Joseph Brodsky | Poemas

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Joseph Brodsky

Final del Quinto Aniversario (1977)

 

Oigo el balbuceo de la Musa.

Con las entrañas siento, como la Parca

sigue hilando: en los empíreos, aún

soportan el carbohidrato de mi suspiro,

y la lengua desenvuelta, ávida de sonidos articulados,

agradece al destino con un garabato cirílico.

Para eso es el destino: para entender

cualquier idioma. Ante mí, el espacio en su estado

más puro:

no hay lugar para una columna, una fuente,

una pirámide.

Y por lo visto, en él no hace falta guía.

Rechina, pluma mía, mi uña, mi báculo.

No apures estas líneas: atascada entre los desperdicios,

la época no nos alcanzará sobre ruedas

a nosotros, descalzos.

Nada tengo que decir a un heleno ni a un normando.

De antemano, no sé en qué tierra yaceré.

¡Rechina, oh mi pluma! Consume más papel.

 

. . . . . . . . .

 

Conversaciones en el atrio

(Gorbunov y Gorchakov, X)

 

—La enorme ciudad, en una densa tiniebla.

—Cuaderno escolar cuadriculado.

—Se eleva un enorme manicomio.

—Paréntesis en el orden del universo.

—Tras la fachada un helado patio,

Todo nevado, lleno de pilas de leña.

—¿No es sólo conversación todo este paisaje,

puesto que todo cabe en las palabras?

—No: aquí viven hombres que han perdido el juicio

de horrores viscerales, de miedos de ultratumba.

—Pero ¿ellos no serán una mera potencialidad

De llamarse hombres?

—No, porque tienen ojos que expresan algo,

extremidades, cabezas sobre los hombros.

—Al recibir un nombre, una cosa

Se hace parte de la oración de inmediato.

—¿También las partes del cuerpo?

—Estas, sobre todo.

—¿Y este lugar?

—Ya ves que hasta lo llaman casa.

—¿Y los días?

—Los días tienen nombres.

Oh, ¡todo esto parece Sodoma

de las palabras voraces! ¿Quién les otorgó derecho?

—Aquí un nombre sonaría muy siniestro.

—¡Me empieza a dar vueltas la cabeza

de tantas palabras que van decorado las cosas!

—Indiscutiblemente, esto nos marca.

—Como el mar a Gorbunov; y perjudica

a la salud.

—Entonces no es el mar que se precipita a la orilla,

sino una palabra persigue a la otra.

—¡Las palabras, entonces son reliquias!

—Es que alguna vez han existido como cosas…

Y de las cosas nos protegen los nombres.

—¿Acaso también de la pasión de Cristo?

—De toda pasión.

—¡Que Dios nos valga!

—Él mismo curaba las bocas con sus palabras,

pero también se había escudado tras las palabras.

—Su mismo destino es una advertencia.

—Lo cual garantiza que el nuestro

no sea el ahogarnos en el mar.

—Y que Su muerte sea la única cosa binaria.

—Y por lo mismo, resulta un sinónimo.

 

*

 

—Pero ¿y la eternidad? ¿O acaso ella

también fue una cosa que se convirtió en palabra?

—Es la única palabra en la tierra

que no ha logrado devorar a su objeto.

—¿No es ésta la mejor defensa de las palabras?

—No lo creo.

—Quien se persigna, se salva.

—Pero no del todo.

—Pues menos aún resucitaremos en un sinónimo.

—Aún menos.

—¿Y en el amor?

El amor se resiste a las palabras vanas.

O eres poeta, o bien estás confundiendo

la sensualidad con el amor.

—No hay palabra más indefinida.

—Como no hay velo más impenetrable

que devore mejor su propio objeto,

y sea más entrañable que la palabra.

—Pero bien mirado el asunto, la palabra

también es una cosa. ¡Y estamos en paz!

Es entonces cuando empieza el silencio.

El silencio es el futuro de los días

que corren al encuentro de nuestra habla,

con todo lo que queremos subrayar en ella,

asumiendo la despedida en el encuentro.

El silencio es el futuro de las palabras

cuyas vocales han devorado la cosedad,

tan temerosas de sus propias esquinas;

es aquella ola que hasta la eternidad abarca.

El silencio es el porvenir del amor;

es un espacio, y no un estorbo muerto

capaz de privar de respuesta y de eco

al falsete del amor que aún golpea en la sangre.

El silencio es el presente de aquellos

que vivieron antes. El silencio es la alcahueta

que en sí misma da lugar a todo mundo,

y que desde hoy invade lo hablado.

La vida no es sino una conversación

previa al silencio.

—Una disputa en movimiento.

—Es discurso del crepúsculo, con un fin incierto.

—Y  las paredes representan las objeciones.

 

*

 

—La enorme ciudad en una densa tiniebla.

—Discurso del caos, resumido sucintamente.

—Se eleva un gigantesco manicomio,

como un paréntesis en el universal concierto.

—¡Maldita sea, de los rincones nos alcanzan

Corrientes de aire!

—Las imprecaciones no hieren mi oído:

lo que veo no es la vida, sino el triunfo de las palabras.

—Sí, sí: ¡nos verbalizan los sustantivos!

—Así un ave vuela de su nido,

preocupada por el pan de cada día.

—Sobre el llano se eleva una estrella

buscando un interlocutor más competente.

—El mismo llano, hasta donde la mira alcanza,

mantiene en la noche un coloquio,

con la lentitud del correo.

—Y ¿cómo precisamente lo mantiene?

—Mediante las imperfecciones del terreno.

—¿Y cómo distinguir entre los habladores

nocturnos,

si bien su conversación no tiene sentido alguno?

—Arriba está parado Gorbunov,

Y Gorchakov es el que está abajo.

 

*

 

Gorbunov y Gorchakov (1966-68) es un extenso poema dialogado, escrito a raíz de la estancia de Brodsky en un hospital psiquiátrico, donde lo habían enviado para una revisión médica durante el proceso por el parasitismo social al que había sido sometido por aquella época (1963-64). Consiste en una serie de coloquios entre Gorbunov, un paciente, y Gorchakov —una especie de alter ego del poeta—, que gasta sus días en el manicomio bajo observación médica. El apellido Gorchakov tiene, ciertamente, claras connotaciones relacionadas con la biografía y la poesía de Pushkin. Aquí se presenta uno de estos coloquios metafísicos entre dos filósofos ataviados con batas de hospital para enfermos mentales. T. B.

 

. . . . . . . . . .

 

El centenario de Anna Ajmátova

Una página, una llama,
un grano y la piedra del molino;
el filo de la navaja
y el cabello que, ella cercena:
Dios lo conserva todo; *
y antes que nada, las palabras
de amor y de perdón,
como de su propia voz vinieran.
En ellas late el pulso entrecortado,
los huesos truenan, golpea la pala del enterrador.
Puesto que la vida es una,
las palabras suenan, llanas y pausadas,
de los labios mortales
más nítidas que si llegaran
desde la bruma supraterrenal.
Alma excelsa: por ser tú quien las dijiste,
me inclino ante tí a través de los mares;
ante ti y ante tu parte perecedera
que descansa en la tierra natal,
la que pudo, gracias a ti,
recobrar el don de la palabra
en un mundo de sordomudos.

Julio 1989

*Deus consevat omnia: las palabras que Ajmátova antepuso a su Poema sin héroe. Al mismo tiempo, es la consigna que aparece en el frontón del edificio histórico del s. XVIII, en el que ella vivió durante treinta años en Petersburgo-Leningrado.

Poemas,  Joseph Brodsky,  Alción editora, 2011, trad: Tatiana Bubnova

Bajo la lluvia ajena | Juan Gelman

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Juan Gelman

III

Yo no me voy a avergonzar de mis tristezas, mis nostalgias. Extraño la callecita donde mataron a mi perro, y yo lloré junto a su muerte, y estoy pegado al empedrado con sangre donde mi perro se murió, existo todavía a partir de eso, existo de eso, soy eso, a nadie pediré permiso para tener nostalgia de eso.
¿Acaso soy otra cosa? Vinieron dictaduras militares, gobiernos civiles y nuevas dictaduras militares, me quitaron los libros, el pan, el hijo, desesperaron a mi madre, me echaron del país, asesinaron a mis hermanitos, a mis compañeros los torturaron, deshicieron, los rompieron. Ninguno me sacó de la calle donde estoy llorando al lado de mi perro. ¿Qué dictadura militar podría hacerlo? ¿Y qué militar hijo de puta me sacará del gran amor de esos crepúsculos de mayo, donde la ave ser se balancea ante la noche? No era perfecto mi país antes del golpe militar. Pero era mi estar, las veces que temblé contra los muros del amor, las veces que fui niño, perro, hombre, las veces que quise, me quisieron. Ningún general le va a sacar nada de eso al país, a la tierrita que regué con amor, poco o mucho, tierra que extraño y que me extraña, tierra que nada militar podrá enturbiarme o enturbiar. Es justo que la extrañe. Porque siempre nos quisimos así: ella pidiendo más de mí, yo de ella, dolidos ambos del dolor que el uno al otro hacía, y fuertes del amor que nos tenemos.
Te amo, patria, y me amás. En ese amor quemamos imperfecciones, vidas.

Roma, 9/5/80

 

 

 

Tierra que anda. Los escritores en el exilio.

Textos y testimonios

Jorge Boccanera

Ameghino Editora S.A. 1999

Jorge Boccanera | Poemas

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Jorge Boccanera

Desaparecido II

Yo no soy y soy ninguna parte.
Yo no puedo y lo que puedo es nada.
Yo no estoy.
Apenas una sílaba pero en verdad más nada,
un tiempo ayer, ceniza,
viento por todas partes. No entro ni salgo, yo
no digo buenasnoches, no beso, no utilizo

sombrero
Porque jamás y soy ninguna parte.

Se terminó –dijo la vida de un portazo- y yo
no vuelvo. Y cuando vuelvo quedo a mitad del

camino.
No puedo. Y si pudiera es casi o menos que eso.
Apenas una fecha en el papel ajado de tus labios.

Allá van las barajas de mano en mano y estos
dados de sangre rodando a la deriva.
Yo sueño si me sueñan.
Pero a veces escucho. Hay una voz,
me sabe de memoria.

. . .

 

XVII

Alguien ha entrado al mar como a una casa,
humaredas de espuma le entorpecen el habla,
lo ciegan,
llenan su corazón de harina negra.

Si el pescador era propiedad de la tierra
el ahogado pertenece al mar,
y es inútil disputarle a las aguas esas verdad

pesada.

Como el rostro del que entró para siempre
al espejo del agua,
en un país que desconoce.

La memoria es a veces como una piedra enorme
en los brazos de un niño.

. . .

 

X

 

¿Será posible el sur?

¿Será posible

tanta bala perdida al corazón del pueblo,

tanta madre metida en la palabra loca y toda

la memoria en una cárcel?

 

¿Será posible el sur?

¿Será posible

tanto invierno caído sobre el último rostro de mi

hermano, tanto salario escaso riendo con descaro

en el plato vacío y el verdugo esperando?

 

Mi territorio de una vez

Gira en la oscuridad de esa pregunta.

¿Será posible el sur?

Si se viese al espejo

¿se reconocería?

 

. . .

 

El niño de la fotografía

No hay mucho que hacer en la memoria,
caminar una casa derribada a balazos,
atravesar arañas con palabras,
buscar viejos olores quemados por el viento.
Poco que hacer allí.
Mear en los rincones para espantar las sombras
correr donde no hay nadie.

¿Qué hacer en la memoria?
¿Descansar en un ruido?
¿Ponerse de rodillas ante un gran agujero?

. . .

 

Exilio

 

          Expulsados de la selva del sur de Sumatra

          por los hombres que vienen a poblarla, 130

          elefantes emprendieron hoy una larga marcha

          de 35 días hacia la nueva ciudad que les fue

          asignada.

(AFP. 18/11/82)

 

No hay sitio para los elefantes.

Ayer los expulsaron de la selva en Sumatra, mañana alguien les impedirá la entrada al Unión Bar.

Yo integro esa manada hacia Lebong Hitam,

yo sigo a la hembra guía,

cargo con la joroba de todas mis valijas sobre las

cuatro patas del infierno.

 

Llegarán a destino –dijo un diario en Yakarta.

Los colmillos embisten telarañas de niebla.

Llegarán a destino,

viejas empalizadas que sucumben bajo mareas de carne.

Llegarán -dijo el diario.

 

Más la estampida cruza por suelos pantanosos

y mi patria –la mía- es sólo esta manada de elefantes

que ha extraviado su rumbo.

 

¡Guarde celosamente la selva impenetrable este ulular

de bestias!

Tambores y petardos, acompañan.

Algo de todo el polvo que levantan, es mío.

. . .

 

V

¿Y las palabras?
funeral, silencio.
El cielo es una esponja que devora los pájaros.
¿Y las palabras?
Como arrumbadas ellas,
como escombros,
como montón o nada que decir,
como basura humeando.
¿Y las palabras?
Unas: como un altar de clavos.
Otras: como luto en las mangas.
Como rotas de amor y para siempre.
Una bestia emplumada mete su hocico, escarba,
pero ellas arrumbadas como huesos pelados o
nada que decir.
¿Quién arriesgará un ala?
¿Quién meterá su lengua sin temor a una herida?

. . .

 

Corría el año 1917

 

 Magro, cetrino, casi hierático, me pareció
un árbol deshojado. Su traje era oscuro
como su piel oscura.

Ciro Alegría

 

Un Santiago de Chuco de labios apretados lo ve
pasar y dice: como si la victoria y la derrota
comieran de su plato y dice: como un hueso
escarbando en el habla de nadie, ¿y tanto así?

Pasa un zumbido un triste alguna capa un capellán
un globo sin su niño un ala que saluda las tardes
son iguales aquí pasa Vallejo navegando en el polvo
de las demoliciones.

Como si la victoria (se lo dije) como si la
derrota (¿no le digo?) comieran de su plato y
él escupiera el plato porque un dedo de sangre
va abriéndole los ojos porque hay un aguacero
que se lo lleva todo.

Pasa el maestro de escuela por las calles vacías.
Una mano cortada lo lleva de la mano.

. . .

Pena de muerte

 

Rostros que yo extravié, ¡nunca reposen!

Ámense en la ceniza, enrólense en la ira,

ofrezcan recompensa, exijan mi cabeza,

maldigan a mis hijos a y a los hijos de ellos.

Subrepticiamente dejen una bala en mi plato,

debajo de mi almohada, entre fotografías.

Navaja y gran coraje en su oración de sangre,

pero nunca reposen.

Yo los rocé en un sueño sin querer

y les prometí asuntos, no hay perdón.

Hay que tener paciencia, yo sé que

alguna vez seré sombra de sus sombras,

seré miedo en sus miedos

y habrá látigos duros: la palabra Yasmín.

. . .

Envíos

Todo lo que se da llega a destiempo.
No existe otra manera.
Entre el ojo y la mano hay un abismo.
Entre el quiero y el puedo hay un ahogado.
Un país que asoma su cabeza deforme en una
carta,
y va a darse a destiempo, nada es lo que
esperabas.
Y lo que llega envuelto en papel de regalo se irá
sucio de odio.
Bailamos entre los escombros de una cita.
Dibujamos una taza de café en el desierto.
Vivimos de sumar y de restar:
lo que te da el amor, lo que te quita el miedo.
Al final nos entregan los huesos de un perfume.

Aún así persistimos.
En alguna montaña vive un pez resbaloso.
Entre números rotos se desliza una estrella.

 

. . .

 

El peluquero

 

Asentaba navajas en un listón de cuero,

porque era su trabajo arrancarle a los rostros sus
animales muertos.
Hacía barba y bigote para el espejo atestado de gente.
Su navaja pulía aquélla superficie,
rasuraba los rostros del espejo y haciendo su trabajo
afeitaba al espejo?

Era más chico que un tarro de gomina Brancato mi

abuelo,
pero una cabeza más alto que la muerte.
Invitaba al cliente sacudiendo una toalla
y el cliente ocupaba aquél sillón Dossetti de madera
y entraba en el espejo.
El estilista hablaba solamente con su tijera
y cuando ella por fin tenía la lengua despegada hacia

un lado él decía: “servido”.
Mi abuelo maquillaba al espejo con estrellas de talco

y usaba un pulcro saco blanco.
La muerte-que también es prolija- le envidiaba su colección

de peines.

Un día la muerte, que hojeaba una revista deportiva,

dijo: “me toca a mí”.
Y ocupó aquél sillón, despatarrada y con un remolino

en la cabeza.
“Tiene un pelo difícil”, dijo sin voz mi abuelo.
Después, la muerte asentó su navaja y haciendo su

trabajo, ¿rasuraba al espejo?
El peluquero se marchó bajo un cielo cualquiera con

estrellas de talco.
El espejo se pasó la mano por la cara afeitada,
suave, como un recién nacido.

. . .

Historieta

La niña abre el baúl y una mano le echa tierra en los

ojos.
Ella dice: ¡qué hermoso paisaje!
Ahora mezcla pinturas,
revuelve los vestidos de tías adornadas con juegos de

palabras.
Se amorata, se luce angelical, gira mangosta, novia

de esparadrapo,
se mira en los espejos que trabajan sin que nadie los

mire.
En este último cuadro la niña se pinta y se despinta,

aparece y se borra.
Yo cierro el libro de cuentos infantiles pensando que

mi lengua es esa niña Sordomuda,
probándose vestidos a la hora en que los demás
duermen.

. . .

 

Nacimiento

 

             a mi hijo, Roberto Nicolás

 

En la intimidad de otro cuerpo ha levantado su

pequeña tienda.

Kilómetros de arena en su ceguera, pero ninguna

estrella.

Aletas que se arrastran en un cielo sin dios,

osamentas de peces lo rodean,

algas que condecoran su cintura.

 

Y aquellos limosneros que llaman Reyes Magos

intentan confundirlo.

Ofrecen una almohada de piedra para él,

una mordaza,

leche de los mil diablos para él,

pesan su corazón anfibio.

 

En las redes del vientre posó sus manos inseguras.

Vio pudrirse la carne de su ángel anterior.

No tiene nombre aún y ha soñado su rostro

sumergido en el llanto.

 

Ha levantado su pequeña tienda en un cielo que ruge

con sus olas de polvo.

Y aquellos limosneros: cada escama una perla,

corales de oro ofrecen.

 

Pero él avanza, quita

los algodones de las bocas del miedo,

pregunta el paredero de Yazmín,

brinda por mí.

—Hoy no sé nada y viene mi pariente—

 

¿Cómo he de recibirte Señor de las Tormentas

si no es desnudo, armado hasta los dientes, loco

de vergüenza?

 

Ahora no pido nada,

cualquier dulce palabra puede ser un insulto,

una canción de cuna puede ser un harapo

porque él ha levantado ya su pequeña tienda.

 

. . .

 

Jorge Boccanera

Antología Personal

Desde la gente

Ediciones del Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos C. L.

Los sobrevivientes de la bomba atómica | Tomás Eloy Martínez| Lugar común la muerte

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TEM Tomás Eloy Martínez

Hiroshima era como una mano, con seis flacos dedos de agua. Desde tiempos sin memoria los Kada vivían a 12 kilómetros de la ciudad, en las montañas cerca de Numata, al noroeste, donde el intrincado delta de aguas amarillas se disolvía en la muñeca y el antebrazo del río Ota. En sus casas, construidas sobre la cresta de una escarpada colina, los Kada destilaban un vino de arroz áspero, seco, y tejían esteras codiciadas por su lisura y resistencia. Visitaban la ciudad sólo una vez al mes, para vender las artesanías y comprar provisiones.

La abuela Kada había muerto joven, en los últimos años del emperador Taisho, padre de Hirohito. En la familia se decía que el culpable de su muerte era “un furioso rayo de sol”. Pero la realidad era menos lírica. Un día, mientras la abuela Kada ponía la ropa a secar, la luna empezó a cubrir el sol y la noche avanzó a toda velocidad sobre las montañas. Eran las nueve o las diez de la mañana y la abuela estaba sola en la casa. La extrañeza del eclipse la aterró. Creyó que había llegado el fin del mundo y que iba a enfrentarlo sola.

Resignada a morir, la abuela decidió comportarse con dignidad. Se tendió sobre la tierra y contempló la declinación del sol con firmeza y disgusto, sin apartar la vista. Poco a poco el viento se aplacó, los animales quedaron sumidos en un silencio de fantasma y, durante una eternidad implacable, la oscuridad fue absoluta. De pronto, el sol se asomó de nuevo detrás de la luna. El primer rayo encegueció a la abuela Kada y la desmayó junto al tendedero. Despertó al día siguiente, tan débil del corazón y tan pasmada por su ceguera repentina que, después de contar con agitación lo que le había sucedido, murió veloz, como un pájaro.

Makiko, única hija del único hijo de la abuela Kada, creció desafiando la maldición del sol. Se levantaba temprano para ver cómo el sol se alzaba desde el mar, al otro lado de una hilera de colinas bajas, y lo encaraba sin bajar los ojos, con las manos en la cintura, hasta que el disco flotaba, redondo y completo, sobre los arrozales. El sol respondía a veces con enojo, hiriéndole las pupilas, pero Makiko no cedía. “Era para mí”, dijo veinte años después, “una cuestión de orgullo. Yo estaba preparada para que el sol desapareciera o se destrozara sobre mi cabeza. Creía que, si le sostenía la mirada, nunca más iba a ocultarse ni asustar a nadie como lo había hecho con mi abuela”.

En 1942, el padre de Makiko fue reclutado por el ejército y partió al frente de Manchuria. La madre cerró la destilería y solo mantuvo el taller donde trenzaba las fibras de los tatami, asistida por tres campesinas. Los lunes y los jueves, después de llevar a Makiko a la escuela de Numata, vendía las esteras en Hiroshima y trabajaba seis horas como voluntaria en el hospital de la Cruz Roja, lavando sábanas. En el espacio donde había estado su vida, ahora estaba la guerra. Se olvidaba de sí misma y, a veces, también se olvidaba de Makiko.

El 6 de agosto de 1945, la señora Kada bajó a la ciudad antes del amanecer. Era verano y, como la escuela estaba cerrada, dejó a su hija de nueve años con una lista de tareas domésticas: cortar juncos, ponerlos a secar, limpiar la casa, ejercitarse con los pinceles y dar de comer a los pollos. Makiko se levantó con ánimo de trabajar, pero antes quería ver la suave danza del sol alzándose sobre el mar y las colinas. El cielo estaba opaco, velado por tenues vellones de bruma, y el sol de esa mañana brotaba pálido, destemplado, como si no se sintiera en armonía consigo mismo. Sobre la ceja misma de la colina donde estaba la casa de los Kada se alzaba un amenazador coro de nubes.

Antes de salir a la intemperie, Makiko había visto pasar el rutinario avión meteorológico de cada amanecer. Después oyó un zumbido incómodo, que parecía provenir del sueño, y luego nada. El sol se veía quieto en el cielo, solitario en su círculo de aguas azules. Otro avión apareció en el horizonte pero Makiko lo desdeñó, concentrándose en el sol. Observó el disco ciego del sol con curiosidad, presintiendo que de un momento a otro se convertiría en noche. Suspiró y tal vez cerró los ojos. En ese instante, el fin del mundo llegó verdaderamente.

“El sol se hizo pedazos y cayó”, diría Makiko años después, en Hiroshima. “La pintura espesa del sol me quemó los hombros. El cielo, que siempre me había parecido tan lejano, quedó sin el sostén que le daba el sol y se vino abajo casi al mismo tiempo. La luz creció tanto que salió de su cuerpo. Así que también la luz murió aquel día”.

 

***
Hiroshima estaba situada al centro del golfo de Seto, entre dos poblaciones menores, Otake y Kure. Hacia 1594, los adivinos del príncipe Mori Terumoto aplicaron la quiromancia para desentrañar el porvenir de la aldea, poblada entonces por 120 familias de pescadores: le presagiaron una vida larga y sin zozobras, libre de inundaciones y abundante en conquistas. Las colinas bajas, que se alzaban al este y al oeste, fueron convirtiéndose poco a poco en un nidal de santuarios shinto. Las barcazas con lámparas de colores descendían alegremente todas las noches por los brazos del río Ota para celebrar sus cónclaves en el mar.

El 30 de junio de 1945, los habitantes eran 245.423: al menos, ese es el número de personas a las que el gobierno había asignado una cuota de arroz. Es posible que en agosto la población disminuyera en un cinco por ciento, porque 12.300 raciones fueron eliminadas de los libros que llevaban los intendentes. No más de 12 habitantes habían sucumbido a las escasas bombas lanzadas por el enemigo: tan escasas e insignificantes que parecían haber caído por error, por alguna distracción del viento o de los artilleros. Tal como Kioto a la que preservaban sus templos, Hiroshima era la única ciudad del Japón olvidada por los bombarderos. La gente no sabía a qué atribuirlo: un descabellado rumor, hacia fines de mayo, suponía que la madre del presidente Harry Truman vivía escondida en las cercanías del parque Oshiba, al norte, y que no deseaba regresar a los Estados Unidos; se murmuraba también que un campo de prisioneros importantes había sido instalado en la isla Nonoshima, frente a la boca del estuario. Pero la mayoría creía que era un designio favorable de los dioses de la guerra.

Entre la primavera y el verano de 1945, unas 65.000 casas fueron demolidas eran tres anchas franjas, transversales al delta, con la intención de crear “zonas muertas” que detuvieran los incendios, el día que llegaran. Las autoridades militares confiaban en que los brazos del Ota harían el resto. A principios de agosto, más de la mitad de la población seguía ocupada en la limpieza de los escombros. Los escolares y las amas de casa dedicaban un par de horas diarias a ese trabajo. Pero era en las fábricas donde pasaban la mayor parte de la jornada: el casi centenar de aquella época producía ropas, alimentos, cerveza Kirin, repuestos para los barcos, motores de aviones. En las estaciones ferroviarias de Mitaki y Yokogawa el tráfico de mercancías era ininterrumpido: cada media hora arribaba un convoy de suministros bélicos, cuya carga era distribuida en todo el sur del Japón.

Por falta de comestibles que vender, los almacenes habían sido diezmados: de los 2.330 con que contaba la ciudad en 1939, no más de 150 seguían abiertos en agosto de 1945. Los síntomas del hambre se advertían ya hasta en los barrios residenciales, pero nadie se quejaba: todavía quedaba un poco de té para cocer en los braseros a carbón y el necesario aliento para conversar con los amigos.

 

***
Bajo el cenotafio del Parque de la Paz, en el vientre de un arco de cemento donde todas las mañanas aparecen flores nuevas, todavía siguen fundiéndose con la tierra los andrajos y la sangre de 200.000 hombres; allí, junto a las cartas que dejaron a medio escribir en los hospitales de emergencia, se vuelven amarillas las sembatsuru, las filosas cigüeñas de papel que les llevaban los amigos para desearles salud y buena suerte; allí también, en Hiroshima, dentro de un bloque de piedra, se entrelazan los nombres de los que cayeron repentinamente muertos un día de verano, convertidos en agua, en quemadura, en fogonazo: los nombres que ahora se consumen entre cenizas y magnolias.

Si uno se arrodilla, entre las flores del cenotafio se puede divisar la cúpula de la Exposición Industrial, una mole de acero y mármol que se construyó en 1914. Pero ya el mármol es cansada arena que se desmorona sobre el río Motoyasu, y la cúpula un esqueleto oxidado y retorcido, la corona fantasmagórica de una casa de ruinas. Más cerca, los cerezos lamen una especie de dedo inmenso, sobre el que una chiquilla de bronce abre los brazos, con la cara vuelta hacia el río Ota, en las montañas. Junto a sus pies, en una hendidura hasta donde no llegan las interminables lluvias de julio, algunos cuadernos escolares fueron abandonados, como ofrenda. La chiquilla de los brazos abiertos se llamaba Sadako Sasaki y había nacido el 6 de agosto de 1945, en Hiroshima, a las 9 de la mañana, cuando su madre, cegada, llagada y sin fuerzas, no esperaba sino que ella naciera para morir.

Sadako creció alegremente en una casa de Miyajima, a 16 kilómetros de la ciudad, y solo cuando fue a la escuela por primera vez empezó a sentir una confusa melancolía por aquella madre que no había conocido. Le preguntó a Shizue, su prima, qué había pasado la mañana de su nacimiento. “El cielo se derrumbó y volvió a levantarse”, le contestaron. Sadako aprendió a leer, a coser y a pintar muñecas de yeso; parecía fuerte, aunque a veces un súbito mareo y una llamarada de fiebre la devoraban. Otro 6 de agosto, a los 12 años, cayó desmayada. Murió a las dos semanas, de una leucemia fulminante, y la fotografía de su cara dormida, entre flores y muñecas de yeso, levantó en vilo a los estudiantes del Japón: todos los días, de las monedas que llevaban para el almuerzo, separaban un yen en memoria de Sadako. Fue con esos yenes que se alimentó su cuerpo de bronce, entre los cerezos del parque.

Reposen aquí en paz, para que el error no se repita nunca, dice una inscripción en la piedra del cenotafio. Pero ahora, ya casi nadie en Hiroshima quiere averiguar de quién fue el error y por qué lo cometieron. “Vi el avión desde Kaitachi, a las 08.15, y me pareció que se estaba estrellando contra el sol”, repitió tres veces Goro Tashima, un pescador, en el Parque de la Paz. “La bomba no solo cayó sobre Hiroshima sino también sobre la conciencia de los Estados Unidos. Ellos y nosotros hemos salido perdiendo en esa guerra”.

“Si Japón hubiera tenido la bomba, también la habría arrojado sobre su enemigo”, imaginaron la señora Ooe y la señora Katsuda en el hospital de Hiroshima. “Si la hubiéramos tenido… Pero no la tuvimos”, dijo el señor Muta Suewo en el hospital de Nagasaki. “Yo no quiero imaginar nada”, protestó en cambio, el señor Yukio Yoshioka, que tenía 15 años y estaba marchándose hacia el monte Hiji cuando lo envolvió el resplandor atómico. “Solo quiero quejarme de que la bomba mató a mi padre, y a mí me volvió inútil y estéril”.

Para que el error no se repita nunca. Ahora, en Hiroshima, las parejas se abrazan a la luz de la cúpula ruinosa, la única cúpula en pie desde aquel día en que la ciudad fue quemada por mil soles; un anillo de barcazas musicales, con sus faroles de papel, merodea por la ribera del Motoyasu, en el delta del río Ota, donde una vez cayeron todas las cenizas y las lágrimas del mundo; desde el Museo de la Paz, entre los frascos con tejidos queloides y las fotografías de niños transformados en una brasa viva, se oyen los rugidos del cercano estadio de béisbol; el castillo de Mori Terumoto, que se desplomó aquella mañana de agosto como un sucio toldo de papel, está de nuevo erguido en su jardín, rehecho y resplandeciente; en las casas, en los tranvías y en las tiendas, los hombres de Hiroshima jamás mencionan la tragedia, a menos que por azar vean sobre las espaldas o la cara de un caminante las cicatrices del feroz relámpago. En las escuelas, los chicos solo conocen confusamente esa historia; para ellos, el 6 de agosto de 1945 es apenas una lección de cien palabras en el libro de lectura, un cuentito fugaz que comienza del mismo modo en los textos de segundo grado y en los de quinto: “A las ocho y cuarto de la mañana, un bombardero B 29 de los Estados Unidos, el Enola Gay, arrojó una bomba atómica en el centro de nuestra ciudad. Estalló en el aire, a 570 metros sobre el hospital Shima. En los primeros nueve segundos, 100.000 personas murieron y otras 100.000 quedaron heridas”.

Pero las cifras no sirven demasiado; las cifras dicen muy poca cosa cuando ellos, los sobrevivientes, muestran sin resentimiento ni queja, como si fueran de otro, sus ojos vaciados por el increíble resplandor, sus espaldas abiertas en canal, sus manos apeñuscadas y detenidas en una quemadura. “Yo me había levantado de una silla para hablar por teléfono”, contó el señor Michiyoshi Nakushina, que era un comerciante de sake en 1945. “La casa se llenó de un fuego amarillo, y el fuego se volvió después azul y el azul se hizo rojo hasta que la ciudad, tan clara y sin nubes esa mañana, se hundió de golpe en una noche sucia”.

Las cifras dicen muy poca cosa pero, a veces, lo dicen casi todo: el 6 de julio de 1965 quedaron 80.000 sobrevivientes de la bomba en Hiroshima; el 9, fueron 65.000 los que se salvaron en Nagasaki, la sexta parte de la población completa en cada ciudad.

Algunos vivían a más de cuatro kilómetros del estallido: sus carnes fueron vulneradas por los vidrios de las ventanas, por las vigas que se derrumbaban, por las mesas que se partían en astillas; o quedaron indemnes, con la suficiente voluntad y fuerza como para olvidar el apocalipsis. “Ahora, en el hospital, ya estoy tranquilo. Me quieren, no tengo ningún deseo especial”, se resignaba Suewo san, hace diez días. “Perdí mis dos hijos pequeños y perdí también el tercero, que iba a nacer en diciembre de 1945. Lo último que perdí fue el odio”. “Ya solo me queda en el corazón una enorme necesidad de vivir”, contaba la señora Yaesko Katsuda. “Pero qué difícil es para nosotros vivir como los demás”.

Todos los sobrevivientes de la bomba saben que alguna oscura partícula de su condición humana les fue arrebatada aquel día de verano: poco a poco fueron dándose cuenta de que estaban condenados al aislamiento y a la pobreza. Empezaron a ser sospechosos para las personas de quienes se enamoraban; nadie quería comprometerse con ellos en matrimonio una condición sin la cual es difícil llevar en el Japón una vida respetable; los trataban como enfermos y padres de hijos débiles. Durante meses y a menudo, como Yoshioka san, durante años enteros, se despertaban en medio de la noche pensando que el amor y la felicidad les estaban vedados para siempre. En los astilleros, en la fábrica de automóviles Tokyokoyo y en los aserraderos de Hiroshima, los empleadores los miraban con desconfianza, calculando que un día de cada tres no irían a sus trabajos: de sobra sabían que la anemia, el cáncer de la tiroides, los disturbios del hígado y el cáncer de la piel acabarían por derribarlos. Y, en cierto modo, no les faltaba razón: en 1960, sobre un total de 278 gembakusho hospitalizados, 58 habían muerto. 30 de ellos estaban a más de dos kilómetros del epicentro.

No es del todo cierto que la bomba y la muerte hayan tratado del mismo modo a los ricos y a los pobres. Hacia el oeste de Hiroshima, sobre las márgenes del Ota, los habitantes de Burako, vieron el 6 de agosto cómo sus míseras chozas de madera quedaban reducidas a cenizas y a escombros por el viento atómico. Desesperados, sintiéndose de repente hundidos en un infierno más abominable que el conocido, recogieron los residuos quemados de sus viejos hogares, y empezaron a reconstruirlos con fragmentos de zinc y cañas de bambú, sin permitirse descanso: esa impaciencia, esa irrefrenable necesidad de defenderse, acabó por exponerlos a más radiaciones que la gente de otras áreas, situadas a la misma distancia del hospital Shima. Los estadísticos calculan que el 85% de la comunidad recibió una radiación nuclear residual de cinco a 30 roentgen, mientras que solo el 25% de Hirosekitamachi, 500 metros más próximo al centro del estallido, quedó expuesto a la misma dosis de radioactividad. Ahora, el 44% de los burako en condiciones de trabajar vagabundean en las calles, con sus enjambres de huérfanos. “Sienten la vida como un prolongado suicidio”, dijo el doctor Yasuo Nakamoto, director del hospital de Fukushima el único de la comunidad, hace un par de domingos, mientras la lluvia formaba nuevos ríos en las callecitas cenagosas del barrio.

Estos seres calcinados, aniquilados, temblorosos, han empezado a recortar flores de papel para el 6 de agosto.

Descenderán sobre la ciudad con sus grandes pancartas, con sus banderas blancas y sus tambores, por el puente sagrado de Kinatai o por los dos puentes Heiwa, hacia un Parque de la Paz que estará lleno de azaleas y campanillas. “Así podremos calmar las almas de los que han muerto. Así podremos calmar nuestras propias almas”, repitió Yoshioka sin, como en una letanía.

Ese no será el final del aniversario, sin embargo. Cinco mil de los 20.000 hombres, o quizá los 20.000, si tienen fuerzas, subirán a los trenes en la estación de Hiroshima, cantarán durante las siete horas que separan esa ciudad de Nagasaki, en la isla de Kiu shu, y marcharán en procesión hasta el estadio de béisbol, en el medio de la esplendorosa bahía donde debió caer la bomba, un 9 de agosto. Para apaciguar a los muertos, arrojarán flores y sembatsuru al mar, y recibirán la noche con farolitos de colores.

En el hospital de Nagasaki, Suewo san esperaba el 9 de agosto con alegría. Meneando la cabeza rapada, quitándose a ratos los anteojos para ver más limpiamente el verde tibio de los ideogramas japoneses, llevaba ya una semana ocupado en pintar este poema sobre una gigantesca pancarta: Vuelve padre, vuelve madre, y vuelve amigo mío, para que yo también pueda volver. Su hígado está deshecho, el ojo izquierdo le fue vaciado por el fogonazo, la anemia casi no lo deja mover, y él, Suewo san, acaba de cumplir 67 años. Pero confía en que ninguna lágrima y ninguna muerte lo detendrá el 9 de agosto, cuando aparezca en el estadio de béisbol llevando su bandera.

