Anna Ajmátova | Poemas

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ANNA AJMATOVA

EL SAUCE

 

Y el manojo de árboles vetustos

                                           Pushkin

 

Crecí en medio de un silencio de arabescos,

en la habitación infantil y fría del joven siglo.

No me era grata la voz de los hombres,

sólo entendía la de viento.

Yo amaba la ortiga y la bardana,

pero por encima de todo, al sauce plateado.

Agradecido, él vivió siempre junto a mí,

sus ramas sollozantes

cubrían de sueños mi insomnio.

Y, extrañamente, le he sobrevivido.

Afuera el tronco cercenado permanece

mientras otros sauces con voces alienadas

algo dicen bajo nuestro cielo.

Y yo guardo silencio… como si hubiera muerto un hermano.

(1940)

 

. . . . . . . . . .

 

Veintiuno. Noche. Lunes.

El contorno de la capital es brumoso.

Un ocioso ha inventado

que existe el amor sobre la tierra.

 

Por desidia o por cansancio

todos le han creído y así viven:

aguardan los encuentros, temen las despedidas

y entonan canciones de amor.

 

Más, para otros se revela un misterio

y los invade el silencio…

Yo di con esto por casualidad

y desde entonces ando como enferma.

(1917)

 

. . . . . . . . . .

 

XII

LÍNEAS DE ZÁRSKOIE SIELÓ

 

El viento del otoño sopla

como el quinto acto de un drama,

cada jardinera del parque

parece una tumba reciente.

Consumado el banquete fúnebre,

no hay nada más que hacer.

¿Por qué espero entonces, como si pronto

tuviera que cumplirse un milagro?

Así, una pesada lancha

puede sujetarse por largo tiempo junto al muelle,

como una mano débil despidiéndose

de aquel que permaneció en tierra firme.

(¿1944?)

 

. . . . . . . . . .

 

¿Por qué envenenaron el agua

y enlodaron mi pan?

¿Por qué la última libertad

la han convertido en madriguera?

¿Acaso porque no me burlé

de la amarga muerte de mis amigos?

¿O porque fui fiel a mi triste patria?

Que así sea.

Sin verdugo y sin cadalso

no se es poeta en la tierra.

Son para nosotros las  camisas de penitente,

el caminar con velas y ahullar.

(¿1935?)

 

. . . . . . . . . .

 

ENSUEÑO

 

Tu y yo llevamos el mismo peso

de una larga y negra despedida.

¿Por qué lloras? Dame tu mano,

promete regresar a mis sueños.

Somos como una montaña frente a otra…

No volveré a encontrarme contigo en este mundo.

Sólo si me enviaras recuerdos a medianoche

con las estrellas.

(1946)

(Ciclo El escaramujo florece)

 

. . . . . . . . . .

 

Hay palabras irrepetibles.

Quien las dijo perdió demasiado.

Sólo el azul del cielo

y la misericordia de Dios son inagotables.

(1916)

 

. . . . . . . . . .

 

Ruego al rayo de la ventana

pálido, fino y recto.

Hoy desde temprano guardo silencio,

el corazón está escindido.

En mi aguamanil

el cobre ha enmohecido

y el rayo juega con él.

¿Qué alegre es verlo!

Tan inocente y sencillo

en el silencio nocturno,

en eta casa vacía

él es una fiesta áurea

y un consuelo para mí.

(1909)

 

. . . . . . . . . .

 

Junto a la mesa están las horas de la tarde

y la página irremediablemente en blanco.

La mimosa huele a Niza y a calor.

Un gran pájaro vuela con la luz de la luna.

 

Y, tejiendo tensamente mis trenzas en la noche,

como si las necesitara mañana,

sin entristecer, miro por la ventana

hacia el mar y las pendientes arenosas.

 

¡Qué poder tiene el hombre

que no pide ni siquiera ternura!

No puedo levanta los siglos cansados

cuando él pronuncia mi nombre.

(1913)

 

. . . . . . . . . .

 

¿Me perdonarás estos días de Noviembre?

Las llamas tiemblan en los canales del Neva.

Es indignante la belleza del trágico otoño.

(Noviembre de 1913)

. . . . . . . . . .

 

Abandonaré tu casa blanca, tu jardín apacible

y la vida será desierta y lminosa.

A ti alabaré en mis versos

como ninguna mujer supo hacerlo jamás.

Tu recordarás a tu amada

en el paraíso creado por ti para sus ojos

y yo comerciaré mercaderías escasas,

venderé tu amor y tu ternura.

(1913)

 

. . . . . . . . . .

 

¡Qh, era un día frío

en la maravillosa ciudad de Pedro!

El atardecer descansaba como una hoguera púrpura

y lentamente la sombra se hacía espesa.

 

Aunque él no ame mis ojos

proféticos e inmutables,

siempre perseguirá el verso

y la plegaria de mis labios soberbios.

(1913)

 

. . . . . . . . . .

 

LOS VERSOS

 

A Vladimir Narbut

 

Son bagazos de insomnio,

mechas carbonizadas de velas torcidas,

toque de alba

en cientos de campanarios blancos…

tibio banco de la ventana

bajo la luna de Chernigov,

son abejas, melilotos,

polvo, tiniebla y ardor.

(Ciclo Secretos del oficio)

 

. . . . . . . . . .

 

Tal vez muchas cosas quieran aún

ser cantadas por mi voz:

lo que retumba en el silencio,

o lo que emana de la roca en la oscuridad profunda de la tierra,

o tal vez lo que en el humo se revela.

Todavía no he aclarado mis cuentas

con el fuego, ni con el viento, ni con el agua…

Pero muy pronto este sopor

me abrirá las puertas de par en par

llevándome tras una estrella matutina.

(1936-1960)

(Ciclo Secretos del oficio)

 

. . . . . . . . . .

 

Y la gloria navegaba como un cisne

a través del humo áureo.

Pero tú, amor, fuiste siempre

mi desolación.

(Ciclo Sarta de cuartetas)

 

. . . . . . . . . .

 

CASI PARA UN ÁLBUM

 

Al escuchar un trueno, me recordarás

pensando: ella añoraba las tormentas…

En el cielo la franja será escarlata ardiente

y abrasará el corazón, como antes.

Eso ocurrirá un día en Moscú

cuando abandone la ciudad para siempre

y retorne al anhelado hogar

dejando entre ustedes sólo mi sombra.

(Ciclo El trébol moscovita)

 

. . . . . . . . . .

 

Todos se fueron y  nadie regresó.

Fiel a la última promesa amorosa

sólo tu diste la vuelta

para ver el cielo ensangrentado.

La casa estaba maldita y maldito el oficio.

Era inútil el dulce canto

y no me atreví a levantar la mirada

ante mi terrible destino.

Profanaron la claridad de la palabra,

pisotearon el verbo sagrado

para que yo lavara la sangre del piso

con las enfermeras del treinta y siete.

Me separaron del único hijo,

torturaron a mis amigos en los calabozos,

me rodearon con empalizadas invisibles,

fortalecidas en su armonioso acecho.

Me premiaron con la mudez,

mendigando la condena para el mundo,

me llenaron de calumnias,

calmaron mi sed con veneno

y conducida hasta el límite,

fui abandonada allí por alguna razón.

Por eso a esta loca ciudadana

le gusta divagar por plazas agonizantes.

(1959)

 

 

. . . . . . . . . .

 

 

NOCHEBUENA (24 DE DICIEMBRE) Último día en Roma

 

El cierre de un ciclo reciente

es tan difícil para el corazón,

he abandonado muchos hábitos en la vida

y ya casi nada me hace falta.

 

Creo en los pinos de Komarovo

hablan en su propia lengua

y como primaveras aisladas

se yerguen en los charcos, bebiéndose el cielo.

(1964 De Borradores y bosquejos)

 

. . . . . . . . . . . . . . . . . . .

 

Soy vuestra vos (antología)

Selección, prólogo y traducción del ruso: Belén Ojeda

Edición bilingüe / Poesía Hiperión

 

Anna Ajmátova c

 

Cantata para los hijos de Gracimiano (cuento) | Daniel Moyano

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Dorada y Capulí

El hombre y la mujer despertaron con los huesos fríos, como dos arañas inútiles expuestas al sol. Estaban tendidos en la expresión donde los había dejado el deseo, fatigado en una interminable reiteración mecánica de un impulso iniciado hacía tiempo. Lo único visible del hombre era un largo brazo caído hacia el piso de tierra, y de la mujer un mechón negro de cabellos. El resto era una construcción topográfica de huesos puntiagudos debajo de la frazada, que latía en su fragilidad impulsada por cuatro pulmones. Últimamente cada acto de amor les sabía a duelo, pero lo ocultaban ante el temor de que fuese verdad. Estaban ambos boca arriba, casi juntos. Pensaban.

El problema que tenían era cómo decirles a por lo menos dos de los nueve hijos, los mayores, que ese día los entregarían a otras familias que pudiesen alimentarlos. Para los siete restantes, menores y sin entendimiento, era un simple problema de combinar palabras, que para ellos, más que significados, serían simplemente sonidos.

Los hijos, desparramados en el suelo, tendidos sobre prendas caballares, dormían en desorden al pie del catre de Gracimiano. El viento de la mañana se filtraba por las paredes vegetales. El menor tenía un fin de sonrisa en la cara aceitunosa. Los demás mostraban sus manos sin el temblor cotidiano de los últimos tiempos, finalmente vencido por el sueño, que también era un alimento, pero aturdidas a veces por visiones internas que jugueteaban en las cabecitas desordenadas. De un modo o de otro, salvo quizás el menor, sabían que ese era el día de la separación.

Los hijos de Gracimiano habían roto las cáscaras de los nueve huevos primordiales eludiendo la cifra cien que se le resta a cada mil niños que nacen en esta tierra del cacto, y pasando por el territorio de las vacunas y de la leche en polvo lograron inscribirse valientemente en el censo del último año, para gloria eterna de la patria. En adelante sólo tendrían que afrontar lo que afronta cualquier hombre, contando entre ellos al Gracimiano y a la Gracimiana.

El Gracimiano padre y la Gracimiana madre no les habían dicho nada todavía sobre el destino que pudiera tener cada uno de ellos a partir de ese día en las casas de quienes pudiesen alimentarlos. Tampoco ellos habían hablado sobre eso. Lo pensaban separadamente. O quizás no lo habían pensado todavía, pero el hecho de la separación estaba en el aire, era la consecuencia de los pequeños actos que se sucedían día tras día, aparentemente inconexos entre ellos, destinados a unirse, sin embargo, para formar un desgarramiento, o nueve desgarramientos, como lo estaba intuyendo ella en ese momento:

“Nosotros no lo pensamos nunca. Fue don Pedro cuando dijo al verlos temblar que esto no podía seguir así. En los pueblos de abajo hay todavía familias que pueden alimentarlos. Y usted señora no lo provoque más a su marido. No se acuesten juntos durante un tiempo. Ustedes mismos están quedando puro hueso. Pronto comenzarán a temblar como ellos”. Pero lo que más les preocupaba, a medias, porque pensaban con mitades de palabras, era la cronología de las separaciones. Primero uno, después el otro, y así hasta nueve. Porque además no era justo dar algunos solamente y condenar a los otros. El bien probable debía repartirse equitativamente, como aquella vez que con un hilo dividió un huevo en nueve partes exactamente iguales. El hombre se había opuesto a la división del huevo. Había que dárselo al menor para que no temblara como los otros. “Lo único que has logrado con esa geometría es dejar con hambre a los nueve”.

Gracimiano eludía las cronologías inevitables y trataba de reducir las nueve separaciones a una sola. “Después de todo, los hijos no son de uno sino de quienes les dan la leche. Iremos en la carreta, ellos bajarán por atrás y entrarán en las casas de quienes sean”. Después él y Gracimiana seguirían hacia adelante, lo único que había que hacer entonces era no mirar para atrás, y sobre todo no decir nada cuando los niños fuesen bajando porque eso sería repetir nueve veces un montón de palabras inútiles, y a uno le quedaba siempre la posibilidad de dar un grito, un solo grito que incluyese a los nueve. En eso oyó más o menos claramente el ruido de las patas del caballo de don Pedro, el encargado de la Sala de Primeros Auxilios, y enseguida el ruido metálico del tarro de leche en polvo que el hombre dejaba caer al suelo sin bajarse del caballo. Esperó unos instantes el ruido del otro tarro, “pero nunca más volverá a repetirse, una sola vez me dejó dos tarros, después fue siempre uno solo”, y con eso debía estar más que agradecido a don Pedro, porque en realidad no le correspondía ningún tarro de esa leche que repartía el Gobierno para niños menores de dos años y madres en situación. Después abrió los ojos y vio que afuera no había ni tarros ni caballos y que los ruidos estaban en su memoria.

El hombre sabía que la mujer tampoco dormía, que estaba pensando mientras esperaba que amaneciese, pero se levantó muy despacio no tanto como para no despertarla sino para que no advirtiera lo que iba a hacer. Al bajar del catre tanteó con un pie la cabeza de Anita (sabía que era ella por lo suave del pelo), y luego, levantando los pies como un gato mientras caminaba entre los niños, alzó con cuidado el tarro de leche que estaba sobre la mesita y salió al campo. Allá vio que quedaba polvo como para hacer medio litro, encendió fuego, sacó agua del cántaro, preparó un poco de leche y en cuatro patas volvió hasta el lugar que ocupaba el menor en la cama común y se la dio. “Tómela sin hacer ruido, no vaya a ser que se despierten los otros”. Hecho esto se acostó nuevamente. Quizás amaneciese enseguida.

Conocí a Gracimiano cuando él era soltero. Un buen tipo, fuerte, el mejor hachero del departamento. Sus padres eran de Ilisca, pero él no se acordaba nunca del pueblo. Las cosas comenzaron a andar mal para él cuando se fue a Chepes y se enredó con la Gracimiana. No era una mujer para él: demasiado hermosa. Desde el mismo día que la conoció no pararon de acostarse juntos y de echar hijos al mundo. Ella lo fue secando poco a poco. Por ese tiempo vivían cerca de Ñoqueve y el gobierno acababa de prohibir la tala de los montes. En los obrajes no había trabajo y las cosas se pusieron feas para todos. Yo era comisario entonces en Ñoqueve y me ordenaron detenerlo porque le había robado una cabra a un vecino. Cuando llegué ya se la habían comido y vi cómo los cuatro hijos que tenía entonces se reían junto al horno tratando de reconstruir la cabra con los huesos que habían quedado de ella. Me entregó el cuero y dijo que podía devolverla con trabajo. Como los dueños, que siempre fueron buenos patrones, aceptaron la propuesta, no fue necesario detenerlo ni remitirlo a la Capital, y Gracimiano, en un par de semanas, no sólo hachó todo lo que había que hachar en el campo de los Pastrana, sino que arregló y dejó como nuevos los techos y las paredes de las viviendas de la peonada. Ahora ha vuelto a Ilisca, dicen, y sigue tumbando árboles, aunque ya está un poco viejo para eso.

Gracimiana caminó en puntas de pie entre los niños para no despertarlos. Vio que en el tarro había apenas un resto de leche y después de vacilar un instante la arrojó al suelo. “No quiero que haya peleas además de tristeza”, hubiera pensado, pero su pensamiento había sido la acción misma. Cuando tiró la leche sintió una larga mirada de Gracimiano, que a poca distancia ataba la mula para el viaje. Estuvo por decirle “no alcanzaba ni para uno solo”, pero advirtió que el hombre comprendía. En los últimos tiempos podían vivir sin palabras.

Como obedeciendo a los pensamientos de Gracimiano, ella le dijo al primer niño que despertó: “vaya subiendo a la carreta”, y ellos iban subiendo a medida que despertaban, y se quedaban allá arriba, mientras Gracimiano ataba todavía algunas correas al animal para sujetarlo a las varas del carro. Algunos volvían a dormirse, apoyándose entre ellos, otros miraban sin asombro un gran sol que subía ya por el cielo como un gigantesco y lejano padre, haciendo dar a cada jarilla, a cada musgo del desierto, su pequeña cuota de sombra, incluso a los cabellos de Anita, que proyectaban una sombra idéntica sobre sus propias mejillas paspadas.

Yo conocí a Gracimiana cuando ella todavía era una niña. Tenía la piel tan suave que se le paspaba con cualquier brisa. Vivía en el campo y vino a Chepes para ir a la escuela, aunque ya era un poco grande para eso. La admití lo mismo y le tomé cariño. Aprendió rápidamente y si no hubiera sido porque era linda, habría pasado desapercibida. No hablaba casi nunca y se movía como una sombra. Los obrajeros y los turcos más ricos de la zona querían casarse con ella. Su desgracia fue Gracimiano. Todavía iba a la escuela cuando lo conoció. Gracimiana envejeció a los treinta años, gastado por él y por los hijos. Después la perdimos de vista, pero quien tuvo la suerte de conocer a Anita, su hija, podía ver otra vez a Gracimiana con las mejillas paspadas por el aire.

El último en subir fue el perro, que calentaba a la vez las piernas del menor, los brazos de José el mayor y una parte de las costillas de la otra mujercita, que dormía todavía. Las frazadas recogidas por Gracimiana cubrían a a casi todos los niños y parte del perro. Los que iban despertando se despojaban de su parte de frazada, porque ya el sol calentaba bastante fuerte. Cuando pasaron frente al primer paraje el hombre y la mujer se miraron un instante como para considerar la posibilidad de la primera entrega, aunque quizá no se miraron para eso sino para probarse, porque no hubo ninguna vacilación en las manos de Gracimiano al sostener las riendas; en ningún momento sus músculos se alteraron para trasmitirle a la mula una orden de detención. Lo que sí pudo vacilar, en vez de las manos, fue el pensamiento de Gracimiano, antes de mirar a la mujer. El pensamiento o el deseo de ejecutar lo que había pensado señalaban que allí había un posible lugar para uno de los hijos, pero enseguida la posibilidad desapareció porque el pensamiento ahora claro del hombre, corporizado casi en una media sonrisa, le decía que en vez de pedir ayuda podían darla, podían ofrecerle al habitante de esa casa un lugar en la carreta para que intentase una posibilidad similar a la de ellos en otros lugares. Las riendas siguieron flojas, entregando el destino de la gente al instinto de la mula, que buscaría los únicos parajes posibles en ese costado del desierto.

Y justamente cuando el sol estuvo bien caliente y el sueño desapareció, los niños comenzaron a temblar, más o menos en el mismo orden con que habían subido a la carreta. El primero en temblar fue José. “Usted es grandecito ya y puede aguantar más”, dijo Gracimiana con una voz no apta para decir eso. “Dentro de esta bolsita hay algo para matar eso, pero hay que compartirlo”. Salvo el menor, que aunque despierto permanecía normal, los otros ocho temblaban manos y caras con ritmo de hambre gesticulada. José le pidió que abriera la bolsa, pero ella ensayó bien su voz diciendo que había que tener todavía un poquito de paciencia, acaso dividiendo mentalmente el tiempo del día con las provisiones que tenía. Después observó con pausas a cada uno, y envolviendo al menor en una larga mirada de sospecha, le dijo, con otra voz, a Gracimiano: “Había más leche en el tarro; lo que pasa es que se la diste a él solo”. Había ira en su voz cambiada, como si la voz de ahora estuviese mordida por algo. Gracimiano asintió con uno de sus silencios y ella sacó la manzana de la bolsa y dijo con la voz de un tercer personaje desconocido: “Ahora no tendré un trabajo difícil, no habrá necesidad de dividirla en nueve partes iguales. Cualquiera sabe cortar una manzana en ocho partes”. La rabia, como un viento contenido, le había encendido las mejillas, que parecían paspadas. “Usted no come”, recitó después mirando al menor y entregando una octava parte de la manzana a cada uno de los otros.

Para los niños, los sucesivos desgarramientos fueron apenas un poco de sueño interrumpido con un descenso por la parte trasera de la carreta. El primero correspondió a José, con un principio de adultez en sus pantalones todavía cortos y las palabras tranquilas de su padre: “Bueno amigo, usted se queda acá. El compadre Britos se hará cargo de usted hasta que pueda valerse por sus propias manos. Las cosas no fueron tan malas hasta ahora, más o menos pudimos vivir juntos, pero eso ahora ya no es posible y hay que ser hombre y aguantarse todo lo que venga. Déme la mano en señal de que ha comprendido”.

José se quedó parado mirando alejarse la carreta. Ninguno de sus hermanos volvió la cabeza, ni sus padres. El perro estuvo ladrándolo un rato y él oyó ese ladrido hasta que el sonido desapareció, y también la carreta, después que el ladrido, y sintió una gruesa mano de Britos que le acariciaba la cabeza y lo felicitaba porque no lloraba. Más allá, en la carreta, Gracimiana había aprendido a usar bien su voz y decía con seguridad las cosas que había que decir en esos momentos.

Durante el resto del día la mula los guió sabiamente por distintos parajes, y en todos los lugares a que los llevó, salvo en uno, nadie rechazó hacerse cargo de un niño. Anita y su hermana menor pudieron quedarse juntas en la misma casa. “Y cuando sean grandes les buscaremos novios”, se dijo. En la radio que había en esa casa, una gran orquesta llenaba todo el espacio con su música. Millares de instrumentos desconocidos, y otros conocidos o percibidos, desparramaban una música extraña y total en lo que quedaba del día. La música venía a través del aire desde ciudades ricas y distantes, desde una Capital no entrevista pero poderosamente existente, donde habían vivido personajes históricos, el Creador de la Bandera, el Libertador de América y también Carlos Gardel. La música que salía de la radio era extraña y abundante, parecía adaptarse a las circunstancias, era larga y no cesaba. Y no cesaba porque cuando partieron, ya solamente con el menor de los hijos, y el alcance de la radio se perdió, la música siguió todavía resonando en ellos, en Gracimiano y Gracimiana, y eso fue bueno porque sustituyó los pensamientos y todo lo demás.

Cuando lo dejaron en la más segura de las casas que habían visto, el menor había comenzado a temblar, y Gracimiano, al verlo así, se puso a disminuirse y empequeñecerse y tender a desaparecer, pero el dueño de casa, viendo su deliberado empequeñecimiento, le dijo que no tuviera miedo, que el niño se recuperaría en seguida y que dentro de poco se lo podría ver en los corrales domando potros y reventando toros. Y aunque ni Gracimiano ni Gracimiana creyeran esas afirmaciones, no podían pensar lo contrario porque ahora la música oída en la radio los acompañaba.

El perro no quiso quedarse en ninguna parte, por su afición a Gracimiano, y hubo que degollarlo. Se entregó solo al puñal, como si hubiese comprendido la congruencia que había en su brillo. Cuando todo estuvo más o menos muerto, el hombre y la mujer sintieron que el carro iba liviano de equipaje. También la mula, que al no sentir ninguna carga importante inició una carrera enloquecida hacia algún posible final de la geografía, donde la provincia termina en unas salinas que son su horizonte.

Durante la carrera de la mula ellos reconstruyeron sus desgarramientos y lo único que había más allá de ellos era el deseo de que el animal no parase más y los llevase siempre hacia alguna parte. La mula se paró dudando ante un barranco que separaba a esa llanura de otra, más vasta y más blanca, como si fuese toda de sal, dobló el cuello hacia atrás y los miró como preguntando, los vio juntos sentados en una tabla que atravesaba el carro. Gracimiano, que había soltado las riendas hacía mucho, se tomó las rodillas y miró hacia el sur. Gracimiana, apoyando su espalda contra la del hombre, lloraba y miraba hacia el norte. Lo que ella lloraba y pensaba le llegaba a él por los músculos de la espalda y las cavernas de las costillas, en sucesivos zumbidos, en resonancias que le envolvían las vísceras bajas y luego pasaban al corazón llenándolo de un incomprensible dolor.

—Es mejor que se calle; todavía falta saber qué haremos con nosotros. Algo tendremos que hacer, en alguna parte tendremos que parar.

—Yo no quiero parar ni seguir. Que la mula haga lo que quiera.

—A la mula hay que matarla también. No quiero que quede nada de todo esto.

—Sin la mula estaremos perdidos porque no sabremos qué hacer.

—Lo que usted debe hacer —susurró él con la boca, y ella sintió que el zumbido de sus palabras le atravesaba a ella también la espalda, le corría hasta la nuca y desde allí le velaba los ojos por dentro—, lo que usted debe hacer es dejar de llorar.

La mujer separó su espalda de la de él, lo miró de frente, impaciente, y gritó:

—Le diste toda la leche a él; los otros ocho temblaban, pero se la diste a él.

La mula, impaciente ante ese diálogo que interrumpía sus impulsos, cerró los ojos y se arrojó hacia abajo en un salto que pretendía ser el encuentro con alguna realidad que no fuese la de ese momento y de todos los momentos que durante el día precedieron a ese. Uno de los propios hijos de Gracimiano, desde lejos, vio volar a la mula y cerró los ojos para no ver dónde caía. Los músculos del animal mantuvieron al carruaje y su carga en conjunción con la caída, de modo que por ese equilibrio llegaron abajo sin deshacerse, y con pocos vestigios del carro. El hombre y la mujer se miraron un momento, como borrándose mutuamente, y aunque no lo necesitaban parece que quisieron hablar para que cada uno después, en el tiempo, usase esas palabras como mejor le pareciese. Pero no pudieron y entonces ella le preguntó con un gesto qué podían hacer.

Gracimiano acercó la mula hacia ellos, ató las correas sueltas desprendidas de la carreta y tomó la mano de Gracimiana para ayudarla a montar el animal.

—Usted se va para allá, yo para ese otro lado —le dijo.

Ella asintió cubriéndose las mejillas ante el viento de la noche vecina.

La mula inició un trote rápido hacia el sur y se perdió en la sombra creciente, tanto que Gracimiano, si se hubiera dado vuelta para mirarla, no habría podido. Metió las manos en los bolsillos y empezó a caminar despacio, hacia el norte, hacia Ilisca, donde sin duda quedaban muchos árboles para tumbar.

Y desde los primeros pasos no pudo pensar ni sentir nada, porque la cabeza se le llenó de música, de la misma música de la radio de la casa donde había dejado a sus hijas. Extraños instrumentos expresaban cada frase musical y adormecían sus sentidos, incluido el que pudiera recordarle la voz nunca aprendida de Gracimiana.

Y del destino ulterior de sus hijos lo salvaba el tiempo porque José el mayor fue destruido por una bala policial en una ciudad populosa adonde lo había llevado la interrogación y la desesperación de la violencia. Otros quedaron ciegos en el norte, sin poder vencer un hambre primordial. La hermana menor de Anita se salvó de la prostitución gracias a un viajante de comercio, pero no pudo hacer nada para rescatar a su hermana de un burdel del oeste, donde terminó sus días y sus noches con las mejillas insensibles.

De los demás hijos nada se sabe, pero de cualquier modo sus historias no hubieran tenido importancia para Gracimiano, que cayó antes que ellos, como uno de sus árboles, pero con dos remordimientos: no poder recordar la voz de Gracimiana y no haber compartido con todos los hijos la última leche que quedaba en el tarro el día de la separación.

 

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En Villa Nidia, en el corazón de los Llanos, ya casi en el límite con San Luis y Córdoba, vivía Héctor David Gatica, que ha escrito Memorias de los Llanos. Editaba una revista de poesía en mimeógrafo: Poesía amiga. La llevaba a lomo de mula a la estafeta de Nueva Esperanza, lejos de allí y la desparramaba por el mundo. Con él recorrí la zona. No pude ir en coche. Lo hicimos a lomo de mula. Mi amigo me contó la historia de una pareja con muchos hijos que había debido ir regalándolos a todos para que no murieran de hambre, hasta quedarse sola. Vacilé mucho en escribir la historia. Me senté a escribir el cuento a las diez de la noche y lo terminé a las seis de la mañana. Lo publicó el diario La Opinión antes de que se incluyera en El estuche del cocodrilo. Ese cuento representa mi contacto más brutal con La Rioja. (de «Libro de navíos y borrascas»: los aprendizajes del exilio, de Sara Bonnardel)

 

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Los fragmentos de la obra de Daniel Moyano que se citan en este blog pertenecen a los siguientes libros:

El estuche del cocodrilo  |  Ediciones del Sol 1974

Tres golpes de timbal | Ed. Sudamericana 1990

Tres golpes de timbal | Alción Editora 1º edición 2012

Un silencio de corchea | Colección La ciudad de los naranjos | Biblioteca Mariano Moreno, de La Rioja

La espera y otros cuentos | Biblioteca básica argentina 1992

El oscuro | Ed. Sudamericana 1º edición 1968

La lombriz | Nueve 64 ediciones 1964

El trino del diablo | 1º edición Ed. Sudamericana 1974

Una luz muy lejana |  Ed. Sudamericana 1º edición

El libro de navíos y borrascas | Editorial Gárgola

Dónde estás con tus ojos celestes |  Editorial Gárgola

Un sudaca en la corte |  Caballo negro editora

En la atmósfera | Editorial El mensú

El vuelo del tigre | Legasa literaria 1981

Algunas de las fotografías de Daniel Moyano fueron tomadas de internet y pertenecen al Archivo de Fotografías de Daniel Moyano, que se aloja en el Archivo Virtual Daniel Moyano, en el Centre de Recherches Latino-américaines de la Université de Poitiers, en Francia. 

http://www2.mshs.univ-poitiers.fr/crla/contenidos/Moyano/Presentacion.html

http://amerika.revues.org/5739

Raquel

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naranjelli

Si pelo una naranja los bucles de su cáscara se extienden hasta la cocina de mi abuela materna. Regresan a mí vaporosas y sugerentes esas galaxias que ella colgaba, como pequeños celajes, por los aromas altos de la alacena.

Siempre me convocaba la íntima sutileza de aquel decorado cotidiano, y su fulgor. Quizás por eso las volutas que recuerdo con mayor intensidad son las que suspendía del ventanuco que daba al patio: ese otro misterio de mi abuela y de sus tardes. Esa celebración de tierra, nísperos y mandarinas.

Cuando las cascaritas se secaban las guardaba en un frasco de tapa con sombrero. Las usaba exclusivamente para perfumar el mate, y mis ojos. Ella lo sabía muy bien. Sabía que estaba perfumando un recuerdo y una intuición.

Ella sabía, y ahora yo también lo sé, los años luz que puede recorrer un conocimiento, o un ritual, ofrecido tácitamente por el quehacer silencioso y perfumado de una abuela.

Sus movimientos componían un lenguaje contundente. Unívoco. Y de ellos aprendí, entre otras cosas, que esos bucles de naranjas podían resguardar todo lo necesario para cimentar un hogar y sus vapores nutricios.

Mi abuela siempre me miraba con una ternura casi infantil y si intervenía en mis cavilaciones lo hacía desde el fondo de ese telón de volutas anaranjadas.

Su voz, como una aparición, ponía mesura sobre lo que para mí era una catástrofe. No la atenuaba, sólo la ponía en su justo lugar. Con sus propias manos partía mi tristeza en pedacitos, como cascaritas secas, y después la esparcía debajo de lo importante. De lo sutil. De su silencio. Que sigue siendo la compañía más intensa y abrazadora que recuerdo.

Oratio de hominis dignitate (fragmento) | Giovanni Pico della Mirandola

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Marguerite Yourcenar ♥

No te he dado ni rostro, ni lugar alguno que sea propiamente tuyo, ni tampoco ningún don que te sea particular, ¡oh Adán!, con el fin de que tu rostro, tu lugar y tus dones seas tú quien los desee, los conquiste y de ese modo los poseas por ti mismo. La Naturaleza encierra a otras especies dentro de unas leyes por mí establecidas. Pero tú, a quien nada limita, por tu propio arbitrio, entre cuyas manos yo te he entregado, te defines a ti mismo. Te coloqué en medio del mundo para que pudieras contemplar mejor lo que el mundo contiene. No te he hecho ni celeste, ni terrestre, ni mortal, ni inmortal, a fin de que tú mismo, libremente, a la manera de un buen pintor o de un hábil escultor, remates tu propia forma.

Fragmento citado en Opus Nigrum  de  Marguerite Yourcenar

Nee certam sedem, nee propriam faciem, nee munus ullun peculiare tibi dedimus, o Adam, ut quam sedem, quam faciem, quae muñera tute optaveris, ea, pro voto, pro tua sententia, habeas et possideas. Definiita ceteris natura intra praescriptas a nobis leges coercetur. Tu, nullis angustiis coercitus, pro tuo arbitrio, in cuius manu te posui, tibi illam praefinies. Medium te mundi posui, ut circumspiceres inde commodius quicquid est in mundo. Nec te caelestem ñeque terrenum, ñeque mortalem ñeque immortalem fecimus, ut tui ipsius quasi arbitrarius honorariusque plastes et fictor, in quam malueris tute formam effingas.

