasta el lugar que ocupaba el menor en la cama común y se la dio. “Tómela sin hacer ruido, no vaya a ser que se despierten los otros”. Hecho esto se acostó nuevamente. Quizás amaneciese enseguida.

Conocí a Gracimiano cuando él era soltero. Un buen tipo, fuerte, el mejor hachero del departamento. Sus padres eran de Ilisca, pero él no se acordaba nunca del pueblo. Las cosas comenzaron a andar mal para él cuando se fue a Chepes y se enredó con la Gracimiana. No era una mujer para él: demasiado hermosa. Desde el mismo día que la conoció no pararon de acostarse juntos y de echar hijos al mundo. Ella lo fue secando poco a poco. Por ese tiempo vivían cerca de Ñoqueve y el gobierno acababa de prohibir la tala de los montes. En los obrajes no había trabajo y las cosas se pusieron feas para todos. Yo era comisario entonces en Ñoqueve y me ordenaron detenerlo porque le había robado una cabra a un vecino. Cuando llegué ya se la habían comido y vi cómo los cuatro hijos que tenía entonces se reían junto al horno tratando de reconstruir la cabra con los huesos que habían quedado de ella. Me entregó el cuero y dijo que podía devolverla con trabajo. Como los dueños, que siempre fueron buenos patrones, aceptaron la propuesta, no fue necesario detenerlo ni remitirlo a la Capital, y Gracimiano, en un par de semanas, no sólo hachó todo lo que había que hachar en el campo de los Pastrana, sino que arregló y dejó como nuevos los techos y las paredes de las viviendas de la peonada. Ahora ha vuelto a Ilisca, dicen, y sigue tumbando árboles, aunque ya está un poco viejo para eso.

Gracimiana caminó en puntas de pie entre los niños para no despertarlos. Vio que en el tarro había apenas un resto de leche y después de vacilar un instante la arrojó al suelo. “No quiero que haya peleas además de tristeza”, hubiera pensado, pero su pensamiento había sido la acción misma. Cuando tiró la leche sintió una larga mirada de Gracimiano, que a poca distancia ataba la mula para el viaje. Estuvo por decirle “no alcanzaba ni para uno solo”, pero advirtió que el hombre comprendía. En los últimos tiempos podían vivir sin palabras.

Como obedeciendo a los pensamientos de Gracimiano, ella le dijo al primer niño que despertó: “vaya subiendo a la carreta”, y ellos iban subiendo a medida que despertaban, y se quedaban allá arriba, mientras Gracimiano ataba todavía algunas correas al animal para sujetarlo a las varas del carro. Algunos volvían a dormirse, apoyándose entre ellos, otros miraban sin asombro un gran sol que subía ya por el cielo como un gigantesco y lejano padre, haciendo dar a cada jarilla, a cada musgo del desierto, su pequeña cuota de sombra, incluso a los cabellos de Anita, que proyectaban una sombra idéntica sobre sus propias mejillas paspadas.

Yo conocí a Gracimiana cuando ella todavía era una niña. Tenía la piel tan suave que se le paspaba con cualquier brisa. Vivía en el campo y vino a Chepes para ir a la escuela, aunque ya era un poco grande para eso. La admití lo mismo y le tomé cariño. Aprendió rápidamente y si no hubiera sido porque era linda, habría pasado desapercibida. No hablaba casi nunca y se movía como una sombra. Los obrajeros y los turcos más ricos de la zona querían casarse con ella. Su desgracia fue Gracimiano. Todavía iba a la escuela cuando lo conoció. Gracimiana envejeció a los treinta años, gastado por él y por los hijos. Después la perdimos de vista, pero quien tuvo la suerte de conocer a Anita, su hija, podía ver otra vez a Gracimiana con las mejillas paspadas por el aire.

El último en subir fue el perro, que calentaba a la vez las piernas del menor, los brazos de José el mayor y una parte de las costillas de la otra mujercita, que dormía todavía. Las frazadas recogidas por Gracimiana cubrían a a casi todos los niños y parte del perro. Los que iban despertando se despojaban de su parte de frazada, porque ya el sol calentaba bastante fuerte. Cuando pasaron frente al primer paraje el hombre y la mujer se miraron un instante como para considerar la posibilidad de la primera entrega, aunque quizá no se miraron para eso sino para probarse, porque no hubo ninguna vacilación en las manos de Gracimiano al sostener las riendas; en ningún momento sus músculos se alteraron para trasmitirle a la mula una orden de detención. Lo que sí pudo vacilar, en vez de las manos, fue el pensamiento de Gracimiano, antes de mirar a la mujer. El pensamiento o el deseo de ejecutar lo que había pensado señalaban que allí había un posible lugar para uno de los hijos, pero enseguida la posibilidad desapareció porque el pensamiento ahora claro del hombre, corporizado casi en una media sonrisa, le decía que en vez de pedir ayuda podían darla, podían ofrecerle al habitante de esa casa un lugar en la carreta para que intentase una posibilidad similar a la de ellos en otros lugares. Las riendas siguieron flojas, entregando el destino de la gente al instinto de la mula, que buscaría los únicos parajes posibles en ese costado del desierto.

Y justamente cuando el sol estuvo bien caliente y el sueño desapareció, los niños comenzaron a temblar, más o menos en el mismo orden con que habían subido a la carreta. El primero en temblar fue José. “Usted es grandecito ya y puede aguantar más”, dijo Gracimiana con una voz no apta para decir eso. “Dentro de esta bolsita hay algo para matar eso, pero hay que compartirlo”. Salvo el menor, que aunque despierto permanecía normal, los otros ocho temblaban manos y caras con ritmo de hambre gesticulada. José le pidió que abriera la bolsa, pero ella ensayó bien su voz diciendo que había que tener todavía un poquito de paciencia, acaso dividiendo mentalmente el tiempo del día con las provisiones que tenía. Después observó con pausas a cada uno, y envolviendo al menor en una larga mirada de sospecha, le dijo, con otra voz, a Gracimiano: “Había más leche en el tarro; lo que pasa es que se la diste a él solo”. Había ira en su voz cambiada, como si la voz de ahora estuviese mordida por algo. Gracimiano asintió con uno de sus silencios y ella sacó la manzana de la bolsa y dijo con la voz de un tercer personaje desconocido: “Ahora no tendré un trabajo difícil, no habrá necesidad de dividirla en nueve partes iguales. Cualquiera sabe cortar una manzana en ocho partes”. La rabia, como un viento contenido, le había encendido las mejillas, que parecían paspadas. “Usted no come”, recitó después mirando al menor y entregando una octava parte de la manzana a cada uno de los otros.

Para los niños, los sucesivos desgarramientos fueron apenas un poco de sueño interrumpido con un descenso por la parte trasera de la carreta. El primero correspondió a José, con un principio de adultez en sus pantalones todavía cortos y las palabras tranquilas de su padre: “Bueno amigo, usted se queda acá. El compadre Britos se hará cargo de usted hasta que pueda valerse por sus propias manos. Las cosas no fueron tan malas hasta ahora, más o menos pudimos vivir juntos, pero eso ahora ya no es posible y hay que ser hombre y aguantarse todo lo que venga. Déme la mano en señal de que ha comprendido”.

José se quedó parado mirando alejarse la carreta. Ninguno de sus hermanos volvió la cabeza, ni sus padres. El perro estuvo ladrándolo un rato y él oyó ese ladrido hasta que el sonido desapareció, y también la carreta, después que el ladrido, y sintió una gruesa mano de Britos que le acariciaba la cabeza y lo felicitaba porque no lloraba. Más allá, en la carreta, Gracimiana había aprendido a usar bien su voz y decía con seguridad las cosas que había que decir en esos momentos.

Durante el resto del día la mula los guió sabiamente por distintos parajes, y en todos los lugares a que los llevó, salvo en uno, nadie rechazó hacerse cargo de un niño. Anita y su hermana menor pudieron quedarse juntas en la misma casa. “Y cuando sean grandes les buscaremos novios”, se dijo. En la radio que había en esa casa, una gran orquesta llenaba todo el espacio con su música. Millares de instrumentos desconocidos, y otros conocidos o percibidos, desparramaban una música extraña y total en lo que quedaba del día. La música venía a través del aire desde ciudades ricas y distantes, desde una Capital no entrevista pero poderosamente existente, donde habían vivido personajes históricos, el Creador de la Bandera, el Libertador de América y también Carlos Gardel. La música que salía de la radio era extraña y abundante, parecía adaptarse a las circunstancias, era larga y no cesaba. Y no cesaba porque cuando partieron, ya solamente con el menor de los hijos, y el alcance de la radio se perdió, la música siguió todavía resonando en ellos, en Gracimiano y Gracimiana, y eso fue bueno porque sustituyó los pensamientos y todo lo demás.

Cuando lo dejaron en la más segura de las casas que habían visto, el menor había comenzado a temblar, y Gracimiano, al verlo así, se puso a disminuirse y empequeñecerse y tender a desaparecer, pero el dueño de casa, viendo su deliberado empequeñecimiento, le dijo que no tuviera miedo, que el niño se recuperaría en seguida y que dentro de poco se lo podría ver en los corrales domando potros y reventando toros. Y aunque ni Gracimiano ni Gracimiana creyeran esas afirmaciones, no podían pensar lo contrario porque ahora la música oída en la radio los acompañaba.

El perro no quiso quedarse en ninguna parte, por su afición a Gracimiano, y hubo que degollarlo. Se entregó solo al puñal, como si hubiese comprendido la congruencia que había en su brillo. Cuando todo estuvo más o menos muerto, el hombre y la mujer sintieron que el carro iba liviano de equipaje. También la mula, que al no sentir ninguna carga importante inició una carrera enloquecida hacia algún posible final de la geografía, donde la provincia termina en unas salinas que son su horizonte.

Durante la carrera de la mula ellos reconstruyeron sus desgarramientos y lo único que había más allá de ellos era el deseo de que el animal no parase más y los llevase siempre hacia alguna parte. La mula se paró dudando ante un barranco que separaba a esa llanura de otra, más vasta y más blanca, como si fuese toda de sal, dobló el cuello hacia atrás y los miró como preguntando, los vio juntos sentados en una tabla que atravesaba el carro. Gracimiano, que había soltado las riendas hacía mucho, se tomó las rodillas y miró hacia el sur. Gracimiana, apoyando su espalda contra la del hombre, lloraba y miraba hacia el norte. Lo que ella lloraba y pensaba le llegaba a él por los músculos de la espalda y las cavernas de las costillas, en sucesivos zumbidos, en resonancias que le envolvían las vísceras bajas y luego pasaban al corazón llenándolo de un incomprensible dolor.

—Es mejor que se calle; todavía falta saber qué haremos con nosotros. Algo tendremos que hacer, en alguna parte tendremos que parar.

—Yo no quiero parar ni seguir. Que la mula haga lo que quiera.

—A la mula hay que matarla también. No quiero que quede nada de todo esto.