 

***
No se la oyó llegar: arrastraba apenas sus ghettá por las esteras del vestíbulo, casi en la oscuridad, y parecía una sombra alada cuando pasó entre los kakeyi que colgaban del techo, los kakeyi que hablaban de la lluvia y de la primavera. Por fin, la señora Yuko Yamaguchi, esposa del presidente de la Compañía de Gas, en Hiroshima, se sentó sobre los talones y empezó a hablar:

“Aquel 6 de agosto yo estaba a cuatro kilómetros de la ciudad, en una casa del monte Futaba. Me levanté temprano para servir el desayuno a mis tres hijos y preparar unos cacharros que debía llevar a Ohte Machí, donde vivían mis padres. No tenía muchas ganas de almorzar con ellos, porque en el distrito financiero donde están los bancos, junto al hospital Shima, me parecía que el calor era más penetrante que en las montañas. Me preparé para salir a las cuatro de la tarde, y desde las seis de la mañana estuve limpiando los cacharros. Ese amanecer extrañé más que nunca a mi marido: desde hacía un mes y medio no recibíamos carta de él, y todo lo que sabíamos era que estaba acuartelado en Hangchow, sobre el mar de la China. A las ocho y diez despedí en la puerta a Fumiko y a Keiko, mis dos hijas mayores, y me quedé mirándolas mientras cruzaban la calle y entraban en la escuela. En la cocina, Rynichi, de tres años, el menor de mis chicos, se demoraba más de la cuenta con su tazón de arroz. ‘Voy a quitarte ese tazón, si no terminas de una vez, Rynichi’, recuerdo que le dije. Pero no sé si terminé de decírselo, porque en ese momento la cocina se llenó de un resplandor azul, y a mi alrededor empezaron a volar miles de chispas, como si fueran langostas luminosas. Un trueno ensordecedor echó abajo las paredes, y de repente sentí muchísimo calor, el calor de tres veranos sumados. Lo último que miré en mi corazón fue una columna de humo trepando hacia las nubes”.

 

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Afuera, los tejados negros del barrio de Toyiga, en Nagasaki, empezaron a amarillear lentamente ese mediodía, el martes 6, despojándose de la lluvia que no había cesado de caer sobre ellos desde principios de junio. Era el primer ramalazo de sol que el señor Muta Suewo podía ver desde su cama, en el hospital de la Bomba Atómica, y no quería perdérselo. Puso su mano derecha sobre la ventana, donde el sol golpeaba como una espada y sólo la retiró de a ratitos, para rascarse la cabeza rapada y gris.

“Aquel 9 de agosto (empieza a decir, con su voz ronca, que muere al final de cada frase) yo había llegado a las cinco de la mañana a la fundición de Mitsubishi, junto al valle de Urakami. A las cinco y cuarto empecé mi turno de vigilancia, un poco aburrido, pensando en que a las 12 podría irme a jugar con mis dos hijas en nuestra casita de Narutaki, sobre las montañas, cinco kilómetros al sur de la fábrica. La mayor, Yaeko, había sido muy débil, y necesitaba mucho de mis juegos con ella. Como a las diez y media noté que un horno estaba pasándose de temperatura, y les avisé a los operarios. Trataron de corregir el error, pero había alguna falla mecánica que lo impedía. A las once menos cinco me presenté al jefe de vigilancia para entregar el parte del desperfecto. Estábamos hablando cuando nos encegueció un relámpago. ¡El horno!, pensé, pero no creo que haya tenido tiempo de gritarlo. Un viento terrible derribó todas las máquinas, hizo estallar las ventanas y me aplastó a mí contra una pared, en medio de un fuego azulado. Vi que una viga se desplomaba sobre el jefe antes de perder el conocimiento. En la pesadilla, me parece que llamé a Yaeko desesperadamente. Cuando desperté, sentí que mi cara estaba quemada y mojada de lágrimas”.

 

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Se quitó el saco del pijama rayado, para que todos pudieran verle la espalda estriada y hecha pedazos, cada poro como una boca de volcán. “Quiero mostrárselo, sensei , quiero que todo el mundo vea mis quemaduras”. Junto a la cama del señor Yukata Ikeda, en el hospital de Hiroshima, un viejo casi idéntico a Suewo san, esquelético, inmóvil, aspiraba a duras penas el aire tibio del cuarto. “Está por morir”, dijo Ikeda san, sin importarle que lo oyeran. “Desde hace una semana está por morir”. Luego compuso la garganta, aprontó la voz afilada, y mientras acariciaba un sembatsuru con los dedos que se negaban a estar quietos, empezó a hablar:

“En 1945 empecé a trabajar como bombero en el turno de la noche. Hasta entonces había sido un tallador de lámparas de piedra, un artesano de primera, créame, y en los templos shintoístas de Hiroshima mis tallas relucían mejor que todas las otras. Pero la guerra devoró esos lujos. Estaba muy cansado aquella mañana del 6 de agosto, cuando volvía a mi casa, y a la vez estaba también muy triste. Mi mujer me había llamado por teléfono al cuartel de bomberos para contarme que Sato san, nuestro vecino, había muerto de un ataque al corazón. Él y yo teníamos 30 años, y me pareció que una parte de mi vida también acababa de morir. A las ocho de la mañana salí del cuartel y, caminé hacia la estación de Yokogawa, para tomar el tren de las ocho y veinte. Había llegado al puente de la estación, sobre el río Ota, cuando vi que mi mujer venía a buscarme. La vi claramente en el otro extremo del puente, y la saludé con los brazos. En ese momento sonó la alarma antiaérea. ‘¡Corre al refugio!’, le grité, mientras yo trataba de guarecerme. La alarma era cosa de todas las mañanas, de modo que no tomé demasiadas precauciones. Cuando la alarma calló, sentí que la calma volvía a mi corazón. Me levanté y caminé hacia el puente. Volví a ver la silueta de mi mujer, a lo lejos. Entonces creí que el sol se había descolgado desde el cielo, porque todas las cosas se pusieron blancas y enceguecedoras, y miles de brasas cayeron sobre el puente. Un viento me aplastó contra el pavimento, y ya no supe más qué estaba pasando”.

 

***
La señora Yukie Ooe, de 46 años, había estado sirviendo hasta las tres de la tarde en el pequeño shokudo de su madre, junto al río Motoyasu, a la sombra de la cúpula atómica. Era el 1« de julio, y la humedad de Hiroshima era cada vez más difícil de soportar. Durante toda la mañana, la señora Ooe había padecido vómitos y mareos, pero no les dio demasiada importancia: estaba acostumbrada a que esos oscuros y pertinaces síntomas le recordasen, por lo menos dos veces al mes, que las cenizas atómicas habían caído sobre su cuerpo. Sin embargo, no podía hacerles demasiado caso: francamente, era pobre, y un día sin trabajar era lo mismo que un día sin comer. El shokudo de su madre estaba viniéndose abajo, y ahora ya no quedaban sino ellas dos para atenderlo. De repente, la señora Ooe se sintió desvanecer y llamó a la cocinera: “Por favor, ayúdame”. A las cinco de la tarde, con el cuerpo flojo, distendido, despertó del desmayo en el hospital de la Bomba Atómica. Esto es lo que contó a la mañana siguiente:

“Yo estaría muerta si no fuera por los mosquitos. En agosto de 1945 trabajaba en un portal de los astilleros Mitsubishi, a cuatro kilómetros del hospital Shima. Me pasaba las mañanas sentada en un banco, al aire libre, con un pequeño techo de zinc para guarecerme de las lluvias. Mi única misión consistía en mantener cerrada la verja del astillero después que pasaban los camiones.

“En la mañana del 6, como a las ocho y diez, vi pasar un bombardero norteamericano por el cielo. Alcé los ojos con curiosidad, pero ni siquiera me molesté en ir al refugio; todos los días sucedía lo mismo, y jamás se habían atrevido a lanzar más de tres o cuatro bombas sobre Hiroshima. En ese momento, sentí una picadura en el brazo: me golpeé con la palma de la mano y la sangre de un mosquito gordo me manchó la piel. ‘No voy a seguir soportando esto’, me dije. Le pedí a la señora Yasimoto, una obrera de la tornería, que cuidara el portal mientras yo iba a buscar algunas espirales de piretro. Me dijo que sí, sonriendo. Entré a la oficina de provisiones, a la derecha del astillero y le rogué al intendente que me diera algo para ahuyentar a los mosquitos. De golpe, todo se volvió pálido, y el intendente se llevó las manos a los ojos. ‘¿Qué está pasando?’, dijo ‘¡No consigo ver nada!’.

“Me costó mucho esfuerzo seguir caminando por la ribera. Había que saltar sobre los escombros, y el calor del incendio se pegaba a la carne como una tenaza. Oí contar a un herido que la central eléctrica se había desplomado sobre el Ota, contaminando las aguas al estallar. ‘Despidió una luz más fuerte que el sol me dijo. Mucha gente ha quedado ciega’. Sentí que el corazón me latía en la garganta. ‘Shojiro’, empecé a llamar como loca, sin darme cuenta de que mi hijo menor, de tres años, no podía oírme. Así llegué hasta el puente Minami, sobre el Motoyasu. Reconocí a tres de mis vecinos, bajando por la barranca del río, para mojarse. Estaban negros, llenos de humo, y gemían como si no pudieran gemir. Alguien me llamó en ese momento: ‘¡Ooe okusan, Ooe okusan!’ Era un jefe de la Comuna de Hiroshima: estaba tendido en la tierra, inmóvil, con otros empleados de su sección. ‘Usted que está a salvo, Ooe okusan me pidió , averigüe por favor qué hará el gobierno para ayudarnos’. ‘Parece que en seguida llegará un barco hospital’, dijo una de las empleadas. Yo no había oído nada de eso, y lo único que pude dejarles como consuelo fue un frasco de aspirinas. Pero no tenían agua para tomarlas, y la del río estaba sucia.“Salí corriendo a la carretera. Al atravesar el portal, encontré el cuerpo de la señora Yasimoto cortado por el zinc del refugio. Estaba muerta. Dos obreros de Mitsubishi me tomaron de la mano y me encerraron de nuevo en la oficina de provisiones. El más joven, Suzuki san, que tendría 17 años, trató de comunicarse por teléfono con un amigo que estaba de paso en la ciudad y había ido al hospital Shima esa mañana. La campanilla parecía sonar al otro lado de la línea, pero nadie contestaba. Empecé yo también a pensar en mi esposo enfermo de úlceras y en mis dos hijos, que habían quedado en Senda machi, a un kilómetro y medio del hospital. Salí como enloquecida a buscarlos. Siempre llevaba conmigo un botiquín de primeros auxilios, y por suerte pude encontrarlo intacto junto al cuerpo de la señora Yasimoto. Emprendí la marcha a lo largo del río Honkawa, por la ribera. Todo lo que ocurría, hasta donde alcanzaban mis ojos, era un interminable horror. Los heridos caminaban callados, en fila hacia los suburbios, pero el incendio parecía caminar más ligero que ellos. Cerca de Kawaguchi encontré a un chico de seis años, aplastado por un tabique de madera, llorando amargamente. ‘Nadie quiere ayudarme, papá’, sollozaba el chico. Separé un poco los escombros y vi que tenía un brazo completamente quemado. ‘¿Dónde está tu papá?’, le pregunté. Me dijo que era un lanchero en el Honkawa, a tres manzanas de allí. Saqué el óleo calcáreo del botiquín y se lo apliqué sobre las ampollas. Eso pareció aliviarlo bastante. Cuando lo llevé a su casa, los padres me besaron las manos y se abrazaron a mis rodillas. ‘Eres nuestro dios’, lloraban. A mí me avergonzó tanto agradecimiento. Estaban quemados y necesitaban ocuparse más de ellos que de mí.
“En ese momento sentí unos incontenibles deseos de orinar, y busqué un lugar cerca del puente donde ocultarme. Entré a un refugio antiaéreo, luego de saltar sobre una montaña de escombros. No hay una sola palabra en este mundo que pueda explicar lo que vi: el refugio estaba lleno de heridos y, sin embargo, ni un desierto hubiera parecido más silencioso. Me sentí como enterrada en una tumba: el único movimiento era el de los brazos de los heridos, espantándose las moscas. Volví al puente, y ya me había olvidado de mi cuerpo y de lo que mi cuerpo necesitaba. Al encontrarme otra vez con el jefe de los impuestos, me arrodillé llorando. ‘¡Tengo miedo, tengo miedo!’, le repetí atontada. En Sendamachi, donde estaba mi casa, mil lenguas de fuego se alzaban hacia el cielo oscuro, y las casas se desmoronaban una tras otra. Todavía sigo soñando con lo que vi aquel día, y delante de mis ojos vuelven a aparecer las espantosas caras de la gente quemada”.

 

***
Afuera, la lluvia volvió a caer sobre Nagasaki, y la torre meteorológica del monte Inasa desapareció en la niebla. Por las ventanas del hospital se filtró la sirena de un petrolero anclado en la bahía. La señora Sumi Yamamoto, de 63 años, dejó su taza de té vacía sobre una mesita, y no miró a los visitantes: ocultó la cara tras un ejemplar del Mainichi Shimbun, vespertino de Osaka, y contó:

“Al empezar la guerra, nos marchamos de Omura y construimos nuestra casita en el monte Inasa. Mi esposo trabajaba en los astilleros Mitsubishi, y a pesar de que yo ganaba algunos yenes más como lavandera, nunca nos alcanzaba para alimentar como es debido a nuestros siete hijos. A principios de 1945, ya no comíamos otra cosa que arroz. Estábamos contentos en esa casa, sin embargo. Por las mañanas, veía a mi marido descender por la colina, rumbo al astillero. Quedaba justamente debajo de nosotros, y era una gloria ver cómo los acorazados, con sus banderas de colores, se perdían entre las islas.

“A las once de la mañana, aquel 9 de agosto, salimos todos a la ventana a mirar el avión enemigo que atravesaba el cielo. Sus motores resoplaban apenas, y mis hijos mayores imitaron el ruido echando viento a través de los labios cerrados. Recuerdo que nos reímos muchísimo porque Toshiko, la menor, de un año y medio, trataba también de soplar. La risa se nos cortó en seco. Un resplandor blanco, poderoso, nos dejó ciegos por un momento. El cuarto quedó lleno de chispas que se encendían y se apagaban, como pequeños gorriones de fuego. Pensé que lo mejor sería esconder a los chicos en el ropero, pero no me quedó tiempo para pensarlo demasiado. Un viento increíble nos golpeó en ese momento, y la casa cayó. Mis chicos se esfumaron en el aire. No sé si me desmayé, pero supongo que sí; al menos durante un minuto estuve desvanecida. Sentí el cuerpo lleno de cortaduras, y vi que los tatami estaban empapados de sangre. Los niños salieron de todos los rincones, llorando sin gemir. Estaban rojos, quemados, y a simple vista podía advertirse cómo se les hinchaban las ampollas. Pensé que el fogonazo había sido el principio de un gran incendio, y que debíamos escapar en seguida. Recogí a los chicos y salí; en el patio, me di cuenta de que faltaba Kiyoshi, el quinto, y entré de nuevo en la casa a buscarlo. Me dio miedo dejar solos a los otros seis, porque los escombros y las tejas de las casas vecinas caían sobre el patio como una lluvia. Pero no tenía más remedio: encontré a Kiyoshi llorando lastimeramente. Una viga le oprimía la espalda.

Mi peor preocupación era la falta de vendas para cubrirles las heridas; mientras descendíamos hacia el astillero, las llagas se les iban ensuciando con las cenizas, y no había manera de detenerles la sangre. Sobre todo, la pequeña Toshiko iba perdiendo la vida por las cortaduras. En un refugio antiaéreo pedí ayuda desesperadamente, lloré y grité hasta que una enfermera, tal vez porque se hartó de oírme, puso yodo sobre las heridas de Toshiko. No hizo falta: estaba mojándole la frente cuando Toshiko dejó de respirar”.

 

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Poco después de las diez de la mañana del 6 de agosto, cuando vio la ciudad lejana envuelta en humo, Makiko Kada decidió bajar hacia el hospital de la Cruz Roja, donde su madre debía de estar lavando sábanas. Los senderos de las colinas estaban llenos de gente quemada que huía sin saber adónde. Había niños solos agonizando entre las piedras. Los fugitivos pasaban a su lado con indiferencia, porque todos padecían alguna pérdida, todos sentían el peso de la muerte. Ella también era una niña, pero la trataban como a una persona mayor. Le pedían que buscara yodo y vendas, que llamara a los médicos. Makiko creyó por un momento que el ciego sol, cansado de los desafíos con que ella lo esperaba todas las mañanas, la había arrebatado del mundo y la había llevado a su oscuro reino de incendios y desgracias.

A eso de las dos de la tarde divisó el caserío de Mitaki-cho y, más allá, el brazo occidental del Ota. Había miles de personas inmóviles en el puente de Mitaki. Algunas se movían perezosamente y arrojaban los muertos al agua. Tomó un atajo y, sentados entre unos árboles arrancados de raíz por el viento de las ocho y media de la mañana, encontró un matrimonio joven. La mujer tenía manchas azules y quemaduras en el lado izquierdo del cuerpo y se quejaba con una vocecita apagada. El hombre llevaba un brazalete de la Cruz Roja. Makiko pensó que tal vez sabrían algo de su madre.
“¿El hospital? Todos han muerto ahí”, dijo el hombre, implacable. “No hay casas, no hay personas, no hay río. Los que han entrado en esa parte de la ciudad no vuelven. Sólo hay cenizas y fantasmas”.

Ahora, sentada en una sala azul del hospital de Hiroshima, Makiko habla con la cabeza baja. Sus ojos están blancos y sin luz: “Son los ojos que me apagó el sol cuando bajó del cielo”, dice con una sonrisa melancólica. “El sol no sólo venció a mi abuela. Nos venció a todos”. Viste un quimono estampado y está muriendo de leucemia, aunque no lo sabe. Ni lo sabe ni lo cree. Desde que supo que unas hojas tiernas de ginkgo biloba brotaban entre las cenizas atómicas y llevó a sus labios ciegos la frescura de las hojas recién nacidas, Makiko se cree invencible y eterna. En vísperas de cada invierno, los médicos le auguran que va a morir y no muere.

“Llegué a la ciudad después del mediodía”, cuenta Makiko. “Se encendían chispas espontáneas en todas partes y la gente las esquivaba con indiferencia. Parecía que la vida se nos hubiera retirado del cuerpo y que el mundo estuviera desierto y vacío. Lo que recuerdo más es el silencio: las palabras que se alejaban de nosotros como si nos pertenecieran. Una enfermera a la que yo había conocido en Numata me dijo que vio a mi madre salir del hospital de la Cruz Roja después del gran viento. Mi madre, dijo, estaba desangrándose, pero insistía en salir a buscarme. La retuvieron en el hospital hasta que el viento y la lluvia se retiraron. Eran las nueve y media de la mañana. Ni siquiera tuvo fuerzas para llegar a la calle. Cerca de la puerta, se desplomó. Al rato, el sol se abrió paso entre las llamas y el humo. Una lengua del sol lamió la cara de mi madre. Desde entonces, ya nadie la vio más. Tal vez arrojaron su cuerpo al río, tal vez el sol la envolvió y se la llevó. Esa misma noche entró una nube blanca en mis ojos y no pude ver nada más. A la primavera siguiente, un brote de gingko biloba creció en el mismo lugar donde mi madre había muerto. Yo me sentía muy débil, pero un médico del hospital me llevó para que lo tocara. Me permitieron arrancar una de las hojas húmedas y sentir el sabor pálido de la frescura. Era un sabor sin fuerza, como yo, pera decidido a vivir. No puedo ver, pero sé que mi cuerpo está lleno de manchas blancas enviadas por el sol. El sol avanza dentro de mi cuerpo, pero no puede llevarme”.

 

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Cerca del monte Hiji, al este de Hiroshima, el viejo Cuartel de Artillería sirve ahora de biblioteca y laboratorio para la escuela de Medicina de la Universidad. Son tres grandes bloques rojos, manchados de humedad, oliendo a éter y alcanfor. En el fondo, detrás de un parque poblado de sésamos y narcisos, el doctor Yoshio Sugihara, titular de Patología de la Escuela, analiza todos los días, durante 15 horas, la sangre y los tejidos de los gembakusho; durante otras tres, dicta clases y camina por las calles de Burako, llega a las chozas para compartir una taza de té con los vagabundos, a menudo deja una bolsita de arroz o un pedazo de chocolate sobre las camas de los niños.

No nació en Hiroshima el doctor Sugihara: cuando se oyeron las primeras noticias de la explosión era médico del ejército de Okayama, al nordeste, junto al pueblo de Kurashiki, su pueblo. El 2 de septiembre, la rendición incondicional del Imperio, firmada a bordo del Missouri, lo dejó sin empleo. El 5 trepó a un camión, llevando unas pocas ropas en su valija de lona, y descendió entre las cenizas atómicas, apenas aplacadas por el viento y las lluvias. Permaneció en Hiroshima desde entonces. Por las noches, después de trabajar en seis o siete autopsias, dentro de un galpón sucio, escribió un minucioso diario médico. En marzo de 1948, lo llevó al Chugoku Shimbun, el único periódico de la ciudad, para que le publicaran algunos fragmentos.

“Me enteré entonces”, cuenta Sugihara, “que el código de prensa promulgado por el general MacArthur impedía divulgar toda noticia sobre el cataclismo atómico y publicar fotografías o dibujos. Hasta fines de 1952, cuando la ocupación cesó y el semanario Asahi Pictures News publicó en Tokio las primeras fotografías de tejidos queloides y de niños sin ojos, casi nadie en el Japón sabía hasta qué punto habíamos sido heridos por la bomba. Recuerdo que en esos meses, la revista Life contó, con honestidad, que ‘las fotos tomadas por Kiyoshi Kikkawa en las primeras cinco horas de terror fueron secuestradas por los censores militares. El señor Kikkawa pudo recuperar sus negativos en abril pasado (1952), cuando el Japón recobró su soberanía’”.

Al doctor Sugihara le gustaría pregonar ante el mundo que todavía siguen muriendo, año tras año, medio centenar de personas en el hospital de la Bomba Atómica de Hiroshima, y otro medio centenar en el miserable caserío de Burako. Se le enciende la voz cuando va enumerando las enfermedades que nacieron de la gembakusho, esa gigantesca enfermedad madre: leucemia, anemia, endurecimiento del hígado, cáncer de hígado, cáncer de pulmón, cáncer de piel, cáncer de tiroides, cáncer de estómago, tumores malignos, cataratas. Y se queja de que el ABCC, el Atomic Bomb Casualty Commission (Comisión para los Daños de la Bomba Atómica) sólo examine a los enfermos, sin responsabilizarse de su curación. “Los médicos tenemos la obligación de arrancar a las víctimas de sus infiernos, de sus depresiones morales, de su decadencia física”, postuló el doctor Sugihara. “Pero el ABCC los usa como cobayos”.

Sobre el monte Hiji, 330 metros al oeste de la Escuela de Medicina, los investigadores norteamericanos piensan que esa ira es ciega. “Hemos revelado que hay conexiones entre la explosión nuclear y el aumento de la leucemia protestaron . Hemos publicado en nuestros boletines que el cáncer de pulmón, el de senos, ovarios y cerebro eran fácilmente advertidos entre los sobrevivientes. Informamos a quien quería enterarse que en los chicos de siete a diez años se descubría una pérdida constante de agudeza visual, y que las criaturas gestadas hasta cuatro meses antes de la explosión nacieron con graves retardos mentales y un alto porcentaje de microcefalia. ¿Cómo puede decirse que nuestras investigaciones transformen a los seres humanos en cobayos?”.

Para el doctor Sugihara, la historia está en otro lugar, en el esfuerzo para hacer sentir a los gembakusho que no están desamparados ni solos. “Ellos”, dice, “tratan de vivir más intensamente que nadie, de entregarse apasionadamente a su trabajo todos los días, aunque les faltan las fuerzas. Y tienen razón. Nadie puede asegurarles que no estarán muertos mañana.”

 

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“Nadie puede asegurarme que no estaré muerto mañana”, repite el señor Michiyoshi Nukushina, de 59 años, en la trastienda de su almacén tristísimo y vacío. Afuera, los altoparlantes de un camión de propaganda incitaban a votar por los senadores del partido Liberal Democrático en las elecciones para la Dieta, el 4 de julio. Sobre el muro de enfrente, los socialistas de Hiroshima habían pegado centenares de afiches con la cara de sus candidatos. Pero el señor Nukushina no podía ver toda esa fiebre, y casi tampoco podía oírla: el resplandor atómico lo alcanzó más de cerca que a ningún otro sobreviviente en la ciudad, porque su oscura tiendita de sake estaba a 900 metros al sur del hospital Shima, en el mismo lugar donde se alza su casa ahora, sólo que con dos lámparas shintoístas en el jardín y más gente en el dormitorio, 12 personas más de las tres que viven todavía.

Esa cercanía le costó cara a Nukushina san: un ojo, las dos piernas amputadas hasta la ingle ahora suplantadas por aparatos ortopédicos , el oído, un delta de tejidos queloides en la espalda, la esterilidad, los padres, los cinco hermanos, sus cuatro cuñados y uno de sus dos hijos. Se siente como una especie de Job incapaz de entender la ira de Dios, aunque no sabe quién es Job y no quiere saber quién es Dios.

Junto a la trastienda, inmóvil sobre un futon, la esposa de Nukushina san agonizaba, el primer martes de julio, sin poder resistir el embate de la anemia y de un cáncer pulmonar. Apenas podía mover sus 40 kilos, y la lengua se le había detenido. A su lado, Myeko, de 24 años, le espantaba las moscas con una pantalla de palma. A Myeko se le vaciaron los ojos por mirar el resplandor, aquel 6 de agosto, y la oscuridad en que se sumergió a los cuatro años pareció iluminarse hace tres meses, cuando se casó con otro sobreviviente ciego, tejedor de mimbres, sólo para quedar acongojada de nuevo: el hijo que les nació no consigue librarse de la anemia ni del llanto.

Como el propio Nukushina san suele decir, sonriendo, su historia “es la más espantosa que conocí”. Todo empezó de un modo tonto, imperdonable, porque el 2 de agosto, después de haberse tomado una fotografía junto a la puerta de la tienda, la familia Nukushina se estableció en Kure, 25 kilómetros al sur. Volvieron en pleno la noche del 5, para festejar el cumpleaños de Myeko y llevarse unas cacerolas de cobre. Baba san, la abuela, presentía que Hiroshima iba a ser bombardeada de un momento a otro, después de tres años y medio de tranquilidad, y el señor Nukushina resolvió que Kure podía ser un sitio más seguro hasta que la guerra terminara. Confiaban en regresar entonces a la tienda de sake, pero las incomodidades de la nueva casa, las cacerolas, Myeko y la fatalidad los empujaron hacia la muerte aquel 5 a la noche.

“A las 8 de la mañana (contó Nukushina san), ya estaba toda la familia en el camión, lista para viajar a Kure. Les pedí que esperasen un momento, porque necesitaba llamar por teléfono desde la tienda a un amigo de Miyajima. Mi esposa bajó conmigo y no pudimos convencer a Myeko de que se quedara quieta en las faldas de Baba san, de modo que también ella entró en la casa. La vimos divertir a su pequeño hermano con una muñeca de yeso, desde la ventana. La operadora telefónica informó que tardaría unos diez minutos en comunicarse con Miyajima. Me senté a esperar. Me entretuve mirando a Myeko y, de a ratos, soplé el polvo de los cuadros que adornaban el vestíbulo. Eran muy parecidos a los que tengo ahora: un paisaje nevado de Hokkaido, una cesta de frutas, una mujer que esconde su cara detrás de un abanico. Mi esposa me llamó desde la cocina cuando sonó la alarma antiaérea. ‘¡Diles que entren!’, gritó, pensando en Baba san. Pero fue Baba san la que se opuso, porque vio que era un solo aparato el que merodeaba en el cielo. Volví al lado del teléfono, y la alarma se apagó. Casi inmediatamente, una luz blanca, como un torrente de leche, inundó todo el cuarto: en ese instante, la casa se vino abajo”.

“Myeko lloraba amargamente en la ventana, cubriéndose los ojos con las manos. Le grité que no se moviera, porque una viga se balanceaba y estaba a punto de caer. El cuarto estaba lleno de chispas. Recuerdo que un sofá de paja empezó a incendiarse, y en seguida el fuego estaba ya lamiendo las paredes. Traté de levantarme, para llevar a Myeko hacia el camión. Sólo entonces me di cuenta de que tenía la espalda cortada y quemada, y una especie de tenaza hirviendo me golpeaba las piernas. Me rasgué el pantalón, empapado en sangre. Mis piernas estaban separadas del cuerpo, y dos cacerolas de hierro, partidas por la mitad, se habían incrustado en esas heridas. Nunca supe cómo llegaron hasta allí”.

 

***
Para la señora Yaeko Katsuda, que mueve sedosamente los pliegues de su quimono verde, todo es hermoso sobre la tierra: el ciruelo que crece bajo su ventana, en el hospital de Hiroshima; la voz de la enfermera que sirve el almuerzo; las sembatsuru rosadas que dos amigas le han llevado de regalo a la señora Ooe, su compañera de cuarto; la lluvia que cae sin fatigarse nunca sobre la ciudad. También el pikadón, el relámpago atronador que arrasó su casa de Minami Misasa, hace dos décadas, fue “la luz más hermosa que he visto”. Acaba de cumplir 48 años, y parece tan suave que no tolera los repiqueteos de un taladro eléctrico, fugaz y ensordecedor, en la calle contigua al hospital. Acomodándose el pelo corto con las manos, ajustándose los anteojos sobre su pequeña nariz, la señora Katsuda se resiste largamente a contar lo que por fin, con voz tibia, cuenta:

“Cuando estalló el pikadón, en ese instante justo, empecé a caminar desde la cocina al cuarto de baño. No me sentía muy bien, porque esperaba mi tercer hijo, y el embarazo seguía provocándome vómitos y mareos, aun en ese quinto mes de gestación. Fue como si un rayo se instalara en el centro de la casa, obligándola a temblar. Una fuerza desconocida me arrastró por el suelo, como un huracán, mientras las tejas y los ladrillos se desmoronaban sin dar tiempo a que nos protegiéramos. Llamé preocupada a mi hijo menor, de cuatro años, a quien había dejado en el dormitorio recortando papeles. Pero no lo oí contestarme. Pensé desconsolada en Toshío, el mayor, que estaba jugando en la calle. Toda la casa era una colina de escombros, y los marcos de las ventanas habían salido de quicio. Oí un llanto apagado, como de gato, y aparté las tejas que cubrían todo el dormitorio. Mi hijo pequeño estaba allí, guarecido bajo una mesa, completamente a salvo a pesar de las vigas que se habían desplomado a su alrededor. Salí al roka , por si podía divisar a Toshío: lo vi correr hacia mí, con un pantaloncito blanco y empapado. Me contó que no soportaba más el calor y había decidido bañarse en el tanque de agua de Asano san, nuestro vecino. Cuando oyó a su amigo Hideo buscándolo por el jardín, se acuclilló dentro del tanque y cerró la tapa. La bomba reventó en ese instante”.

Hacía un mes y medio que la señora Katsuda había llegado al hospital para quitarse “la pobreza de la sangre”, entre ramos de crisantemos y gallardetes con haikai. El 3 de julio, con el mentón hundido en el pecho, se acordó que “hace muchos años, cuando acabó la guerra, sentí un odio implacable hacia los ocupantes del Japón, y deseé con todas mis fuerzas que diez bombas iguales a las de Hiroshima cayeran sobre cada una de sus ciudades. Pero ya pasó demasiado tiempo desde entonces, y mi odio se ha borrado por completo”.

“Y después del odio, ¿comenzó a quererlos?”, preguntó la señora Ooe desde su cama.

La señora Katsuda no contestó una sola palabra.

 

***
Nadie habla ahora de resentimiento; hasta Nukushina san, a quien el llanto del nieto desvela todas las noches, se olvidó ya de su vieja cólera, y dejó que el cansancio y la costumbre la apagaran para siempre. En su casita soleada de Midori machi, junto a la capilla, el padre LaSalle, de la Compañía de Jesús, no sintió nunca indignación por tanto espanto. “Sólo piedad por los que murieron y piedad por los que mataron”. La voz le sale oscura, calmada, como si escapara de un tubo: “Con esta misma voz lloré el lunes 6 de agosto”, cuenta, mientras una encorvada sirvienta japonesa va y viene por el piso de hule. El padre LaSalle ya no se llama como en 1945, cuando era Superior de la Misión en Hiroshima: ahora que ha resuelto quedarse allí a vivir como un japonés, su nombre es Enomiya Makibi, y su cargo, vicepresidente del Instituto Reina Elizabeth, una escuela de música.

Tenía 47 años aquel verano, y durante la primera semana de la hecatombe pasó casi todo el tiempo rezando, mientras andaba entre los heridos y los muertos. “No necesité perdonar porque ya había perdonado en el momento mismo en que mi espalda quedó rasgada por 15 astillas de vidrio, la mañana de la explosión”, cuenta el padre LaSalle sin que sus 67 años se muevan de la silla, curvando apenas los labios finísimos. “Sólo pienso ahora que fue una desgracia para los norteamericanos haberla descargado primero sobre una ciudad, y una suerte que no todos los países en guerra la hayan tenido al mismo tiempo. A veces”, reflexiona, “cuando miro las fotografías de aquellos años, me pregunto dónde están los límites de la desgracia. Una mujer de Liverpool me contó que su ciudad fue atacada 84 veces por los alemanes y que su casa estuvo indemne hasta la vez número 84. Entonces, una bomba (quizá la última bomba de la guerra en todo Liverpool) la redujo a cenizas”.

El padre La Salle prefiere acordarse de otras historias, de los 300.000 dólares que logró acumular en todo Japón para alzar la Catedral de la Paz, de los padecimientos que afligen todavía al padre Wilhelm Kleinsorge y al padre Cieslik, dos sacerdotes de la Misión derribados por la anemia.

A medio kilómetro de la capilla, en una casa de departamentos que cobija a 83 profesores universitarios, los amigos de Kitanishi sensei, titular de Economía Política en Hiroshima, hablan de la explosión atómica como de una leyenda oscura, impenetrable, un cataclismo que sólo puede preocupar a los viejos. Los amigos del profesor no tienen más de 14 años. Yasugiko, su hijo, acaba de cumplir ocho y cursa el tercer grado. Lo único que oyó decir del 6 de agosto es que un globo de calor hizo reventar la piel “de mil personas y les formó queloides en la espalda y en la cara”.

Tampoco Hiroko Magari sabe casi nada de esas historias. Por aquellos años, su madre vivía en Taiwan, y el padre estaba acuartelado en Corea. Hasta hace tres, cuando salió de la escuela primaria, Hiroko no sabía que 200.000 personas podían morir golpeadas por un solo rayo: había estudiado algunos principios elementales de física, había aprendido la noción de que el átomo es divisible, pero no sabía que la fuerza de mil soles se descargó un día sobre Hiroshima, a 300 metros de la casa donde ahora vive. En la última semana de clase, el maestro de sexto grado les explicó que Japón estaba a punto de derrumbarse en 1945, sin alimentos ni armas. Los japoneses sabían que ese derrumbe era inminente, pero estaban dispuestos a morir antes de rendirse. En las montañas de Kiushu, las muchachas guardaban un puñal de bambú (contó el maestro), “dispuestas a suicidarse ante la vista del enemigo. Para salvarnos de una masacre, Estados Unidos recurrió a la bomba. El maestro creía que era justo. Eso es lo que creo yo también”.

Y es lo que cree Kazushige, el hermano menor de Hirokoto, y lo que piensa a veces Akie Yokawa, de 11 años, a quien jamás le dijeron en la escuela una palabra sobre el átomo salvo las que leyó en el texto de historia. Pero sólo a veces, porque Akie quisiera tener “un padre y una madre inmortales, y hermanos inmortales, y ninguna bomba ni puñal ni ametralladora cerca de mí”.

Todos los veranos, las lluvias siguieron cayendo sobre Hiroshima y Nagasaki como si nada hubiera ocurrido. Las casitas de dos pisos volvieron a crecer alrededor del hospital Shima o de la iglesia de Urakami, sobre el polvo y las cenizas. En Nagasaki, los pescadores se alegraban de su buena suerte: al fin de cuentas, si la bomba hubiera estallado sobre los astilleros Mitsubishi –el blanco elegido , y no la hubiera desviado el viento hacia el valle de los cristianos, el Urakami, la bahía entera estaría despedazada y la onda explosiva, al encajonarse entre las montañas, la habría limpiado de casas y de lágrimas. La estrecha garganta donde un trueno de plutonio reventó el jueves 9 de agosto, a las once y dos minutos de la mañana, salvó los astilleros, la casa de Madame Butterfly y casi todos los templos budistas. “Fue sólo una matanza entre cristianos”, definió el Asahi Shimbun en el décimo aniversario del estallido.

Por entonces, en 1955, las cosas le iban bastante mal al ex bombero Yukata Ikeda. Su mujer había perecido en el puente Yokogawa, y a él mismo el brazo derecho le quedó casi inútil. “Durante seis meses recuerda , me salió pus de las quemaduras y de los ganglios detrás de la oreja”. Un tío paterno lo recomendó en las acerías de Mitsubishi, y allí estuvo trabajando tres años, una semana sí y otra no, a causa de las anemias, y los dolores de hígado. “Hasta que en diciembre de 1951, mientras estaba llevando material al tren de laminación, los huesos cúbito y radio del brazo derecho se desencajaron, y ningún médico pudo unirlos. Vagué de un hospital a otro, y hace siete años llegué aquí, al de la Bomba Atómica. No me he movido desde entonces, pero cuando llega la noche, me desespero por levantarme y respirar el aire libre”.