Giovanni Pico della Mirandola

Las ciudades invisibles (fragmento) | Ítalo Calvino

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Y Polo:

—El infierno de los vivos no es algo por venir; hay uno, el que ya existe aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Hay dos maneras de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de dejar de verlo. La segunda es riesgosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y darle espacio.

Los sinsabores del verdadero policía (fragmento) | Roberto Bolaño

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¿Y qué fue lo que aprendieron los alumnos de Amalfitano? Aprendieron a recitar en voz alta. Memorizaron los dos o tres poemas que más amaban para recordarlos y recitarlos en los momentos oportunos: funerales, bodas, soledades. Comprendieron que un libro era un laberinto y un desierto. Que lo más importante del mundo era leer y viajar, tal vez la misma cosa, sin detenerse nunca. Que al cabo de las lecturas los escritores salían del alma de las piedras, que era donde vivían después de muertos, y se instalaban en el alma de los lectores como en una prisión mullida, pero que después esa prisión se ensanchaba o explotaba. Que todo sistema de escritura es una traición. Que la poesía verdadera vive entre el abismo y la desdicha y que cerca de su casa pasa el camino real de los actos gratuitos, de la elegancia de los ojos y de la suerte de Marcabrú. Que la principal enseñanza de la literatura era la valentía, una valentía rara, como un pozo de piedra en medio de un paisaje lacustre, una valentía semejante a un torbellino y a un espejo. Que no era más cómodo leer que escribir. Que leyendo se aprendía a dudar y a recordar. Que la memoria era el amor.
Descubrí el gusto de leer esta novela en el muro de Catalina Tovorovsky. Gracias!

María Moreno ♥ | Black Out (comienzo)

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A Beba Eguía y Ricardo Piglia

El hombre subió al ómnibus. Llevaba una enorme jaula cubierta con un trapo negro. Los pasajeros que viajaban parados se fueron corriendo hacia el fondo; algunos intercambiaron una mirada cómplice: el amor a un animal doméstico con el que se comparte la vida, sabiendo que la comida siempre será escasa —el hombre vestía humildemente—, suele despertar una tolerancia sin aspavientos. Después de todo, era un transporte popular: no faltaban los grandes bolsos donde los obreros llevaban su muda de ropa y sus viandas, los coches de bebés plegados y cerrados, las bolsas del supermercado con alimentos para los próximos quince días. Pero lo que pareció molestar a todos fue que el hombre estuviera borracho. Transpiraba ese olor dulzón, agrio, que perfuma la resaca y sobrevive a la ducha o un baño de inmersión. Debería de ser vino, porque las bebidas en forma de agua ardiente —de la llamada bebida blanca— suelen salir a la superficie con la pureza química del etanol, como si el cuerpo se hubiera convertido espontáneamente en un alambique purificador. El aliento del hombre también era agrio, fuerte, porque además de alcohol exhalaba tabaco. El hombre se tambaleaba aun en las paradas, cuando el ómnibus estaba detenido mientras la gente subía. Lo peor es que no había podido desplazarse hacia el fondo, se atravesaba en el pasillo y, con las aristas de la jaula, pinchaba a los pasajeros de alrededor. Tampoco se callaba, decía: “No quiero perder esta jaula, si la pierdo me muero”.

No le contestaban, la mayoría trataba de alejarse lo más posible hasta que alguien, una mujer joven, le cedió el asiento. Estaba del lado de la ventanilla y, como el aire fresco diluía el olor del hombre, los pasajeros se tranquilizaron. Una vieja que iba sentada en el asiento reservado para las embarazadas y discapacitados le preguntó qué llevaba en la jaula. El hombre respondió: una mangosta. La necesito porque, como soy curda, no puedo separarme de ella, si no ¿quién se comería las víboras? Un policía le preguntó cuáles víboras. Las del delirium tremens, contestó. Pero esas víboras no son verdaderas, le dijo una chica con delantal blanco. Entonces el hombre levantó una punta del trapo para mostrar que la jaula estaba vacía. Tenía un aspecto radiante cuando dijo: ¡pero esta mangosta tampoco es verdadera!

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La primera vez que escuche esta historia fue en una fiesta. Yo iba por mi quinto whisky. Pensé que era un chiste de borrachos, una fábula a favor del protagonista. Después de todo él era el héroe. Liego me dijeron que la mujer que la había contado era de Alcohólicos Anónimos. Pero para entonces yo ya había olvidado la noche entera. Incluso la historia del borracho y la mangosta.

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Contra un fondo de tubos de ensayo por los que circulaba algo en ebullición, mi madre me hacía una prueba de magia. Con un vaso en cada mano, los dos llenos de un líquido transparente —luego supe que era alcohol—, vertía al mismo tiempo los contenidos en una pipeta de vidrio. El líquido se volvía de un carmín traslúcido que evocaba el color de una prenda ensangrentada que se enjuaga. Yo llamaba a mis amigas para que asistieran al número. Me jactaba de mi madre, doctora en Química, aceptando ser su asistente. Sin embargo no hacía nada.

Mucho más tarde, durante los años en que bebí sin parar, solía tener hemorragias. El diagnóstico de endometriosis no ponía en peligro mi vida y yo era suficientemente fuerte como para conservar un número normal de glóbulos rojos. Tenía un hijo, no pensaba tener otro. Sin embargo mi imaginación se disparaba cuando creía que el líquido ardiente que me llevaba sin cesar a los labios, me bajaba transformado en sangre, manchándome la ropa. Pero entonces, cuando mi madre “me hacía magia” ignoraba que la alquimia de mutar una sustancia transparente en rojo bermellón, a su modo, era una profecía.

Mi primera menstruación llegó muy tarde y por eso fue atesorada. Apenas un hilo de sangre en la toalla higiénica acompañado por una molestia en el vientre, que no alcanzaba el rango de dolor, eran suficientes para que yo actuara mi pubertad de manera que las amigas que poco antes se burlaran de mí enrostrándome mi cuerpo infantil, comparado con el de ellas, recientemente calificadas “de señoritas”, me obsequiaran con una sonrisa de condescendencia: les mostraba con ostentación mi blíster de Evanol, me negaba a correr en los recreos y, con cara de sufriente, iba al baño a cada rato, para comprobar con desilusión que la mancha seguía teniendo el mismo tamaño mientras su color viraba a un feo marrón oscuro. Todavía se usaban los paños caseros de tela de toalla con aletas, lavables e indiscretos desde la soga de colgar la ropa.

La casa que alquilamos con Gumier Maier no terminaba de gustarnos; conocedores entusiastas de la literatura sobre el Delta, no nos dejaba leerla en ninguna de sus claves: carecía de la clásica estructura de material y techo de dos aguas que el ascético Sarmiento había querido junto al río, con un mínimo de confort, como quien, por haber sido pobre, se aviene a desviar su destino con mejoras y bienes acumulados pero hasta cierto punto. Sólo seguía la etiqueta edilicia de las islas en los pilotes y el muelle, gemelo de tantos; cuando emergía de la bruma y sin balaustrada, Gumier Maier veía en él un jardín zen. Le decíamos La Desabrida y, sin que nuestro gusto hubiera influido en la elección, aunque todos sospecharan que sí, era kitsch. Cabaña de pino de Bariloche y casa de geishas, se la podía reconocer desde la lancha por el enorme cisne blanco que un amigo había puesto con la base en el agua: un trozo de cemento pintado, de un tamaño imposible para un ave, con alas separadas en actitud de levantar vuelo.

El amante de Gumier Maier había muerto. Yo vigilaba ese duelo, sin interrogar ni consolar, con una distancia pedagógica, puesto que me había persuadido a mí misma de que la no intervención, combinada con una mirada atenta y un cuidado flotante, podían acompañar aquello que me era vedado ahorrar al amigo: las distintas formas del dolor haciéndose pasado a través de períodos de una calma casi narcótica, desasosiego activo, desesperación enunciada sin necesidad de nombrarse en largas marchas ciegas desde el muelle al dormitorio durante las que —con el pretexto de plantar una azalea o unos jazmines del cabo— él sumergía sus manos en la tierra, como si tocara a su amante a través de la sustancia común que rodeaba el río y la tumba en el cementerio público al que solía llevar sus herramientas para instalar canteros. Si mal no recuerdo, hacía traslados de bulbos entre la tumba y nuestro jardín. En los dos lugares miraba crecer los brotes, tenderse hacia el sol: era un duelo floral.

.  .  .

Entonces murió también mi padre. No lo velé pero cumplí su pedido de ser enterrado en la pequeña parcela que su familia tenía en el cementerio de Olivos: el traslado no estaba incluido entre las prestaciones de su jubilación —pero ¿quién se anima a desoír los pedidos de un moribundo?—; sí, el servicio funerario y el féretro, de una madera brillante y rojiza que elegí como si él hubiera podido verlo y reírse. Pedí dinero prestado a mi editora de entonces. Apenas la conocía, pero ya había sableado lo suficientemente a mis amigos como para reincidir aun por razones dramáticas, y ella tal vez achacara mi pedido al estilo del autor marginal cuyo trato formaría parte de los gajes de su oficio.

Le pedí a M que me reemplazara en la ceremonia. La esperé bebiendo en un bar frente al cementerio. M tiene la virtud de no perder la sangre fría en ninguna circunstancia. Cuando todo terminó, vino al bar, se pidió un café y comenzó a quejarse. Creo que no calibraba el lado cómico de su relato. Para colocar el féretro de mi padre hubo que reducir el cadáver precedente. Trozarlo hasta que los huesos ocuparan menos espacio, cambiar a una urna las cenizas de las partes incineradas. Deduje que eran los de mi abuela materna. Se me ocurrió que el tabú del incesto primaba bajo tierra: féretros y urnas separaban lo que sería polvo, y aun polvo común. M me contaba que no fue suficiente con mi abuela. También hubo que reducir a su hijo menor, muerto en un accidente de ómnibus. Mi padre no había sido un familiar simpático; mi abuela prefería a su hermano y allí estaba el odioso Cristobita imponiendo su corpacho y su féretro colorado: siempre había sido un extravagante. Le canté a M un trozo de “Boda negra”. Se escandalizó. En cambio le parecía natural darme esos detalles escatológicos. Hábil administradora, mascullaba contra la rapidez de las acciones de los enterradores, más destinadas —según su impresión— a no atrasar los próximos entierros que a la cortesía hacia los deudos, obligados a optar entre la integridad del muerto reciente y la de los anteriores, quizás ya moderadamente olvidados. Pensé en las pilas de Auschwitz, en el terrorismo visual de lo numeroso en la Historia, y en su opuesto, la pequeña pila de huesos fruto del destino biológico de uno solo, que ha gozado de una inscripción en su tumba, un par de placas con frases sentidas, a veces ambiciosas (esas latinadas ofrecidas a quien nunca las leerá), mientras bajo tierra los plazos municipales van favoreciendo una orgía sin carne que la madera podrida liberará en una composición caótica hasta que una deuda prolongada la destine a la fosa común.

“Lisina = cadaverina. Diaminobutano o butanodiamina = putrescina.” Cada vez que moría un familiar querido y de edad avanzada, mi madre recitaba los  químicos de la muerte en largas parrafadas modernistas, para concluir con una sentencia: “Estaba en edad de morir”. Objetivaba la descomposición de la carne en fórmulas cuyos números y letras la defendían del duelo, en este caso un duelo retrospectivo luego de muchos años de separación, hecho de capas de olvido sedimentadas sobre un amor muy antiguo por el que había sido el único hombre en su vida. M me contaba que, durante toda la ceremonia, permaneció sin llorar pero yo imaginé sus ganas de desplazar la atención prestada a su ex marido hacia su propia fragilidad y desdicha. Cuando el empleado de la funeraria preguntó cuáles de los hombres presentes se ofrecían para llevar al hombro el ataúd, tres amigas lesbianas dieron un decidido paso hacia adelante. El ataúd enfiló hacia la tumba con movimientos desiguales ya que mi hijo, que había tomado una de las manijas, era más alto que mis amigas. M me hacía el relato sin reírse; seguía indignada por el precio de la reducción de huesos.

—“Cadaverina y Putrescina como Soré y Resoré, divinidades clancas de la llanura” —le dije, recitando a Osvaldo Lamborghini y ella me hizo callar porque lo había dicho casi cantando.

Hay cuerpos que se descomponen más rápido, como los que han muerto por septicemia o por insolación. La muerte por infarto luego de un ataque cerebral, como la de mi padre, era inodora, al menos durante las primeras horas. Cadaverina y Putrescina tardarían en llegar. En un manual dedicado a la reducción de restos yo había leído cómo los microorganismos de la viruela, del ántrax y del cólera sobrevivían en los cadáveres durante mucho tiempo y eran contagiosos. Que en un cadáver de 1850, ante el lente de un microscopio, habían aparecido los pequeños virus de la viruela.

 

No era el caso de mi padre el de poder matar, una vez muerto. Tampoco su cadáver era radioactivo. Imaginé que por más que lo hubieran apretado para hacerle largar el aire hasta alcanzar los pulmones de enterradores mal equipados —apenas guantes de látex y botas de pescador—, ningún bacilo de Koch se habría volatizado hacia los vivos.

—La venganza de Margarita Gautier —le dije a M sin explicarme.

Luego del entierro fui en lancha hacia La Desabrida. Necesitaba escapar, alejarme por el río hacia esa morada húmeda que en ese momento me parecía un hogar. Gumier Maier respetó mi silencio. Yo me sentía aturdida. Dormí una siesta larga con breves despertares angustiados. Al atardecer tomé un sedante. Me tranquilicé. Por la noche ya estaba en el muelle preparándome para saltar al agua que el sol había calentado durante el día. En Tres Bocas el río es poco profundo. De noche, el mayor peligro era el de las Chris Craft que pasaban a velocidad y la única señal de una lucecita que parecía tener la propiedad de encenderse demasiado tarde, obligando a nadar precipitadamente hacia la orilla. Acababa de cenar una carne al vino preparada por mí, cuya salsa me había demandado casi medio litro de chianti ordinario. Luego bebí casi una botella de ginebra. Salté.

Tuve la precaución de nadar casi pegada a los pilotes de los muelles que estaban ubicados uno muy cerca del otro, siguiendo la diadema de luces de los faroles de los jardines y de la entrada de los porches.

Recuerdo que había reflectores sobre el cielo: provenían de los helicópteros de la policía que hacían redadas por las islas todos los fines de semana. Nadaba río abajo, a veces me detenía y hacía la plancha para mirar sobre mí el cielo estrellado.

—Zafé —me decía—, zafé.

No se puede llorar en una sustancia que se funde en las propias lágrimas. Y Gumier Maier, sentado en el muelle, podía verme desde lejos pero no hasta el punto de darse cuenta de que estaba llorando y, de haber estado más cerca, tampoco habría sido capaz de diferenciar sobre mi cara el agua del río de las lágrimas. Ese llanto, una vez derramado, terminaba también por ser irreconocible para mí, que no debía distraerme del tráfico y de nadar respirando acompasadamente al ritmo de las brazadas. Tuve la tentación de no volver, de seguir río abajo hasta la zona de quintas deshabitadas donde los muelles rotos me impedirían subir de nuevo a tierra. No intentaba una hazaña, ni siquiera una temeridad. Era como si el llanto y la natación se hubieran conjugado para desatar una especie de euforia, de prueba de potencia. Aun nadando contra corriente, sin mucho esfuerzo, los pies podían tocar el fondo. Sólo en medio del río era profundo. Pero existía en la deriva de mis pensamientos un horizonte de sin razón, una desobediencia que yo asociaba al gesto de John Glenn cuando, suspendido en el espacio, apenas conectado a la aeronave por un cable, dejó de escuchar la orden de volver, para gozar por un instante de ese flotar fuera de lo humano.

Gumier Maier comenzó a llamarme desde el muelle. Lo hacía con lengua bola de vino tinto y porro. Cada llamado era en voz más alta, angustiada. Quería que diera señales de vida, de que no me estaba ahogando o me había golpeado con un tronco de los tantos que emergían de las aguas, árboles podridos o talados, arrancados de cuajo por las tormentas. No tuve el impulso de contestar. Mi nombre me interrumpía la concentración. Desentonaba. Yo sentía el calor adentro del pecho y, por contraste, el frío del agua sobre la piel. Me gustaba la violencia de la sensación, el calor del alcohol en el interior del cuerpo. Ese grito lejano me advertía: yo ignoraba la resistencia de mi corazón, la desafiaba sin recordar mi edad y mi mal estado físico. La alegre irresponsabilidad, que desde afuera podía leerse como un gesto suicida, no tenía más sentido que una demostración de fuerza. Fuerza bruta ejercida con una prodigalidad de gigante que alguna vez me valió el apodo de Gargantúa. Destreza no: fuerza física, fuerza palurda del que se suicida mordiéndose las muñecas o tratando de separarse las mandíbulas con la mano como cabe a nuestra mitología paisana de hijos de inmigrantes. Tuve aliento para ir y volver. No recordaba que mi padre abría las botellas con los dientes, que nadaba mar afuera, con una rápida patada de crol de sus piernas delgadísimas como las mías. Ni me daba cuenta de que la boca abierta que sacaba fuera del agua, imitaba la curva de su agonía. Nadaba contra él, para alejarme de su muerte y, aunque volví, me pareció que era otra y que esa otra nadaba y bebía.

.  .  .

La boca de mi padre, esa tensa forma de herradura que se repite de la rabieta de infancia recién al final de la vida, de aquel llanto que precede a la asfixia siempre breve y por eso no debería llamarse así —asfixia— sino cuando el soplo afanoso de la respiración suele deslizarse cada vez más espaciado entre los labios tendidos hasta su expansión máxima, me obsesionaba en su misterio: mantenía su habitual color oscuro, su humedad, una frescura que sobresaltaba en el rostro pálido y escamado de viejo. Yo la miraba luchar y suponía que, desde algún vaivén asordinado de la conciencia, mi padre hacía gestos de succión hacia los pechos de las enfermeras que se volcaban sobre él para cambiarle las sábanas volviéndolo primero de un lado y luego del otro, mecánicamente, como si ya no fuera un hombre. Porque, quitada la dentadura postiza, hundidos los labios en esa cavidad oscura desde la que llegaba un aliento hecho de los químicos que lo mantenían vivo y la propia podredumbre, aún podía percibirse que esa boca había sido ávida.

Dos noches antes de que me llamaran del hospital para avisarme de su internación, habíamos estado comiendo en un restaurante de menú poco variado pero el más cercano al que podía llegar desde el geriátrico sin fatigarse. Hacía poco tiempo yo le había hecho cambiar la dentadura: la nueva le molestaba pero terminó por admitirla, ilusionado con las ventajas que le describía, evocándole su gran apetito carnívoro, su hastío por los platos que no requieren tragarse sino con la simple presión de las encías desnudas como aquellos a los que se había resignado cuando su dentadura anterior se arruinó y tuvo que dejarla, y entonces él me mostraba con tristeza cómo desaparecía en un santiamén, propio de quien quiere terminar cuanto antes con un trámite enojoso, el puré mixto con un chorro de aceite, la manzana rallada, el caldo pálido sin sal ni pimienta, la dieta monocorde del enfermo cautivo.

Era una dentadura estándar, pareja y nacarada, poco mimética con la natural de la que no quedaba ningún registro y cuyas piezas defectuosas habían ido mermando de a poco, a veces con ayuda de su dueño que se las arrancaba con brutalidad, riéndose tanto de la necesidad de un dentista como del truco popular que consiste en sujetarlas ya flojas a la manija de una puerta para que la entrada de alguien las haga volar en la punta del hilo sujetador.

Sentado a la mesa del restaurante, mi padre preguntó con la cara iluminada si había cerdo, en el fondo sabiendo que no era posible que hubiera en ese lugar con módicos platos del día, pero era un lance de suerte, y esa alegría suspendida antes de la negativa supongo que habrá sido una breve victoria sobre el límite interpuesto a su sueño sibarita. Luego mascó un bife de chorizo con premura, asomado a su plato y de cuatro bocados como yo lo había visto hacer desde la infancia, haciendo enfurecer a mi madre. Se sirvió vino de la jarra de un cuarto, un vaso tras otro, agitando la botella hasta sacarle la última gota. Ya no le dejaban beber bebida blanca que era su favorita y, en los meses de terapia intensiva, sobrio y dormido, se había acostumbrado.

Impedido de caminar, de tomar fotografías —su oficio—, fascinado por los noticieros —o más bien reducido a ellos debido a que los servicios del geriátrico sólo incluían, para su televisor, los canales de aire—, alegre con la posesión de un gato ante cuya presencia la institución hacía la vista gorda, sólo obsesionado por la cantidad de lo ingerido y la velocidad en saciar su hambre, haciendo ruido con esa boca en la que ya no entraría nada para inundar las papilas de un placer totalmente elegido, por ejemplo esos picantes que antaño solía espolvorear como un ogro, sin ninguna proporción, al recetario existente alguno, mi padre se había convertido en un apetito.

.  .  .

Tenía perfil de emperador romano. Cabeza y cuello en un mismo bloque, la nariz alineada con la frente aunque creo que a eso se le llama “perfil griego”. La descripción no es la de Electra como testigo ocular sino de mi madre ante sus amigas solteras y mayores, que habían visto a mi padre con sus propios ojos pero a las que ella hacía rabiar narrándolo. En realidad a mi padre lo llamaban con el nombre de otro emperador: el japonés. Hirohito había venido al país y su imagen estaba en las primeras planas de los diarios, la de un mestizo envarado, nunca sonriente, con altura de granadero. Y mi padre, como él, tenía los ojos oblicuos, un par de tajos brevísimos sobre una luminosidad amarilla que yo heredé y redondeo con un lápiz graso engrosado hasta el manierismo para dar la ilusión de una lágrima suspendida. Un artificio kitsch. Mi padre, escondido tras los lentes de carey, improvisaba un oriente de miope. El apodo de Hirohito no se debía solamente al parecido sino a ciertas simpatías filonazis que compartía con el emperador.

Creyéndose fea, mi madre ignoraba sus ardides femeninos, ardides que despreciaba pero ejercía y, para hacer rabiar a sus amigas, no sólo narraba la belleza de mi padre como si ellas no lo conocieran sino como si fuese una promotora o una representante artística: cuando por las noches salían a pasear por la Avenida Santa Fe para mirar vidrieras, las llevaba a que contemplaran el perfil de mi padre a su negocio de fotografías, un local estrecho a la altura de Callao. Yo las acompañaba. Con la luz de la vidriera apagada luego del horario de atención al público, mi padre leía o escribía frente a su escritorio. Seguramente revisaba los pedidos para el día siguiente. Un velador lo iluminaba desde arriba y mi madre señalaba la apostura de mi padre como una adquisición propia: a pesar de que ya no vivían juntos, era un acuerdo tácito con una ley que aún no aprobaba separar lo que había unido y las amigas asentían con hipocresía, tal vez consintiendo en que mi madre fuera vencedora quien sabe en qué zonas jamás definidas de la competencia entre mujeres.

Una vez mi padre se puso de pie y su sombra tapó la luz de la lámpara. Luego desapareció brevemente de escena. Cuando volvió a sentarse ante su escritorio se había puesto delante una botella de ginebra y un vaso. Lo señalé riéndome y mi madre, con brusquedad, me dio un topetazo en el hombro. Mi padre tomó un trago y las amigas de mi madre, supuse, se sintieron vencedoras: era un perfil de buen mozo en un echado del hogar conyugal que se había dado a la bebida. Y mi madre, no recuerdo con qué pretexto, nos hizo alejar.

.  .  .

Mi padre tenía un lado que desmentía su supuesta belleza. Unos dientes grandes que, sin el socorro oportuno de la ortodoncia, crecieron torcidos y filosos contra sus labios. El agua con flúor de las provincias en las que había trabajado los mancharon de amarillo, manchas pequeñas como pecas. Ese era el secreto de su boca sensual: su cualidad de herida.

Cuando se reía no se le veían los dientes: cierto accionar de su estructura ósea le había dado esa ventaja. De querer mostrar su parte fea, tenía que hacerlo deliberadamente, desenfundando la dentadura.

Para hacerme reír a mí, él solía encoger el labio inferior y desfigurarse aún más la boca mientras me corría con los dedos de las manos separados, afectando garras y pezuñas. Ese juego que me arrancaba gritos agudos solía irritar a mi madre, celosa de cualquier complicidad entre mi padre y yo, aunque también enojada por una actitud de él que juzgaba infantil e indigna de la virilidad. No entendí que su enojo sugería además que, aunque bromeara, a mi padre su defecto le daba pena. Un día tomé un gran pedazo de papel de paspartú y lo ocupé todo con un círculo. Luego dibujé la mínima traza del rostro humano: dos puntos por ojos, un palito, la nariz, todo rápido antes de ocuparme de la boca, demarcándola con una especie de banana donde fui dibujando pequeños triángulos irregulares que pinté en distintos tonos de marrón. Mi caja de 24 colores —las codiciadas alemanas de los años cincuenta donde los lápices se exhibían alineados bajo un fino papel de seda como si fueran bombones— permitía las gamas para alguien como yo que desconocía el arte del sombreado. Dos redondeles unidos por el medio, a modo de anteojos, señalaron la identidad del modelo. Tardé, me pareció, un tiempo muy largo, que imaginé merecedor de un elogio especial, sobre todo porque hasta entonces como dibujante festejada hasta la zalamería me había limitado a las hojas de cuaderno. Corrí a mostrarle el dibujo a mi padre. Primero miró el dibujo, luego a mí, muy serio. Luego hizo una especie de sonrisa, en realidad un rictus en donde no advertí su recuerdo de niño herido: hamacaba a su hermano menor y perdió algo en el suelo. Se agachó a recogerlo cuando la hamaca se alejaba a lo más alto de su curva, pero no lo hizo bien. La hamaca le voló todos los dientes de leche. Cuando crecieron los definitivos, su rostro, antes ascético, cambió súbitamente con ese morro llamativo, hecho de dientes desiguales y manchados que le hicieron difícil su relación con las mujeres desde el  momento en que cada varón intenta sobreponerse con cierta prestancia a la edad del pavo. Busqué esa boca en el terreno del espíritu y la encontré en el joven Sartre, boca que a muchos repele —una boca Bardot clavada en la cabeza del existencialismo—, que también como la de mi padre, el fotógrafo, llevaba lentes. En el terreno del deseo, la encontré en una joven a quien también le sobresalían los dientes pero cuando la probé me pareció áspera, como sin sangre. A veces sueño con esa boca sola, la de mi padre, suspendida en el aire, separada de todo cuerpo, una abstracción, pero carnal.

.  .  .

La llegada del nieto permitió a mi padre una entrada espectacular a mi habitación del sanatorio, munido de una filmadora y lámparas de estudio que me enceguecieron mientras daba de mamar. No nos saludó ni nos dio un beso: su única manera de expresar amor era el registro, una película que pronto extraviaba o que nos proyectaba a desgano, una foto ya dañada por un revelado desprolijo e impaciente.

Cuando mi hijo era pequeño, todos los domingos mi padre nos hacía una visita para un almuerzo que él remataba con una larga siesta. Entonces yo preparaba los platos suculentos que le gustaban —ravioles con estofado, milanesas a caballo, flanes con crema y otros inductores de la siesta pesada anteriores a la política de la comida sana—. Con el almuerzo él se bajaba una botella de ginebra. La servía llenando el vaso cada vez y sin hielo y la tragaba haciendo muecas y estirando la cabeza hacia atrás. Alguna vez en broma le ofrecí un embudo. Me dijo que era mejor usar una tolva, un embudo para granos en el que el cono menor, decía, tenía el diámetro de su boca. Traje el que yo usaba para pasar de la damajuana a una botella el vino que solía comprar suelto; estaba jugando pero él no: se lo puso en la boca y levantó la cabeza para recibir así la ginebra. Mi hijo no tenía edad para poder sostener la botella. Todo el juego era peligroso. Lo impedí.

No sabía cuidar. Carecía del instinto, siquiera el sentido común como para no soltar la mano de un nieto de tres años que hace equilibrio sobre una pared, o lo arrojaba y recogía en el aire sin calcular la altura del techo y, con las manos, le apretaba demasiado el cuerpo o gritaba hasta asustarlo. Era el Frankenstein de James Whale, en la escena en que juega con la pequeña María a arrojar flores al agua del lago y sostiene esa expresión torpe en donde convergen las intenciones de un asesino y el remedo de una ternura humana.

No separaba la sed de las ganas de aturdirse. En todo caso, mi padre bebía para liquidarse, como yo. Primero para darse ánimo pero, enseguida, para perder la conciencia, calmando así cualquier angustia, mucho y rápido con su boca insaciable. Hasta el sopor y el sueño o el coma intermitente antes del horror de despertarse en la feroz lucidez del día. Bebo en exceso porque bebo con la boca de mi padre.

. . . . . . . . . . . .

Black out | María Moreno | Literatura Random House | 2da. Ed. 2016

Estela Figueroa | El hada que no invitaron | Poemas

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PRINCIPIOS DE FEBRERO

No.

El hermoso verano

no ha terminado aún.

Nos queda un mes para estarse en los patios

y descalzarnos

mientras charlamos

de esto y aquello

sin ton ni son.

Todavía habrá hombres de brazos tostados

en las calles

de la ciudad envuelta por la noche

brotada toda

como un lazo de amor.

 

No.

No me sostengas que no voy a caerme.

Sólo se caen las estrellas fugaces

y yo —te dije—

quiero permanecer.

 

Un hombre es bueno para una noche.

Cuando amanece es un reflejo dorado

sobre la cama donde se toma café.

Y es agradable el olor que deja.

Dura todo un día.

Pero no toda la vida.

 

Luego hay que descansar.

El libro de Kavafis y el de Pavese

sobre la mesa de luz.

Hay que aminorar la marcha.

Sentarse un rato a solas

en el sillón del patio.

Mujeres: tendríamos

que aprender de los gatos.

¡Cómo agradecen el tazón

que rebosa de leche!

 

Falta para el otoño.

Que nos encuentre intactas.

Sin habernos negado

a estas pasiones

que cada tanto

asaltan.

. . . . . . . . . .

 

TRAGEDIA GRIEGA

 

A veces la confusión se produce

al elegir un rol equivocado.

 

Algunos sólo servimos

para estar en el Coro

diciendo parlamentos y canciones

que aclaren las pasiones de la Obra.

 

Cuando la vanidad

la euforia o simplemente

la grandeza del tema

nos convierte en actores

paralizados

olvidamos el texto

quedando en un ridículo silencio.

. . . . . . . . . .

 

Mi cuerpo

 

Hay momentos en que mi cuerpo me parece

como una casa abandonada.

 

Y no sé si soy yo

o es mi fantasma

que ha entrado en él

por error.

. . . . . . . . . .

 

Depresión

 

III

La casa que me protegía me expulsa

quiero salir

y no tengo a dónde ir.

“Soy una pobre amanuense”.

¿Quién tendrá piedad de mí?

 

IV

Me siento como en una cárcel

en una pequeña red de pescador.

Casi no puedo moverme.

Algunos peces me acompañan.

Son mis amigos.

Soy su sirena.

Son los peces-palabras:

espero ansiosa el momento de atraparlos

y empezar a cantar.

. . . . . . . . . .

 

BICHOS EN MI CASA

 

III

Porque ya no hablamos

me creo liberada de nuestra unión.

Es ingenuo.

Ambos tenemos el tesón

y la paciencia de la araña.

Puede permanecer un año escondida.

Y es un misterio saber qué la alimenta.

. . . . . . . . . .

 

A  MANUEL INCHAUSPE,

EN EL HOSPICIO

 

Las nuestras, mi amigo,

son obras pequeñas.

Escritas en la intimidad

y como con vergüenza.

Nada de tonos altos.

Nos parecemos a la ciudad

donde vivimos.

 

Perdiste tus últimos poemas

y yo casi no escribo.

 

De allí

esos largos silencios

en nuestras conversaciones.

. . . . . . . . . .