—Sin la mula estaremos perdidos porque no sabremos qué hacer.

—Lo que usted debe hacer —susurró él con la boca, y ella sintió que el zumbido de sus palabras le atravesaba a ella también la espalda, le corría hasta la nuca y desde allí le velaba los ojos por dentro—, lo que usted debe hacer es dejar de llorar.

La mujer separó su espalda de la de él, lo miró de frente, impaciente, y gritó:

—Le diste toda la leche a él; los otros ocho temblaban, pero se la diste a él.

La mula, impaciente ante ese diálogo que interrumpía sus impulsos, cerró los ojos y se arrojó hacia abajo en un salto que pretendía ser el encuentro con alguna realidad que no fuese la de ese momento y de todos los momentos que durante el día precedieron a ese. Uno de los propios hijos de Gracimiano, desde lejos, vio volar a la mula y cerró los ojos para no ver dónde caía. Los músculos del animal mantuvieron al carruaje y su carga en conjunción con la caída, de modo que por ese equilibrio llegaron abajo sin deshacerse, y con pocos vestigios del carro. El hombre y la mujer se miraron un momento, como borrándose mutuamente, y aunque no lo necesitaban parece que quisieron hablar para que cada uno después, en el tiempo, usase esas palabras como mejor le pareciese. Pero no pudieron y entonces ella le preguntó con un gesto qué podían hacer.

Gracimiano acercó la mula hacia ellos, ató las correas sueltas desprendidas de la carreta y tomó la mano de Gracimiana para ayudarla a montar el animal.

—Usted se va para allá, yo para ese otro lado —le dijo.

Ella asintió cubriéndose las mejillas ante el viento de la noche vecina.

La mula inició un trote rápido hacia el sur y se perdió en la sombra creciente, tanto que Gracimiano, si se hubiera dado vuelta para mirarla, no habría podido. Metió las manos en los bolsillos y empezó a caminar despacio, hacia el norte, hacia Ilisca, donde sin duda quedaban muchos árboles para tumbar.

Y desde los primeros pasos no pudo pensar ni sentir nada, porque la cabeza se le llenó de música, de la misma música de la radio de la casa donde había dejado a sus hijas. Extraños instrumentos expresaban cada frase musical y adormecían sus sentidos, incluido el que pudiera recordarle la voz nunca aprendida de Gracimiana.

Y del destino ulterior de sus hijos lo salvaba el tiempo porque José el mayor fue destruido por una bala policial en una ciudad populosa adonde lo había llevado la interrogación y la desesperación de la violencia. Otros quedaron ciegos en el norte, sin poder vencer un hambre primordial. La hermana menor de Anita se salvó de la prostitución gracias a un viajante de comercio, pero no pudo hacer nada para rescatar a su hermana de un burdel del oeste, donde terminó sus días y sus noches con las mejillas insensibles.

De los demás hijos nada se sabe, pero de cualquier modo sus historias no hubieran tenido importancia para Gracimiano, que cayó antes que ellos, como uno de sus árboles, pero con dos remordimientos: no poder recordar la voz de Gracimiana y no haber compartido con todos los hijos la última leche que quedaba en el tarro el día de la separación.

 

. . . . . . .

 

En Villa Nidia, en el corazón de los Llanos, ya casi en el límite con San Luis y Córdoba, vivía Héctor David Gatica, que ha escrito Memorias de los Llanos. Editaba una revista de poesía en mimeógrafo: Poesía amiga. La llevaba a lomo de mula a la estafeta de Nueva Esperanza, lejos de allí y la desparramaba por el mundo. Con él recorrí la zona. No pude ir en coche. Lo hicimos a lomo de mula. Mi amigo me contó la historia de una pareja con muchos hijos que había debido ir regalándolos a todos para que no murieran de hambre, hasta quedarse sola. Vacilé mucho en escribir la historia. Me senté a escribir el cuento a las diez de la noche y lo terminé a las seis de la mañana. Lo publicó el diario La Opinión antes de que se incluyera en El estuche del cocodrilo. Ese cuento representa mi contacto más brutal con La Rioja. (de «Libro de navíos y borrascas»: los aprendizajes del exilio, de Sara Bonnardel)

 

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Los fragmentos de la obra de Daniel Moyano que se citan en este blog pertenecen a los siguientes libros:

El estuche del cocodrilo  |  Ediciones del Sol 1974

Tres golpes de timbal | Ed. Sudamericana 1990

Tres golpes de timbal | Alción Editora 1º edición 2012

Un silencio de corchea | Colección La ciudad de los naranjos | Biblioteca Mariano Moreno, de La Rioja

La espera y otros cuentos | Biblioteca básica argentina 1992

El oscuro | Ed. Sudamericana 1º edición 1968

La lombriz | Nueve 64 ediciones 1964

El trino del diablo | 1º edición Ed. Sudamericana 1974

Una luz muy lejana |  Ed. Sudamericana 1º edición

El libro de navíos y borrascas | Editorial Gárgola

Dónde estás con tus ojos celestes |  Editorial Gárgola

Un sudaca en la corte |  Caballo negro editora

En la atmósfera | Editorial El mensú

El vuelo del tigre | Legasa literaria 1981

Algunas de las fotografías de Daniel Moyano fueron tomadas de internet y pertenecen al Archivo de Fotografías de Daniel Moyano, que se aloja en el Archivo Virtual Daniel Moyano, en el Centre de Recherches Latino-américaines de la Université de Poitiers, en Francia. 

http://www2.mshs.univ-poitiers.fr/crla/contenidos/Moyano/Presentacion.html

http://amerika.revues.org/5739

Raquel

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naranjelli

Si pelo una naranja los bucles de su cáscara se extienden hasta la cocina de mi abuela materna. Regresan a mí vaporosas y sugerentes esas galaxias que ella colgaba, como pequeños celajes, por los aromas altos de la alacena.

Siempre me convocaba la íntima sutileza de aquel decorado cotidiano, y su fulgor. Quizás por eso las volutas que recuerdo con mayor intensidad son las que suspendía del ventanuco que daba al patio: ese otro misterio de mi abuela y de sus tardes. Esa celebración de tierra, nísperos y mandarinas.

Cuando las cascaritas se secaban las guardaba en un frasco de tapa con sombrero. Las usaba exclusivamente para perfumar el mate, y mis ojos. Ella lo sabía muy bien. Sabía que estaba perfumando un recuerdo y una intuición.

Ella sabía, y ahora yo también lo sé, los años luz que puede recorrer un conocimiento, o un ritual, ofrecido tácitamente por el quehacer silencioso y perfumado de una abuela.

Sus movimientos componían un lenguaje contundente. Unívoco. Y de ellos aprendí, entre otras cosas, que esos bucles de naranjas podían resguardar todo lo necesario para cimentar un hogar y sus vapores nutricios.

Mi abuela siempre me miraba con una ternura casi infantil y si intervenía en mis cavilaciones lo hacía desde el fondo de ese telón de volutas anaranjadas.

Su voz, como una aparición, ponía mesura sobre lo que para mí era una catástrofe. No la atenuaba, sólo la ponía en su justo lugar. Con sus propias manos partía mi tristeza en pedacitos, como cascaritas secas, y después la esparcía debajo de lo importante. De lo sutil. De su silencio. Que sigue siendo la compañía más intensa y abrazadora que recuerdo.

Oratio de hominis dignitate (fragmento) | Giovanni Pico della Mirandola

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Marguerite Yourcenar ♥

No te he dado ni rostro, ni lugar alguno que sea propiamente tuyo, ni tampoco ningún don que te sea particular, ¡oh Adán!, con el fin de que tu rostro, tu lugar y tus dones seas tú quien los desee, los conquiste y de ese modo los poseas por ti mismo. La Naturaleza encierra a otras especies dentro de unas leyes por mí establecidas. Pero tú, a quien nada limita, por tu propio arbitrio, entre cuyas manos yo te he entregado, te defines a ti mismo. Te coloqué en medio del mundo para que pudieras contemplar mejor lo que el mundo contiene. No te he hecho ni celeste, ni terrestre, ni mortal, ni inmortal, a fin de que tú mismo, libremente, a la manera de un buen pintor o de un hábil escultor, remates tu propia forma.

Fragmento citado en Opus Nigrum  de  Marguerite Yourcenar

Nee certam sedem, nee propriam faciem, nee munus ullun peculiare tibi dedimus, o Adam, ut quam sedem, quam faciem, quae muñera tute optaveris, ea, pro voto, pro tua sententia, habeas et possideas. Definiita ceteris natura intra praescriptas a nobis leges coercetur. Tu, nullis angustiis coercitus, pro tuo arbitrio, in cuius manu te posui, tibi illam praefinies. Medium te mundi posui, ut circumspiceres inde commodius quicquid est in mundo. Nec te caelestem ñeque terrenum, ñeque mortalem ñeque immortalem fecimus, ut tui ipsius quasi arbitrarius honorariusque plastes et fictor, in quam malueris tute formam effingas.

Giovanni Pico della Mirandola

Las ciudades invisibles (fragmento) | Ítalo Calvino

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Y Polo:

—El infierno de los vivos no es algo por venir; hay uno, el que ya existe aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Hay dos maneras de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de dejar de verlo. La segunda es riesgosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y darle espacio.

Los sinsabores del verdadero policía (fragmento) | Roberto Bolaño

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¿Y qué fue lo que aprendieron los alumnos de Amalfitano? Aprendieron a recitar en voz alta. Memorizaron los dos o tres poemas que más amaban para recordarlos y recitarlos en los momentos oportunos: funerales, bodas, soledades. Comprendieron que un libro era un laberinto y un desierto. Que lo más importante del mundo era leer y viajar, tal vez la misma cosa, sin detenerse nunca. Que al cabo de las lecturas los escritores salían del alma de las piedras, que era donde vivían después de muertos, y se instalaban en el alma de los lectores como en una prisión mullida, pero que después esa prisión se ensanchaba o explotaba. Que todo sistema de escritura es una traición. Que la poesía verdadera vive entre el abismo y la desdicha y que cerca de su casa pasa el camino real de los actos gratuitos, de la elegancia de los ojos y de la suerte de Marcabrú. Que la principal enseñanza de la literatura era la valentía, una valentía rara, como un pozo de piedra en medio de un paisaje lacustre, una valentía semejante a un torbellino y a un espejo. Que no era más cómodo leer que escribir. Que leyendo se aprendía a dudar y a recordar. Que la memoria era el amor.
Descubrí el gusto de leer esta novela en el muro de Catalina Tovorovsky. Gracias!