La señora Yuko Yamaguchi, esposa del presidente de la Compañía de Gas, en Hiroshima, tuvo que aguardar un año a su marido a quien creía en Hangchow : fueron meses tristísimos, llenos de miseria, y ella pensó que no los sobreviviría. Su odio del principio contra el enemigo empezó a transformarse lentamente: primero, lo enderezó contra el país vencedor; luego, contra el coronel que había arrojado la bomba y contra el presidente que había ordenado el exterminio; por fin, advirtió que no conocía ni a los unos ni a los otros, y que ese resentimiento anónimo, gregario, sólo podía caber en una tonta. “Entonces dice la señora Yamaguchi supe que el único destinatario de mi odio era el monstruo, la Bomba”.

A las nueve de la mañana, aquel espantoso lunes de agosto, los heridos fueron invadiendo calladamente la escuela del monte Futaba, donde ella vivía, y acostándose en la sala de reuniones sin pedir permiso ni quejarse. Todo lo que se les podía dar para ayudarlos era un poco de agua y media ración de arroz. Se contentaban con eso. A las once de la mañana, cuenta la señora Yamaguchi, “cuando más nos lamentábamos de nuestra impotencia, tuvimos la primera muerte: una mujer que había venido caminando desde Hatchobori, a tres kilómetros, con su hijito a cuestas. Tomamos el niño a nuestro cargo, y fue esa misma mañana, en el nacimiento de la era atómica, que resolví dedicar mi vida a los huérfanos de Hiroshima. He cumplido hasta ahora”.

Entre los kakeyi de su casa, entre los poemas que hablan de la lluvia y de la primavera, la señora Yamaguchi suele olvidarse a veces del desastre. “Pero no de mis huérfanos”. En 1953 golpeó a miles de puertas, con un chiquillo de la mano, pidiendo que lo adoptasen. Escribió al gobierno del Japón, reclamó ayuda y alimentos, y acabó cobijando a un centenar de desamparados. Logró que los empleasen y los educasen, y les abrió las puertas de la casa para aconsejarlos sobre sus matrimonios.

Sin dejar de rascarse la cabeza rapada, también el señor Muta Suewo, en el Hospital de Nagasaki, acabó por aceptar la fatalidad y por acostumbrarse a ella. No le fue fácil consolarse, liberarse de la pesadilla. Al salir de la fundición de Mitsubishi y ascender a su casita de Narutaki, en las montañas, encontró a sus dos hijas salvas: Yaeko, la mayor, jugaba con una muñeca entre los escombros. Pero ese respiro de felicidad no duró demasiado tiempo. En enero de 1947, mientras estaba comiendo, Suewo San se desmayó; nunca más, desde entonces, volvió a sentirse con fuerzas. Esperó hasta el verano de aquel año, confiado en que mejoraría poco a poco. No le sirvió de nada. Los médicos, al menos los que él visitaba, creyeron que le estaba fallando el corazón y lo saturaron de coraminas. Por fin, cuando el ABCC llegó a Nagasaki, Suewo san se presentó para que lo examinaran. “Anduve días y días por las salas de la Comisión cuenta , preocupado porque mi diagnóstico tardaba demasiado. En Narutaki machi me ponía en cama a las seis de la tarde y empezaba a pensar en la muerte. A veces, la sangre se me empobrecía tanto que deseaba no despertarme más: sólo las voces de Yaeko y de mi otra hija me devolvían la voluntad de vivir. Un día encaré a los médicos del ABCC y protesté: ‘Si ya terminaron de revisarme y saben qué tengo, ¿por qué no me lo dicen y me dan remedios para que me cure?’ Pero me explicaron que no estaban en Nagasaki para calmar nuestros dolores sino para conocerlos”.

También esa recelosa forma de indignación fue esfumándose de la vida de Suewo san: ya no se acuerda casi de que en 1951 no probaba otro alimento que el arroz y que gastaba en medicinas todos los miserables yenes que ganaba. “Un día dice, entrecerrando su ojo yerto me puse a llorar ante la escudilla vacía de Yaeko, y decidí enterrar mi estúpida vergüenza para no verla consumirse de hambre. Fui a la Comuna y pedí que me subvencionaran. Al fundarse el hospital de la Bomba Atómica, hace siete años, los médicos admitieron que mi corazón estaba débil a causa de las radiaciones y que en mi sangre faltaban los espíritus blancos. La tranquilidad de saber que mi tarjeta de salud tenía un cuadradito verde con la palabra gembakusho me permitió olvidar el pasado. Ese cuadrado verde me aseguraba atención médica gratuita en el hospital. Para entonces, hace ya siete años, Yaeko trabajaba en la acería de Mitsubishi y mi otra hija en las tiendas de coral. Aquí estoy tranquilo se regocija Suewo san, y no espero nada ni quiero nada. Esta es mi felicidad”.

A los 35 años, el señor Yukio Yoshioka piensa, en cambio, que jamás conocerá nada parecido a la dicha: “Fui un globo, una ampolla de agua moviéndome, adolescente, después del pikadón. Ahora me siento sin fuerzas, y cada dos o tres meses una violenta diarrea me obliga a esconderme en casa. Pero lo peor es que mi corazón está herido, ocupado con los problemas del cuerpo. Ni una sola noche puedo dormir sin despertar sobresaltado. Entonces pienso que no podré ya nunca engendrar hijos sanos, que tampoco podré conseguir un buen trabajo”.

Los alumnos de Yoshioka san, en el Centro de Paz donde enseña caligrafía coreana, junto al río Enko, en Hiroshima, creen que el abatimiento jamás se ha posado sobre él y que tendrá una larga vida. Sólo una tarde, en junio, dos de ellos lo sorprendieron con la cabeza entre las manos, antes de empezar la clase, y le oyeron decir: “Debo morir. Hablo con mis antepasados, y ellos me acercan siempre al camino de morir”.

Morir era también lo único que deseó la señora Yamamoto desde que la pequeña Toshiko se le apagó en un refugio antiaéreo de Nagasaki, y sobre todo, desde que Kiyoshi, a quien le había costado tanto salvar de entre los escombros, fue acometido por vómitos interminables en un puesto de emergencia. En la madrugada del viernes 10, lo vio empalidecer y suspirar: levantó los bracitos hacia un sembatsuru y cayó, con el corazón detenido.

Otros tres de sus siete hijos sucumbieron al año siguiente, y ella, la señora Yamamoto, perdió todo el pelo y lo sintió crecer de nuevo, oscuro y fuerte, mientras las montañas de la ciudad volvían a poblarse de alverjillas y los barcos, como antes, arrimaban sus sirenas a la bahía.

A su marido lo emplearon otra vez en los astilleros Mitsubishi, y ella se sintió también afanosa por trabajar. Pero cuando se marchaba del hospital y comía los alimentos de su casa, la cara se le hinchaba y le dolía. A nada teme tanto ahora como a la muerte. A nada, salvo a otro fogonazo pálido y quemante.

También Makiko Kada sólo piensa en sobrevivir. Todas las tardes, las enfermeras del hospital de la Bomba Atómica la llevan al pie del ginkgo biloba y la dejan allí por una o dos horas, sentada en un banco de piedra. La gente que pasa le canta canciones alegres y Makiko les devuelve la cortesía contándoles su historia. No siempre es la misma historia: a veces el sol que la encegueció es un dragón de grandes alas que tiene su nido al otro lado del mar, a veces es un pez espada que juega entre las nubes y que ataca a quienes osan mirarlo.

Pronto cumplirá 30 años. Hace diez, la ofrecieron en matrimonio. Nadie la quiso. Ya entonces, todos decían que pronto iba a morir. “Muchas veces he muerto desde aquella mañana del resplandor’“, dice Makiko. “He muerto y he resucitado, como todos en Hiroshima. Nos parecemos a las nueces plateadas del ginkgo biloba. Estamos llenos de estrías y de sufrimientos, pero el viento pasa, los incendios pasan, y nosotros seguimos en el mismo sitio, invencibles”.

 

***
Las cifras dicen poca cosa, pero a veces lo dicen casi todo. En enero de 1965, el 42% de los trabajadores esporádicos de Hiroshima eran sobrevivientes de la hecatombe. Cada uno de ellos, por condescendencia del gobierno japonés, recibía un dólar y medio por jornada. En febrero, el señor Akira Kuboyama, licenciado en Economía de la Universidad de Nagasaki, aprobó el examen de ingreso a una de las mayores empresas de la isla Kyu shu. Pero durante el test médico, los investigadores advirtieron formaciones queloides en sus hombros y vetaron el contrato. En abril, la señora Yamaguchi protestó ante la Comuna de Hiroshima porque uno de los huérfanos a quienes apadrinaba había debido cambiar diez veces de trabajo en un año: cuando presentaba la tarjeta de salud con un rectángulo verde era implacablemente despedido.

Tampoco les es fácil ser reconocidos como enfermos atómicos. Hasta 1957, el gobierno negó que las anemias y cánceres tuvieran algo que ver con la explosión. Obedecía de esa manera el dictamen del brigadier general Thomas Farrell, quien el 3 de septiembre de 1945 informó en una conferencia de prensa que “ya nadie padece en Hiroshima y Nagasaki los efectos radiactivos de la bomba. Quienes los padecieron, están muertos”.

Myeko, la hija ciega del señor Nukushina, imagina que la Hiroshima donde nació sigue como hace veinte años, con sus oscuras casitas de tejado curvo. No puede concebir que la ciudad donde nació sea otra, lavada por las lágrimas y la desdicha. “Aquel día de agosto suele contar, el cielo se cayó. Cuando el cielo volvió a levantarse, todo siguió igual que antes. Somos sólo nosotros los que hemos cambiado”.

Tomás Eloy Martínez: Panorama [Buenos Aires]. Martes 11 de agosto de 1970.

Terrones | mí

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Glaciar Huemul

me acecha la muerte y

no es una sombra rezagada de algas

esperando caer

como un telón

en mi reverso

 

no.

 

es la luz

 

es el sabor propio de mi cámara

oscura

apiñando contra el mundo el

tacto submarino

de mis ojos

 

un instante de luz sobre otro instante

un latido abreviándome el parpadeo de los bordes

restituyéndome al sueño de mi hogar recóndito

con su melodía ancestral

terrestre

donde también la muerte se despoja

y sueña

o desteje

(ahora como una gata al ronroneo de mis pies)

su propio telón de

algas

y estenopos.

 

octubre/ 2011

 

 

Las ciudades sutiles 2 | Ítalo Calvino

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 jugado con Morcito en la casa de peggy guggenheim

Ahora diré de la ciudad de Zenobia que tiene esto de admirable: aunque situada en terreno seco, se levanta sobre altísimos pilotes, y las casas son de bambú y de zinc, con muchas galerías y balcones, situadas a distinta altura, sobre zancos que se superponen unos a otros, unidas por escalas de cuerda y veredas suspendidas, coronadas por miradores cubiertos de techos cónicos, cubas de depósitos de agua, veletas, de los que sobresalen roldanas, sedales y grúas.

No se recuerda qué necesidad u orden o deseo impulsó a los fundadores de Zenobia a dar esta forma a su ciudad, y por eso no se sabe si quedaron satisfechos con la ciudad tal como hoy la vemos, crecida quizá por superposiciones sucesivas del primero y por siempre indescifrable diseño. Pero lo cierto es que si a quien vive en Zenobia se le pide que describa como vería feliz la vida, es siempre una ciudad como Zenobia la que imagina, con sus pilotes y sus escalas colgantes, una Zenobia quizá totalmente distinta, flameante de estandartes y de cintas , pero obtenida siempre combinando elementos de aquel primer modelo.

Dicho esto, es inútil decidir si ha de clasificarse a Zenobia entre las ciudades felices o entre las infelices. No tiene sentido dividir las ciudades en estas dos especies, sino en otras dos: las que a través de los años y las mutaciones siguen dando su forma a los deseos y aquellas en las que los deseos o bien logran borrar la ciudad o son borrados por ella.

Julio Cortázar | Rayuela (fragmentos del Capítulo I)

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Ushuaia Antonio Gil

[…]

Cómo podía yo sospechar que aquello que parecía tan mentira era verdadero, un Figari con violetas de anochecer, con caras lívidas, con hambre y golpes en los rincones. Más tarde te creí, más tarde hubo razones, hubo madame Leonie que mirándome la mano que había dormido con tus senos me repitió casi tus mismas palabras. “Ella sufre en alguna parte. Siempre ha sufrido. Es muy alegre, adora el amarillo, su pájaro es el mirlo, su hora la noche, su puente el Pont des Arts.” (Una pinaza color borra vino, Maga, y por qué no nos habremos ido en ella cuando todavía era tiempo.)

Y mirá que apenas nos conocíamos y ya la vida urdía lo necesario para desencontrarnos minuciosamente. Como no sabías disimular me di cuenta en seguida de que para verte como yo quería era necesario empezar por cerrar los ojos, y entonces primero cosas como estrellas amarillas (moviéndose en una jalea de terciopelo), luego saltos rojos del humor y de las horas, ingreso paulatino en un mundo-Maga que era la torpeza y la confusión pero también helechos con la firma de la arena Klee, el circo Miró, los espejos de ceniza Vieira da Silva, un mundo donde te movías como un caballo de ajedrez que se moviera como una torre que se moviera como un alfil. […]
En fin, no es fácil hablar de la Maga que a esta hora anda seguramente por Belleville o Pantin, mirando aplicadamente el suelo hasta encontrar un pedazo de género rojo. Si no lo encuentra seguirá así toda la noche, revolverá en los tachos de basura, los ojos vidriosos, convencida de que algo horrible le va a ocurrir si no encuentra esa prenda de rescate, la señal del perdón o del aplazamiento. Sé lo que es eso porque también obedezco a esas señales, también hay veces en que me toca encontrar trapo rojo.

Chaltén Antonio Gil

Paco Urondo | Poemas

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Paco, Juan L, Alonso y Gola

Por soledades
Un hombre es perseguido, una
familia entera, una organización, un pueblo. La
responsable de esta situación no es la codicia,
sino un
comerciante con sus precios, con la imposición
de las reglas del juego. Los empresarios, la policía
con la imposición de las reglas del juego. Por eso
ese hombre, ese pueblo, esa familia,
esa organización, se
siente perseguida. Es más, comienzan
a perseguirse entre ellos, a delatarse,
a difamarse, y juntos, a su vez, se lanzan a perseguir
quimeras, a olvidarse de las legítimas,
de las costosas pero realizables aspiraciones;
marginan la penosa esperanza. Entonces
toda la familia, todo el pueblo, entra
en el nivel más alto de la persecución: la
paranoia, esa
refinada búsqueda de los
perseguidos históricos y culturales.
Y ésta
es la triste historia de los pueblos
derrotados, de las familias envilecidas
de las organizaciones inútiles, de los hombres
solitarios, la
llama que se consume sin el viento, los aires
que soplan sin amor, los amores que se marchitan
sobre la memoria del amor o sus fatuas
presunciones.

. . . . . . . . . .

Bar “La calesita”
Es el fondo de un bar. Es un lugar parecido a una
cueva donde uno se sienta, bebe y ve pasar a
hombre enrarecidos por distintos problemas.
Es una gran linterna mágica.

Es una gruta retirada del mundo que cobija a sus
criaturas. Uno se siente allí ferozmente feliz.

Acaba de aparecer el primer hombre, apenas ha
aprendido a caminar, aún no sabe defenderse.

El hombre sonríe y llora y sigue la fiesta.

. . . . . . . . . . .

A saudade mata a gente

A Mario Trejo

 

Digo, frente al sol de abril, sobre esta baldosa calcinada, sin

mujer, sin caricia circundante, hepáticamente embotado,

sonriendo por tradición, sin pasajes, sin ganas, con

sangre, con pulso irregular: caramba, caramba.

. . . . . . . . .

Poema al Che

 

 No hay serenidad, hay silencio

nadie levanta la voz  aunque duden

porque realmente es raro que pudieran acorralarlo

nadie cree nada, aunque siga lloviendo

 

y las ilusiones son rescatadas

 

compro el diario y mojándome veo esas fotos

dios santo, con esos ojos abiertos

rompiendo el porvenir

y esa especie de sonrisa y con la boca fuerte

pero muerta.

y yo pienso que si él ha muerto así

nosotros, hombres de su generación

también terminaremos de mala manera

derrotados o con un balazo trapero

y los ojos abiertos para llegar a mirar como gatos

en plena noche

en plena violencia

los primeros pasos del único mundo que admitimos

………………..

Quiero denunciar 

 

Quiero denunciar ante todos, público
y clero, el robo de un par de anteojos, de alguna
camiseta sucia y pañuelo usado, un número
impreciso de poemas que venía escribiendo
en los últimos años de esta guerra, un aparato
de televisor, discos, armas, souvenires
varios: un libro de Lenin, un disco
de don Pepe de la Matrona que me regalara
el divino Divinsky por recomendación
del marqués del Cante, don Fernando
Quiñones, un asiento argelino, piedritas, cartas, dos botellas

de vino

chileno, documentos reales y apócrifos y otras
cosas pequeñas pero queridas,
nada de esto, ni de otras cosas que
omito han reaparecido. Fueron
robados por la policía en mi domicilio, entonces
ilegal para ellos. Las armas perdidas ya
han sido debidamente detalladas; las largas
y las cortas, las buenas y las malas. Los
objetos eran comunes, como esos que se venden
por allí; los versos hablaban de una 11,25 que
ha dejado una marca en el nacimiento
del muslo izquierdo; otro hacía referencia
a los problemas de la balística en relación con
los sentimientos; uno recordaba el miedo
que tenía un sargento cuando
fuera atacado por sorpresa, y otros
temas que he olvidado por buenas razones. Algunos de
estos papeles desaparecidos por el miedo que la policía
metió a mucha gente, entre ellas a una mujer llamada
Lucila, que materialmente quemó uno que otro.
Otros fueron destruidos por la propia policía o los militares
de los servicios de informaciones que también

vinieron a buscarme y también me llevaron. Hago

esta denuncia,

especialmente por la pérdida
de armas y poemas, ya que ambas son irreparables. Han
sido robadas al pueblo de la república, a
quien naturalmente pertenecían.

Mario Benedetti | Si Dios fuera mujer

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Mario Benedetti

¿Y si Dios fuera mujer?
pregunta Juan sin inmutarse,
vaya, vaya si Dios fuera mujer
es posible que agnósticos y ateos
no dijéramos no con la cabeza
y dijéramos sí con las entrañas.
Tal vez nos acercáramos a su divina desnudez
para besar sus pies no de bronce,
su pubis no de piedra,
sus pechos no de mármol,
sus labios no de yeso.
Si Dios fuera mujer la abrazaríamos
para arrancarla de su lontananza
y no habría que jurar
hasta que la muerte nos separe
ya que sería inmortal por antonomasia
y en vez de transmitirnos SIDA o pánico
nos contagiaría su inmortalidad.
Si Dios fuera mujer no se instalaría
lejana en el reino de los cielos,
sino que nos aguardaría en el zaguán del infierno,
con sus brazos no cerrados,
su rosa no de plástico
y su amor no de ángeles.
Ay Dios mío, Dios mío
si hasta siempre y desde siempre
fueras una mujer
qué lindo escándalo sería,
qué venturosa, espléndida, imposible,
prodigiosa blasfemia.

Juan Gelman | Preguntas

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Juan Gelman

“lo que hacemos en nuestra vida privada es cosa nuestra” dijeron
las Seis Enfermeras Locas del Pickapoon Hospital de Carolina
mientras movían sus pechos con una
dulzura tan parecida a Dios
¿y si Dios fuera una mujer? alguno dijo
¿y si Dios fuera las Seis Enfermeras Locas de Pickapoon? dijo alguno
¿y si Dios moviera los pechos dulcemente? dijo
¿y si Dios fuera una mujer?
corrían rumores acerca de las Seis
las habían visto salir de hospedajes sospechosos con una mirada triste
en la boca
las habían visto en una cama del Bat Hotel
las habían visto fornicando con sastres zapateros carniceros de toda
Pickapoon
¿y acaso Dios no sale de los hospedajes con una mirada triste
en la boca? alguno dijo
¿y si Dios fuera una mujer?
¡tetas de Dios! ¡blancos muslos de Dios! ¡lechosos! Dijo
¡leche de Dios! gritaba por los techos de toda la ciudad
así que lo quemaron
hicieron una hoguera alta al pie de la colina del Este
y también quemaron a las Seis Enfemeras Locas de Pickapoon
todas eran rubias y cada día habían visto a la muerte trabajar
eso es todo
así acaban con los temblores mortales e inmortales en Carolina
y otros sitios de Dios
¿y si Dios fuera una mujer?
¿y si Dios fuera las Seis Enfermeras Locas de Pickapoon? dijo alguno

Inés Manzano | A Carlos Fuentealba | Si es puñal que me mate

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Ines Manzano II

Arrodillada

sobre agujero cruel

que se me traga

las voces de las hijas

las preguntas

que a sus trenzas atábamos

cuando todo era niebla

 

Aferrada

a la rama más débil

a su voz que me deja

al tapiz de esa música

que cunde bajo tierra

y fulgura

y me vence

 

Reposo

en la brizna sagrada de sus sueños

en mi abrazo celeste que rodea

su cabeza estallada

 

en lo que pierdo

 

Yo guardaba

las cosas que decía

la hilera de sus pasos

su caricia de avena

entre los utensilios

 

por las dudas

 

Respiraba

del ritmo de su pecho

 

Alguna vez

tirados en el pasto tuvimos todo el tiempo

 

Ahora sólo tengo

la argamasa que cede a sus latidos

tres temblores gemelos

y una camisa hueca

que humedezco de lágrimas

en un confín del mundo

enmudecido

Déjenme recostada en su costado

besarle los fragmentos

 

No hay ternura como ésta

que resista

los embates brutales de tal pena

 

Desangelada muerte

que se lleva a mi Carlos 

 

Quiero oír el silencio

 

Más allá

del rumor de su sangre que me hiere

no queda más que viento

 

a Carlos Fuentealba

y a la mujer que lo amaba

 

 

 

De la serie de la escuela, de su libro Si es puñal que me mate, Papeles de Boulevard (2012)

 

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/las12/13-10543-2016-04-29.html

 

Suplemento Las12

Viernes 29 de Abril de  2016

INES MANZANO

POESÍA ERAS VOS

 

Por Paula Jiménez España

El sábado 9 de abril, en el último encuentro del ciclo de poesía Literatura viva, Inés Manzano compartió un poema suyo dedicado a Carlos Fuentealba. Poniéndose en la voz de la mujer que acompañó en vida al maestro asesinado en Neuquén, Inés recitó de memoria, como siempre, sin bajar la vista para apoyarse en la seguridad del papel, porque a ella recordar, dijo una vez, le permitía ser libre. Esos versos tristísimos, que podrían consonar con otros de la mexicana Rosario Castellanos (“¿En quién me va a matar la muerte? En los que amo”), dicen: “Yo guardaba/ las cosas que decía/ la hilera de sus pasos/ su caricia de avena/ por las dudas/ Alguna vez/ tirados en el pasto tuvimos todo el tiempo/ Ahora solo tengo/ la argamasa que cede a sus latidos”. Era un poema de amor, pero era un poema político. Era un poema sobre las consecuencias de la política en la vida amorosa, esa zona que tantxs creen privada. A la hora de recitar (tardó muchos años en animarse a hacerlo delante de otrxs), nadie podía obviar su voz suave que era sin embargo de una gran contundencia. Esa tarde lluviosa, esta porteña, autora de “Si es puñal que me mate” (Rosario, Papeles del Boulevard, 2011), recogió sus merecidos aplausos y luego se levantó de la mesa sin aspavientos, como si nada hubiera pasado. Y en verdad, nada habría pasado salvo el deleite de escucharla, si no fuera porque aquella fue su última lectura pública. El pasado domingo 17 de abril, gran parte de la comunidad poética se reunió para despedirla en una sala velatoria de Chacarita donde un féretro cerrado no ostentaba grandes coronas sino sencillos ramos y una V peronista, apasionada y desprolija, escrita en blanco sobre la madera lustrosa. A unos metros, las editoras de La mariposa y la iguana repartían a lxs asistentes unas plaquetas pequeñas en formato de origami con algunos de sus escritos. Esa combinación (peronismo y poemas) parece haber resumido dos de los mayores intereses de su vida. Y podría decirse que durante años, en la práctica hizo de ambos una sola cosa al ocuparse de federalizar la poesía y popularizarla mediante la creación, junto con Cayetano Guzmán, del ciclo “Interiores” (por el que recibió debidos reconocimientos en los últimos Festivales de poesía de los que participó). Sobre esta labor de hormiga escribió recientemente la poeta Irene Gruss en su blog “El mundo incompleto”: “Inés Manzano tuvo la idea única de hacer un ciclo de lecturas en el que se invitara a un poeta de las provincias a leer en Capital. Ese ciclo se llamó Interiores. Muy pocos la ayudaron. Inés invitaba, conseguía hospedaje, pagaba los viáticos y la comida. Imprimía una plaquette con material del poeta o de la poeta en cuestión, que repartía durante la lectura, y un póster ilustrado por buenísimos plásticos. Las sedes de dicho encuentro eran mínimas bibliotecas o el IMPA. Cero difusión de prensa. A pulmón, cada cosa, cada detalle, como el acompañar a cada unx de ellxs a Retiro hasta la hora de su partida”. Por todo esto no sería exagerado usar la palabra amor para hablar de lo que a Inés le pasaba con la poesía y con los y las poetas, con quienes compartía largas charlas nocturnas sin importarle si al otro día tenía que levantarse temprano para ir a trabajar (era bibliotecaria). Versos como “Hemos sido tocado/ por los dedos azules de unos versos/ que asediaban el vientre donde estábamos/ desde antes del principio// De ahí viene la cosa”, parecen decir que Inés Manzano se sentía unida a otrxs escritorxs por provenir, igual que ellxs, de una raíz mágica y azarosa. Cuentan sus amigxs y familiares que prácticamente no dormía y se olvidaba de comer, pero no de leer, no de escribir. Gran parte de sus energías vitales fueron a parar a esta pasión por la que hizo trabajos tan concretos e invisibles como el de tipear la obra inédita de Susana Thènon para que fuera incluida en los tomos de “La morada imposible”. Además de todo esto, Inés Manzano fue miembro de “Poesía en la Escuela”, de la “Red Federal de Poesía” e integró la comisión organizadora del Festival Internacional de Poesía en el Centro (Centro Cultural de la Cooperación). Últimamente se dedicaba a compilar material para una antología de poetas del interior del país. Sus muestras de generosidad han sido infinitas y resulta difícil pensar que ya no circulará por los recitales de poesía sonriendo y luciendo esos vestidos largos y delicados que la hacían parecer un ser distinto, fuera de las modas y del tiempo.

Inés Manzano Si es puñal que me mate

Azules | Adrián Abonizio

Adrián Abonizio por Carlos Luna

Azules los comisarios
los dientes de los moriscos
la aleta de las sirenas
y el orín de San Francisco.

Azules tus ojos negros
como azules son las redes
que en un fondo de areniscas
azules vuelven los muelles.

Azules las alambradas
las bielas y los pistones
y azul es el fin del mundo
que cabe en esta birome.

Azules los relojeros
cuando en su casa mortuoria
las agujas son matungos
sudando azul en la noria.
Azul el cordón de vida
los higos si están maduros.

los jazmines de los libros
y la lengua del bromuro
y explico que soy azul
cianótico de cansancio
cuando escribo en el papel
azul del enamorado.

 

https://www.youtube.com/watch?v=18EwRdlSy_s

¿A dónde van? | Silvio Rodríguez

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Silvio con Benedetti

 

¿A dónde van las palabras que no se quedaron?
¿A dónde van las miradas que un día partieron?
¿acaso flotan eternas, como prisioneras de un ventarrón?
¿o se acurrucan, entre las hendijas, buscando calor?
¿acaso ruedan sobre los cristales, cual gotas de lluvia que quieren pasar?
¿Acaso nunca vuelven a ser algo?
¿Acaso se van?
¿Y a dónde van?
¿A dónde van?
¿En qué estarán convertidos mis viejos zapatos?
¿A dónde fueron a dar tantas hojas de un árbol?
¿Por dónde están las angustias, que desde tus ojos saltaron por mí?
¿A dónde fueron mis palabras sucias de sangre de abril?
¿A dónde van ahora mismo estos cuerpos, que no puedo nunca dejar de alumbrar?
¿Acaso nunca vuelven a ser algo?
¿Acaso se van?
¿Y a dónde van?
¿A dónde van?
¿A dónde va lo común, lo de todos los días?
¿el descalzarse en la puerta, la mano amiga?
¿A dónde va la sorpresa, casi cotidiana del atardecer?
¿A dónde va el mantel de la mesa, el café de ayer?
¿A dónde van los pequeños terribles encantos que tiene el hogar?
¿Acaso nunca vuelven a ser algo?
¿Acaso se van?
¿Y a dónde van?
¿A dónde van?

 

https://www.youtube.com/watch?v=v3gi1bZ5dQE

El silbido | Jorge Riestra

Jorge Riestra Billar

En la ciudad de antes, el silbido era el compañero del hombre de la noche. De vuelta a casa, “a patacón por cuadra”, el noctámbulo, no necesariamente calavera, echaba a rodar hacia adelante el tren de notas de un silbido. No volvía solo: volvía con su silbido. Tampoco su silbido estaba solo: otro, por allá venía, y otro más, errante, como a la deriva, se dejaba oír desde alguna de las calles laterales. En las veredas silenciosas de la madrugada, intermitentes, nítidos, los silbidos se buscaban hasta tejer un diálogo en cuya entraña palpitaba una correspondencia, avanzaba la certidumbre de una afinidad. Solo los apagaban las noches de lluvia; entonces, la compañera era la lluvia.
El silbido era un atributo de los hombres. Una convención no escrita parecía vedarlo a las mujeres. Por alguna razón más vinculada con los prejuicios —en la mira, la denigrada marimacho- que con la moral, la mujer había cedido al varón el territorio del silbido. Ella cantaba. Parada ante el piletón, o mientras planchaba o cocinaba, la mujer cantaba. Para muchos de los hijos pequeños de aquel tiempo, la educación musical del oído tuvo un origen doméstico. El canto de las madres se transmutó en el propio, y después, sobre el mármol del umbral, desenvuelto, ufano, se engalanó el ensayado silbido. Aprender a silbar —”silbar bien”, en el decir callejero—, era una prueba de que el cursus honorum de la calle se cumplía de acuerdo con los usos de la tradición.
Durante el día, en las horas que siempre se llamaron “de trabajo”, el hombre no silbaba. Tampoco le nacía silbar cuando enredado en diligencias rutinarias, se desplazaba de un punto a otro por las veredas atestadas del centro. No se trataba de una represión impuesta por el temor al ridículo: el silbido requería cierto grado de aislamiento, y aun, si se quiere, de ensimismamiento. Así como de una libertad que contenía una gema inapreciable: la disponibilidad. El ocio, aunque ingrediente prócer, no le era esencial. El trabajador que iba a la fábrica o a la obra en bicicleta —noche cerrada o amanecer en ciernes—, silbaba porque en ese tramo era libre todavía. Ese mismo hombre, acodado entre conocidos o amigos en el mostrador del café, tal vez tarareara un tango mientras paladeaba su vermut o saboreaba, sibarita, la copa de grapa con miel; pero no silbaba. Un sentido natural de la prudencia reservaba el silbido para el camino de retorno a la pieza, a la casa, al apretado y gris departamento de pasillo. Las reglas eran claras; el código final, transparente.
El silbido no aspiraba a convertirse en espectáculo. Una exhibición de silbidos muy improbablemente habría movido a risa, pero sólo a título de curiosidad —ribete farsesco incluido— podría haberse montado. Entre hombres, su absoluta gratuidad lo alejaba del canto, al que le era difícil desprenderse de los contagiosos gestos que esparce la profesionalidad.
Mucho mayor era la distancia que separaba al silbador del cantor. Este exigía un auditorio, un público presumiblemente leal con el cual establecía, desde los preparativos, una diferencia de rango: “artista” y oyentes estaban bajo el mismo techo —que quizá fuese el cielo—, mas no se confundían. Rara avis en la cuadra —no en el barrio—. Mientras los silbadores florecían por doquier, el cantor componía una imagen que aun antes de emitir la voz salía a campear la admiración y el aplauso. Rodeado de una aureola, entre campechano y solemne, atento a las mujeres, si las había, el cantor actuaba. Al actuar, inevitablemente, competía. El rival podía estar cerca o lejos, vivir o haber muerto: como el payador, uno de sus antepasados, el cantor quería vencer. Canto y éxito marchaban de la mano —o lo soñaban—.
Al silbido lo distinguía la humildad. Carecía de pretensiones. Bien de barrio, extraña mezcla de candor y malevaje, vocacionalmente igualitario, se sentía tan cómodo en alpargatas como con zapatos y traje. Si el gorrión hubiese sabido silbar, el silbido habría sido el gorrión de las veredas. Su propietario lo cuidaba como a una planta, lo mimaba como a un cachorro, lo adornaba como a un cuartito de soltero. Solcito de la mañana del domingo, hoja suelta en el viento de la noche: formas cariñosas de nombrarlo, de cercarlo, de acercarlo.
Al tranco, y silbando bajito, como cuadraba, rumbeó hacia el olvido. Y allí se quedó.

 

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Jorge Riestra: Rosario 04-01-1926 / Rosario 03-02-2016

Fue un escritor argentino

Su primer relato lo escribió con catorce años.

Estudió Magisterio y se dedicó durante unos años a la enseñanza en su ciudad natal, impartiendo clase de Literatura en el Instituto Superior de Comercio. Rechazó una beca en la Universidad Houston temiendo que si la aceptaba no tuviera el tiempo suficiente para dedicarse a escribir.

Autor de novelas y cuentos, sus obras suelen estar ambientadas en la ciudad de Rosario y describen a menudo el universo de los cafés y billares que conoció el autor en su juventud.

Fue, junto a Rodolfo Vinacua, asesor literario de la editorial Biblioteca (fundada en 1966 y dirigida por Rubén Naranjo). Terminada la dictadura del Proceso de Reorganización N, dirigió en Rosario el Centro Cultural Bernardino Rivadavia (posteriormente rebautizado como Roberto Fontanarrosa) y consiguió dinamizar la vida cultural de la ciudad.

La concesión en 1988 del Premio Nacional de Literatura le permitió dedicarse a la escritura a tiempo completo.

En 2015 cedió los derechos de publicación de su obra literaria (tanto la ya editada como la inédita) a la UNR.

Premios y reconocimientos

  • 2002: Premio a la trayectoria artística, concedido por el Fondo Nacional de las Artes.
  • 1997: la Academia Los Inolvidables le nombró Ciudadano Ilustre del Casín.
  • 1988: Premio Nacional de Literatura porEl opus, concedido por la Secretaría de Cultura de la Nación.
  • 1963: Premio trienal «Carlos Alberto Leumann».

Obra

Libros de relatos

  • El espantapájaros. Rosario, 1950.
  • El taco de ébano. Buenos Aires, 1962 (edición española en La Coruña: Ediciones del Viento, 2007).
  • Principio y fin. Rosario: Editorial Biblioteca Popular Constancio C. Vigil, 1966.
  • A vuelo de pájaro. Buenos Aires, 1972

Novelas

  • Salón de billares. Buenos Aires, 1960.
  • El opus. Rosario, 1986
  • La historia del caballo de oros. Buenos Aires, 1992.

Antologías

La obra breve de Jorge Riestra aparece antologada en importantes obras nacionales e internacionales:

  • Narradores argentinos de hoy I. Buenos Aires, 1971.
  • 20 argentinische Erzähler. Berlín, 1975.
  • El cuento argentino 1959-1970. Buenos Aires, 1981
  • Primera antología de cuentistas argentinos contemporáneos. Buenos Aires: Secretaría de Cultura de la Nación, 1990.

Fuente: Edición Más de La Capital http://www.lacapital.com.ar/ed_mas/2016/2/edicion_46/contenidos/noticia_5032.html

Fotos: Sebastián Suárez Meccia / La Capital

Solicitada | Paco Urondo

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Paco Urondo

…Y la historia de la alegría no será
privativa, sino de toda la pendencia
de la tierra y su aire, su espalda y su perfil, su tos y su
risa. Ya no soy
de aquí; apenas me siento una memoria
de paso. Mi confianza se apoya en el profundo desprecio
por este mundo desgraciado. Le daré
la vida para que nada siga como está.

Hotel | Margaret Atwood

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Margaret Atwood - Life

Me despierto a oscuras
en una habitación extraña.
Hay una voz en el techo
con un mensaje para mí.

Repite una y otra vez
la misma ausencia de palabras,

el sonido que el amor hace
cuando alcanza la tierra,

metido a la fuerza en un cuerpo,
acorralado. Arriba hay una mujer

sin cara y con un animal
desconocido que tiembla dentro de ella.

Enseña los dientes y solloza;
la voz susurra a través de las paredes y el suelo;
ahora está suelta, libre y corriendo
cuesta abajo hacia el mar, como agua.

Examina el aire alrededor y encuentra
espacio. Al final, me
penetra y se vuelve mía.

Colibrí (poema) | Raymond Carver

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Tess y Raymond

Vamos a suponer que digo verano
escribo la palabra “colibrí”,
la meto en un sobre
y la llevo colina abajo
hasta el buzón. Cuando abras
la carta te acordarás
de aquellos días y lo mucho,
lo muchísimo que te quiero.

Raymond Carver

Todos nosotros

Bartleby Editores, 2006

Traducción y prólogo de Jaime Priede

En la secreta casa de la noche (poema) | Jorge Teillier

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Jorge Teillier

Cuando ella y yo nos ocultamos
en la secreta casa de la noche
a la hora en que los pescadores furtivos
reparan sus redes tras los matorrales,
aunque todas las estrellas cayeran
yo no tendría ningún deseo que pedirles.

Y no importa que el viento olvide mi nombre
y pase dando gritos burlones
como un campesino ebrio que vuelve de la feria,
porque ella y yo estamos ocultos
en la secreta casa de la noche.