 

Estela Figueroa

El hada que no invitaron

Obra poética reunida 1985-2016

Bajo La Luna, 2016

Sharon Olds | poemas | La materia de este mundo

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Más vieja

Cuanto más vieja me pongo, más me siento
casi hermosa- no mi cara, una cara común,
puritana, sino mi cuerpo. Y tendré
cincuenta, pronto, mi cuerpo
se marchita, huesudo, y me gusta su
rugosidad plateada, la piel que se afina,
la superficie de un lago rizada por el viento, un espectro
arrugado, un pliegue de humo. Sin embargo
cuando miro hacia abajo puedo ver, a veces,
cosas que, si las viera una mujer joven, la harían
gritar como en una película de terror,
quedo convertida en bruja en un instante—si me inclino
lo suficiente, puedo ver la piel fina
de mi estómago frunciéndose
y colgando en pequeños picos, como yeso fresco.
Y sin embargo puedo imaginarme a los ochenta, hecha
enteramente, por fuera, de eso,
y haciendo el amor con la misma dignidad
animal, el túnel todavía igual
al interior de una bráctea color frambuesa.
De pronto me veo joven a mí misma
al lado de esa octogenaria, me veo
como su hija, mi carne suelta y drapeada
muestra los ángulos largos de estos extraños
huesos como las manijas de utensilios de cocina hechos en el cielo.
Cuando era más joven, me veía a mí misma,
a veces, como el tosco dibujo de una hembra—
los pechos, el destello de las caderas de los años 40—
pero este grisáceo ser abollado es confortable como
una vieja prenda favorita, es casi
amable, ahora, para mí. Por supuesto, es
el amor de él el que estoy viendo, el trabajo de su pulgar
sobre este centavo de la suerte —cinco veces
cinco años en su bolsillo. Quizás
aún si me muriera, él no me vería fea.
A veces, ahora, bailo
como humo chato sobre una chimenea.
A veces, ahora, creo que vivo
en el lugar donde se hace la bebida solemne, salvaje
de acabar, no estoy todo el día acabando,
pero vivo todo el día en el lugar donde eso se hace.

. . . . . . . . . . . . . . .

Acusación de oficiales de alto rango

En el zaguán arriba de del hueco de las escaleras

mi hermana y yo nos encontrábamos de noche,

ojos y pelo oscuro, los cuerpos

como gemelos en la oscuridad. No hablábamos

de los dos que nos habían llevado allí, como generales,

por sus propios motivos. Nos sentábamos compañeras

en la guerra fría, su cuerpo vivo la prueba de

mi cuerpo vivo, de espaldas al leve

cráter de obús de las escaleras, por donde

tendríamos que bajar, sin saber

más que loque habíamos aprendido allí,

así que ahora

cuando pienso en mi hermana, las suturas

y las marcas de las golpizas de su doctor esposo,

y las cicatrices de las operaciones, siento la

ira de un soldado parado sobre el cuerpo de

alguien a quien mandaron al frente de batalla

sin entrenamiento

ni arma.

. . . . . . . . . . . . . . .

Madre primeriza

Una semana después de que naciera nuestra hija,
me arrinconaste en la habitación de huéspedes
y nos hundimos en la cama.
Me besaste y me besaste, mi leche desató su
nudo corredizo y caliente a través de mis pezones,
empapó mi blusa. Toda la semana había olido a leche,
leche fresca, agria. Empecé a latir:
mi sexo había sido desgarrado como un trapo
por la corona de su cabeza, me habían cortado con un cuchillo
y cosido, los puntos tiraban de la piel—
y la primera vez que te rompen, no sabes
que vas a cicatrizar, mejor que antes.
Me acosté con miedo y sangre y leche
mientras me besabas y me besabas, tus labios calientes,
hinchados como los de un adolescente, tu sexo grande y seco,
todo tú tan tierno, te inclinaste sobre mí,
sobre el nido de puntadas, sobre
lo rajado y desgarrado, con la paciencia de alguien que
encuentra un animal herido en el bosque
y se queda con él, a su lado
hasta que vuelva a estar entero, hasta que pueda correr de nuevo.

. . . . . . . .

Estudio Bíblico: 71 a.C.

 

Después de derrotar a la armada de Espartaco

Marco Licinio Craso

crucificó 6000 hombres.

Eso dicen los documentos,

como si hubiera clavado los 18.000

clavos él mismo. Me pregunto cómo

se sintió, ese día, si salió a la intemperie

entre ellos, si caminó por esos bosques

humanos. Creo que se quedó en su tienda

y bebió, y quizás copuló,

oyendo las canciones en su honor,

la sintonía de instrumentos de viento

que estaba haciendo él de una sola vez, elevado a la potencia de seis mil.

Y quizás se asomó, a veces,

para ver las filas de instrumentos,

su huerto, la tierra erizada con eso

como si un parche en su cerebro le picara

y ésta fuera su manera de rascarse

directamente. Quizás le dio placer,

y un sentido de equilibrio, como si hubiera sufrido,

y ahora encontrara una compensación,

y una voz. Hablo como un monstruo,

alguien que hoy en día ha pensado largamente

en Craso, en su éxtasis por no sentir nada

cuando otros sienten

tanto, su ardiente levedad de espíritu

por ser libre de caminar por ahí

mientras otros son crucificados sobre la tierra.

Puede haber sido el día más feliz

de su vida. Si se hubiera cortado

la mano con una copa de vino, dudo que hubiera

tomado conciencia de lo que estaba haciendo.

Es aterrador pensar en él que ve de repente

lo que él era, pensar que corre

hacia afuera, para tratar de bajarlos,

un hombre para salvar 6000.

Si hubiera podido bajar uno,

y verle los ojos cuando el nivel de dolor

caía como en un vuelo repentino hacia el placer,

¿no habría eso abierto en él

el terror feroz de entender al otro? Pero entonces habría tenido

5999

más. Posiblemente casi nunca

pasa, que un Marco Craso

tome conciencia. Creo que durmió, y se despertó

al sueño de su conciencia, levantó la abertura de su carpa

y miró lentamente hacia afuera, a los susurros y crujidos

de su prado viviente —suyo, como un órgano

externo, un corazón.

. . . . . . . .

La promesa

Con el segundo trago, en el restaurant,

tomados de la mano sobre la mesa vacía,

hablamos de eso otra vez, renovamos nuestra promesa

de matarnos el uno al otro. Estás tomando gin,

el enhebro azul noche

se disuelve en tu cuerpo, yo tomo Fumé,

mastico su tierra fragante y ahumada, estamos

recibiendo tierra, ya somos en parte polvo,

y donde sea que estemos, estamos también en nuestra

cama, encajados, desnudos, a lo largo uno del otro,

cercanos, embriagados

después del amor, entrando y

saliendo del borde de la conciencia,

nuestros cuerpos felices, entrelazados. Tu mano

se tensa sobre la mesa. Te da miedo

que me acobarde. Lo que no quieres

es agonizar en una cama de hospital por un año

después de un infarto, incapaz

de pensar o de morir, no quieres

que te aten a una silla como a tu impecable abuela,

profiriendo insultos. El cuarto en penumbras

a nuestro alrededor,

globos de marfil, cortinas rosadas

ceñidas por la cintura —y afuera

un anochecer de verano tan leve,

alto, luminoso. Te digo que no me

conoces si creer que no te

mataré. Piensa en cómo hemos flotado juntos,

mirándonos a los ojos, pezón contra pezón,

sexo sobre sexo, las mitades de una criatura

resurgiendo hasta el borde de la materia

y sobrepasándola —me conoces de la brillante

sala de partos salpicada de sangre, si un león

te tuviera entre sus dientes yo lo atacaría, si las sogas

que ataran tu alma fueran tus propias muñecas, yo las cortaría.

. . . . . . . .

Por qué mi madre me hizo

 

Quizás yo soy lo que ella siempre quiso,

mi padre en mujer,

quizás soy lo que ella quería ser

cuando lo vio por primera vez, alto e inteligente,

parado en el patio de la universidad con la

luz dura y masculina de 1937

brillando en su pelo engominado. Ella quería ese

poder. Quería ese tamaño. Tironeó

y tironeó a través de él como si él fuera caramelo

oscuro de bourbon, tironeó y tironeó y

tironeó a través de su cuerpo hasta que me sacó,

pegajosa y brillante, su vida después de su vida.

Quizás yo sea como soy

porque ella quería exactamente eso,

quería que hubiera una mujer

muy parecida a ella, pero que no se retaceara, así que

se apretó fuete contra él,

apretó y apretó la pelota clara

y suave de sí misma como un palo de crema batida

contra el agrio rallador metálico manchado

hasta que yo salí atravesando el cuerpo de él,

una mujer alta, manchada, agria, filosa,

pero con esa leche en el centro de mi naturaleza,

estoy recostada aquí como estuve alguna vez recostada

en la curva de su brazo, su criatura,

y la siento mirándome como el

hacedor de una espada mira el reflejo de su cara en

el metal de la hoja.

. . . . . . . .

Poema tardío a mi padre

 

De pronto pensé en ti

de chico en esa casa, los cuartos sin luz

y la chimenea caliente con el hombre frente a ella,

silencioso. Te movías a través del aire pesado

en tu belleza, un niño de siete años,

indefenso, inteligente, había cosas que el hombre

hacía a tu lado, y era tu padre,

el molde del que estaba hecho. Abajo en el

sótanos, los barriles de manzanas dulces,

recogidas del árbol bien maduras, se pudrían y

se pudrían, y más allá de la puerta del sótano

el arroyo corría y corría, y algo no te fue

dado, o algo te fue

quitado, algo con lo que habías nacido, de modo que

aún a los 30 y 40 te llevabas

cada noche la medicina aceitosa a los labios para que te ayudara

a caer en la inconsciencia. Siempre pensé que

el punto era lo que nos hiciste a nosotros

como hombre grande, pero después recordé a aquel

niño formándose delante del fuego, los

pequeños huesos dentro de su alma

retorcidos y rotos desde el tallo, los pequeños

tendones que sujetaban el corazón en su lugar

se quebraron. Y lo que te hicieron

tu no me lo hiciste. Cuando te amo ahora,

me gusta pensar que le estoy dando mi amor

directamente a ese niño en el cuarto del fuego,

como si pudiera llegarle a tiempo.

. . . . . . . .

Las muertas

Cuando le pregunto a mi madre si puede recordar

si mi mejor amiga de los nueve años

se murió antes, o después, que su madre—

habían pintado su árbol con pintura de plomo

en el garaje cerrado— mi madre describe

lo furioso que se puso el padre de mi amiga,

años después, cuando mi madre y su segundo

marido les ganaron a él y a su segunda esposa

el concurso de vals. La voz de ella es melodiosa,

le encanta ganar, la pérdida de su rival

un caramelo erótico. Por un momento entiendo

que no sería totalmente malo

si mi madre muriera. Qué interesante

estar en el mundo cuando ella no estuviera —qué

raro respirar aire que ella no hubiera respirado

antes. Hasta puedo tener una visión de ella muerta,

por un segundo —boca arriba, desnuda, como mi padre

pequeña, mi padre como una mujer, la boca

abierta, como estaba la de él. De pronto, no siento

miedo —como si nadie me fuera a lastimar.

Y están juntos otra vez, un instante —un par de

cosas nupciales, ¡una tenaza! Como si me hubieran

entregado como un mensaje y después los hubieran ejecutado.

No pueden deshacerme. Puedo agradecerles tranquilamente

por mi vida. Gracias por mi vida.

. . . . . . . .

Última hora

 

En el medio de la noche, me hice una cama

en el piso, alineándola fielmente a mi madre,

la cabecera hacia las colinas, los pies hacia la Bahía donde

los pájaros vadean para buscar moluscos —me acosté,

y el primer cascabel de la muerte sonó

con su autoridad del desierto. Ella tenía ese aspecto de

niño cantor en un ventarrón,

pero su cara se había vuelto más material,

como si los tejidos, almacenados con su vida,

estuvieran siendo reemplazados desde algún abastecimiento general

de jaleas y resinas. Su cuerpo la respiraba,

crujidos y chasquidos de mucosidad, y después

ella no respiraba. A veces parecía

que no era mi madre, como si hubiera sido sustituida

por un ser  más adecuado a esa tarea,

una criatura más simple y más calma, y sin embargo

saturada del anhelo de mi madre.

La palma de mi mano le rodeaba la coronilla

donde latía su corazón feroz, la otra mano sobre su

hombro pequeño, me mantuve a la par de ella,

y entonces empezó a apurarse,

a adelantarse, después se quedó quieta y su

lengua, manchada como motas de maná,

se levantó, y un jadeo se formó en su boca,

como si lo hubieran forzado a entrar, después la calma. Después otro

suspiro, como de alivio, y después

la paz. Esto siguió por un rato, como si ella estuviera

expresando, sin apuro,

sus sentimientos sobre este lugar, su tierra

y apesadumbrada conclusión, y después, contra

la palma de mi mano en su cabeza, el regalo de no

sufrir, ningún latido;

por momentos, sus latidos parecían curvarse—

y después sentí que ella no estaba allí,

sentí como si ella siempre hubiera querido

escaparse y ahora se hubiera escapado.

Entonces se transformó,

despacio, en una cosa de hueso,

que marcaba el lugar donde ella había estado.

. . . . . . . .
La materia de este mundo –  Sharon Olds

Gog & Magog Ediciones,  2015

Traducción: Inés Garland e Ignacio Di Tullio

Leyendo “Para que no entre la muerte”, de Daniel Moyano por Ricardo Romero

Sobre el enorme escritor Daniel Moyano y todo lo que puede despertar su infinita ternura, su escritura magistral, su coherencia:
«Cuidar las palabras, esos milagros, de las agresiones permanentes de las diversas formas del poder. El idioma es la reserva natural de la libertad que tienen las personas. Acaso, la verdadera patria». Daniel Moyano

Revista Carapachay

1

Durante años, a principios de los ochenta, mi viejo le compró a una señora que visitaba el banco en el que él trabajaba la colección completa Capítulo, Biblioteca argentina fundamental, del Centro Editor de América Latina. Durante varios años más, hasta fines de los ochenta, pongamos, los más de 170 libros y los más de 170 fascículos de la colección se alinearon en la biblioteca de casa como un paisaje adulto que no tenía nada que ver conmigo, hasta que tuvo. Me imagino una siesta un poco aburrida, con ese aburrimiento justo y necesario que precede a la curiosidad, en esa edad en que todo es preceder. En algún momento di el salto de la Biblioteca Billiken a estos libros, de los mares y las selvas exóticas a los ríos y las llanuras que conocía, de las grandes urbes de otras latitudes y siglos a ciudades más mías…

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Nanas de la cebolla | Miguel Hernández | por Joan Manuel Serrat

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Aquí podés escucharlo a Serrat interpretando este dulce poema

La cebolla es escarcha
cerrada y pobre:
escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla:
hielo negro y escarcha
grande y redonda.

En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.

Una mujer morena,
resuelta en luna,
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te tragas la luna
cuando es preciso.

Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en los ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que en el alma al oírte,
bata el espacio.

Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.

Es tu risa la espada
más victoriosa.
Vencedor de las flores
y las alondras.
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.

La carne aleteante,
súbito el párpado,
el vivir como nunca
coloreado.
¡Cuánto jilguero
se remonta, aletea,
desde tu cuerpo!

Desperté de ser niño.
Nunca despiertes.
Triste llevo la boca.
Ríete siempre.
Siempre en la cuna,
defendiendo la risa
pluma por pluma.

Ser de vuelo tan alto,
tan extendido,
que tu carne parece
cielo cernido.
¡Si yo pudiera
remontarme al origen
de tu carrera!

Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.

Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.

Vuela niño en la doble
luna del pecho.
Él, triste de cebolla.
Tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.

Canción de Cuna | Cançó de bressol | Letra y Música de Joan Manuel Serrat

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“Por la mañana rocío,

al mediodía calor,

por la tarde los mosquitos:

no quiero ser labrador”.

 

I jo que m’adormia entre els teus braços

amb la boca enganxada en el teu pit.

L’amor d’un home ja ens havia unit

abans d’aquell matí d’hivern en què vaig néixer.

El record d’aquell temps, el vent no l’arrossega:

quan estalviaves pa per a donar-me mantega.

 

“Por la mañana rocío,

al mediodía calor,

por la tarde los mosquitos:

no quiero ser labrador”.

 

Cançó de bressol que llavors ja em parlava

del meu avi que dorm en el fons d’un barranc,

d’un camí ple de pols, d’un cementiri blanc,

i de camps de raïms, de blats i d’oliveres.

D’una verge en un cim, de camins i dreceres,

de tots els teus germans que van morir a la guerra.

 

“Por la mañana rocío,

al mediodía calor,

por la tarde los mosquitos:

no quiero ser labrador”.

 

Ets filla del vent sec i d’una eixuta terra.

D’una terra que mai no has pogut oblidar

malgrat el llarg camí que et van fer caminar

els teus germans de sang, els teus germans de llengua,

i encara vols morir escoltant mallerengues

coberta per la pols d’aquella pobra terra.

 

“Por la mañana rocío…”

 

 

Canción De Cuna

 

“Por la mañana rocío,

al mediodía calor,

por la tarde los mosquitos:

no quiero ser labrador”.

 

Y yo que me dormía en tus brazos

con la boca pegada a tu pecho.

El amor de un hombre nos había unido

antes de la mañana de invierno en que nací.

El viento no puede llevarse el recuerdo de aquel tiempo

cuando te quitabas el pan para darme mantequilla. (1)

 

“Por la mañana rocío,

al mediodía calor,

por la tarde los mosquitos:

no quiero ser labrador”. (2)

 

Canción de cuna que entonces ya me hablaba

de mi abuelo que duerme en el fondo de un barranco, (3)

de un camino polvoriento, de un blanco cementerio,

y de campos de uvas, de trigos y de olivos.

De una virgen en un altozano, de caminos y atajos,

de todos tus hermanos que murieron en la guerra.

 

“Por la mañana rocío,

al mediodía calor,

por la tarde los mosquitos:

no quiero ser labrador”.

 

Eres hija del viento seco y de una enjuta tierra. (4)

De una tierra que nunca has podido olvidar

a pesar del largo camino que te obligaron a andar

tus hermanos de sangre, tus hermanos de lengua,

y todavía quieres morir escuchando alionines

cubierta por el polvo de aquella pobre tierra.

 

“Por la mañana rocío…”

 

Aquí podés escucharlo al Nano cantando “Canción de cuna”

 

(1) En los tiempos de la posguerra española había mucha escasez y racionamiento de los alimentos. Se racionaban con cartillas familiares con restricciones. Sólo los adictos al régimen tenían carta blanca y además especulaban con sus privilegios. Para superar eso las familias hacían intercambios. La mamá de Serrat cambiaba el pan que le tocaba para que su hijo pudiera tener mantequilla.
(2) Este estribillo castellano que se repite en la canción, que es catalán esencialmente, es un elogio a la emigración, a los obreros que cantaban canciones de su tierra para evocar su infancia y superar las dificultades de los tiempos de miseria.

(3) El abuelo de Serrat y gran parte de su familia eran republicanos y murieron fusilados y enterrados en fosas comunes anónimas, con total desprecio y falta de humanidad.

(4) Le dice a su mama que es hija de Aragón tierra árida y dura, de gente voluntariosa y trabajadora.
Por tanto también es hija de otra cultura, de algún modo extraña en Catalunya, lejos de su tierra natal, pero aun amando a Catalunya por ser la tierra de su hijo no deja de añorarla siempre (Serrat solo es hijo suyo, su hermano Carlos es hermanastro).

Fuente:

Joan Baeza, quien nos dice en su blog  ( http://serrat.webcindario.com/cancodebressol ): “Me propongo ofreceros algunas traducciones del cancionero catalán  de Joan Manuel Serrat y complementarlas con comentarios que ayuden a entender el significado de cada canción”.

Para el orden de la orden | Anna Pinotti

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Inhumana.

Festejo atrás del verbo las partes y la

diferencia del género que no genero.

 

 

 

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Escupo disimuladamente en un

pañuelito partes del alegato con los

ojos clavados al techo.

 

…………………………………………………

Para el orden de la orden de Anna Pinotti

annapinotti@hotmail.com

Ediciones la mariposa y la iguana, 2013

http://www.edicioneslamariposaylaiguana.blogspot.com.ar

 

El Barón Rampante (fragmento) | Italo Calvino

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La villa estaba cerrada, las persianas atrancadas; sólo en una, un tragaluz, batía por el viento. El jardín, abandonado, sin cuidar, tenía más que nunca un aspecto de selva de otro mundo. Y por las alamedas ya invadidas por la hierba, y por los paseos llenos de maleza, Óptimo Máximo se movía feliz, como por su casa, y perseguía a las mariposas.

Desapareció en una mata. Regresó con una cinta en la boca. A Cosimo el corazón le latió más fuerte.

– ¿Qué es, Óptimo Máximo? ¿Eh? ¿De quién es? ¡Dime!

Óptimo Máximo meneaba la cola.

– ¡Trae aquí, trae, Óptimo Máximo!

Cosimo descendió hasta una rama baja, cogió de la boca del perro aquel jirón desteñido que había sido, con seguridad, un lazo en el pelo de Viola, así como aquel perro había sido sin duda un perro de Viola, olvidado allí en la última mudanza de la familia. Más aún, ahora a Cosimo le parecía recordarlo, el verano anterior, todavía cachorro, asomando de un cesto del brazo de la niña rubia, y quizá se lo habían llevado de regalo en ese momento.

– ¡Busca, Óptimo Máximo! – y el salchicha se lanzaba entre los bambúes; y volvía con otros recuerdos de ella, la cuerda de saltar, un trozo desgarrado de cometa, un abanico.

En la cima del tronco del árbol más alto del jardín, mi hermano grabó, con la punta del espadín, los nombres Viola y Cosimo, y luego, más abajo, seguro de que a ella le habría gustado, aunque lo llamara con otro nombre, escribió: Perro salchicha Optimo Máximo.

A partir de entonces, cuando se veía al muchacho sobre los árboles, se podía estar seguro de que mirando delante de él, o cerca, se vería al salchicha Óptimo Máximo trotando con la barriga en el suelo. Le había enseñado el rastreo, la muestra, la cobranza: los trabajos de todas las especies de perros de caza, y no había animal del bosque que no cazaran juntos. Para traerle la caza, Óptimo Máximo trepaba con dos patas a los troncos lo más alto que podía; Cosimo descendía para tomar la liebre o la perdiz de su boca y le hacía una caricia. Ésas eran todas sus familiaridades, sus fiestas. Pero continuamente, entre la tierra y las ramas, discurría un diálogo entre el uno y el otro, un entendimiento de ladridos monosilábicos y chasquidos de lengua y dedos. Esa necesaria presencia, que para el perro es el hombre y para el hombre el perro, no los traicionaba nunca, ni a uno ni a otro; y aunque distintos de todos los hombres y perros del mundo, podían considerarse, como hombre y perro, felices.

mi-novia

Evangelina Caro Betelú: Gracias por el recuerdo de esta preciosa lectura ❤ .

 

Poemas de José Watanabe (Trujillo/ 1945 – Lima/ 2007) | Cosas del cuerpo

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jose-watanabe

El Kimono

Mi padre y mi madre eran sombras dispares
que ahora, muertas, acaso se encuentran más.
Yo recuerdo: él le regaló un kimono
y ella lloró en silencio
porque una gracia así
no concordaba
con su amor tan austero.

En la espalda del kimono
saltaba un salmón rojo.
Sobre los hombros de mi madre, el pez
parecía subir por la cascada de sus cabellos,
hermosísimos y azulados cabellos
de mestiza:
Una bella imagen que ella no podía ver.

Dígasela usted, padre,
para que deje de llorar.

 

El Guardián Del Hielo

Y coincidimos en el terral
el heladero con su carretilla averiada
y yo
que corría tras los pájaros huidos del fuego
de la zafra.
También coincidió el sol.
En esa situación cómo negarse a un favor llano:
el heladero me pidió cuidar su efímero hielo.

Oh cuidar lo fugaz bajo el sol…

El hielo empezó a derretirse
bajo mi sombra, tan desesperada
como inútil.
Diluyéndose
dibujaba seres esbeltos y primordiales
que sólo un instante tenían firmeza
de cristal de cuarzo
y enseguida eran formas puras
como de montaña o planeta
que se devasta.

No se puede amar lo que tan rápido fuga.
Ama rápido, me dijo el sol.
Y así aprendí, en su ardiente y perverso reino,
a cumplir con la vida:
yo soy el guardián del hielo.

 

El Anónimo

Desde la cornisa de la montaña
dejo caer suavemente una piedra hacia el precipicio,
una acción ociosa
de cualquiera que se detiene a descansar en este lugar.
Mientras la piedra cae libre y limpia en el aire
siento confusamente que la piedra no cae
sino que baja convocada por la tierra, llamada
por un poder invisible e inevitable.

Mi boca quiere nombrar ese poder, hace aspavientos, balbucea
y no pronuncia nada.
La revelación, el principio,
fue como un pez huidizo que afloró y volvió a sus abismos
y todavía es innombrable.

Yo me contento con haberlo entrevisto.
No tuve el lenguaje y esa falta no me desconsuela.
Algún día otro hombre, subido en esta montaña
o en otra,
dirá más, y con precisión.
Ese hombre, sin saberlo, estará cumpliendo conmigo.

 

. . . . . . .

Descubrí a Watanabe por intermedio de Felicitas Maini y Miguel Martínez Naón. Gracias!

 

Joseph Brodsky | Poemas

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Joseph Brodsky

Final del Quinto Aniversario (1977)

 

Oigo el balbuceo de la Musa.

Con las entrañas siento, como la Parca

sigue hilando: en los empíreos, aún

soportan el carbohidrato de mi suspiro,

y la lengua desenvuelta, ávida de sonidos articulados,

agradece al destino con un garabato cirílico.

Para eso es el destino: para entender

cualquier idioma. Ante mí, el espacio en su estado

más puro:

no hay lugar para una columna, una fuente,

una pirámide.

Y por lo visto, en él no hace falta guía.

Rechina, pluma mía, mi uña, mi báculo.

No apures estas líneas: atascada entre los desperdicios,

la época no nos alcanzará sobre ruedas

a nosotros, descalzos.

Nada tengo que decir a un heleno ni a un normando.

De antemano, no sé en qué tierra yaceré.

¡Rechina, oh mi pluma! Consume más papel.

 

. . . . . . . . .

 

Conversaciones en el atrio

(Gorbunov y Gorchakov, X)

 

—La enorme ciudad, en una densa tiniebla.

—Cuaderno escolar cuadriculado.

—Se eleva un enorme manicomio.

—Paréntesis en el orden del universo.

—Tras la fachada un helado patio,

Todo nevado, lleno de pilas de leña.

—¿No es sólo conversación todo este paisaje,

puesto que todo cabe en las palabras?

—No: aquí viven hombres que han perdido el juicio

de horrores viscerales, de miedos de ultratumba.

—Pero ¿ellos no serán una mera potencialidad

De llamarse hombres?

—No, porque tienen ojos que expresan algo,

extremidades, cabezas sobre los hombros.

—Al recibir un nombre, una cosa

Se hace parte de la oración de inmediato.

—¿También las partes del cuerpo?

—Estas, sobre todo.

—¿Y este lugar?

—Ya ves que hasta lo llaman casa.

—¿Y los días?

—Los días tienen nombres.

Oh, ¡todo esto parece Sodoma

de las palabras voraces! ¿Quién les otorgó derecho?

—Aquí un nombre sonaría muy siniestro.

—¡Me empieza a dar vueltas la cabeza

de tantas palabras que van decorado las cosas!

—Indiscutiblemente, esto nos marca.

—Como el mar a Gorbunov; y perjudica

a la salud.

—Entonces no es el mar que se precipita a la orilla,

sino una palabra persigue a la otra.

—¡Las palabras, entonces son reliquias!

—Es que alguna vez han existido como cosas…

Y de las cosas nos protegen los nombres.

—¿Acaso también de la pasión de Cristo?

—De toda pasión.

—¡Que Dios nos valga!

—Él mismo curaba las bocas con sus palabras,

pero también se había escudado tras las palabras.

—Su mismo destino es una advertencia.

—Lo cual garantiza que el nuestro

no sea el ahogarnos en el mar.

—Y que Su muerte sea la única cosa binaria.

—Y por lo mismo, resulta un sinónimo.

 

*

 

—Pero ¿y la eternidad? ¿O acaso ella

también fue una cosa que se convirtió en palabra?

—Es la única palabra en la tierra

que no ha logrado devorar a su objeto.

—¿No es ésta la mejor defensa de las palabras?

—No lo creo.

—Quien se persigna, se salva.

—Pero no del todo.

—Pues menos aún resucitaremos en un sinónimo.

—Aún menos.

—¿Y en el amor?

El amor se resiste a las palabras vanas.

O eres poeta, o bien estás confundiendo

la sensualidad con el amor.

—No hay palabra más indefinida.

—Como no hay velo más impenetrable

que devore mejor su propio objeto,

y sea más entrañable que la palabra.

—Pero bien mirado el asunto, la palabra

también es una cosa. ¡Y estamos en paz!

Es entonces cuando empieza el silencio.

El silencio es el futuro de los días

que corren al encuentro de nuestra habla,

con todo lo que queremos subrayar en ella,

asumiendo la despedida en el encuentro.

El silencio es el futuro de las palabras

cuyas vocales han devorado la cosedad,

tan temerosas de sus propias esquinas;

es aquella ola que hasta la eternidad abarca.

El silencio es el porvenir del amor;

es un espacio, y no un estorbo muerto

capaz de privar de respuesta y de eco

al falsete del amor que aún golpea en la sangre.

El silencio es el presente de aquellos

que vivieron antes. El silencio es la alcahueta

que en sí misma da lugar a todo mundo,

y que desde hoy invade lo hablado.

La vida no es sino una conversación

previa al silencio.

—Una disputa en movimiento.

—Es discurso del crepúsculo, con un fin incierto.

—Y  las paredes representan las objeciones.

 

*

 

—La enorme ciudad en una densa tiniebla.

—Discurso del caos, resumido sucintamente.

—Se eleva un gigantesco manicomio,

como un paréntesis en el universal concierto.

—¡Maldita sea, de los rincones nos alcanzan

Corrientes de aire!

—Las imprecaciones no hieren mi oído:

lo que veo no es la vida, sino el triunfo de las palabras.

—Sí, sí: ¡nos verbalizan los sustantivos!

—Así un ave vuela de su nido,

preocupada por el pan de cada día.

—Sobre el llano se eleva una estrella

buscando un interlocutor más competente.

—El mismo llano, hasta donde la mira alcanza,

mantiene en la noche un coloquio,

con la lentitud del correo.

—Y ¿cómo precisamente lo mantiene?

—Mediante las imperfecciones del terreno.

—¿Y cómo distinguir entre los habladores

nocturnos,

si bien su conversación no tiene sentido alguno?

—Arriba está parado Gorbunov,

Y Gorchakov es el que está abajo.

 

*

 

Gorbunov y Gorchakov (1966-68) es un extenso poema dialogado, escrito a raíz de la estancia de Brodsky en un hospital psiquiátrico, donde lo habían enviado para una revisión médica durante el proceso por el parasitismo social al que había sido sometido por aquella época (1963-64). Consiste en una serie de coloquios entre Gorbunov, un paciente, y Gorchakov —una especie de alter ego del poeta—, que gasta sus días en el manicomio bajo observación médica. El apellido Gorchakov tiene, ciertamente, claras connotaciones relacionadas con la biografía y la poesía de Pushkin. Aquí se presenta uno de estos coloquios metafísicos entre dos filósofos ataviados con batas de hospital para enfermos mentales. T. B.

 

. . . . . . . . . .

 

El centenario de Anna Ajmátova

Una página, una llama,
un grano y la piedra del molino;
el filo de la navaja
y el cabello que, ella cercena:
Dios lo conserva todo; *
y antes que nada, las palabras
de amor y de perdón,
como de su propia voz vinieran.
En ellas late el pulso entrecortado,
los huesos truenan, golpea la pala del enterrador.
Puesto que la vida es una,
las palabras suenan, llanas y pausadas,
de los labios mortales
más nítidas que si llegaran
desde la bruma supraterrenal.
Alma excelsa: por ser tú quien las dijiste,
me inclino ante tí a través de los mares;
ante ti y ante tu parte perecedera
que descansa en la tierra natal,
la que pudo, gracias a ti,
recobrar el don de la palabra
en un mundo de sordomudos.

Julio 1989

*Deus consevat omnia: las palabras que Ajmátova antepuso a su Poema sin héroe. Al mismo tiempo, es la consigna que aparece en el frontón del edificio histórico del s. XVIII, en el que ella vivió durante treinta años en Petersburgo-Leningrado.