María Moreno ♥ | Black Out (comienzo)

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A Beba Eguía y Ricardo Piglia

El hombre subió al ómnibus. Llevaba una enorme jaula cubierta con un trapo negro. Los pasajeros que viajaban parados se fueron corriendo hacia el fondo; algunos intercambiaron una mirada cómplice: el amor a un animal doméstico con el que se comparte la vida, sabiendo que la comida siempre será escasa —el hombre vestía humildemente—, suele despertar una tolerancia sin aspavientos. Después de todo, era un transporte popular: no faltaban los grandes bolsos donde los obreros llevaban su muda de ropa y sus viandas, los coches de bebés plegados y cerrados, las bolsas del supermercado con alimentos para los próximos quince días. Pero lo que pareció molestar a todos fue que el hombre estuviera borracho. Transpiraba ese olor dulzón, agrio, que perfuma la resaca y sobrevive a la ducha o un baño de inmersión. Debería de ser vino, porque las bebidas en forma de agua ardiente —de la llamada bebida blanca— suelen salir a la superficie con la pureza química del etanol, como si el cuerpo se hubiera convertido espontáneamente en un alambique purificador. El aliento del hombre también era agrio, fuerte, porque además de alcohol exhalaba tabaco. El hombre se tambaleaba aun en las paradas, cuando el ómnibus estaba detenido mientras la gente subía. Lo peor es que no había podido desplazarse hacia el fondo, se atravesaba en el pasillo y, con las aristas de la jaula, pinchaba a los pasajeros de alrededor. Tampoco se callaba, decía: “No quiero perder esta jaula, si la pierdo me muero”.

No le contestaban, la mayoría trataba de alejarse lo más posible hasta que alguien, una mujer joven, le cedió el asiento. Estaba del lado de la ventanilla y, como el aire fresco diluía el olor del hombre, los pasajeros se tranquilizaron. Una vieja que iba sentada en el asiento reservado para las embarazadas y discapacitados le preguntó qué llevaba en la jaula. El hombre respondió: una mangosta. La necesito porque, como soy curda, no puedo separarme de ella, si no ¿quién se comería las víboras? Un policía le preguntó cuáles víboras. Las del delirium tremens, contestó. Pero esas víboras no son verdaderas, le dijo una chica con delantal blanco. Entonces el hombre levantó una punta del trapo para mostrar que la jaula estaba vacía. Tenía un aspecto radiante cuando dijo: ¡pero esta mangosta tampoco es verdadera!

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La primera vez que escuche esta historia fue en una fiesta. Yo iba por mi quinto whisky. Pensé que era un chiste de borrachos, una fábula a favor del protagonista. Después de todo él era el héroe. Liego me dijeron que la mujer que la había contado era de Alcohólicos Anónimos. Pero para entonces yo ya había olvidado la noche entera. Incluso la historia del borracho y la mangosta.

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Contra un fondo de tubos de ensayo por los que circulaba algo en ebullición, mi madre me hacía una prueba de magia. Con un vaso en cada mano, los dos llenos de un líquido transparente —luego supe que era alcohol—, vertía al mismo tiempo los contenidos en una pipeta de vidrio. El líquido se volvía de un carmín traslúcido que evocaba el color de una prenda ensangrentada que se enjuaga. Yo llamaba a mis amigas para que asistieran al número. Me jactaba de mi madre, doctora en Química, aceptando ser su asistente. Sin embargo no hacía nada.

Mucho más tarde, durante los años en que bebí sin parar, solía tener hemorragias. El diagnóstico de endometriosis no ponía en peligro mi vida y yo era suficientemente fuerte como para conservar un número normal de glóbulos rojos. Tenía un hijo, no pensaba tener otro. Sin embargo mi imaginación se disparaba cuando creía que el líquido ardiente que me llevaba sin cesar a los labios, me bajaba transformado en sangre, manchándome la ropa. Pero entonces, cuando mi madre “me hacía magia” ignoraba que la alquimia de mutar una sustancia transparente en rojo bermellón, a su modo, era una profecía.

Mi primera menstruación llegó muy tarde y por eso fue atesorada. Apenas un hilo de sangre en la toalla higiénica acompañado por una molestia en el vientre, que no alcanzaba el rango de dolor, eran suficientes para que yo actuara mi pubertad de manera que las amigas que poco antes se burlaran de mí enrostrándome mi cuerpo infantil, comparado con el de ellas, recientemente calificadas “de señoritas”, me obsequiaran con una sonrisa de condescendencia: les mostraba con ostentación mi blíster de Evanol, me negaba a correr en los recreos y, con cara de sufriente, iba al baño a cada rato, para comprobar con desilusión que la mancha seguía teniendo el mismo tamaño mientras su color viraba a un feo marrón oscuro. Todavía se usaban los paños caseros de tela de toalla con aletas, lavables e indiscretos desde la soga de colgar la ropa.

La casa que alquilamos con Gumier Maier no terminaba de gustarnos; conocedores entusiastas de la literatura sobre el Delta, no nos dejaba leerla en ninguna de sus claves: carecía de la clásica estructura de material y techo de dos aguas que el ascético Sarmiento había querido junto al río, con un mínimo de confort, como quien, por haber sido pobre, se aviene a desviar su destino con mejoras y bienes acumulados pero hasta cierto punto. Sólo seguía la etiqueta edilicia de las islas en los pilotes y el muelle, gemelo de tantos; cuando emergía de la bruma y sin balaustrada, Gumier Maier veía en él un jardín zen. Le decíamos La Desabrida y, sin que nuestro gusto hubiera influido en la elección, aunque todos sospecharan que sí, era kitsch. Cabaña de pino de Bariloche y casa de geishas, se la podía reconocer desde la lancha por el enorme cisne blanco que un amigo había puesto con la base en el agua: un trozo de cemento pintado, de un tamaño imposible para un ave, con alas separadas en actitud de levantar vuelo.

El amante de Gumier Maier había muerto. Yo vigilaba ese duelo, sin interrogar ni consolar, con una distancia pedagógica, puesto que me había persuadido a mí misma de que la no intervención, combinada con una mirada atenta y un cuidado flotante, podían acompañar aquello que me era vedado ahorrar al amigo: las distintas formas del dolor haciéndose pasado a través de períodos de una calma casi narcótica, desasosiego activo, desesperación enunciada sin necesidad de nombrarse en largas marchas ciegas desde el muelle al dormitorio durante las que —con el pretexto de plantar una azalea o unos jazmines del cabo— él sumergía sus manos en la tierra, como si tocara a su amante a través de la sustancia común que rodeaba el río y la tumba en el cementerio público al que solía llevar sus herramientas para instalar canteros. Si mal no recuerdo, hacía traslados de bulbos entre la tumba y nuestro jardín. En los dos lugares miraba crecer los brotes, tenderse hacia el sol: era un duelo floral.

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Entonces murió también mi padre. No lo velé pero cumplí su pedido de ser enterrado en la pequeña parcela que su familia tenía en el cementerio de Olivos: el traslado no estaba incluido entre las prestaciones de su jubilación —pero ¿quién se anima a desoír los pedidos de un moribundo?—; sí, el servicio funerario y el féretro, de una madera brillante y rojiza que elegí como si él hubiera podido verlo y reírse. Pedí dinero prestado a mi editora de entonces. Apenas la conocía, pero ya había sableado lo suficientemente a mis amigos como para reincidir aun por razones dramáticas, y ella tal vez achacara mi pedido al estilo del autor marginal cuyo trato formaría parte de los gajes de su oficio.

Le pedí a M que me reemplazara en la ceremonia. La esperé bebiendo en un bar frente al cementerio. M tiene la virtud de no perder la sangre fría en ninguna circunstancia. Cuando todo terminó, vino al bar, se pidió un café y comenzó a quejarse. Creo que no calibraba el lado cómico de su relato. Para colocar el féretro de mi padre hubo que reducir el cadáver precedente. Trozarlo hasta que los huesos ocuparan menos espacio, cambiar a una urna las cenizas de las partes incineradas. Deduje que eran los de mi abuela materna. Se me ocurrió que el tabú del incesto primaba bajo tierra: féretros y urnas separaban lo que sería polvo, y aun polvo común. M me contaba que no fue suficiente con mi abuela. También hubo que reducir a su hijo menor, muerto en un accidente de ómnibus. Mi padre no había sido un familiar simpático; mi abuela prefería a su hermano y allí estaba el odioso Cristobita imponiendo su corpacho y su féretro colorado: siempre había sido un extravagante. Le canté a M un trozo de “Boda negra”. Se escandalizó. En cambio le parecía natural darme esos detalles escatológicos. Hábil administradora, mascullaba contra la rapidez de las acciones de los enterradores, más destinadas —según su impresión— a no atrasar los próximos entierros que a la cortesía hacia los deudos, obligados a optar entre la integridad del muerto reciente y la de los anteriores, quizás ya moderadamente olvidados. Pensé en las pilas de Auschwitz, en el terrorismo visual de lo numeroso en la Historia, y en su opuesto, la pequeña pila de huesos fruto del destino biológico de uno solo, que ha gozado de una inscripción en su tumba, un par de placas con frases sentidas, a veces ambiciosas (esas latinadas ofrecidas a quien nunca las leerá), mientras bajo tierra los plazos municipales van favoreciendo una orgía sin carne que la madera podrida liberará en una composición caótica hasta que una deuda prolongada la destine a la fosa común.

“Lisina = cadaverina. Diaminobutano o butanodiamina = putrescina.” Cada vez que moría un familiar querido y de edad avanzada, mi madre recitaba los  químicos de la muerte en largas parrafadas modernistas, para concluir con una sentencia: “Estaba en edad de morir”. Objetivaba la descomposición de la carne en fórmulas cuyos números y letras la defendían del duelo, en este caso un duelo retrospectivo luego de muchos años de separación, hecho de capas de olvido sedimentadas sobre un amor muy antiguo por el que había sido el único hombre en su vida. M me contaba que, durante toda la ceremonia, permaneció sin llorar pero yo imaginé sus ganas de desplazar la atención prestada a su ex marido hacia su propia fragilidad y desdicha. Cuando el empleado de la funeraria preguntó cuáles de los hombres presentes se ofrecían para llevar al hombro el ataúd, tres amigas lesbianas dieron un decidido paso hacia adelante. El ataúd enfiló hacia la tumba con movimientos desiguales ya que mi hijo, que había tomado una de las manijas, era más alto que mis amigas. M me hacía el relato sin reírse; seguía indignada por el precio de la reducción de huesos.

—“Cadaverina y Putrescina como Soré y Resoré, divinidades clancas de la llanura” —le dije, recitando a Osvaldo Lamborghini y ella me hizo callar porque lo había dicho casi cantando.

Hay cuerpos que se descomponen más rápido, como los que han muerto por septicemia o por insolación. La muerte por infarto luego de un ataque cerebral, como la de mi padre, era inodora, al menos durante las primeras horas. Cadaverina y Putrescina tardarían en llegar. En un manual dedicado a la reducción de restos yo había leído cómo los microorganismos de la viruela, del ántrax y del cólera sobrevivían en los cadáveres durante mucho tiempo y eran contagiosos. Que en un cadáver de 1850, ante el lente de un microscopio, habían aparecido los pequeños virus de la viruela.