Ella pasea por mi cuarto
como la sombra desnuda
de los manzanos en el muro,
y su cuerpo se enciende como un árbol de pascua
para una fiesta de ángeles perdidos.

El temporal del último tren
pasa remeciendo las casas de madera.
Las madres cierran todas las puertas
y los pescadores furtivos van a repletar sus redes
mientras ella y yo nos ocultamos
en la casa secreta de la noche.

 

 

Jorge Teillier Poemas

Ediciones Colihue

 

Reunión en Nochebuena, de gente que sueña (fragmento) | Antonio Di Benedetto

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Antonio Di Benedetto

“Parece inagotable, la noche, porque es de fiesta y se puede creer que a penas ha comenzado, aunque ya todos cenaron.
Parece inmensa porque en el campo el cielo, visto desde abajo, crece, se desborda, refulge y hace pensar que es una imagen palpitante e inmodificable de la eternidad.
Los mayores permanecen en el jardín, donde la música se ha apagado pero permanecen encendidos los fuegos eléctricos del pino, que la dueña de casa enjoyó hasta darle semejanza con el símbolo de la Navidad.
Mañana será Navidad, esta noche es Nochebuena y Severo y su esposa María de la Abnegación nos han reunido a los amigos en su propiedad rural, tan bien puesta, y yo noto y callo, como todos los demás, que en la reunión falta quien no debía faltar: Ismael, el hijo, y que su ausencia pesa visiblemente en el pecho de la madre”.

 

Antonio Di Benedetto

Cuentos Completos

Adriana Hidalgo Editora

No siempre (poema) | Héctor Viel Temperley

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No siempre

que la casa duerme,

duermo.

 

A veces, en la noche,

soy como un trompetista

con los ojos abiertos.

 

Pero eso sí,

cada vez que llueve,

yo lluevo.

 

 

 

No siempre | Humanae vitae mia |  Héctor Viel Temperley

Obra completa | Ediciones del Dock | 2013

Lugar | Jorge Boccanera

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Jorge Boccanera

Lugar,

es el nombre del animal más grande de la tierra.

Hay quienes aprovechan su sombre y no saben

que existe.

O beben su saliva y lo confunden con un río.

O duermen en los huecos que dejan sus pezuñas en

la tierra y piensan que la tierra es así.

Los exiliados cargaban sus pedazos de tiempo.

Otros clavan sus zapatos en el barro.

 

Hay ciegos que cambian la vista por una

certidumbre.

Algún dios carpintero que fabricaba muebles repite

la sentencia:

«un lugar para cada cosa y cada cosa en su lugar»

Pero los desaparecidos, ¿dónde están?

Todo es ajeno aquí.

Somos los extranjeros de un lugar que era nuestro.

 

El deseo escribe en un libro sin hojas.

Alguien se prende fuego envuelto en un secreto.

Hay quienes buscan que el amor les corrija la rabia.

Otros rezan,  divisan un lugar después de este lugar.

Está el que desespera: «si ese animal ocupa tanto

espacio, ¿por qué no puedo verlo?»

Unos pocos eligen atravesar un sueño para llegar a

un sueño.

 

¡Ah, si el silencio dijera sus lugares!

Ahora, cada baldosa es un campo de caza.

En días por venir, alguien escarbará en las preguntas

hasta desenterrar un fémur, algún diente de lo que

fue un lugar.

Pero no en esta casa con un piso de viento.

Nadie se mueve aquí, es el gran día.

Reparten un desierto entre los hombres.

 

Jorge Boccanera | Bestias en un hotel de paso | Ed. Ciudad Gótica, 2011

 

Elegía Pichón Garay (poema) | Juan José Saer

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Juan José Saer

Deberes

y un cielo, azul, que se hunde

en el ramo de tardes

que atravieso

como quien se levanta, ciego,

desde una cama de ceniza.

 

Bienaventurados

los que están en la realidad

y no confunden

sus fronteras.

 

 

El Arte de Narrar

Juan José Saer- Seix Barral, 2012

Nadie es Responsable (1946) (fragmento) | Felipe Aldana

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Nadie es Responsable de Felipe Aldana

—¿No te parece que Violeta está llorando? —pregunta Dorita.

—Llora y patalea —dice Antonio que sale de la habitación—. Voy

a la cancha, vieja. Hoy es el clásico.

 

Una vez más se pondría de manifiesto la rivalidad tradicional entre

Newel´s y Rosario Central. Los diarios anunciaban el partido con

grandes titulares, hacían la historia remontándose a diez años de lucha

futbolística, colocaban en lugar destacado la fotografía del crack de

hoy. En la mesa del café las apuestas se habían cruzado durante toda la

semana. Las viejas rencillas entre los parroquianos se alineaban detrás

del cuadro favorito. Había más que un interés deportivo. La nerviosidad

crecía a medida que se acercaba la hora.

A las once, los tranvías que llevan a la cancha de Newel´s no se

pueden tomar. En los costados de la parte trasera van sentados racimos

de hinchas con el rostro reluciente.

Los más entusiastas han comido en la cancha. Los que prefieren

colocarse detrás del arco consiguen su lugar; otros se ubican en la

mitad del estadio para dominar los dos sectores.

La aparición de la casaca rojinegra provoca una ovación en la

tribuna oficial. Las populares contestan con un prolongado silbido.

Cuando aparecen los auriazules el fenómeno se produce a la inversa.

Son treinta mil espectadores pendientes de lo que va a ocurrir en la

cancha. Cada bando es responsable de quince mil inquietudes diversas.

Los delanteros rojinegros se desplazan velozmente. La defensa

centralista comete ful. La reacción no se hace esperar. Una naranja

pasa rozando la cabeza del back.

—¡Matalo a ese leproso!

—¡Estaba en offside, estaba en offside!

—¡Vamos, nena! ¡Levantate!

En la platea de la tribuna oficial un señor reposado se incorpora

y agita los puños. Pronto lo sacude una convulsión epiléptica. Los

lentes le saltan del rostro y se estrellan en la baldosa. Saca un pañuelo

para limpiarse los ojos miopes. Se sienta.

—¿Qué le ha pasado, Doctor?

—Nada, hijo. Es una injusticia. No cobra penal. Estaba dentro de

la línea 18.

Alentados por la hinchada, los auriazules reaccionan. Comienzan

a moverse con agilidad llegando peligrosamente al arco contrario.

—¡Baile! —gritan de las populares.

—¡Paralo si sos brujo! ¡Atorrante!

—¡Qué bugui, che!

La defensa rojinegra juega nerviosamente y comete ful.

Una lluvia de naranjas y botellas cae sobre la cancha. Se escucha

a una hermosa mujer prendida del alambre, gritar enceguecida por

la cólera.

—¡Hijo de puta, así no se juega!

El cameraman la enfoca en ese preciso momento.

—¿Por qué no la sacás a tu madre, roñoso? —le dice más colérica

aún.

Sobre el cielo un avión evoluciona. Intermitentemente deja caer

propagandas, ajeno a lo que pasa en la cancha.

Cuando termina el partido, Antonio sale en medio de una muchedumbre

silenciosa. Tiene que hacer esfuerzo para que no lo aplanen

contra una puerta. De vez en cuando se escucha el comentario

agrio de un hincha insatisfecho del resultado. Aquí no se respeta nada.

Los masiteros tienen que defender sus canastas donde las moscas ensayan

un banquete. En la calle se inicia la carrera por conseguir ubicación

en los tranvías. Esperan uno tras otro como cuentas de collar.

Antonio Cristofani llega cuando ya no cabe un alfiler. Entonces imita

a los más intrépidos. Sube también al techo del coche. Los muchachos

arman una batalla campal.

—¡Central! ¡Central! ¡Central!

El tranvía baja por Avenida Pellegrini.

 

. . . . . . . . . . . . . . . . .

Nadie es Responsable

Río Ancho Ediciones, 2015

En la calle (poema) | Víctor Gaviria

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fotografía tomada de la página www.ciclo.co

Yo trabajé con los niños de la calle:

alguno de ellos aparecía con una bolsa de plástico negro en la cabeza, por máscara;

me miraba a través de los dos agujeros y volvía a pedirme plata,

una vez más, para engañarme,

pero yo lo retiraba de un golpe que lo hacía tambalear

no por mi impulso, sino por su propia borrachera,

que lo convertía en payaso de la noche

¿Para dónde van los niños de la calle,

me pregunto,

si no es dando eses, dando bailes y danzas

como los papeles borrachos que enaltece el viento?

Yo trabajé con ellos haciendo una película durante meses,

y ellos me recibieron con los brazos abiertos

porque el mar de su noche es una larga travesía

en la oscuridad,

y les presté chaquetas

que llevaron con elegancia y carácter hasta que se perdieron,

y lucí sus relojes robados que brillaron siniestros,

huérfanos en mis manos,

hasta que también se perdieron,

y cachuchas que cambiaron tan fácil de cabeza

que parecían hijas de sus propios días perdidos.

Los objetos que uno amaba se perdían tan fácil

en aquellas noches,

que yo miraba las ramas de los árboles en el parque

y no lograba ver el viento del tiempo que todo lo hurta

y lo arrastra como una tormenta.
Yo también jugué fútbol en las calles del amanecer,

que tienen un aire de escenario

como ningún otro deporte,

tal vez por la delgada película del rocío

que ilumina el balón y la piel de los brazos,

tal vez porque no hay público,

excepto los arbustos que parecen personas, así mirados de rapidez,

y los ecos de las carreras y llamadas se desdoblan

con un eco de pozo.

Y estos partidos los ganaban las sombras contrarias,

porque los payasos de la noche pierden siempre sus partidos

cuando caen de espaldas con las piernas abiertas,

y el laurel, el jazmín de noche y la solemne ceiba

se echan a reír de sus muchachos.

Además toman pastillas para olvidarse de sí mismos

(para curarse del recuerdo de sí mismos),

para andar sonámbulos buscando las puertas de los parques,

y los he visto de pie frente a los bancos de cemento,

conversando con ellos…

tal vez por toda esa gente

que pasó por allí durante el día.

El viento rellena de aire sus chaquetas

y los hace ver altos y gruesos como los globos del diciembre.
Vivimos cinco meses en la calle,

hasta que me fui, director de noche invitado;

y no he vuelto a saber de sus abrazos

que me adormecían suavemente,

para luego meter sus dedos flacos y largos en lo hondo de mis bolsillos.

Qué estarán haciendo,

me pregunto al cruzarme con ellos una noche cualquiera,

¿quién se ríe ahora de sus heridas pálidas como el jazmín de noche,

de sus heridas oscuras como las rosas de los jardines de San

Joaquín,

quién disfruta de su película

de nunca acabar?

 

 

 

Canto versos (Navega 2002) | Jorge Fandermole

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Jorge Fandermole ♥

Si pienso en algo para decir,
si pienso en alguien por quien vivir,
si casi nada se tiene en pie
y este segundo ya se nos fue;
si en la mirada dura un fulgor
atravesando tanto dolor
yo canto versos de mi sentir
y los condeno a sobrevivir.

Donde parece el sol no alumbrar,
donde se muere de soledad,
en lo más hondo de esta quietud,
donde ocultó la sangre la luz;
donde agoniza un ángel guardián
y se nos pudre el agua y el pan
yo canto versos del corazón
y los enciendo en una canción.

Canto, canto;
tan débil soy que cantar es mi mano alzada
y fuerte canto, canto;
no sé más qué hacer en esta tierra incendiada
sino cantar.

En lo invisible de una ciudad,
donde se ocultan odio y verdad,
donde las bocas de un nene gris
corren sonámbulas tras de mí;
la infortunada noche que un dios
arrepentido nos olvidó
yo canto versos de furia y fe
pa’ que me ayuden a estar de pie.

Canto, canto;
tan débil soy que cantar es mi mano alzada
y fuerte canto, canto;
no sé más qué hacer en esta tierra incendiada
sino cantar.
Canto, canto;
tan débil soy que cantar es mi mano alzada
y fuerte canto, canto;
qué más hacer con palabras deshabitadas
sino cantar.

 

La letra es preciosa, pero mucho mejor es escucharla en la voz  “del” Fander.

Picá las notas para escucharlo ♫ ♫ ♫ ♫ ♫

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Canto versos

CD Navega (2002)

Jorge Fandermole

La Película (cuento) | Ricardo Piglia

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♥ 25 de mayo de 2015 ♥

Posiblemente la película pornográfica más antigua que se conserve sea el clásico argentino El Sartorio de 1907. Esta cinta, y muchas otras realizadas por la misma época en Buenos Aires y Rosario, no estaban destinadas al consumo local, ni al popular, subrayó con lápiz rojo el comisario Croce, que fumaba, sentado en su sillón giratorio de sheriff, con una visera de mica verde en la frente para atenuar la cruda luz que iluminaba su mesa de trabajo en la oficina en penumbras mientras leía el así llamado Reporte Top Secret, y un ventilador de techo daba despaciosas vueltas con un suave zumbido siniestro.

Las cintas sucias eran un entretenimiento sofisticado para el disfrute de la clase acomodada del viejo continente, volvió a subrayar Croce y trazó luego un circulito sobre la palabra disfrute. El escribiente Lezama se esmeraba con el lenguaje, era su nuevo ayudante y, por lo visto, quería hacerse notar. Tres mujeres se divierten en un río y empiezan a acariciarse entre sí, siguió leyendo Croce. Un hombre vestido de “diablo” con cola, cuernos y bigotes falsos sale del follaje y captura a una de las muchachas. Filmada en las riberas de Quilmes, la película duraba veintiocho minutos. Es probable, aclaraba, prolijo, Lezama, que el título fuera una mala transcripción de El Sátiro, dado que la vista muestra a tres ninfas teniendo sexo al aire libre con un fauno.

El escribiente era un perfeccionista, o estaba muy asustado, sospechó Croce. El detalladísimo informe estaba escrito a mano con esmerada caligrafía porque Lezama, dedujo Croce, no había querido usar la máquina de escribir de la repartición para no comprometer a los oficiales de guardia. Siempre los grises secretarios de los pasillos interiores estaban mejor informados que los pesquisas que investigaban en la calle. El comisario andaba atrás de una película filmada en 1940 o 1941 pero su ayudante le había elaborado un expediente con una variada e inútil información histórica sobre la producción de las variedades eróticas que se filmaban –y se habían filmado– en la Argentina.

“Las exportaban en su gran mayoría, eso era lo más significativo”, pensó. Tal vez así convencían a las cabareteras y a las aspirantes a actrices a dejarse filmar: “No te preocupes, nena”, les dirían, imaginó somnoliento Croce, “son para mandar afuera, quién te va a reconocer a vos en Europa”. El comisario había visto fragmentos de cintas obscenas en los allanamientos a los prostíbulos de Berisso y Ensenada, en su época de oficial inspector, tal vez eran cintas extranjeras las que daban en Buenos Aires y eran argentinas las que exhibían en las maisons cochon de París. De lo contrario, se le ocurrió, más de uno podía llevarse la sorpresa de encontrar a su mantenida –o a su señora esposa– en la ardiente pantalla practicando la sodomía con un marinero senegalés. Como en un sueño se vio entrando por los pasillos de los clandestinos de la vieja Recova para irrumpir en los saloncitos privados donde sorprendidos hombres maduros con los pantalones en los tobillos, acompañados por susurrantes pupilas en déshabillé y ligas negras, “calentaban los motores” (según la jerga) mirando las viciosas imágenes de dos hombres con una mujer –o de dos mujeres con un hombre– reflejadas en temblorosos lienzos blancos tendidos sobre las paredes encristaladas. El proyector seguía encendido en la penumbra, los hombres no se miraban unos a otros, las chicas se amontonaban tranquilas en un costado, vigiladas por los sufrientes agentes uniformados, mientras la cinta golpeaba, slam, slam, contra la bobina que seguía girando, y el comisario prendía la luz y pedía documentos. Hacía ya muchos años de eso y los allanamientos tenían siempre por objeto a un pez gordo, un juez, un senador, un capitalista de juego, al que no se podía encerrar por otra cosa que no fuera por exhibicionismo y ofensa al pudor.

Pero ahora el asunto era distinto, algo más grave, súper secreto, ligado a la disputa de Perón con la Iglesia Católica y a los rumores de golpe de Estado que agitaban el ambiente. Lo habían trasladado a esa oficina anónima en los altos de la galería Rocha, en La Plata (Eva Perón se llamaba la ciudad en aquel entonces), en la segunda semana de febrero de 1955. Uno de sus informantes tenía el dato, pero estaba tan aterrorizado y tan decidido a hacerse millonario con la película en cuestión (si no lo mataban antes para robarle el negativo) que había desaparecido de los lugares que solía frecuentar y exigía condiciones estrictas para cerrar el trato. El hombre, conocido como el turco Azad, había mandado a decir que sólo trataría el asunto con su “amigo” el comisario Croce. No daba datos, decía que la había visto por casualidad (“de pedo”, mandó a decir con su habitual tono campechano) en una casa de putas, en Siria, a fin de año, mientras pasaba las fiestas con sus parientes en su pueblo natal. Adujo que era un material explosivo y que había comprado carísimo el negativo y la única copia existente y había tenido que adornar buenamente a los tipos de la aduana para entrar sin problema los rollos de la película. Iba de frente el turco Azad, hacía ver que era un negocio sucio y que él tenía el as de espada, el siete bravo y todos los colores del palo que hicieran falta para copar la parada. Era un amigo incondicional de sus amigos, un hombre del movimiento peronista a quien el azar lo había puesto en la emergencia de ayudar a la nación. “A cambio de una jugosa paga”, completó Croce, que conocía bien al peje y sabía lo arisco, despiadado y difícil que era y también lo simpático y entrador que solía ser, capaz de encandilar a un ciego con su encanto. Croce estaba preocupado por tener que ocuparse personalmente de un asunto tan oscuro. Con el debido respeto el escribiente Lezama disentía con ese parecer y recomendaba apretarle las clavijas al turco antes de cualquier trato. “No se preocupe –le dijo Croce–, conozco bien a ese individuo, a mí no me va a mentir.”

Mientras se iniciaban las negociaciones, para tirar una cortina de humo, Croce había ordenado una batida por las cuevas y los estudios clandestinos y los telos donde se filmaban esas piezas con jovencitas ambiciosas y veteranas coristas del varieté. La clave de este tipo de film eran las mujeres, las actrices o las figurantas filmadas siempre a cara descubierta y a cuerpo entero en posiciones bestiales y provocativas, ya que este material está masivamente destinado a los varones.

Croce recapituló la situación: estaba a cargo de una vaga investigación sobre un presunto chantaje a un “alto dignatario” y lo habían destinado a la sección de orden político. ¿Quiénes estaban al tanto del asunto? ¿Y de qué se trataba? Lo rodeaban tipos turbios, bichos encubiertos, servis, topos, hasta su escribiente podía ser un agente de inteligencia. Trabajaban con rumores, que ellos mismos filtraban o desmentían, pero en este caso lo más importante era el silencio absoluto: el trascendido era el peligro máximo, nadie sabía a quién pensaban chantajear, pero sólo imaginarlo era un peligro. Había mucha información disponible: conversaciones telefónicas grabadas, prolijos seguimientos a políticos de la oposición, soborno a periodistas, censura de prensa, pero se abría un agujero negro respecto al sujeto en cuestión. No había un eje definido, ningún objetivo concreto, y –según el juez– el comisario tenía sólo veinticuatro horas para subsanar “el inconveniente”.

Meditaba entonces Croce, apretado por el tiempo y la responsabilidad. Incluso en un momento pensó que podían querer chantajearlo a él. Hacía años que mantenía una relación clandestina con una mujer casada. Se había enamorado de ella cuando la mujer ya estaba viviendo con uno de los hombres más poderosos de la provincia. A veces pensaba que uno de los chicos de ese matrimonio –Luca– podía ser hijo suyo. Ella era demasiado libre y ardorosa para que esas filiaciones la preocuparan. Bastantes problemas tengo con mantener una relación clandestina con un policía, le decía la Irlandesa. “¿Los habrían filmado en el hotel de la ruta?”, pensó el comisario. “¿Había escuchado algún zumbido sordo, como el vuelo de un moscardón, de una filmadora atrás del espejo falso sobre la cama del cuarto del hotel?” Desvariaba, era demasiado perfecto pensar que le habían encargado una investigación para que descubriera que el culpable era él. Si entendía mal el mensaje del oráculo estaba frito. Primero tenía que formular el enigma de la Esfinge, para luego ver si podía resolverlo. Mejor dicho, si él mismo podía imaginar el enigma planteado por la mujer con cara de gato (o de pájaro o de tortuga, asoció al voleo) es porque estaba resuelto. “Edipo perdido como turco en la neblina”, dijo en voz alta Croce, para joder un poco y reconfortarse.

En definitiva, Croce tenía que plantear el problema y definirlo, es decir, clasificarlo. Posible chantaje a un alto dignatario con una película pornográfica filmada en la Argentina para exportar. Se fue con el pensamiento por el campo entre la niebla, los alambrados brillaban como rayas blancas en la tierra oscurecida. Si seguía esa línea metálica en la neblina, ¿adónde iría a parar? Quizá la hilera de alambre que cerraba el potrero para terminar entonces metido en una jaula de siete hilos. Dejó que se le espantaran los pajaritos en la cabeza y empezó a volar: “La respuesta a una pregunta que no se sabe –se dijo– debe ser repentina y rápida como una aparición, no será evidente pero debe ser definitiva”. El era un pájaro migratorio, había aterrizado aquí en la sección especial, casi no le hablaban, eran furtivos y misteriosos, todo estaba encerrado entre cuatro paredes, pero tenía derecho a franquear el límite. “¿Por qué no?”, se preguntaba Croce. “En este asunto no hay nada más allá.” Afuera no se puede ir, o sea que el asunto está adentro. El espacio lógico del discurso fáctico estaba cerrado y en el exterior sólo existe la neblina. Pero si el límite era infranqueable era porque existía –o debía existir– un secreto que cerraba el paso.

Se levantó y se acercó a los ventanales: afuera estaba la Plaza Rocha, se veían los faroles de luz amarilla, el edificio barroco de la Municipalidad, un ciclista que avanzaba por la calle pedaleando con displicencia. Se trataba entonces de un secreto, no de un enigma: alguien escondía algo –una información, más que una película– que ofrecía negociar o, mejor, vender. No era lo mismo revelar un secreto y encontrar un objeto. El mismo Croce de chico había visto las revistas prohibidas que se vendían bajo cuerda en los quioscos del bajo: venían envueltas en una cartulina negra y lo que había adentro podía ser o no lo que uno esperaba. Ver a una mujer haciendo el amor con un hombre. No era lo mismo estar con una mujer que ver a esa mujer haciéndolo con otro. Aunque pusiera un espejo, no era lo mismo. La Irlandesa también lo sabía y a veces para excitarlo jugaba con esa idea, levantarse un peón en la chacra y traerlo al hotel de la ruta para que él pudiera por fin verla gozar con un hombre. Se alejó de la ventana y empezó a pasearse por el pasillo interior de la oficina, entre los archivadores y los muebles. Si estaba obligado a permanecer en el interior del problema, encerrado en sus límites, necesariamente la solución debía estar en una necesidad fáctica exterior, pero no ajena. Croce estaba muy concentrado, casi como un ajedrecista que buscara –antes de mover sus piezas– revisar todas las alternativas y jugadas posibles hasta encontrar la salida salvadora que rescatara a su Reina en peligro. “¿Por qué la Reina?”, se dijo, como iluminado, Croce. “Porque es la pieza más poderosa.” Sin embargo a esa altura del match, con el reloj corriendo solo de su lado, la Reina estaba muerta. Estaba perdida, había que ganar sin ella, por ella, por el peso de su ausencia, porque mientras estuvo viva mantuvo a raya a los contreras, arrinconados contra el alambrado. Perder la Reina no quiere decir jugar sin ella. Entonces, dedujo, la Reina está muerta, pero la partida, desesperada y todo, está viva. La partida, pensó literalmente, es decir, el comienzo. ¿Qué hay al comienzo? Una película pornográfica filmada en 1940 o 1942, o 1943 (antes de 1945, subrayó mentalmente), quizá para exportar. Entonces por fin comprendió claramente la situación. Un chantaje no es un gambito, es un enroque, mejor un trueque. Así pues la explicación de la necesidad de respetar los límites era la causa del dilema. El que estaba siendo chantajeado –o estaba a punto de ser chantajeado– era el más alto dignatario del gobierno. Y el chantaje no era el contenido de la película sino su existencia misma: poder decir que alguien tenía –o había visto– esa cinta era el chantaje. Con eso bastaba. La carta robada, pensó. Pero esta vez el amenazado era el ministro. El ministro, del Interior. Por eso no había nada afuera.

–Una cinta de ésas –dijo el juez a cargo–. Hay que encontrar el negativo y quemarlo sin que nadie lo vea. Era un caso de chantaje, pero nadie conoce el contenido del anónimo –dijo–, porque es como un anónimo… –aclaró–. La producción de películas clandestinas era un asunto de trata de blancas –dictaminó el juez. Las mujeres son obligadas a hacer eso por dinero, de modo que la producción, o el tráfico de esos materiales, estaban penados y él –por ser el juez– podía extenderle una orden de allanamiento contra quien hiciera falta. Era un delito federal –aclaró. Le asignaron como escribiente a Lezama, un pesado de los servicios de informaciones que de inmediato se declaró admirador de Croce y de sus métodos de investigación.

–Vea, Lezama –le dijo Croce–, el asunto en la superficie es sencillo, uno de mis informantes tiene la película y quiere negociar conmigo. Usted sólo debe preparar esa reunión en las condiciones que esta persona proponga y llevar en una cartera de mano el equivalente al doble del precio que el ministro imagina que debe pagar. De todo lo demás me ocupo yo.

El turco Azad era un hombre jovial, un bromista de sonrisa rápida y ojos huidizos que empezó de muchacho vendiendo baratijas con un sulky por las chacras y terminó dueño de El Sirio, el mayor almacén de ramos generales de la provincia. Un enorme salón que ocupaba casi una manzana en el centro del pueblo, donde vendía desde avionetas para fumigar campos o cosechadoras Massey Ferguson hasta agujas de enfardar y profiláticos Velo rosado. Era una figura respetada en la política del distrito y su extensa población de clientes empadronados en sus famosas libretas de fiado y consignación eran todos –como decía Azad– “leales y pampeanos” a la hora de votar. De hecho, solía decir el turco en las interminables y pesadas partidas de monte criollo en el almacén de los Madariaga –donde se habían apostado y perdido cosechas enteras y tropillas de un pelo–, Perón había armado a finales del ’45 en tres meses una organización política nacional apoyado en las redes y los favores de los comerciantes sirio-libaneses que habían abierto caminos en todas las provincias uniendo pueblos olvidados, vendiendo de puerta en puerta su mercadería en los rancheríos, en los puestos de las estancias y en las pulperías. “Basta ver –decía el turco siempre entonado y seguro– la pila de nombres árabes que hay entre los cuadros prominentes del movimiento.”

Cuando al fin se encontraron en un departamento de paso, alquilado para el encuentro, en la calle Sarmiento, en el centro de Buenos Aires, Azad apareció igual a sí mismo a pesar de la tupida barba negra que le borraba la cara y del elegante traje gris de saco cruzado con el que había querido camuflarse y pasar de-sapercibido. Estaba más flaco, los ojos ardidos, y se lo veía a la vez acorralado y eufórico. Croce le pidió a Lezama que los esperara en la antesala, y él mismo cerró la puerta de doble hoja y cuando estuvieron solos encaró directo al asunto.

–¿Es ella? –preguntó.

El turco suspiró teatralmente y empezó a negociar con el ímpetu y el cuidado de quien está a punto de venderle el alma al diablo.

–Noventa y cinco seguro, sobre cien. Es una fellatio, comisario, y eso no se puede fingir. Las penetraciones –dijo como si estudiara la venta de una gargantilla de diamantes– se pueden trucar, sustituir los cuerpos, pero la cara… es ella, pobrecita.

–¿Pobrecita? –dijo Croce.

–En aquel tiempo, recién venida a la ciudad, en manos de los buitres del ambiente… usted sabe los cuentos y las versiones que corren, la han obligado a cambio vaya uno a saber de qué enorme necesidad que ella adeudaba o quería… Pero mire –dijo, y abrió un viejo ejemplar de la revista Radiolandia–. Acá le han hecho una sesión de fotos en un estudio para anunciar su debut como actriz de reparto. Si se fija luego –dijo como si escupiera algo asqueroso de la boca– va a ver que tiene el mismo peinado, trencitas, el flequillo, la boca pintada en forma de corazón. Es ella –sentenció.

Todo era demasiado irreal y demasiado atroz y Croce sintió que de nuevo se iba, que estaba otra vez perdido en la neblina del campo, tanteando en lo oscuro. Se levantó un poco mareado, pero decidido a hacer lo que tenía que hacer.

–Quiero verla –dijo.

El turco apagó la luz alta y dejó un velador prendido en una mesa baja. Al costado estaba el proyector, con la cinta ya colocada en la bobina, frente a una sábana blanca doblada al medio que oficiaba de telón improvisado.

–Gente complotada de los comandos civiles y dos oficiales de marina parecen estar al tanto y se han puesto con todo a buscar la película. Tienen el centro de operaciones en la base de Río Santiago y ya han andado rondando por el negocio y por mi casa.

–Turco –dijo Croce como si no lo hubiera escuchado–, dejame solo. El negocio lo arreglás con Lezama, él tiene la plata.

Azad prendió el proyector, una luz blanca titiló en la pantalla.

–Ya vuelvo –dijo Azad–. Sentate ahí.

Croce se sentó en una butaca de cuero, en la pantalla vio unas letras, sintió que el turco abría la puerta y volvía a cerrarla. “Estoy solo”, pensó, “lo que voy a ver me va a cambiar la vida”. La doncella viciosa, decía un cartel, y al pie del cuadro vio que el título estaba traducido al francés en letra cursiva.

Lo que vio era previsible y era un ultraje, era ingenuo y procaz y por eso era más deleznable y más siniestro; su mente alerta y preparada para descartar los detalles superfluos se obstinó en abstraerse de los actos que estaba obligado a mirar y se concentró en reconocer a la mujer, con el mismo rigor y el mismo pánico secreto con el que tantas veces se había visto obligado a reconocer cuerpos mutilados, torturados, muertos de un tiro o degollados con un rápido gesto ancestral. Esto era lo mismo, era como ver el matadero donde se desangran los animales y se asesina a los cristianos.

Para peor, mientras se sucedían las escenas se oía un murmullo musical y feroz en la pésima banda de sonido, con gemidos y palabras obscenas en español que se traducían abajo en un francés prostibulario. La muchacha era rubia y parecía ausente y enconada. El tiempo se había detenido y en la penumbra de ese cuarto impersonal, con los ojos abiertos ante la luz cruda que transmitía las conocidas y sagradas imágenes de un coito envilecido, sintió que había empezado a llorar, ni siquiera lo sintió, porque sus sentimientos eran opacos y confusos, apenas un dolor sordo en el costado izquierdo, pero comprendió que estaba llorando porque en la alcoba donde se desarrollaban esos actos triviales y repetidos infinitamente desde el principio de los tiempos había empezado a filtrarse la lluvia, todo se había humedecido temblorosamente y Croce tardó en comprender que eran sus lágrimas las que mojaban y borraban ese rostro de mujer luminoso y amado que llenaba la pantalla y entonces Croce comprendió que lloraba por la miseria y la maldad del mundo y por esa mujer a la que tantos habían amado como a una virgen.

–Pero no es ella –dijo–. No es ella, no puede ser ella.

“Esa no puede ser la señora”, pensó, aliviado ahora, sin dejar de llorar.

Hubo un fundido final, la luz blanca, cuya sola claridad era perversa, persistió sin imágenes y luego apareció la anhelada palabra FIN y todo terminó, aunque la cinta siguió girando, slamp, slamp, slamp, y golpeando en el vacío.

Atrás se abrió la puerta y Azad apagó el proyector y se acercó a Croce.

–Yo también lloré –dijo.

–Pero no es ella –dijo Croce sin secarse las lágrimas–. ¿Arreglaste?

–Todo pipí cucú –dijo el turco como si quisiera continuar con el tono soez de la película–. Este es el negativo y ésta es la copia.

En la cocina, en una bandeja de metal echaron alcohol y vieron arder el celuloide con sus muertas imágenes ignominiosas y pueriles.

“Si hubiera sido ella”, pensó Croce, “no hubiera importado”. Hubiera sobrevivido, como se aguantó tantas calumnias y miserias a lo largo de su vida, sin rendirse nunca. Y a la gente humilde no le hubiera importado y la hubieran amado igual, como Jesucristo amó a María Magdalena. Porque la cuestión no es lo que el mundo hace con uno, sino cómo uno es capaz de enfrentar el horror y el horror y el horror del mundo, sin capitular.

Por la ventana alta vio a Azad con un portafolio en la mano y a Lezama, flaco, cadavérico, tenebroso, que lo tomaba del codo y lo hacía bajar por la escalera. “No por el ascensor”, pensó, “por la escalera de servicio, como debe ser”.

Antes de irse, Croce tomó los restos quemados, las cenizas y las latas vacías y las tiró, por el incinerador de la cocina, al foso donde ardían los desperdicios no queridos de la vida.

 

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

El cuento por su autor

El tema de este cuento era un mito urbano que se contaba en 1955 en las vísperas de la caída de Perón y también después de la Revolución Libertadora. Incluso se llegó a decir que en la Cinemateca Uruguaya iban a presentar la película para un grupo de periodistas extranjeros, pero Alfredo Palacios, que era el embajador en Uruguay en aquellos días, lo impidió. Ese relato, cuya sola mención era ya una calumnia, circulaba en mi familia e indignaba a mi padre. De golpe, de un día para otro, el rumor se disipó, pero me quedó el recuerdo y hace unos meses retomé la intriga y escribí la historia, como uno de los casos resueltos por Croce.

Empecé a trabajar en los relatos del comisario Croce al mismo tiempo que avanzaba en Blanco nocturno, la novela donde es uno de los protagonistas. Me gusta el hombre, por su pasado y por el modo delirante con que afronta los problemas que se le presentan. Lo veo como un personaje conceptual, una especie de señor Keuner, metido siempre en misterios y asuntos ajenos. Por otro lado es un descendiente directo del sargento Cruz que, como sabemos, se jugó por el matrero y desertor Martín Fierro (“Cruz no consiente…”). En esa línea Croce está emparentado y es colega de Laurenzi, de Treviranus, de Medina, de Lahore, que tampoco aceptan ni “consienten” el horror de una realidad criminal de la que forman parte y a la que están condenados a enfrentar.

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Fuente:

Texto e ilustración:

http://www.pagina12.com.ar/diario/verano12/23-263703-2015-01-11.html

Parada | Elvio Romero

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Elvio Romero

El poema Parada pertenece al libro Destierro y atardecer (1962-1972)

Los acápites de Destierro y atardecer son:

 

En los tiempos sombríos,

¿se cantará también?

También se cantará

sobre los tiempos sombríos.

Bertold Brecht

 

Desde el momento en que se fue

estuvo regresando.

Ciro Alegría

 

PARADA

 

Acaso reste sólo

una sombra donde dormir.

 

Y todo por un sorbo

de cántaro que no fue, que pudo ser

agua sin vicisitud, de manantial, o bien

lluvia de aplacar la sed, pregusto

de amparo en el sinsabor, acaso

una piedra donde caer,

un tronco donde descansar.

 

O una sombra donde dormir.

 

Acaso nos quede ya

por todo abrigo lo que va

en camino de fatigar, de nube oscura o sal

de arenisca, cosas pobres para vivir

o tal vez -cosas pobres de la heredad-

un desgastado atardecer,

un cántaro donde llorar.

 

Acaso reste sólo

un cántaro donde llorar.

 

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Elvio Romero

Poesía Completa

Ediciones de aquí a la vuelta  |  Ediciones del CCC , 2011

Los motivos para volver a su tierra | Luis Luchi

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Kinoto

Se revisa a sí mismo

y no encuentra nada de aquello

y había mucho,

la culpa se sabe

es del agujerito

que nadie zurció.

La ecuación es ésta:

tardé en llegar,

los trenes me silbaban con toda intención

mezclando en el cubilete

minutos, horas, segundos

y el día no salía.

Les hablo como si en la estación de llegada

esperaran ella, dios, todos, ninguno.

Faltaban cantidades de proyectos,

aparatos para durar,

objetivos con fondo de infinito,

y llovía, y no quería ser igualado

por la voz,

insistir que no era yo

y sabía, sabía bien

quién había cambiado de lugar la luz,

los recuerdos en los estantes,

asegurarse

del lugar que ocuparon,

o lo más cerca posible.

. . . . . . . .

Luis Luchi (poemas) y Kinoto (pinturas)

Ed. Save As, 1999

Limónov (fragmento) | Emmanuel Carrère

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Eduard Limonov Emmanuel Carrere

“A nosotros, que vamos, venimos y tomamos aviones a nuestro antojo, nos cuesta comprender que la palabra emigrar, para un ciudadano soviético, significaba un viaje sin retorno. Nos cuesta comprender estas palabras tan simples como un hachazo: para siempre. Y no hablo aquí de los tránsfugas, de artistas como Nureyev y Barýshnikov, que aprovecharon una gira por el extranjero para pedir asilo político: de aquellos de los que en Occidente se decía que habían «elegido la libertad» y a los que Pravda calificaba de «traidores a la patria». Hablo de la gente que emigraba de forma totalmente legal. En los años setenta era posible emigrar, aunque difícil, pero el que solicitaba el pasaporte sabía que, si se lo daban, nunca podría volver. Ni siquiera de visita, ni siquiera para una estancia corta, ni siquiera para abrazar a su madre moribunda. Lo cual te hacía reflexionar, y por eso muy pocos querían partir, y sin duda el poder lo tenía previsto cuando abrió esa válvula de escape.