Poemas,  Joseph Brodsky,  Alción editora, 2011, trad: Tatiana Bubnova

Bajo la lluvia ajena | Juan Gelman

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Juan Gelman

III

Yo no me voy a avergonzar de mis tristezas, mis nostalgias. Extraño la callecita donde mataron a mi perro, y yo lloré junto a su muerte, y estoy pegado al empedrado con sangre donde mi perro se murió, existo todavía a partir de eso, existo de eso, soy eso, a nadie pediré permiso para tener nostalgia de eso.
¿Acaso soy otra cosa? Vinieron dictaduras militares, gobiernos civiles y nuevas dictaduras militares, me quitaron los libros, el pan, el hijo, desesperaron a mi madre, me echaron del país, asesinaron a mis hermanitos, a mis compañeros los torturaron, deshicieron, los rompieron. Ninguno me sacó de la calle donde estoy llorando al lado de mi perro. ¿Qué dictadura militar podría hacerlo? ¿Y qué militar hijo de puta me sacará del gran amor de esos crepúsculos de mayo, donde la ave ser se balancea ante la noche? No era perfecto mi país antes del golpe militar. Pero era mi estar, las veces que temblé contra los muros del amor, las veces que fui niño, perro, hombre, las veces que quise, me quisieron. Ningún general le va a sacar nada de eso al país, a la tierrita que regué con amor, poco o mucho, tierra que extraño y que me extraña, tierra que nada militar podrá enturbiarme o enturbiar. Es justo que la extrañe. Porque siempre nos quisimos así: ella pidiendo más de mí, yo de ella, dolidos ambos del dolor que el uno al otro hacía, y fuertes del amor que nos tenemos.
Te amo, patria, y me amás. En ese amor quemamos imperfecciones, vidas.

Roma, 9/5/80

 

 

 

Tierra que anda. Los escritores en el exilio.

Textos y testimonios

Jorge Boccanera

Ameghino Editora S.A. 1999

Jorge Boccanera | Poemas

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Jorge Boccanera

Desaparecido II

Yo no soy y soy ninguna parte.
Yo no puedo y lo que puedo es nada.
Yo no estoy.
Apenas una sílaba pero en verdad más nada,
un tiempo ayer, ceniza,
viento por todas partes. No entro ni salgo, yo
no digo buenasnoches, no beso, no utilizo

sombrero
Porque jamás y soy ninguna parte.

Se terminó –dijo la vida de un portazo- y yo
no vuelvo. Y cuando vuelvo quedo a mitad del

camino.
No puedo. Y si pudiera es casi o menos que eso.
Apenas una fecha en el papel ajado de tus labios.

Allá van las barajas de mano en mano y estos
dados de sangre rodando a la deriva.
Yo sueño si me sueñan.
Pero a veces escucho. Hay una voz,
me sabe de memoria.

. . .

 

XVII

Alguien ha entrado al mar como a una casa,
humaredas de espuma le entorpecen el habla,
lo ciegan,
llenan su corazón de harina negra.

Si el pescador era propiedad de la tierra
el ahogado pertenece al mar,
y es inútil disputarle a las aguas esas verdad

pesada.

Como el rostro del que entró para siempre
al espejo del agua,
en un país que desconoce.

La memoria es a veces como una piedra enorme
en los brazos de un niño.

. . .

 

X

 

¿Será posible el sur?

¿Será posible

tanta bala perdida al corazón del pueblo,

tanta madre metida en la palabra loca y toda

la memoria en una cárcel?

 

¿Será posible el sur?

¿Será posible

tanto invierno caído sobre el último rostro de mi

hermano, tanto salario escaso riendo con descaro

en el plato vacío y el verdugo esperando?

 

Mi territorio de una vez

Gira en la oscuridad de esa pregunta.

¿Será posible el sur?

Si se viese al espejo

¿se reconocería?

 

. . .

 

El niño de la fotografía

No hay mucho que hacer en la memoria,
caminar una casa derribada a balazos,
atravesar arañas con palabras,
buscar viejos olores quemados por el viento.
Poco que hacer allí.
Mear en los rincones para espantar las sombras
correr donde no hay nadie.

¿Qué hacer en la memoria?
¿Descansar en un ruido?
¿Ponerse de rodillas ante un gran agujero?

. . .

 

Exilio

 

          Expulsados de la selva del sur de Sumatra

          por los hombres que vienen a poblarla, 130

          elefantes emprendieron hoy una larga marcha

          de 35 días hacia la nueva ciudad que les fue

          asignada.

(AFP. 18/11/82)

 

No hay sitio para los elefantes.

Ayer los expulsaron de la selva en Sumatra, mañana alguien les impedirá la entrada al Unión Bar.

Yo integro esa manada hacia Lebong Hitam,

yo sigo a la hembra guía,

cargo con la joroba de todas mis valijas sobre las

cuatro patas del infierno.

 

Llegarán a destino –dijo un diario en Yakarta.

Los colmillos embisten telarañas de niebla.

Llegarán a destino,

viejas empalizadas que sucumben bajo mareas de carne.

Llegarán -dijo el diario.

 

Más la estampida cruza por suelos pantanosos

y mi patria –la mía- es sólo esta manada de elefantes

que ha extraviado su rumbo.

 

¡Guarde celosamente la selva impenetrable este ulular

de bestias!

Tambores y petardos, acompañan.

Algo de todo el polvo que levantan, es mío.

. . .

 

V

¿Y las palabras?
funeral, silencio.
El cielo es una esponja que devora los pájaros.
¿Y las palabras?
Como arrumbadas ellas,
como escombros,
como montón o nada que decir,
como basura humeando.
¿Y las palabras?
Unas: como un altar de clavos.
Otras: como luto en las mangas.
Como rotas de amor y para siempre.
Una bestia emplumada mete su hocico, escarba,
pero ellas arrumbadas como huesos pelados o
nada que decir.
¿Quién arriesgará un ala?
¿Quién meterá su lengua sin temor a una herida?

. . .

 

Corría el año 1917

 

 Magro, cetrino, casi hierático, me pareció
un árbol deshojado. Su traje era oscuro
como su piel oscura.

Ciro Alegría

 

Un Santiago de Chuco de labios apretados lo ve
pasar y dice: como si la victoria y la derrota
comieran de su plato y dice: como un hueso
escarbando en el habla de nadie, ¿y tanto así?

Pasa un zumbido un triste alguna capa un capellán
un globo sin su niño un ala que saluda las tardes
son iguales aquí pasa Vallejo navegando en el polvo
de las demoliciones.

Como si la victoria (se lo dije) como si la
derrota (¿no le digo?) comieran de su plato y
él escupiera el plato porque un dedo de sangre
va abriéndole los ojos porque hay un aguacero
que se lo lleva todo.

Pasa el maestro de escuela por las calles vacías.
Una mano cortada lo lleva de la mano.

. . .

Pena de muerte

 

Rostros que yo extravié, ¡nunca reposen!

Ámense en la ceniza, enrólense en la ira,

ofrezcan recompensa, exijan mi cabeza,

maldigan a mis hijos a y a los hijos de ellos.

Subrepticiamente dejen una bala en mi plato,

debajo de mi almohada, entre fotografías.

Navaja y gran coraje en su oración de sangre,

pero nunca reposen.

Yo los rocé en un sueño sin querer

y les prometí asuntos, no hay perdón.

Hay que tener paciencia, yo sé que

alguna vez seré sombra de sus sombras,

seré miedo en sus miedos

y habrá látigos duros: la palabra Yasmín.

. . .

Envíos

Todo lo que se da llega a destiempo.
No existe otra manera.
Entre el ojo y la mano hay un abismo.
Entre el quiero y el puedo hay un ahogado.
Un país que asoma su cabeza deforme en una
carta,
y va a darse a destiempo, nada es lo que
esperabas.
Y lo que llega envuelto en papel de regalo se irá
sucio de odio.
Bailamos entre los escombros de una cita.
Dibujamos una taza de café en el desierto.
Vivimos de sumar y de restar:
lo que te da el amor, lo que te quita el miedo.
Al final nos entregan los huesos de un perfume.

Aún así persistimos.
En alguna montaña vive un pez resbaloso.
Entre números rotos se desliza una estrella.

 

. . .

 

El peluquero

 

Asentaba navajas en un listón de cuero,

porque era su trabajo arrancarle a los rostros sus
animales muertos.
Hacía barba y bigote para el espejo atestado de gente.
Su navaja pulía aquélla superficie,
rasuraba los rostros del espejo y haciendo su trabajo
afeitaba al espejo?

Era más chico que un tarro de gomina Brancato mi

abuelo,
pero una cabeza más alto que la muerte.
Invitaba al cliente sacudiendo una toalla
y el cliente ocupaba aquél sillón Dossetti de madera
y entraba en el espejo.
El estilista hablaba solamente con su tijera
y cuando ella por fin tenía la lengua despegada hacia

un lado él decía: “servido”.
Mi abuelo maquillaba al espejo con estrellas de talco

y usaba un pulcro saco blanco.
La muerte-que también es prolija- le envidiaba su colección

de peines.

Un día la muerte, que hojeaba una revista deportiva,

dijo: “me toca a mí”.
Y ocupó aquél sillón, despatarrada y con un remolino

en la cabeza.
“Tiene un pelo difícil”, dijo sin voz mi abuelo.
Después, la muerte asentó su navaja y haciendo su

trabajo, ¿rasuraba al espejo?
El peluquero se marchó bajo un cielo cualquiera con

estrellas de talco.
El espejo se pasó la mano por la cara afeitada,
suave, como un recién nacido.

. . .

Historieta

La niña abre el baúl y una mano le echa tierra en los

ojos.
Ella dice: ¡qué hermoso paisaje!
Ahora mezcla pinturas,
revuelve los vestidos de tías adornadas con juegos de

palabras.
Se amorata, se luce angelical, gira mangosta, novia

de esparadrapo,
se mira en los espejos que trabajan sin que nadie los

mire.
En este último cuadro la niña se pinta y se despinta,

aparece y se borra.
Yo cierro el libro de cuentos infantiles pensando que

mi lengua es esa niña Sordomuda,
probándose vestidos a la hora en que los demás
duermen.

. . .

 

Nacimiento

 

             a mi hijo, Roberto Nicolás

 

En la intimidad de otro cuerpo ha levantado su

pequeña tienda.

Kilómetros de arena en su ceguera, pero ninguna

estrella.

Aletas que se arrastran en un cielo sin dios,

osamentas de peces lo rodean,

algas que condecoran su cintura.

 

Y aquellos limosneros que llaman Reyes Magos

intentan confundirlo.

Ofrecen una almohada de piedra para él,

una mordaza,

leche de los mil diablos para él,

pesan su corazón anfibio.

 

En las redes del vientre posó sus manos inseguras.

Vio pudrirse la carne de su ángel anterior.

No tiene nombre aún y ha soñado su rostro

sumergido en el llanto.

 

Ha levantado su pequeña tienda en un cielo que ruge

con sus olas de polvo.

Y aquellos limosneros: cada escama una perla,

corales de oro ofrecen.

 

Pero él avanza, quita

los algodones de las bocas del miedo,

pregunta el paredero de Yazmín,

brinda por mí.

—Hoy no sé nada y viene mi pariente—

 

¿Cómo he de recibirte Señor de las Tormentas

si no es desnudo, armado hasta los dientes, loco

de vergüenza?

 

Ahora no pido nada,

cualquier dulce palabra puede ser un insulto,

una canción de cuna puede ser un harapo

porque él ha levantado ya su pequeña tienda.

 

. . .

 

Jorge Boccanera

Antología Personal

Desde la gente

Ediciones del Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos C. L.

Los sobrevivientes de la bomba atómica | Tomás Eloy Martínez| Lugar común la muerte

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TEM Tomás Eloy Martínez

Hiroshima era como una mano, con seis flacos dedos de agua. Desde tiempos sin memoria los Kada vivían a 12 kilómetros de la ciudad, en las montañas cerca de Numata, al noroeste, donde el intrincado delta de aguas amarillas se disolvía en la muñeca y el antebrazo del río Ota. En sus casas, construidas sobre la cresta de una escarpada colina, los Kada destilaban un vino de arroz áspero, seco, y tejían esteras codiciadas por su lisura y resistencia. Visitaban la ciudad sólo una vez al mes, para vender las artesanías y comprar provisiones.

La abuela Kada había muerto joven, en los últimos años del emperador Taisho, padre de Hirohito. En la familia se decía que el culpable de su muerte era “un furioso rayo de sol”. Pero la realidad era menos lírica. Un día, mientras la abuela Kada ponía la ropa a secar, la luna empezó a cubrir el sol y la noche avanzó a toda velocidad sobre las montañas. Eran las nueve o las diez de la mañana y la abuela estaba sola en la casa. La extrañeza del eclipse la aterró. Creyó que había llegado el fin del mundo y que iba a enfrentarlo sola.

Resignada a morir, la abuela decidió comportarse con dignidad. Se tendió sobre la tierra y contempló la declinación del sol con firmeza y disgusto, sin apartar la vista. Poco a poco el viento se aplacó, los animales quedaron sumidos en un silencio de fantasma y, durante una eternidad implacable, la oscuridad fue absoluta. De pronto, el sol se asomó de nuevo detrás de la luna. El primer rayo encegueció a la abuela Kada y la desmayó junto al tendedero. Despertó al día siguiente, tan débil del corazón y tan pasmada por su ceguera repentina que, después de contar con agitación lo que le había sucedido, murió veloz, como un pájaro.

Makiko, única hija del único hijo de la abuela Kada, creció desafiando la maldición del sol. Se levantaba temprano para ver cómo el sol se alzaba desde el mar, al otro lado de una hilera de colinas bajas, y lo encaraba sin bajar los ojos, con las manos en la cintura, hasta que el disco flotaba, redondo y completo, sobre los arrozales. El sol respondía a veces con enojo, hiriéndole las pupilas, pero Makiko no cedía. “Era para mí”, dijo veinte años después, “una cuestión de orgullo. Yo estaba preparada para que el sol desapareciera o se destrozara sobre mi cabeza. Creía que, si le sostenía la mirada, nunca más iba a ocultarse ni asustar a nadie como lo había hecho con mi abuela”.

En 1942, el padre de Makiko fue reclutado por el ejército y partió al frente de Manchuria. La madre cerró la destilería y solo mantuvo el taller donde trenzaba las fibras de los tatami, asistida por tres campesinas. Los lunes y los jueves, después de llevar a Makiko a la escuela de Numata, vendía las esteras en Hiroshima y trabajaba seis horas como voluntaria en el hospital de la Cruz Roja, lavando sábanas. En el espacio donde había estado su vida, ahora estaba la guerra. Se olvidaba de sí misma y, a veces, también se olvidaba de Makiko.

El 6 de agosto de 1945, la señora Kada bajó a la ciudad antes del amanecer. Era verano y, como la escuela estaba cerrada, dejó a su hija de nueve años con una lista de tareas domésticas: cortar juncos, ponerlos a secar, limpiar la casa, ejercitarse con los pinceles y dar de comer a los pollos. Makiko se levantó con ánimo de trabajar, pero antes quería ver la suave danza del sol alzándose sobre el mar y las colinas. El cielo estaba opaco, velado por tenues vellones de bruma, y el sol de esa mañana brotaba pálido, destemplado, como si no se sintiera en armonía consigo mismo. Sobre la ceja misma de la colina donde estaba la casa de los Kada se alzaba un amenazador coro de nubes.

Antes de salir a la intemperie, Makiko había visto pasar el rutinario avión meteorológico de cada amanecer. Después oyó un zumbido incómodo, que parecía provenir del sueño, y luego nada. El sol se veía quieto en el cielo, solitario en su círculo de aguas azules. Otro avión apareció en el horizonte pero Makiko lo desdeñó, concentrándose en el sol. Observó el disco ciego del sol con curiosidad, presintiendo que de un momento a otro se convertiría en noche. Suspiró y tal vez cerró los ojos. En ese instante, el fin del mundo llegó verdaderamente.

“El sol se hizo pedazos y cayó”, diría Makiko años después, en Hiroshima. “La pintura espesa del sol me quemó los hombros. El cielo, que siempre me había parecido tan lejano, quedó sin el sostén que le daba el sol y se vino abajo casi al mismo tiempo. La luz creció tanto que salió de su cuerpo. Así que también la luz murió aquel día”.

 

***
Hiroshima estaba situada al centro del golfo de Seto, entre dos poblaciones menores, Otake y Kure. Hacia 1594, los adivinos del príncipe Mori Terumoto aplicaron la quiromancia para desentrañar el porvenir de la aldea, poblada entonces por 120 familias de pescadores: le presagiaron una vida larga y sin zozobras, libre de inundaciones y abundante en conquistas. Las colinas bajas, que se alzaban al este y al oeste, fueron convirtiéndose poco a poco en un nidal de santuarios shinto. Las barcazas con lámparas de colores descendían alegremente todas las noches por los brazos del río Ota para celebrar sus cónclaves en el mar.

El 30 de junio de 1945, los habitantes eran 245.423: al menos, ese es el número de personas a las que el gobierno había asignado una cuota de arroz. Es posible que en agosto la población disminuyera en un cinco por ciento, porque 12.300 raciones fueron eliminadas de los libros que llevaban los intendentes. No más de 12 habitantes habían sucumbido a las escasas bombas lanzadas por el enemigo: tan escasas e insignificantes que parecían haber caído por error, por alguna distracción del viento o de los artilleros. Tal como Kioto a la que preservaban sus templos, Hiroshima era la única ciudad del Japón olvidada por los bombarderos. La gente no sabía a qué atribuirlo: un descabellado rumor, hacia fines de mayo, suponía que la madre del presidente Harry Truman vivía escondida en las cercanías del parque Oshiba, al norte, y que no deseaba regresar a los Estados Unidos; se murmuraba también que un campo de prisioneros importantes había sido instalado en la isla Nonoshima, frente a la boca del estuario. Pero la mayoría creía que era un designio favorable de los dioses de la guerra.

Entre la primavera y el verano de 1945, unas 65.000 casas fueron demolidas eran tres anchas franjas, transversales al delta, con la intención de crear “zonas muertas” que detuvieran los incendios, el día que llegaran. Las autoridades militares confiaban en que los brazos del Ota harían el resto. A principios de agosto, más de la mitad de la población seguía ocupada en la limpieza de los escombros. Los escolares y las amas de casa dedicaban un par de horas diarias a ese trabajo. Pero era en las fábricas donde pasaban la mayor parte de la jornada: el casi centenar de aquella época producía ropas, alimentos, cerveza Kirin, repuestos para los barcos, motores de aviones. En las estaciones ferroviarias de Mitaki y Yokogawa el tráfico de mercancías era ininterrumpido: cada media hora arribaba un convoy de suministros bélicos, cuya carga era distribuida en todo el sur del Japón.

Por falta de comestibles que vender, los almacenes habían sido diezmados: de los 2.330 con que contaba la ciudad en 1939, no más de 150 seguían abiertos en agosto de 1945. Los síntomas del hambre se advertían ya hasta en los barrios residenciales, pero nadie se quejaba: todavía quedaba un poco de té para cocer en los braseros a carbón y el necesario aliento para conversar con los amigos.

 

***
Bajo el cenotafio del Parque de la Paz, en el vientre de un arco de cemento donde todas las mañanas aparecen flores nuevas, todavía siguen fundiéndose con la tierra los andrajos y la sangre de 200.000 hombres; allí, junto a las cartas que dejaron a medio escribir en los hospitales de emergencia, se vuelven amarillas las sembatsuru, las filosas cigüeñas de papel que les llevaban los amigos para desearles salud y buena suerte; allí también, en Hiroshima, dentro de un bloque de piedra, se entrelazan los nombres de los que cayeron repentinamente muertos un día de verano, convertidos en agua, en quemadura, en fogonazo: los nombres que ahora se consumen entre cenizas y magnolias.

Si uno se arrodilla, entre las flores del cenotafio se puede divisar la cúpula de la Exposición Industrial, una mole de acero y mármol que se construyó en 1914. Pero ya el mármol es cansada arena que se desmorona sobre el río Motoyasu, y la cúpula un esqueleto oxidado y retorcido, la corona fantasmagórica de una casa de ruinas. Más cerca, los cerezos lamen una especie de dedo inmenso, sobre el que una chiquilla de bronce abre los brazos, con la cara vuelta hacia el río Ota, en las montañas. Junto a sus pies, en una hendidura hasta donde no llegan las interminables lluvias de julio, algunos cuadernos escolares fueron abandonados, como ofrenda. La chiquilla de los brazos abiertos se llamaba Sadako Sasaki y había nacido el 6 de agosto de 1945, en Hiroshima, a las 9 de la mañana, cuando su madre, cegada, llagada y sin fuerzas, no esperaba sino que ella naciera para morir.

Sadako creció alegremente en una casa de Miyajima, a 16 kilómetros de la ciudad, y solo cuando fue a la escuela por primera vez empezó a sentir una confusa melancolía por aquella madre que no había conocido. Le preguntó a Shizue, su prima, qué había pasado la mañana de su nacimiento. “El cielo se derrumbó y volvió a levantarse”, le contestaron. Sadako aprendió a leer, a coser y a pintar muñecas de yeso; parecía fuerte, aunque a veces un súbito mareo y una llamarada de fiebre la devoraban. Otro 6 de agosto, a los 12 años, cayó desmayada. Murió a las dos semanas, de una leucemia fulminante, y la fotografía de su cara dormida, entre flores y muñecas de yeso, levantó en vilo a los estudiantes del Japón: todos los días, de las monedas que llevaban para el almuerzo, separaban un yen en memoria de Sadako. Fue con esos yenes que se alimentó su cuerpo de bronce, entre los cerezos del parque.

Reposen aquí en paz, para que el error no se repita nunca, dice una inscripción en la piedra del cenotafio. Pero ahora, ya casi nadie en Hiroshima quiere averiguar de quién fue el error y por qué lo cometieron. “Vi el avión desde Kaitachi, a las 08.15, y me pareció que se estaba estrellando contra el sol”, repitió tres veces Goro Tashima, un pescador, en el Parque de la Paz. “La bomba no solo cayó sobre Hiroshima sino también sobre la conciencia de los Estados Unidos. Ellos y nosotros hemos salido perdiendo en esa guerra”.

“Si Japón hubiera tenido la bomba, también la habría arrojado sobre su enemigo”, imaginaron la señora Ooe y la señora Katsuda en el hospital de Hiroshima. “Si la hubiéramos tenido… Pero no la tuvimos”, dijo el señor Muta Suewo en el hospital de Nagasaki. “Yo no quiero imaginar nada”, protestó en cambio, el señor Yukio Yoshioka, que tenía 15 años y estaba marchándose hacia el monte Hiji cuando lo envolvió el resplandor atómico. “Solo quiero quejarme de que la bomba mató a mi padre, y a mí me volvió inútil y estéril”.

Para que el error no se repita nunca. Ahora, en Hiroshima, las parejas se abrazan a la luz de la cúpula ruinosa, la única cúpula en pie desde aquel día en que la ciudad fue quemada por mil soles; un anillo de barcazas musicales, con sus faroles de papel, merodea por la ribera del Motoyasu, en el delta del río Ota, donde una vez cayeron todas las cenizas y las lágrimas del mundo; desde el Museo de la Paz, entre los frascos con tejidos queloides y las fotografías de niños transformados en una brasa viva, se oyen los rugidos del cercano estadio de béisbol; el castillo de Mori Terumoto, que se desplomó aquella mañana de agosto como un sucio toldo de papel, está de nuevo erguido en su jardín, rehecho y resplandeciente; en las casas, en los tranvías y en las tiendas, los hombres de Hiroshima jamás mencionan la tragedia, a menos que por azar vean sobre las espaldas o la cara de un caminante las cicatrices del feroz relámpago. En las escuelas, los chicos solo conocen confusamente esa historia; para ellos, el 6 de agosto de 1945 es apenas una lección de cien palabras en el libro de lectura, un cuentito fugaz que comienza del mismo modo en los textos de segundo grado y en los de quinto: “A las ocho y cuarto de la mañana, un bombardero B 29 de los Estados Unidos, el Enola Gay, arrojó una bomba atómica en el centro de nuestra ciudad. Estalló en el aire, a 570 metros sobre el hospital Shima. En los primeros nueve segundos, 100.000 personas murieron y otras 100.000 quedaron heridas”.

Pero las cifras no sirven demasiado; las cifras dicen muy poca cosa cuando ellos, los sobrevivientes, muestran sin resentimiento ni queja, como si fueran de otro, sus ojos vaciados por el increíble resplandor, sus espaldas abiertas en canal, sus manos apeñuscadas y detenidas en una quemadura. “Yo me había levantado de una silla para hablar por teléfono”, contó el señor Michiyoshi Nakushina, que era un comerciante de sake en 1945. “La casa se llenó de un fuego amarillo, y el fuego se volvió después azul y el azul se hizo rojo hasta que la ciudad, tan clara y sin nubes esa mañana, se hundió de golpe en una noche sucia”.

Las cifras dicen muy poca cosa pero, a veces, lo dicen casi todo: el 6 de julio de 1965 quedaron 80.000 sobrevivientes de la bomba en Hiroshima; el 9, fueron 65.000 los que se salvaron en Nagasaki, la sexta parte de la población completa en cada ciudad.

Algunos vivían a más de cuatro kilómetros del estallido: sus carnes fueron vulneradas por los vidrios de las ventanas, por las vigas que se derrumbaban, por las mesas que se partían en astillas; o quedaron indemnes, con la suficiente voluntad y fuerza como para olvidar el apocalipsis. “Ahora, en el hospital, ya estoy tranquilo. Me quieren, no tengo ningún deseo especial”, se resignaba Suewo san, hace diez días. “Perdí mis dos hijos pequeños y perdí también el tercero, que iba a nacer en diciembre de 1945. Lo último que perdí fue el odio”. “Ya solo me queda en el corazón una enorme necesidad de vivir”, contaba la señora Yaesko Katsuda. “Pero qué difícil es para nosotros vivir como los demás”.

Todos los sobrevivientes de la bomba saben que alguna oscura partícula de su condición humana les fue arrebatada aquel día de verano: poco a poco fueron dándose cuenta de que estaban condenados al aislamiento y a la pobreza. Empezaron a ser sospechosos para las personas de quienes se enamoraban; nadie quería comprometerse con ellos en matrimonio una condición sin la cual es difícil llevar en el Japón una vida respetable; los trataban como enfermos y padres de hijos débiles. Durante meses y a menudo, como Yoshioka san, durante años enteros, se despertaban en medio de la noche pensando que el amor y la felicidad les estaban vedados para siempre. En los astilleros, en la fábrica de automóviles Tokyokoyo y en los aserraderos de Hiroshima, los empleadores los miraban con desconfianza, calculando que un día de cada tres no irían a sus trabajos: de sobra sabían que la anemia, el cáncer de la tiroides, los disturbios del hígado y el cáncer de la piel acabarían por derribarlos. Y, en cierto modo, no les faltaba razón: en 1960, sobre un total de 278 gembakusho hospitalizados, 58 habían muerto. 30 de ellos estaban a más de dos kilómetros del epicentro.

No es del todo cierto que la bomba y la muerte hayan tratado del mismo modo a los ricos y a los pobres. Hacia el oeste de Hiroshima, sobre las márgenes del Ota, los habitantes de Burako, vieron el 6 de agosto cómo sus míseras chozas de madera quedaban reducidas a cenizas y a escombros por el viento atómico. Desesperados, sintiéndose de repente hundidos en un infierno más abominable que el conocido, recogieron los residuos quemados de sus viejos hogares, y empezaron a reconstruirlos con fragmentos de zinc y cañas de bambú, sin permitirse descanso: esa impaciencia, esa irrefrenable necesidad de defenderse, acabó por exponerlos a más radiaciones que la gente de otras áreas, situadas a la misma distancia del hospital Shima. Los estadísticos calculan que el 85% de la comunidad recibió una radiación nuclear residual de cinco a 30 roentgen, mientras que solo el 25% de Hirosekitamachi, 500 metros más próximo al centro del estallido, quedó expuesto a la misma dosis de radioactividad. Ahora, el 44% de los burako en condiciones de trabajar vagabundean en las calles, con sus enjambres de huérfanos. “Sienten la vida como un prolongado suicidio”, dijo el doctor Yasuo Nakamoto, director del hospital de Fukushima el único de la comunidad, hace un par de domingos, mientras la lluvia formaba nuevos ríos en las callecitas cenagosas del barrio.

Estos seres calcinados, aniquilados, temblorosos, han empezado a recortar flores de papel para el 6 de agosto.

Descenderán sobre la ciudad con sus grandes pancartas, con sus banderas blancas y sus tambores, por el puente sagrado de Kinatai o por los dos puentes Heiwa, hacia un Parque de la Paz que estará lleno de azaleas y campanillas. “Así podremos calmar las almas de los que han muerto. Así podremos calmar nuestras propias almas”, repitió Yoshioka sin, como en una letanía.

Ese no será el final del aniversario, sin embargo. Cinco mil de los 20.000 hombres, o quizá los 20.000, si tienen fuerzas, subirán a los trenes en la estación de Hiroshima, cantarán durante las siete horas que separan esa ciudad de Nagasaki, en la isla de Kiu shu, y marcharán en procesión hasta el estadio de béisbol, en el medio de la esplendorosa bahía donde debió caer la bomba, un 9 de agosto. Para apaciguar a los muertos, arrojarán flores y sembatsuru al mar, y recibirán la noche con farolitos de colores.

En el hospital de Nagasaki, Suewo san esperaba el 9 de agosto con alegría. Meneando la cabeza rapada, quitándose a ratos los anteojos para ver más limpiamente el verde tibio de los ideogramas japoneses, llevaba ya una semana ocupado en pintar este poema sobre una gigantesca pancarta: Vuelve padre, vuelve madre, y vuelve amigo mío, para que yo también pueda volver. Su hígado está deshecho, el ojo izquierdo le fue vaciado por el fogonazo, la anemia casi no lo deja mover, y él, Suewo san, acaba de cumplir 67 años. Pero confía en que ninguna lágrima y ninguna muerte lo detendrá el 9 de agosto, cuando aparezca en el estadio de béisbol llevando su bandera.

 

***
No se la oyó llegar: arrastraba apenas sus ghettá por las esteras del vestíbulo, casi en la oscuridad, y parecía una sombra alada cuando pasó entre los kakeyi que colgaban del techo, los kakeyi que hablaban de la lluvia y de la primavera. Por fin, la señora Yuko Yamaguchi, esposa del presidente de la Compañía de Gas, en Hiroshima, se sentó sobre los talones y empezó a hablar:

“Aquel 6 de agosto yo estaba a cuatro kilómetros de la ciudad, en una casa del monte Futaba. Me levanté temprano para servir el desayuno a mis tres hijos y preparar unos cacharros que debía llevar a Ohte Machí, donde vivían mis padres. No tenía muchas ganas de almorzar con ellos, porque en el distrito financiero donde están los bancos, junto al hospital Shima, me parecía que el calor era más penetrante que en las montañas. Me preparé para salir a las cuatro de la tarde, y desde las seis de la mañana estuve limpiando los cacharros. Ese amanecer extrañé más que nunca a mi marido: desde hacía un mes y medio no recibíamos carta de él, y todo lo que sabíamos era que estaba acuartelado en Hangchow, sobre el mar de la China. A las ocho y diez despedí en la puerta a Fumiko y a Keiko, mis dos hijas mayores, y me quedé mirándolas mientras cruzaban la calle y entraban en la escuela. En la cocina, Rynichi, de tres años, el menor de mis chicos, se demoraba más de la cuenta con su tazón de arroz. ‘Voy a quitarte ese tazón, si no terminas de una vez, Rynichi’, recuerdo que le dije. Pero no sé si terminé de decírselo, porque en ese momento la cocina se llenó de un resplandor azul, y a mi alrededor empezaron a volar miles de chispas, como si fueran langostas luminosas. Un trueno ensordecedor echó abajo las paredes, y de repente sentí muchísimo calor, el calor de tres veranos sumados. Lo último que miré en mi corazón fue una columna de humo trepando hacia las nubes”.

 

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Afuera, los tejados negros del barrio de Toyiga, en Nagasaki, empezaron a amarillear lentamente ese mediodía, el martes 6, despojándose de la lluvia que no había cesado de caer sobre ellos desde principios de junio. Era el primer ramalazo de sol que el señor Muta Suewo podía ver desde su cama, en el hospital de la Bomba Atómica, y no quería perdérselo. Puso su mano derecha sobre la ventana, donde el sol golpeaba como una espada y sólo la retiró de a ratitos, para rascarse la cabeza rapada y gris.