 

No era el caso de mi padre el de poder matar, una vez muerto. Tampoco su cadáver era radioactivo. Imaginé que por más que lo hubieran apretado para hacerle largar el aire hasta alcanzar los pulmones de enterradores mal equipados —apenas guantes de látex y botas de pescador—, ningún bacilo de Koch se habría volatizado hacia los vivos.

—La venganza de Margarita Gautier —le dije a M sin explicarme.

Luego del entierro fui en lancha hacia La Desabrida. Necesitaba escapar, alejarme por el río hacia esa morada húmeda que en ese momento me parecía un hogar. Gumier Maier respetó mi silencio. Yo me sentía aturdida. Dormí una siesta larga con breves despertares angustiados. Al atardecer tomé un sedante. Me tranquilicé. Por la noche ya estaba en el muelle preparándome para saltar al agua que el sol había calentado durante el día. En Tres Bocas el río es poco profundo. De noche, el mayor peligro era el de las Chris Craft que pasaban a velocidad y la única señal de una lucecita que parecía tener la propiedad de encenderse demasiado tarde, obligando a nadar precipitadamente hacia la orilla. Acababa de cenar una carne al vino preparada por mí, cuya salsa me había demandado casi medio litro de chianti ordinario. Luego bebí casi una botella de ginebra. Salté.

Tuve la precaución de nadar casi pegada a los pilotes de los muelles que estaban ubicados uno muy cerca del otro, siguiendo la diadema de luces de los faroles de los jardines y de la entrada de los porches.

Recuerdo que había reflectores sobre el cielo: provenían de los helicópteros de la policía que hacían redadas por las islas todos los fines de semana. Nadaba río abajo, a veces me detenía y hacía la plancha para mirar sobre mí el cielo estrellado.

—Zafé —me decía—, zafé.

No se puede llorar en una sustancia que se funde en las propias lágrimas. Y Gumier Maier, sentado en el muelle, podía verme desde lejos pero no hasta el punto de darse cuenta de que estaba llorando y, de haber estado más cerca, tampoco habría sido capaz de diferenciar sobre mi cara el agua del río de las lágrimas. Ese llanto, una vez derramado, terminaba también por ser irreconocible para mí, que no debía distraerme del tráfico y de nadar respirando acompasadamente al ritmo de las brazadas. Tuve la tentación de no volver, de seguir río abajo hasta la zona de quintas deshabitadas donde los muelles rotos me impedirían subir de nuevo a tierra. No intentaba una hazaña, ni siquiera una temeridad. Era como si el llanto y la natación se hubieran conjugado para desatar una especie de euforia, de prueba de potencia. Aun nadando contra corriente, sin mucho esfuerzo, los pies podían tocar el fondo. Sólo en medio del río era profundo. Pero existía en la deriva de mis pensamientos un horizonte de sin razón, una desobediencia que yo asociaba al gesto de John Glenn cuando, suspendido en el espacio, apenas conectado a la aeronave por un cable, dejó de escuchar la orden de volver, para gozar por un instante de ese flotar fuera de lo humano.

Gumier Maier comenzó a llamarme desde el muelle. Lo hacía con lengua bola de vino tinto y porro. Cada llamado era en voz más alta, angustiada. Quería que diera señales de vida, de que no me estaba ahogando o me había golpeado con un tronco de los tantos que emergían de las aguas, árboles podridos o talados, arrancados de cuajo por las tormentas. No tuve el impulso de contestar. Mi nombre me interrumpía la concentración. Desentonaba. Yo sentía el calor adentro del pecho y, por contraste, el frío del agua sobre la piel. Me gustaba la violencia de la sensación, el calor del alcohol en el interior del cuerpo. Ese grito lejano me advertía: yo ignoraba la resistencia de mi corazón, la desafiaba sin recordar mi edad y mi mal estado físico. La alegre irresponsabilidad, que desde afuera podía leerse como un gesto suicida, no tenía más sentido que una demostración de fuerza. Fuerza bruta ejercida con una prodigalidad de gigante que alguna vez me valió el apodo de Gargantúa. Destreza no: fuerza física, fuerza palurda del que se suicida mordiéndose las muñecas o tratando de separarse las mandíbulas con la mano como cabe a nuestra mitología paisana de hijos de inmigrantes. Tuve aliento para ir y volver. No recordaba que mi padre abría las botellas con los dientes, que nadaba mar afuera, con una rápida patada de crol de sus piernas delgadísimas como las mías. Ni me daba cuenta de que la boca abierta que sacaba fuera del agua, imitaba la curva de su agonía. Nadaba contra él, para alejarme de su muerte y, aunque volví, me pareció que era otra y que esa otra nadaba y bebía.

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La boca de mi padre, esa tensa forma de herradura que se repite de la rabieta de infancia recién al final de la vida, de aquel llanto que precede a la asfixia siempre breve y por eso no debería llamarse así —asfixia— sino cuando el soplo afanoso de la respiración suele deslizarse cada vez más espaciado entre los labios tendidos hasta su expansión máxima, me obsesionaba en su misterio: mantenía su habitual color oscuro, su humedad, una frescura que sobresaltaba en el rostro pálido y escamado de viejo. Yo la miraba luchar y suponía que, desde algún vaivén asordinado de la conciencia, mi padre hacía gestos de succión hacia los pechos de las enfermeras que se volcaban sobre él para cambiarle las sábanas volviéndolo primero de un lado y luego del otro, mecánicamente, como si ya no fuera un hombre. Porque, quitada la dentadura postiza, hundidos los labios en esa cavidad oscura desde la que llegaba un aliento hecho de los químicos que lo mantenían vivo y la propia podredumbre, aún podía percibirse que esa boca había sido ávida.

Dos noches antes de que me llamaran del hospital para avisarme de su internación, habíamos estado comiendo en un restaurante de menú poco variado pero el más cercano al que podía llegar desde el geriátrico sin fatigarse. Hacía poco tiempo yo le había hecho cambiar la dentadura: la nueva le molestaba pero terminó por admitirla, ilusionado con las ventajas que le describía, evocándole su gran apetito carnívoro, su hastío por los platos que no requieren tragarse sino con la simple presión de las encías desnudas como aquellos a los que se había resignado cuando su dentadura anterior se arruinó y tuvo que dejarla, y entonces él me mostraba con tristeza cómo desaparecía en un santiamén, propio de quien quiere terminar cuanto antes con un trámite enojoso, el puré mixto con un chorro de aceite, la manzana rallada, el caldo pálido sin sal ni pimienta, la dieta monocorde del enfermo cautivo.

Era una dentadura estándar, pareja y nacarada, poco mimética con la natural de la que no quedaba ningún registro y cuyas piezas defectuosas habían ido mermando de a poco, a veces con ayuda de su dueño que se las arrancaba con brutalidad, riéndose tanto de la necesidad de un dentista como del truco popular que consiste en sujetarlas ya flojas a la manija de una puerta para que la entrada de alguien las haga volar en la punta del hilo sujetador.

Sentado a la mesa del restaurante, mi padre preguntó con la cara iluminada si había cerdo, en el fondo sabiendo que no era posible que hubiera en ese lugar con módicos platos del día, pero era un lance de suerte, y esa alegría suspendida antes de la negativa supongo que habrá sido una breve victoria sobre el límite interpuesto a su sueño sibarita. Luego mascó un bife de chorizo con premura, asomado a su plato y de cuatro bocados como yo lo había visto hacer desde la infancia, haciendo enfurecer a mi madre. Se sirvió vino de la jarra de un cuarto, un vaso tras otro, agitando la botella hasta sacarle la última gota. Ya no le dejaban beber bebida blanca que era su favorita y, en los meses de terapia intensiva, sobrio y dormido, se había acostumbrado.

Impedido de caminar, de tomar fotografías —su oficio—, fascinado por los noticieros —o más bien reducido a ellos debido a que los servicios del geriátrico sólo incluían, para su televisor, los canales de aire—, alegre con la posesión de un gato ante cuya presencia la institución hacía la vista gorda, sólo obsesionado por la cantidad de lo ingerido y la velocidad en saciar su hambre, haciendo ruido con esa boca en la que ya no entraría nada para inundar las papilas de un placer totalmente elegido, por ejemplo esos picantes que antaño solía espolvorear como un ogro, sin ninguna proporción, al recetario existente alguno, mi padre se había convertido en un apetito.

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Tenía perfil de emperador romano. Cabeza y cuello en un mismo bloque, la nariz alineada con la frente aunque creo que a eso se le llama “perfil griego”. La descripción no es la de Electra como testigo ocular sino de mi madre ante sus amigas solteras y mayores, que habían visto a mi padre con sus propios ojos pero a las que ella hacía rabiar narrándolo. En realidad a mi padre lo llamaban con el nombre de otro emperador: el japonés. Hirohito había venido al país y su imagen estaba en las primeras planas de los diarios, la de un mestizo envarado, nunca sonriente, con altura de granadero. Y mi padre, como él, tenía los ojos oblicuos, un par de tajos brevísimos sobre una luminosidad amarilla que yo heredé y redondeo con un lápiz graso engrosado hasta el manierismo para dar la ilusión de una lágrima suspendida. Un artificio kitsch. Mi padre, escondido tras los lentes de carey, improvisaba un oriente de miope. El apodo de Hirohito no se debía solamente al parecido sino a ciertas simpatías filonazis que compartía con el emperador.

Creyéndose fea, mi madre ignoraba sus ardides femeninos, ardides que despreciaba pero ejercía y, para hacer rabiar a sus amigas, no sólo narraba la belleza de mi padre como si ellas no lo conocieran sino como si fuese una promotora o una representante artística: cuando por las noches salían a pasear por la Avenida Santa Fe para mirar vidrieras, las llevaba a que contemplaran el perfil de mi padre a su negocio de fotografías, un local estrecho a la altura de Callao. Yo las acompañaba. Con la luz de la vidriera apagada luego del horario de atención al público, mi padre leía o escribía frente a su escritorio. Seguramente revisaba los pedidos para el día siguiente. Un velador lo iluminaba desde arriba y mi madre señalaba la apostura de mi padre como una adquisición propia: a pesar de que ya no vivían juntos, era un acuerdo tácito con una ley que aún no aprobaba separar lo que había unido y las amigas asentían con hipocresía, tal vez consintiendo en que mi madre fuera vencedora quien sabe en qué zonas jamás definidas de la competencia entre mujeres.

Una vez mi padre se puso de pie y su sombra tapó la luz de la lámpara. Luego desapareció brevemente de escena. Cuando volvió a sentarse ante su escritorio se había puesto delante una botella de ginebra y un vaso. Lo señalé riéndome y mi madre, con brusquedad, me dio un topetazo en el hombro. Mi padre tomó un trago y las amigas de mi madre, supuse, se sintieron vencedoras: era un perfil de buen mozo en un echado del hogar conyugal que se había dado a la bebida. Y mi madre, no recuerdo con qué pretexto, nos hizo alejar.

.  .  .