Los últimos días eran desgarradores. Reír con un amigo, sentarse debajo de un tilo, subir entre las filas de hachones la escalera mecánica de la estación de metro Kropótkinskaia y salir al aire libre, entre los quioscos de floristas, con el olor de la primavera en Moscú: te percatabas con una especie de estupor de que todo esto, que habías hecho miles de veces sin darte cuenta, lo hacías por última vez. Cada partícula de este mundo tan familiar estaría pronto y definitivamente fuera de tu alcance: sería un recuerdo, una página pasada que no podrás releer, un objeto de nostalgia incurable. Abandonar la vida que siempre habías conocido y partir hacia otra de la que esperabas mucho pero no sabías casi nada, era una forma de morir. Y los que se quedaban, si no te maldecían, se esforzaban en estar alegres, pero a la manera de los creyentes que acompañan a sus allegados hasta las puertas de un mundo mejor. ¿Había que alegrarse porque serían más felices allá que aquí? ¿O llorar porque no volverías a verles? Ante la duda, bebían. Algunas de estas rondas de adioses se transformaron en zapói tan frenéticos que los candidatos a partir sólo emergían de ellas, aturdidos, después de despegar el avión. Ya no habría otro, la puerta se había cerrado y no volvería a abrirse, sólo quedaba beber otro trago sin saber si era para ahogar una desesperación ya sin remedio o, como repetían los amigos, dando fuertes empellones, agradecer el haberse librado de una buena. «Se está mejor aquí, ¿no? Juntos. En casa.»”

. . . . . . . . . . . .

Limónov

Emmanuel Carrère

Ed. Anagrama, 2013

Escrito con un nictógrafo (en la voz de A. Pizarnik) | Arturo Carrera

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Alejandra Pizarnik

Escrito con un nictógrafo en la voz de Alejandra Pizarnik

 

el escriba ha desaparecido

 

Señaló el sitio vacío

donde los muertos se divierten

 

La noche penetrando

y el glande inflado de tinta, penetrando

hacen el mismo ruido

que la muerte penetrando

 

asisto a su duración en lo instantáneo

SILENCIO DESORBITADO

 

su fiesta en lo opaco, en lo pleno, en lo plano

 

la atención lleva un blanco en la frente

lleva una capa de lirones

despiertos

 

Es la época en que la muerte entra muda

MUDO MI CUERPO

yo me impongo en tu muerte

YO GUAREZCO TU MUDA

 

tiempo de atenuación

tiempo de purificación

tiempo de lluvias constantes

 

Lo insensible vibra

lo insensible soporta la noche

brota flores en mitad de la noche

en mitad de la página

sobre la panza de la muerte

 

la orfandad lleva un blanco en la frente

EL POEMA SE ABRE

esa es tu fuerza

 

la orfandad es fascinada comandada

Subida a la barca invadida y hundida de muertos

 

yo en la PROsA de tu libro

En el barco de los Muertos

entre volúmenes huecos

mi cuerpo / grafía

a otro páramo

descargando letras

huesos HUECOS

 

El poema se abre

esa es tu fuerza

El poema toma contacto

se desliza con brazos extendidos

por las dos orillas:

esa es tu fuerza

 

—Me hablabas de una trampa del lenguaje

 

el poema se abre

SALTAN TUS MUERTOS

CLOWNS

 

DANZAS

interferencia de danzas

palimpsesto de danzas

en lo oscuro

 

la oscuridad polarizada y danzas

como las danzas de las abejas

invariables

/ te atraen

con sus movimientos minuciosos

para extenuar un lugar

 

para desocultar otro lugar

para fingir invadir

para informar

 

/ danzas

/ voces tácitas

/ didactismos

/ espacios acopiados

/ sismos

 

—estos muertos son míos

(señalando las palabras)

—estos muertos son míos.

 

 

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Escrito con un nictógrafo

Centro de Arte y Comunicación de Buenos Aires 1972

 

Blanco Nocturno (Fragmentos) | Ricardo Piglia

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Ricardo Piglia

La noche había caído sobre la casa y ellos seguían en los sillones, en la galería, con las luces apagadas, salvo un velador detrás en la sala, mirando el jardín tranquilo y las luces del otro lado de la casa. Al rato, Sofía se levantó y puso un disco de los Moby Grape y se empezó a mover bailando en su lugar mientras sonaba «Changes».

—Me gusta Traffic, me gusta Cream, me gusta Love —dijo y se volvió a sentar—. Me gustan los nombres de esas bandas y me gusta la música que hacen.

—A mí me gusta Moby Dick.

—Sí, me imagino… A vos te sacan los libros y quedás en bolas. Mi madre es igual, sólo está tranquila si está leyendo… Cuando deja de leer, se pone neurasténica.

—Loca cuando no lee y no loca cuando lee…

—¿La ves ahí…?, ¿ves la luz prendida…?

Había un pabellón del otro lado del jardín, con dos grandes ventanales iluminados en los que se veía una mujer con el pelo blanco atado, leyendo y fumando en un sillón de cuero. Parecía estar en otro mundo. De pronto se quitó los anteojos, levantó la mano derecha y buscó atrás, a tientas, en un estante de la biblioteca que no se alcanzaba a ver, un libro azul, y luego de poner la página contra la cara, volvió a calzarse las gafas redondas, se arrellanó en el alto sillón y siguió leyendo.

—Lee todo el tiempo —dijo Renzi.

—Ella es la lectora —dijo Sofía.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . .

—Mi madre a veces se olvida los libros que ha leído en los sillones del jardín. No sale nunca al aire libre, y cuando sale usa anteojos oscuros porque no le gusta la luz del sol, pero a veces se sienta a leer entre las plantas, en primavera, y suele murmurar mientras lee, nunca pude saber si repite lo que está leyendo o si —como yo misma suelo hacer a veces— habla sola en voz baja porque los pensamientos le suben como quien dice a los labios y entonces habla sola, vaya a saber, o quizá tararea alguna canción, porque siempre le ha gustado cantar y yo de chica he amado la voz de mi madre que me llegaba a veces desde el fondo de la casa cuando ella cantaba tangos. O tal vez reza, tal vez dice alguna plegaria o pide ayuda, mientras lee, porque lo cierto es que sus labios se mueven cuando está leyendo y no se mueven cuando deja de leer —contaba Sofía—. A veces se queda dormida y el libro se le cae en la falda y al despertar parece asustada y vuelve rápidamente a «su guardia», como llama mi madre al lugar donde vive, y se deja el libro olvidado y ya no se anima a salir a buscarlo.

—¿Y qué lee? —preguntó Emilio.

—Novelas —dijo Sofía—. Llegan en grandes paquetes una vez por mes las entregas para mi madre, las encarga por teléfono y siempre lee todo lo que ha escrito un novelista que le interesa .Todo Giorgio Bassani, todo Jane Austen, todo Henry James, todo Edith Wharton, todo Jean Giono, todo Carson McCullers, todo Ivy Compton-Burnett, todo David Goodis, todo Aldous Huxley, todo Alberto Moravia, todo Thomas Mann, todo Galdós. Nunca lee novelistas argentinos porque dice que esas historias ya las conoce.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . .

—Mi madre dice que leer es pensar —dijo Sofía—. No es que leemos y luego pensamos, sino que pensamos algo y lo leemos en un libro que parece escrito por nosotros pero que  no ha sido escrito por nosotros, sino que alguien en otro país, en otro lugar, en el pasado, lo ha escrito como un pensamiento todavía no pensado, hasta que por azar, siempre por azar, descubrimos el libro donde está claramente expresado lo que había estado, confusamente, no pensado aún por nosotros. No todos los libros, desde luego, sino ciertos libros que parecen objeto de nuestro pensamiento y nos están destinados. Un libro para cada uno de nosotros. Hace falta, para encontrarlo, una serie de acontecimientos encadenados accidentalmente para que al final uno vea la luz que, sin saber, está buscando. En mi caso fue el Me-ti o libro de las transformaciones. Un libro de máximas. Amo la verdad porque soy una mujer. Me formé con Grete Berlau, la gran fotógrafa alemana que estudio en la Bauhaus, ella usaba el Me-ti como un manual de fotografía. Vino a la facultad porque el decano pensaba que un ingeniero agrónomo tenía que aprender, para distinguir los pastos de las estancias, los distintos modos milimétricos de ver. «En el campo nadie ver nada, no hay borrde… hay que recortar para ver. Fotogrrafiar es igual a rrastrear y rrastrillar.» Así hablaba Grete, con un acento fuertísimo. Me acuerdo que una vez nos sacó una serie de fotos y por primera vez se vio lo distintas que somos. «Sólo se ve lo que se ha fotografiado», decía. Fue amiga de Brecht y había vivido con él en Dinamarca. Decían que ella era la Lai-Tu del Me- ti.

 

. . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Blanco Nocturno

Ricardo Piglia

Editorial Anagrama, 2010

Luz | Elvio E. Gandolfo

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Elvio E. Gandolfo

                                          para Juan José Millás y

                                                 José María Merino 

 

En la vereda de la noche

se aferra con ganas,

ayudada por el follaje:

hay que mirar con cierto

cuidado al caminar.

 

Pero entre las hojas

espesas del árbol se entrevé

primero y después se ve

esa luz inconfundible

para mí desde hace un tiempo,

esa luz que Juan José

definió como “luz de Velázquez”:

más bien blanca, lisa, metálica

y liviana al mismo tiempo.

 

Aunque ahora es una vereda

de Palermo. Sigue siendo

luz de Velázquez hasta la esquina,

poco después inunda todo el cielo:

no es aquella luz de una meseta

seca y más bien ilimitada

que rodeaba la ciudad.

Es una luz, digamos, de imitación,

que poco a poco se va revelando

cada vez más húmeda, cada vez

menos seca y viril, menos mística.

 

Una luz de estuario, de aguas

que se acercan inciertas a la costa,

una luz que de a poco va teniendo

primero, casi después de todo

el claro celeste enkilombado

de la patria nacional.

 

 

. . . . . . . . . . . .

El año de Stevenson (primer trimestre)

Elvio E. Gandolfo

Editorial Iván Rosado

 

 

Tres golpes de timbal (fragmentos) | Daniel Moyano

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Daniel Moyano

“En el lenguaje usado en este pueblo no hay palabras para decir adiós. Irse de Minas Altas es un acontecimiento muy serio que nunca pudo encontrar palabras adecuadas para despedirse. La gente se queda como atontada cuando alguien se va. Se esconden, para que el que se va no tenga que oírlos llorar ni escuchar palabras de alta estupidez. Se meten detrás de las puertas y dicen despacito no te vayas, no te vayas por favor”.

“Bueno, le dijo a Jotazeta, ya estoy listo para salir. Echó una ojeada a la lista, miró el dorso y la guardó en el bolsillo más hondo del chaleco, dentro de su libreta de doscientas hojas. Con esto quería decir que ya se iba y que estaba diciendo adiós. Quedaba el tiempo justo para llegar con luz al refugio de los arrieros, donde haría noche. Emebé y Jotazeta cargaron las alforjas con los lazos necesarios par a la compra., miraron brevemente y con alguna vergüenza, por la situación de partida, al marido de la costurera, y volvieron a la casa.

Desde adentro oían los plañidos de Uve y Eñe, De tanto irse el mulero, habían aprendido a despedirse. Por desconocimiento de la palabra adiós, lloriqueaban sucedáneos imprecisos. No te vayas, no te vayas. Quién caminará ahora por la casa con esos pasos que tranquilizan, quién encenderá el fuego y tapará las goteras cuando llueva; quién cuando hay ruidos nocturnos dirá que es sólo el viento; quién abrirá las puertas por la mañana y dirá que hace un buen día, quién dirá cuándo ha llegado el momento de sembrar el maíz, quién dirá es seguro que esta noche llueve, quién abarcará con una sola mano la cabeza del perrito; qué haremos solas cuando el tiempo se empecine en no pasar, qué le diremos a la gente cuando nos pregunten cuándo vuelves, qué haremos cuando amanezca y ya no estés, cuando llegue la noche y no estés todavía; cómo estará la casa cuando no hayas vuelto, qué contestar cuando nos pregunten si estamos bien; qué hará tu ropa en los baúles, qué será de tus zapatos tan vacíos curvados por la falta de tu pie; quién traerá agua de la vertiente en medio de la noche oscura, quién se animará a mirar las estrellas habiendo tanta ausencia; cómo contar los días que pasaron y los que todavía no han llegado, cómo dividir los alimentos y repartirlos en la mesa, dónde poner la silla que sobra para no tener un nudo en la garganta, cómo mirar tu retrato en la pared cuando le da el sol de la mañana, cómo andar por la casa oyendo los ruidos de los pasos de una tan solitos, cómo oír  nuestras voces retumbando en las paredes y los techos, con qué cara decir que estamos solas, qué palabra buscar para tapar el miedo a que no vuelvas nunca, qué pensamiento para el pensamiento de que te pase algo malo. Cuidado con los viento las nieves resbaladizas, cuidado con las crecientes y los deshielos, con el rencor de los gendarmes y con las aves nocturnas que salen de los cementerios, con la estúpida mula junto al precipicio, con las víboras rastreras y la sed de los murciélagos, con los vientos calientes que vienen del norte arrastrando un polvo fino cargado de enfermedades y de insectos, con el agua mala de los ríos traicioneros, con la puna y la nieve y el calor y las desgracias, con las trombas del mar y los barcos que se hunden, con los terremotos que abren la tierra en grietas profundísima, con el silencio y la soledad de los refugios, con la llamada del aliento del abismo y la suavidad engañosa de las olas, no te vayas por favor”.

[Capítulo: El irse del cantor busca su cuadrante]

[Capítulo: Manera retorcida de decir adiós]

. . . . . . . . . . . . .

Los fragmentos de la obra de Daniel Moyano que se citan en este blog pertenecen a los siguientes libros:

Tres golpes de timbal | Ed. Sudamericana 1990

Tres golpes de timbal | Alción Editora 1º edición 2012

Un silencio de corchea | Colección La ciudad de los naranjos | Biblioteca Mariano Moreno, de La Rioja

La espera y otros cuentos | Biblioteca básica argentina 1992

El oscuro | Ed. Sudamericana 1º edición 1968

La lombriz | Nueve 64 ediciones 1964

El trino del diablo | 1º edición Ed. Sudamericana 1974

Una luz muy lejana |  Ed. Sudamericana 1º edición

El libro de navíos y borrascas | Editorial Gárgola

Dónde estás con tus ojos celestes |  Editorial Gárgola

Un sudaca en la corte |  Caballo negro editora

En la atmósfera | Editorial El mensú

El vuelo del tigre | Legasa literaria 1981

Las fotografías de Daniel Moyano fueron tomadas de internet y pertenecen al Archivo de Fotografías de Daniel Moyano, que se aloja en el Archivo Virtual Daniel Moyano, en el Centre de Recherches Latino-américaines de la Université de Poitiers, en Francia. 

http://www2.mshs.univ-poitiers.fr/crla/contenidos/Moyano/Presentacion.html

http://amerika.revues.org/5739

Flor del llano (poemas) | Carina Radilov

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Flor del llano

III

un vikingo callado

varó entre mis sábanas

lo alimenté unas noches

antes de zarpar dijo

que el príncipe azul estaba dentro de mí

 

cada dos por tres

ando pariendo

brazos, piernas o torsos de hombre

los condimento,

los guiso con lentejas o arroz,

porque no se conservan

frescos fuera de mi cuerpo

 

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

 

X

hombres-bubaloo que largan un juguito violeta espeso

y a la segunda mascada ya no tienen sabor

 

hombres-grillos que te crispan los tímpanos

y se esconden atrás de los muebles

 

hombres-escarabajos de córneo caparazón

que dan pena con sus patitas endebles

hombres-torpedo: te incrustan su falo, después: su trabajo,

su mujer, sus amigos, sus créditos, sus días ingratos

 

hombres con espaldas donde yo me tendería, reposando,

en una playa junto al mar y ahí recostada, escuchando las olas,

de vez en cuando preguntaría: ¿querido, cómo estás?

huelen a pasto recién cortado, a cloro en verano, a sal de centauros

algunas especies de hombres dorados que crujen como panes

se deshacen en migas que desparramo como agito el mantel

 

otros tienen olor al fondo de cajones cerrados

donde las pelusas y las naftalinas engendran escuerzos

que saltan a tu palma y te untan un aceite frito de pescado

 

samuráis que tajean prolijos tu vientre

con sus manos de junco

buñuelos del color de la miel cuyo centro blando

masticás impotente sin dar con un grumo de donde prenderte

 

los de nalgas preciosas que piden a gritos un tutú rosado

los de tetillas delicados como flores de mazapán

 

hombres que arrastro hasta la cancha embarrada después del picado

los de párpados pesados, andan con ojos de sueño

el pelo alborotado en nidos de carancho donde pondría mis huevos

 

faunos rientes que te hacen cosquillas con el azúcar de sus dientes

los invito a dormir para escuchar cómo respiran a mi lado

 

huérfanos empantanados en la espera, nos seducen sus ojos sin fondo

focos quiméricos donde nunca hay mareas

 

los pirotécnicos que pasan sin efectos secundarios

y los príncipes pálidos que se inyectan agua de azahar

hombres que sólo en manada se sienten felices

hombres disfrutables como una peli a la tarde

o portátiles para la cartera de la dama

que se despliegan como una navaja suiza

y te tallan el torso la cintura los tobillos

 

hombres de dulce paladares, codiciables

con nombres como ungüentos derramados

cocidos a fuego bajo liberan olor a nardo

 

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

 

I

la nena tuvo educación católica

así que cuando él la mansa

la corcovea, la encarrila

le sacude un bife y la mira

la niña, dando vuelta la cara,

le ofrece la otra mejilla

 

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

 

XII

le brotan cabos del ombligo

ella puja hasta parir

unos óvulos carmín

como gemas de hígado

que ruedan sobre su vientre

 

(dicen que el hígado de las putas

tiene virtudes curativas,

que todo pasa con el tiempo)

 

hasta del criadero de huevas rojas

de los días que traen su prole

puntualmente, a eso de las tres

en una tierra blanca y fría

mete los restos

se limpia las manos en el mantel

 

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

 

XI

mamá fería dedos de caballero

con baño de azúcar y limón

siempre hay algo dulce

para las visitas,

en bandejas,

sobre los roperos

 

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

 

Flor del llano

Carina Radilov

Espiral Calipso Ediciones, 2011

cariradilov@hotmail.com

 

 

 

Alejandra Correa (poemas) | Los niños de Japón

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Alejandra Correa

Hay días

en que nuestra pequeña memoria

solo tiene espacio

para una lágrima oscura

que nos amamanta

 

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

 

Puede ser que haya

únicos niños de octubre

y que yo tenga en ellos

el destino puesto

de tierra y agua

 

que de mí partan raíces

y juncos me aten de pies y manos

a  esta tierra de carne oscura

 

Puede que yo sea

niña fingida

de una primavera atávica

para que nadie sepa

cuánto tiempo hace que en mí

dejó la luna sus semillas

 

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

 

Larga espera

de los días

y los ojos

en la luz que cambia

 

y después

años después

 

darme cuenta de que salí

pero me llevé conmigo

 

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

 

En la alegría

el corazón se nos ensancha

como un níspero afiebrado

 

fruta exquisita

con un centro de hueso

que a ellos les molesta

entre los dientes

 

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

 

Este ojo mío

es una ranura

por la que espío

cómo duermen los niños

en esos lechos duros

como un hueco

de una tumba

 

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

 

 

Los niños de Japón

Alejandra Correa

Ediciones Recovecos, 2010

ISBN 978-987-1414-62-8

Canto nupcial (título provisorio) | Susana Thénon

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Susana Thénon

me he casado
me he casado conmigo
me he dado el sí
un sí que tardó años en llegar
años de sufrimientos indecibles
de llorar con la lluvia
de encerrarme en la pieza
porque yo -el gran amor de mi existencia-
no me llamaba
no me escribía
no me visitaba
y a veces
cuando juntaba yo el coraje de llamarme
para decirme: hola, ¿estoy bien?
yo me hacía negar
llegué incluso a escribirme en una lista de clavos
a los que no quería conectarme
porque daban la lata
porque me perseguían
porque me acorralaban
porque me reventaban

al final ni disimulaba yo
cuando yo me requería

me daba a entender
finamente
que me tenía podrida

y una vez dejé de llamarme
y dejé de llamarme
y pasó tanto tiempo que me extrañé
entonces dije
¿cuánto hace que no me llamo?
añares
debe de hacer añares
y me llamé y atendí yo y yo no podía creerlo
porque aunque parezca mentira
no había cicatrizado
sólo me había ido en sangre
entonces me dije: hola ¿soy yo?
soy yo, me dije, y añadí:
hace muchísimo que no sabemos nada
yo de mí ni mí de yo

¿quiero venir a casa?

sí dije yo
y volvimos a encontrarnos

con paz
yo me sentía bien junto conmigo
igual que yo
que me sentía bien junto conmigo
y así
de un día para el otro
me casé y me casé
y estoy junto
y ni la muerte puede separarme.

 

 

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

El cuerpo,

es nada más que todo.

(El alma es un cansancio

magnificado,

un escape superlativo

y radiante).

 

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Búsqueda

Me acaricio el instinto

y lo largo

junto a los otros perros.

Me duelo,

pruebo la muerte

con la punta del miedo.

 

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

De La morada Imposible

Pero hermoso (fragmentos) | Geoff Dyer

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Ben Webster

“Pararon en un paso a nivel y poco después apareció un tren estruendoso avanzando hacia ellos. Observaron pasar como un trueno lento el largo muro de mercancías, con las vías chirriando por el peso. Duke todavía añoraba la época en que cruzaban el país en tren, en dos vagones alquilados especialmente para la orquesta: una burbuja que los aislaba de los racistas sureños y los ignorantes defensores de la ley Jim Crow. No había entorno mejor para trabajar que los trenes. La mayoría de sus composiciones las escribía de viaje o en las escasas horas que pasaban en los hoteles; el tren ofrecía tanto el impulso de los estímulos como un refugio para concentrarse. Cuando murió su madre se encerró en una zona privada del vagón y escribió “Reminiscing in Tempo”, cargado del ritmo y el movimiento del tren que cruza el Sur a toda velocidad. Una y otra vez el traqueteo de los trenes y sus silbatos se colaban en su música, sobre todo en Louisiana, donde los bomberos tocaban blues con el silbato del camión, cosas encantadas y confusas, como el canto de las mujeres por la noche. El ferrocarril atravesaba su obra igual que atravesaba la historia de los negros estadounidenses: construyeron las vías, trabajaron en ellas, viajaron en ellas y con el tiempo, ahí estaba él, componiendo en ellas… Era heredero de una tradición. Una vez, en Texas, un grupo de ferroviarios se había asomado a la ventanilla del tren en una estación y lo había visto encorvado sobre un manuscrito, sudando cada página. Uno de ellos llamó a la ventana, no quería molestar, pero se moría por saludarlo, y Duke se levantó con una sonrisa y les contó que estaba trabajando en “Day-break Express”, una pieza sobre los hombres que construían el ferrocarril.

—Bueno cavar y cavar y blandir un martillo durante seis meses y luego el tren pasa de largo, fiu…

Le explicó su música, vio el orgullo en sus miradas.

Durante todo el tiempo que viajó en tren fue acumulando recuerdos así y luego buscaba un tono que se correspondiera con las cosas que había visto: colores como el rojo cocido del atardecer en Santa Fe o las llamas amarillas lamiendo la noche de Ohio, el cielo inundado por el calor oxidado de los hornos…

El sonido de las ruedas y las vías repicaba en sus oídos mientras esperaban que pasara el tren interminable.

—Qué largo —dijo por fin Harry, poniendo primera y cruzando ruidosamente las vías.

—Ni que lo digas —convino Duke al tiempo que aceleraban, dirigiendo la vista atrás hacia el tren que silbaba camino al Sur”.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

“Europa no era tanto un continente como una red ferroviaria que él trataba como si fuera un gran subte que lo trasladaba de una parte a otra de la ciudad, de un club a otro. Viajaba con trajes que a lo poco días estaban arrugados como pijamas; de igual modo, la corbatas que comenzaban ajustadas al cuello de la camisa terminaban colgando como una serpentina de una fiesta navideña. Hablaba con cualquiera: colegiales con gana de divertirse y reír, borrachos del auto restaurante, viejas que desconfiaban de compartir vagón con un negro hasta que se fijaban en aquella mirada infantil que les recordaba a sus hijos, que se habían convertido en hombre in dejar de ser niños. De vez en cuando alguien lo reconocía, lo invitaba a una copa cuando pasaba el carrito de las bebidas; si se lo pedían, sacaba el saxo tenor y tocaba. Transcurridos veinte años, la gente contaría que de camino a París se habían encontrado frente a un negro grande y borracho, con el sombrero trilby encajado en la nuca, los botones de la camisa a punto de saltar, lamparones de huevo en la solapa del saco… Que habían charlado un rato y que el americano farfullaba belicosos ouis y nous, riéndose de oírse hablar en francés.

Y  que cuando se mencionó el jazz, cayendo de pronto en la cuenta de quién era, le estrecharon la mano, notaron la tersura de la palma, más clara, suave como te gustaría imaginar que es la garra de uno oso. Le contaron cuánto valoraban su música, que tenían lo discos que había grabado con Duke, en particular «Corten Tail», que Duke una vez había actuado a trescientos kilómetros de su ciudad y habían hecho el trayecto de ida y vuelta en auto en una noche solo para verlo. Le preguntaron por lo músicos que había conocido y escucharon sus anécdotas como un niño desenvolviendo los regalos de Navidad, invitándole copas cada vez que pasaba el carrito y por fin, convencidos de que aceptaría pero aun así algo incómodos, le pidieron que tocara algo. Lo vieron bajar el estuche del saxofón del portaequipajes como si fuera a mostrarles fotografías de sus seres queridos -que era exactamente lo que estaba haciendo-, abrir los cierres y montar el saxo, humedecer la lengüeta y poner la boquilla. Carraspear, dejar el cigarrillo en el cenicero y comenzar a tocar mientras el sol parpadeaba entre una lejana hilera de árboles. Siguiendo suavemente con el pie el repiqueteo de las vías, ralentizando la interpretación hasta que el saxo parecía respirar, como si fuera un objeto de carne y hueso en lugar de estar hecho de metal. Después el sol se inclinó sobre los campos dorados y el modo en que iluminaba su cara hacía pensar en fotos de un planeta en el espacio, con un lado perfilado y el otro totalmente a oscuras. La interpretación ganaba intensidad cuanto más lenta, se desvanecía en un vibrato de mariposa y luego envolvía de nuevo el vagón con sollozos sonoros. Que entonces decidieron, viendo la vibración de sus mejillas y su famosa inclinación de la cabeza al tomar aire, que si alguna vez escuchaban a alguien meterse con los negros, cualesquiera que fueran las circunstancias, no lo dejarían pasar, en adelante lo noquearían o al menos se irían del lugar. Que nadie, ni siquiera un rey o un príncipe que hubieran contratado a Mozart o Beethoven para actuar en su salón, nadie había disfrutado de una experiencia de la música tan privilegiada e íntima: Ben Webster tocando solo para ti. Pero por encima de todo, que cuando terminó de tocar, cuando dio vuelta el saxo para que la saliva cayera al suelo, cuando el tren comenzó a aminorar porque la estación asomaba a lo lejos ─demasiado pronto y no obstante en el momento justo porque para entonces Ben estaba tan borracho que podría haber arruinado la perfección de lo vivido─, que cuando le dieron las gracias, con el corazón henchido del orgullo que se siente en momentos de sinceridad total, que cuando le estrecharon la mano y lo miraron, las lágrimas también anegaban sus ojos, dibujaban rastros de caracol en sus mejillas. Y que luego volvieron a despedirse de él cuando el tren arrancó, viendo a aquel gigante borracho sentado, vestido con un traje que le servía de servilleta, pañuelo y mantel, devolviéndoles el saludo.

Sí, nunca fue más feliz que cuando viajaba por Europa en tren, observando cómo el campo se transformaba en ciudad y viceversa, a los viajeros subiendo y bajando en las estaciones, los portazos y aquellos primeros instantes de movimiento apenas perceptible cuando el tren volvía a arrancar, el chasquido de las pesadas ruedas y las vías al rozarse, todo aquel peso puesto en movimiento, venciendo a la inercia. En un tren le daba igual lo que pasara, incluso cuando atisbaba el caos garabateado de su agenda y descubría, por lo que alcanzaba a interpretar, que estaba llegando dos horas tarde a su actuación de Nápoles, todavía a más de seiscientos kilómetros. Lo bueno de un tren era que una vez que te subías, ya estaba, te llevaba a donde querías ir sin tener que pensar en nada. . . pero subirse, eso era más complicado. A veces tomar un tren costaba más que intentar atrapar un abejorro. Podían pasar cientos de cosas entre que te enterabas del horario del tren y llegabas puntual a la estación. Incluso cuando llegabas con media hora de sobra y decidías matar el tiempo en el bar de la estación, podías perder el tren. Como hoy, había perdido el tren anterior. . . de hecho, había perdido tres trenes. Perder trenes, mierda, si le hubieran dado un dólar por cada tren que había perdido sería millonario. Nápoles, qué jodido llegar a Nápoles.

Descorchó la botella, dio un trago extralargo y miró a través de su reflejo la noche sin estrellas de Europa. Durante largos intervalos no había más que campos y solo un incremento súbito del volumen delataba que el tren pasaba a toda velocidad por un cruce. Luego la ruta que corría paralela a las vías atravesó la cara reflejada en la ventanilla, los ojos que contemplaban la escena como dos lunas pálidas. Por un momento el tren persiguió las luces de meteoro de un auto hasta que las vías giraron a la derecha, alejándolo a regañadientes.

Se estiró en el asiento, mirando la rejilla combada del portaequipajes. Una humareda de bar llenaba el vagón, las ventanillas estaban empañadas. Fragmentos de melodías le venían a la cabeza y desaparecían como luces amarillas en las ventanas de las granjas a oscuras. Se encajó el sombrero sobre los ojos y poco a poco lo venció el sueño.

De vez en cuando, con la boca seca como el yute, se despertaba y descubría que el tren se había detenido en lugares inexplicables: estaciones sin nombre donde no subía ni bajaba nadie y los ferroviarios tomaban café parados, esperando a que el tren arrancara antes de tirar la borra al andén.

Cargaba su soledad a cuestas como el escuche de un instrumento. Nunca lo abandonaba. Después de los conciertos, después de hablar con los fans y quizá algunos amigos que estaban de paso, después de entrar en un bar y quedarse hasta lo último, después de volver a los tumbos a su habitación, después de buscar las llaves y oírlas arañar la cerradura silenciosa, después de abrir la puerta de un departamento que estaba siempre exactamente igual que lo había dejado, después de tirar el escuche del saxo al sofá… después de todo eso, por tarde que fuera, siempre llegaba el momento en que tenía ganas de seguir hablando, escuchar el tintineo y el burbujeo de alguien preparando un café o una copa. Tras regresar al departamento, abría una botella, le daba algunos tragos y se sentaba en remera y calzoncillos a tocar el saxo lo más bajo posible. Mientras vivía en Ámsterdam solía llamar a los amigos de Estados Unidos a cualquier hora de la noche, pero ahora solo tenía el saxofón y con él intentaba hablar con Duke o Bean o cualquier otro, alternando durante más de una hora la botella y el instrumento. Por la mañana se despertaba extendido en el sofá, acunando el saxo entre los brazos, sin buscar consuelo en él, más bien ofreciéndole ese gesto simple de protección”.

 

 

Pero hermoso, Geoff Dyer, Randon House, 2014

Roberto Juarroz | un poema de su Poesía Vertical

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"The hole man", estatua de Bruno Catalano - Francia

En una noche que debió ser de lluvia
o en el muelle de un puerto tal vez inexistente
o en una tarde clara, sentado a una mesa sin nadie,
se me cayó una parte mía.
No ha dejado ningún hueco.
Es más: pareciera algo que ha llegado
y no algo que se ha ido.
Pero ahora,
en las noches sin lluvia,
en las ciudades sin muelles,
en las mesas sin tardes,
me siento de repente mucho más solo
y no me animo a palparme,
aunque todo parezca estar en su sitio,
quizá todavía un poco más que antes.
Y sospecho que hubiera sido preferible
quedarme en aquella perdida parte mía
y no en este casi todo
que aún sigue sin caer.

5-10-1925 /  31-3-1995

De otros usos del cáñamo | Julio Cortázar

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LEOPOLDO NOVOA MURAL DEL ESTADIO DEL CERRO EN MONTEVIDEO

Entre sus muchas propiedades mágicas está la de cambiar de nombre apenas cruza el Atlántico: en España se llama cordel, en Montevideo o Buenos Aires piolín.

Protagonista o intercesor de incontables metamorfosis —su nombre, sus dibujos, sus funciones— el cordel que yo llamo piolín es uno de esos elementos que pueblan imborrablemente el museo de mi infancia, y que a lo largo de la vida se ha mantenido en un profundo, inexplicable contacto con mi visión de las cosas. Leopoldo Novoa lo sabe ahora: me bastó mirar algunas de sus obras para encontrar el rumbo y la justificación de estas líneas. Sin decírnoslo, fue como sentir que existe en el mundo una fraternidad innominada de artistas y poetas para quienes el piolín vale como signo masónico, como santo y seña sigiloso. Detrás, quizá, el mito de Aracné y la inmensa telaraña de las afinidades electivas; no cualquiera, sea dicho sin énfasis, merece la hermandad universal del piolín.

Carezco de capacidad reflexiva y sintética, y no soy de los que salen a investigar si a Novalis le gustaban los piolines o si Yehudi Menuhin los aborrece; puedo en cambio retrazar las nimias memorias de mi propio ovillo desde una edad muy temprana. Muchas veces me he preguntado cuándo surgen por primera vez los seres y los objetos que habrán de elegirnos (Jean-Paul Sartre me perdone) para siempre: cierto color de ojos, cierta flor, cierto jamón con huevos. De pronto están ahí, apasionadamente padecidos. Dante podrá decirnos cuándo vio por primer a vez a Beatriz y cómo el tiempo detuvo su curso durante un infinito instante; pero el niño Alighieri no hubiera podido recordar el día y el lugar en que la poesía se le apareció como su futuro Virgilio .Vaya a saber en qué momento los piolines cesaron de ser para mi esas meras cosas de esparto o de rafia con que se alaban los paquetes, para dárseme de una manera inexplicablemente rica y privilegiada, ya no el ovillo utilitario al que acudía la familia con tijeras e indiferencia. Puedo, si, recordar la maravilla de una hora, acaso la que paradójicamente me ató para siempre a los piolines: Un amigo de casa, que amaba a los niños y les proponía enigmas, juegos absurdos, búsquedas de tesoros y golosinas de colores jamás repetidos, me puso en las manos un aro de piolín y me enseñó el misterio de irlo cruzando entre los dedos, tejiendo, pasando por arriba y por abajo, multiplicando las figuras, llenando el aire de una siesta con una frágil geometría interminable. Recuerdo que era un piolín rojo; días después mi madre lo empleó para atar una encomienda, lo vi partir al correo, a la nada. Otros ovillos fueron llegando, verdes o amarillos, espesos y peludos o finos y cortantes; inútil acariciarlos, hablar de ellos, repetir el juego con los amigos; para grandes y chicos no eran más que eso, ovillos de piolín. Otros seres, otras cosas se me daban en esos días con la misma diferencia, y sin vanidad pero consciente de estar al margen de la vida común yo crecía callando mis secretos, guardando ciertas palabras o figuras, mirando a través de bolas de cristal coloreado, entendiendo de otra manera tantas cosas de una casa y de un jardín de infancia. Hoy pienso que todo niño es así, pero que pocos llegan así a hombres.

Queda una imagen precisa de estos tiempos: inclinado sobre el Atlas Universal de don Elías Zerolo, que me ayudaba a seguir los itinerarios de los hijos del capitán Grant, de Hatteras y de Arturo Gordon Pym, calculaba las distancias con ayuda de un piolín en vez de servirme de una regla milimetrada, ante la estupefacción de algún testigo familiar que justificadamente debía creerme tonto. Pero es que en el piolín yo descubría virtualidades extraordinarias, por ejemplo bastaba ponerlo por encima de cualquier circunferencia y ahí mismo, con sólo estirarlo, la curva se volvía recta y me daba la extensión total sin necesidad de operaciones complicadas. Y sobre todo había otra cosa, el hecho de que bastaba tender un piolín en el aire para que el ámbito cambiara, se organizara de un modo diferente antes y después, encima y debajo de ese fino coagulante del espacio.

Por ese entonces un amigo me enseñó a hacer un teléfono con dos cajitas de cartón y un piolín que tendíamos hasta perdemos de vista. ¡Ah, los mensajes, los mensajes, maravilla! Y a veces el piolín cantaba: en las siestas de verano los chicos del barrio remontábamos nuestros barriletes, las estrellas, las pandorgas, las bombas de papeles multicolores y flecos vibrantes; nada podía conmoverme tanto como acercar el oído a mi mano donde el piolín luchaba por escapar, y recibir el mensaje de las nubes, la voz del viento azul.