“Aquel 9 de agosto (empieza a decir, con su voz ronca, que muere al final de cada frase) yo había llegado a las cinco de la mañana a la fundición de Mitsubishi, junto al valle de Urakami. A las cinco y cuarto empecé mi turno de vigilancia, un poco aburrido, pensando en que a las 12 podría irme a jugar con mis dos hijas en nuestra casita de Narutaki, sobre las montañas, cinco kilómetros al sur de la fábrica. La mayor, Yaeko, había sido muy débil, y necesitaba mucho de mis juegos con ella. Como a las diez y media noté que un horno estaba pasándose de temperatura, y les avisé a los operarios. Trataron de corregir el error, pero había alguna falla mecánica que lo impedía. A las once menos cinco me presenté al jefe de vigilancia para entregar el parte del desperfecto. Estábamos hablando cuando nos encegueció un relámpago. ¡El horno!, pensé, pero no creo que haya tenido tiempo de gritarlo. Un viento terrible derribó todas las máquinas, hizo estallar las ventanas y me aplastó a mí contra una pared, en medio de un fuego azulado. Vi que una viga se desplomaba sobre el jefe antes de perder el conocimiento. En la pesadilla, me parece que llamé a Yaeko desesperadamente. Cuando desperté, sentí que mi cara estaba quemada y mojada de lágrimas”.

 

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Se quitó el saco del pijama rayado, para que todos pudieran verle la espalda estriada y hecha pedazos, cada poro como una boca de volcán. “Quiero mostrárselo, sensei , quiero que todo el mundo vea mis quemaduras”. Junto a la cama del señor Yukata Ikeda, en el hospital de Hiroshima, un viejo casi idéntico a Suewo san, esquelético, inmóvil, aspiraba a duras penas el aire tibio del cuarto. “Está por morir”, dijo Ikeda san, sin importarle que lo oyeran. “Desde hace una semana está por morir”. Luego compuso la garganta, aprontó la voz afilada, y mientras acariciaba un sembatsuru con los dedos que se negaban a estar quietos, empezó a hablar:

“En 1945 empecé a trabajar como bombero en el turno de la noche. Hasta entonces había sido un tallador de lámparas de piedra, un artesano de primera, créame, y en los templos shintoístas de Hiroshima mis tallas relucían mejor que todas las otras. Pero la guerra devoró esos lujos. Estaba muy cansado aquella mañana del 6 de agosto, cuando volvía a mi casa, y a la vez estaba también muy triste. Mi mujer me había llamado por teléfono al cuartel de bomberos para contarme que Sato san, nuestro vecino, había muerto de un ataque al corazón. Él y yo teníamos 30 años, y me pareció que una parte de mi vida también acababa de morir. A las ocho de la mañana salí del cuartel y, caminé hacia la estación de Yokogawa, para tomar el tren de las ocho y veinte. Había llegado al puente de la estación, sobre el río Ota, cuando vi que mi mujer venía a buscarme. La vi claramente en el otro extremo del puente, y la saludé con los brazos. En ese momento sonó la alarma antiaérea. ‘¡Corre al refugio!’, le grité, mientras yo trataba de guarecerme. La alarma era cosa de todas las mañanas, de modo que no tomé demasiadas precauciones. Cuando la alarma calló, sentí que la calma volvía a mi corazón. Me levanté y caminé hacia el puente. Volví a ver la silueta de mi mujer, a lo lejos. Entonces creí que el sol se había descolgado desde el cielo, porque todas las cosas se pusieron blancas y enceguecedoras, y miles de brasas cayeron sobre el puente. Un viento me aplastó contra el pavimento, y ya no supe más qué estaba pasando”.

 

***
La señora Yukie Ooe, de 46 años, había estado sirviendo hasta las tres de la tarde en el pequeño shokudo de su madre, junto al río Motoyasu, a la sombra de la cúpula atómica. Era el 1« de julio, y la humedad de Hiroshima era cada vez más difícil de soportar. Durante toda la mañana, la señora Ooe había padecido vómitos y mareos, pero no les dio demasiada importancia: estaba acostumbrada a que esos oscuros y pertinaces síntomas le recordasen, por lo menos dos veces al mes, que las cenizas atómicas habían caído sobre su cuerpo. Sin embargo, no podía hacerles demasiado caso: francamente, era pobre, y un día sin trabajar era lo mismo que un día sin comer. El shokudo de su madre estaba viniéndose abajo, y ahora ya no quedaban sino ellas dos para atenderlo. De repente, la señora Ooe se sintió desvanecer y llamó a la cocinera: “Por favor, ayúdame”. A las cinco de la tarde, con el cuerpo flojo, distendido, despertó del desmayo en el hospital de la Bomba Atómica. Esto es lo que contó a la mañana siguiente:

“Yo estaría muerta si no fuera por los mosquitos. En agosto de 1945 trabajaba en un portal de los astilleros Mitsubishi, a cuatro kilómetros del hospital Shima. Me pasaba las mañanas sentada en un banco, al aire libre, con un pequeño techo de zinc para guarecerme de las lluvias. Mi única misión consistía en mantener cerrada la verja del astillero después que pasaban los camiones.

“En la mañana del 6, como a las ocho y diez, vi pasar un bombardero norteamericano por el cielo. Alcé los ojos con curiosidad, pero ni siquiera me molesté en ir al refugio; todos los días sucedía lo mismo, y jamás se habían atrevido a lanzar más de tres o cuatro bombas sobre Hiroshima. En ese momento, sentí una picadura en el brazo: me golpeé con la palma de la mano y la sangre de un mosquito gordo me manchó la piel. ‘No voy a seguir soportando esto’, me dije. Le pedí a la señora Yasimoto, una obrera de la tornería, que cuidara el portal mientras yo iba a buscar algunas espirales de piretro. Me dijo que sí, sonriendo. Entré a la oficina de provisiones, a la derecha del astillero y le rogué al intendente que me diera algo para ahuyentar a los mosquitos. De golpe, todo se volvió pálido, y el intendente se llevó las manos a los ojos. ‘¿Qué está pasando?’, dijo ‘¡No consigo ver nada!’.

“Me costó mucho esfuerzo seguir caminando por la ribera. Había que saltar sobre los escombros, y el calor del incendio se pegaba a la carne como una tenaza. Oí contar a un herido que la central eléctrica se había desplomado sobre el Ota, contaminando las aguas al estallar. ‘Despidió una luz más fuerte que el sol me dijo. Mucha gente ha quedado ciega’. Sentí que el corazón me latía en la garganta. ‘Shojiro’, empecé a llamar como loca, sin darme cuenta de que mi hijo menor, de tres años, no podía oírme. Así llegué hasta el puente Minami, sobre el Motoyasu. Reconocí a tres de mis vecinos, bajando por la barranca del río, para mojarse. Estaban negros, llenos de humo, y gemían como si no pudieran gemir. Alguien me llamó en ese momento: ‘¡Ooe okusan, Ooe okusan!’ Era un jefe de la Comuna de Hiroshima: estaba tendido en la tierra, inmóvil, con otros empleados de su sección. ‘Usted que está a salvo, Ooe okusan me pidió , averigüe por favor qué hará el gobierno para ayudarnos’. ‘Parece que en seguida llegará un barco hospital’, dijo una de las empleadas. Yo no había oído nada de eso, y lo único que pude dejarles como consuelo fue un frasco de aspirinas. Pero no tenían agua para tomarlas, y la del río estaba sucia.“Salí corriendo a la carretera. Al atravesar el portal, encontré el cuerpo de la señora Yasimoto cortado por el zinc del refugio. Estaba muerta. Dos obreros de Mitsubishi me tomaron de la mano y me encerraron de nuevo en la oficina de provisiones. El más joven, Suzuki san, que tendría 17 años, trató de comunicarse por teléfono con un amigo que estaba de paso en la ciudad y había ido al hospital Shima esa mañana. La campanilla parecía sonar al otro lado de la línea, pero nadie contestaba. Empecé yo también a pensar en mi esposo enfermo de úlceras y en mis dos hijos, que habían quedado en Senda machi, a un kilómetro y medio del hospital. Salí como enloquecida a buscarlos. Siempre llevaba conmigo un botiquín de primeros auxilios, y por suerte pude encontrarlo intacto junto al cuerpo de la señora Yasimoto. Emprendí la marcha a lo largo del río Honkawa, por la ribera. Todo lo que ocurría, hasta donde alcanzaban mis ojos, era un interminable horror. Los heridos caminaban callados, en fila hacia los suburbios, pero el incendio parecía caminar más ligero que ellos. Cerca de Kawaguchi encontré a un chico de seis años, aplastado por un tabique de madera, llorando amargamente. ‘Nadie quiere ayudarme, papá’, sollozaba el chico. Separé un poco los escombros y vi que tenía un brazo completamente quemado. ‘¿Dónde está tu papá?’, le pregunté. Me dijo que era un lanchero en el Honkawa, a tres manzanas de allí. Saqué el óleo calcáreo del botiquín y se lo apliqué sobre las ampollas. Eso pareció aliviarlo bastante. Cuando lo llevé a su casa, los padres me besaron las manos y se abrazaron a mis rodillas. ‘Eres nuestro dios’, lloraban. A mí me avergonzó tanto agradecimiento. Estaban quemados y necesitaban ocuparse más de ellos que de mí.
“En ese momento sentí unos incontenibles deseos de orinar, y busqué un lugar cerca del puente donde ocultarme. Entré a un refugio antiaéreo, luego de saltar sobre una montaña de escombros. No hay una sola palabra en este mundo que pueda explicar lo que vi: el refugio estaba lleno de heridos y, sin embargo, ni un desierto hubiera parecido más silencioso. Me sentí como enterrada en una tumba: el único movimiento era el de los brazos de los heridos, espantándose las moscas. Volví al puente, y ya me había olvidado de mi cuerpo y de lo que mi cuerpo necesitaba. Al encontrarme otra vez con el jefe de los impuestos, me arrodillé llorando. ‘¡Tengo miedo, tengo miedo!’, le repetí atontada. En Sendamachi, donde estaba mi casa, mil lenguas de fuego se alzaban hacia el cielo oscuro, y las casas se desmoronaban una tras otra. Todavía sigo soñando con lo que vi aquel día, y delante de mis ojos vuelven a aparecer las espantosas caras de la gente quemada”.

 

***
Afuera, la lluvia volvió a caer sobre Nagasaki, y la torre meteorológica del monte Inasa desapareció en la niebla. Por las ventanas del hospital se filtró la sirena de un petrolero anclado en la bahía. La señora Sumi Yamamoto, de 63 años, dejó su taza de té vacía sobre una mesita, y no miró a los visitantes: ocultó la cara tras un ejemplar del Mainichi Shimbun, vespertino de Osaka, y contó:

“Al empezar la guerra, nos marchamos de Omura y construimos nuestra casita en el monte Inasa. Mi esposo trabajaba en los astilleros Mitsubishi, y a pesar de que yo ganaba algunos yenes más como lavandera, nunca nos alcanzaba para alimentar como es debido a nuestros siete hijos. A principios de 1945, ya no comíamos otra cosa que arroz. Estábamos contentos en esa casa, sin embargo. Por las mañanas, veía a mi marido descender por la colina, rumbo al astillero. Quedaba justamente debajo de nosotros, y era una gloria ver cómo los acorazados, con sus banderas de colores, se perdían entre las islas.

“A las once de la mañana, aquel 9 de agosto, salimos todos a la ventana a mirar el avión enemigo que atravesaba el cielo. Sus motores resoplaban apenas, y mis hijos mayores imitaron el ruido echando viento a través de los labios cerrados. Recuerdo que nos reímos muchísimo porque Toshiko, la menor, de un año y medio, trataba también de soplar. La risa se nos cortó en seco. Un resplandor blanco, poderoso, nos dejó ciegos por un momento. El cuarto quedó lleno de chispas que se encendían y se apagaban, como pequeños gorriones de fuego. Pensé que lo mejor sería esconder a los chicos en el ropero, pero no me quedó tiempo para pensarlo demasiado. Un viento increíble nos golpeó en ese momento, y la casa cayó. Mis chicos se esfumaron en el aire. No sé si me desmayé, pero supongo que sí; al menos durante un minuto estuve desvanecida. Sentí el cuerpo lleno de cortaduras, y vi que los tatami estaban empapados de sangre. Los niños salieron de todos los rincones, llorando sin gemir. Estaban rojos, quemados, y a simple vista podía advertirse cómo se les hinchaban las ampollas. Pensé que el fogonazo había sido el principio de un gran incendio, y que debíamos escapar en seguida. Recogí a los chicos y salí; en el patio, me di cuenta de que faltaba Kiyoshi, el quinto, y entré de nuevo en la casa a buscarlo. Me dio miedo dejar solos a los otros seis, porque los escombros y las tejas de las casas vecinas caían sobre el patio como una lluvia. Pero no tenía más remedio: encontré a Kiyoshi llorando lastimeramente. Una viga le oprimía la espalda.

Mi peor preocupación era la falta de vendas para cubrirles las heridas; mientras descendíamos hacia el astillero, las llagas se les iban ensuciando con las cenizas, y no había manera de detenerles la sangre. Sobre todo, la pequeña Toshiko iba perdiendo la vida por las cortaduras. En un refugio antiaéreo pedí ayuda desesperadamente, lloré y grité hasta que una enfermera, tal vez porque se hartó de oírme, puso yodo sobre las heridas de Toshiko. No hizo falta: estaba mojándole la frente cuando Toshiko dejó de respirar”.

 

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Poco después de las diez de la mañana del 6 de agosto, cuando vio la ciudad lejana envuelta en humo, Makiko Kada decidió bajar hacia el hospital de la Cruz Roja, donde su madre debía de estar lavando sábanas. Los senderos de las colinas estaban llenos de gente quemada que huía sin saber adónde. Había niños solos agonizando entre las piedras. Los fugitivos pasaban a su lado con indiferencia, porque todos padecían alguna pérdida, todos sentían el peso de la muerte. Ella también era una niña, pero la trataban como a una persona mayor. Le pedían que buscara yodo y vendas, que llamara a los médicos. Makiko creyó por un momento que el ciego sol, cansado de los desafíos con que ella lo esperaba todas las mañanas, la había arrebatado del mundo y la había llevado a su oscuro reino de incendios y desgracias.

A eso de las dos de la tarde divisó el caserío de Mitaki-cho y, más allá, el brazo occidental del Ota. Había miles de personas inmóviles en el puente de Mitaki. Algunas se movían perezosamente y arrojaban los muertos al agua. Tomó un atajo y, sentados entre unos árboles arrancados de raíz por el viento de las ocho y media de la mañana, encontró un matrimonio joven. La mujer tenía manchas azules y quemaduras en el lado izquierdo del cuerpo y se quejaba con una vocecita apagada. El hombre llevaba un brazalete de la Cruz Roja. Makiko pensó que tal vez sabrían algo de su madre.
“¿El hospital? Todos han muerto ahí”, dijo el hombre, implacable. “No hay casas, no hay personas, no hay río. Los que han entrado en esa parte de la ciudad no vuelven. Sólo hay cenizas y fantasmas”.

Ahora, sentada en una sala azul del hospital de Hiroshima, Makiko habla con la cabeza baja. Sus ojos están blancos y sin luz: “Son los ojos que me apagó el sol cuando bajó del cielo”, dice con una sonrisa melancólica. “El sol no sólo venció a mi abuela. Nos venció a todos”. Viste un quimono estampado y está muriendo de leucemia, aunque no lo sabe. Ni lo sabe ni lo cree. Desde que supo que unas hojas tiernas de ginkgo biloba brotaban entre las cenizas atómicas y llevó a sus labios ciegos la frescura de las hojas recién nacidas, Makiko se cree invencible y eterna. En vísperas de cada invierno, los médicos le auguran que va a morir y no muere.

“Llegué a la ciudad después del mediodía”, cuenta Makiko. “Se encendían chispas espontáneas en todas partes y la gente las esquivaba con indiferencia. Parecía que la vida se nos hubiera retirado del cuerpo y que el mundo estuviera desierto y vacío. Lo que recuerdo más es el silencio: las palabras que se alejaban de nosotros como si nos pertenecieran. Una enfermera a la que yo había conocido en Numata me dijo que vio a mi madre salir del hospital de la Cruz Roja después del gran viento. Mi madre, dijo, estaba desangrándose, pero insistía en salir a buscarme. La retuvieron en el hospital hasta que el viento y la lluvia se retiraron. Eran las nueve y media de la mañana. Ni siquiera tuvo fuerzas para llegar a la calle. Cerca de la puerta, se desplomó. Al rato, el sol se abrió paso entre las llamas y el humo. Una lengua del sol lamió la cara de mi madre. Desde entonces, ya nadie la vio más. Tal vez arrojaron su cuerpo al río, tal vez el sol la envolvió y se la llevó. Esa misma noche entró una nube blanca en mis ojos y no pude ver nada más. A la primavera siguiente, un brote de gingko biloba creció en el mismo lugar donde mi madre había muerto. Yo me sentía muy débil, pero un médico del hospital me llevó para que lo tocara. Me permitieron arrancar una de las hojas húmedas y sentir el sabor pálido de la frescura. Era un sabor sin fuerza, como yo, pera decidido a vivir. No puedo ver, pero sé que mi cuerpo está lleno de manchas blancas enviadas por el sol. El sol avanza dentro de mi cuerpo, pero no puede llevarme”.

 

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Cerca del monte Hiji, al este de Hiroshima, el viejo Cuartel de Artillería sirve ahora de biblioteca y laboratorio para la escuela de Medicina de la Universidad. Son tres grandes bloques rojos, manchados de humedad, oliendo a éter y alcanfor. En el fondo, detrás de un parque poblado de sésamos y narcisos, el doctor Yoshio Sugihara, titular de Patología de la Escuela, analiza todos los días, durante 15 horas, la sangre y los tejidos de los gembakusho; durante otras tres, dicta clases y camina por las calles de Burako, llega a las chozas para compartir una taza de té con los vagabundos, a menudo deja una bolsita de arroz o un pedazo de chocolate sobre las camas de los niños.

No nació en Hiroshima el doctor Sugihara: cuando se oyeron las primeras noticias de la explosión era médico del ejército de Okayama, al nordeste, junto al pueblo de Kurashiki, su pueblo. El 2 de septiembre, la rendición incondicional del Imperio, firmada a bordo del Missouri, lo dejó sin empleo. El 5 trepó a un camión, llevando unas pocas ropas en su valija de lona, y descendió entre las cenizas atómicas, apenas aplacadas por el viento y las lluvias. Permaneció en Hiroshima desde entonces. Por las noches, después de trabajar en seis o siete autopsias, dentro de un galpón sucio, escribió un minucioso diario médico. En marzo de 1948, lo llevó al Chugoku Shimbun, el único periódico de la ciudad, para que le publicaran algunos fragmentos.

“Me enteré entonces”, cuenta Sugihara, “que el código de prensa promulgado por el general MacArthur impedía divulgar toda noticia sobre el cataclismo atómico y publicar fotografías o dibujos. Hasta fines de 1952, cuando la ocupación cesó y el semanario Asahi Pictures News publicó en Tokio las primeras fotografías de tejidos queloides y de niños sin ojos, casi nadie en el Japón sabía hasta qué punto habíamos sido heridos por la bomba. Recuerdo que en esos meses, la revista Life contó, con honestidad, que ‘las fotos tomadas por Kiyoshi Kikkawa en las primeras cinco horas de terror fueron secuestradas por los censores militares. El señor Kikkawa pudo recuperar sus negativos en abril pasado (1952), cuando el Japón recobró su soberanía’”.

Al doctor Sugihara le gustaría pregonar ante el mundo que todavía siguen muriendo, año tras año, medio centenar de personas en el hospital de la Bomba Atómica de Hiroshima, y otro medio centenar en el miserable caserío de Burako. Se le enciende la voz cuando va enumerando las enfermedades que nacieron de la gembakusho, esa gigantesca enfermedad madre: leucemia, anemia, endurecimiento del hígado, cáncer de hígado, cáncer de pulmón, cáncer de piel, cáncer de tiroides, cáncer de estómago, tumores malignos, cataratas. Y se queja de que el ABCC, el Atomic Bomb Casualty Commission (Comisión para los Daños de la Bomba Atómica) sólo examine a los enfermos, sin responsabilizarse de su curación. “Los médicos tenemos la obligación de arrancar a las víctimas de sus infiernos, de sus depresiones morales, de su decadencia física”, postuló el doctor Sugihara. “Pero el ABCC los usa como cobayos”.

Sobre el monte Hiji, 330 metros al oeste de la Escuela de Medicina, los investigadores norteamericanos piensan que esa ira es ciega. “Hemos revelado que hay conexiones entre la explosión nuclear y el aumento de la leucemia protestaron . Hemos publicado en nuestros boletines que el cáncer de pulmón, el de senos, ovarios y cerebro eran fácilmente advertidos entre los sobrevivientes. Informamos a quien quería enterarse que en los chicos de siete a diez años se descubría una pérdida constante de agudeza visual, y que las criaturas gestadas hasta cuatro meses antes de la explosión nacieron con graves retardos mentales y un alto porcentaje de microcefalia. ¿Cómo puede decirse que nuestras investigaciones transformen a los seres humanos en cobayos?”.

Para el doctor Sugihara, la historia está en otro lugar, en el esfuerzo para hacer sentir a los gembakusho que no están desamparados ni solos. “Ellos”, dice, “tratan de vivir más intensamente que nadie, de entregarse apasionadamente a su trabajo todos los días, aunque les faltan las fuerzas. Y tienen razón. Nadie puede asegurarles que no estarán muertos mañana.”

 

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“Nadie puede asegurarme que no estaré muerto mañana”, repite el señor Michiyoshi Nukushina, de 59 años, en la trastienda de su almacén tristísimo y vacío. Afuera, los altoparlantes de un camión de propaganda incitaban a votar por los senadores del partido Liberal Democrático en las elecciones para la Dieta, el 4 de julio. Sobre el muro de enfrente, los socialistas de Hiroshima habían pegado centenares de afiches con la cara de sus candidatos. Pero el señor Nukushina no podía ver toda esa fiebre, y casi tampoco podía oírla: el resplandor atómico lo alcanzó más de cerca que a ningún otro sobreviviente en la ciudad, porque su oscura tiendita de sake estaba a 900 metros al sur del hospital Shima, en el mismo lugar donde se alza su casa ahora, sólo que con dos lámparas shintoístas en el jardín y más gente en el dormitorio, 12 personas más de las tres que viven todavía.

Esa cercanía le costó cara a Nukushina san: un ojo, las dos piernas amputadas hasta la ingle ahora suplantadas por aparatos ortopédicos , el oído, un delta de tejidos queloides en la espalda, la esterilidad, los padres, los cinco hermanos, sus cuatro cuñados y uno de sus dos hijos. Se siente como una especie de Job incapaz de entender la ira de Dios, aunque no sabe quién es Job y no quiere saber quién es Dios.

Junto a la trastienda, inmóvil sobre un futon, la esposa de Nukushina san agonizaba, el primer martes de julio, sin poder resistir el embate de la anemia y de un cáncer pulmonar. Apenas podía mover sus 40 kilos, y la lengua se le había detenido. A su lado, Myeko, de 24 años, le espantaba las moscas con una pantalla de palma. A Myeko se le vaciaron los ojos por mirar el resplandor, aquel 6 de agosto, y la oscuridad en que se sumergió a los cuatro años pareció iluminarse hace tres meses, cuando se casó con otro sobreviviente ciego, tejedor de mimbres, sólo para quedar acongojada de nuevo: el hijo que les nació no consigue librarse de la anemia ni del llanto.

Como el propio Nukushina san suele decir, sonriendo, su historia “es la más espantosa que conocí”. Todo empezó de un modo tonto, imperdonable, porque el 2 de agosto, después de haberse tomado una fotografía junto a la puerta de la tienda, la familia Nukushina se estableció en Kure, 25 kilómetros al sur. Volvieron en pleno la noche del 5, para festejar el cumpleaños de Myeko y llevarse unas cacerolas de cobre. Baba san, la abuela, presentía que Hiroshima iba a ser bombardeada de un momento a otro, después de tres años y medio de tranquilidad, y el señor Nukushina resolvió que Kure podía ser un sitio más seguro hasta que la guerra terminara. Confiaban en regresar entonces a la tienda de sake, pero las incomodidades de la nueva casa, las cacerolas, Myeko y la fatalidad los empujaron hacia la muerte aquel 5 a la noche.

“A las 8 de la mañana (contó Nukushina san), ya estaba toda la familia en el camión, lista para viajar a Kure. Les pedí que esperasen un momento, porque necesitaba llamar por teléfono desde la tienda a un amigo de Miyajima. Mi esposa bajó conmigo y no pudimos convencer a Myeko de que se quedara quieta en las faldas de Baba san, de modo que también ella entró en la casa. La vimos divertir a su pequeño hermano con una muñeca de yeso, desde la ventana. La operadora telefónica informó que tardaría unos diez minutos en comunicarse con Miyajima. Me senté a esperar. Me entretuve mirando a Myeko y, de a ratos, soplé el polvo de los cuadros que adornaban el vestíbulo. Eran muy parecidos a los que tengo ahora: un paisaje nevado de Hokkaido, una cesta de frutas, una mujer que esconde su cara detrás de un abanico. Mi esposa me llamó desde la cocina cuando sonó la alarma antiaérea. ‘¡Diles que entren!’, gritó, pensando en Baba san. Pero fue Baba san la que se opuso, porque vio que era un solo aparato el que merodeaba en el cielo. Volví al lado del teléfono, y la alarma se apagó. Casi inmediatamente, una luz blanca, como un torrente de leche, inundó todo el cuarto: en ese instante, la casa se vino abajo”.

“Myeko lloraba amargamente en la ventana, cubriéndose los ojos con las manos. Le grité que no se moviera, porque una viga se balanceaba y estaba a punto de caer. El cuarto estaba lleno de chispas. Recuerdo que un sofá de paja empezó a incendiarse, y en seguida el fuego estaba ya lamiendo las paredes. Traté de levantarme, para llevar a Myeko hacia el camión. Sólo entonces me di cuenta de que tenía la espalda cortada y quemada, y una especie de tenaza hirviendo me golpeaba las piernas. Me rasgué el pantalón, empapado en sangre. Mis piernas estaban separadas del cuerpo, y dos cacerolas de hierro, partidas por la mitad, se habían incrustado en esas heridas. Nunca supe cómo llegaron hasta allí”.

 

***
Para la señora Yaeko Katsuda, que mueve sedosamente los pliegues de su quimono verde, todo es hermoso sobre la tierra: el ciruelo que crece bajo su ventana, en el hospital de Hiroshima; la voz de la enfermera que sirve el almuerzo; las sembatsuru rosadas que dos amigas le han llevado de regalo a la señora Ooe, su compañera de cuarto; la lluvia que cae sin fatigarse nunca sobre la ciudad. También el pikadón, el relámpago atronador que arrasó su casa de Minami Misasa, hace dos décadas, fue “la luz más hermosa que he visto”. Acaba de cumplir 48 años, y parece tan suave que no tolera los repiqueteos de un taladro eléctrico, fugaz y ensordecedor, en la calle contigua al hospital. Acomodándose el pelo corto con las manos, ajustándose los anteojos sobre su pequeña nariz, la señora Katsuda se resiste largamente a contar lo que por fin, con voz tibia, cuenta:

“Cuando estalló el pikadón, en ese instante justo, empecé a caminar desde la cocina al cuarto de baño. No me sentía muy bien, porque esperaba mi tercer hijo, y el embarazo seguía provocándome vómitos y mareos, aun en ese quinto mes de gestación. Fue como si un rayo se instalara en el centro de la casa, obligándola a temblar. Una fuerza desconocida me arrastró por el suelo, como un huracán, mientras las tejas y los ladrillos se desmoronaban sin dar tiempo a que nos protegiéramos. Llamé preocupada a mi hijo menor, de cuatro años, a quien había dejado en el dormitorio recortando papeles. Pero no lo oí contestarme. Pensé desconsolada en Toshío, el mayor, que estaba jugando en la calle. Toda la casa era una colina de escombros, y los marcos de las ventanas habían salido de quicio. Oí un llanto apagado, como de gato, y aparté las tejas que cubrían todo el dormitorio. Mi hijo pequeño estaba allí, guarecido bajo una mesa, completamente a salvo a pesar de las vigas que se habían desplomado a su alrededor. Salí al roka , por si podía divisar a Toshío: lo vi correr hacia mí, con un pantaloncito blanco y empapado. Me contó que no soportaba más el calor y había decidido bañarse en el tanque de agua de Asano san, nuestro vecino. Cuando oyó a su amigo Hideo buscándolo por el jardín, se acuclilló dentro del tanque y cerró la tapa. La bomba reventó en ese instante”.

Hacía un mes y medio que la señora Katsuda había llegado al hospital para quitarse “la pobreza de la sangre”, entre ramos de crisantemos y gallardetes con haikai. El 3 de julio, con el mentón hundido en el pecho, se acordó que “hace muchos años, cuando acabó la guerra, sentí un odio implacable hacia los ocupantes del Japón, y deseé con todas mis fuerzas que diez bombas iguales a las de Hiroshima cayeran sobre cada una de sus ciudades. Pero ya pasó demasiado tiempo desde entonces, y mi odio se ha borrado por completo”.

“Y después del odio, ¿comenzó a quererlos?”, preguntó la señora Ooe desde su cama.

La señora Katsuda no contestó una sola palabra.

 

***
Nadie habla ahora de resentimiento; hasta Nukushina san, a quien el llanto del nieto desvela todas las noches, se olvidó ya de su vieja cólera, y dejó que el cansancio y la costumbre la apagaran para siempre. En su casita soleada de Midori machi, junto a la capilla, el padre LaSalle, de la Compañía de Jesús, no sintió nunca indignación por tanto espanto. “Sólo piedad por los que murieron y piedad por los que mataron”. La voz le sale oscura, calmada, como si escapara de un tubo: “Con esta misma voz lloré el lunes 6 de agosto”, cuenta, mientras una encorvada sirvienta japonesa va y viene por el piso de hule. El padre LaSalle ya no se llama como en 1945, cuando era Superior de la Misión en Hiroshima: ahora que ha resuelto quedarse allí a vivir como un japonés, su nombre es Enomiya Makibi, y su cargo, vicepresidente del Instituto Reina Elizabeth, una escuela de música.

Tenía 47 años aquel verano, y durante la primera semana de la hecatombe pasó casi todo el tiempo rezando, mientras andaba entre los heridos y los muertos. “No necesité perdonar porque ya había perdonado en el momento mismo en que mi espalda quedó rasgada por 15 astillas de vidrio, la mañana de la explosión”, cuenta el padre LaSalle sin que sus 67 años se muevan de la silla, curvando apenas los labios finísimos. “Sólo pienso ahora que fue una desgracia para los norteamericanos haberla descargado primero sobre una ciudad, y una suerte que no todos los países en guerra la hayan tenido al mismo tiempo. A veces”, reflexiona, “cuando miro las fotografías de aquellos años, me pregunto dónde están los límites de la desgracia. Una mujer de Liverpool me contó que su ciudad fue atacada 84 veces por los alemanes y que su casa estuvo indemne hasta la vez número 84. Entonces, una bomba (quizá la última bomba de la guerra en todo Liverpool) la redujo a cenizas”.

El padre La Salle prefiere acordarse de otras historias, de los 300.000 dólares que logró acumular en todo Japón para alzar la Catedral de la Paz, de los padecimientos que afligen todavía al padre Wilhelm Kleinsorge y al padre Cieslik, dos sacerdotes de la Misión derribados por la anemia.

A medio kilómetro de la capilla, en una casa de departamentos que cobija a 83 profesores universitarios, los amigos de Kitanishi sensei, titular de Economía Política en Hiroshima, hablan de la explosión atómica como de una leyenda oscura, impenetrable, un cataclismo que sólo puede preocupar a los viejos. Los amigos del profesor no tienen más de 14 años. Yasugiko, su hijo, acaba de cumplir ocho y cursa el tercer grado. Lo único que oyó decir del 6 de agosto es que un globo de calor hizo reventar la piel “de mil personas y les formó queloides en la espalda y en la cara”.

Tampoco Hiroko Magari sabe casi nada de esas historias. Por aquellos años, su madre vivía en Taiwan, y el padre estaba acuartelado en Corea. Hasta hace tres, cuando salió de la escuela primaria, Hiroko no sabía que 200.000 personas podían morir golpeadas por un solo rayo: había estudiado algunos principios elementales de física, había aprendido la noción de que el átomo es divisible, pero no sabía que la fuerza de mil soles se descargó un día sobre Hiroshima, a 300 metros de la casa donde ahora vive. En la última semana de clase, el maestro de sexto grado les explicó que Japón estaba a punto de derrumbarse en 1945, sin alimentos ni armas. Los japoneses sabían que ese derrumbe era inminente, pero estaban dispuestos a morir antes de rendirse. En las montañas de Kiushu, las muchachas guardaban un puñal de bambú (contó el maestro), “dispuestas a suicidarse ante la vista del enemigo. Para salvarnos de una masacre, Estados Unidos recurrió a la bomba. El maestro creía que era justo. Eso es lo que creo yo también”.