Mi padre tenía un lado que desmentía su supuesta belleza. Unos dientes grandes que, sin el socorro oportuno de la ortodoncia, crecieron torcidos y filosos contra sus labios. El agua con flúor de las provincias en las que había trabajado los mancharon de amarillo, manchas pequeñas como pecas. Ese era el secreto de su boca sensual: su cualidad de herida.

Cuando se reía no se le veían los dientes: cierto accionar de su estructura ósea le había dado esa ventaja. De querer mostrar su parte fea, tenía que hacerlo deliberadamente, desenfundando la dentadura.

Para hacerme reír a mí, él solía encoger el labio inferior y desfigurarse aún más la boca mientras me corría con los dedos de las manos separados, afectando garras y pezuñas. Ese juego que me arrancaba gritos agudos solía irritar a mi madre, celosa de cualquier complicidad entre mi padre y yo, aunque también enojada por una actitud de él que juzgaba infantil e indigna de la virilidad. No entendí que su enojo sugería además que, aunque bromeara, a mi padre su defecto le daba pena. Un día tomé un gran pedazo de papel de paspartú y lo ocupé todo con un círculo. Luego dibujé la mínima traza del rostro humano: dos puntos por ojos, un palito, la nariz, todo rápido antes de ocuparme de la boca, demarcándola con una especie de banana donde fui dibujando pequeños triángulos irregulares que pinté en distintos tonos de marrón. Mi caja de 24 colores —las codiciadas alemanas de los años cincuenta donde los lápices se exhibían alineados bajo un fino papel de seda como si fueran bombones— permitía las gamas para alguien como yo que desconocía el arte del sombreado. Dos redondeles unidos por el medio, a modo de anteojos, señalaron la identidad del modelo. Tardé, me pareció, un tiempo muy largo, que imaginé merecedor de un elogio especial, sobre todo porque hasta entonces como dibujante festejada hasta la zalamería me había limitado a las hojas de cuaderno. Corrí a mostrarle el dibujo a mi padre. Primero miró el dibujo, luego a mí, muy serio. Luego hizo una especie de sonrisa, en realidad un rictus en donde no advertí su recuerdo de niño herido: hamacaba a su hermano menor y perdió algo en el suelo. Se agachó a recogerlo cuando la hamaca se alejaba a lo más alto de su curva, pero no lo hizo bien. La hamaca le voló todos los dientes de leche. Cuando crecieron los definitivos, su rostro, antes ascético, cambió súbitamente con ese morro llamativo, hecho de dientes desiguales y manchados que le hicieron difícil su relación con las mujeres desde el  momento en que cada varón intenta sobreponerse con cierta prestancia a la edad del pavo. Busqué esa boca en el terreno del espíritu y la encontré en el joven Sartre, boca que a muchos repele —una boca Bardot clavada en la cabeza del existencialismo—, que también como la de mi padre, el fotógrafo, llevaba lentes. En el terreno del deseo, la encontré en una joven a quien también le sobresalían los dientes pero cuando la probé me pareció áspera, como sin sangre. A veces sueño con esa boca sola, la de mi padre, suspendida en el aire, separada de todo cuerpo, una abstracción, pero carnal.

.  .  .

La llegada del nieto permitió a mi padre una entrada espectacular a mi habitación del sanatorio, munido de una filmadora y lámparas de estudio que me enceguecieron mientras daba de mamar. No nos saludó ni nos dio un beso: su única manera de expresar amor era el registro, una película que pronto extraviaba o que nos proyectaba a desgano, una foto ya dañada por un revelado desprolijo e impaciente.

Cuando mi hijo era pequeño, todos los domingos mi padre nos hacía una visita para un almuerzo que él remataba con una larga siesta. Entonces yo preparaba los platos suculentos que le gustaban —ravioles con estofado, milanesas a caballo, flanes con crema y otros inductores de la siesta pesada anteriores a la política de la comida sana—. Con el almuerzo él se bajaba una botella de ginebra. La servía llenando el vaso cada vez y sin hielo y la tragaba haciendo muecas y estirando la cabeza hacia atrás. Alguna vez en broma le ofrecí un embudo. Me dijo que era mejor usar una tolva, un embudo para granos en el que el cono menor, decía, tenía el diámetro de su boca. Traje el que yo usaba para pasar de la damajuana a una botella el vino que solía comprar suelto; estaba jugando pero él no: se lo puso en la boca y levantó la cabeza para recibir así la ginebra. Mi hijo no tenía edad para poder sostener la botella. Todo el juego era peligroso. Lo impedí.

No sabía cuidar. Carecía del instinto, siquiera el sentido común como para no soltar la mano de un nieto de tres años que hace equilibrio sobre una pared, o lo arrojaba y recogía en el aire sin calcular la altura del techo y, con las manos, le apretaba demasiado el cuerpo o gritaba hasta asustarlo. Era el Frankenstein de James Whale, en la escena en que juega con la pequeña María a arrojar flores al agua del lago y sostiene esa expresión torpe en donde convergen las intenciones de un asesino y el remedo de una ternura humana.

No separaba la sed de las ganas de aturdirse. En todo caso, mi padre bebía para liquidarse, como yo. Primero para darse ánimo pero, enseguida, para perder la conciencia, calmando así cualquier angustia, mucho y rápido con su boca insaciable. Hasta el sopor y el sueño o el coma intermitente antes del horror de despertarse en la feroz lucidez del día. Bebo en exceso porque bebo con la boca de mi padre.

. . . . . . . . . . . .

Black out | María Moreno | Literatura Random House | 2da. Ed. 2016

Estela Figueroa | El hada que no invitaron | Poemas

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PRINCIPIOS DE FEBRERO

No.

El hermoso verano

no ha terminado aún.

Nos queda un mes para estarse en los patios

y descalzarnos

mientras charlamos

de esto y aquello

sin ton ni son.

Todavía habrá hombres de brazos tostados

en las calles

de la ciudad envuelta por la noche

brotada toda

como un lazo de amor.

 

No.

No me sostengas que no voy a caerme.

Sólo se caen las estrellas fugaces

y yo —te dije—

quiero permanecer.

 

Un hombre es bueno para una noche.

Cuando amanece es un reflejo dorado

sobre la cama donde se toma café.

Y es agradable el olor que deja.

Dura todo un día.

Pero no toda la vida.

 

Luego hay que descansar.

El libro de Kavafis y el de Pavese

sobre la mesa de luz.

Hay que aminorar la marcha.

Sentarse un rato a solas

en el sillón del patio.

Mujeres: tendríamos

que aprender de los gatos.

¡Cómo agradecen el tazón

que rebosa de leche!

 

Falta para el otoño.

Que nos encuentre intactas.

Sin habernos negado

a estas pasiones

que cada tanto

asaltan.

. . . . . . . . . .

 

TRAGEDIA GRIEGA

 

A veces la confusión se produce

al elegir un rol equivocado.

 

Algunos sólo servimos

para estar en el Coro

diciendo parlamentos y canciones

que aclaren las pasiones de la Obra.

 

Cuando la vanidad

la euforia o simplemente

la grandeza del tema

nos convierte en actores

paralizados

olvidamos el texto

quedando en un ridículo silencio.

. . . . . . . . . .

 

Mi cuerpo

 

Hay momentos en que mi cuerpo me parece

como una casa abandonada.

 

Y no sé si soy yo

o es mi fantasma

que ha entrado en él

por error.

. . . . . . . . . .

 

Depresión

 

III

La casa que me protegía me expulsa

quiero salir

y no tengo a dónde ir.

“Soy una pobre amanuense”.

¿Quién tendrá piedad de mí?

 

IV

Me siento como en una cárcel

en una pequeña red de pescador.

Casi no puedo moverme.

Algunos peces me acompañan.

Son mis amigos.

Soy su sirena.

Son los peces-palabras:

espero ansiosa el momento de atraparlos

y empezar a cantar.

. . . . . . . . . .

 

BICHOS EN MI CASA

 

III

Porque ya no hablamos

me creo liberada de nuestra unión.

Es ingenuo.

Ambos tenemos el tesón

y la paciencia de la araña.

Puede permanecer un año escondida.

Y es un misterio saber qué la alimenta.

. . . . . . . . . .

 

A  MANUEL INCHAUSPE,

EN EL HOSPICIO

 

Las nuestras, mi amigo,

son obras pequeñas.

Escritas en la intimidad

y como con vergüenza.

Nada de tonos altos.

Nos parecemos a la ciudad

donde vivimos.

 

Perdiste tus últimos poemas

y yo casi no escribo.

 

De allí

esos largos silencios

en nuestras conversaciones.

. . . . . . . . . .

 

Estela Figueroa

El hada que no invitaron

Obra poética reunida 1985-2016

Bajo La Luna, 2016

Sharon Olds | poemas | La materia de este mundo

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Más vieja

Cuanto más vieja me pongo, más me siento
casi hermosa- no mi cara, una cara común,
puritana, sino mi cuerpo. Y tendré
cincuenta, pronto, mi cuerpo
se marchita, huesudo, y me gusta su
rugosidad plateada, la piel que se afina,
la superficie de un lago rizada por el viento, un espectro
arrugado, un pliegue de humo. Sin embargo
cuando miro hacia abajo puedo ver, a veces,
cosas que, si las viera una mujer joven, la harían
gritar como en una película de terror,
quedo convertida en bruja en un instante—si me inclino
lo suficiente, puedo ver la piel fina
de mi estómago frunciéndose
y colgando en pequeños picos, como yeso fresco.
Y sin embargo puedo imaginarme a los ochenta, hecha
enteramente, por fuera, de eso,
y haciendo el amor con la misma dignidad
animal, el túnel todavía igual
al interior de una bráctea color frambuesa.
De pronto me veo joven a mí misma
al lado de esa octogenaria, me veo
como su hija, mi carne suelta y drapeada
muestra los ángulos largos de estos extraños
huesos como las manijas de utensilios de cocina hechos en el cielo.
Cuando era más joven, me veía a mí misma,
a veces, como el tosco dibujo de una hembra—
los pechos, el destello de las caderas de los años 40—
pero este grisáceo ser abollado es confortable como
una vieja prenda favorita, es casi
amable, ahora, para mí. Por supuesto, es
el amor de él el que estoy viendo, el trabajo de su pulgar
sobre este centavo de la suerte —cinco veces
cinco años en su bolsillo. Quizás
aún si me muriera, él no me vería fea.
A veces, ahora, bailo
como humo chato sobre una chimenea.
A veces, ahora, creo que vivo
en el lugar donde se hace la bebida solemne, salvaje
de acabar, no estoy todo el día acabando,
pero vivo todo el día en el lugar donde eso se hace.

. . . . . . . . . . . . . . .