Vino el día en que descubrí que el piolín podía ser también un emisario del destino: en la entrada del Laberinto, las manos de Ariadna sostenían el ovillo que lentamente giraba su luna de cáñamo para iluminar el avance medroso de Teseo. Pero aún no podía saber lo que comprendí mucho más tarde, el mensaje cifrado, el larguísimo y sinuoso quipu que Ariadna enviaba a su hermano minotauro para que encontrara la salida del dédalo y se reuniera por fin con ella en una libertad de praderas minoicas. En esos años de lecturas y tanteos, cordeles y cintas guardaron un prestigio penetrante de mensajerías y de enlaces; el acto de atar o desatar seguía siendo una imagen que remitía oscuramente a los arcanos y a la vez al conocimiento; eran años en que yo ataba mis secretos personales, la revelación de la sensualidad, el sentimiento de la muerte, y desataba libros de cuentos y novelas, abriendo apasionadamente los paquetes de la imaginación y la poesía.

Hay después una vasta zona de vida, las grandes elecciones voluntarias y por debajo, siempre, la recurrencia de los primeros y obstinados signos de contacto con los mundos de adentro, la fórmula intocable de la sangre individual. Por eso ciertas secuencias que desafiaban toda lógica no podían sorprenderme; nada más natural que elegir a Marcel Duchamp como uno de mis faros, en el sentido baudeleriano del término, y sólo muchos años más larde saber de su obsesión por los piolines, sus atmósferas espaciales nacidas de insolentes telarañas. Y aún menos sorpresivo el hecho de buscar mi primer trabajo en Francia y descubrir que detrás de una función de escribiente en casa de un exportador de libros se escondía la verdadera tarea que me esperaba cada mañana: hacer paquetes, pasar horas y horas entre ovillos de piolín, distribuyendo sus pedazos por todo el continente latinoamericano. Contra lo que parecía sospechar mi patrón, ese trabajo me llenó de gozo; a mi manera, sin que nadie pudiera saberlo, yo enviaba mis mensajes a Buenos Aires, a México, a Bogotá, a la Habana, otras manos inocentes desataban allá mis paquetes para sacar el Pequeño Larousse ilustrado o la Enciclopedia Quillet, y mis piolines multicolores iban quedando en los rincones de las librerías, acaso servían para nuevos y más modestos paquetes, reanudaban el viaje planetario…

Era casi fatal que unos años más tarde, en su último delirio de lucidez, un tal Horacio Oliveira se parapetara detrás de una terrible, precaria defensa de piolines; y que mucho después, hoy, estas palabras vinieran a encontrarse con los piolines que el arte de Leopoldo Novoa alza como nadie a su vocación de signos, de indicaciones, de instrumentos para una náutica que acata otras cartografías, que busca las tierras incógnitas de la sola realidad que nos importa.

Agosto (fragmentos) | Romina Paula

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Romina Paula

Ni una lágrima derramé, aunque hubiera querido. Me emocioné, no lo niego, sobre todo ahí en el puente, como había propuesto el tema del lanzamiento, de esparcirte en caída libre, y tenía la imagen de la chica cayendo entre las nubes, no pude evitar conmoverme, pero fue tanto que no lloré. Supongo que hubiese sido cursi llorar, redundante. Propongo la ceremonia y después me deshago en lágrimas, con tus padres ahí, no quedaba bien. Fue más bien como conmoverse para adentro, una conmoción interna, como si algo, tus cenizas, eso que caía, se abismara, como si cayera dentro mío también, como si hubiera caído de espaldas hacia adentro, algo, sin gravedad. Persistió un rato esa sensación, la de caer para adentro y no dejar de caer mientras que lo de las cenizas no duró más de tres segundos, eso quiero decir, el desvanecerse no duró más que eso. Uno dos tres y ya no se veía, ya no se podía reconocer ni una sola partícula de nada, de eso, la materia, vos. Nadie habló, no nos movimos mientras duró el descenso, la evaporación, no sé cómo llamarlo, aquello, nos quedamos un ratito más así, el viento era terrible, filoso, pegaba en la nuca, pero yo llevaba capucha.

¿Viste que los gatos se ponen siempre en los lugares más lindos? Justo en los que se pondría uno si tuviera su tamaño. En este momento tu gata está enroscada en la pileta del lavadero. Le da el sol y se acomodó sobre una manta/ frazada que tu vieja puso ahí para lavar. Así que, además,  tiene olor a gente. No podría ser mejor. ¿Quién era que decía eso de que el hombre en la ciudad es un mamífero viviendo como insecto? No sé. Lo cierto es que acá el sopor te toma, irremediablemente, y entro a competir en horas sueño con tu gata. Duermo, mucho, como si la vigilia no tuviera nada para mí.

Ali me mira, con los ojos tan abiertos, con ese gesto de gato que está entre la sorpresa absoluta, el azoramiento y estar viendo la cara de un muerto. Me hace gracia cuando me mira así: le sostengo la mirada, intento reproducir su cara de perplejidad y nos miramos un rato así. Me pregunto si me querrá transmitir algo que no termino de entender o si verá en mi cara algo que yo no sé.

Ali y yo desarrollamos una mecánica similar. Es raro. Cuando me despierto es lo primero que veo, por lo general ella duerme todavía. Duerme hasta que siente que me muevo y entreabre un poco los ojos, por lo general no le da para mucho más que para eso, me mide unos instantes, ve que todo está en su lugar, que mi despertar, ése, no se diferencia demasiado de todos los otros, los otros despertares, y cuando no bosteza o estira o reacomoda un poco, es porque se queda en la misma posición. Entonces yo también me estiro o, más bien, me retuerzo, en la cama todavía, doy unas vueltas y la miro, tan pacífica. Me pregunto quién vela el sueño de quién.

Antes de salir para la terminal me dedico un rato a Ali. Tenemos un momento de amor. La alzo y me la pongo en brazos como a un bebé, ella se deja, aunque sea taimada, y se va relajando de a poco. Le acaricio la panza, pongo mi cabeza contra la suya, me refriego. Tiene olor a batata al horno, no sé por qué, no sé por dónde habrá andado. Igual es rico, es rico el olor a batata al horno, por más raro que sea que esté en la cabeza de Alicia, Alison. La siento ronronear, tu gata no hace mucho ruido, no ronronea para afuera, es interno. Pero le ponés la mano sobre la panza y te das cuenta.

Carta abierta de un escritor a la Junta Militar | Rodolfo Jorge Walsh

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Rodolfo Walsh

  1. La censura de prensa, la persecución a intelectuales, el allanamiento de mi casa en el Tigre, el asesinato de amigos queridos y la pérdida de una hija que murió combatiéndolos, son algunos de los hechos que me obligan a esta forma de expresión clandestina después de haber opinado libremente como escritor y periodista durante casi treinta años.

El primer aniversario de esta Junta Militar ha motivado un balance de la acción de gobierno en documentos y discursos oficiales, donde lo que ustedes llaman aciertos son errores, los que reconocen como errores son crímenes y lo que omiten son calamidades.

El 24 de marzo de 1976 derrocaron ustedes a un gobierno del que formaban parte, a cuyo desprestigio contribuyeron como ejecutores de su política represiva, y cuyo término estaba señalado por elecciones convocadas para nueve meses más tarde. En esa perspectiva lo que ustedes liquidaron no fue el mandato transitorio de Isabel Martínez sino la posibilidad de un proceso democrático donde el pueblo remediara males que ustedes continuaron y agravaron.

Ilegítimo en su origen, el gobierno que ustedes ejercen pudo legitimarse en los hechos recuperando el programa en que coincidieron en las elecciones de 1973 el ochenta por ciento de los argentinos y que sigue en pie como expresión objetiva de la voluntad del pueblo, único significado posible de ese “ser nacional” que ustedes invocan tan a menudo.

Invirtiendo ese camino han restaurado ustedes la corriente de ideas e intereses de minorías derrotadas que traban el desarrollo de las fuerzas productivas, explotan al pueblo y disgregan la Nación. Una política semejante sólo puede imponerse transitoriamente prohibiendo los partidos, interviniendo los sindicatos, amordazando la prensa e implantando el terror más profundo que ha conocido la sociedad argentina.

  1. Quince mil desaparecidos, diez mil presos, cuatro mil muertos, decenas de miles de desterrados son la cifra desnuda de ese terror.

Colmadas las cárceles ordinarias, crearon ustedes en las principales guarniciones del país virtuales campos de concentración donde no entra ningún juez, abogado, periodista, observador internacional. El secreto militar de los procedimientos, invocado como necesidad de la investigación, convierte a la mayoría de las detenciones en secuestros que permiten la tortura sin límite y el fusilamiento sin juicio. 1

Más de siete mil recursos de hábeas corpus han sido contestados negativamente este último año. En otros miles de casos de desaparición el recurso ni siquiera se ha presentado porque se conoce de antemano su inutilidad o porque no se encuentra abogado que ose presentarlo después que los cincuenta o sesenta que lo hacían fueron a su turno secuestrados.

De este modo han despojado ustedes a la tortura de su límite en el tiempo. Como el detenido no existe, no hay posibilidad de presentarlo al juez en diez días según manda una ley que fue respetada aun en las cumbres represivas de anteriores dictaduras.

La falta de límite en el tiempo ha sido complementada con la falta de límite en los métodos, retrocediendo a épocas en que se operó directamente sobre las articulaciones y las vísceras de las víctimas, ahora con auxiliares quirúrgicos y farmacológicos de que no dispusieron los antiguos verdugos. El potro, el torno, el despellejamiento en vida, la sierra de los inquisidores medievales reaparecen en los testimonios junto con la picana y el “submarino”, el soplete de las actualizaciones contemporáneas. 2

Mediante sucesivas concesiones al supuesto de que el fin de exterminar a la guerilla justifica todos los medios que usan, han llegado ustedes a la tortura absoluta, intemporal, metafísica en la medida que el fin original de obtener información se extravía en las mentes perturbadas que la administran para ceder al impulso de machacar la sustancia humana hasta quebrarla y hacerle perder la dignidad que perdió el verdugo, que ustedes mismos han perdido.

  1. La negativa de esa Junta a publicar los nombres de los prisioneros es asimismo la cobertura de una sistemática ejecución de rehenes en lugares descampados y en horas de la madrugada con el pretexto de fraguados combates e imaginarias tentativas de fuga.

Extremistas que panfletean el campo, pintan acequias o se amontonan de a diez en vehículos que se incendian son los estereotipos de un libreto que no está hecho para ser creído sino para burlar la reacción internacional ante ejecuciones en regla mientras en lo interno se subraya el carácter de represalias desatadas en los mismos lugares y en fecha inmediata a las acciones guerrilleras.

Setenta fusilados tras la bomba en Seguridad Federal, 55 en respuesta a la voladura del Departamento de Policía de La Plata, 30 por el atentado en el Ministerio de Defensa, 40 en la Masacre del Año Nuevo que siguió a la muerte del coronel Castellanos, 19 tras la explosión que destruyó la comisaría de Ciudadela forman parte de 1.200 ejecuciones en 300 supuestos combates donde el oponente no tuvo heridos y las fuerzas a su mando no tuvieron muertos.

Depositarios de una culpa colectiva abolida en las normas civilizadas de justicia, incapaces de influir en la política que dicta los hechos por los cuales son represaliados, muchos de esos rehenes son delegados sindicales, intelectuales, familiares de guerrilleros, opositores no armados, simples sospechosos a los que se mata para equilibrar la balanza de las bajas según la doctrina extranjera de “cuenta-cadáveres” que usaron los SS en los países ocupados y los invasores en Vietnam.

El remate de guerrilleros heridos o capturados en combates reales es asimismo una evidencia que surge de los comunicados militares que en un año atribuyeron a la guerrilla 600 muertos y sólo 10 o 15 heridos, proporción desconocida en los más encarnizados conflictos. Esta impresión es confirmada por un muestreo periodístico de circulación clandestina que revela que entre el 18 de diciembre de 1976 y el 3 de febrero de 1977, en 40 acciones reales, las fuerzas legales tuvieron 23 muertos y 40 heridos, y la guerrilla 63 muertos. 3

Más de cien procesados han sido igualmente abatidos en tentativas de fuga cuyo relato oficial tampoco está destinado a que alguien lo crea sino a prevenir a la guerrilla y a los partidos de que aun los presos reconocidos son la reserva estratégica de las represalias de que disponen los Comandantes de Cuerpo según la marcha de los combates, la conveniencia didáctica o el humor del momento.

Así ha ganado sus laureles el general Benjamín Menéndez, jefe del Tercer Cuerpo de Ejército, antes del 24 de marzo con el asesinato de Marcos Osatinsky, detenido en Córdoba, después con la muerte de Hugo Vaca Narvaja y otros cincuenta prisioneros en variadas aplicaciones de la ley de fuga ejecutadas sin piedad y narradas sin pudor. 4

El asesinato de Dardo Cabo, detenido en abril de 1975, fusilado el 6 de enero de 1977 con otros siete prisioneros en jurisdicción del Primer Cuerpo de Ejército que manda el general Suárez Masson, revela que estos episodios no son desbordes de algunos centuriones alucinados sino la política misma que ustedes planifican en sus estados mayores, discuten en sus reuniones de gabinete, imponen como comandantes en jefe de las 3 Armas y aprueban como miembros de la Junta de Gobierno.

  1. Entre mil quinientas y tres mil personas han sido masacradas en secreto después que ustedes prohibieron informar sobre hallazgos de cadáveres que en algunos casos han trascendido, sin embargo, por afectar a otros países, por su magnitud genocida o por el espanto provocado entre sus propias fuerzas.5

Veinticinco cuerpos mutilados afloraron entre marzo y octubre de 1976 en las costas uruguayas, pequeña parte quizás del cargamento de torturados hasta la muerte en la Escuela de Mecánica de la Armada, fondeados en el Río de la Plata por buques de esa fuerza, incluyendo el chico de 15 años, Floreal Avellaneda, atado de pies y manos, “con lastimaduras en la región anal y fracturas visibles” según su autopsia.

Un verdadero cementerio lacustre descubrió en agosto de 1976 un vecino que buceaba en el Lago San Roque de Córdoba, acudió a la comisaría donde no le recibieron la denuncia y escribió a los diarios que no la publicaron. 6

Treinta y cuatro cadáveres en Buenos Aires entre el 3 y el 9 de abril de 1976, ocho en San Telmo el 4 de julio, diez en el Río Luján el 9 de octubre, sirven de marco a las masacres del 20 de agosto que apilaron 30 muertos a 15 kilómetros de Campo de Mayo y 17 en Lomas de Zamora.

En esos enunciados se agota la ficción de bandas de derecha, presuntas herederas de las 3 A de López Rega, capaces de atravesar la mayor guarnición del país en camiones militares, de alfombrar de muertos el Río de la Plata o de arrojar prisioneros al mar desde los transportes de la Primera Brigada Aérea 7, sin que se enteren el general Videla, el almirante Massera o el brigadier Agosti. Las 3 A son hoy las 3 Armas, y la Junta que ustedes presiden no es el fiel de la balanza entre “violencias de distintos signos” ni el árbitro justo entre “dos terrorismos”, sino la fuente misma del terror que ha perdido el rumbo y sólo puede balbucear el discurso de la muerte. 8

La misma continuidad histórica liga el asesinato del general Carlos Prats, durante el anterior gobierno, con el secuestro y muerte del general Juan José Torres, Zelmar Michelini, Héctor Gutiérrez Ruíz y decenas de asilados en quienes se ha querido asesinar la posibilidad de procesos democráticos en Chile, Bolivia y Uruguay. 9

La segura participación en esos crímenes del Departamento de Asuntos Extranjeros de la Policía Federal, conducido por oficiales becados de la CIA a través de la AID, como los comisarios Juan Gattei y Antonio Gettor, sometidos ellos mismos a la autoridad de Mr. Gardener Hathaway, Station Chief de la CIA en Argentina, es semillero de futuras revelaciones como las que hoy sacuden a la comunidad internacional que no han de agotarse siquiera cuando se esclarezcan el papel de esa agencia y de altos jefes del Ejército, encabezados por el general Menéndez, en la creación de la Logia Libertadores de América, que reemplazó a las 3 A hasta que su papel global fue asumido por esa Junta en nombre de las 3 Armas.

Este cuadro de exterminio no excluye siquiera el arreglo personal de cuentas como el asesinato del capitán Horacio Gándara, quien desde hace una década investigaba los negociados de altos jefes de la Marina, o del periodista de Prensa Libre Horacio Novillo apuñalado y calcinado, después que ese diario denunció las conexiones del ministro Martínez de Hoz con monopolios internacionales.

A la luz de estos episodios cobra su significado final la definición de la guerra pronunciada por uno de sus jefes: “La lucha que libramos no reconoce límites morales ni naturales, se realiza más allá del bien y del mal”. 10

  1. Estos hechos, que sacuden la conciencia del mundo civilizado, no son sin embargo los que mayores sufrimientos han traído al pueblo argentino ni las peores violaciones de los derechos humanos en que ustedes incurren. En la política económica de ese gobierno debe buscarse no sólo la explicación de sus crímenes sino una atrocidad mayor que castiga a millones de seres humanos con la miseria planificada.

En un año han reducido ustedes el salario real de los trabajadores al 40%, disminuido su participación en el ingreso nacional al 30%, elevado de 6 a 18 horas la jornada de labor que necesita un obrero para pagar la canasta familiar 11, resucitando así formas de trabajo forzado que no persisten ni en los últimos reductos coloniales.

Congelando salarios a culatazos mientras los precios suben en las puntas de las bayonetas, aboliendo toda forma de reclamación colectiva, prohibiendo asambleas y comisiones internas, alargando horarios, elevando la desocupación al récord del 9%12 prometiendo aumentarla con 300.000 nuevos despidos, han retrotraído las relaciones de producción a los comienzos de la era industrial, y cuando los trabajadores han querido protestar los han calificados de subversivos, secuestrando cuerpos enteros de delegados que en algunos casos aparecieron muertos, y en otros no aparecieron. 13

Los resultados de esa política han sido fulminantes. En este primer año de gobierno el consumo de alimentos ha disminuido el 40%, el de ropa más del 50%, el de medicinas ha desaparecido prácticamente en las capas populares. Ya hay zonas del Gran Buenos Aires donde la mortalidad infantil supera el 30%, cifra que nos iguala con Rhodesia, Dahomey o las Guayanas; enfermedades como la diarrea estival, las parasitosis y hasta la rabia en que las cifras trepan hacia marcas mundiales o las superan. Como si esas fueran metas deseadas y buscadas, han reducido ustedes el presupuesto de la salud pública a menos de un tercio de los gastos militares, suprimiendo hasta los hospitales gratuitos mientras centenares de médicos, profesionales y técnicos se suman al éxodo provocado por el terror, los bajos sueldos o la “racionalización”.

Basta andar unas horas por el Gran Buenos Aires para comprobar la rapidez con que semejante política la convirtió en una villa miseria de diez millones de habitantes. Ciudades a media luz, barrios enteros sin agua porque las industrias monopólicas saquean las napas subterráneas, millares de cuadras convertidas en un solo bache porque ustedes sólo pavimentan los barrios militares y adornan la Plaza de Mayo, el río más grande del mundo contaminado en todas sus playas porque los socios del ministro Martínez de Hoz arrojan en él sus residuos industriales, y la única medida de gobierno que ustedes han tomado es prohibir a la gente que se bañe.

Tampoco en las metas abstractas de la economía, a las que suelen llamar “el país”, han sido ustedes más afortunados. Un descenso del producto bruto que orilla el 3%, una deuda exterior que alcanza a 600 dólares por habitante, una inflación anual del 400%, un aumento del circulante que en solo una semana de diciembre llegó al 9%, una baja del 13% en la inversión externa constituyen también marcas mundiales, raro fruto de la fría deliberación y la cruda inepcia.

Mientras todas las funciones creadoras y protectoras del Estado se atrofian hasta disolverse en la pura anemia, una sola crece y se vuelve autónoma. Mil ochocientos millones de dólares que equivalen a la mitad de las exportaciones argentinas presupuestados para Seguridad y Defensa en 1977, cuatro mil nuevas plazas de agentes en la Policía Federal, doce mil en la provincia de Buenos Aires con sueldos que duplican el de un obrero industrial y triplican el de un director de escuela, mientras en secreto se elevan los propios sueldos militares a partir de febrero en un 120%, prueban que no hay congelación ni desocupación en el reino de la tortura y de la muerte, único campo de la actividad argentina donde el producto crece y donde la cotización por guerrillero abatido sube más rápido que el dólar.
6. Dictada por el Fondo Monetario Internacional según una receta que se aplica indistintamente al Zaire o a Chile, a Uruguay o Indonesia, la política económica de esa Junta sólo reconoce como beneficiarios a la vieja oligarquía ganadera, la nueva oligarquía especuladora y un grupo selecto de monopolios internacionales encabezados por la ITT, la Esso, las automotrices, la U.S. Steel, la Siemens, al que están ligados personalmente el ministro Martínez de Hoz y todos los miembros de su gabinete.

Un aumento del 722% en los precios de la producción animal en 1976 define la magnitud de la restauración oligárquica emprendida por Martínez de Hoz en consonancia con el credo de la Sociedad Rural expuesto por su presidente Celedonio Pereda: “Llena de asombro que ciertos grupos pequeños pero activos sigan insistiendo en que los alimentos deben ser baratos”. 14

El espectáculo de una Bolsa de Comercio donde en una semana ha sido posible para algunos ganar sin trabajar el cien y el doscientos por ciento, donde hay empresas que de la noche a la mañana duplicaron su capital sin producir más que antes, la rueda loca de la especulación en dólares, letras, valores ajustables, la usura simple que ya calcula el interés por hora, son hechos bien curiosos bajo un gobierno que venía a acabar con el “festín de los corruptos”.

Desnacionalizando bancos se ponen el ahorro y el crédito nacional en manos de la banca extranjera, indemnizando a la ITT y a la Siemens se premia a empresas que estafaron al Estado, devolviendo las bocas de expendio se aumentan las ganancias de la Shell y la Esso, rebajando los aranceles aduaneros se crean empleos en Hong Kong o Singapur y desocupación en la Argentina. Frente al conjunto de esos hechos cabe preguntarse quiénes son los apátridas de los comunicados oficiales, dónde están los mercenarios al servicio de intereses foráneos, cuál es la ideología que amenaza al ser nacional.

Si una propaganda abrumadora, reflejo deforme de hechos malvados no pretendiera que esa Junta procura la paz, que el general Videla defiende los derechos humanos o que el almirante Massera ama la vida, aún cabría pedir a los señores Comandantes en Jefe de las 3 Armas que meditaran sobre el abismo al que conducen al país tras la ilusión de ganar una guerra que, aun si mataran al último guerrillero, no haría más que empezar bajo nuevas formas, porque las causas que hace más de veinte años mueven la resistencia del pueblo argentino no estarán desaparecidas sino agravadas por el recuerdo del estrago causado y la revelación de las atrocidades cometidas.

Estas son las reflexiones que en el primer aniversario de su infausto gobierno he querido hacer llegar a los miembros de esa Junta, sin esperanza de ser escuchado, con la certeza de ser perseguido, pero fiel al compromiso que asumí hace mucho tiempo de dar testimonio en momentos difíciles.

Rodolfo Walsh. – C.I. 2845022

Buenos Aires, 24 de marzo de 1977.

Referencias:

1 Desde enero de 1977 la Junta empezó a publicar nóminas incompletas de nuevos detenidos y de “liberados” que en su mayoría no son tales sino procesados que dejan de estar a su disposición pero siguen presos. Los nombres de millares de prisioneros son aún secreto militar y las condiciones para su tortura y posterior fusilamiento permanecen intactas.

2 El dirigente peronista Jorge Lizaso fue despellejado en vida, el ex diputado radical Mario Amaya muerto a palos, el ex diputado Muñiz Barreto desnucado de un golpe. Testimonio de una sobreviviente: “Picana en Ios brazos, las manos, los muslos, cerca de Ia boca cada vez que lloraba o rezaba… Cada veinte minutos abrían la puerta y me decían que me iban hacer fiambre con la máquina de sierra que se escuchaba”.

3 “Cadena Informativa”, mensaje Nro. 4, febrero de 1977.

4 Una versión exacta aparece en esta carta de los presos en la Cárcel de Encausados al obispo de Córdoba, monseñor Primatesta: “El 17 de mayo son retirados con el engaño de ir a la enfermería seis compañeros que luego son fusilados. Se trata de Miguel Ángel Mosse, José Svagusa, Diana Fidelman, Luis Verón, Ricardo Yung y Eduardo Hernández, de cuya muerte en un intento de fuga informó el Tercer Cuerpo de Ejército. El 29 de mayo son retirados José Pucheta y Carlos Sgadurra. Este último había sido castigado al punto de que no se podía mantener en pie sufriendo varias fracturas de miembros. Luego aparecen también fusilados en un intento de fuga”.

5 En los primeros 15 días de gobierno militar aparecieron 63 cadáveres, según los diarios. Una proyección anual da la cifra de 1500. La presunción de que puede ascender al doble se funda en que desde enero de 1976 la información periodística era incompleta y en el aumento global de la represión después del golpe. Una estimación global verosímil de las muertes producidas por la Junta es la siguiente. Muertos en combate: 600. Fusilados: 1.300. Ejecutados en secreto: 2.000. Varios. 100. Total: 4.000.

6 Carta de Isaías Zanotti, difundida por ANCLA, Agencia Clandestina de Noticias.

7 “Programa” dirigido entre julio y diciembre de 1976 por el brigadier Mariani, jefe de la Primera Brigada Aérea del Palomar. Se usaron transportes Fokker F-27.

8 El canciller vicealmirante Guzzeti en reportaje publicado por La Opinión el 3-10-76 admitió que “el terrorismo de derecha no es tal” sino “un anticuerpo”.

9 El general Prats, último ministro de Ejército del presidente Allende, muerto por una bomba en setiembre de 1974. Los ex parlamentarios uruguayos Michelini y Gutiérrez Ruiz aparecieron acribillados el 2-5-76. El cadáver del general Torres, ex presidente de Bolivia, apareció el 2-6-76, después que el ministro del Interior y ex jefe de Policía de Isabel Martínez, general Harguindeguy, lo acusó de “simular” su secuestro.

10 Teniente Coronel Hugo Ildebrando Pascarelli según La Razón del 12-6-76. Jefe del Grupo I de Artillería de Ciudadela. Pascarelli es el presunto responsable de 33 fusilamientos entre el 5 de enero y el 3 de febrero de 1977.

11 Unión de Bancos Suizos, dato correspondiente a junio de 1976. Después la situación se agravó aún más.

12 Diario Clarín.

13 Entre los dirigentes nacionales secuestrados se cuentan Mario Aguirre de ATE, Jorge Di Pasquale de Farmacia, Oscar Smith de Luz y Fuerza. Los secuestros y asesinatos de delegados han sido particularmente graves en metalúrgicos y navales.

14 Prensa Libre, 16-12-76.

Cuatro cartas a Clara Aparicio | Juan Rulfo

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Clara Aparicio y Claudia Rulfo Aparicio

Carta XII

Méx. a fines de febrero de 1947

Mayecita:

Ellos no pueden ver el cielo. Viven sumidos en la sombra; hecha más oscura por el humo. Viven ennegrecidos durante ocho horas por el día o por la noche, constantemente como si no existiera el sol ni nubes en el cielo para que ellos las vean, ni aire limpio para que ellos lo sientan. Siempre así e incansablemente, como si sólo hasta el día de su muerte pensarán descansar.

Te estoy platicando lo que pasa con los obreros de esta fábrica, llena de humo y de olor a hule crudo. Y quieren todavía que unos los vigile, como si fuera poca la vigilancia en los tienen unas máquinas que no conocen la paz de la respiración. Por eso creo que no resistiré mucho tiempo a ser esa especie de capataz que quieren que yo sea. Y sólo el pensamiento de trabajar así me pone triste y amargado. Y sólo el pensamiento de que tú existes me quita esa tristeza y esa fea amargura.

Ahora estoy creyendo que mi corazón es un pequeño globo inflado de orgullo y que es fácil que se desinfle, viendo aquí cosas que no calculaba que existieran. Quizá no te lo pueda explicar, pero más o menos se trata de que aquí en este mundo extraño el hombre es una máquina y la máquina está considerada como hombre.

Pero te estoy contando cosas que nada tienen que ver contigo, y esto no es legal. Tardé hasta ahora en encontrar un sobre para enviarte tus fotografías. Pues en la chamba nos sueltan a las cinco de la tarde y de este lugar, donde vive, muriéndose a cada rato, el muchacho encariñado de ti, queda lejos el centro. Y el centro lo cierran a las cinco. Así es la cosa. Saqué más copias de cada una de las tres fotos que te mando, pero no te envío sino una de cada una por puro miedo a que te sueltes repartiéndolas entre la bola de novios que tienes. Las otras, las que tú escogiste, tal vez pasen algunos días antes de que me las entreguen.

Por otra parte, no me puedo imaginar cómo una niña tan menudita puede HACER UNA LETROTA TAN GRANDE…, al escribir una carta. Eso es hacer trampa.

Sin embargo, tu carta me dio un enorme gusto. Puse las dos manos para recibirla y la leí con mis dos ojos y luego la volví a leer porque hay algo allí que a mi corazón le gusta mucho. Y tú sabes que a este corazón que yo te he regalado hay que darle gusto.

Acuérdate que tú eras quien me daba manzanas y no yo. Acuérdate que fue Eva la que le dio un cachito de manzana al señor Adán y de allí nació esa costumbre que tiene la mujer de dar manzanas.

Yo aquí no he ido al cine. El cine sin ti no sirve. No hay ni siquiera el gusto de llegar tarde y no encontrar asiento. Esos líos eran suaves y casi no más por eso valdría la pena volver allá.

No me ha cambiado de casa todavía, pero creo que lo haré el mes que entra. Buscaré una casa donde haya pájaros  aunque sean como los que tú tienes, que casi ni cantan, ni brincan, por lo viejitos que están, pero que al fin sean pájaros. Yo creo que si tú me gustas tanto es  por eso, porque hay algo de pájaro en ti; pueden ser los ojos o puede ser esa boca paradita tuya, que yo tanto quiero.

No he salido tampoco a ningún lado, aunque estos dos domingos que me he pasado aquí fueron unos días buenos para ir a darle una visitadita al Ajusco o para ir a saludar al Popo, que parece sentirse igual de solo y abandonado que este muchacho atarantado que te quiere querer más de lo que todavía te quiere.

He ido a visitar al tío David y a la tía Teresa; a la tía Julia y a los hijos de la tía Julia, entre los cuales está Venturina, la que ya conoces; al tío Raúl y a la tía Rosa… A todos ellos les he enseñado tus retratos. Me han preguntado que de dónde eres. Y es que no imaginan que aquí, sobre este grande y ancho mundo, pueda nacer y crecer y vivir una cosita así tan fea y tan horripilante como tú. No lo pueden creer y es que han dejado de ser como niños, y dejar de ser como niño es ya no creer en los angelitos de Dios. Eso les pasa.

“Volver a empezar”. Cuánto me gustaría estar allá, y volver a empezar de nuevo a conocerte y a vivir allí, pero sin miedo, sin dificultades ni ningún temor de perderte.

Y es que aquí la vida no es nada blandita. Es como si de nueva cuenta también estuviera uno comenzando a vivir. A veces me imagino que desde que llegué a esta ciudad he estado enfermo y que no me aliviaré ya jamás. Y me siento como si me arrastrara la corriente de un río, como si me empujaran, como si no me dejaran ver hacia atrás.

Sabes, Chachinita, yo pensaba zafarme de la Goodrich. El puro pensamiento me hizo sentirme más tranquilo; pero han hecho las cosas de tal modo que me resulta imposible hacerlo. Me tienen como rodeado por una cadena de parientes, cada vez más, y como si sólo todo su trabajo consistiera en ocuparse de mí. Y ahora sé qué antes no me gustaba pedir favores, y es que no me gusta aceptarlos.

A veces quisiera que todos ellos me dejaran en paz, que no me hicieran  sentir la confianza de que en cualquier momento me ayudarían. Que me dieran a entender que no contara con ellos. Así me dejarían solo. Quizá yo solo, sin atenerme a ninguno, sabría ya lo que tendría qué hacer. Y tal vez, únicamente con tu ayuda, tal vez, encuentre el camino que me permita hacer lo que debo hacer.

Después de mi madre, a la única persona a la que tengo que agradecer lo que ha hecho por mí, es a ti. No quiero tener a nadie más a quien agradecerle nada. Me siento mejor de ese modo, sabiendo que no debo favores. Me siento menos miserable y menos desesperado, conociendo que no tengo que contentar a mucha gente. Éste es mi modo de pensar, muchachita grande. Pero la realidad es distinta. Es dura y lo hace a uno sentir su dureza y conformarse, si uno quiere volverse loco tratando de encontrarle una salida.

Lo que te estoy explicando es el ambiente en que vivo desde que entré en la fábrica. Nunca había yo visto tanta miseria junta; tanta fuerza unida para acabar con el sentido humano del hombre; para hacerle ver que los ideales salen sobrando, que los pensamientos y el amor son cosas extrañas. Por esa razón te pedía yo consuelo, pues eres la única que puede dármelo, para sentirme más conforme; para dejar de rebelarme contra todo lo que se opone a mí mismo. Yo te pedí ayuda una vez y ahora la necesito, pues estamos luchando por los dos, para hacernos nuestro propio mundo, el que yo sé que existe, porque ya he vivido en él. Un mundo donde no infunda uno temor a nadie ni se haga uno odioso. Y eso tú y yo lo podemos hacer.

Esta carta es hija de un coraje muy grande que me hicieron pasar ahora. Más tarde te contaré en qué consistió ese coraje. Pero lo que me hizo sentir es lo que te cuento. Y mi conclusión es que uno debe vivir en el lugar donde se encuentre uno más a gusto. La vida es corta y estamos mucho tiempo enterrados.

Espero que me regañes por escribirte quejidos en lugar de hablarte del amorque te tengo, pero es que la forma como me siento tenía que decírsela a alguien. Y tú naciste para que yo me confesara contigo. Quizá más tarde te cuente hasta mis pecados.

Ojalá estés bien y tan bonita como ninguna (iba a decir: como siempre, pero me acordé de que a veces te pones fea, por ejemplo cuando me regañas). Y que todos en tu casa etc., etc.

Tú cariñito santo, recibe todo el amor del que mucho te quiere y del que espera quererte más, y un abrazo enorme y lleno de ternura y muchos besos, muchos de quien te amará siempre.

Juan

P.D. Esta carta no te la iba a mandar por lo triste que está. Pero debido a que otras dos que había hecho también eran igual de tristes, opté, para no tardar más en escribirte, por enviártela tal como estaba. Te recomiendo no me hagas mucho caso, pues soy muy amante de quejarme.

Tu muchacho.

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Cara LXXXIII

México. D. F. 16 de Dic. 1950

Madre, madrecita chula:

He sabido ya lo que hiciste, la enorme travesura que hiciste. Has traído un hijo nuevo al mundo. Alguien que te cuidará cuando ya no puedas con la vida. Me cuentan que nació muy grande, y yo me imagino cómo te has de ver hermosa junio a él, abrazada a él, fuertemente, como si estuvieras abrazando con todas tus fuerzas tu esperanza.

Me dio mucho gusto saber que habías salido bien de tus apuros y que estabas bien y, creo, muy feliz. Me dio gusto, chechinita mía, que estuvieras bien —tenía mucho pendiente—; pero ahora me he llenado de gusto por ti y por él, porque Dios te ayudó y te tuvo en sus manos por algunos mamemos para que las cosas caminaran por el buen camino. Ahora sé que Él te protegerá siempre, porque eres la hija preferida de Él y la muy amada y querida Clara. ¿Ya ves lo que resulta por andar comiendo cacahuates? Yo te decía que no anduvieras con los cacahuates y mira, ahora tienes ahí el resultado.

Me da no sé qué no conocer todavía a mi hijo. Hasta ahora es como si soIo fuera un cuento que me contararon para hacerme dormir tanqurilo. Pero tú, pequeñita y todo, tienes tu

Criatura y él tiene una hermanita tan traviesa como su madre y tiene papá y la mamá más hermosa que haya tenido hijo alguno de mujer en esta tierra.

Ahora sé por qué te fuiste a Guadalajara para que naciera. Querías que fuera de Jalisco, tequilero, para que de grande salga muy macho y muy borracho. Ahora lo Sé.

Sin embargo, no me he cansado de darle gracias a Dios, porque le sacó con bien y porque toda tu estás enterita y quizás mucho más nueva que hace nueve años que fue cuando te vi por primera vez.

Mira, amor, ¿qué le podría decir yo? Esta carta debería ir sin palabras. Sólo llena de besos y del gran cariño que te tengo. Molerte a besos en el gran molino de mi corazón, que tú has hecho tuyo, y poner mi alma desdoblada como una sábana para que tú envuelvas en ella a toda tu familia.

Fíjate, ahora ya somos cuatro y antes era yo solo y muy metido en medio de la noche. Tú has traído gente a esta casa. Primero tú y luego esas visitas de tu hija y tu hijo, y has hecho que le quieran y así has aumentado el amor a tu alrededor de todos los que ya antes te queríamos.

Clara Aparicio, amorcito de Dios, iré a verte pronto; ése mi consuelo. Pues no dejo de extrañarte ni un momento, ni dejo de quererte ni un momento.

Claudia, tu otra travesura, ha de seguir igual de insoportable y, quién sabe, se va a volver loca al ver a su hermano, y va a querer meterle la mano en sus ojos y hacer diablura y media. Eso me imagino.

Ya te envié tus centavos. No dejare de salir de aquí en cuanto me suelten, pues todos mis pensamientos son los de estar ya allá con ustedes y poderlos ver.

Rosa Phelan y la Yeya y todos los que aquí conoces te mandan muchos saludos y muchas felicitaciones.

Salúdame a los compadres, dándoles mis agradecimientos por todo. Asimismo al matrimonio Baigén y  a los cuñados.

Tu recibe un abrazo infinito de tu Juanucho y muchos, pero muchos besos de este muchacho para ti y para nuestros hijos.