Y es lo que cree Kazushige, el hermano menor de Hirokoto, y lo que piensa a veces Akie Yokawa, de 11 años, a quien jamás le dijeron en la escuela una palabra sobre el átomo salvo las que leyó en el texto de historia. Pero sólo a veces, porque Akie quisiera tener “un padre y una madre inmortales, y hermanos inmortales, y ninguna bomba ni puñal ni ametralladora cerca de mí”.

Todos los veranos, las lluvias siguieron cayendo sobre Hiroshima y Nagasaki como si nada hubiera ocurrido. Las casitas de dos pisos volvieron a crecer alrededor del hospital Shima o de la iglesia de Urakami, sobre el polvo y las cenizas. En Nagasaki, los pescadores se alegraban de su buena suerte: al fin de cuentas, si la bomba hubiera estallado sobre los astilleros Mitsubishi –el blanco elegido , y no la hubiera desviado el viento hacia el valle de los cristianos, el Urakami, la bahía entera estaría despedazada y la onda explosiva, al encajonarse entre las montañas, la habría limpiado de casas y de lágrimas. La estrecha garganta donde un trueno de plutonio reventó el jueves 9 de agosto, a las once y dos minutos de la mañana, salvó los astilleros, la casa de Madame Butterfly y casi todos los templos budistas. “Fue sólo una matanza entre cristianos”, definió el Asahi Shimbun en el décimo aniversario del estallido.

Por entonces, en 1955, las cosas le iban bastante mal al ex bombero Yukata Ikeda. Su mujer había perecido en el puente Yokogawa, y a él mismo el brazo derecho le quedó casi inútil. “Durante seis meses recuerda , me salió pus de las quemaduras y de los ganglios detrás de la oreja”. Un tío paterno lo recomendó en las acerías de Mitsubishi, y allí estuvo trabajando tres años, una semana sí y otra no, a causa de las anemias, y los dolores de hígado. “Hasta que en diciembre de 1951, mientras estaba llevando material al tren de laminación, los huesos cúbito y radio del brazo derecho se desencajaron, y ningún médico pudo unirlos. Vagué de un hospital a otro, y hace siete años llegué aquí, al de la Bomba Atómica. No me he movido desde entonces, pero cuando llega la noche, me desespero por levantarme y respirar el aire libre”.

La señora Yuko Yamaguchi, esposa del presidente de la Compañía de Gas, en Hiroshima, tuvo que aguardar un año a su marido a quien creía en Hangchow : fueron meses tristísimos, llenos de miseria, y ella pensó que no los sobreviviría. Su odio del principio contra el enemigo empezó a transformarse lentamente: primero, lo enderezó contra el país vencedor; luego, contra el coronel que había arrojado la bomba y contra el presidente que había ordenado el exterminio; por fin, advirtió que no conocía ni a los unos ni a los otros, y que ese resentimiento anónimo, gregario, sólo podía caber en una tonta. “Entonces dice la señora Yamaguchi supe que el único destinatario de mi odio era el monstruo, la Bomba”.

A las nueve de la mañana, aquel espantoso lunes de agosto, los heridos fueron invadiendo calladamente la escuela del monte Futaba, donde ella vivía, y acostándose en la sala de reuniones sin pedir permiso ni quejarse. Todo lo que se les podía dar para ayudarlos era un poco de agua y media ración de arroz. Se contentaban con eso. A las once de la mañana, cuenta la señora Yamaguchi, “cuando más nos lamentábamos de nuestra impotencia, tuvimos la primera muerte: una mujer que había venido caminando desde Hatchobori, a tres kilómetros, con su hijito a cuestas. Tomamos el niño a nuestro cargo, y fue esa misma mañana, en el nacimiento de la era atómica, que resolví dedicar mi vida a los huérfanos de Hiroshima. He cumplido hasta ahora”.

Entre los kakeyi de su casa, entre los poemas que hablan de la lluvia y de la primavera, la señora Yamaguchi suele olvidarse a veces del desastre. “Pero no de mis huérfanos”. En 1953 golpeó a miles de puertas, con un chiquillo de la mano, pidiendo que lo adoptasen. Escribió al gobierno del Japón, reclamó ayuda y alimentos, y acabó cobijando a un centenar de desamparados. Logró que los empleasen y los educasen, y les abrió las puertas de la casa para aconsejarlos sobre sus matrimonios.

Sin dejar de rascarse la cabeza rapada, también el señor Muta Suewo, en el Hospital de Nagasaki, acabó por aceptar la fatalidad y por acostumbrarse a ella. No le fue fácil consolarse, liberarse de la pesadilla. Al salir de la fundición de Mitsubishi y ascender a su casita de Narutaki, en las montañas, encontró a sus dos hijas salvas: Yaeko, la mayor, jugaba con una muñeca entre los escombros. Pero ese respiro de felicidad no duró demasiado tiempo. En enero de 1947, mientras estaba comiendo, Suewo San se desmayó; nunca más, desde entonces, volvió a sentirse con fuerzas. Esperó hasta el verano de aquel año, confiado en que mejoraría poco a poco. No le sirvió de nada. Los médicos, al menos los que él visitaba, creyeron que le estaba fallando el corazón y lo saturaron de coraminas. Por fin, cuando el ABCC llegó a Nagasaki, Suewo san se presentó para que lo examinaran. “Anduve días y días por las salas de la Comisión cuenta , preocupado porque mi diagnóstico tardaba demasiado. En Narutaki machi me ponía en cama a las seis de la tarde y empezaba a pensar en la muerte. A veces, la sangre se me empobrecía tanto que deseaba no despertarme más: sólo las voces de Yaeko y de mi otra hija me devolvían la voluntad de vivir. Un día encaré a los médicos del ABCC y protesté: ‘Si ya terminaron de revisarme y saben qué tengo, ¿por qué no me lo dicen y me dan remedios para que me cure?’ Pero me explicaron que no estaban en Nagasaki para calmar nuestros dolores sino para conocerlos”.

También esa recelosa forma de indignación fue esfumándose de la vida de Suewo san: ya no se acuerda casi de que en 1951 no probaba otro alimento que el arroz y que gastaba en medicinas todos los miserables yenes que ganaba. “Un día dice, entrecerrando su ojo yerto me puse a llorar ante la escudilla vacía de Yaeko, y decidí enterrar mi estúpida vergüenza para no verla consumirse de hambre. Fui a la Comuna y pedí que me subvencionaran. Al fundarse el hospital de la Bomba Atómica, hace siete años, los médicos admitieron que mi corazón estaba débil a causa de las radiaciones y que en mi sangre faltaban los espíritus blancos. La tranquilidad de saber que mi tarjeta de salud tenía un cuadradito verde con la palabra gembakusho me permitió olvidar el pasado. Ese cuadrado verde me aseguraba atención médica gratuita en el hospital. Para entonces, hace ya siete años, Yaeko trabajaba en la acería de Mitsubishi y mi otra hija en las tiendas de coral. Aquí estoy tranquilo se regocija Suewo san, y no espero nada ni quiero nada. Esta es mi felicidad”.

A los 35 años, el señor Yukio Yoshioka piensa, en cambio, que jamás conocerá nada parecido a la dicha: “Fui un globo, una ampolla de agua moviéndome, adolescente, después del pikadón. Ahora me siento sin fuerzas, y cada dos o tres meses una violenta diarrea me obliga a esconderme en casa. Pero lo peor es que mi corazón está herido, ocupado con los problemas del cuerpo. Ni una sola noche puedo dormir sin despertar sobresaltado. Entonces pienso que no podré ya nunca engendrar hijos sanos, que tampoco podré conseguir un buen trabajo”.

Los alumnos de Yoshioka san, en el Centro de Paz donde enseña caligrafía coreana, junto al río Enko, en Hiroshima, creen que el abatimiento jamás se ha posado sobre él y que tendrá una larga vida. Sólo una tarde, en junio, dos de ellos lo sorprendieron con la cabeza entre las manos, antes de empezar la clase, y le oyeron decir: “Debo morir. Hablo con mis antepasados, y ellos me acercan siempre al camino de morir”.

Morir era también lo único que deseó la señora Yamamoto desde que la pequeña Toshiko se le apagó en un refugio antiaéreo de Nagasaki, y sobre todo, desde que Kiyoshi, a quien le había costado tanto salvar de entre los escombros, fue acometido por vómitos interminables en un puesto de emergencia. En la madrugada del viernes 10, lo vio empalidecer y suspirar: levantó los bracitos hacia un sembatsuru y cayó, con el corazón detenido.

Otros tres de sus siete hijos sucumbieron al año siguiente, y ella, la señora Yamamoto, perdió todo el pelo y lo sintió crecer de nuevo, oscuro y fuerte, mientras las montañas de la ciudad volvían a poblarse de alverjillas y los barcos, como antes, arrimaban sus sirenas a la bahía.

A su marido lo emplearon otra vez en los astilleros Mitsubishi, y ella se sintió también afanosa por trabajar. Pero cuando se marchaba del hospital y comía los alimentos de su casa, la cara se le hinchaba y le dolía. A nada teme tanto ahora como a la muerte. A nada, salvo a otro fogonazo pálido y quemante.

También Makiko Kada sólo piensa en sobrevivir. Todas las tardes, las enfermeras del hospital de la Bomba Atómica la llevan al pie del ginkgo biloba y la dejan allí por una o dos horas, sentada en un banco de piedra. La gente que pasa le canta canciones alegres y Makiko les devuelve la cortesía contándoles su historia. No siempre es la misma historia: a veces el sol que la encegueció es un dragón de grandes alas que tiene su nido al otro lado del mar, a veces es un pez espada que juega entre las nubes y que ataca a quienes osan mirarlo.

Pronto cumplirá 30 años. Hace diez, la ofrecieron en matrimonio. Nadie la quiso. Ya entonces, todos decían que pronto iba a morir. “Muchas veces he muerto desde aquella mañana del resplandor’“, dice Makiko. “He muerto y he resucitado, como todos en Hiroshima. Nos parecemos a las nueces plateadas del ginkgo biloba. Estamos llenos de estrías y de sufrimientos, pero el viento pasa, los incendios pasan, y nosotros seguimos en el mismo sitio, invencibles”.

 

***
Las cifras dicen poca cosa, pero a veces lo dicen casi todo. En enero de 1965, el 42% de los trabajadores esporádicos de Hiroshima eran sobrevivientes de la hecatombe. Cada uno de ellos, por condescendencia del gobierno japonés, recibía un dólar y medio por jornada. En febrero, el señor Akira Kuboyama, licenciado en Economía de la Universidad de Nagasaki, aprobó el examen de ingreso a una de las mayores empresas de la isla Kyu shu. Pero durante el test médico, los investigadores advirtieron formaciones queloides en sus hombros y vetaron el contrato. En abril, la señora Yamaguchi protestó ante la Comuna de Hiroshima porque uno de los huérfanos a quienes apadrinaba había debido cambiar diez veces de trabajo en un año: cuando presentaba la tarjeta de salud con un rectángulo verde era implacablemente despedido.

Tampoco les es fácil ser reconocidos como enfermos atómicos. Hasta 1957, el gobierno negó que las anemias y cánceres tuvieran algo que ver con la explosión. Obedecía de esa manera el dictamen del brigadier general Thomas Farrell, quien el 3 de septiembre de 1945 informó en una conferencia de prensa que “ya nadie padece en Hiroshima y Nagasaki los efectos radiactivos de la bomba. Quienes los padecieron, están muertos”.

Myeko, la hija ciega del señor Nukushina, imagina que la Hiroshima donde nació sigue como hace veinte años, con sus oscuras casitas de tejado curvo. No puede concebir que la ciudad donde nació sea otra, lavada por las lágrimas y la desdicha. “Aquel día de agosto suele contar, el cielo se cayó. Cuando el cielo volvió a levantarse, todo siguió igual que antes. Somos sólo nosotros los que hemos cambiado”.

Tomás Eloy Martínez: Panorama [Buenos Aires]. Martes 11 de agosto de 1970.

Terrones | mí

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Glaciar Huemul

me acecha la muerte y

no es una sombra rezagada de algas

esperando caer

como un telón

en mi reverso

 

no.

 

es la luz

 

es el sabor propio de mi cámara

oscura

apiñando contra el mundo el

tacto submarino

de mis ojos

 

un instante de luz sobre otro instante

un latido abreviándome el parpadeo de los bordes

restituyéndome al sueño de mi hogar recóndito

con su melodía ancestral

terrestre

donde también la muerte se despoja

y sueña

o desteje

(ahora como una gata al ronroneo de mis pies)

su propio telón de

algas

y estenopos.

 

octubre/ 2011

 

 

Las ciudades sutiles 2 | Ítalo Calvino

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 jugado con Morcito en la casa de peggy guggenheim

Ahora diré de la ciudad de Zenobia que tiene esto de admirable: aunque situada en terreno seco, se levanta sobre altísimos pilotes, y las casas son de bambú y de zinc, con muchas galerías y balcones, situadas a distinta altura, sobre zancos que se superponen unos a otros, unidas por escalas de cuerda y veredas suspendidas, coronadas por miradores cubiertos de techos cónicos, cubas de depósitos de agua, veletas, de los que sobresalen roldanas, sedales y grúas.

No se recuerda qué necesidad u orden o deseo impulsó a los fundadores de Zenobia a dar esta forma a su ciudad, y por eso no se sabe si quedaron satisfechos con la ciudad tal como hoy la vemos, crecida quizá por superposiciones sucesivas del primero y por siempre indescifrable diseño. Pero lo cierto es que si a quien vive en Zenobia se le pide que describa como vería feliz la vida, es siempre una ciudad como Zenobia la que imagina, con sus pilotes y sus escalas colgantes, una Zenobia quizá totalmente distinta, flameante de estandartes y de cintas , pero obtenida siempre combinando elementos de aquel primer modelo.

Dicho esto, es inútil decidir si ha de clasificarse a Zenobia entre las ciudades felices o entre las infelices. No tiene sentido dividir las ciudades en estas dos especies, sino en otras dos: las que a través de los años y las mutaciones siguen dando su forma a los deseos y aquellas en las que los deseos o bien logran borrar la ciudad o son borrados por ella.

Julio Cortázar | Rayuela (fragmentos del Capítulo I)

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Ushuaia Antonio Gil

[…]

Cómo podía yo sospechar que aquello que parecía tan mentira era verdadero, un Figari con violetas de anochecer, con caras lívidas, con hambre y golpes en los rincones. Más tarde te creí, más tarde hubo razones, hubo madame Leonie que mirándome la mano que había dormido con tus senos me repitió casi tus mismas palabras. “Ella sufre en alguna parte. Siempre ha sufrido. Es muy alegre, adora el amarillo, su pájaro es el mirlo, su hora la noche, su puente el Pont des Arts.” (Una pinaza color borra vino, Maga, y por qué no nos habremos ido en ella cuando todavía era tiempo.)

Y mirá que apenas nos conocíamos y ya la vida urdía lo necesario para desencontrarnos minuciosamente. Como no sabías disimular me di cuenta en seguida de que para verte como yo quería era necesario empezar por cerrar los ojos, y entonces primero cosas como estrellas amarillas (moviéndose en una jalea de terciopelo), luego saltos rojos del humor y de las horas, ingreso paulatino en un mundo-Maga que era la torpeza y la confusión pero también helechos con la firma de la arena Klee, el circo Miró, los espejos de ceniza Vieira da Silva, un mundo donde te movías como un caballo de ajedrez que se moviera como una torre que se moviera como un alfil. […]
En fin, no es fácil hablar de la Maga que a esta hora anda seguramente por Belleville o Pantin, mirando aplicadamente el suelo hasta encontrar un pedazo de género rojo. Si no lo encuentra seguirá así toda la noche, revolverá en los tachos de basura, los ojos vidriosos, convencida de que algo horrible le va a ocurrir si no encuentra esa prenda de rescate, la señal del perdón o del aplazamiento. Sé lo que es eso porque también obedezco a esas señales, también hay veces en que me toca encontrar trapo rojo.

Chaltén Antonio Gil

Paco Urondo | Poemas

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Paco, Juan L, Alonso y Gola

Por soledades
Un hombre es perseguido, una
familia entera, una organización, un pueblo. La
responsable de esta situación no es la codicia,
sino un
comerciante con sus precios, con la imposición
de las reglas del juego. Los empresarios, la policía
con la imposición de las reglas del juego. Por eso
ese hombre, ese pueblo, esa familia,
esa organización, se
siente perseguida. Es más, comienzan
a perseguirse entre ellos, a delatarse,
a difamarse, y juntos, a su vez, se lanzan a perseguir
quimeras, a olvidarse de las legítimas,
de las costosas pero realizables aspiraciones;
marginan la penosa esperanza. Entonces
toda la familia, todo el pueblo, entra
en el nivel más alto de la persecución: la
paranoia, esa
refinada búsqueda de los
perseguidos históricos y culturales.
Y ésta
es la triste historia de los pueblos
derrotados, de las familias envilecidas
de las organizaciones inútiles, de los hombres
solitarios, la
llama que se consume sin el viento, los aires
que soplan sin amor, los amores que se marchitan
sobre la memoria del amor o sus fatuas
presunciones.

. . . . . . . . . .

Bar “La calesita”
Es el fondo de un bar. Es un lugar parecido a una
cueva donde uno se sienta, bebe y ve pasar a
hombre enrarecidos por distintos problemas.
Es una gran linterna mágica.

Es una gruta retirada del mundo que cobija a sus
criaturas. Uno se siente allí ferozmente feliz.

Acaba de aparecer el primer hombre, apenas ha
aprendido a caminar, aún no sabe defenderse.

El hombre sonríe y llora y sigue la fiesta.

. . . . . . . . . . .

A saudade mata a gente

A Mario Trejo

 

Digo, frente al sol de abril, sobre esta baldosa calcinada, sin

mujer, sin caricia circundante, hepáticamente embotado,

sonriendo por tradición, sin pasajes, sin ganas, con

sangre, con pulso irregular: caramba, caramba.

. . . . . . . . .

Poema al Che

 

 No hay serenidad, hay silencio

nadie levanta la voz  aunque duden

porque realmente es raro que pudieran acorralarlo

nadie cree nada, aunque siga lloviendo

 

y las ilusiones son rescatadas

 

compro el diario y mojándome veo esas fotos

dios santo, con esos ojos abiertos

rompiendo el porvenir

y esa especie de sonrisa y con la boca fuerte

pero muerta.

y yo pienso que si él ha muerto así

nosotros, hombres de su generación

también terminaremos de mala manera

derrotados o con un balazo trapero

y los ojos abiertos para llegar a mirar como gatos

en plena noche

en plena violencia

los primeros pasos del único mundo que admitimos

………………..

Quiero denunciar 

 

Quiero denunciar ante todos, público
y clero, el robo de un par de anteojos, de alguna
camiseta sucia y pañuelo usado, un número
impreciso de poemas que venía escribiendo
en los últimos años de esta guerra, un aparato
de televisor, discos, armas, souvenires
varios: un libro de Lenin, un disco
de don Pepe de la Matrona que me regalara
el divino Divinsky por recomendación
del marqués del Cante, don Fernando
Quiñones, un asiento argelino, piedritas, cartas, dos botellas

de vino

chileno, documentos reales y apócrifos y otras
cosas pequeñas pero queridas,
nada de esto, ni de otras cosas que
omito han reaparecido. Fueron
robados por la policía en mi domicilio, entonces
ilegal para ellos. Las armas perdidas ya
han sido debidamente detalladas; las largas
y las cortas, las buenas y las malas. Los
objetos eran comunes, como esos que se venden
por allí; los versos hablaban de una 11,25 que
ha dejado una marca en el nacimiento
del muslo izquierdo; otro hacía referencia
a los problemas de la balística en relación con
los sentimientos; uno recordaba el miedo
que tenía un sargento cuando
fuera atacado por sorpresa, y otros
temas que he olvidado por buenas razones. Algunos de
estos papeles desaparecidos por el miedo que la policía
metió a mucha gente, entre ellas a una mujer llamada
Lucila, que materialmente quemó uno que otro.
Otros fueron destruidos por la propia policía o los militares
de los servicios de informaciones que también

vinieron a buscarme y también me llevaron. Hago

esta denuncia,

especialmente por la pérdida
de armas y poemas, ya que ambas son irreparables. Han
sido robadas al pueblo de la república, a
quien naturalmente pertenecían.

Mario Benedetti | Si Dios fuera mujer

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Mario Benedetti

¿Y si Dios fuera mujer?
pregunta Juan sin inmutarse,
vaya, vaya si Dios fuera mujer
es posible que agnósticos y ateos
no dijéramos no con la cabeza
y dijéramos sí con las entrañas.
Tal vez nos acercáramos a su divina desnudez
para besar sus pies no de bronce,
su pubis no de piedra,
sus pechos no de mármol,
sus labios no de yeso.
Si Dios fuera mujer la abrazaríamos
para arrancarla de su lontananza
y no habría que jurar
hasta que la muerte nos separe
ya que sería inmortal por antonomasia
y en vez de transmitirnos SIDA o pánico
nos contagiaría su inmortalidad.
Si Dios fuera mujer no se instalaría
lejana en el reino de los cielos,
sino que nos aguardaría en el zaguán del infierno,
con sus brazos no cerrados,
su rosa no de plástico
y su amor no de ángeles.
Ay Dios mío, Dios mío
si hasta siempre y desde siempre
fueras una mujer
qué lindo escándalo sería,
qué venturosa, espléndida, imposible,
prodigiosa blasfemia.

Juan Gelman | Preguntas

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Juan Gelman

“lo que hacemos en nuestra vida privada es cosa nuestra” dijeron
las Seis Enfermeras Locas del Pickapoon Hospital de Carolina
mientras movían sus pechos con una
dulzura tan parecida a Dios
¿y si Dios fuera una mujer? alguno dijo
¿y si Dios fuera las Seis Enfermeras Locas de Pickapoon? dijo alguno
¿y si Dios moviera los pechos dulcemente? dijo
¿y si Dios fuera una mujer?
corrían rumores acerca de las Seis
las habían visto salir de hospedajes sospechosos con una mirada triste
en la boca
las habían visto en una cama del Bat Hotel
las habían visto fornicando con sastres zapateros carniceros de toda
Pickapoon
¿y acaso Dios no sale de los hospedajes con una mirada triste
en la boca? alguno dijo
¿y si Dios fuera una mujer?
¡tetas de Dios! ¡blancos muslos de Dios! ¡lechosos! Dijo
¡leche de Dios! gritaba por los techos de toda la ciudad
así que lo quemaron
hicieron una hoguera alta al pie de la colina del Este
y también quemaron a las Seis Enfemeras Locas de Pickapoon
todas eran rubias y cada día habían visto a la muerte trabajar
eso es todo
así acaban con los temblores mortales e inmortales en Carolina
y otros sitios de Dios
¿y si Dios fuera una mujer?
¿y si Dios fuera las Seis Enfermeras Locas de Pickapoon? dijo alguno

Inés Manzano | A Carlos Fuentealba | Si es puñal que me mate

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Ines Manzano II

Arrodillada

sobre agujero cruel

que se me traga

las voces de las hijas

las preguntas

que a sus trenzas atábamos

cuando todo era niebla

 

Aferrada

a la rama más débil

a su voz que me deja

al tapiz de esa música

que cunde bajo tierra

y fulgura

y me vence

 

Reposo

en la brizna sagrada de sus sueños

en mi abrazo celeste que rodea

su cabeza estallada

 

en lo que pierdo

 

Yo guardaba

las cosas que decía

la hilera de sus pasos

su caricia de avena

entre los utensilios

 

por las dudas

 

Respiraba

del ritmo de su pecho

 

Alguna vez

tirados en el pasto tuvimos todo el tiempo

 

Ahora sólo tengo

la argamasa que cede a sus latidos

tres temblores gemelos

y una camisa hueca

que humedezco de lágrimas

en un confín del mundo

enmudecido

Déjenme recostada en su costado

besarle los fragmentos

 

No hay ternura como ésta

que resista

los embates brutales de tal pena

 

Desangelada muerte

que se lleva a mi Carlos 

 

Quiero oír el silencio

 

Más allá

del rumor de su sangre que me hiere

no queda más que viento

 

a Carlos Fuentealba

y a la mujer que lo amaba

 

 

 

De la serie de la escuela, de su libro Si es puñal que me mate, Papeles de Boulevard (2012)

 

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/las12/13-10543-2016-04-29.html

 

Suplemento Las12

Viernes 29 de Abril de  2016

INES MANZANO

POESÍA ERAS VOS

 

Por Paula Jiménez España

El sábado 9 de abril, en el último encuentro del ciclo de poesía Literatura viva, Inés Manzano compartió un poema suyo dedicado a Carlos Fuentealba. Poniéndose en la voz de la mujer que acompañó en vida al maestro asesinado en Neuquén, Inés recitó de memoria, como siempre, sin bajar la vista para apoyarse en la seguridad del papel, porque a ella recordar, dijo una vez, le permitía ser libre. Esos versos tristísimos, que podrían consonar con otros de la mexicana Rosario Castellanos (“¿En quién me va a matar la muerte? En los que amo”), dicen: “Yo guardaba/ las cosas que decía/ la hilera de sus pasos/ su caricia de avena/ por las dudas/ Alguna vez/ tirados en el pasto tuvimos todo el tiempo/ Ahora solo tengo/ la argamasa que cede a sus latidos”. Era un poema de amor, pero era un poema político. Era un poema sobre las consecuencias de la política en la vida amorosa, esa zona que tantxs creen privada. A la hora de recitar (tardó muchos años en animarse a hacerlo delante de otrxs), nadie podía obviar su voz suave que era sin embargo de una gran contundencia. Esa tarde lluviosa, esta porteña, autora de “Si es puñal que me mate” (Rosario, Papeles del Boulevard, 2011), recogió sus merecidos aplausos y luego se levantó de la mesa sin aspavientos, como si nada hubiera pasado. Y en verdad, nada habría pasado salvo el deleite de escucharla, si no fuera porque aquella fue su última lectura pública. El pasado domingo 17 de abril, gran parte de la comunidad poética se reunió para despedirla en una sala velatoria de Chacarita donde un féretro cerrado no ostentaba grandes coronas sino sencillos ramos y una V peronista, apasionada y desprolija, escrita en blanco sobre la madera lustrosa. A unos metros, las editoras de La mariposa y la iguana repartían a lxs asistentes unas plaquetas pequeñas en formato de origami con algunos de sus escritos. Esa combinación (peronismo y poemas) parece haber resumido dos de los mayores intereses de su vida. Y podría decirse que durante años, en la práctica hizo de ambos una sola cosa al ocuparse de federalizar la poesía y popularizarla mediante la creación, junto con Cayetano Guzmán, del ciclo “Interiores” (por el que recibió debidos reconocimientos en los últimos Festivales de poesía de los que participó). Sobre esta labor de hormiga escribió recientemente la poeta Irene Gruss en su blog “El mundo incompleto”: “Inés Manzano tuvo la idea única de hacer un ciclo de lecturas en el que se invitara a un poeta de las provincias a leer en Capital. Ese ciclo se llamó Interiores. Muy pocos la ayudaron. Inés invitaba, conseguía hospedaje, pagaba los viáticos y la comida. Imprimía una plaquette con material del poeta o de la poeta en cuestión, que repartía durante la lectura, y un póster ilustrado por buenísimos plásticos. Las sedes de dicho encuentro eran mínimas bibliotecas o el IMPA. Cero difusión de prensa. A pulmón, cada cosa, cada detalle, como el acompañar a cada unx de ellxs a Retiro hasta la hora de su partida”. Por todo esto no sería exagerado usar la palabra amor para hablar de lo que a Inés le pasaba con la poesía y con los y las poetas, con quienes compartía largas charlas nocturnas sin importarle si al otro día tenía que levantarse temprano para ir a trabajar (era bibliotecaria). Versos como “Hemos sido tocado/ por los dedos azules de unos versos/ que asediaban el vientre donde estábamos/ desde antes del principio// De ahí viene la cosa”, parecen decir que Inés Manzano se sentía unida a otrxs escritorxs por provenir, igual que ellxs, de una raíz mágica y azarosa. Cuentan sus amigxs y familiares que prácticamente no dormía y se olvidaba de comer, pero no de leer, no de escribir. Gran parte de sus energías vitales fueron a parar a esta pasión por la que hizo trabajos tan concretos e invisibles como el de tipear la obra inédita de Susana Thènon para que fuera incluida en los tomos de “La morada imposible”. Además de todo esto, Inés Manzano fue miembro de “Poesía en la Escuela”, de la “Red Federal de Poesía” e integró la comisión organizadora del Festival Internacional de Poesía en el Centro (Centro Cultural de la Cooperación). Últimamente se dedicaba a compilar material para una antología de poetas del interior del país. Sus muestras de generosidad han sido infinitas y resulta difícil pensar que ya no circulará por los recitales de poesía sonriendo y luciendo esos vestidos largos y delicados que la hacían parecer un ser distinto, fuera de las modas y del tiempo.

Inés Manzano Si es puñal que me mate

Azules | Adrián Abonizio

Adrián Abonizio por Carlos Luna

Azules los comisarios
los dientes de los moriscos
la aleta de las sirenas
y el orín de San Francisco.

Azules tus ojos negros
como azules son las redes
que en un fondo de areniscas
azules vuelven los muelles.

Azules las alambradas
las bielas y los pistones
y azul es el fin del mundo
que cabe en esta birome.

Azules los relojeros
cuando en su casa mortuoria
las agujas son matungos
sudando azul en la noria.
Azul el cordón de vida
los higos si están maduros.

los jazmines de los libros
y la lengua del bromuro
y explico que soy azul
cianótico de cansancio
cuando escribo en el papel
azul del enamorado.

 

https://www.youtube.com/watch?v=18EwRdlSy_s

¿A dónde van? | Silvio Rodríguez

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Silvio con Benedetti

 

¿A dónde van las palabras que no se quedaron?
¿A dónde van las miradas que un día partieron?
¿acaso flotan eternas, como prisioneras de un ventarrón?
¿o se acurrucan, entre las hendijas, buscando calor?
¿acaso ruedan sobre los cristales, cual gotas de lluvia que quieren pasar?
¿Acaso nunca vuelven a ser algo?
¿Acaso se van?
¿Y a dónde van?
¿A dónde van?
¿En qué estarán convertidos mis viejos zapatos?
¿A dónde fueron a dar tantas hojas de un árbol?
¿Por dónde están las angustias, que desde tus ojos saltaron por mí?
¿A dónde fueron mis palabras sucias de sangre de abril?
¿A dónde van ahora mismo estos cuerpos, que no puedo nunca dejar de alumbrar?
¿Acaso nunca vuelven a ser algo?
¿Acaso se van?
¿Y a dónde van?
¿A dónde van?
¿A dónde va lo común, lo de todos los días?
¿el descalzarse en la puerta, la mano amiga?
¿A dónde va la sorpresa, casi cotidiana del atardecer?
¿A dónde va el mantel de la mesa, el café de ayer?
¿A dónde van los pequeños terribles encantos que tiene el hogar?
¿Acaso nunca vuelven a ser algo?
¿Acaso se van?
¿Y a dónde van?
¿A dónde van?