Acusación de oficiales de alto rango

En el zaguán arriba de del hueco de las escaleras

mi hermana y yo nos encontrábamos de noche,

ojos y pelo oscuro, los cuerpos

como gemelos en la oscuridad. No hablábamos

de los dos que nos habían llevado allí, como generales,

por sus propios motivos. Nos sentábamos compañeras

en la guerra fría, su cuerpo vivo la prueba de

mi cuerpo vivo, de espaldas al leve

cráter de obús de las escaleras, por donde

tendríamos que bajar, sin saber

más que loque habíamos aprendido allí,

así que ahora

cuando pienso en mi hermana, las suturas

y las marcas de las golpizas de su doctor esposo,

y las cicatrices de las operaciones, siento la

ira de un soldado parado sobre el cuerpo de

alguien a quien mandaron al frente de batalla

sin entrenamiento

ni arma.

. . . . . . . . . . . . . . .

Madre primeriza

Una semana después de que naciera nuestra hija,
me arrinconaste en la habitación de huéspedes
y nos hundimos en la cama.
Me besaste y me besaste, mi leche desató su
nudo corredizo y caliente a través de mis pezones,
empapó mi blusa. Toda la semana había olido a leche,
leche fresca, agria. Empecé a latir:
mi sexo había sido desgarrado como un trapo
por la corona de su cabeza, me habían cortado con un cuchillo
y cosido, los puntos tiraban de la piel—
y la primera vez que te rompen, no sabes
que vas a cicatrizar, mejor que antes.
Me acosté con miedo y sangre y leche
mientras me besabas y me besabas, tus labios calientes,
hinchados como los de un adolescente, tu sexo grande y seco,
todo tú tan tierno, te inclinaste sobre mí,
sobre el nido de puntadas, sobre
lo rajado y desgarrado, con la paciencia de alguien que
encuentra un animal herido en el bosque
y se queda con él, a su lado
hasta que vuelva a estar entero, hasta que pueda correr de nuevo.

. . . . . . . .

Estudio Bíblico: 71 a.C.

 

Después de derrotar a la armada de Espartaco

Marco Licinio Craso

crucificó 6000 hombres.

Eso dicen los documentos,

como si hubiera clavado los 18.000

clavos él mismo. Me pregunto cómo

se sintió, ese día, si salió a la intemperie

entre ellos, si caminó por esos bosques

humanos. Creo que se quedó en su tienda

y bebió, y quizás copuló,

oyendo las canciones en su honor,

la sintonía de instrumentos de viento

que estaba haciendo él de una sola vez, elevado a la potencia de seis mil.

Y quizás se asomó, a veces,

para ver las filas de instrumentos,

su huerto, la tierra erizada con eso

como si un parche en su cerebro le picara

y ésta fuera su manera de rascarse

directamente. Quizás le dio placer,

y un sentido de equilibrio, como si hubiera sufrido,

y ahora encontrara una compensación,

y una voz. Hablo como un monstruo,

alguien que hoy en día ha pensado largamente

en Craso, en su éxtasis por no sentir nada

cuando otros sienten

tanto, su ardiente levedad de espíritu

por ser libre de caminar por ahí

mientras otros son crucificados sobre la tierra.

Puede haber sido el día más feliz

de su vida. Si se hubiera cortado

la mano con una copa de vino, dudo que hubiera

tomado conciencia de lo que estaba haciendo.

Es aterrador pensar en él que ve de repente

lo que él era, pensar que corre

hacia afuera, para tratar de bajarlos,

un hombre para salvar 6000.

Si hubiera podido bajar uno,

y verle los ojos cuando el nivel de dolor

caía como en un vuelo repentino hacia el placer,

¿no habría eso abierto en él

el terror feroz de entender al otro? Pero entonces habría tenido

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más. Posiblemente casi nunca

pasa, que un Marco Craso

tome conciencia. Creo que durmió, y se despertó

al sueño de su conciencia, levantó la abertura de su carpa

y miró lentamente hacia afuera, a los susurros y crujidos

de su prado viviente —suyo, como un órgano

externo, un corazón.

. . . . . . . .

La promesa

Con el segundo trago, en el restaurant,

tomados de la mano sobre la mesa vacía,

hablamos de eso otra vez, renovamos nuestra promesa

de matarnos el uno al otro. Estás tomando gin,

el enhebro azul noche

se disuelve en tu cuerpo, yo tomo Fumé,

mastico su tierra fragante y ahumada, estamos

recibiendo tierra, ya somos en parte polvo,

y donde sea que estemos, estamos también en nuestra

cama, encajados, desnudos, a lo largo uno del otro,

cercanos, embriagados

después del amor, entrando y

saliendo del borde de la conciencia,

nuestros cuerpos felices, entrelazados. Tu mano

se tensa sobre la mesa. Te da miedo

que me acobarde. Lo que no quieres

es agonizar en una cama de hospital por un año

después de un infarto, incapaz

de pensar o de morir, no quieres

que te aten a una silla como a tu impecable abuela,

profiriendo insultos. El cuarto en penumbras

a nuestro alrededor,

globos de marfil, cortinas rosadas

ceñidas por la cintura —y afuera

un anochecer de verano tan leve,

alto, luminoso. Te digo que no me

conoces si creer que no te

mataré. Piensa en cómo hemos flotado juntos,

mirándonos a los ojos, pezón contra pezón,

sexo sobre sexo, las mitades de una criatura

resurgiendo hasta el borde de la materia

y sobrepasándola —me conoces de la brillante

sala de partos salpicada de sangre, si un león

te tuviera entre sus dientes yo lo atacaría, si las sogas

que ataran tu alma fueran tus propias muñecas, yo las cortaría.

. . . . . . . .

Por qué mi madre me hizo

 

Quizás yo soy lo que ella siempre quiso,

mi padre en mujer,

quizás soy lo que ella quería ser

cuando lo vio por primera vez, alto e inteligente,

parado en el patio de la universidad con la

luz dura y masculina de 1937

brillando en su pelo engominado. Ella quería ese

poder. Quería ese tamaño. Tironeó

y tironeó a través de él como si él fuera caramelo

oscuro de bourbon, tironeó y tironeó y

tironeó a través de su cuerpo hasta que me sacó,

pegajosa y brillante, su vida después de su vida.

Quizás yo sea como soy

porque ella quería exactamente eso,

quería que hubiera una mujer

muy parecida a ella, pero que no se retaceara, así que

se apretó fuete contra él,

apretó y apretó la pelota clara

y suave de sí misma como un palo de crema batida

contra el agrio rallador metálico manchado

hasta que yo salí atravesando el cuerpo de él,

una mujer alta, manchada, agria, filosa,

pero con esa leche en el centro de mi naturaleza,

estoy recostada aquí como estuve alguna vez recostada

en la curva de su brazo, su criatura,

y la siento mirándome como el

hacedor de una espada mira el reflejo de su cara en

el metal de la hoja.

. . . . . . . .

Poema tardío a mi padre

 

De pronto pensé en ti

de chico en esa casa, los cuartos sin luz

y la chimenea caliente con el hombre frente a ella,

silencioso. Te movías a través del aire pesado

en tu belleza, un niño de siete años,

indefenso, inteligente, había cosas que el hombre

hacía a tu lado, y era tu padre,

el molde del que estaba hecho. Abajo en el

sótanos, los barriles de manzanas dulces,

recogidas del árbol bien maduras, se pudrían y

se pudrían, y más allá de la puerta del sótano

el arroyo corría y corría, y algo no te fue

dado, o algo te fue

quitado, algo con lo que habías nacido, de modo que

aún a los 30 y 40 te llevabas

cada noche la medicina aceitosa a los labios para que te ayudara

a caer en la inconsciencia. Siempre pensé que

el punto era lo que nos hiciste a nosotros

como hombre grande, pero después recordé a aquel

niño formándose delante del fuego, los

pequeños huesos dentro de su alma

retorcidos y rotos desde el tallo, los pequeños

tendones que sujetaban el corazón en su lugar

se quebraron. Y lo que te hicieron

tu no me lo hiciste. Cuando te amo ahora,

me gusta pensar que le estoy dando mi amor

directamente a ese niño en el cuarto del fuego,

como si pudiera llegarle a tiempo.

. . . . . . . .

Las muertas

Cuando le pregunto a mi madre si puede recordar

si mi mejor amiga de los nueve años

se murió antes, o después, que su madre—

habían pintado su árbol con pintura de plomo

en el garaje cerrado— mi madre describe

lo furioso que se puso el padre de mi amiga,

años después, cuando mi madre y su segundo

marido les ganaron a él y a su segunda esposa

el concurso de vals. La voz de ella es melodiosa,

le encanta ganar, la pérdida de su rival

un caramelo erótico. Por un momento entiendo

que no sería totalmente malo

si mi madre muriera. Qué interesante

estar en el mundo cuando ella no estuviera —qué

raro respirar aire que ella no hubiera respirado

antes. Hasta puedo tener una visión de ella muerta,

por un segundo —boca arriba, desnuda, como mi padre

pequeña, mi padre como una mujer, la boca

abierta, como estaba la de él. De pronto, no siento

miedo —como si nadie me fuera a lastimar.

Y están juntos otra vez, un instante —un par de

cosas nupciales, ¡una tenaza! Como si me hubieran

entregado como un mensaje y después los hubieran ejecutado.

No pueden deshacerme. Puedo agradecerles tranquilamente

por mi vida. Gracias por mi vida.

. . . . . . . .

Última hora

 

En el medio de la noche, me hice una cama

en el piso, alineándola fielmente a mi madre,

la cabecera hacia las colinas, los pies hacia la Bahía donde

los pájaros vadean para buscar moluscos —me acosté,

y el primer cascabel de la muerte sonó

con su autoridad del desierto. Ella tenía ese aspecto de

niño cantor en un ventarrón,

pero su cara se había vuelto más material,

como si los tejidos, almacenados con su vida,

estuvieran siendo reemplazados desde algún abastecimiento general

de jaleas y resinas. Su cuerpo la respiraba,

crujidos y chasquidos de mucosidad, y después

ella no respiraba. A veces parecía

que no era mi madre, como si hubiera sido sustituida

por un ser  más adecuado a esa tarea,

una criatura más simple y más calma, y sin embargo

saturada del anhelo de mi madre.

La palma de mi mano le rodeaba la coronilla

donde latía su corazón feroz, la otra mano sobre su

hombro pequeño, me mantuve a la par de ella,

y entonces empezó a apurarse,

a adelantarse, después se quedó quieta y su

lengua, manchada como motas de maná,

se levantó, y un jadeo se formó en su boca,

como si lo hubieran forzado a entrar, después la calma. Después otro

suspiro, como de alivio, y después

la paz. Esto siguió por un rato, como si ella estuviera

expresando, sin apuro,

sus sentimientos sobre este lugar, su tierra

y apesadumbrada conclusión, y después, contra

la palma de mi mano en su cabeza, el regalo de no

sufrir, ningún latido;

por momentos, sus latidos parecían curvarse—

y después sentí que ella no estaba allí,

sentí como si ella siempre hubiera querido

escaparse y ahora se hubiera escapado.

Entonces se transformó,

despacio, en una cosa de hueso,

que marcaba el lugar donde ella había estado.