Te adora con toda el alma

Juan

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Carta XXVIII

México, D.F. a 14 de julio de 1947

Querida mujercita:

Cada que veo tu nombre en alguna parte, me sucede algo aquí, en el lugar por donde uno tiene la costumbre de pasar la comida, y al que algunos, casi todos, llaman gorgüello. El otro día lo vi, por la noche, en un edificio de apartamentos. Se prendía y se apagaba y era de una luz blanca muy fuerte. Clara -pum, se apagaba- Clara -pam, se prendía-. Seguramente el ”Santa” está descompuesto, pues el letrero completo debía decir ”Santa Clara”, pero sólo relumbraba el Clara… Clara… Cada vez igual a la respiración de uno. Estando allí, me llené de recuerdos tuyos y me senté un rato sobre un pradito para mirar a gusto aquel nombre tan querido de esa criatura tan aborrecida y fea.

Así anda el mundo.

Las cosas de la lotería andan de otro modo.

Yo quería darte la sorpresa de que me había hecho rico y nada. Me quedé mudo ese día al ver cuánta es mi mala suerte para eso de las monis. Y aunque siempre he tenido mala suerte, no creía que fuera tanta. Te voy a ir contando despacio cómo estuvo.

Tú ya sabes cómo soy yo de despilfarrador, cómo ando por aquí y por allá comprando cuanto libro o papel encuentro. Y me pasa siempre lo mismo; cada día peor y todavía peor para gastar la lana en cosas inútiles. Bueno, pues ahí tienes que de un día para otro me llegó el remordimiento y dije que iba a ahorrar lo más que pudiera. Me puse a hacerlo, primero con muchos trabajos y después un poco mejor. Pasaba por las librerías y cerraba los ojos. (No sé por qué, pero siempre por donde yo ando, camino o vagabundeo, encuentro librerías). En lo que nunca me fijo es en las zapaterías, camiserías o donde quiera que vendan trapos de esos que la gente usa para vestirse.

Ahorré un poquito, no mucho. Y como siempre me sucede, ese dinero me estaba quemando las bolsas. Entonces fui y lo guardé en un banco que está cerca de la compañía. Allí lo dejé y pensé no acordarme más de él. Veía muchas cosas que quería comprar (libros), pero me hacía el disimulado y me aguantaba. Yo les decía a mis ojos que vieran para otro lado; que aquello, lo que fuera, estaba más interesante. Sin embargo, por las noches, mi conciencia veía libros y revistas llenas de fotografías y no me dejaba en paz.

Una noche en que estaba piense y piense se me ocurrió que si yo compraba unos diez billetes de la lotería podría atinarle de algún modo. Antes había comprado uno o dos cuando más, pero diez al mismo tiempo era distinto. Fue entonces cuando se me metió lo loco y saqué el dinero y lo cambié por billetes enteros del uno al cero. Gastar o no gastar, me decía mi tía Lola. Esto fue hace unos doce días.

No me dio coraje saber al día siguiente que no me había sacado nada. No, ni siquiera me dolió haber tirado así tantos aguantes. De un billete me devolvieron lo que me había costado, pero los otros nueve no tuvieron esa suerte. Así estuvo. Con todo, me sentí mejor, más tranquilo, y sé que con eso me quisieron decir que me pusiera a trabajar con más ganas.

Ese es el cuento. Pero en el fondo hay otra cosa. En el fondo de todo eso hay, yo creo, el querer resolver pronto la situación. El querer que las cosas se aclaren y no haya dificultad ninguna para sentir que uno puede hacer lo que necesita hacer, sin estar esperanzado a lo que pueda suceder o no el día de mañana.

Sin embargo, a veces, cuando uno se da cuenta de muchas cosas -de la riqueza de los ricos y de la miseria de los pobres- y comienza uno a pensar en que hay algo injusto, con todo, yo he llegado a considerar que en uno está el intentar ser de un modo o de otro. Pues yo jamás (hasta ahora) he deseado querer ser dueño de muchas cosas. Antes al contrario, un instinto oscuro me ha ido retirando cada vez más del interés por el dinero. Aunque quizá se deba a que nunca me ha hecho falta nada. No sé cómo, pero ese Dios tuyo y mío me ha protegido siempre, aunque, al igual que a ti, no creo merecerlo.

Pero ahora me ha llegado esa necesidad de un modo desesperado. No por mí mismo, sino por algo que es más valioso para mí que este cuerpo flaco que yo tengo; algo a quien ama mi alma y por lo cual quisiera quitar todas las piedras de este camino mío tan pedregoso.

A veces, chachinita, se me va formando dentro de mí un sentimiento de derrota, al ver cuán lejos estoy de lo que quiero y de las fallas de mi voluntad. Pero me acuerdo de ti y eso me ayuda, y de un estado de ánimo de lo más negro paso a sentirme muy contento al ver que hay alguien mucho mejor que yo que lo merece todo y que tal vez piensa que yo estoy haciendo bien las cosas y, por eso nomás, vuelvo a ver en cualquier parte pura bondad y una sana esperanza.

Prometí que ya no iba a comenzar con mis quejidos, pero tú eres mi única amiga y estoy solo, y no estás más que tú allí al otro lado, enfrente de mi corazón, y eres la única gentecita a quien él puede enseñarle sus pecados sin que se avergüence.

Y volviendo a otra cosa, quiero platicarte lo que ya sabías y es que no he encontrado casa todavía. Tal vez, algún día de estos, baje la cabeza y recurra al tío David para que me rente la que él tiene. Mi tía Rosa, de la que quizás no te he llegado a hablar, me dio ese consejo. Me dijo que si yo quería traer a mi familia (mi familia eres tú solita) debía de ser un poco práctico y me debía dejar de tantos idealismos. Me dijo también que él tenía mucho dinero y que no le haría ningún daño rentarme en la mitad de lo que renta el departamento (si no quería yo aceptar que me lo dejara sin pagarle nada) y que a mí, por el contrario, me beneficiaría mucho.

Eso yo lo sé, pues me he dado cuenta de que aquí la mayoría de la gente trabaja casi exclusivamente para pagar la renta de la casa donde vive. Así que sería de mucha ayuda conseguir ese endiablado departamento. Y, por lo pronto, no me moveré de aquí, a pesar de las cucarachas, hasta no ir a dar a la casa donde iría a vivir en definitiva. Además, existe la ventaja de que, de llegar a arreglar eso, casi se podría considerar como si uno viviera en algo propio y no tener que andar cambiando de casa por una o por muchas circunstancias.

Ahora lo que voy a hacer es ir a visitar a don David más seguido, hasta que me diga hijo otra vez, pues cuando estamos medio distanciados él y yo ni siquiera me habla (no sabe hablar). Y cuando lo tengo contento entonces me dice hijo, que es como les dicen todos los tíos a los sobrinos cuando los ven chiquitos. Y la razón por la cual no voy a verlo casi nunca ya la sabes tú, y es que no me gusta hacer visitas. Por otra parte, cuantas veces he ido, allí estaba Cantinflas con él y sólo se les va en hablar de toros y de caballos y de motocicletas y de otras muchas cosas que yo no oigo porque me pongo a leer el periódico.

Bueno, voy a estudiar la mejor forma de arreglar este asunto y te avisaré enseguida del resultado.

Oye, chachinita, ¿no crees que este periódico-carta va resultando muy enfadoso?

Y sin embargo, quisiera platicarte tantas cosas que no acabaría nunca. Quisiera contarte cada sube y baja de mis pensamientos acerca de ti y acerca de todo lo que hago y trato de hacer. Quisiera escribirte largas cartas de cuanto me pasa. Ya sea de cuando estoy triste o de cuando estoy contento. Pero no se puede; necesitaría estar cerca de ti, y mirándome en tus ojos para hacerlo. Y de ese modo nunca me haría falta el tiempo.

Me da gusto saber que, ahora sí, todos están buenos en tu casa.

En cuanto a la fotografía de este sujeto, no la has recibido porque no estoy de acuerdo todavía con ella en que así soy. El retratero tal vez se equivocó y me dio la fotografía de otro tipo. Lo que hay en esto es que no está bien; es decir, que no me gusta para que tenga el honor de estar junto a la tuya. Iré de nuevo a que me retraten, y si ya está que vuelvo a salir como monigote de circo entonces ni modo: te mandaré todas juntas para que tú escojas cuál quieres. La cosa es que retocan mucho las fotos y acaba uno por salir muy distinto de cómo uno cree que es.

De cualquier modo, esta semana tendrás la fotografía salga como saliere. Espérate un ratito nada más.

Cariñito:

No creo que me quieras más que yo a ti. No puede ser. No, no puede ser, amorosa muchachita. Dulce y tierna y adorada Clara. Yo lloro, sabes, lloro a veces por tu amor. Y beso pedacito a pedazo cada parte de tu cara y nunca acabo de quererte. Nunca acabaré de quererte, mayecita.

Juan, el tuyo.

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Carta I

Desde que te conozco, hay un eco en cada rama que repite tu nombre; en las ramas altas, lejanas; en las ramas que están junto a nosotros, se oye.

Se oye como si despertáramos de un sueño en el alba.

Se respira en las hojas, se mueve como se mueven las gotas del agua.

Clara: corazón, rosa, amor…

Junto a tu nombre el dolor es una cosa extraña.

Es una cosa que nos mira y se va, como se va la sangre de una herida; como se va la muerte de la vida.

Y la vida se llena con tu nombre: Clara, claridad esclarecida.

Yo pondría mi corazón entre tus manos sin que él se rebelara.

No tendría ni así de miedo, porque sabría quién lo tomaba.

Y un corazón que sabe y que presiente cuál es la mano amiga, manejada por otro corazón, no teme nada.

¿Y qué mejor amparo tendría él, que esas tus manos, Clara?

He aprendido a decir tu nombre mientras duermo. Lo he aprendido a decir entre la noche iluminada.

Lo han aprendido ya el árbol y la tarde…

y el viento lo ha llevado hasta los montes y lo ha puesto en las espigas de los trigales. Y lo murmura el río…

Clara:

Hoy he sembrado un hueso de durazno en tu nombre.

Guadalajara. 10/44

juan rulfo

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Vidala para mi sombra | Julio Espinoza

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Ricardo Moyano y Juan Falú

A veces sigo a mi sombra,
a veces viene detrás,
pobrecita si me muero
con quién va a andar.

No es que se vuelque mi vino,
lo derramo de intención.
Mi sombra bebe y la vida
es de los dos.

Achatadita y callada
dónde podrás encontrar,
una sombra compañera
que sufra igual.

Sombrita cuídame mucho
lo que tenga que dejar,
cuando me moje hasta adentro
la oscuridad.

A veces sigo a mi sombra,
a veces viene detrás,
pobrecita si me muero
con quién va a andar.

Picá para escuchar a Juan Falú y Ricardo Moyano interpretando Vidala para mi sombra

«El aceite», «El trapo», «El martillo» | Fabio Morábito

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Fabio Morábito

El aceite

El aceite es un agua que ha perdido el ímpetu y el descaro de la ida, y ahora, agotadas todas las rutas, se descubre pisando tierras que pisó en el pasado. Es un agua que ha dado la vuelta al mundo. Está de sobra. Ya no tiene los mismos derechos sobre el suelo y debe hacerse a un lado ante flujos más jóvenes y reales. Es un agua de lujo, que de tanto fluir se ha vuelto pesada de experiencia, quizá maligna. Es como si tuviera otra agua a su servicio; de ahí su suntuosidad, no ajena a la postración, pues donde hay suntuosidad, hay siempre alguien amarrado y de rodillas.

El aceite es pues un agua que necesita apoyarse en otra (una mano sobre otra mano, he ahí el principio del aceite), y esa invalidez lo hace inquietante. Es un agua con arena, un agua que en algún recodo se distrajo, aminoró su marcha y ya no pudo sacudirse la arena de encima, así que dijo adiós a la espuma, se recogió en sí misma, taciturna. llena de arena. Es un agua débil de rodillas.

Incapaz ya de correr, de desprenderse instintivamente de los peligros, de pisar cálidamente cada piedra, de tener una dicción clara, el aceite se ha hecho respingoso, calculador y sedentario. Después de agotar todas las rutas se ha vuelto reflexivo; rumia y se desplaza como el que vuelve a su terruño, con cautela, y más que caminar, ocupa y toma posesión; todo el que se adueña de algo lo hace volviendo sobre sus pasos y el aceite está de regreso; es un agua de predación. Mientras las aguas jóvenes riegan desinteresadamente la tierra, los aceites se remontan, ambicionan; son aguas de subida; su arenosidad les permite trepar sin esfuerzo, aunque lentamente; sin los aceites, de hecho, el mundo carecería de sorpresas, sería un mundo en perpetua bajada, tiranizado por la gravedad, de llanura desmedida.

A la larga, ese mundo se volvería geométrico. El aceite no tiene este inconveniente porque es antidoctrinario. Lo demuestra su caminar cauteloso, por tanteo. Es un agua desilusionada. Forma alrededor de las cosas una turbación que las salva de restregarse brutalmente con el mundo; las encierra en una hipnosis; así funciona la lubricación: cada pieza lubricada se desentiende sutilmente de las otras, gana autonomía, recupera dentro del mecanismo general, así sea ilusoriamente. la cadencia de la propia voluntad. El aceite, de hecho, resalta el temple individual, es comprensivo y auditivo. Ahí donde el agua, distraída y simplona, pasa de frente, él, que viene de regreso, cargado de trucos, se detiene y asimila; no desecha nada ni saca conclusiones, pero discierne, imprime un rostro y una edad en lo que toca. Toda cosa aceitada tiene un nombre.

Sin el aceite, pues, no habría cultura, ni comercio, ni transporte. Es un agua de carga. Gracias a él, el mundo es variado y las cosas intercambian posturas y lugares y se abren a usos insospechados. El aceite, por decirlo así, actúa por mayordomía, es el puente o el colchón que hace posible un contacto afable entre las cosas; oficializa las relaciones y les otorga un sello perdurable. Es lenitivo: empuja sutilmente, vuelve locuaz, reanima, civiliza. Sin aceites estaríamos sujetos al eterno claustro del agua y lo salvaje; la perversión y la esperanza nos estarían vedadas y viviríamos sin engaños, pero pobremente. El agua busca cauces y siempre los encuentra, ama el orden y la repetición; el aceite, con una o dos velocidades de menos, tiene multitud de ojos, y eso lo lleva a desbordarse, a no excluir. Es comunitario, inventivo. Mientras el agua dirime pleitos y da a cada cual lo suyo, el aceite revuelve utópicamente (toda revoltura tiene algo de utópico) y ensaya especies y esfuerzos. Es muscular y circense.

Obra por letanía; el aceite que cubre un determinado material, que lo lubrica (un tubo o lo que sea), lo está sutilmente repitiendo, como un eco; lo prolonga milimétricamente para quitarle su garra y relajarlo; los materiales aceitados entran en colisión casi conmovidos; la cortina de aceite funge como un fuego evangelizador y las fricciones paniculares pierden nitidez, prevalece la animación general, el bombeo que vitaliza el conjunto, las piezas entran en un estado de sopor, de conmoción. De humildad, y olvidan sus virtudes propia s conforme se entregan a ese material principal que es el contacto recíproco. El aceite es pues un mensajero velocísimo que no deja a nadie desinformado ni des orientado; su obra maestra, es más, toda su razón de ser, son el abrazo, la mixtura, la cocción, la redondez lograda, pues así como el agua tiende a un mar, el aceite, por los caminos que sea, tiende a un caldo, a una comunión.

 

El trapo

El trapo también generaliza. Nada de finezas con él. Nada de que yo pensé, creí, me dijeron, que esto y lo otro. ¡Al diablo! Es lo que exclama siempre el trapo: ¡Al diablo! No se anda por las ramas. Borrón y cuenta nueva. ¿Qué haríamos sin el trapo? Nos sofocarían nuestras escorias. Para salvarnos tendríamos que desplazamos, dedicamos al nomadismo. El trapo, en cambio, ayuda a establecemos. Es el pequeño viento del hogar que aligera la casa. El brillo que deja en lo que toca es parte del brillo del primer asentamiento, del primer encantamiento. Levanta toda la negligencia reunida, es el silencioso e incansable reedificador del primer día. Cada trapeada dice: “¿Se acuerdan?” Trabaja por absorción, por frotación, por reunión, por empuje, por simple asimiento. Cada trapeada realza lo sustancial y pone en su debido lugar lo secundario y adjetivo. El trapo ama, venera los nombres. Es el perro guardián de los títulos; todo lo que es atributo, efecto, emanación, transpiración, lo saca de quicio, le parece una gran pérdida de tiempo; es más, le parece el tiempo, que es lo que aborrece sobre todas las cosas. Es parmenidiano. Ama el ser fijo, el ser esencial. Cada trapeada, si pudiera, excavaría un foso en torno a cada cosa, la dejaría más alta Y más visible, más ella misma. Es la pasión del trapo: aislar, desbrozar, dejar más erguido. En suma, volver a nombrar. Pues el trapo tiene capacidad de asombro, de estar como si acabara de aparecer. Es el extranjero de la casa, el enviado de un mundo servicial que carga con el polvo y la basura del nuestro. Pero ese mundo no es otro planeta” es el fuego. el fuego que es siempre otro mundo, extranjero, lejano, mágico. El trapo es un subordinado del fuego; es un fuego a la mano, es una de las pequeñas divinidades del fuego. Es un fuego aplicado.

Como el fuego, obra por cerco, por sofocación. Desmantela entornos, corta vecinazgos y ligaduras, deja en asedio, a secas, sin aire; deja todo carente de procedencias, en condición de epitafio; hace pues subrayados, de ahí su movimiento pendular, de ida y vuelta. Pone en cursivas, como el fuego, sin crear nada. Es más,  para el trapo hay demasiado creado, demasiada paja y repetición; si por éI fuera, el mundo se reduciría a bien pocas cosas, pero todas espIendentes y memorables; el mundo como un amplio museo de pisos lustrosos.

El trapo, pues, ama los orígenes. Cada trapeada es de hecho una inmersión en el origen. Y puesto que el origen se aleja, el trapo se ve obligado a frotar y frotar, atravesando más capas para recuperar la cosa original, la cosa como es. Trapear es remontarse. El trapo no conoce el adelante, sólo progresa en el pasado. Cuando trapeamos detenemos el mundo para inclinamos sobre nuestras posesiones y fijarlas nuevamente en su sitio, para rebautizarlas. “¡Fuera los otros!”, exclama el trapo.

Todo lo que recubre el origen, que lo embadurna, desata su acaloramiento; pues una vez que entra en acción, el trapo es furia, pillaje, bandolerismo. Trabaja por nubarrones, mil órdenes lo embeben, es un caldo de órdenes. Imaginemos a muchos hombres apostados sobre unos riscos; a una señal se echan al mar zambulléndose cada uno sobre los calcañares del vecino, en la misma espuma, como guijarros tirados por una mano. Así funciona el trapo, por alarma, por deslave costero, por manotazo invernal. Sin el concepto de costa el trapo no existiría; de haber puras superficies continuas bastaría con escobas y recogedores; en cambio el trapo existe porque existe lo trunco y esquinado del mundo.

Su movimiento entrecortado, pendular, asmático, se adecua a esa provincianidad y regionalismo pululantes. Se le encomiendan siempre brillos específicos. Esplendores locales y diminutos. Lo demás no es de su incumbencia; y es por ahí, por los costados, donde descarga su ira. Puede decirse incluso que el trapo, puesto que las cosas tienen esquinas y bordes, no resuelve ningún problema, sólo los posterga o los encomienda a otros. De ahí ese sentimiento de fatuidad que nos produce ver a alguien trapeando. ¡El polvo no se acaba, sólo se despeña!, quisiéramos gritar. Y sin embargo, cuando el trapeo ha terminado, nos sentimos mejor. Sentimos que es justo que todo se haya desmoronado por los márgenes con tal de que la faz de lo que nos rodea relumbre plenamente. Porque somos sentimentales. Y a media altura, en el corazón de las cosas, ahí donde el trapo se ha sumergido, sentimos que el fuego del primer día, el que nos da un hogar, se sostiene más puro y a sus anchas.

 

El martillo

Es la herramienta más fácil, y la más profunda. Ninguna otra nos llena la mano tanto como ella, ninguna otra nos inspira el mismo grado de adhesión al trabajo y de aceptación de la tarea. Con un martillo en la mano nuestro cuerpo adquiere su tensión justa, una tensión clásica. Toda estatua debería tener un martillo, visible o invisible, como un segundo corazón o un contrapeso que diera la gravedad debida a los miembros del cuerpo. Cargando un martillo nos volvemos más rotundos y más íntegros; es el aditamento perfecto para la permanencia.

Encajado en la mano, obtuso, ciclópeo, infantil, con su peso y su tacto nos devuelve toda la frescura del utensilio, de la grata extensión del cuerpo, del esfuerzo encauzado sin desperdicios ni frustraciones. ¡Cabal martillo! ¡Hermane voluntarioso! Pocas cosas tan frontales como él. Actúa por ilíada, es bilioso, capruno, aquíleo. El zumo de la ira se ha reunido en el extremo de un mango de madera, ahí se ha dejado fermentar y endurecer; así es como surgen los martillos: por goteo lento de cólera, hasta que se forma una costra al final del mango, una amalgama de iracundia; se talla y se pule y listo.

Pasividad y prepotencia coexisten, así, en el martillo. De hecho, el martillo obra por sorpresa, por sorpresa desagradable, y su contundencia se debe no tanto a su fuerza como a su laconismo; no afirma, espeta. Toda la cólera del martillo, absorbida lentamente por el mango y lentamente fermentada, lentamente asumida, se expresa en un trino agudo. No hay tiempo para más. Parecería que el hombre que martilla reúne en la cabeza del martillo lo mejor de sí mismo y de su ascendencia. Él, como individuo panicular, está representado por el mango, que determina la voluntad y la orientación del golpe, pero el impacto propiamente dicho se debe enteramente a su pasado, grávido de muertos. Una multitud de muertos se agruma en cada martillazo, los muertos de uno, todo aquello que se ha resecado antes de uno, todo lo duro que lo precede a uno, y con esa dureza uno golpea, con todos sus muertos, que para eso sirven al fin los muertos, para ser la dureza de los vivos, para ser su punzón y su coraza. Un vivo sin muertos, sin estirpe, un vivo a secas, no sobrevive.

Por eso el martillo no dice nada que no haya dicho con anterioridad, ninguna emoción nueva altera su timbre: los muertos evocan siempre lo mismo, y lo que evocan se debilita con el tiempo, grandes zonas del recuerdo se desmoronan, se recurre a cada vez menos palabras, por último todo se reduce a una sola sílaba dura y obstinada.

Cada muerto, a medida que más muertos llegan al reino de los muertos, pierde definición y su voz se rezaga hasta ser borrada por las otras. Cada martillazo es eso, un magma de voces que han quedado reducidas a una sola sílaba; cada martillazo hace aflorar capas profundísimas, a menudo casi inertes, a un punto de la piedra, cuyos únicos vínculos con el aquí y el ahora se han reducido a cienos sueños, a cienos estallidos profundos de la conciencia, a cienos martillazos.

Por eso los martillazos de un hombre son profundamente distintos de los martillazos de otro: aglutinan pasados propios e intraducibles que tal vez en algún punto, en lo más lejano, se tocan, hasta se mezclan, pero permanecen distintos; sólo un aparato sensibilísimo podría descomponer esos simples choques en todos sus estratos de voces perdidas en el tiempo. Pero sería un aparato infernal. Oiríamos a la turba de nuestros muertos uno por uno, en un remolino aterrador. Y a los muertos hay que juntarlos y confundirlos para que no nos asusten, para que nos dejen vivir, hay que amalgamarlos, apretujarlos, borrar sus facciones y sus voces; que persistan únicamente como conjunto, como lejana barrera, como penumbra. Por eso se inventó el martillo, el unitario: nos liga de un golpe a nuestros muertos y al mismo tiempo los hunde en su pasado y los entierra, los quita de en medio: hablando con ellos a través del martillo nos liberamos de ellos. Avanzamos hacia adelante: el martillo aplana, abre cancha, somete brotes, empareja el camino, tiende hacia el futuro. Es pura proa. Pero como toda proa, deja tras de sí una larga estela, un coro de voces que son nuestros muertos, que resuenan en cada martillazo. Avanzar hacia adelante es avanzar hacia ellos. En cada martillazo se tocan y se confunden el adelante y el atrás, el porvenir y el pasado, nuestra libertad y nuestro origen. En cada martillazo quedamos clavados en el suelo, redefinidos de una sola llamarada como las estatuas. ni del todo vivos ni presentes, ligeramente clásicos y perpetuos.

Sobre PLATONOV de A. Chéjov | por Abelardo Castillo

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Antón Chéjov y Olga Knipper

La traducción castellana de esta obra “desconocida” de Chéjov, Platonov o la pieza sin nombre [Universidad Andrés Bello], propone varias sorpresas, que paso a enumerar. No es en absoluto una pieza desconocida: es el vasto original que, adaptado para el cine como Pieza inconclusa para piano mecánico, filmara hace unos años Nikita Mijalkov. Lo que de hecho la convierte, para quienes nunca han leído a Chejov ni han visto una obra suya, en el texto más conocido del autor ruso, e, incluso, en el único conocido. Platonov, además, siempre tuvo nombre: Galina Tolmacheva la cita al pasar en su prólogo al Teatro completo de Chejov como Sin padres; y Olga Ulianova, su reciente traductora, afirma que en sus orígenes se llamaba Orfandad. Y aún otras dos sorpresas, para quienes la leemos por primera vez: es, quizá, la obra más notable del autor de El jardín de los cerezos, y, por si eso fuera poco, fue escrita cuando Chejov tenía entre dieciocho y veintiún años.
Esta pieza monstruosa, irrepresentable por su complejidad y extensión, aunque también ha sido puesta en escena (en Rusia, seguramente con inevitables cortes) abarca más de doscientas páginas y no es en absoluto un texto inconcluso. Está perfectamente terminada en sus cuatro actos. Sus veintitantos personajes, además, cifran todos los temas que obsesionarían a Chéjov en su breve carrera de dramaturgo y nos hacen sospechar que, de no haber sido vehementemente incomprendida por los directores y actores de su tiempo, habría bastado para revolucionar el teatro contemporáneo con unos cincuenta años de anticipación. También es lícito pensar que, sin este desdén por Platonov y sin el fracaso abrumador que tuvo la primera puesta en escena de La gaviota, Chejov sólo se habría dedicado a escribir teatro. Lo que de algún modo nos hace agradecer las virtudes paradojales del fracaso: de haber triunfado el Chejov dramaturgo, a los veinte años, tal vez hoy no tendríamos narraciones como “La dama del perrito”, “El fósforo sueco”, “La estepa”, “La sala número seis” o el Retrato de un desconocido.
Para Tolstoi sólo existían tres escritores en la literatura francesa: Stendhal, Balzac y Flaubert. “Agreguemos a Maupassant”, concedía a desgano. Y agregaba: “Pero Chejov es mejor”. Desde entonces no es raro que se considere a Chejov como uno de los de los mayores escritores de Rusia e, incluso, como el primer cuentista en cualquier lengua. Lo que suele ignorarse es que este hombre nunca se vio a sí mismo como un buen escritor sino como un buen médico y, puesto que no tenía más remedio que escribir, sólo deseaba ser autor de teatro. La relación de Chejov con el teatro es un malentendido perpetuo, una tragicomedia chejoviana. El propio Tolstoi, que lo admiraba por encima de Dostoievski y del resto de los escritores rusos, decía de Tres hermanas: “No comprendo las piezas de Chéjov, a quien aprecio mucho como narrador. ¿Qué necesidad de presentar en el escenario cómo se aburren tres señoritas? De eso mismo resultaría una linda novela corta y, seguramente, él lo haría muy bien”. Stanislavski, semidiós inapelable de la escena rusa, al leer una de sus obras se limitó a enfurecerse: “¡Esto es imposible de representar!”. Chejov mismo se disculpaba de su teatro con mansa perplejidad: “Me salen no sé qué cosas raras” (palabras que también hubiera podido escribir Kafka). Su pieza Ivanov fue bautizada “Estupidov” en Rusia, y el clamoroso fracaso de La gaviota lo llevó a decir, en una carta: “He aquí la moraleja: no hay que escribir obras teatrales. Nunca jamás las escribiré ni las haré representar, así viva setecientos años”. También solía afirmar que, dada su mala suerte con el teatro, si se casara con una actriz seguramente ella pariría un puercoespín. Por supuesto, Chejov era tan imprevisible como sus personajes y se casó con una actriz, Olga Knipper. Escribió para ella El jardín de los cerezos, puercoespín de representación obligada desde hace cien años por todos los grandes teatros del mundo. Fue su gran éxito, pero le llegó unos meses antes de la muerte. Lo último que escribió Chejov fue una obra teatral, la más conocida. Lo primero también fue una pieza de teatro: la más olvidada y secreta. Entre ésta y aquélla hay enormes similitudes formales y temáticas. Los mismos hacendados al borde la ruina, las mismas conversaciones disparatadas, igual tristeza y pesimismo y humor, la misma aparente incoherencia de los diálogos, la misma ambigüedad de género. Chéjov insistía que El jardín era una comedia, incluso una farsa. Stanislavski, que lloró al leerla, sostenía que era un drama y hasta una tragedia. La explicación de esta discordia, que aun hoy gravita sobre su teatro, me parece muy sencilla: toda la obra de Chejov es simultáneamente las dos cosas. Chéjov estaba inventando sin saberlo algo que hasta allí no podía existir: un teatro absurdo a fuerza de ser real; un teatro patético, irresistiblemente cómico. Su única teoría estética era que sus personajes no debían ser actuados, sino vividos, sencillamente porque la verdadera vida es así: lo que más hace la gente es comer y hablar tonterías; no anda declarando su amor todo el tiempo o cortándose el pescuezo. Dicho con sus propias palabras: “Es preciso hacer una obra donde la gente entre y salga, coma y hable del tiempo, juegue a los naipes, que todo sea tan complicado y al mismo tiempo tan sencillo como en la vida. La gente come, no hace otra cosa que comer, pero mientras tanto va forjando su destino dichoso o destruyendo su vida”.
Para comprender el sentido de este teatro hay que pensar, acaso, en ciertas obras de Beckett o de Pinter, incluso en ciertas situaciones del cine de Fassbinder o David Lynch. Toda la primera escena realista de Platonov –una partida de ajedrez en la que mayormente se habla de comida- es teatro del absurdo, sólo que imaginado cuando nadie podía comprenderlo. Si la pieza que Mijalkov adaptó libremente para el cine se llama “inconclusa” no es porque el texto original esté incompleto, sino porque, esencialmente, falta allí el desenlace que escribió Chéjov. La culminación de Platonov es tan sorprendente que, para tener una idea aproximada de su dificultad estética, habría que imaginar una obra empezada a escribir por Ionesco y acabada por O’Neill y Dostoievski. Cuando Platonov es baleado en escena por Sofía, una de sus amantes (tiene por lo menos cuatro: es una especie de Don Juan a su pesar; no termina nunca de explicarse por qué lo aman las mujeres; tampoco lo saben ellas ni los demás personajes, como más o menos pasa en la vida: las cosas sencillamente son así), el primer tiro no le acierta, el segundo sí. Gritos, llanto. Entra su cuñado, que es médico. Lo ausculta en suelo. Pide desesperadamente agua, y se la traen. Uno espera que se la dé al agonizante, quien por otra parte estaba enfebrecido y sediento desde la escena anterior. No: el médico se toma el agua y tira el jarro. Y Platonov muere. ¿Cómo se monta esto? ¿Es trágico? ¿Es cómico? Es así. Éstas son justamente las cosas que hace la gente en la vida real, diría Chejov.
Anton Chéjov aprendió la irresistible fuerza de la vida humana, y su absurdo, entre sus enfermos terminales. Escribe en una carta: “Me acostumbré a ver gente que pronto moriría. Siempre me sentía algo raro cuando en mi presencia hablaban, sonreían o lloraban personas cuya muerte estaba cerca”. Llevó esta rareza a sus cuentos y a su teatro. ¿Qué es, por otra parte, cualquier hombre, sino eso? Una persona que va morir pero que sigue sonriendo, hablando de comida, jugando a las cartas, mientras forja en agonía su destino de dicha o de destrucción.