 

https://www.youtube.com/watch?v=v3gi1bZ5dQE

El silbido | Jorge Riestra

Jorge Riestra Billar

En la ciudad de antes, el silbido era el compañero del hombre de la noche. De vuelta a casa, “a patacón por cuadra”, el noctámbulo, no necesariamente calavera, echaba a rodar hacia adelante el tren de notas de un silbido. No volvía solo: volvía con su silbido. Tampoco su silbido estaba solo: otro, por allá venía, y otro más, errante, como a la deriva, se dejaba oír desde alguna de las calles laterales. En las veredas silenciosas de la madrugada, intermitentes, nítidos, los silbidos se buscaban hasta tejer un diálogo en cuya entraña palpitaba una correspondencia, avanzaba la certidumbre de una afinidad. Solo los apagaban las noches de lluvia; entonces, la compañera era la lluvia.
El silbido era un atributo de los hombres. Una convención no escrita parecía vedarlo a las mujeres. Por alguna razón más vinculada con los prejuicios —en la mira, la denigrada marimacho- que con la moral, la mujer había cedido al varón el territorio del silbido. Ella cantaba. Parada ante el piletón, o mientras planchaba o cocinaba, la mujer cantaba. Para muchos de los hijos pequeños de aquel tiempo, la educación musical del oído tuvo un origen doméstico. El canto de las madres se transmutó en el propio, y después, sobre el mármol del umbral, desenvuelto, ufano, se engalanó el ensayado silbido. Aprender a silbar —”silbar bien”, en el decir callejero—, era una prueba de que el cursus honorum de la calle se cumplía de acuerdo con los usos de la tradición.
Durante el día, en las horas que siempre se llamaron “de trabajo”, el hombre no silbaba. Tampoco le nacía silbar cuando enredado en diligencias rutinarias, se desplazaba de un punto a otro por las veredas atestadas del centro. No se trataba de una represión impuesta por el temor al ridículo: el silbido requería cierto grado de aislamiento, y aun, si se quiere, de ensimismamiento. Así como de una libertad que contenía una gema inapreciable: la disponibilidad. El ocio, aunque ingrediente prócer, no le era esencial. El trabajador que iba a la fábrica o a la obra en bicicleta —noche cerrada o amanecer en ciernes—, silbaba porque en ese tramo era libre todavía. Ese mismo hombre, acodado entre conocidos o amigos en el mostrador del café, tal vez tarareara un tango mientras paladeaba su vermut o saboreaba, sibarita, la copa de grapa con miel; pero no silbaba. Un sentido natural de la prudencia reservaba el silbido para el camino de retorno a la pieza, a la casa, al apretado y gris departamento de pasillo. Las reglas eran claras; el código final, transparente.
El silbido no aspiraba a convertirse en espectáculo. Una exhibición de silbidos muy improbablemente habría movido a risa, pero sólo a título de curiosidad —ribete farsesco incluido— podría haberse montado. Entre hombres, su absoluta gratuidad lo alejaba del canto, al que le era difícil desprenderse de los contagiosos gestos que esparce la profesionalidad.
Mucho mayor era la distancia que separaba al silbador del cantor. Este exigía un auditorio, un público presumiblemente leal con el cual establecía, desde los preparativos, una diferencia de rango: “artista” y oyentes estaban bajo el mismo techo —que quizá fuese el cielo—, mas no se confundían. Rara avis en la cuadra —no en el barrio—. Mientras los silbadores florecían por doquier, el cantor componía una imagen que aun antes de emitir la voz salía a campear la admiración y el aplauso. Rodeado de una aureola, entre campechano y solemne, atento a las mujeres, si las había, el cantor actuaba. Al actuar, inevitablemente, competía. El rival podía estar cerca o lejos, vivir o haber muerto: como el payador, uno de sus antepasados, el cantor quería vencer. Canto y éxito marchaban de la mano —o lo soñaban—.
Al silbido lo distinguía la humildad. Carecía de pretensiones. Bien de barrio, extraña mezcla de candor y malevaje, vocacionalmente igualitario, se sentía tan cómodo en alpargatas como con zapatos y traje. Si el gorrión hubiese sabido silbar, el silbido habría sido el gorrión de las veredas. Su propietario lo cuidaba como a una planta, lo mimaba como a un cachorro, lo adornaba como a un cuartito de soltero. Solcito de la mañana del domingo, hoja suelta en el viento de la noche: formas cariñosas de nombrarlo, de cercarlo, de acercarlo.
Al tranco, y silbando bajito, como cuadraba, rumbeó hacia el olvido. Y allí se quedó.

 

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Jorge Riestra: Rosario 04-01-1926 / Rosario 03-02-2016

Fue un escritor argentino

Su primer relato lo escribió con catorce años.

Estudió Magisterio y se dedicó durante unos años a la enseñanza en su ciudad natal, impartiendo clase de Literatura en el Instituto Superior de Comercio. Rechazó una beca en la Universidad Houston temiendo que si la aceptaba no tuviera el tiempo suficiente para dedicarse a escribir.

Autor de novelas y cuentos, sus obras suelen estar ambientadas en la ciudad de Rosario y describen a menudo el universo de los cafés y billares que conoció el autor en su juventud.

Fue, junto a Rodolfo Vinacua, asesor literario de la editorial Biblioteca (fundada en 1966 y dirigida por Rubén Naranjo). Terminada la dictadura del Proceso de Reorganización N, dirigió en Rosario el Centro Cultural Bernardino Rivadavia (posteriormente rebautizado como Roberto Fontanarrosa) y consiguió dinamizar la vida cultural de la ciudad.

La concesión en 1988 del Premio Nacional de Literatura le permitió dedicarse a la escritura a tiempo completo.

En 2015 cedió los derechos de publicación de su obra literaria (tanto la ya editada como la inédita) a la UNR.

Premios y reconocimientos

  • 2002: Premio a la trayectoria artística, concedido por el Fondo Nacional de las Artes.
  • 1997: la Academia Los Inolvidables le nombró Ciudadano Ilustre del Casín.
  • 1988: Premio Nacional de Literatura porEl opus, concedido por la Secretaría de Cultura de la Nación.
  • 1963: Premio trienal «Carlos Alberto Leumann».

Obra

Libros de relatos

  • El espantapájaros. Rosario, 1950.
  • El taco de ébano. Buenos Aires, 1962 (edición española en La Coruña: Ediciones del Viento, 2007).
  • Principio y fin. Rosario: Editorial Biblioteca Popular Constancio C. Vigil, 1966.
  • A vuelo de pájaro. Buenos Aires, 1972

Novelas

  • Salón de billares. Buenos Aires, 1960.
  • El opus. Rosario, 1986
  • La historia del caballo de oros. Buenos Aires, 1992.

Antologías

La obra breve de Jorge Riestra aparece antologada en importantes obras nacionales e internacionales:

  • Narradores argentinos de hoy I. Buenos Aires, 1971.
  • 20 argentinische Erzähler. Berlín, 1975.
  • El cuento argentino 1959-1970. Buenos Aires, 1981
  • Primera antología de cuentistas argentinos contemporáneos. Buenos Aires: Secretaría de Cultura de la Nación, 1990.

Fuente: Edición Más de La Capital http://www.lacapital.com.ar/ed_mas/2016/2/edicion_46/contenidos/noticia_5032.html

Fotos: Sebastián Suárez Meccia / La Capital

Solicitada | Paco Urondo

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Paco Urondo

…Y la historia de la alegría no será
privativa, sino de toda la pendencia
de la tierra y su aire, su espalda y su perfil, su tos y su
risa. Ya no soy
de aquí; apenas me siento una memoria
de paso. Mi confianza se apoya en el profundo desprecio
por este mundo desgraciado. Le daré
la vida para que nada siga como está.

Hotel | Margaret Atwood

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Margaret Atwood - Life

Me despierto a oscuras
en una habitación extraña.
Hay una voz en el techo
con un mensaje para mí.

Repite una y otra vez
la misma ausencia de palabras,

el sonido que el amor hace
cuando alcanza la tierra,

metido a la fuerza en un cuerpo,
acorralado. Arriba hay una mujer

sin cara y con un animal
desconocido que tiembla dentro de ella.

Enseña los dientes y solloza;
la voz susurra a través de las paredes y el suelo;
ahora está suelta, libre y corriendo
cuesta abajo hacia el mar, como agua.

Examina el aire alrededor y encuentra
espacio. Al final, me
penetra y se vuelve mía.

Colibrí (poema) | Raymond Carver

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Tess y Raymond

Vamos a suponer que digo verano
escribo la palabra “colibrí”,
la meto en un sobre
y la llevo colina abajo
hasta el buzón. Cuando abras
la carta te acordarás
de aquellos días y lo mucho,
lo muchísimo que te quiero.

Raymond Carver

Todos nosotros

Bartleby Editores, 2006

Traducción y prólogo de Jaime Priede

En la secreta casa de la noche (poema) | Jorge Teillier

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Jorge Teillier

Cuando ella y yo nos ocultamos
en la secreta casa de la noche
a la hora en que los pescadores furtivos
reparan sus redes tras los matorrales,
aunque todas las estrellas cayeran
yo no tendría ningún deseo que pedirles.

Y no importa que el viento olvide mi nombre
y pase dando gritos burlones
como un campesino ebrio que vuelve de la feria,
porque ella y yo estamos ocultos
en la secreta casa de la noche.

Ella pasea por mi cuarto
como la sombra desnuda
de los manzanos en el muro,
y su cuerpo se enciende como un árbol de pascua
para una fiesta de ángeles perdidos.

El temporal del último tren
pasa remeciendo las casas de madera.
Las madres cierran todas las puertas
y los pescadores furtivos van a repletar sus redes
mientras ella y yo nos ocultamos
en la casa secreta de la noche.

 

 

Jorge Teillier Poemas

Ediciones Colihue

 

Reunión en Nochebuena, de gente que sueña (fragmento) | Antonio Di Benedetto

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Antonio Di Benedetto

“Parece inagotable, la noche, porque es de fiesta y se puede creer que a penas ha comenzado, aunque ya todos cenaron.
Parece inmensa porque en el campo el cielo, visto desde abajo, crece, se desborda, refulge y hace pensar que es una imagen palpitante e inmodificable de la eternidad.
Los mayores permanecen en el jardín, donde la música se ha apagado pero permanecen encendidos los fuegos eléctricos del pino, que la dueña de casa enjoyó hasta darle semejanza con el símbolo de la Navidad.
Mañana será Navidad, esta noche es Nochebuena y Severo y su esposa María de la Abnegación nos han reunido a los amigos en su propiedad rural, tan bien puesta, y yo noto y callo, como todos los demás, que en la reunión falta quien no debía faltar: Ismael, el hijo, y que su ausencia pesa visiblemente en el pecho de la madre”.

 

Antonio Di Benedetto

Cuentos Completos

Adriana Hidalgo Editora

No siempre (poema) | Héctor Viel Temperley

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No siempre

que la casa duerme,

duermo.

 

A veces, en la noche,

soy como un trompetista

con los ojos abiertos.

 

Pero eso sí,

cada vez que llueve,

yo lluevo.

 

 

 

No siempre | Humanae vitae mia |  Héctor Viel Temperley

Obra completa | Ediciones del Dock | 2013

Lugar | Jorge Boccanera

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Jorge Boccanera

Lugar,

es el nombre del animal más grande de la tierra.

Hay quienes aprovechan su sombra y no saben

que existe.

O beben su saliva y lo confunden con un río.

O duermen en los huecos que dejan sus pezuñas en

la tierra y piensan que la tierra es así.

Los exiliados cargaban sus pedazos de tiempo.

Otros clavan sus zapatos en el barro.

 

Hay ciegos que cambian la vista por una

certidumbre.

Algún dios carpintero que fabricaba muebles repite

la sentencia:

«un lugar para cada cosa y cada cosa en su lugar»

Pero los desaparecidos, ¿dónde están?

Todo es ajeno aquí.

Somos los extranjeros de un lugar que era nuestro.

 

El deseo escribe en un libro sin hojas.

Alguien se prende fuego envuelto en un secreto.

Hay quienes buscan que el amor les corrija la rabia.

Otros rezan,  divisan un lugar después de este lugar.

Está el que desespera: «si ese animal ocupa tanto

espacio, ¿por qué no puedo verlo?»

Unos pocos eligen atravesar un sueño para llegar a

un sueño.

 

¡Ah, si el silencio dijera sus lugares!

Ahora, cada baldosa es un campo de caza.

En días por venir, alguien escarbará en las preguntas

hasta desenterrar un fémur, algún diente de lo que

fue un lugar.

Pero no en esta casa con un piso de viento.

Nadie se mueve aquí, es el gran día.

Reparten un desierto entre los hombres.

 

Jorge Boccanera | Bestias en un hotel de paso | Ed. Ciudad Gótica, 2011

 

Elegía Pichón Garay (poema) | Juan José Saer

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Juan José Saer

Deberes

y un cielo, azul, que se hunde

en el ramo de tardes

que atravieso

como quien se levanta, ciego,

desde una cama de ceniza.

 

Bienaventurados

los que están en la realidad

y no confunden

sus fronteras.

 

 

El Arte de Narrar

Juan José Saer- Seix Barral, 2012

Nadie es Responsable (1946) (fragmento) | Felipe Aldana

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Nadie es Responsable de Felipe Aldana

—¿No te parece que Violeta está llorando? —pregunta Dorita.

—Llora y patalea —dice Antonio que sale de la habitación—. Voy

a la cancha, vieja. Hoy es el clásico.

 

Una vez más se pondría de manifiesto la rivalidad tradicional entre

Newel´s y Rosario Central. Los diarios anunciaban el partido con

grandes titulares, hacían la historia remontándose a diez años de lucha

futbolística, colocaban en lugar destacado la fotografía del crack de

hoy. En la mesa del café las apuestas se habían cruzado durante toda la

semana. Las viejas rencillas entre los parroquianos se alineaban detrás

del cuadro favorito. Había más que un interés deportivo. La nerviosidad

crecía a medida que se acercaba la hora.

A las once, los tranvías que llevan a la cancha de Newel´s no se

pueden tomar. En los costados de la parte trasera van sentados racimos

de hinchas con el rostro reluciente.

Los más entusiastas han comido en la cancha. Los que prefieren

colocarse detrás del arco consiguen su lugar; otros se ubican en la

mitad del estadio para dominar los dos sectores.

La aparición de la casaca rojinegra provoca una ovación en la

tribuna oficial. Las populares contestan con un prolongado silbido.

Cuando aparecen los auriazules el fenómeno se produce a la inversa.

Son treinta mil espectadores pendientes de lo que va a ocurrir en la

cancha. Cada bando es responsable de quince mil inquietudes diversas.

Los delanteros rojinegros se desplazan velozmente. La defensa

centralista comete ful. La reacción no se hace esperar. Una naranja

pasa rozando la cabeza del back.

—¡Matalo a ese leproso!

—¡Estaba en offside, estaba en offside!

—¡Vamos, nena! ¡Levantate!

En la platea de la tribuna oficial un señor reposado se incorpora

y agita los puños. Pronto lo sacude una convulsión epiléptica. Los

lentes le saltan del rostro y se estrellan en la baldosa. Saca un pañuelo

para limpiarse los ojos miopes. Se sienta.

—¿Qué le ha pasado, Doctor?

—Nada, hijo. Es una injusticia. No cobra penal. Estaba dentro de

la línea 18.

Alentados por la hinchada, los auriazules reaccionan. Comienzan

a moverse con agilidad llegando peligrosamente al arco contrario.

—¡Baile! —gritan de las populares.

—¡Paralo si sos brujo! ¡Atorrante!

—¡Qué bugui, che!

La defensa rojinegra juega nerviosamente y comete ful.

Una lluvia de naranjas y botellas cae sobre la cancha. Se escucha

a una hermosa mujer prendida del alambre, gritar enceguecida por

la cólera.

—¡Hijo de puta, así no se juega!

El cameraman la enfoca en ese preciso momento.

—¿Por qué no la sacás a tu madre, roñoso? —le dice más colérica

aún.

Sobre el cielo un avión evoluciona. Intermitentemente deja caer

propagandas, ajeno a lo que pasa en la cancha.

Cuando termina el partido, Antonio sale en medio de una muchedumbre

silenciosa. Tiene que hacer esfuerzo para que no lo aplanen

contra una puerta. De vez en cuando se escucha el comentario

agrio de un hincha insatisfecho del resultado. Aquí no se respeta nada.

Los masiteros tienen que defender sus canastas donde las moscas ensayan

un banquete. En la calle se inicia la carrera por conseguir ubicación

en los tranvías. Esperan uno tras otro como cuentas de collar.

Antonio Cristofani llega cuando ya no cabe un alfiler. Entonces imita

a los más intrépidos. Sube también al techo del coche. Los muchachos

arman una batalla campal.

—¡Central! ¡Central! ¡Central!

El tranvía baja por Avenida Pellegrini.

 

. . . . . . . . . . . . . . . . .

Nadie es Responsable

Río Ancho Ediciones, 2015

En la calle (poema) | Víctor Gaviria

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fotografía tomada de la página www.ciclo.co

Yo trabajé con los niños de la calle:

alguno de ellos aparecía con una bolsa de plástico negro en la cabeza, por máscara;

me miraba a través de los dos agujeros y volvía a pedirme plata,

una vez más, para engañarme,

pero yo lo retiraba de un golpe que lo hacía tambalear

no por mi impulso, sino por su propia borrachera,

que lo convertía en payaso de la noche

¿Para dónde van los niños de la calle,

me pregunto,

si no es dando eses, dando bailes y danzas

como los papeles borrachos que enaltece el viento?

Yo trabajé con ellos haciendo una película durante meses,

y ellos me recibieron con los brazos abiertos

porque el mar de su noche es una larga travesía

en la oscuridad,

y les presté chaquetas

que llevaron con elegancia y carácter hasta que se perdieron,

y lucí sus relojes robados que brillaron siniestros,

huérfanos en mis manos,

hasta que también se perdieron,

y cachuchas que cambiaron tan fácil de cabeza

que parecían hijas de sus propios días perdidos.

Los objetos que uno amaba se perdían tan fácil

en aquellas noches,

que yo miraba las ramas de los árboles en el parque

y no lograba ver el viento del tiempo que todo lo hurta

y lo arrastra como una tormenta.
Yo también jugué fútbol en las calles del amanecer,

que tienen un aire de escenario

como ningún otro deporte,

tal vez por la delgada película del rocío

que ilumina el balón y la piel de los brazos,

tal vez porque no hay público,

excepto los arbustos que parecen personas, así mirados de rapidez,

y los ecos de las carreras y llamadas se desdoblan

con un eco de pozo.

Y estos partidos los ganaban las sombras contrarias,

porque los payasos de la noche pierden siempre sus partidos

cuando caen de espaldas con las piernas abiertas,

y el laurel, el jazmín de noche y la solemne ceiba

se echan a reír de sus muchachos.

Además toman pastillas para olvidarse de sí mismos

(para curarse del recuerdo de sí mismos),

para andar sonámbulos buscando las puertas de los parques,

y los he visto de pie frente a los bancos de cemento,

conversando con ellos…

tal vez por toda esa gente

que pasó por allí durante el día.

El viento rellena de aire sus chaquetas

y los hace ver altos y gruesos como los globos del diciembre.
Vivimos cinco meses en la calle,

hasta que me fui, director de noche invitado;

y no he vuelto a saber de sus abrazos

que me adormecían suavemente,

para luego meter sus dedos flacos y largos en lo hondo de mis bolsillos.

Qué estarán haciendo,

me pregunto al cruzarme con ellos una noche cualquiera,

¿quién se ríe ahora de sus heridas pálidas como el jazmín de noche,

de sus heridas oscuras como las rosas de los jardines de San

Joaquín,

quién disfruta de su película

de nunca acabar?

 

 

 

Canto versos (Navega 2002) | Jorge Fandermole

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Jorge Fandermole ♥

Si pienso en algo para decir,
si pienso en alguien por quien vivir,
si casi nada se tiene en pie
y este segundo ya se nos fue;
si en la mirada dura un fulgor
atravesando tanto dolor
yo canto versos de mi sentir
y los condeno a sobrevivir.

Donde parece el sol no alumbrar,
donde se muere de soledad,
en lo más hondo de esta quietud,
donde ocultó la sangre la luz;
donde agoniza un ángel guardián
y se nos pudre el agua y el pan
yo canto versos del corazón
y los enciendo en una canción.

Canto, canto;
tan débil soy que cantar es mi mano alzada
y fuerte canto, canto;
no sé más qué hacer en esta tierra incendiada
sino cantar.

En lo invisible de una ciudad,
donde se ocultan odio y verdad,
donde las bocas de un nene gris
corren sonámbulas tras de mí;
la infortunada noche que un dios
arrepentido nos olvidó
yo canto versos de furia y fe
pa’ que me ayuden a estar de pie.

Canto, canto;
tan débil soy que cantar es mi mano alzada
y fuerte canto, canto;
no sé más qué hacer en esta tierra incendiada
sino cantar.
Canto, canto;
tan débil soy que cantar es mi mano alzada
y fuerte canto, canto;
qué más hacer con palabras deshabitadas
sino cantar.

 

La letra es preciosa, pero mucho mejor es escucharla en la voz  “del” Fander.

Picá las notas para escucharlo ♫ ♫ ♫ ♫ ♫

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Canto versos

CD Navega (2002)

Jorge Fandermole

La Película (cuento) | Ricardo Piglia

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♥ 25 de mayo de 2015 ♥

Posiblemente la película pornográfica más antigua que se conserve sea el clásico argentino El Sartorio de 1907. Esta cinta, y muchas otras realizadas por la misma época en Buenos Aires y Rosario, no estaban destinadas al consumo local, ni al popular, subrayó con lápiz rojo el comisario Croce, que fumaba, sentado en su sillón giratorio de sheriff, con una visera de mica verde en la frente para atenuar la cruda luz que iluminaba su mesa de trabajo en la oficina en penumbras mientras leía el así llamado Reporte Top Secret, y un ventilador de techo daba despaciosas vueltas con un suave zumbido siniestro.

Las cintas sucias eran un entretenimiento sofisticado para el disfrute de la clase acomodada del viejo continente, volvió a subrayar Croce y trazó luego un circulito sobre la palabra disfrute. El escribiente Lezama se esmeraba con el lenguaje, era su nuevo ayudante y, por lo visto, quería hacerse notar. Tres mujeres se divierten en un río y empiezan a acariciarse entre sí, siguió leyendo Croce. Un hombre vestido de “diablo” con cola, cuernos y bigotes falsos sale del follaje y captura a una de las muchachas. Filmada en las riberas de Quilmes, la película duraba veintiocho minutos. Es probable, aclaraba, prolijo, Lezama, que el título fuera una mala transcripción de El Sátiro, dado que la vista muestra a tres ninfas teniendo sexo al aire libre con un fauno.

El escribiente era un perfeccionista, o estaba muy asustado, sospechó Croce. El detalladísimo informe estaba escrito a mano con esmerada caligrafía porque Lezama, dedujo Croce, no había querido usar la máquina de escribir de la repartición para no comprometer a los oficiales de guardia. Siempre los grises secretarios de los pasillos interiores estaban mejor informados que los pesquisas que investigaban en la calle. El comisario andaba atrás de una película filmada en 1940 o 1941 pero su ayudante le había elaborado un expediente con una variada e inútil información histórica sobre la producción de las variedades eróticas que se filmaban –y se habían filmado– en la Argentina.

“Las exportaban en su gran mayoría, eso era lo más significativo”, pensó. Tal vez así convencían a las cabareteras y a las aspirantes a actrices a dejarse filmar: “No te preocupes, nena”, les dirían, imaginó somnoliento Croce, “son para mandar afuera, quién te va a reconocer a vos en Europa”. El comisario había visto fragmentos de cintas obscenas en los allanamientos a los prostíbulos de Berisso y Ensenada, en su época de oficial inspector, tal vez eran cintas extranjeras las que daban en Buenos Aires y eran argentinas las que exhibían en las maisons cochon de París. De lo contrario, se le ocurrió, más de uno podía llevarse la sorpresa de encontrar a su mantenida –o a su señora esposa– en la ardiente pantalla practicando la sodomía con un marinero senegalés. Como en un sueño se vio entrando por los pasillos de los clandestinos de la vieja Recova para irrumpir en los saloncitos privados donde sorprendidos hombres maduros con los pantalones en los tobillos, acompañados por susurrantes pupilas en déshabillé y ligas negras, “calentaban los motores” (según la jerga) mirando las viciosas imágenes de dos hombres con una mujer –o de dos mujeres con un hombre– reflejadas en temblorosos lienzos blancos tendidos sobre las paredes encristaladas. El proyector seguía encendido en la penumbra, los hombres no se miraban unos a otros, las chicas se amontonaban tranquilas en un costado, vigiladas por los sufrientes agentes uniformados, mientras la cinta golpeaba, slam, slam, contra la bobina que seguía girando, y el comisario prendía la luz y pedía documentos. Hacía ya muchos años de eso y los allanamientos tenían siempre por objeto a un pez gordo, un juez, un senador, un capitalista de juego, al que no se podía encerrar por otra cosa que no fuera por exhibicionismo y ofensa al pudor.

Pero ahora el asunto era distinto, algo más grave, súper secreto, ligado a la disputa de Perón con la Iglesia Católica y a los rumores de golpe de Estado que agitaban el ambiente. Lo habían trasladado a esa oficina anónima en los altos de la galería Rocha, en La Plata (Eva Perón se llamaba la ciudad en aquel entonces), en la segunda semana de febrero de 1955. Uno de sus informantes tenía el dato, pero estaba tan aterrorizado y tan decidido a hacerse millonario con la película en cuestión (si no lo mataban antes para robarle el negativo) que había desaparecido de los lugares que solía frecuentar y exigía condiciones estrictas para cerrar el trato. El hombre, conocido como el turco Azad, había mandado a decir que sólo trataría el asunto con su “amigo” el comisario Croce. No daba datos, decía que la había visto por casualidad (“de pedo”, mandó a decir con su habitual tono campechano) en una casa de putas, en Siria, a fin de año, mientras pasaba las fiestas con sus parientes en su pueblo natal. Adujo que era un material explosivo y que había comprado carísimo el negativo y la única copia existente y había tenido que adornar buenamente a los tipos de la aduana para entrar sin problema los rollos de la película. Iba de frente el turco Azad, hacía ver que era un negocio sucio y que él tenía el as de espada, el siete bravo y todos los colores del palo que hicieran falta para copar la parada. Era un amigo incondicional de sus amigos, un hombre del movimiento peronista a quien el azar lo había puesto en la emergencia de ayudar a la nación. “A cambio de una jugosa paga”, completó Croce, que conocía bien al peje y sabía lo arisco, despiadado y difícil que era y también lo simpático y entrador que solía ser, capaz de encandilar a un ciego con su encanto. Croce estaba preocupado por tener que ocuparse personalmente de un asunto tan oscuro. Con el debido respeto el escribiente Lezama disentía con ese parecer y recomendaba apretarle las clavijas al turco antes de cualquier trato. “No se preocupe –le dijo Croce–, conozco bien a ese individuo, a mí no me va a mentir.”

Mientras se iniciaban las negociaciones, para tirar una cortina de humo, Croce había ordenado una batida por las cuevas y los estudios clandestinos y los telos donde se filmaban esas piezas con jovencitas ambiciosas y veteranas coristas del varieté. La clave de este tipo de film eran las mujeres, las actrices o las figurantas filmadas siempre a cara descubierta y a cuerpo entero en posiciones bestiales y provocativas, ya que este material está masivamente destinado a los varones.

Croce recapituló la situación: estaba a cargo de una vaga investigación sobre un presunto chantaje a un “alto dignatario” y lo habían destinado a la sección de orden político. ¿Quiénes estaban al tanto del asunto? ¿Y de qué se trataba? Lo rodeaban tipos turbios, bichos encubiertos, servis, topos, hasta su escribiente podía ser un agente de inteligencia. Trabajaban con rumores, que ellos mismos filtraban o desmentían, pero en este caso lo más importante era el silencio absoluto: el trascendido era el peligro máximo, nadie sabía a quién pensaban chantajear, pero sólo imaginarlo era un peligro. Había mucha información disponible: conversaciones telefónicas grabadas, prolijos seguimientos a políticos de la oposición, soborno a periodistas, censura de prensa, pero se abría un agujero negro respecto al sujeto en cuestión. No había un eje definido, ningún objetivo concreto, y –según el juez– el comisario tenía sólo veinticuatro horas para subsanar “el inconveniente”.

Meditaba entonces Croce, apretado por el tiempo y la responsabilidad. Incluso en un momento pensó que podían querer chantajearlo a él. Hacía años que mantenía una relación clandestina con una mujer casada. Se había enamorado de ella cuando la mujer ya estaba viviendo con uno de los hombres más poderosos de la provincia. A veces pensaba que uno de los chicos de ese matrimonio –Luca– podía ser hijo suyo. Ella era demasiado libre y ardorosa para que esas filiaciones la preocuparan. Bastantes problemas tengo con mantener una relación clandestina con un policía, le decía la Irlandesa. “¿Los habrían filmado en el hotel de la ruta?”, pensó el comisario. “¿Había escuchado algún zumbido sordo, como el vuelo de un moscardón, de una filmadora atrás del espejo falso sobre la cama del cuarto del hotel?” Desvariaba, era demasiado perfecto pensar que le habían encargado una investigación para que descubriera que el culpable era él. Si entendía mal el mensaje del oráculo estaba frito. Primero tenía que formular el enigma de la Esfinge, para luego ver si podía resolverlo. Mejor dicho, si él mismo podía imaginar el enigma planteado por la mujer con cara de gato (o de pájaro o de tortuga, asoció al voleo) es porque estaba resuelto. “Edipo perdido como turco en la neblina”, dijo en voz alta Croce, para joder un poco y reconfortarse.

En definitiva, Croce tenía que plantear el problema y definirlo, es decir, clasificarlo. Posible chantaje a un alto dignatario con una película pornográfica filmada en la Argentina para exportar. Se fue con el pensamiento por el campo entre la niebla, los alambrados brillaban como rayas blancas en la tierra oscurecida. Si seguía esa línea metálica en la neblina, ¿adónde iría a parar? Quizá la hilera de alambre que cerraba el potrero para terminar entonces metido en una jaula de siete hilos. Dejó que se le espantaran los pajaritos en la cabeza y empezó a volar: “La respuesta a una pregunta que no se sabe –se dijo– debe ser repentina y rápida como una aparición, no será evidente pero debe ser definitiva”. El era un pájaro migratorio, había aterrizado aquí en la sección especial, casi no le hablaban, eran furtivos y misteriosos, todo estaba encerrado entre cuatro paredes, pero tenía derecho a franquear el límite. “¿Por qué no?”, se preguntaba Croce. “En este asunto no hay nada más allá.” Afuera no se puede ir, o sea que el asunto está adentro. El espacio lógico del discurso fáctico estaba cerrado y en el exterior sólo existe la neblina. Pero si el límite era infranqueable era porque existía –o debía existir– un secreto que cerraba el paso.

Se levantó y se acercó a los ventanales: afuera estaba la Plaza Rocha, se veían los faroles de luz amarilla, el edificio barroco de la Municipalidad, un ciclista que avanzaba por la calle pedaleando con displicencia. Se trataba entonces de un secreto, no de un enigma: alguien escondía algo –una información, más que una película– que ofrecía negociar o, mejor, vender. No era lo mismo revelar un secreto y encontrar un objeto. El mismo Croce de chico había visto las revistas prohibidas que se vendían bajo cuerda en los quioscos del bajo: venían envueltas en una cartulina negra y lo que había adentro podía ser o no lo que uno esperaba. Ver a una mujer haciendo el amor con un hombre. No era lo mismo estar con una mujer que ver a esa mujer haciéndolo con otro. Aunque pusiera un espejo, no era lo mismo. La Irlandesa también lo sabía y a veces para excitarlo jugaba con esa idea, levantarse un peón en la chacra y traerlo al hotel de la ruta para que él pudiera por fin verla gozar con un hombre. Se alejó de la ventana y empezó a pasearse por el pasillo interior de la oficina, entre los archivadores y los muebles. Si estaba obligado a permanecer en el interior del problema, encerrado en sus límites, necesariamente la solución debía estar en una necesidad fáctica exterior, pero no ajena. Croce estaba muy concentrado, casi como un ajedrecista que buscara –antes de mover sus piezas– revisar todas las alternativas y jugadas posibles hasta encontrar la salida salvadora que rescatara a su Reina en peligro. “¿Por qué la Reina?”, se dijo, como iluminado, Croce. “Porque es la pieza más poderosa.” Sin embargo a esa altura del match, con el reloj corriendo solo de su lado, la Reina estaba muerta. Estaba perdida, había que ganar sin ella, por ella, por el peso de su ausencia, porque mientras estuvo viva mantuvo a raya a los contreras, arrinconados contra el alambrado. Perder la Reina no quiere decir jugar sin ella. Entonces, dedujo, la Reina está muerta, pero la partida, desesperada y todo, está viva. La partida, pensó literalmente, es decir, el comienzo. ¿Qué hay al comienzo? Una película pornográfica filmada en 1940 o 1942, o 1943 (antes de 1945, subrayó mentalmente), quizá para exportar. Entonces por fin comprendió claramente la situación. Un chantaje no es un gambito, es un enroque, mejor un trueque. Así pues la explicación de la necesidad de respetar los límites era la causa del dilema. El que estaba siendo chantajeado –o estaba a punto de ser chantajeado– era el más alto dignatario del gobierno. Y el chantaje no era el contenido de la película sino su existencia misma: poder decir que alguien tenía –o había visto– esa cinta era el chantaje. Con eso bastaba. La carta robada, pensó. Pero esta vez el amenazado era el ministro. El ministro, del Interior. Por eso no había nada afuera.