. . . . . . . .
La materia de este mundo –  Sharon Olds

Gog & Magog Ediciones,  2015

Traducción: Inés Garland e Ignacio Di Tullio

Leyendo “Para que no entre la muerte”, de Daniel Moyano por Ricardo Romero

Sobre el enorme escritor Daniel Moyano y todo lo que puede despertar su infinita ternura, su escritura magistral, su coherencia:
«Cuidar las palabras, esos milagros, de las agresiones permanentes de las diversas formas del poder. El idioma es la reserva natural de la libertad que tienen las personas. Acaso, la verdadera patria». Daniel Moyano

Revista Carapachay

1

Durante años, a principios de los ochenta, mi viejo le compró a una señora que visitaba el banco en el que él trabajaba la colección completa Capítulo, Biblioteca argentina fundamental, del Centro Editor de América Latina. Durante varios años más, hasta fines de los ochenta, pongamos, los más de 170 libros y los más de 170 fascículos de la colección se alinearon en la biblioteca de casa como un paisaje adulto que no tenía nada que ver conmigo, hasta que tuvo. Me imagino una siesta un poco aburrida, con ese aburrimiento justo y necesario que precede a la curiosidad, en esa edad en que todo es preceder. En algún momento di el salto de la Biblioteca Billiken a estos libros, de los mares y las selvas exóticas a los ríos y las llanuras que conocía, de las grandes urbes de otras latitudes y siglos a ciudades más mías…

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Nanas de la cebolla | Miguel Hernández | por Joan Manuel Serrat

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Aquí podés escucharlo a Serrat interpretando este dulce poema

La cebolla es escarcha
cerrada y pobre:
escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla:
hielo negro y escarcha
grande y redonda.

En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.

Una mujer morena,
resuelta en luna,
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te tragas la luna
cuando es preciso.

Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en los ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que en el alma al oírte,
bata el espacio.

Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.

Es tu risa la espada
más victoriosa.
Vencedor de las flores
y las alondras.
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.

La carne aleteante,
súbito el párpado,
el vivir como nunca
coloreado.
¡Cuánto jilguero
se remonta, aletea,
desde tu cuerpo!

Desperté de ser niño.
Nunca despiertes.
Triste llevo la boca.
Ríete siempre.
Siempre en la cuna,
defendiendo la risa
pluma por pluma.

Ser de vuelo tan alto,
tan extendido,
que tu carne parece
cielo cernido.
¡Si yo pudiera
remontarme al origen
de tu carrera!

Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.

Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.

Vuela niño en la doble
luna del pecho.
Él, triste de cebolla.
Tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.

Canción de Cuna | Cançó de bressol | Letra y Música de Joan Manuel Serrat

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“Por la mañana rocío,

al mediodía calor,

por la tarde los mosquitos:

no quiero ser labrador”.

 

I jo que m’adormia entre els teus braços

amb la boca enganxada en el teu pit.

L’amor d’un home ja ens havia unit

abans d’aquell matí d’hivern en què vaig néixer.

El record d’aquell temps, el vent no l’arrossega:

quan estalviaves pa per a donar-me mantega.

 

“Por la mañana rocío,

al mediodía calor,

por la tarde los mosquitos:

no quiero ser labrador”.

 

Cançó de bressol que llavors ja em parlava

del meu avi que dorm en el fons d’un barranc,

d’un camí ple de pols, d’un cementiri blanc,

i de camps de raïms, de blats i d’oliveres.

D’una verge en un cim, de camins i dreceres,

de tots els teus germans que van morir a la guerra.

 

“Por la mañana rocío,

al mediodía calor,

por la tarde los mosquitos:

no quiero ser labrador”.

 

Ets filla del vent sec i d’una eixuta terra.

D’una terra que mai no has pogut oblidar

malgrat el llarg camí que et van fer caminar

els teus germans de sang, els teus germans de llengua,

i encara vols morir escoltant mallerengues

coberta per la pols d’aquella pobra terra.

 

“Por la mañana rocío…”

 

 

Canción De Cuna

 

“Por la mañana rocío,

al mediodía calor,

por la tarde los mosquitos:

no quiero ser labrador”.

 

Y yo que me dormía en tus brazos

con la boca pegada a tu pecho.

El amor de un hombre nos había unido

antes de la mañana de invierno en que nací.

El viento no puede llevarse el recuerdo de aquel tiempo

cuando te quitabas el pan para darme mantequilla. (1)

 

“Por la mañana rocío,

al mediodía calor,

por la tarde los mosquitos:

no quiero ser labrador”. (2)

 

Canción de cuna que entonces ya me hablaba

de mi abuelo que duerme en el fondo de un barranco, (3)

de un camino polvoriento, de un blanco cementerio,

y de campos de uvas, de trigos y de olivos.

De una virgen en un altozano, de caminos y atajos,

de todos tus hermanos que murieron en la guerra.

 

“Por la mañana rocío,

al mediodía calor,

por la tarde los mosquitos:

no quiero ser labrador”.

 

Eres hija del viento seco y de una enjuta tierra. (4)

De una tierra que nunca has podido olvidar

a pesar del largo camino que te obligaron a andar

tus hermanos de sangre, tus hermanos de lengua,

y todavía quieres morir escuchando alionines

cubierta por el polvo de aquella pobre tierra.

 

“Por la mañana rocío…”

 

Aquí podés escucharlo al Nano cantando “Canción de cuna”

 

(1) En los tiempos de la posguerra española había mucha escasez y racionamiento de los alimentos. Se racionaban con cartillas familiares con restricciones. Sólo los adictos al régimen tenían carta blanca y además especulaban con sus privilegios. Para superar eso las familias hacían intercambios. La mamá de Serrat cambiaba el pan que le tocaba para que su hijo pudiera tener mantequilla.
(2) Este estribillo castellano que se repite en la canción, que es catalán esencialmente, es un elogio a la emigración, a los obreros que cantaban canciones de su tierra para evocar su infancia y superar las dificultades de los tiempos de miseria.

(3) El abuelo de Serrat y gran parte de su familia eran republicanos y murieron fusilados y enterrados en fosas comunes anónimas, con total desprecio y falta de humanidad.

(4) Le dice a su mama que es hija de Aragón tierra árida y dura, de gente voluntariosa y trabajadora.
Por tanto también es hija de otra cultura, de algún modo extraña en Catalunya, lejos de su tierra natal, pero aun amando a Catalunya por ser la tierra de su hijo no deja de añorarla siempre (Serrat solo es hijo suyo, su hermano Carlos es hermanastro).

Fuente:

Joan Baeza, quien nos dice en su blog  ( http://serrat.webcindario.com/cancodebressol ): “Me propongo ofreceros algunas traducciones del cancionero catalán  de Joan Manuel Serrat y complementarlas con comentarios que ayuden a entender el significado de cada canción”.

Para el orden de la orden | Anna Pinotti

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Inhumana.

Festejo atrás del verbo las partes y la

diferencia del género que no genero.

 

 

 

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Escupo disimuladamente en un

pañuelito partes del alegato con los

ojos clavados al techo.

 

…………………………………………………

Para el orden de la orden de Anna Pinotti

annapinotti@hotmail.com

Ediciones la mariposa y la iguana, 2013

http://www.edicioneslamariposaylaiguana.blogspot.com.ar

 

El Barón Rampante (fragmento) | Italo Calvino

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La villa estaba cerrada, las persianas atrancadas; sólo en una, un tragaluz, batía por el viento. El jardín, abandonado, sin cuidar, tenía más que nunca un aspecto de selva de otro mundo. Y por las alamedas ya invadidas por la hierba, y por los paseos llenos de maleza, Óptimo Máximo se movía feliz, como por su casa, y perseguía a las mariposas.

Desapareció en una mata. Regresó con una cinta en la boca. A Cosimo el corazón le latió más fuerte.

– ¿Qué es, Óptimo Máximo? ¿Eh? ¿De quién es? ¡Dime!

Óptimo Máximo meneaba la cola.

– ¡Trae aquí, trae, Óptimo Máximo!

Cosimo descendió hasta una rama baja, cogió de la boca del perro aquel jirón desteñido que había sido, con seguridad, un lazo en el pelo de Viola, así como aquel perro había sido sin duda un perro de Viola, olvidado allí en la última mudanza de la familia. Más aún, ahora a Cosimo le parecía recordarlo, el verano anterior, todavía cachorro, asomando de un cesto del brazo de la niña rubia, y quizá se lo habían llevado de regalo en ese momento.

– ¡Busca, Óptimo Máximo! – y el salchicha se lanzaba entre los bambúes; y volvía con otros recuerdos de ella, la cuerda de saltar, un trozo desgarrado de cometa, un abanico.

En la cima del tronco del árbol más alto del jardín, mi hermano grabó, con la punta del espadín, los nombres Viola y Cosimo, y luego, más abajo, seguro de que a ella le habría gustado, aunque lo llamara con otro nombre, escribió: Perro salchicha Optimo Máximo.

A partir de entonces, cuando se veía al muchacho sobre los árboles, se podía estar seguro de que mirando delante de él, o cerca, se vería al salchicha Óptimo Máximo trotando con la barriga en el suelo. Le había enseñado el rastreo, la muestra, la cobranza: los trabajos de todas las especies de perros de caza, y no había animal del bosque que no cazaran juntos. Para traerle la caza, Óptimo Máximo trepaba con dos patas a los troncos lo más alto que podía; Cosimo descendía para tomar la liebre o la perdiz de su boca y le hacía una caricia. Ésas eran todas sus familiaridades, sus fiestas. Pero continuamente, entre la tierra y las ramas, discurría un diálogo entre el uno y el otro, un entendimiento de ladridos monosilábicos y chasquidos de lengua y dedos. Esa necesaria presencia, que para el perro es el hombre y para el hombre el perro, no los traicionaba nunca, ni a uno ni a otro; y aunque distintos de todos los hombres y perros del mundo, podían considerarse, como hombre y perro, felices.

mi-novia

Evangelina Caro Betelú: Gracias por el recuerdo de esta preciosa lectura ❤ .

 

Poemas de José Watanabe (Trujillo/ 1945 – Lima/ 2007) | Cosas del cuerpo

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El Kimono

Mi padre y mi madre eran sombras dispares
que ahora, muertas, acaso se encuentran más.
Yo recuerdo: él le regaló un kimono
y ella lloró en silencio
porque una gracia así
no concordaba
con su amor tan austero.

En la espalda del kimono
saltaba un salmón rojo.
Sobre los hombros de mi madre, el pez
parecía subir por la cascada de sus cabellos,
hermosísimos y azulados cabellos
de mestiza:
Una bella imagen que ella no podía ver.

Dígasela usted, padre,
para que deje de llorar.

 

El Guardián Del Hielo

Y coincidimos en el terral
el heladero con su carretilla averiada
y yo
que corría tras los pájaros huidos del fuego
de la zafra.
También coincidió el sol.
En esa situación cómo negarse a un favor llano:
el heladero me pidió cuidar su efímero hielo.