 

 

Por qué nos gusta Chéjov | Richard Ford

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Antón Chéjov, libro en mano, con Konstantin Stanislavski a su derecha y su futura esposa Olga Knipper a su izquierda leyendo La Gaviota a los integrantes del elenco estable del Teatro artístico de Moscú 1898

Mi primera experiencia con los relatos de Chéjov fue repentina y breve, y se produjo prematuramente. Cuando lo leí a los veinte años, desconocía su prestigio e importancia, o por qué debía leerlo (una de esas lagunas de ignorancia que intenta subsanar la universidad). Pese a su aparente sencillez y su engañosa accesibilidad, los relatos de Chejov –en especial los más destacados– siguen pareciéndome relativamente impenetrables para los jóvenes corrientes. En realidad, Chejov me parece un escritor para adultos. Su obra se vuelve provechosa y espléndida, cuando consigue dirigir nuestra atención hacia sentimientos maduros y casi imperceptibles alternativas morales circunscriptas en dilemas mayores, cualquiera de las cuales, si las encontráramos en nuestra precipitada vida con los demás, probablemente pasaría inadvertida incluso a la observación más sutil.
El deseo de Chejov es complicar y poner en tela de juicio nuestra impresión sobre personajes que, erróneamente, nos creemos capaces de comprender a simple vista. Casi siempre nos aborda con una gran seriedad, centrada en algo que se propone hacer irreductible y accesible, y mediante esta concentración quiere insistir en que nos tomemos la vida a pecho. Tal instrucción no es fácil de seguir cuando uno es joven. Mi propia experiencia universitaria consistió en la lectura del gran clásico de las antologías, “La dama del perrito” (1899), que básicamente me causó perplejidad, si bien la franqueza y autoridad esenciales del relato me indujeron a sentir cierto respeto por esa luz gris de hondas emociones que emana del austero contenido del relato.
“La dama del perrito” trata del fortuito encuentro amoroso entre dos personas unidas en matrimonio a otras dos personas. Uno de ellos es un aburrido hombre de negocios moscovita de mediana edad, y la otra, una ociosa recién casada de poco más de veinte años, ambos en un período de asueto marital en el balneario de Yalta, a orillas del mar Negro. Los dos entablan un breve y tórrido idilio que, para el hombre de negocios moscovita al menos, no parece muy distinto de otros idilios de su vida. Después de un corto y trepidante tiempo juntos, sus vacaciones concluyen de manera previsible: Anna, la joven “dama del perrito”, parte de regreso a su casa y a su marido en Petersburgo, mientras que el maduro Gurov reanuda sus tediosas relaciones profesionales y maritales en Moscú. Pero los efectos de la aventura pronto empiezan a contaminar la vida cotidiana de Gurov y a despertarle un devorador deseo, de modo que termina por urdir una mentira para viajar a Petersburgo, donde se reúne con la anhelante Anna en el entreacto de una obra de teatro expresivamente titulada La geisha. En las semanas posteriores, Anna establece la rutina de visitar a Gurov en Moscú, donde –observa el narrador omnisciente– “les parecía que era el mismo destino quien los había hecho el uno para el otro, y les resultaba incomprensible por qué él estaba casado y estaba casada ella”. En su secreto nido de amor del bazar Slavianski, Anna llora amargamente a causa de esa ingrata situación, mientras Gurov se esfuerza, de manera un tanto imperiosa, por consolarla. Al final del relato, el narrador, como poniendo cara de poker, concluye: “Y parecía que un poco más y encontrarían la solución, y empezaría entonces una vida nueva, maravillosa, y para ambos estaba claro que hasta el final faltaba mucho, mucho, y que lo más complicado y difícil no había hecho más que empezar”.
Lo que yo no comprendía allá por 1964, a mis veinte años, era lo que convertía en un gran relato –supuestamente uno de los más grandes jamás escritos– a esa monótona sucesión de incidentes anticlimáticos. Sabía que trataba sobre la pasión, y que –si bien Chejov no lo describía– había sexo, sexo adúltero. Pero me parecía que al final del relato, cuando Gurov y Anna se dan cita lejos de las miradas de sus cónyuges, no ocurría casi nada, o al menos yo no lo detectaba. Hacen el amor –entre bastidores–; Anna llora; Gurov dice nerviosamente: “Basta ya, querida mía, ya has llorado. A ver, hablemos. Algo se nos ocurrirá”. Y ahí termina el relato. Allá por 1964 no me atrevía a afirmar que no me gustaba el relato. En realidad, no podía decirse que no me gustara: sencillamente no veía en él ninguna razón para que gustara tanto. En clase, se estudió a fondo el párrafo inicial, que contiene la presentación –famosa por lo breve, compleja y sin embargo directa– con su información y estrategias para prefigurar cómo se desarrollaría posteriormente la historia. Se dijo asimismo que el final era admirable. Hoy, lo que diría que tiene de bueno “La dama del perrito” (y quizá el lector debería detenerse aquí, leer el relato y volver), es primordialmente que la narración no se centra en los elementos convencionales de interés –sexo, engaño y desenlace final–, sino que dirige nuestra atención hacia esos terrenos menos abruptos de una aventura amorosa donde podrían pasar inadvertidos detalles importantes. Justamente, lo que “La dama del perrito” demuestra es que los sucesos corrientes presentan trascendentes alternativas morales y, por lo tanto, tienen consecuencias en la vida que nos conviene tomar en consideración, aun si antes de leer el relato suponíamos que no era así. Éstos son aspectos del relato que el autor desea que no pasemos por alto.
Desde mi perspectiva de escritor, me interesa y complace esta elección por parte de Chejov, esta relación en apariencia anodina a la que otorga trascendencia y trata con inteligencia, gracia y compasión. Porque, supervisándolo todo, se halla la utilización quirúrgica que Chejov hace de su perspicaz narrador (“Así sonaba el mar allí abajo, cuando aún no estaba aquí Yalta, y así seguiría, igual de indiferente y sordo, cuando no estuviéramos. En esa inmutabilidad, en la completa indiferencia hacia la vida y la muerte de cada uno de nosotros se esconde, quizá, el secreto de nuestra salvación eterna, del ininterrumpido movimiento de la vida en la tierra”). Con los años, he llegado a tener en gran consideración “La dama del perrito”, y no sólo como el relato gracias a cuyas sutilezas empecé a saber por qué me gustaba Chejov, sino también porque, debido a su ejemplar plenitud, llegué a experimentar la literatura en el sentido que le da F.R. Leavis en su famoso ensayo sobre Lawrence: entendiéndola como el medio supremo a través del cual “sufrimos una renovación de la vida sensual y emocional y adquirimos una nueva conciencia”. El modo en que Chejov presenta esta aventura amorosa en tono menor, protagonizada por personas insignificantes y respetables, contribuyó a dar forma a mi idea de lo que podían implicar las palabras “vida emocional”.
Ahora bien, dejando de lado esta pequeña obra maestra, ¿qué clase de conciencia nos proporciona en general la lectura de los relatos de Chejov? Naturalmente, no existe el relato “típico” de Chejov, circunstancia que reduce al sinsentido el cómodo término seudocrítico “chejoviano”. Si bien hay muchos relatos en los que la vida cotidiana ofrece una apariencia estéril desde el punto de vista dramático –excepto por el hecho de que Chejov la convierte en objeto de una intensa investigación narrativa cuyo resultado es el descubrimiento de una inesperada cobardía emocional o una dolorosa indecisión moral, como en el caso de “La grosella”–, hay otros de un dramatismo fulminante, que hacen temblar las ventanas y avanzan de manera desenfrenada hacia su desenlace como trenes de carga. En “Enemigos”, por ejemplo, un joven y angustiado esposo irrumpe en casa de un médico a altas horas de la noche y le suplica que, fiel a su juramento, vaya a atender de inmediato a su esposa agonizante (aunque el propio hijo del médico acaba de expirar momentos antes). A su pesar, el médico deja de lado su dolor y cumple con su obligación, pero cuando llegan a la casa del hombre, la esposa no está allí, porque ha huido con otro hombre. El título del relato insinúa ya el vehemente desenlace de la noche.
Si en general se cree que el característico final de Chejov deja a los lectores intentando aferrar en el aire las respuestas a las profundas, pero ambiguas vacilaciones morales presentes en el relato –respuestas que el autor no ha ofrecido porque las consideraba intelectualmente reductivas–, existe a la inversa el Chejov directo que de manera sistemática nos cuenta exactamente lo que desea que sepamos. Y, porúltimo, si se piensa que todos los relatos de Chejov rebosan trascendencia y severidad como la luz gris que ilumina momentáneamente al pobre Ryabóvich en “El beso”, tenemos también al Chejov burlesco. De hecho, es frecuente la aparición del humor de Chejov, a menudo en momentos sorprendentes pero nunca equívocos. Al igual que en Shakespeare y en Faulkner y en Flannery O’Connor, el giro cómico no sólo intensifica y actúa como contrapeso de la gravedad de un relato serio, sino que además humaniza nuestra propia familiaridad, permitiendo que salga a la luz el contexto más pleno, más real de la vida, como si Chejov suscribiera la antigua máxima cómica que rige la dualidad básica de la vida: si nada es gracioso, nada llega a ser realmente serio.
En sus relatos, lejos de sucumbir a alguna forma reconocible por un esquema, Chejov parece tan comprometido con el carácter variopinto de la vida que nos produce la sensación de que la ficción debe estar siempre al borde de resultar irreconocible (claro que su inteligencia ordenadora impulsa fervientemente el relato a la claridad). En Chejov, no hay actitudes previsibles respecto de nada: ni las mujeres, ni los niños, ni los perros, ni los gatos, ni el clero, ni los campesinos, ni los militares, ni los hombres de negocios, ni los funcionarios, ni el matrimonio, ni la propia Rusia. Y si algo puede calificarse de “típico”, es su insistencia en que permanezcamos atentos a los matices de la vida y sus más nimias connotaciones morales (“La falta de amor y la infelicidad… ¡qué interesante era eso!”, piensa Nadya en “Después del teatro” tras ver una representación de Eugenio Onegin). De hecho, todos los relatos de Chejov a menudo no parecen –por su lenguaje formal y directo– siquiera ingeniosos, sino más bien la laboriosa descripción paso a paso de una existencia común y corriente, hasta que Chejov empieza a iluminar los territorios sumidos en la oscuridad, como un modo de inventar lo que es nuevo, fundamental o calamitoso en la existencia humana.
En realidad, la reacción más habitual ante alguno de esos momentos de descubrimiento moral en un relato de Chejov –que lo que tal personaje ha hecho es correcto, que lo que tal otro ha pensado no lo es– suele ser, para nuestro consuelo, de reconocimiento más que de sorpresa, como si en el fondo ya supiéramos que la gente era así, pero hasta ese momento no hubiéramos necesitado develarlo (como en esta extraordinaria frase del relato “Campesinos”: “Cuando en una familia hay un enfermo ya sin esperanzas de sanar y que tarda en morirse, a veces se suceden momentos penosos en que todos los allegados desean en el fondo de su alma que muera”). Vale aclarar que Chejov no se distingue por la tendencia al aforismo. Por lo general, prefiere hacer hincapié en el modo en que la vida lucha sin el menor heroísmo por alcanzar la normalidad, en lugar de ofrecer momentos en que la vida es excepcional (o, mediante una astuta observación, revestirla de una apariencia excepcional). Y, pese a lo repletos de experiencia de vida que están los relatos, Chejov también parece regular la cantidad de complejidad que contienen, como si existieran límites al grado de significado literario que podemos tener en cuenta. Sus relatos rara vez se resuelven en desenlaces dramáticos y epifánicos: eluden en gran medida esta estrategia, para remitirnos de nuevo a detalles anteriores y hacernos reconsiderar momentos cuyo carácter decisivo y trascendente hemos pasado por alto para ver con mayor claridad al género humano.
Puede decirse con relativa certeza que, con la elección del relato como forma narrativa, Chejov optó por no representar toda la vida: no incurrir en el exceso sino dar forma sólo a algunas partes discretas y centrar en éstas nuestra atención como método de indispensable instrucción moral. Nunca nos hace sentir desorientados o demasiado en deuda con su genialidad. Por el contrario, pone su genialidad a nuestra altura y la acomoda a nuestra capacidad de comprensión, en un acto de empatía cuyo mensaje es que la vida es básicamente como la conocemos en nuestros esfuerzos. Todo esto puede ser sólo una manera de decir que la razón porla que nos gusta tanto Chejov todavía es porque sus relatos siguen pareciendo modernos, en la medida que se ajustan mucho a nuestro tiempo y a nuestra mentalidad. Sus meticulosas anatomías de los complejos impulsos humanos, su concepción de lo que es gracioso y patético, su lúcida atención a la vida se corresponden de algún modo con nuestra experiencia. Sus relatos pueden leerse con placer y avidez por su perspicacia, sin notas a pie de página para explicar la época o la región donde suceden. Tan fresca adecuación al presente no sólo confirma la redentora vitalidad del impulso literario, sino que a la vez nos garantiza que formamos parte de un continuum y que somos perdurables. Chejov hace que nos sintamos corroborados, indemnizados dentro de nuestra fragilidad humana, e incluso un tanto esperanzados respecto de nuestra capacidad para afrontar la vida, poner orden y encontrar claridad.
Como lectores de ficción (es decir, de literatura imaginativa), siempre vamos en pos de pistas, de señales: ¿dónde, en la vida, buscar con mayor diligencia? ¿Qué no dejar pasar inadvertido? ¿Cuál es el origen de tal clase de calamidad humana, de tal clase de júbilo y placer? ¿Cómo podemos vivir más cerca de ésta y más lejos de aquélla? Para esta clase de peregrinos, Chejov es un guía, quizá el guía. Para los escritores del siglo veinte, su obra ha incidido en todos nuestros supuestos sobre qué es un tema apropiado para una narración imaginativa; qué momentos en la vida son demasiado cruciales o preciosos para relegarlos al lenguaje convencional; cómo debería comenzar un relato y las diversas formas para terminarlos. Y, lo más importante, sobre lo inapelable que es la vida y, por tanto, lo tenaces que han de ser nuestras representaciones de ella. Sin embargo, más que ninguna otra cosa, es el gran equilibrio de Chejov lo que nos emociona y admira. Dados los temas, los personajes y las acciones que Chejov pone en juego, automáticamente tenemos la sensación de que todo lo importante está siempre presente en cada una de sus obras. Como adultos, suele gustarnos lo que nos incita a saber más, y nos sentimos halagados por una firme autoridad que primero nos inspira confianza y luego nos ofrece buenos consejos. Al leer a Chéjov, ciertamente da la impresión de que él nos conociera.

Enemigos (fragmentos) | Antón Chéjov

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Antón Chéjov

“El repulsivo terror con que suele hablarse de la muerte estaba ausente en el dormitorio. En la paralización general, en la postura de la madre, en la indiferencia del rostro del médico había algo que atraía, algo que conmovía el corazón, aquella leve y difícilmente asible belleza del dolor humano que aún no aprendieron a comprender y describir y que, al parecer, sólo la música sabe transmitir. Hasta en el sombrío silencio había belleza; Kirilov y su mujer callaban sin llorar, como si, además del peso de la pérdida, se percatasen del lirismo de la situación…”

…”En los dos se reveló marcadamente el egoísmo de los desgraciados. Los desgraciados son egoístas, maliciosos, injustos, crueles y menos capaces aún que los tontos de comprenderse uno al otro. La desgracia en lugar de unir, separa a la gente, y hasta allí donde parecía que los hombres debieran estar ligados por el dolor común, se cometen muchas más injusticias y crueldades que en un medio relativamente satisfecho”.

Antón Chéjov y su mujer Olga Knipper Antón Chéjov y Olga Knipper

Cipriano | Pedro Mairal

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Concepcion del Uruguay

El Cristo de neón que dominaba
la sala velatoria en Gualeguay.
Cada generación dice haber visto al último paisano,
al hombre auténtico.
Usted nació en el Médano, en la Punta del Monte,
un caballo tobiano lo aplastó a los once años,
tirado medio muerto al lado del camino y el caballo pastando.
Y usted pisaba los cardales descalzo, Cipriano,
es cosa de costumbre nomás.
Y cuando anduvo llevando vacas, durmiendo a campo abierto,
se despertaba hinchado por los mosquitos.
Cosas contadas cerca del mediodía ya volviendo
y no en la oscuridad antes del alba.
Temprano no se hablaba,
sonaba Landriscina, la altura de los ríos, los mensajes:
atención estancia Marielina, mamá bien, operación diez puntos,
atención Las Barrancas, carneen el lechón grande,
llegamos el domingo, firma Luro.
Y le decía al gato No hay nada, Mingue, nada,
y el gato entre sus piernas, un maullido,
ponerse las Pampero,
echar los caballos en el rocío apenas había luz,
ensillar ese blanco de oreja torcida que había sido mío,
tomar mate cocido con galleta,
después salir al campo.

Usted me dejaba seguirlo a todos lados, Cipriano,
sin querer enseñarme, un viejo sin máximas, un viudo.
Las lavandas en el retrato de su difunta esposa, once hijos
con ella.
Yo dormía con usted en las piezas oblicuas pegadas al galpón
porque tenía miedo a la casa grande llena de ruidos
y habitaciones huecas,
pisadas en la noche, comadrejas, fantasmas,
y esos que llaman ovnis son los soviéticos nomás,
o a veces saben llover pescados, me decía,
cae un bruto aguacero y al rato ya se ven pescados en la zanja,
mire si se le cae una ballena en la cabeza,
no caen pescados grandes, ¡mojarras! me decía.
Y esa vez cargando leña
cuando tiré viento abajo un palo de algarrobo
para cargar el carro y le pegué en la nuca
y usted dijo ¿quien fue? y yo dije fui yo
y su nuera lo curó con Espadol
y yo no quise hablar por varios días.

Estar vivo y mirar las nubes que se mueven para el norte.
Recordar cosas así,
viajar a Gualeguay para su entierro.
Yo –que no entiendo y me pregunto
y me contesto y me contradigo–
pienso en usted y entiendo algunas cosas,
pienso en usted y en mí andando juntos
y busco algo en las nubes que ve la gente viva.
¿Cómo mira el cielo un mensual viejo?
¿qué ve entre las nubes que se mueven para el norte?
Cuando paleamos una camionada de tierra en los corrales
y yo me pasé y entré casi a cavar
ahí ya estás cavando la Argentina, dijo usted,
y yo no sé quién soy
con mi cara de nadie,
yo que no sé mandar, que no quise aprender.
A usted casi lo matan en el río Luján trabajando en el puente,
otro peón golondrina, un correntino,
usted lo hizo enojar, lo apuraba en la mezcla de cemento
y alguien gritó cuidado, si no, le parte la cabeza con la pala.
Y esa vez que le quise mostrar un papelito
y casi no paró para mirar, siguió de largo
sin explicarme que no sabía leer.
Entender que hay hombres que no saben leer.

Bajo los paraísos, sombreando en el verano después
del mediodía:
Cipriano, ¿qué le pasó ahí al costado, la cicatriz abajo
de la tetilla?
Eso fue cuando peleé en la guerra, se reía.
Usted le cortó el fuelle del acordeón a un tipo porque
tocaba feo,
en esos bailes de antes,
y lo esperaron a oscuras, a traición, casi lo matan.
Su nieto me contó.
Y no volvió a tomar después de eso,
siempre mate cocido, agua de pozo, pomelo,
nunca lo vi tomar.

Cumplíamos el mismo día,
ristras de globos entre los paraísos,
y sus 71 dados vuelta hacían mis 17 sobre una misma torta,
septiembre en Entre Ríos.
Y usted incurable nómada,
abuelo golondrina,
pasando temporadas en lo de cada hijo
a veces Gualeguay o el Ibicuy
o cerca del 2° con Ricardo,
y de viejo salía hasta la ruta a esperar el colectivo
y miraba las nubes perdido como yo.
¿Cómo mira las nubes un viejo que perdió ya la memoria,
que anda buscando a uno que le debía plata hace cuarenta años,
que sale con la escopeta con percutor limado por la nuera?
¿Cómo mira las nubes un viejo que espera un colectivo
que ya no pasa más?
Lo iban a buscar y usted volvía manso saludando
como recién llegando de otro lado,
no sabía dónde estaba
pero sabía que quería estar en movimiento.
Y esa vez que lo fui a ver a su casa
y usted estaba mirando caer el sol detrás del pueblo
y me vio llegar: ¿sos vos o es tu alma?
Soy yo, Cipriano, soy yo y lo que queda de mi alma,
lo que queda de algunas cosas, muchas cosas,
lo que queda conmigo del que se iba en micro y hacía dedo
y andaba en la huella entre los alambrados espantando los cuises,
al sol, el bolso al hombro,
lo que queda de mí delante de su recuerdo de pie en la puerta
de su casa
a dos cuadras del río, cerca del parque,
usted ahí parado ¿qué decís, Pedro?
Yo no puedo mentir delante de su alma saludándome,
¿es usted o es su alma, Cipriano?

Los grandes me mandaron preguntarle si iba a ir,
usted se aprontaba para viajar al pueblo,
preguntale si va a ir,
y yo sabiendo ya que había quilombos,
la Wiskería Susurros, el Camaos, el Calzón Flojo,
¿va a ir Cipriano?
y usted se cansó y me miró a los ojos y me mandó callar,
no por usted sino por no hacerle el juego a los más grandes.
La vergüenza.
Ver a esos tipos duros criados a caballo lagrimeando
en la casa velatoria,
jinetes de a pie llorando,
su cuerpo entre puntillas y volados y el Cristo de neón,
Cipriano,
usted fue el primer muerto que yo vi de tan cerca,
el primer hombre grande analfabeto que conocí,
el único viejo que me daba su tiempo, su tiempo de provincia,
su tiempo antiguo de río lento y calmo,
y me dejaba andar al lado de su sombra
regando ese verano los arbolitos flacos
que ahora son un gran monte de álamos,
los dos con el tordillo y un barril sobre ruedas,
una lata vacía de aceite Cocinero,
dándole agua a los arbolitos flacos al sol ese verano,
usted sobre el caballo yo llenando la lata, repartiendo,
tres latas para la seca brava,
una para la sed, una para el árbol, una para la tierra.
Si usted viera los árboles ahora
dan sombra bien espesa,
como una bendición en medio del calor del mediodía,
una sombra criada por nosotros dos, Cipriano.

Su caballo anda suelto y clinudo en los potreros,
el Cordobés, un colorado escapista
que sabía sacarse el freno y el bozal y dejarlo a usted de a pie bastante lejos
cuando tendía las trampas en la laguna grande.
Viejo nutriero, bicheador, metido en el secreto del pajal,
entre el bañado, buscando, descifrando las aguas blancas,
los caminitos invisibles de los animales raros,
bichos crueles de dientes afilados,
demonios de río turbio,
o buscando miel en troncos huecos
a pesar de la alergia mortal si lo picaban,
o andando con algún bicho a los tientos,
el arreador de punta en el recado,
haciéndome las voces de animales que íbamos cruzando:
los terneros desconfiados, las lechucitas grises en los postes.
Usted sabía las voces de lo que están pensando
los animales santos, sorprendidos de pronto en la mañana.
Usted salía al campo con llovizna
y la primera vez que me vio yendo a hacia el río
me dijo: te van a comer de postre los mosquitos,
y me cortó una rama para apurar la fiaca del alazán panzón.
A veces no entendía lo que hablaba, hablaba viento abajo,
como solo;
usted me dijo algo y se metió en el monte entre los árboles
y yo lo seguí con mi caballo,
vas a salir padrino del sorete, me dijo usted, Cipriano.
Usted siempre decía que el viejo mandarino del último potrero
era sembrado a culo,
alguien cagando en el siglo diecinueve entre los yuyos,
dejando la semilla sin digerir,
un viejo mandarino entre los espinillos, los chañares,los árboles hoscos y filosos.
Y aquél experimento de clavar en el barro varas de sauce al revés
para que sea llorón,
echale bien los kilos, me decía, y ahí quedaron
las cuatro varas secas en la arcilla.
El hijo de la patrona
andando todo el día con el mensual más viejo,
con el nutriero nómade, padre del capataz,
carpiendo el camino, cortando los brotes de chañar
entre la mosquitada,
mosquitos como estrellas
o arreglando las líneas del eléctrico,
usando como aislante huesos blancos de osamentas
desparramadas,
tenaza, hueso, alambre,
cavándole las cuevas a la iguana,
una cola cortada moviéndose en el piso,
parece un yaro gordo, me decía.

Y años más tarde cuando empezó a viajar con la mutual,
el mar de golpe un día a los ochenta,
¿le gustó Mar del Plata?,
más me gustó Iguazú, las cataratas, me decía
cuando lo visitamos con su nuera
y al rato de matear bajo la parra,
¿quiénes son esta gente, Negra,?
Es Pedro, el hijo de la señora Ana,
¡Pero te habías perdido!, me dijo usted Cipriano.
Usted ya no salía en carnaval porque lo saludaba mucha gente
que el tiempo había mezclado y confundido,
muchos de los que fueron a su entierro de bisabuelo ido
y recordado,
un hombre de a caballo que se ha muerto
y deja su caballo clinudo en los potreros,
un colorado grande pastando sin jinete,
alzando la cabeza de repente,
un caballo escapista, un viejo que se fuga del hospital del pueblo,
que deja el cuerpo muerto con sus perros sepultos detrás
de los corrales:
Batuque el ovejero,
y Dop el rengo y negro siempre viejo,
el Malevo que casi lo mordió y usted dijo es corsario
el desgraciado
y Cuchufo, Lobito, todos los que lo andábamos siguiendo,
esos perros lanudos jadeando en el espacio, todo olor
a  enormes pastizales,
buscando rastros embrollados, caminitos, y de repente
la perdiz,
pisando la helada salíamos, los caballos humeantes
como dragones,
volutas de vapor por los ollares,
nada que hablar, solo la mañana, ocho potreros por recorrer
y la costa infinita de rincones huraños, sombras,
la orilla del Gualeguay,
los arenales, el gran territorio para no obedecer,
para pescar a las diez de la mañana cada uno con su línea
y usted medio impaciente,
no pica nada che nos vamos a la mierda,
las barrancas de tosca blanca,
un bagre amarillo entre los cueros.

Y en esa oscuridad antes del alba
–no hay hora más oscura–
yo, que dormía en un catre a los pies de su cama todo el verano
con ratones rondando en el galpón,
lo escuchaba levantarse, lo seguía a la cocina,
querosén y palitos, fuego, mate,
no hay nada, Mingue,
los ruiditos del alba, el agua y el azúcar,
los chamamés valseados en la radio
y ponerse las botas, el barro, los caballos,
y usted silbando por el colmillo pobre mi madre querida
y ensillar y otra vez el día entero.
A veces me contaba del tiempo de Perón
cuando se combatía la langosta,
cómo cavaban zanjas y las langostas caían
y las quemaban con un olor hediondo,
y los chicos, las mujeres, salían golpeando tachos
para que mangas oscuras pasaran sin comerse el sembradío,
o me hablaba de viejos trabajos en cosechas
viajando en tren, viajando sobre el techo.

Usted bañado, Cipriano, con jabón de olor, peinado,
para viajar al pueblo con su bolso de plástico y su jockey,
su cinto de pasear, esa rastra de plata con un indio
que había dejado en empeño un tal Benigno Barreto
que nunca fue a buscarla y usted la levantó,
un indio señalando algo a lo lejos,
¿en qué cajón la guardan
ahora que ese indio lo señala a usted que va alejándose,
usted que ya se va pero que no se pierde
porque crece y ocupa el aire en la provincia, el cielo
en Buenos Aires
cuando espero el colectivo y las nubes se mueven para el norte?
¿Cómo mira las nubes un muerto que se escapa?,
¿cómo mira las nubes de su infancia,
los cielos cuando yo no había nacido,
las nubes de estos años ahora que usted no está?
¿Sos vos o es tu alma?,
¿qué fue lo que vi en ese cajón de la sala velatoria,
bajo el Cristo de neón, su cara ya sumida por la muerte?
Usted ya livianito y un rosario rezado por mujeres.
Viajar a Gualeguay ¿a qué? a verlo muerto,
a despedir su cuerpo, a sumarme al cortejo de jinetes de a pie,
de nietos y bisnietos y nueras y sobrinos,
un cortejo despidiendo a un hombre verdadero,
el último paisano que proyectó su sombra,
que no necesitaba más que el movimiento.
Y yo que no sé quien soy, mi cara sin historia,
siguiendo transparente su cajón, su cuerpo que ahora sí
se queda quieto,
pero usted sigue moviéndose, viajando en mi recuerdo,
mudándose y mudándose, Cipriano,
muerto nómade,
difunto golondrina.

 

Pedro Mairal leyedo Cipriano en el 22° Festival Internacional de Poesía de Rosario

 

 

Ruta Nacional | Pedro Mairal

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Ilustración de Jorge González http://www.jorgeilustra.com http://www.jfgv.blogspot.com http://www.jorgeilustra.tumblr.com

Como un fracaso tibio,

como una deserción azul, el movimiento

del día en retirada,

los árboles se acercan,

van pasando, cayendo en el recuerdo,

pasan los caseríos,

las mismas cicatrices suburbanas,

los puestos de sandías rosadas que se abrieron

tiñiendo el horizonte.

Son kilómetros grises bajo el cielo,

el tráfico cansado

como un río de brasas,

los camiones cargados de sonido,

solemnes en el humo dudoso de la tarde.

Cuánta pobreza en la noche del ciclista

pedaleando a un costado del camino,

en los postes iguales

como cruces de un Gólgota olvidado,

en los pueblos que sueñan

con las ruedas eternas y los perros.

Todo se queda atrás y va perdiéndose adentro del espejo,

los motores digieren la distancia,

el día va dejando los caminos

sumidos al rescoldo.

La gran velocidad

es una lentitud de balsa que se fuga

con música y tristeza.

 

………..

La ilustración es de Jorge González

El crimen del profesor de matemáticas | Clarice Lispector

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Clarice Lispector

Cuando el hombre alcanzó la colina más alta, las campanas tocaban en la ciudad, abajo. Apenas se veían los techos irregulares de las casas. Cerca de él estaba el único árbol de la llanura. El hombre estaba de pie con un costal pesado en la mano.

Miró hacia abajo con ojos miopes. Los católicos entraban lenta y delicadamente en la iglesia, y él trataba de escuchar las voces dispersas de los niños derramándose en la plaza. Pero a pesar de la limpidez de la mañana, los sonidos apenas si alcanzaban la llanura. También veía el río que de arriba parecía inmóvil, y pensó: es domingo. Vio a lo lejos la montaña más alta con las laderas secas. No hacía frío pero él se arregló la chaqueta abrigándose mejor. Por fin, puso el costal con cuidado en el suelo. Se quitó las gafas, sus ojos claros parpadearon, casi jóvenes, poco familiares. Se puso nuevamente las gafas, y se transformó en un señor de mediana edad y tomó de nuevo el costal: pesaba como si fuese de piedra, pensó. Forzó la vista para observar la corriente del río, inclinó la cabeza para oír algún ruido: el río estaba detenido y apenas el sonido más duro de una voz alcanzó un instante la altura: sí, él estaba bien con… El aire fresco era inhóspito para él, que vivía en una ciudad más cálida. El único árbol de la llanura balanceaba sus ramas. Él lo miró. Ganaba tiempo. Hasta que le pareció que no había por qué esperar más.

Y, sin embargo, aguardaba. Por cierto que las gafas le molestaban, porque nuevamente se las quitó, respiró hondo y las guardó en el bolsillo.

Entonces abrió el costal y miró un poco. Después metió dentro una mano delgada y fue extrayendo un perro muerto. Todo él se concentraba solamente en la mano importante y mantenía los ojos profundamente cerrados mientras tironeaba. Cuando los abrió, el aire estaba todavía más claro y las campanas alegres tocaron nuevamente llamando a los fieles para el consuelo de la penitencia.

El perro desconocido estaba a la luz.

Entonces él se puso metódicamente a trabajar. Tomó al perro duro y negro, lo depositó en una bajada del terreno. Pero, como si ya hubiese hecho mucho, se puso las gafas sentándose al lado del perro y comenzó a observar el paisaje.

Vio con mucha claridad, y con cierta inutilidad, la llanura desierta. Pero observó con precisión que estando sentado ya no veía la pequeña ciudad, allá abajo. Respiró de nuevo. Revolvió en la bolsa y sacó la pala. Y pensó en el lugar que escogería. Quizás debajo del árbol. Se sorprendió reflexionando que debajo del árbol enterraría a este perro. Pero si fuera el otro, el verdadero perro, en verdad no lo enterraría donde él mismo gustaría de ser enterrado si estuviera muerto: en el centro mismo de la llanura, donde los ojos vacíos encarasen al sol. Entonces, ya que el perro desconocido sustituiría al “otro”, quiso que él, para mayor perfección del acto, recibiera precisamente lo que el otro recibiría. No había ninguna confusión en la cabeza del hombre. Él se entendía a sí mismo con frialdad, sin ningún hilo suelto.

Poco después, por exceso de escrúpulos, estaba demasiado ocupado en procurar determinar rigurosamente el centro de la llanura. No era fácil, porque el único árbol se levantaba en un lugar y, tendiéndose como falso centro, dividía simétricamente el llano. Frente a esa dificultad el hombre concedió: “no es necesario enterrarlo en el centro, yo también enterraría al otro, digamos, bien, donde yo estuviera en ese mismo instante parado”. Porque se trataba de dar al acontecimiento la fatalidad del azar, la marca de un suceso exterior y evidente —en el mismo plano de los niños en la plaza y de los católicos entrando en la iglesia—, se trataba de tornar el hecho lo más visible a la superficie del mundo debajo del cielo. Se trataba de exponerse y de exponer un hecho, y de no permitir la forma íntima e impune de un pensamiento.

A la idea de enterrar al perro donde él estuviera en ese momento de pie, el hombre retrocedió con una agilidad que su cuerpo pequeño y singularmente pesado no permitía. Porque le pareció que bajo los pies se había dibujado el esbozo de la tumba del perro.

Entonces él comenzó a cavar allí mismo con pala rítmica. A veces se interrumpía para quitarse y luego volver a ponerse las gafas. Sudaba penosamente. No cavó mucho más, no porque quisiera ahorrarse cansancio. No cavó mucho porque lúcidamente pensó: “si fuese para el verdadero perro, yo cavaría poco, lo enterraría muy superficialmente”. Él pensaba que si el perro quedaba cerca de la superficie de la tierra no perdería la sensibilidad.

Por fin abandonó la pala. Tomó con delicadeza al perro desconocido y lo puso en la tumba.

Qué cara extraña tenía el perro. Cuando por un choque descubriera al perro muerto en una esquina, la idea de enterrarlo había tornado su corazón tan pesado y sorprendido que ni siquiera había tenido ojos para ese hocico duro y de baba seca. Era un perro extraño y objetivo.

El perro era un poco más alto que el agujero cavado y después de cubierto con tierra sería sólo una excrecencia sensible del terreno. Era precisamente lo que él quería. Cubrió al perro con tierra y la aplanó con las manos, sintiendo con atención y placer su forma en las palmas, como si varias veces lo alisara. El perro ahora era apenas una apariencia del terreno.

Entonces el hombre se puso de pie, se sacudió la tierra de las manos, y no miró ni siquiera una vez más la tumba. Pensó con cierto gusto: “creo que ya lo hice todo”. Suspiró hondamente, y tuvo una sonrisa inocente de liberación. Sí, lo había hecho todo. Su crimen había sido castigado y él estaba libre.

Y ahora él podía pensar libremente en el verdadero perro. Entonces se puso a pensar inmediatamente en el verdadero perro, lo que había evitado hasta ahora. El verdadero perro que ahora mismo debería estar vagando perplejo por las calles de otro municipio, husmeando aquella ciudad en la que él ya no tenía dueño.

Entonces se puso a pensar con dificultad en su verdadero perro como si intentase pensar con dificultad en su verdadera vida. El hecho de que el perro estuviera distante, en otra ciudad, dificultaba la tarea, aunque la nostalgia lo aproximara en el recuerdo.

“Mientras yo te hacía a mi imagen, tú me hacías a la tuya”, pensó entonces, auxiliado por la nostalgia. “Te di el nombre de José para darte un nombre que te sirviera al mismo tiempo de alma. ¿Y tú?, ¿cómo saber jamás qué nombre me diste? Cuánto me amaste, más de lo que yo te amé”, reflexionó, curioso.

“Nosotros nos comprendíamos demasiado, tú con el nombre humano que te di, yo con el nombre que me diste y que nunca pronunciaste sino con tu mirada insistente”, pensó el hombre sonriendo con cariño, libre ahora de recordar a su gusto.

“Me acuerdo de cuando eras pequeño”, pensó divertido, “tan pequeño, bonitillo y flaco, moviendo el rabo, mirándome, y yo sorprendiendo en ti una nueva manera de tener alma. Pero, desde entonces, ya comenzabas a ser todos los días un perro que podía ser abandonado. Mientras tanto, nuestros juegos se tornaban peligrosos por tanta comprensión”, recordó el hombre con satisfacción, “tú terminabas mordiéndome y gruñendo, yo terminaba arrojándote un libro y riendo. Pero quién sabe qué significaba aquella risa mía, sin ganas. Todos los días eras un perro que se podía abandonar”.

“¡Y cómo olías las calles!”, pensó el hombre riéndose un poco, «en verdad, no dejaste piedra por oler… Ése era tu lado infantil. ¿O era tu verdadera manera de ser perro: y el resto solamente el juego de ser mío? Porque eras irreductible. Y, abanicando tranquilamente la cola, parecías rechazar en silencio el nombre que yo te había dado. Ah, sí, eras irreductible: yo no quería que comieses carne para que no te volvieras feroz, pero un día saltaste sobre la mesa y, entre los gritos felices de los niños, agarraste la carne y con una ferocidad que no viene de lo que se come, me miraste mudo e irreductible, con la carne en la boca. Porque, aunque mío, nunca me cediste ni un poco de tu pasado ni de tu naturaleza. E, inquieto, yo comenzaba a comprender que no exigías de mí que yo cediera nada de la mía para amarte, y eso comenzaba a importunarme. En el punto de realidad resistente de dos naturalezas, ahí es donde esperabas que nos entendiéramos. Mi ferocidad y la tuya no deberían cambiarse por dulzura: era eso lo que poco a poco me enseñabas, y era también eso lo que se estaba tornando pesado. No pidiéndome nada, me pedías demasiado. De ti mismo, exigías que fueses un perro. De mí, exigías que yo fuera un hombre. Y yo, yo me disfrazaba como podía. A veces sentado sobre tus patas delante de mí, ¡cómo me mirabas! Entonces yo miraba al techo, tosía, disimulaba, me miraba las uñas. Pero nada te conmovía: tú me mirabas. ¿A quién irías a contarlo? Finge —me decía—, finge rápido que eres otro, da una falsa cita, hazle una caricia, arrójale un hueso; pero nada te distraía: tú me mirabas. Qué tonto era yo. Yo, que temblaba de horror, cuando eras tú el inocente: si yo me volviese de pronto y te mostrase mi rostro verdadero y, erizado, alcanzado, te levantarías hacia la puerta herido para siempre. Oh, todos los días eras un perro que podía abandonarse. Podía elegirse. Pero tú, confiado, meneabas la cola.

“A veces, conmovido por tu perspicacia, yo podía ver en ti tu propia angustia. No la angustia de ser perro, que era tu única forma posible. Sino la angustia de existir de un modo tan perfecto que se tornaba una alegría insoportable: entonces dabas un salto y venías a lamer mi rostro con amor enteramente entregado y cierto peligro de odio como si fuese yo quien, por amistad, te hubiese revelado. Ahora estoy muy seguro de que no fui yo quien tuvo un perro. Fuiste tú el que tuviste una persona”.

“Pero poseíste una persona tan poderosa que podía elegir: y entonces te abandonó. Con alivio te abandonó. Con alivio, sí, pues exigías —con la incomprensión serena y simple de quien es un perro heroico— que yo fuese un hombre. Te abandonó con una disculpa que todos en casa aprobaron: porque ¿cómo podría yo hacer un viaje de mudanza, con equipaje y familia, y además un perro, con la adaptación al nuevo colegio y a la nueva ciudad, y además un perro?” “Que no cabe en ninguna parte”, dijo Marta, práctica. “Que molestará a los pasajeros”, explicó mi suegra sin saber que previamente me justificaba, y los chicos lloraron, y yo no miraba ni a ellos ni a ti, José. “Pero sólo tú y yo sabemos que te abandoné porque eras la posibilidad constante del crimen que yo nunca había cometido. La posibilidad de que yo pecara, el disimulo en mis ojos, ya era pecado. Entonces pequé en seguida para ser culpable enseguida. Y este crimen sustituye el crimen mayor que yo no tendría coraje de cometer”, pensó el hombre cada vez más lúcido.

“Hay tantas formas de ser culpable y de perderse para siempre y de traicionarse y de no enfrentarse. Yo elegí la de herir a un perro”, pensó el hombre. “Porque yo sabía que ése sería un crimen menor y que nadie va al Infierno por abandonar un perro que confió en un hombre. Porque yo sabía que ese crimen no era punible”. Sentado en la llanura, su cabeza matemática estaba fría e inteligente. Sólo ahora él parecía comprender, en toda su helada plenitud, que había hecho con el perro algo realmente impune y para siempre. Pues todavía no habían inventado castigo para los grandes crímenes disfrazados y para las profundas traiciones.

Un hombre aún conseguía ser más astuto que el Juicio Final. Nadie le condenaba por ese crimen. Ni la Iglesia. “Todos son mis cómplices, José. Yo tendría que golpear de puerta en puerta y mendigar para que me acusaran y me castigasen: todos me cerrarían la puerta con la cara repentinamente enfurecida. Nadie condena este crimen. Ni tú, José, me condenarías. Pues bastaría a esta persona poderosa que soy elegir llamarte, y desde tu abandono en las calles, en un salto me lamerías la cara con alegría y perdón. Yo te daría la otra mejilla para que la besaras”.

El hombre se quitó las gafas, respiró, se las puso otra vez.

Miró la tumba abierta. En la que él había enterrado a un perro desconocido en tributo del perro abandonado, tratando de pagar la deuda que inquietamente nadie le cobraba. Procurando castigarse con un acto de bondad y quedar libre de su crimen. Como alguien da una limosna para por fin poder comer el pastel a causa del cual el otro no comió el pan.

Pero como si José, el perro abandonado, exigiese de él mucho más que la mentira; como si exigiese que él, en un último arranque, fuese un hombre —y como hombre asumiera su crimen—, él miraba la tumba donde había enterrado su debilidad y su condición. Y ahora, más matemático aún, buscaba una manera de no castigarse. Él no debía ser consolado. Procuraba fríamente una manera de destruir el falso entierro del perro desconocido. Descendió entonces, y solemne, calmo, con movimientos simples, desenterró al perro. El perro oscuro finalmente apareció entero, extrañamente, con la tierra en las pestañas, los ojos abiertos y cristalizados. Y así el profesor de matemáticas renovó para siempre su crimen. El hombre miró entonces para todos lados y hacia el cielo pidiendo testigos para lo que había hecho. Y como si aún no bastara, comenzó a descender las laderas en dirección al seno de la familia.

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