–Una cinta de ésas –dijo el juez a cargo–. Hay que encontrar el negativo y quemarlo sin que nadie lo vea. Era un caso de chantaje, pero nadie conoce el contenido del anónimo –dijo–, porque es como un anónimo… –aclaró–. La producción de películas clandestinas era un asunto de trata de blancas –dictaminó el juez. Las mujeres son obligadas a hacer eso por dinero, de modo que la producción, o el tráfico de esos materiales, estaban penados y él –por ser el juez– podía extenderle una orden de allanamiento contra quien hiciera falta. Era un delito federal –aclaró. Le asignaron como escribiente a Lezama, un pesado de los servicios de informaciones que de inmediato se declaró admirador de Croce y de sus métodos de investigación.

–Vea, Lezama –le dijo Croce–, el asunto en la superficie es sencillo, uno de mis informantes tiene la película y quiere negociar conmigo. Usted sólo debe preparar esa reunión en las condiciones que esta persona proponga y llevar en una cartera de mano el equivalente al doble del precio que el ministro imagina que debe pagar. De todo lo demás me ocupo yo.

El turco Azad era un hombre jovial, un bromista de sonrisa rápida y ojos huidizos que empezó de muchacho vendiendo baratijas con un sulky por las chacras y terminó dueño de El Sirio, el mayor almacén de ramos generales de la provincia. Un enorme salón que ocupaba casi una manzana en el centro del pueblo, donde vendía desde avionetas para fumigar campos o cosechadoras Massey Ferguson hasta agujas de enfardar y profiláticos Velo rosado. Era una figura respetada en la política del distrito y su extensa población de clientes empadronados en sus famosas libretas de fiado y consignación eran todos –como decía Azad– “leales y pampeanos” a la hora de votar. De hecho, solía decir el turco en las interminables y pesadas partidas de monte criollo en el almacén de los Madariaga –donde se habían apostado y perdido cosechas enteras y tropillas de un pelo–, Perón había armado a finales del ’45 en tres meses una organización política nacional apoyado en las redes y los favores de los comerciantes sirio-libaneses que habían abierto caminos en todas las provincias uniendo pueblos olvidados, vendiendo de puerta en puerta su mercadería en los rancheríos, en los puestos de las estancias y en las pulperías. “Basta ver –decía el turco siempre entonado y seguro– la pila de nombres árabes que hay entre los cuadros prominentes del movimiento.”

Cuando al fin se encontraron en un departamento de paso, alquilado para el encuentro, en la calle Sarmiento, en el centro de Buenos Aires, Azad apareció igual a sí mismo a pesar de la tupida barba negra que le borraba la cara y del elegante traje gris de saco cruzado con el que había querido camuflarse y pasar de-sapercibido. Estaba más flaco, los ojos ardidos, y se lo veía a la vez acorralado y eufórico. Croce le pidió a Lezama que los esperara en la antesala, y él mismo cerró la puerta de doble hoja y cuando estuvieron solos encaró directo al asunto.

–¿Es ella? –preguntó.

El turco suspiró teatralmente y empezó a negociar con el ímpetu y el cuidado de quien está a punto de venderle el alma al diablo.

–Noventa y cinco seguro, sobre cien. Es una fellatio, comisario, y eso no se puede fingir. Las penetraciones –dijo como si estudiara la venta de una gargantilla de diamantes– se pueden trucar, sustituir los cuerpos, pero la cara… es ella, pobrecita.

–¿Pobrecita? –dijo Croce.

–En aquel tiempo, recién venida a la ciudad, en manos de los buitres del ambiente… usted sabe los cuentos y las versiones que corren, la han obligado a cambio vaya uno a saber de qué enorme necesidad que ella adeudaba o quería… Pero mire –dijo, y abrió un viejo ejemplar de la revista Radiolandia–. Acá le han hecho una sesión de fotos en un estudio para anunciar su debut como actriz de reparto. Si se fija luego –dijo como si escupiera algo asqueroso de la boca– va a ver que tiene el mismo peinado, trencitas, el flequillo, la boca pintada en forma de corazón. Es ella –sentenció.

Todo era demasiado irreal y demasiado atroz y Croce sintió que de nuevo se iba, que estaba otra vez perdido en la neblina del campo, tanteando en lo oscuro. Se levantó un poco mareado, pero decidido a hacer lo que tenía que hacer.

–Quiero verla –dijo.

El turco apagó la luz alta y dejó un velador prendido en una mesa baja. Al costado estaba el proyector, con la cinta ya colocada en la bobina, frente a una sábana blanca doblada al medio que oficiaba de telón improvisado.

–Gente complotada de los comandos civiles y dos oficiales de marina parecen estar al tanto y se han puesto con todo a buscar la película. Tienen el centro de operaciones en la base de Río Santiago y ya han andado rondando por el negocio y por mi casa.

–Turco –dijo Croce como si no lo hubiera escuchado–, dejame solo. El negocio lo arreglás con Lezama, él tiene la plata.

Azad prendió el proyector, una luz blanca titiló en la pantalla.

–Ya vuelvo –dijo Azad–. Sentate ahí.

Croce se sentó en una butaca de cuero, en la pantalla vio unas letras, sintió que el turco abría la puerta y volvía a cerrarla. “Estoy solo”, pensó, “lo que voy a ver me va a cambiar la vida”. La doncella viciosa, decía un cartel, y al pie del cuadro vio que el título estaba traducido al francés en letra cursiva.

Lo que vio era previsible y era un ultraje, era ingenuo y procaz y por eso era más deleznable y más siniestro; su mente alerta y preparada para descartar los detalles superfluos se obstinó en abstraerse de los actos que estaba obligado a mirar y se concentró en reconocer a la mujer, con el mismo rigor y el mismo pánico secreto con el que tantas veces se había visto obligado a reconocer cuerpos mutilados, torturados, muertos de un tiro o degollados con un rápido gesto ancestral. Esto era lo mismo, era como ver el matadero donde se desangran los animales y se asesina a los cristianos.

Para peor, mientras se sucedían las escenas se oía un murmullo musical y feroz en la pésima banda de sonido, con gemidos y palabras obscenas en español que se traducían abajo en un francés prostibulario. La muchacha era rubia y parecía ausente y enconada. El tiempo se había detenido y en la penumbra de ese cuarto impersonal, con los ojos abiertos ante la luz cruda que transmitía las conocidas y sagradas imágenes de un coito envilecido, sintió que había empezado a llorar, ni siquiera lo sintió, porque sus sentimientos eran opacos y confusos, apenas un dolor sordo en el costado izquierdo, pero comprendió que estaba llorando porque en la alcoba donde se desarrollaban esos actos triviales y repetidos infinitamente desde el principio de los tiempos había empezado a filtrarse la lluvia, todo se había humedecido temblorosamente y Croce tardó en comprender que eran sus lágrimas las que mojaban y borraban ese rostro de mujer luminoso y amado que llenaba la pantalla y entonces Croce comprendió que lloraba por la miseria y la maldad del mundo y por esa mujer a la que tantos habían amado como a una virgen.

–Pero no es ella –dijo–. No es ella, no puede ser ella.

“Esa no puede ser la señora”, pensó, aliviado ahora, sin dejar de llorar.

Hubo un fundido final, la luz blanca, cuya sola claridad era perversa, persistió sin imágenes y luego apareció la anhelada palabra FIN y todo terminó, aunque la cinta siguió girando, slamp, slamp, slamp, y golpeando en el vacío.

Atrás se abrió la puerta y Azad apagó el proyector y se acercó a Croce.

–Yo también lloré –dijo.

–Pero no es ella –dijo Croce sin secarse las lágrimas–. ¿Arreglaste?

–Todo pipí cucú –dijo el turco como si quisiera continuar con el tono soez de la película–. Este es el negativo y ésta es la copia.

En la cocina, en una bandeja de metal echaron alcohol y vieron arder el celuloide con sus muertas imágenes ignominiosas y pueriles.

“Si hubiera sido ella”, pensó Croce, “no hubiera importado”. Hubiera sobrevivido, como se aguantó tantas calumnias y miserias a lo largo de su vida, sin rendirse nunca. Y a la gente humilde no le hubiera importado y la hubieran amado igual, como Jesucristo amó a María Magdalena. Porque la cuestión no es lo que el mundo hace con uno, sino cómo uno es capaz de enfrentar el horror y el horror y el horror del mundo, sin capitular.

Por la ventana alta vio a Azad con un portafolio en la mano y a Lezama, flaco, cadavérico, tenebroso, que lo tomaba del codo y lo hacía bajar por la escalera. “No por el ascensor”, pensó, “por la escalera de servicio, como debe ser”.

Antes de irse, Croce tomó los restos quemados, las cenizas y las latas vacías y las tiró, por el incinerador de la cocina, al foso donde ardían los desperdicios no queridos de la vida.

 

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El cuento por su autor

El tema de este cuento era un mito urbano que se contaba en 1955 en las vísperas de la caída de Perón y también después de la Revolución Libertadora. Incluso se llegó a decir que en la Cinemateca Uruguaya iban a presentar la película para un grupo de periodistas extranjeros, pero Alfredo Palacios, que era el embajador en Uruguay en aquellos días, lo impidió. Ese relato, cuya sola mención era ya una calumnia, circulaba en mi familia e indignaba a mi padre. De golpe, de un día para otro, el rumor se disipó, pero me quedó el recuerdo y hace unos meses retomé la intriga y escribí la historia, como uno de los casos resueltos por Croce.

Empecé a trabajar en los relatos del comisario Croce al mismo tiempo que avanzaba en Blanco nocturno, la novela donde es uno de los protagonistas. Me gusta el hombre, por su pasado y por el modo delirante con que afronta los problemas que se le presentan. Lo veo como un personaje conceptual, una especie de señor Keuner, metido siempre en misterios y asuntos ajenos. Por otro lado es un descendiente directo del sargento Cruz que, como sabemos, se jugó por el matrero y desertor Martín Fierro (“Cruz no consiente…”). En esa línea Croce está emparentado y es colega de Laurenzi, de Treviranus, de Medina, de Lahore, que tampoco aceptan ni “consienten” el horror de una realidad criminal de la que forman parte y a la que están condenados a enfrentar.

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Fuente:

Texto e ilustración:

http://www.pagina12.com.ar/diario/verano12/23-263703-2015-01-11.html

Parada | Elvio Romero

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Elvio Romero

El poema Parada pertenece al libro Destierro y atardecer (1962-1972)

Los acápites de Destierro y atardecer son:

 

En los tiempos sombríos,

¿se cantará también?

También se cantará

sobre los tiempos sombríos.

Bertold Brecht

 

Desde el momento en que se fue

estuvo regresando.

Ciro Alegría

 

PARADA

 

Acaso reste sólo

una sombra donde dormir.

 

Y todo por un sorbo

de cántaro que no fue, que pudo ser

agua sin vicisitud, de manantial, o bien

lluvia de aplacar la sed, pregusto

de amparo en el sinsabor, acaso

una piedra donde caer,

un tronco donde descansar.

 

O una sombra donde dormir.

 

Acaso nos quede ya

por todo abrigo lo que va

en camino de fatigar, de nube oscura o sal

de arenisca, cosas pobres para vivir

o tal vez -cosas pobres de la heredad-

un desgastado atardecer,

un cántaro donde llorar.

 

Acaso reste sólo

un cántaro donde llorar.

 

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Elvio Romero

Poesía Completa

Ediciones de aquí a la vuelta  |  Ediciones del CCC , 2011

Los motivos para volver a su tierra | Luis Luchi

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Kinoto

Se revisa a sí mismo

y no encuentra nada de aquello

y había mucho,

la culpa se sabe

es del agujerito

que nadie zurció.

La ecuación es ésta:

tardé en llegar,

los trenes me silbaban con toda intención

mezclando en el cubilete

minutos, horas, segundos

y el día no salía.

Les hablo como si en la estación de llegada

esperaran ella, dios, todos, ninguno.

Faltaban cantidades de proyectos,

aparatos para durar,

objetivos con fondo de infinito,

y llovía, y no quería ser igualado

por la voz,

insistir que no era yo

y sabía, sabía bien

quién había cambiado de lugar la luz,

los recuerdos en los estantes,

asegurarse

del lugar que ocuparon,

o lo más cerca posible.

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Luis Luchi (poemas) y Kinoto (pinturas)

Ed. Save As, 1999

Limónov (fragmento) | Emmanuel Carrère

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Eduard Limonov Emmanuel Carrere

“A nosotros, que vamos, venimos y tomamos aviones a nuestro antojo, nos cuesta comprender que la palabra emigrar, para un ciudadano soviético, significaba un viaje sin retorno. Nos cuesta comprender estas palabras tan simples como un hachazo: para siempre. Y no hablo aquí de los tránsfugas, de artistas como Nureyev y Barýshnikov, que aprovecharon una gira por el extranjero para pedir asilo político: de aquellos de los que en Occidente se decía que habían «elegido la libertad» y a los que Pravda calificaba de «traidores a la patria». Hablo de la gente que emigraba de forma totalmente legal. En los años setenta era posible emigrar, aunque difícil, pero el que solicitaba el pasaporte sabía que, si se lo daban, nunca podría volver. Ni siquiera de visita, ni siquiera para una estancia corta, ni siquiera para abrazar a su madre moribunda. Lo cual te hacía reflexionar, y por eso muy pocos querían partir, y sin duda el poder lo tenía previsto cuando abrió esa válvula de escape.

Los últimos días eran desgarradores. Reír con un amigo, sentarse debajo de un tilo, subir entre las filas de hachones la escalera mecánica de la estación de metro Kropótkinskaia y salir al aire libre, entre los quioscos de floristas, con el olor de la primavera en Moscú: te percatabas con una especie de estupor de que todo esto, que habías hecho miles de veces sin darte cuenta, lo hacías por última vez. Cada partícula de este mundo tan familiar estaría pronto y definitivamente fuera de tu alcance: sería un recuerdo, una página pasada que no podrás releer, un objeto de nostalgia incurable. Abandonar la vida que siempre habías conocido y partir hacia otra de la que esperabas mucho pero no sabías casi nada, era una forma de morir. Y los que se quedaban, si no te maldecían, se esforzaban en estar alegres, pero a la manera de los creyentes que acompañan a sus allegados hasta las puertas de un mundo mejor. ¿Había que alegrarse porque serían más felices allá que aquí? ¿O llorar porque no volverías a verles? Ante la duda, bebían. Algunas de estas rondas de adioses se transformaron en zapói tan frenéticos que los candidatos a partir sólo emergían de ellas, aturdidos, después de despegar el avión. Ya no habría otro, la puerta se había cerrado y no volvería a abrirse, sólo quedaba beber otro trago sin saber si era para ahogar una desesperación ya sin remedio o, como repetían los amigos, dando fuertes empellones, agradecer el haberse librado de una buena. «Se está mejor aquí, ¿no? Juntos. En casa.»”

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Limónov

Emmanuel Carrère

Ed. Anagrama, 2013

Escrito con un nictógrafo (en la voz de A. Pizarnik) | Arturo Carrera

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Alejandra Pizarnik

Escrito con un nictógrafo en la voz de Alejandra Pizarnik

 

el escriba ha desaparecido

 

Señaló el sitio vacío

donde los muertos se divierten

 

La noche penetrando

y el glande inflado de tinta, penetrando

hacen el mismo ruido

que la muerte penetrando

 

asisto a su duración en lo instantáneo

SILENCIO DESORBITADO

 

su fiesta en lo opaco, en lo pleno, en lo plano

 

la atención lleva un blanco en la frente

lleva una capa de lirones

despiertos

 

Es la época en que la muerte entra muda

MUDO MI CUERPO

yo me impongo en tu muerte

YO GUAREZCO TU MUDA

 

tiempo de atenuación

tiempo de purificación

tiempo de lluvias constantes

 

Lo insensible vibra

lo insensible soporta la noche

brota flores en mitad de la noche

en mitad de la página

sobre la panza de la muerte

 

la orfandad lleva un blanco en la frente

EL POEMA SE ABRE

esa es tu fuerza

 

la orfandad es fascinada comandada

Subida a la barca invadida y hundida de muertos

 

yo en la PROsA de tu libro

En el barco de los Muertos

entre volúmenes huecos

mi cuerpo / grafía

a otro páramo

descargando letras

huesos HUECOS

 

El poema se abre

esa es tu fuerza

El poema toma contacto

se desliza con brazos extendidos

por las dos orillas:

esa es tu fuerza

 

—Me hablabas de una trampa del lenguaje

 

el poema se abre

SALTAN TUS MUERTOS

CLOWNS

 

DANZAS

interferencia de danzas

palimpsesto de danzas

en lo oscuro

 

la oscuridad polarizada y danzas

como las danzas de las abejas

invariables

/ te atraen

con sus movimientos minuciosos

para extenuar un lugar

 

para desocultar otro lugar

para fingir invadir

para informar

 

/ danzas

/ voces tácitas

/ didactismos

/ espacios acopiados

/ sismos

 

—estos muertos son míos

(señalando las palabras)

—estos muertos son míos.

 

 

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Escrito con un nictógrafo

Centro de Arte y Comunicación de Buenos Aires 1972

 

Blanco Nocturno (Fragmentos) | Ricardo Piglia

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Ricardo Piglia

La noche había caído sobre la casa y ellos seguían en los sillones, en la galería, con las luces apagadas, salvo un velador detrás en la sala, mirando el jardín tranquilo y las luces del otro lado de la casa. Al rato, Sofía se levantó y puso un disco de los Moby Grape y se empezó a mover bailando en su lugar mientras sonaba «Changes».

—Me gusta Traffic, me gusta Cream, me gusta Love —dijo y se volvió a sentar—. Me gustan los nombres de esas bandas y me gusta la música que hacen.

—A mí me gusta Moby Dick.

—Sí, me imagino… A vos te sacan los libros y quedás en bolas. Mi madre es igual, sólo está tranquila si está leyendo… Cuando deja de leer, se pone neurasténica.

—Loca cuando no lee y no loca cuando lee…

—¿La ves ahí…?, ¿ves la luz prendida…?

Había un pabellón del otro lado del jardín, con dos grandes ventanales iluminados en los que se veía una mujer con el pelo blanco atado, leyendo y fumando en un sillón de cuero. Parecía estar en otro mundo. De pronto se quitó los anteojos, levantó la mano derecha y buscó atrás, a tientas, en un estante de la biblioteca que no se alcanzaba a ver, un libro azul, y luego de poner la página contra la cara, volvió a calzarse las gafas redondas, se arrellanó en el alto sillón y siguió leyendo.

—Lee todo el tiempo —dijo Renzi.

—Ella es la lectora —dijo Sofía.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . .

—Mi madre a veces se olvida los libros que ha leído en los sillones del jardín. No sale nunca al aire libre, y cuando sale usa anteojos oscuros porque no le gusta la luz del sol, pero a veces se sienta a leer entre las plantas, en primavera, y suele murmurar mientras lee, nunca pude saber si repite lo que está leyendo o si —como yo misma suelo hacer a veces— habla sola en voz baja porque los pensamientos le suben como quien dice a los labios y entonces habla sola, vaya a saber, o quizá tararea alguna canción, porque siempre le ha gustado cantar y yo de chica he amado la voz de mi madre que me llegaba a veces desde el fondo de la casa cuando ella cantaba tangos. O tal vez reza, tal vez dice alguna plegaria o pide ayuda, mientras lee, porque lo cierto es que sus labios se mueven cuando está leyendo y no se mueven cuando deja de leer —contaba Sofía—. A veces se queda dormida y el libro se le cae en la falda y al despertar parece asustada y vuelve rápidamente a «su guardia», como llama mi madre al lugar donde vive, y se deja el libro olvidado y ya no se anima a salir a buscarlo.

—¿Y qué lee? —preguntó Emilio.

—Novelas —dijo Sofía—. Llegan en grandes paquetes una vez por mes las entregas para mi madre, las encarga por teléfono y siempre lee todo lo que ha escrito un novelista que le interesa .Todo Giorgio Bassani, todo Jane Austen, todo Henry James, todo Edith Wharton, todo Jean Giono, todo Carson McCullers, todo Ivy Compton-Burnett, todo David Goodis, todo Aldous Huxley, todo Alberto Moravia, todo Thomas Mann, todo Galdós. Nunca lee novelistas argentinos porque dice que esas historias ya las conoce.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . .

—Mi madre dice que leer es pensar —dijo Sofía—. No es que leemos y luego pensamos, sino que pensamos algo y lo leemos en un libro que parece escrito por nosotros pero que  no ha sido escrito por nosotros, sino que alguien en otro país, en otro lugar, en el pasado, lo ha escrito como un pensamiento todavía no pensado, hasta que por azar, siempre por azar, descubrimos el libro donde está claramente expresado lo que había estado, confusamente, no pensado aún por nosotros. No todos los libros, desde luego, sino ciertos libros que parecen objeto de nuestro pensamiento y nos están destinados. Un libro para cada uno de nosotros. Hace falta, para encontrarlo, una serie de acontecimientos encadenados accidentalmente para que al final uno vea la luz que, sin saber, está buscando. En mi caso fue el Me-ti o libro de las transformaciones. Un libro de máximas. Amo la verdad porque soy una mujer. Me formé con Grete Berlau, la gran fotógrafa alemana que estudio en la Bauhaus, ella usaba el Me-ti como un manual de fotografía. Vino a la facultad porque el decano pensaba que un ingeniero agrónomo tenía que aprender, para distinguir los pastos de las estancias, los distintos modos milimétricos de ver. «En el campo nadie ver nada, no hay borrde… hay que recortar para ver. Fotogrrafiar es igual a rrastrear y rrastrillar.» Así hablaba Grete, con un acento fuertísimo. Me acuerdo que una vez nos sacó una serie de fotos y por primera vez se vio lo distintas que somos. «Sólo se ve lo que se ha fotografiado», decía. Fue amiga de Brecht y había vivido con él en Dinamarca. Decían que ella era la Lai-Tu del Me- ti.

 

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Blanco Nocturno

Ricardo Piglia

Editorial Anagrama, 2010

Luz | Elvio E. Gandolfo

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Elvio E. Gandolfo

                                          para Juan José Millás y

                                                 José María Merino 

 

En la vereda de la noche

se aferra con ganas,

ayudada por el follaje:

hay que mirar con cierto

cuidado al caminar.

 

Pero entre las hojas

espesas del árbol se entrevé

primero y después se ve

esa luz inconfundible

para mí desde hace un tiempo,

esa luz que Juan José

definió como “luz de Velázquez”:

más bien blanca, lisa, metálica

y liviana al mismo tiempo.

 

Aunque ahora es una vereda

de Palermo. Sigue siendo

luz de Velázquez hasta la esquina,

poco después inunda todo el cielo:

no es aquella luz de una meseta

seca y más bien ilimitada

que rodeaba la ciudad.

Es una luz, digamos, de imitación,

que poco a poco se va revelando

cada vez más húmeda, cada vez

menos seca y viril, menos mística.

 

Una luz de estuario, de aguas

que se acercan inciertas a la costa,

una luz que de a poco va teniendo

primero, casi después de todo

el claro celeste enkilombado

de la patria nacional.

 

 

. . . . . . . . . . . .

El año de Stevenson (primer trimestre)

Elvio E. Gandolfo

Editorial Iván Rosado

 

 

Tres golpes de timbal (fragmentos) | Daniel Moyano

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Daniel Moyano

“En el lenguaje usado en este pueblo no hay palabras para decir adiós. Irse de Minas Altas es un acontecimiento muy serio que nunca pudo encontrar palabras adecuadas para despedirse. La gente se queda como atontada cuando alguien se va. Se esconden, para que el que se va no tenga que oírlos llorar ni escuchar palabras de alta estupidez. Se meten detrás de las puertas y dicen despacito no te vayas, no te vayas por favor”.

“Bueno, le dijo a Jotazeta, ya estoy listo para salir. Echó una ojeada a la lista, miró el dorso y la guardó en el bolsillo más hondo del chaleco, dentro de su libreta de doscientas hojas. Con esto quería decir que ya se iba y que estaba diciendo adiós. Quedaba el tiempo justo para llegar con luz al refugio de los arrieros, donde haría noche. Emebé y Jotazeta cargaron las alforjas con los lazos necesarios par a la compra., miraron brevemente y con alguna vergüenza, por la situación de partida, al marido de la costurera, y volvieron a la casa.

Desde adentro oían los plañidos de Uve y Eñe, De tanto irse el mulero, habían aprendido a despedirse. Por desconocimiento de la palabra adiós, lloriqueaban sucedáneos imprecisos. No te vayas, no te vayas. Quién caminará ahora por la casa con esos pasos que tranquilizan, quién encenderá el fuego y tapará las goteras cuando llueva; quién cuando hay ruidos nocturnos dirá que es sólo el viento; quién abrirá las puertas por la mañana y dirá que hace un buen día, quién dirá cuándo ha llegado el momento de sembrar el maíz, quién dirá es seguro que esta noche llueve, quién abarcará con una sola mano la cabeza del perrito; qué haremos solas cuando el tiempo se empecine en no pasar, qué le diremos a la gente cuando nos pregunten cuándo vuelves, qué haremos cuando amanezca y ya no estés, cuando llegue la noche y no estés todavía; cómo estará la casa cuando no hayas vuelto, qué contestar cuando nos pregunten si estamos bien; qué hará tu ropa en los baúles, qué será de tus zapatos tan vacíos curvados por la falta de tu pie; quién traerá agua de la vertiente en medio de la noche oscura, quién se animará a mirar las estrellas habiendo tanta ausencia; cómo contar los días que pasaron y los que todavía no han llegado, cómo dividir los alimentos y repartirlos en la mesa, dónde poner la silla que sobra para no tener un nudo en la garganta, cómo mirar tu retrato en la pared cuando le da el sol de la mañana, cómo andar por la casa oyendo los ruidos de los pasos de una tan solitos, cómo oír  nuestras voces retumbando en las paredes y los techos, con qué cara decir que estamos solas, qué palabra buscar para tapar el miedo a que no vuelvas nunca, qué pensamiento para el pensamiento de que te pase algo malo. Cuidado con los viento las nieves resbaladizas, cuidado con las crecientes y los deshielos, con el rencor de los gendarmes y con las aves nocturnas que salen de los cementerios, con la estúpida mula junto al precipicio, con las víboras rastreras y la sed de los murciélagos, con los vientos calientes que vienen del norte arrastrando un polvo fino cargado de enfermedades y de insectos, con el agua mala de los ríos traicioneros, con la puna y la nieve y el calor y las desgracias, con las trombas del mar y los barcos que se hunden, con los terremotos que abren la tierra en grietas profundísima, con el silencio y la soledad de los refugios, con la llamada del aliento del abismo y la suavidad engañosa de las olas, no te vayas por favor”.

[Capítulo: El irse del cantor busca su cuadrante]

[Capítulo: Manera retorcida de decir adiós]

. . . . . . . . . . . . .

Los fragmentos de la obra de Daniel Moyano que se citan en este blog pertenecen a los siguientes libros:

Tres golpes de timbal | Ed. Sudamericana 1990

Tres golpes de timbal | Alción Editora 1º edición 2012

Un silencio de corchea | Colección La ciudad de los naranjos | Biblioteca Mariano Moreno, de La Rioja

La espera y otros cuentos | Biblioteca básica argentina 1992

El oscuro | Ed. Sudamericana 1º edición 1968

La lombriz | Nueve 64 ediciones 1964

El trino del diablo | 1º edición Ed. Sudamericana 1974

Una luz muy lejana |  Ed. Sudamericana 1º edición

El libro de navíos y borrascas | Editorial Gárgola

Dónde estás con tus ojos celestes |  Editorial Gárgola

Un sudaca en la corte |  Caballo negro editora

En la atmósfera | Editorial El mensú

El vuelo del tigre | Legasa literaria 1981

Las fotografías de Daniel Moyano fueron tomadas de internet y pertenecen al Archivo de Fotografías de Daniel Moyano, que se aloja en el Archivo Virtual Daniel Moyano, en el Centre de Recherches Latino-américaines de la Université de Poitiers, en Francia. 

http://www2.mshs.univ-poitiers.fr/crla/contenidos/Moyano/Presentacion.html

http://amerika.revues.org/5739

Flor del llano (poemas) | Carina Radilov

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Flor del llano

III

un vikingo callado

varó entre mis sábanas

lo alimenté unas noches

antes de zarpar dijo

que el príncipe azul estaba dentro de mí

 

cada dos por tres

ando pariendo

brazos, piernas o torsos de hombre

los condimento,

los guiso con lentejas o arroz,

porque no se conservan

frescos fuera de mi cuerpo

 

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

 

X

hombres-bubaloo que largan un juguito violeta espeso

y a la segunda mascada ya no tienen sabor

 

hombres-grillos que te crispan los tímpanos

y se esconden atrás de los muebles

 

hombres-escarabajos de córneo caparazón

que dan pena con sus patitas endebles

hombres-torpedo: te incrustan su falo, después: su trabajo,

su mujer, sus amigos, sus créditos, sus días ingratos

 

hombres con espaldas donde yo me tendería, reposando,

en una playa junto al mar y ahí recostada, escuchando las olas,

de vez en cuando preguntaría: ¿querido, cómo estás?

huelen a pasto recién cortado, a cloro en verano, a sal de centauros

algunas especies de hombres dorados que crujen como panes

se deshacen en migas que desparramo como agito el mantel

 

otros tienen olor al fondo de cajones cerrados

donde las pelusas y las naftalinas engendran escuerzos

que saltan a tu palma y te untan un aceite frito de pescado

 

samuráis que tajean prolijos tu vientre

con sus manos de junco

buñuelos del color de la miel cuyo centro blando

masticás impotente sin dar con un grumo de donde prenderte

 

los de nalgas preciosas que piden a gritos un tutú rosado

los de tetillas delicados como flores de mazapán

 

hombres que arrastro hasta la cancha embarrada después del picado

los de párpados pesados, andan con ojos de sueño

el pelo alborotado en nidos de carancho donde pondría mis huevos

 

faunos rientes que te hacen cosquillas con el azúcar de sus dientes

los invito a dormir para escuchar cómo respiran a mi lado

 

huérfanos empantanados en la espera, nos seducen sus ojos sin fondo

focos quiméricos donde nunca hay mareas

 

los pirotécnicos que pasan sin efectos secundarios

y los príncipes pálidos que se inyectan agua de azahar

hombres que sólo en manada se sienten felices

hombres disfrutables como una peli a la tarde

o portátiles para la cartera de la dama

que se despliegan como una navaja suiza

y te tallan el torso la cintura los tobillos

 

hombres de dulce paladares, codiciables

con nombres como ungüentos derramados

cocidos a fuego bajo liberan olor a nardo

 

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

 

I

la nena tuvo educación católica

así que cuando él la mansa

la corcovea, la encarrila

le sacude un bife y la mira

la niña, dando vuelta la cara,

le ofrece la otra mejilla

 

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

 

XII

le brotan cabos del ombligo

ella puja hasta parir

unos óvulos carmín

como gemas de hígado

que ruedan sobre su vientre

 

(dicen que el hígado de las putas

tiene virtudes curativas,

que todo pasa con el tiempo)

 

hasta del criadero de huevas rojas

de los días que traen su prole

puntualmente, a eso de las tres

en una tierra blanca y fría

mete los restos

se limpia las manos en el mantel

 

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

 

XI

mamá fería dedos de caballero

con baño de azúcar y limón

siempre hay algo dulce

para las visitas,

en bandejas,

sobre los roperos

 

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

 

Flor del llano

Carina Radilov

Espiral Calipso Ediciones, 2011

cariradilov@hotmail.com

 

 

 

Alejandra Correa (poemas) | Los niños de Japón

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Alejandra Correa

Hay días

en que nuestra pequeña memoria

solo tiene espacio

para una lágrima oscura

que nos amamanta

 

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

 

Puede ser que haya

únicos niños de octubre

y que yo tenga en ellos

el destino puesto

de tierra y agua

 

que de mí partan raíces

y juncos me aten de pies y manos

a  esta tierra de carne oscura

 

Puede que yo sea

niña fingida

de una primavera atávica

para que nadie sepa

cuánto tiempo hace que en mí

dejó la luna sus semillas

 

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

 

Larga espera

de los días

y los ojos

en la luz que cambia

 

y después

años después

 

darme cuenta de que salí

pero me llevé conmigo

 

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

 

En la alegría

el corazón se nos ensancha

como un níspero afiebrado

 

fruta exquisita

con un centro de hueso

que a ellos les molesta

entre los dientes

 

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

 

Este ojo mío

es una ranura

por la que espío

cómo duermen los niños

en esos lechos duros

como un hueco

de una tumba

 

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

 

 

Los niños de Japón

Alejandra Correa

Ediciones Recovecos, 2010

ISBN 978-987-1414-62-8