Oh cuidar lo fugaz bajo el sol…

El hielo empezó a derretirse
bajo mi sombra, tan desesperada
como inútil.
Diluyéndose
dibujaba seres esbeltos y primordiales
que sólo un instante tenían firmeza
de cristal de cuarzo
y enseguida eran formas puras
como de montaña o planeta
que se devasta.

No se puede amar lo que tan rápido fuga.
Ama rápido, me dijo el sol.
Y así aprendí, en su ardiente y perverso reino,
a cumplir con la vida:
yo soy el guardián del hielo.

 

El Anónimo

Desde la cornisa de la montaña
dejo caer suavemente una piedra hacia el precipicio,
una acción ociosa
de cualquiera que se detiene a descansar en este lugar.
Mientras la piedra cae libre y limpia en el aire
siento confusamente que la piedra no cae
sino que baja convocada por la tierra, llamada
por un poder invisible e inevitable.

Mi boca quiere nombrar ese poder, hace aspavientos, balbucea
y no pronuncia nada.
La revelación, el principio,
fue como un pez huidizo que afloró y volvió a sus abismos
y todavía es innombrable.

Yo me contento con haberlo entrevisto.
No tuve el lenguaje y esa falta no me desconsuela.
Algún día otro hombre, subido en esta montaña
o en otra,
dirá más, y con precisión.
Ese hombre, sin saberlo, estará cumpliendo conmigo.

 

. . . . . . .

Descubrí a Watanabe por intermedio de Felicitas Maini y Miguel Martínez Naón. Gracias!

 

Joseph Brodsky | Poemas

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Joseph Brodsky

Final del Quinto Aniversario (1977)

 

Oigo el balbuceo de la Musa.

Con las entrañas siento, como la Parca

sigue hilando: en los empíreos, aún

soportan el carbohidrato de mi suspiro,

y la lengua desenvuelta, ávida de sonidos articulados,

agradece al destino con un garabato cirílico.

Para eso es el destino: para entender

cualquier idioma. Ante mí, el espacio en su estado

más puro:

no hay lugar para una columna, una fuente,

una pirámide.

Y por lo visto, en él no hace falta guía.

Rechina, pluma mía, mi uña, mi báculo.

No apures estas líneas: atascada entre los desperdicios,

la época no nos alcanzará sobre ruedas

a nosotros, descalzos.

Nada tengo que decir a un heleno ni a un normando.

De antemano, no sé en qué tierra yaceré.

¡Rechina, oh mi pluma! Consume más papel.

 

. . . . . . . . .

 

Conversaciones en el atrio

(Gorbunov y Gorchakov, X)

 

—La enorme ciudad, en una densa tiniebla.

—Cuaderno escolar cuadriculado.

—Se eleva un enorme manicomio.

—Paréntesis en el orden del universo.

—Tras la fachada un helado patio,

Todo nevado, lleno de pilas de leña.

—¿No es sólo conversación todo este paisaje,

puesto que todo cabe en las palabras?

—No: aquí viven hombres que han perdido el juicio

de horrores viscerales, de miedos de ultratumba.

—Pero ¿ellos no serán una mera potencialidad

De llamarse hombres?

—No, porque tienen ojos que expresan algo,

extremidades, cabezas sobre los hombros.

—Al recibir un nombre, una cosa

Se hace parte de la oración de inmediato.

—¿También las partes del cuerpo?

—Estas, sobre todo.

—¿Y este lugar?

—Ya ves que hasta lo llaman casa.

—¿Y los días?

—Los días tienen nombres.

Oh, ¡todo esto parece Sodoma

de las palabras voraces! ¿Quién les otorgó derecho?

—Aquí un nombre sonaría muy siniestro.

—¡Me empieza a dar vueltas la cabeza

de tantas palabras que van decorado las cosas!

—Indiscutiblemente, esto nos marca.

—Como el mar a Gorbunov; y perjudica

a la salud.

—Entonces no es el mar que se precipita a la orilla,

sino una palabra persigue a la otra.

—¡Las palabras, entonces son reliquias!

—Es que alguna vez han existido como cosas…

Y de las cosas nos protegen los nombres.

—¿Acaso también de la pasión de Cristo?

—De toda pasión.

—¡Que Dios nos valga!

—Él mismo curaba las bocas con sus palabras,

pero también se había escudado tras las palabras.

—Su mismo destino es una advertencia.

—Lo cual garantiza que el nuestro

no sea el ahogarnos en el mar.

—Y que Su muerte sea la única cosa binaria.

—Y por lo mismo, resulta un sinónimo.

 

*

 

—Pero ¿y la eternidad? ¿O acaso ella

también fue una cosa que se convirtió en palabra?

—Es la única palabra en la tierra

que no ha logrado devorar a su objeto.

—¿No es ésta la mejor defensa de las palabras?

—No lo creo.

—Quien se persigna, se salva.

—Pero no del todo.

—Pues menos aún resucitaremos en un sinónimo.

—Aún menos.

—¿Y en el amor?

El amor se resiste a las palabras vanas.

O eres poeta, o bien estás confundiendo

la sensualidad con el amor.

—No hay palabra más indefinida.

—Como no hay velo más impenetrable

que devore mejor su propio objeto,

y sea más entrañable que la palabra.

—Pero bien mirado el asunto, la palabra

también es una cosa. ¡Y estamos en paz!

Es entonces cuando empieza el silencio.

El silencio es el futuro de los días

que corren al encuentro de nuestra habla,

con todo lo que queremos subrayar en ella,

asumiendo la despedida en el encuentro.

El silencio es el futuro de las palabras

cuyas vocales han devorado la cosedad,

tan temerosas de sus propias esquinas;

es aquella ola que hasta la eternidad abarca.

El silencio es el porvenir del amor;

es un espacio, y no un estorbo muerto

capaz de privar de respuesta y de eco

al falsete del amor que aún golpea en la sangre.

El silencio es el presente de aquellos

que vivieron antes. El silencio es la alcahueta

que en sí misma da lugar a todo mundo,

y que desde hoy invade lo hablado.

La vida no es sino una conversación

previa al silencio.

—Una disputa en movimiento.

—Es discurso del crepúsculo, con un fin incierto.

—Y  las paredes representan las objeciones.

 

*

 

—La enorme ciudad en una densa tiniebla.

—Discurso del caos, resumido sucintamente.

—Se eleva un gigantesco manicomio,

como un paréntesis en el universal concierto.

—¡Maldita sea, de los rincones nos alcanzan

Corrientes de aire!

—Las imprecaciones no hieren mi oído:

lo que veo no es la vida, sino el triunfo de las palabras.

—Sí, sí: ¡nos verbalizan los sustantivos!

—Así un ave vuela de su nido,

preocupada por el pan de cada día.

—Sobre el llano se eleva una estrella

buscando un interlocutor más competente.

—El mismo llano, hasta donde la mira alcanza,

mantiene en la noche un coloquio,

con la lentitud del correo.

—Y ¿cómo precisamente lo mantiene?

—Mediante las imperfecciones del terreno.

—¿Y cómo distinguir entre los habladores

nocturnos,

si bien su conversación no tiene sentido alguno?

—Arriba está parado Gorbunov,

Y Gorchakov es el que está abajo.

 

*

 

Gorbunov y Gorchakov (1966-68) es un extenso poema dialogado, escrito a raíz de la estancia de Brodsky en un hospital psiquiátrico, donde lo habían enviado para una revisión médica durante el proceso por el parasitismo social al que había sido sometido por aquella época (1963-64). Consiste en una serie de coloquios entre Gorbunov, un paciente, y Gorchakov —una especie de alter ego del poeta—, que gasta sus días en el manicomio bajo observación médica. El apellido Gorchakov tiene, ciertamente, claras connotaciones relacionadas con la biografía y la poesía de Pushkin. Aquí se presenta uno de estos coloquios metafísicos entre dos filósofos ataviados con batas de hospital para enfermos mentales. T. B.

 

. . . . . . . . . .

 

El centenario de Anna Ajmátova

Una página, una llama,
un grano y la piedra del molino;
el filo de la navaja
y el cabello que, ella cercena:
Dios lo conserva todo; *
y antes que nada, las palabras
de amor y de perdón,
como de su propia voz vinieran.
En ellas late el pulso entrecortado,
los huesos truenan, golpea la pala del enterrador.
Puesto que la vida es una,
las palabras suenan, llanas y pausadas,
de los labios mortales
más nítidas que si llegaran
desde la bruma supraterrenal.
Alma excelsa: por ser tú quien las dijiste,
me inclino ante tí a través de los mares;
ante ti y ante tu parte perecedera
que descansa en la tierra natal,
la que pudo, gracias a ti,
recobrar el don de la palabra
en un mundo de sordomudos.

Julio 1989

*Deus consevat omnia: las palabras que Ajmátova antepuso a su Poema sin héroe. Al mismo tiempo, es la consigna que aparece en el frontón del edificio histórico del s. XVIII, en el que ella vivió durante treinta años en Petersburgo-Leningrado.

Poemas,  Joseph Brodsky,  Alción editora, 2011, trad: Tatiana Bubnova

Bajo la lluvia ajena | Juan Gelman

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Juan Gelman

III

Yo no me voy a avergonzar de mis tristezas, mis nostalgias. Extraño la callecita donde mataron a mi perro, y yo lloré junto a su muerte, y estoy pegado al empedrado con sangre donde mi perro se murió, existo todavía a partir de eso, existo de eso, soy eso, a nadie pediré permiso para tener nostalgia de eso.
¿Acaso soy otra cosa? Vinieron dictaduras militares, gobiernos civiles y nuevas dictaduras militares, me quitaron los libros, el pan, el hijo, desesperaron a mi madre, me echaron del país, asesinaron a mis hermanitos, a mis compañeros los torturaron, deshicieron, los rompieron. Ninguno me sacó de la calle donde estoy llorando al lado de mi perro. ¿Qué dictadura militar podría hacerlo? ¿Y qué militar hijo de puta me sacará del gran amor de esos crepúsculos de mayo, donde la ave ser se balancea ante la noche? No era perfecto mi país antes del golpe militar. Pero era mi estar, las veces que temblé contra los muros del amor, las veces que fui niño, perro, hombre, las veces que quise, me quisieron. Ningún general le va a sacar nada de eso al país, a la tierrita que regué con amor, poco o mucho, tierra que extraño y que me extraña, tierra que nada militar podrá enturbiarme o enturbiar. Es justo que la extrañe. Porque siempre nos quisimos así: ella pidiendo más de mí, yo de ella, dolidos ambos del dolor que el uno al otro hacía, y fuertes del amor que nos tenemos.
Te amo, patria, y me amás. En ese amor quemamos imperfecciones, vidas.

Roma, 9/5/80

 

 

 

Tierra que anda. Los escritores en el exilio.

Textos y testimonios

Jorge Boccanera

Ameghino Editora S.A. 1999